Los peligros del estatismo

El esfuerzo libre del capital privado. La producción por el estímulo al trabajo. La Demagogia como forma civil y nociva de las expensas públicas

Por Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol)

Nada hay que afecte más la economía y progreso de un pueblo, que la absorción, por parte del Estado, de lo que podríamos llamar las verdaderas fuerzas vivas del país, o sean las fuentes privadas de producción, so pretexto de que, la administración nacional requiere controlar y regular las actividades comerciales o movimientos financieros del capital privado.

Si recorremos los anales históricos en los que aparecen -las épocas más prósperas y, felices de los pueblos, sin dificultad alguna advertiremos que la paz ha reinado en ellos cuando los gobiernos, en vez de trabar u obstaculizar la iniciativa privada, la han estimulado garantizando el trabajo libre y sano de los hombres. Pero, desde que los accidentales mandatarios de uno u otro país cometieron el gravísimo error de asumir las funciones que correspondían al esfuerzo y afanes individuales, bien pronto se vio decrecer el poderío económico y moral, y relajarse los resortes constitutivos dé la organización social.

A no estarlo viendo parecería inconcebible que algunos y gobiernos democráticos no se hayan dado cuenta de que la forma republicana y democrática – instituida en nuestra Constitución Nacional y que fue modelada sobre las bases de los países libres que disfrutaban del mayor bienestar social –  la que establece las más claras normas de convivencia entre el Estado y el pueblo, sin que el primero deba interferir ni impedir el libre desenvolvimiento de las actividades comerciales, financieras e industriales del segundo, en tanto que éste, por el esfuerzo continuado y estimulado por leyes justas que amparan sus derechos, produce para el Estado los réditos que la balanza nacional estipula convenientemente.

¿Puede pensarse, acaso, que la consagración del pequeño comerciante o industrial que multiplica sus esfuerzos para aumentar el centavo, puede ser reemplazada por la labor de empleados desgobierno que por lo común ocupan sus puestos sin ninguna idoneidad, las más de las veces por influencia de alguien, y que lo que menos les interesa es cumplir con sus obligaciones?

¿No se ha visto y se sigue viendo a las grandes reparticiones públicas aumentar indefinidamente sus presupuestos sin conseguir eliminar el déficit cada vez mayor?

Es que el trabajo de un hombre libre rinde, es indiscutible, diez veces más de lo que puede pretenderse de un empleado público. Mientras el hombre que aprende a forjarse en la vida un bienestar, cuida de no malgastar sus haberes contribuyendo al mantenimiento de una moral social sana, el que recibe un sueldo del Estado, a quien toma por tutela, generalmente vive endeudado, perturbando la economía de los demás.

El mayor peligro que puede cernirse sobre una nación surge, en nuestro concepto, cuando el Estado pretende convertirse en el gran acaparador, en el regulador y árbitro indiscutido de las finanzas, comercio e industria de su pueblo. Ello implica volver, con algunas variantes que disfrazan el objetivo, al tiempo de los esclavos y de los parias, como está aconteciendo en los países de Europa donde la mayoría tiene que trabajar sin descanso para usufructo de unos pocos privilegiados que empuñan el látigo Y la horca.

Debe comprenderse con la claridad del hombre sensato, que aquellos que ocupan los cargos del gobierno, no son de distinta casta de la del pueblo que los eligió, pues salieron del seno del mismo y las más de las veces prometiendo y jurándole ocuparse seriamente de todos los problemas que le afligen.

Siendo así, no se comprende por qué esa tendencia que se advierte en ciertos gobernantes, en el sentido de cohibir la libre iniciativa castigando con medidas coercitivas al capital privado y negando al esfuerzo y trabajo, individual sus mejores estímulos.

Es cosa ya harto comprobada, que dondequiera se tronche la evolución de un proceso, sea de la índole que fuere, sobreviene la desmoralización y el caos. Más que preocuparse el Estado de despojar al pueblo de las ganancias que por su esfuerzo y Por ser de su exclusivo patrimonio, legítimamente le corresponden, debería preocuparse en fomentar una capacidad de producción que alcanzara, con el auspicio oficial, un rendimiento capaz de llevarle a los estrados más prominentes de la economía mundial.

Las autoridades de cada nación democrática, en la que aún se respire el aire puro de la libertad sana y constructiva, deben pensar que jamás el Estado podrá hacer rendir á un hombre ,lo que éste, estimulado por las perspectivas de su triunfo, puede rendir, y no olvidar que su trabajo, unido al de todos los demás, es el que cimenta las bases más sólidas y duraderas de una nación.

Los gravámenes que se superponen unos a otros en sucesión agobiadora, las limitaciones al capital privado, etc., son síntomas alarmantes de un estatismo que al avanzar, amenaza inferir al pueblo una estocada en pleno corazón, lo que produce, como ha acontecido siempre y como actualmente se ha puesto de manifiesto en Europa, un desgarramiento moral y económico que concluye en la decadencia y derrumbe de todo lo, que, por el esfuerzo particular y común, sostuvo a la nación en sus días de prosperidad, esto es, la responsabilidad individual y la noción clara del deber, pues al ser suplantados por el, estatismo se echa por tierra el ánimo y las energías vivas del pueblo, dejándolo sin defensas y a merced de cualquier contingencia adversa que pueda sobrevenirle, como ser, cambios violentos de regímenes, revoluciones, guerras, etc.

Los Jefes de Estado deben saber que ningún ciudadano defenderá su patria con toda la fuerza de su entusiasmo y hasta de la pasión más viva, cuando en ella no hay algo que le sea caro la familia que formó con amor y esfuerzo, las economías que reunió con el propósito de asegurar el futuro de los suyos y de su vejez, etc. Si se quita al ciudadano el arraigo a su suelo natal, despojándole de lo que legítimamente le corresponde, se convertirá en un autómata, en un parásito humano, que mañana, transformado en bestia, hará lo que le ordenen, sin.saber para qué, puesto que la vida ya no le pertenecerá ni la sentirá dentro de sí, tal como lo estamos contemplando en el Viejo Mundo.

Conceptuamos, por tanto un error, la ingerencia del Estado en la vida y actividad privada, porque ello lesiona 1sensiblemente la expresión más viva del sentimiento humano, capaz de realizar grandes empresas guiado por la iniciativa propia Y el estímulo de la compensación-discrecional de sus esfuerzos, pero que se resiente y rebela frente a la dominación de terceros (en este caso sería el Estado) mediante imposiciones que afecta vitalmente sus mejores propósitos y energías en servicio de intereses que no fueran los suyos propios.

¿Quién no sabe que el Estado debe valerse de empleados a sueldo para poner en marcha industrioso comercios que pertenecen al fuero privado? Y quién no sabe que las simples funciones que desempeña el oficinista, gravitan de una manera extraordinaria en la economía de la nación, desde que alto tras año el presupuesto debe aumentarse en proporción a los puestos que constantemente se crean para ocupar gente cuyo rinde; ni por asomo puede compararse al del trabajo estimulado por un porvenir nada despreciable?

¿El auspicio al esfuerzo privado, no es, acaso, el que atrae los capitales del mundo entero para que se inviertan en el país y se agigante el progreso de la nación, haciendo florecer las industrias? ¿Qué capital extranjero podrá confiar en establecerse allí donde el estatismo todo lo absorbe y lo esteriliza?

Piénsenlo esto bien quienes tienen en su poder el destino de los pueblos jóvenes de América y encontrarán que el camino a seguir es uno y único, el del respeto al patrimonio y esfuerzo particular, por ser éste y no otro, el que contribuye con mayor eficacia al engrandecimiento y prosperidad de toda nación civilizada.

Artículo publicado en noviembre de 1941 en la revista “Logosofía”

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