Alcance del conflicto europeo – Democracia o extremismo

Por Carlos B. González Pecotche – Revista Logosofía  Nº 3 (marzo 1941)

Si alguien llegara hoy de otro mundo al nuestro y nos preguntara a quemarropa, ¿qué sucede en la tierra?, tendríamos que recapacitar los más variados capítulos del libro de la vida para hallar la respuesta adecuada, la que seguramente no seria muy corta ni muy sencilla ni muy ligera.

Todos hablamos de lo que sucede en el mundo y el terna no se acaba nunca. La imagen histórica y actual es tan complicada, que no parece sino que los siglos hubieran venido a enredarse en incomprensible madeja política, cuyo atadijo, bien lo sabemos, ha testado a más de un audaz a ensayar el gesto de Alejandro ante el nudo de Gordio; pero, ¡ay!, con un resultado tan diferente, que terminaron por enredarse ellos mismos también.

El mundo de ayer, el orbe de los antiguos, se nos presenta claro como una gota de agua a simple vista; el mundo de hoy, el mundo nuestro, es quizá la misma vieja gota de agua, pero contemplada al microscopio. La política de antaño nos parece un arte simple, clasificado y llano, comparado con el tremendo torbellino económico, industrial, psicológico, religioso, diplomático y biogeográfico que envuelve actualmente a los jefes de Estado.

No obstante, si nos apremiaran con la antedicha pregunta, ¿qué sucede en la tierra?, invitándonos a concretarla por lo menos en uno de sus aspectos salientes, en algo que sirviera de comienzo para comprender el proceso antagónico que hoy divide a la civilización, podríamos responder exacta y escuetamente. Y diríamos: una lucha, el final de un proceso reñido entre la democracia y los extremismos de todo género, entre las posiciones que señalan el equilibrio y las que corresponden al exceso, al descontrol, al desborde.

La humanidad ha llegado a esta lucha tras interminables desvíos; tras complicadas etapas de desaliento y renegación; tras abandonos, renuncios y retrogradaciones cuya cuenta se pierde ya en esos tres lustros de sombríos episodios que precedieron a la contienda. En medio de esa alucinación que vivieron hombres y pueblos, las corrientes mentales que responden al extremismo se densificaron hasta alcanzar el máximo, y endurecerse en esa esclerosis que denuncia la vejez y decrepitud de media Europa.

El extremismo no es un estado ajeno a las habituales posiciones de la mente humana; muy al contrario, representa una de sus tendencias típicas. Obsérvese, si no la gran cantidad de prevenciones que existe en los tratados de moral y pedagogía respecto a esa inclinación, sobre la cual Raumsol pronunció el año pasado una conferencia que bien podría representar la “instauratio magna” de tan actual cuestión.

Para explotarla y llevarla todavía al “extremo del extremo”, a su máxima expresión colectiva y social, no faltaba más que aguardar la oportunidad correspondiente, que no dejó de aparecer por cierto, en ese largo período de caos, desorientación y anormalidad que se reiteró año a año y en vasta escala, después de 1918.

Junto con la tendencia fácil al extremismo, se machacó sobre otra vena de la debilidad humana: el descontento. No existe un solo ser que no tenga que quejarse de algo, decía a este propósito el autor de “Biognosis”. Y agregaba: Es más fácil agitar a un pueblo que pacificarlo. La desconformidad, unida inseparablemente a la codicia, está fuertemente adherida a la naturaleza humana.

De este modo, utilizando el extremismo latente en cada uno de los descontentos, se impulsó a pueblos enteros a un extremismo mayor, desmesurado, morboso, del cual no pudieron ya salir. La correntada era irresistible. Los fuegos eran atizados por especialistas. Y todos sabemos bien que cuando los instintos se desatan y logran adueñarse del ambiente, jamás renuncian por sí mismos a su señorío ni abandonan espontáneamente las posiciones detentadas, sino que es preciso poner en acción una fuerza mayor, una voluntad más sabia e inteligente para lograr que las cosas vuelvan a su cauce. Y es así que el proceso siguió en aumento, hasta el punto de que los extremistas llegaron a resultar víctimas del extremismo. De posesores se transformaron en poseídos.

