El problema social es la preocupación básica de la hora actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 53, mayo de 1945

Todo cuanto se escriba de ahora en adelante, tendrá inevitablemente que estar influenciado, directa o indirectamente, por los grandes acontecimientos que conmueven al mundo en la hora actual. Parecería como si esta guerra, que más que ninguna otra asoló a tantos pueblos y trastornó el orden y la economía mundial, hubiese dividido en dos la historia de la humanidad. Se dirá así que todo cuanto constituyó letra viva y ley para los hombres hasta el año en que comenzó el conflicto bélico, es algo que perteneció al pasado, a una época en que la vida se desenvolvía en una forma, si no real, por lo menos aparentemente armónica dentro del juego de las actividades humanas, y que la guerra, al conmover hasta los cimientos de la civilización y desorganizar en gran parte el orden existente, creó nuevas situaciones y nuevos problemas, que la postguerra deberá afrontar.

Uno de ellos, cuya importancia nadie desconoce, es el problema social, designación ésta que se aplica habitualmente para significar cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre.

Sabido es que tal preocupación ha existido hoy como ayer y existirá siempre, porque, pese a la buena voluntad de todos los que bregan por el bienestar de los obreros y de la clase pobre, y pese a las numerosas mejoras que se logran para ellos, hay algo que siempre queda sin solucionar; ese algo que a nuestro juicio es el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz: la indiferencia con que los que son ayuda dos reciben las mejoras que se les brinda. Consideran, casi podría decirse, sin excepción, que cuanto se hace en pro de sus condiciones de vida, de sus salarios, es una obligación, un deber de quienes se lo confieren. Y esta creencia tan arraigada en sus espíritus, por lo general de corto alcance, hace que subsista el problema sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido; y corresponder al bien recibido debiera significar para ellos un mejor comportamiento en la sociedad, y no como sucede a menudo, que cualquier mejora obtenida es considerada una conquista, error éste que los lleva a acentuar en su ya crónico disconformismo, un estado de rebeldía que luego, como se ha visto en otras épocas, cuesta mucho dominar.

Existe en todas las clases sociales, pudiente, media y obrera, un criterio totalmente antagónico acerca del llamado problema social y todos aquellos otros que afectan a la sociedad humana, siendo ésta la causa de que tales problemas queden siempre sin solucionar. Pensamos no equivocarnos si decimos que tal disparidad de criterio es asimismo lo que promueve las tantas desavenencias entre el capital y el trabajo (Ver “Logosofía” N° 23, “El capital no existe”).

Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general, a aquellos que en todas las horas del día, en sus despachos y fuera de ellos, mantienen una constante atención sobre sus deberes y responsabilidades.

Esto representaría el logro de todo un desiderátum. Sería haber creado una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva.

Cada mejora social debe implicar para la clase obrera una mayor responsabilidad en el sentido de regular su vida conforme lo exijan las necesidades y perspectivas generales. Esto acontece, como es sabido, pero en muy pequeña proporción, en esos seres que dentro de sus ocupaciones diarias se interesan por superarse, haciéndose cada día más competentes en las funciones que desempeñan. Nadie puede negar que muchos obreros llegaron a escalar altas posiciones en su trabajo, pasando de simples obreros a capataces, de capataces a inspectores, luego a jefes de repartición, y por último a patrones, todo en mérito a sus esfuerzos y capacitación.

Obreros que así se distinguen, abren con su ejemplo el camino a los demás y muestran, a la vez, que ningún ser humano es impedido de mejorar su situación económica y social, si por su parte se hace acreedor a ello, consagrando sus horas en perfeccionar sus aptitudes para los trabajos que desempeña o aspira desempeñar. Estos son los que saben conservar por sus propios medios lo que fue el fruto de sus afanes y de sus previsiones. ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que cumplida la hora de trabajo se despreocupan totalmente de todo deber para con la sociedad y para consigo? ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que merced a la preocupación oficial o privada lograron tener más de lo que toman y luego nada hacen por conservar lo adquirido y por corresponder a ello con el esfuerzo personal que muestre signos cabales del mejoramiento propio?

Feliz será el día en que esto ocurra; en que las clases obreras puedan vivir una vida digna y holgada; pero, repetimos, esto nunca habrá de alcanzarse si en ellas no surge una amplia y verdadera comprensión de sus deberes y responsabilidades para con la sociedad, que, sin excepción, a todos incumbe. Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo.

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