Las democracias y los regímenes totalitarios

Por Carlos Bernardo González Pecotche, (Nueva Concepción Política, 1940, págs. 96-106)

 Interesantes observaciones sobre países y gobiernos en sus relaciones con los demás pueblos del mundo.

Muy a menudo se oye decir con gesto de asombro: “¡Cómo ha cambiado el mundo!” Sin embargo, no es el mundo el que ha cambiado, sino las circunstancias, los hombres, los ambientes y las corrientes mentales.

Sin duda, el tema escogido hará pensar de inmediato que el articulista, como sucede muchas veces con tan zarandeado asunto, mostrará aquí sus preferencias haciendo causa común con una u otra de las tendencias que aparecen en pugna irreconciliable en el continente europeo. Nada de eso; su propósito es, ante todo, poner una palabra serena en medio de tanta agitación y un poco de reflexión en las mentes que han cesado de tenerla.

Veamos: ¿qué beneficios ha reportado al mundo la implantación del régimen soviético? La respuesta casi podría anticiparse a la pregunta. Ninguno; pero, ilusionó a millones de fanáticos que aún viven al margen de la realidad. ¿Y las ideologías adoptadas por los gobiernos de Alemania e Italia? Esto merece una consideración aparte.

En Italia, después de la guerra del catorce, se habla dado cita, según lo anunciaron las crónicas de esa época, todo el bandidaje de Europa. Para el caso no es necesario hacer distingos con el objeto de señalar que determinado grupo era el fomentador de las agitaciones y disturbios que llevaron al país al borde del caos político y social. Lo cierto es que Benito Mussolini, a la sazón caudillo del socialismo, el cual comenzaba a tomar incremento en determinadas regiones de Italia, expuso su programa de acción a sus correligionarios políticos y marchó con ellos decididamente hacia Roma. Con un éxito que no esperó y en el que no hubo pensado jamás, obtuvo las consideraciones del Rey, quien le nombró Primer Ministro. Una vez en el gobierno, Mussolini comenzó su obra de sanear el ambiente, ya demasiado contaminado de “maffiosos” y exaltados que creyeron convertir a esa nación en centro de la “maffia” mundial. Estas fueron, por lo menos, las versiones que corrían cuando el partido de Mussolini, tomando el nombre de Fascismo, empezó sus “razzias” eliminando a todos los elementos de la oposición y a todos aquellos de quienes se tenía el menor indicio de resistencia a las órdenes del gobierno.

Dejemos a un lado los métodos que hubo de utilizar el fascismo para reducir a sus contrarios dentro del territorio. El hecho es que Italia pareció resurgir más vigorosa que nunca y dispuesta a acreditarse de nuevo ante el mundo. Pero, he aquí que una vez cumplida la misión que motivó la ascensión de Mussolini al poder, es decir, organizada la vida social sobre otras bases y libre el campo político de enemigos, éste creyó que perdería su prestigio si se entregaba llanamente a gobernar en paz a su pueblo, pues ya nada le quedaba por hacer en materia de reorganización y depuramiento. El aceite de ricino había hecho cuanto podía hacer.

Mussolini no es hombre rutinario, y en esa circunstancia le aterró pensar que dirigiendo los asuntos del Estado desde un gabinete tranquilo y solitario, sus funciones quedarían reducidas a una simple tarea administrativa. ¿Qué pasó, entonces, en él? Lo que le pasa al que nunca está satisfecho de sus satisfacciones y busca emprender nuevas empresas para calmar sus inquietudes.

Deseos de conquistas y de mayor predominio en las relaciones internacionales llevaron al Dictador a extender los métodos empleados en su país, allende las fronteras. La situación general era propicia, pero se encontró con que la autoridad que habla impuesto en Italia era desconocida en el exterior. Nadie tomaba en serio sus opiniones, y sus enemigos, desterrados por él, lo atacaban rudamente desde sus sitios de residencia. Esto lo irritó hasta el paroxismo y se inflamaron las fibras de su amor propio; desde entonces, no se dio tregua en la preparación de un ejército gigantesco que lavara semejante afrenta.

