La bondad de un régimen se prueba por la consistencia de sus principios

De Carlos Bernardo González Pecotche, Revista Logosofía N° 6, pág 25 (junio de 1941)

No hace mucho, interrogada una de las figuras más eminentes de nuestra política acerca de los diferentes sistemas de gobierno, nos manifestó sin preámbulos: “Prefiero la democracia con todas sus deficiencias”.

En muchos países, los regímenes de fuerza, las dictaduras, surgieron por lo general como una reacción contra los abusos del sistema democrático, pero no contra la democracia. El sistema monárquico, se ve que ya no tiene cabida en este siglo.

El totalitarismo actual que comprende las ideologías extremistas, se  opone directamente a la democracia, no ya como sistema de gobierno en su aspecto político, sino como estructura social y espiritual. Será necesario, entonces, analizar su origen para no perder de vista el motivo que inspiró a sus fundadores y luego a sus aprovechados continuadores.

El comunismo, como el nazismo y el fascismo, nació del descontento, pero quienes le dieron vida fueron los que explotaron ese descontento convirtiéndolo poco a poco en una fuerza destructora dirigida en sus comienzos contra los regímenes constituidos. Esto aconteció tanto en Rusia como en Alemania e Italia. De ninguna otra manera hubieran podido llegar al poder los líderes de esos movimientos, sino por los medios que usaron, exaltando a la multitud y electrizándola con fogosos discursos en los que se proclamaban los derechos del pueblo a intervenir en los asuntos del Estado y el derecho a exigir un standard de vida mejor. Enervados los ánimos, permitidos todos los abusos e insolencias de la verborragia “redentora”, por esa misma libertad que se utilizaba para despreciarla, criticarla y difamarla, no fué tarea difícil saltar los cercos del poder y asumir las funciones máximas en cada uno de esos pueblos donde se fomentó la reacción popular.

Veamos qué pasó más tarde. A ese mismo pueblo que se instigó para que reclamase sus derechos de intervenir en los asuntos del Estado, fué al primero que se privó de toda ingerencia, aun en las cosas más sin importancia. La opinión que se agitó para llegar al poder, es la que inmediatamente se aplastó y anuló después. Todos los que exigieron (sin haber pensado antes) un mejor standard de vida, debieron conformarse con reducir sus pretensiones al extremo de irse despojando de cuanto habían disfrutado hasta el momento en que se destruyó el sistema de gobierno anterior.

Las nuevas autoridades, para llevar a cabo el plan de reconstrucción, de grandezas y dominio, implantaron normas rígidas de vida; la gente, acostumbrada a despilfarrar, a vivir holgadamente, sin preocupaciones, quedó restringida en todo sentido, hasta llegar al racionamiento.

¿Pensaron, acaso, esas multitudes, cuando eran exaltadas por los tribunos del extremismo, que las franquicias y dones que reclamaban habrían de convertirse luego en las más crueles afrentas a su dignidad? En cambio, los agitadores sí lograron lo que ellos ambicionaron en perjuicio del pueblo, al que tanto ofrecieron en sus atronadoras exhortaciones, la panacea de sus “ideas de gobierno”.

Y esos pueblos que desde entonces están sometidos a toda clase de privaciones, a quienes cuando ya nada les queda se les quita la vida, son los que se pretende ofrecer de ejemplo como obra de sistemas de gobierno mejores o muy superiores a la Democracia, donde cada hombre disfruta aún de las prerrogativas de su libre arbitrio; donde se concilian los más diversos problemas sociales y el deber se impone a la licencia; donde el fuero interno de las personas es inviolable y la religión que se profese es digna de respeto común, y donde la iniciativa privada constituye la mayor potencia del Estado.

La bondad de un régimen se prueba por la consistencia de sus principios, y éstos no deben permanecer ocultos a nadie, pues ninguno ha de aceptar a ciegas, y mucho menos pueblos enteros, lo que puede ser luego causa de sus peores infortunios. Los súbditos de las democracias libres no comprenden por qué los propagandistas o secuaces de esas rígidas ideologías, se violentan, amenazan y odian al que profiere la menor crítica del sistema.

¿Por qué se irritan como hienas frente a una broma y ni por excepción la toleran? ¿Será, quizá, porque por similares medios ellos lograron derribar los sistemas que depusieron, y hoy temen ser arrastrados por igual suerte? Los que no participamos de sus teorías necesitamos una explicación sobre este particular.

Por otra parte, la humanidad no se conquista por la fuerza, entiéndase bien; se la dominará, pero no podrá ser conquistada por ese medio. Nos referimos a que se conquiste su simpatía, su afecto y su apoyo generoso y leal, si quiere hacerse perdurar la especie en base a una nueva estructura social que contemple tanto las necesidades humanas por la comprensión de sus valores inalienables como sus derechos.

Regímenes que no inspiren simpatía y confianza, lograrán conquistar el mundo por la fuerza, pero, repetimos, jamás ganarán el corazón de los hombres. Una humanidad sometida ha perdido las prerrogativas de su género. Una humanidad que triunfa sobre la opresión, afirma la soberanía del espíritu y se inmortaliza en el alma de las generaciones.

 

 

Anuncios

, , , , , , ,

  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: