Navidad

Celia Testa (Celtes)

Anoche no pude dormir. Como se aproxima la Navidad, me puse a pensar – vaya uno a saber por qué – en las Navidades del futuro, en lugar de pensar con algo de nostalgia, en las del pasado como siempre lo había hecho. Anoche quise saber cómo pasaré mis Navidades en el futuro y empecé a imaginar.

Me veía anciana, pero sonriente y rodeada por mis nietos y bisnietos a quienes empezaría por mostrar el álbum familiar con los arbolitos de Navidad repletos de luces, nieves y regalos. Estos pícaros nietos querrían saber y preguntarían si en el Uruguay había nieves en mis tiempos y por qué estaba la estufa de leña encendida. Quizá alguno de ellos podría preguntar si el frío tendría alguna connotación espiritual. Yo les diría que era para recordar que en Belén nevaba frecuentemente; pero ahí los bisnietos que estudiarían geografía en Primaria, me pondrían en aprietos. No, ese no sería un enfoque feliz. Mejor empezaba por otro lado, pensé.

Ensayaré mostrarles fotos de la mesa de Navidad con panes, dulces, nueces, turrones y frutas abrillantadas. Sería lo mismo. Los chicos querrían saber por qué se comía comidas de invierno en verano, o me preguntarían si en mi juventud, en el Uruguay hacía frío en diciembre. Quizás a alguno se le ocurriría preguntar si se comía tanto para demostrar que no sólo de pan vive el hombre. Ese pensamiento me hizo exclamar: “ojalá que no pregunten cuál era el contenido espiritual de la festividad”. Por las dudas, resolví que ese tampoco sería un enfoque feliz para explicar la cena de Navidad. Trataría por otro lado.

Seguía imaginándome a mis nietos con el álbum familiar y les mostraría el establo con ovejitas, vacas y asnos y a los Reyes Magos adorando al recién nacido. “Abuela”, exclamaría uno de los bisnietos, “¡Qué reyes tan distraídos!” Llegaron, miraron, regalaron y dejaron al niño en el establo! ¿Tú lo hubieras dejado en el establo, también?” No, tampoco ese sería un enfoque feliz.

Para entonces ya estaba yo totalmente desvelada y seguía pensando. Evidentemente que mis descendientes serán niños inteligentes y con los cuales habrá que hablar de igual a igual, así que mejor sería explicarles seriamente que la conmemoración de esta fecha, significaba agradecer a Dios todo lo que ha hecho por cada uno de nosotros. Pero ahí, justo, saltaría uno preguntando por qué entonces no se le hacían regalos a Dios y se hacían regalos a los amigos y a uno mismo, como si el comprar fuera parte de la celebración. “Dios no necesita de nuestros regalos”, le contestaría y estaba segura de haber dado con un buen enfoque del tema. Insistiría por ese lado. Pero, uno de estos pícaros de mis nietos podría preguntar: “¿No nos dijiste, abuela, que una mejor conducta es un regalo que Dios espera de nosotros? ¿Mejorabas tú tu conducta después de cada celebración?”.

¡Grandísimos atrevidos! Eso ya sería intolerable. ¡No habrán aprendido a hablar con la abuela, y sólo sabrán preguntar y no sabrán escuchar, ni respetar a la abuela!

Mejor no les cuento nada.

 

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