Los años de post-guerra –o para decirlo con un neologismo, de entreguerra, ya que son los que van de 1918 a 1933– señalan asimismo una especie de declinación o debilitamiento de las democracias, de los pensamientos tradicionales de orden, libertad y armonía. Los hombres todos parecen inquietos y desorientados por la aparición del extremismo de izquierda y de derecha, cuyo estruendo ensordece y no deja oír la voz de las personas un poco más cabales; muchos vacilan, pensando si esa turbia marea no será una señal de renovación traída por los tiempos. Este momento es naturalmente explotado por los extremistas –que empiezan ya a llamarse totalitarios–, quienes afirman que en efecto el papel histórico de las democracias ha concluido y hay que dar paso a esos nuevos regímenes totalitarios. (Nosotros nos resistimos a emplear este nombre y preferimos el de extremistas por cuanto aquél es falso. Nada tienen de totales semejantes gobiernos, sino que representan, precisamente, una grave inhibición.)

El argumento “ad-hominem” es el que más veces han presentado los extremistas para convencernos de las excelsitudes de sus regímenes y de la ineficacia del nuestro. Para ellos eran todos los éxitos, los avances y las grandes obras; las democracias debían ser solamente espectadoras de su marcha triunfal por el universo.

Hoy este argumento se ha disipado y, lo que es peor, en muchos casos se ha vuelto contra quienes lo esgrimían. Ni Gran Bretaña ni Estados Unidos resultan, precisamente, ejemplares de debilidad democrática.

Los extremistas, por su parte, tuvieron que pactar peligrosas alianzas para poder hacer la guerra, su guerra, la que están anunciando desde hace diez años. Berlín y Roma en la órbita moscovita, ¡ésta sí que es muestra de inseguridad, temor e hibridismo político! Y si la potencialidad bélica del Reich es, sin duda alguna, formidable, la del fascio ha resultado en cambio muy baja, según pusieron en evidencia primero los griegos y después los australianos. Cuando se piensa además, que toda la terrible y aparatosa maquinaria del totalitarismo japonés vive exclusivamente del petróleo que le venden Estados Unidos y México, llegase a la conclusión de que tales teóricos del absolutismo personal fallan por la base.

Desechado este argumento de los hechos, ¿qué razones podrían aducirse en favor de los extremistas? Inútilmente las buscaríamos. Los extremistas no son muy amigos de la lógica; prefieren, la fuerza, la imposición, la afirmación rotunda y audaz.

A falta de discusión, busquemos, entonces exponer ciertos aspectos del antagonismo entre democracia extremismo.

El diferendo entre ambos métodos está planteado no sólo en la política, sino también en sinnúmeros aspectos de la vida, aun los más sutiles, aquellos que no pueden medirse ni siquiera en los laboratorios de psicología. En la imposibilidad de referirnos a todos, vamos a tomar algunos de los que han sido menos divulgados o quizá, permanecen inéditos.

Veamos primero el tópico de las libertades individuales.

Para Lenín, la libertad era un prejuicio burgués; para Mussolini es la negación del Estado, etc., etc. Los extremistas han luchado tanto por suprimir las libertades como lucharon nuestros abuelos por abolir la esclavitud. Pero, todos ellos reservan para sí tanta libertad como les es posible; la única que coartan es la ajena. Ahora bien, ¿qué hubiéramos dicho de nuestros abuelos si éstos, a la vez que luchaban contra la esclavitud, se hubiesen colocado a si mismos las cadenas que quitaban a los demás? No otro es el espectáculo que nos ofrecen los campeones del extremismo.

Luego, caracteriza a los estados del extremismo una especie de ansiedad, desasosiego o inquietud congénita; un desvivirse tras los ídolos que han levantado y que necesitan alimentar a diario. Esas vueltas y revueltas habrán parecido a algunos propias de la vida y la energía; a nosotros nos recuerdan los movimientos del enfermo en el lecho. Quien no halla postura cómoda o duradera es porque no se encuentra bien. En las democracias, los movimientos del Estado son calmos y pueden seguirse sin ninguna violencia.

La falta de oposición, de crítica, de resistencia, da a los extremismos una facilidad de acción que los favorece en los primeros momentos, pero, después los lleva a los más graves errores. Los adversarios son tan útiles al estadista como los amigos y partidarios; es en ellos donde mide sus fuerzas y conoce su alcance y calidad. (Es tal vez esta ley la que impulsa a los extremistas a buscar adversarios en el exterior; a sentir la guerra como una necesidad.)