Su imaginación se pobló de soldados y así fue cómo consiguió un ejército que a una orden suya marcharía a un tiempo sobre todas las naciones del globo. Apenas listos unos cuantos contingentes de tropas equipadas con el más moderno material de guerra, soñó con restaurar al antiguo Imperio Romano y se lanzó a la conquista de Etiopía. El exceso de población italiana que ya se asfixiaba en la península, necesitaba nuevas extensiones de tierras para llevar la emigración. Tales fueron sus razones, y aunque esta vez tampoco se dio importancia a semejantes pretensiones, sus fuerzas armadas, tras una guerra desigual, ahogaron en sangre a ese desprevenido pueblo etíope; mientras, en Roma se proclamaba al Rey, Emperador de Abisinia.

Dios es más sabio que los hombres, tanto, que debe corregirlos constantemente para que no se ensoberbezcan. Abisinia no es ni será nunca habitable para los italianos; su clima sólo puede ser soportado por los nativos de esa región. Son más las vidas sacrificadas por el empeño del gobierno que las que se perdieron la conquista. Mussolini parece haberlo comprendido ya, pues ha hecho no hace mucho, un ofrecimiento “generoso” a los judíos para que vayan a habitarla. Pero el caso es que parte del ejército italiano debe permanecer en Etiopía sufriendo los rigores del clima; una extensión tan grande no puede quedar en manos de civiles.

Mussolini debió, entonces, preparar otra empresa que no fuese tan adversa. Se hicieron nuevos empréstitos para armamentos, nuevos llamados a la juventud, enrolamiento general, militarización de la infancia, etc.

A todo esto, tan ocupado estaba el jefe del fascismo en realizar sus sueños y ponerse al frente de tan fantástico ejército para someter al mundo, que no se dio cuenta o no tuvo tiempo de percatarse que un poco más allá del Tirol, otro dictador le disputarla la empresa, pues ambos coincidían en sus aspiraciones.

¿Qué hacer? Sus recientes operaciones bélicas le hablan malquistado con Inglaterra y Francia, las dos grandes naciones democráticas. Acudir a ellas para debilitar a su rival era imposible. A su ejército le faltaba aún mucho para alcanzar las proporciones de aquel que forjara en su imaginación; en cambio, el otro dictador, Hitler, ya tenía sus divisiones prontas, en la medida que pudieran exigirle las circunstancias. Ahí estaba el problema; pero, un poquito de astucia arreglará el asunto. ¡Ya está! Mussolini ve en Hitler un posible y eficaz instrumento de sus ambiciones. El alemán, que piensa lo mismo con respecto al dictador italiano, ve sus intenciones y busca la oportunidad de explotar la ingenuidad de su hoy importante aliado.

Sabedor Hitler de la enemistad de Italia con Francia, acomete la primera parte de su plan. Ocupa la zona renana y denuncia las cláusulas del Tratado de Versalles. El Duce se regocija por la indignación francesa. Más tarde va a Berlín invitado por Hitler, quien le hace tributar honores fantásticos que lo deslumbran y le desliza al oído, con palmaditas en el hombro, que tomará a Austria para humillar a Francia, pidiéndole se mantenga neutral. Mussolini protesta amablemente y propone que sea por infiltración, pasiva, sin violencia de armas. Así lo convienen. Poco después, gran agitación; el canciller austríaco, que siempre pide consejo al jefe del gobierno italiano, es llamado a Berlín y no puede comunicarse antes de partir, con Italia, porque las líneas están interrumpidas. Mussolini, enterado de la entrevista, piensa en una traición del canciller, y cuando a su regreso éste quiere hablarle, se niega a atenderlo. Hitler aprovecha la ocasión e invade Austria, produciéndose el “anschluss”.

Muchos días pasa el Duce reflexionando sobre esta nueva actitud alemana; pero, ¿qué le importa perder toda su influencia en la Europa Central si Francia sufre un nuevo golpe? Hay que consentirlo; no hay más remedio, y aun, aprobarlo resueltamente.

“Comiendo es como viene el apetito”, acostumbran decir los que tras una cosa quieren otra; luego, antes que Mussolini reaccione pidiendo algo nuevo, Alemania reclama la región Sudeste y provoca un momento de tensión mundial.

