El problema social y sus soluciones

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946

Al hablar del problema social se entiende de inmediato que es del que atañe, en su casi totalidad, a la clase menos acomodada de la sociedad, es decir, a la llamada clase obrera o proletaria.

Nunca como en la época actual este problema se ha hecho ­más agudo en todos los puntos de la tierra, tanto, que la agitación que promueve su constante discusión mantiene a los pueblos en una especie de crisis de principios que lleva la inquietud a todos los espíritus. Las masas obreras reclaman mayor compensación del trabajo mediante salarios más elevados a fin de alcanzar una situación que les permita vivir en forma holgada, y, por otra parte, aspirar a que se les asegure la estabilidad en sus empleos. Este es un asunto que viene debatiéndose desde hace mucho tiempo sin que hasta el presente se haya logrado una solución que ponga punto final a tan zarandeada cuestión.

Es indudable que cuando se encaran problemas de esta natu­raleza surgen dificultades de toda índole que parecerían dar por tierra con los mejores intentos y propósitos de quienes desean de buena fe lograr la ansiada solución de los mismos. Pero es el hecho que son muchos los factores que concurren a determinar su insolubilidad. Así, por ejemplo, tenemos que en la industria y el comercio, salvo en las empresas muy importantes, se sufren constantes oscilaciones que directa o indirectamente, o mejor dicho ine­vitablemente, terminan por afectar a las mismas masas obreras, quedando el problema social aún sin resolver, pese a las subas fre­cuentes de salarios, pues la experiencia ha demostrado que el mayor costo de la vida hace ilusorias las mejoras obtenidas.

A propósito de esto, bueno es recordar lo que se hace en Inglaterra, donde existen empresas como las del teléfono, por ejemplo, que dan trabajo a infinidad de obreros para que confeccionen en sus respectivos hogares diversas clases de piezas, de las miles que necesita la maquinaria telefónica, pudiendo cada uno especializarse en la producción de las mismas y hacer de ello una profesión. Este hecho demuestra cómo un número considerable de obreros podría ganarse el sustento y vivir honestamente con el esfuerzo de su trabajo, cuyo salario podrá ser aumentado por el mismo, ya que haciendo mayor cantidad de piezas, recibirá mayor paga.

Ahora bien; si se contemplan todos los aspectos que el problema presenta, podrá apreciarse, sin gran dificultad, que un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.

En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente, a las de menor cuantía, que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar, entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros, el propender a la mejor marcha de los negocios, ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace, pues, necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.

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