Ello es visible nítidamente en lo que se relaciona con los discursos, las arengas y las proclamas. Desde Cicerón a Mirabeau, la palabra hablada es el arma favorita del político, y es en sus oraciones, filípicas y alocuciones donde pone todo su arte, su esfuerzo y su alma, porque un voto, una decisión, una ley, un destino, dependen muchas veces del efecto que pueda causar un discurso en los sectores neutrales u opuestos.

Quien oficialmente hace uso de la palabra en un país extremista, sabe de antemano que no habrá oposición, que todos aplaudirán a rabiar, diga lo que diga. El pueblo, el parlamento, la prensa, la crítica intelectual, no son más que una gigantesca claque cuyas manos explotarán en aplausos a cada párrafo. Mas, ¿qué sucederá al orador cuando esta situación se repita una y cien veces al cabo de los años? Que su elocuencia se irá empañando y acortando; que sus recursos comenzarán a repetirse hasta caer en la monotonía y aun en infantilismos, porque seguirá usando, para sorprender, estratagemas verbales que ya todos saben de sobra cómo se preparan, cómo se hacen y cómo terminan.

Esto es lo que encontramos en los discursos de los extremistas. Su utilería está gastada y no la reponen porque no hay un adversario que los obligue a ello, que les haga sentir la necesidad; porque hace años que no experimentan la dificultad imprevista, la interrupción súbita, inesperada e ingeniosa del debate parlamentario o público. En una palabra, no se dan cuenta de que están empleando cartas vistas.

De ahí que los públicos extranjeros se pregunten asombrados cómo es posible que ciertos discursos puedan surtir efectos tan grandes en los países extremistas; cómo el mismo orador puede dar tanta trascendencia a trilladas exposiciones que si se virtiesen en una Cámara cualquiera, serían rebatidas fácilmente por un polemista de segunda categoría.

Por el contrario, el estadista democrático sabe que sus palabras van a afrontar el juicio público; que periodistas y enemigos están aguardando una contradicción, un sofisma, una falsedad, para hacérsela resaltar en bastardilla; que la opinión pública está siempre más dispuesta a la censura que al aplauso. Esto le obliga a trabajar, a superarse, a perfeccionarse. Así se llega a esa elocuencia precisa, maravillosamente matizada, con que suelen regalarnos los oídos los viejos ministros, los veteranos de los congresos y los parlamentos.

Veamos, para finalizar, una de las muestras más sorprendentes de la propaganda extremista. Consiste en presentar sus regímenes como frutos del temperamento juvenil, henchidos de savia nueva y de frescura primaveral. Se llaman con insistencia fatigosa pueblos jóvenes, razas que surgen, civilizaciones aurorales, manifestaciones de gallardía vital y hasta han hecho conatos de filosofía al respecto.

La más simple ojeada nos hace ver que esos regímenes son síntomas de la decrepitud europea, ya que sus ademanes tienen extraña similitud con los del viejo que aprieta entre sus manos, temeroso de que le roben, las llaves de su bodega o la libreta de sus depósitos.

La juventud es generosa, despreocupada; le importa un comino las tenencias materiales al detalle o los progresos de su vecino. Los extremistas se desviven por acumular ganancias y recursos; por unos kilómetros de territorio hacen alianzas humillantes con sus enemigos ideológicos más feroces. La juventud es indiferente asimismo, del juicio ajeno; no le interesa lo que se piense de ella. Los extremistas viven en una pose perpetua para impresionar a los demás. En fin, la juventud no repara en que es juventud ni se cuida de decirlo a cada momento; simplemente vive su vida. Los extremistas aparecen demasiado empeñados en demostrarnos que tienen pocos años y presentarnos su partida de registro civil perfumada de rosa.

También es significativo que el extremismo sea cosa que ha nacido y prosperado en el Viejo Mundo, mientras en el Nuevo y novísimo continente, la democracia constituye el clima natural de los hombres. El americano es demócrata de nacimiento; le es tan imposible concebir una América extremista como suponerla dividida en las cuatro castas brahmánicas o hablando el lenguaje de los esquimales.

Recordemos, finalmente, que la democracia tiene y tendrá aún innúmeros matices; caben en ella tantas interpretaciones como hombres de talento existan en la sociedad. El extremismo tiene una sola cuerda: la coerción. La misma cuerda con que ata a los hombres.

 

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