Checoslovaquia sufre un brutal desmembramiento y extensas áreas pasan al dominio del Reich. Mussolini, encantado con los ruidosos éxitos de su aliado, sonríe frente a Francia que firma el Pacto de los Cuatro en Munich, y regresa entusiasmado, lleno de cálculos y proyectos. En tanto van apareciendo otros grandes ejércitos que ya aventajan al suyo. Francia e Inglaterra, convencidas de sus infructuosos esfuerzos en pro de la paz, deciden armarse y lo hacen con una rapidez que maravilla. Italia desangra a sus soldados en España y al volver a su patria contingentes enteros de mutilados, padres, hijos y hermanos (¿para qué mencionar a las madres dolorosas?) sienten de cerca los horrores de la guerra y en lo más recóndito de sus conciencias ahogan sus exclamaciones de protesta. ¿Contra quién? Es tan inviolable la soberanía humana cuando se intenta penetrar en sus dominios…

El sacrificio de España no parece haber conmovido mayormente el sentimiento de los pueblos civilizados, a juzgar por los preparativos bélicos que se observan de uno a otro punto del continente.

Las diferencias internacionales no pueden solucionarse, por lo visto, sin que medien graves amenazas y violentas campañas periodísticas. Una de las partes debe claudicar y aceptar sin reservas las imposiciones de la otra. La crisis es así retardada, pero mientras, la fiebre armamentista aumenta y no podrá demorar ya mucho el desenlace. O mueren los pueblos por consunción, pues las maquinarias de guerra son insaciables y se llevan todo el oro con que debe pagarse el sustento humano, o estalla la guerra como un desahogo brutal que volverá al hombre a la barbarie.

Establezcamos ahora, algunas diferencias que el amable lector habrá de convenir con nosotros, son apreciables desde el punto de vista humano y social, y desde el punto de vista político. Una cosa es cierta, y ella es, que un número incontable de personas que aman a Italia y a Alemania, no pueden visitar esos países y respirar en ellos ese aire tan apreciable que se respira en los países libres. ¿Por qué se les priva de andar y aun de vivir en esas tierras que contienen tantos recuerdos, tantos afectos y tantos lugares que evocan pasajes verdaderamente sugestionantes de la historia? ¿Por el solo hecho de no compartir las tendencias ideológicas de sus gobiernos? Pero, ¿qué tiene que ver esto con los sentimientos más íntimos del hombre? ¿Qué daño puede causar a una nación que se dice unida, que Juan o Pedro, al pasar por sus calles diga lo que piensa, como lo acostumbra a hacer en otras tierras? Tómense en broma sus dichos, festéjense sus ocurrencias, que nada pasará, como nada pasa en las naciones libres aunque miles de súbditos de países totalitarios digan y exclamen las más absurdas impertinencias. ¡Cuánta más simpatía se captarían Italia y Alemania si la hospitalidad fuera en ellas tan amplia como lo es en los demás países civilizados! Indudablemente, tal situación coloca a estos pueblos en inferioridad de condiciones y nadie puede sentirse atraído a visitarlos si de antemano sabe cómo será tratado.

La prosperidad de las naciones se advierte en el movimiento de barcos de todas partes que entran y salen de sus puertos. La vida va en busca de la vida y el hombre va en pos de ella donde la halla mejor. Cuanto más se intente privarle de su libertad tanto más se estrangularán las fuentes de recursos más fecundas y apreciables que una patria pueda tener: la libre iniciativa y la producción inagotable del ingenio humano. La experiencia ha demostrado que las inteligencias más lúcidas, por el sólo hecho de haberse emancipado en parte de la común estrechez mental, detestan y censuran los procedimientos autoritarios que deprimen el espíritu, siendo ésta la causa de que gobiernos y pueblos se vean privados de sus mejores hombres.

Es posible aún, y cabe esperarlo, que el mundo gire sobre sus pasos y encuentre la huella perdida, aquella que dejaron los padres de la civilización al caminar junto a sus hijos por el largo y tortuoso sendero de la vida, mientras les enseñaban, en el curso de las generaciones, los medios de alcanzar la felicidad por la concordia, el entendimiento y la caridad.

(Artículo previamente publicado en “El Heraldo Raumsólico” N° 43, marzo de 1939).

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