Los grandes pueblos necesitan verdaderos hombres de estado.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista “Logosofía” Nº 23 (nov. 1942)

Grecia puede considerarse la cuna de la democracia; pero de aquella democracia de las ciudades helénicas a la del segundo tercio del siglo XX, media un abismo.

Los estados helénicos eran en po­blación y casi en extensión, algo  menos que muchas ciudades de hoy;  y aun, dentro de ellos los ciudada­nos eran pocos y los ilustrados mucho menos. Quitando a los esclavos, ilotas, mujeres, menores y miembros de las clases inferiores, sólo queda­ba un reducidísimo número de personas en condiciones legales de lle­var sobré sí el peso de la cosa pú­blica.

Todos se conocían y todos los  electores podían aquilatar los méri­tos de los elegibles, y la convivencia en la ciudad, la asistencia a las  del Areópago y la participación en los consejos democráticos, como el conocimiento personal  moral privada, las virtudes ho­gareñas, la capacidad para el trabajo de los “candidatos”, permitía mayor trabajó y con muchas probabilidades de acierto, a hombres como Solón, Licurgo y Arístides.

En los pueblos de hoy, con dece­nas de millones de habitantes y con dilatadas fronteras, la elección no es tan fácil, ni las instituciones demo­cráticas pueden adaptarse al molde ideado por Solón para la pequeña ciudad griega.

Elegir a los mejores es el deside­rátum lírico de las democracias, pe­ro además de la virtud, el estadista debe poseer muchas otras condiciones, puesto que sólo con aquélla quedaría cruzado de brazos ante la complejidad de los  problemas de gobierno. Ya no basta para gobernar el “bonus pater familiae”, es menester que un hombre sano, sabio y experto, empuñe el timón.

La moral y la psicología del ver­dadero hombre de Estado debe presentar facetas brillantes y múltiples.

Nadie podrá serlo, si no tiene conciencia de su vocación, que general­mente aparece al promediar la vida y, desde entonces, marcha unida con el ideal político. Al llegar éste a la realidad por medio de la acción, cre­yéndolo valor absoluto y limando asperezas, podrá adaptarlo al medio. El momento impone determinado ideal y el tacto político del hombre de Estado le hace mirar al porvenir y ser desinteresado. El pueblo per­dona todo, menos el interés y la ve­nalidad.

La grandeza de un hombre de Es­tado depende de su voluntad; cuan­do se decida a emprender una obra para el bien del pueblo, la acción tiene que tener la rapidez del pensamiento. El sentimiento de su respon­sabilidad debe tener en él profundo arraigo, y por más que práctica­mente no deba a nadie cuenta docu­mentada de sus actos por mucho que la responsabilidad tenga que diluirse, él ha de considerar que de sí depende la felicidad de su pueblo y obrar en consecuencia.

El verdadero conductor de pueblos tiene una gran fuerza sugestiva. El pueblo le ama, le acata y le sigue por su honradez, por su palabra, por la identificación con sus necesidades y problemas, y por la comunidad de sentimientos con sus conciudadanos. No es posible llegar al pináculo del poder, sin tener un profundo conocimiento de los hombres, sin ser un experto en psicología, sin usar en la medida de lo prudente, el tira y afloja de las negativas o de las con­cesiones, sin conocer a fondo el al­ma nacional y sin introducir en los hombres un espíritu nuevo, basado en ideales puros y con genuina ex­presión patriótica.

No debe abandonarle nunca el sen­tido de la realidad. Por mucho que su ideal le empuje hacia la obtención de altos destinos para su pueblo, jamás debe tratar de ir más allá de lo posible. No puede haber buena conducción sin un pleno conoci­miento del medio nacional; y en es­tas épocas de guerra; de intenso comercio y de problemas de solución universal, el conocimiento del terre­no internacional es también de absoluta necesidad.

La psicología del hombre de Es­tado ha de tener, sus propias pecu­liaridades.

El alma del político tiene caracteres múltiples y contradictorios. Para servir a su país debe encarnar el  momento o la necesidad, política de su pueblo, y su carácter, ya sea el objetivo: frío y científico, ya el subjetivo: apasionado y combativo, debe amoldarse a las exigencias de la   hora.

Su inteligencia tiene que conducir­le hacia un razonamiento reflexivo y práctico, centralizando la acción de su pensamiento en el plano de los grandes enfoques para penetrar con acierto en la substancia de situacio­nes y hombres, pues, de no ser así, le será difícil en determinado  mo­mento, dar con la justa solución. Siempre que la imaginación tenga el freno de la posibilidad, no le acarreará perjuicio dejarla correr. El político tipo analítico, pero sin el contenido práctico y reflexivo a que hemos aludido, es medroso, negativo, crítico y estéril; el sintético, enlaza los ejemplos históricos a la  acción que proyecta para asegurar en lo posible el éxito de sus gestio­nes. Prevaleciendo el tipo sintético, no deben desdeñarse algunos aspectos del tipo antes descripto. Los sis­temas políticos que han perdurado y se han mantenido más tiempo para beneficio de los pueblos que lo apli­caron, son obra de genios de sínte­sis: Solón, César, Richelieu, Bis­mark, Colbert.

La inteligencia del hombre de Estado necesita cultura técnica  profunda  y general, que  tienda  a. diversificarse. Si el político es  docto en varias disciplinas, ten­drá ventajas sobre el que domi­ne una sola de ellas. Ha de conocer la Historia y aplicar sus enseñanzas, y estará mejor pre­parado si tiene ya experiencia  en el mando. El hombre de Esta­do jurista o economista, no debe aplicar rígidamente su teoría, sino la que convenga al país. La teoría rígida, la erudición excesiva, el conocimiento científico o intelectual  unilateral, no convienen al hombre   de Estado, pues le quitan espontaneidad, objetividad e intuición. De­be rodearse de colaboradores hones­tos y capaces, que sepan interpretar  su pensamiento y sugerir con buen tino las mejores ideas.

No puede serse buen conductor de pueblos sin dominar los propios sentimientos. La vanidad es fuerte escollo, puesto que admite aduladores y aleja colaboradores útiles. El verdadero hombre de Estado afronta el riesgo de la impopularidad. La ambición, subordinada a un objeto y a los medios disponibles, es condición de aquél. Su mayor defecto es la  debilidad. Una doble altivez tiene que acompañarle en toda su vida; su pensamiento ha de ser suyo, y no prestado por consejeros de ocasión, en unidad paralela, con su  vocación y su ideal. La envidia y los celos dificultan la acción del político, en tales casos, la mente debe primar sobre el corazón.

 

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