El capital en formación – Su realidad actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 54, junio de 1945

Cuando los gobiernos adoptan medidas con el propósito de resolver las tantas situaciones que se crean a todo pueblo o nación en su constante desarrollo político, social y económico, por lo general no contemplan, muchas veces por la premura con que deben solucionar esas situaciones, todos los aspectos y detalles que forman el problema. Y de ahí también que, con frecuencia, tales medidas resultan insuficientes y aun contrarias a los propósitos del gobierno. Para confirmar esta observación podrían citarse infinidad de casos. En nuestro país tenemos, por ejemplo, el impuesto a las ganancias excesivas, digno, por la importancia que reviste, de ser enfocado teniendo presente su origen, es decir las razones que motivaron su adopción.

Es indudable que el pensamiento que animó a los hombres que dispusieron la aplicación de tal medida fue el de hacer que el capital privado ofreciera un concurso mayor para solventar la carga pública, ya que el impuesto a los réditos parecería haber sido de escaso rendimiento. Visto así, sin profundizar y sin que la práctica haya puesto aún de manifiesto algunas fallas que en esa medida existen, ella aparece como muy natural y hasta cierto punto, lógica. Empero, se advierte que no se tuvo en cuenta, posiblemente por razones de urgencia en resolver este asunto, el alcance y el grado en que podrían ser afectados los intereses de unos y otros.

El capital tiene sus jerarquías, según las cuales desempeña funciones diferentes conforme a las cifras a que asciende. Lo razonable habría sido, pues, como primera providencia, clasificar el capital en dos categorías. La primera correspondería a las sumas que ascienden a uno, dos y aún cinco millones; la segunda, cinco millones en adelante. Tendría que hacerse todavía una nueva clasificación, dividiendo en dos los capitales comprendidos en la primera categoría. El capital estabilizado entre uno y cinco millones, vale decir, el capital ya formado, cuya estabilidad está asegurada, sería el primero en esta clasificación; el segundo lugar correspondería a los capitales en formación, desde los mil pesos hasta el millón, de los cuales hay un número apreciable.

Pues bien; estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden, desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mando de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.

Se ha de advertir, por consiguiente, que a las dificultades y contratiempos de toda especie que el capital en formación debe afrontar, más las cargas impositivas que a ello se suman, se agrega el tronchamiento de una buena parte de sus beneficios, lo cual, indudablemente, debilita las fuerzas que sostienen al mismo durante las luchas que ha de entablar para no sucumbir ante las situaciones adversas.

El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.

En resumen; los grandes capitales, que sin mayores perjuicios estarían en condiciones de ofrecer un concurso más amplio para solventar la carga pública, son, justamente, los menos afectados con esta medida, ya que su mismo volumen mantiene equilibrado el rendimiento; en cambio, los capitales en formación, tal como queda evidenciado a través de las reflexiones hechas, son los que deben soportar, en detrimento de su propio desarrollo, el mayor peso de los impuestos y gravámenes. Sería, por tanto, muy justo que se tuviera en cuenta lo que significan estas observaciones que formulamos sobre tan importante asunto.

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