El pensamiento, los hombres y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 9 de marzo de 1945.
Por Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol) – Revista Logosofía N° 51

Cada día que pasa, cada hoja que se desprende de la magnífica planta que representa el mundo con sus periódicas transformaciones, confirma vez por vez la incuestionable verdad de que lo que mueve al hombre y a todo cuanto ha creado su inteligencia, son los pensamientos.

Hace seis meses, cuando todo parecía indicar que la guerra estaba próxima a su fin, aparecieron de pronto, como por arte de magia, incomprensibles demoras que fueron atrasando ese gran momento que la mayor parte de los seres humanos se dispone a celebrar jubilosamente: el final de esta horrible y catastrófica contienda. Es que los pensamientos están demostrando que son más fuertes que las armas. Así es que los vimos frenar en Polonia a los ejércitos soviéticos, que debieron detener su avance para que los altos dirigentes aliados se ocupasen preferentemente de ciertos pensamientos, concernientes a una cuestión político‑geográfica que necesitaba ser considerada con prioridad a nuevos hechos de armas en aquella región.

En la Cámara de los Comunes, los pensamientos de los hombres de Estado, en pugna entre si o en vivo acuerdo, trabajan intensamente en busca de soluciones que permitan allanar las múltiples dificultades que se presentan en el escenario europeo y aun fuera de él. En Washington, en Moscú, también el posa miento de los estadistas libra verdaderas batallas mentales contra los pensamientos del mal, que, con frecuencia, intentan perturbar la buena armonía que indefectiblemente debe reinar entre los aliados, aun cuando más no sea en homenaje a los tantos esfuerzos y sacrificios que en común están haciendo para restablecer en el mundo la tan ansiada paz y el equilibrio en todos los órdenes, que fuera roto al comenzar las hostilidades bélicas Los hombres en cuyas manos se hallan los intereses de la humanidad entera, deberán comprender en su total alcance la responsabilidad que les incumbe en esa tarea en la que concentran todos sus esfuerzos a fin de lograr que los pueblos vuelvan a la normalidad animados de la mejor buena voluntad y del mejor ánimo para reconstruir sus devastadas tierras, edificando en cada uno de sus países una obra con miras permanentes, en todos los aspectos en que la vida se desenvuelve. Para que esto sea posible habrá que inspirar en los habitantes de los pueblos afectados, plena confianza en el porvenir; así el trabajo será fecundo y los resultados, un verdadero bien para las generaciones del mañana.

Si en las cuestiones territoriales existiera un amplio y generoso espíritu de comprensión, nada ni nadie podría impedir que se llegase a las más elevadas y honrosas soluciones; y cuanto más nobles sean los gestos de los estadistas y más amplio su espíritu de colaboración universal, tanto más imperecedero será el recuerdo que se fije en la posteridad, el cual, como una llama simbólica, señalando el ejemplo servirá para iluminar a los hombres del mañana.

La guerra actual, al finalizar, habrá promovido innumerables cambios en muchos sectores de la vida. De quienes sobrevivan dependerá que esos cambios se encaucen hacia el bien, modificándolos inteligentemente, conforme a las necesidades, a fin de que, sin perturbar a la sociedad humana, permitan que el equilibrio vuelva a reinar en el mundo.

La postguerra será un proceso que convendrá cuidar con extrema atención y firme voluntad para que la humanidad no sufra un colapso que podría ser de fatales consecuencias. Ese proceso abarcará todos los cambios y transformaciones que tienen que operarse en el futuro inmediato y mediato, y, se sobreentiende, habrá que dirigirlo con el máximum de energía e inteligencia hacia una superación efectiva, hacia una evolución realmente consciente, en la que cada ser humano se sienta responsable no sólo de sus actos sino también de los de toda la humanidad, de la cual forma parte; siendo así, se creará un verdadero espíritu de confraternidad, de comprensión, de colaboración, de paciencia, tolerancia y justicia.

Será, es indudable, un proceso largo, y posiblemente haya que pensar que los frutos tardarán mucho en recogerse, pero no hay que olvidar que mientras éste vaya realizándose, toda la humanidad comenzará a beneficiarse a través de esa realización. Y al tiempo que éstos y otros pensamientos e ideas irán plasmándose en el ambiente mental del mundo, grande ha de ser la labor que habrá que llevar a cabo para calmar tantas ansiedades y frenar tantos impulsos contenidos en el alma de los pueblos que debieron soportar durante años toda clase de calamidades y sufrimientos.

Nada puede hacerse de golpe, y mucho menos restablecer la armonía de los intereses humanos en breve tiempo. Habrá, pues, que preparar los ánimos e inclinarse hacia el culto de la paciencia y la tolerancia, y a la vez encauzar a los espíritus hacia el culto del trabajo y, sobre todo, hacia el culto de la confianza en un porvenir más auspicioso.

Todo podrá reconstruirse sobre bases firmes si anima el espíritu de los hombres un franco optimismo y permanente entusiasmo en la edificación de un mundo mejor. Y es en esto en lo que todos, sin excepción, deben poner sus más grandes empeños, su más buena voluntad y los recursos de su capacidad individual.

Uno de los grandes problemas, quizá el más grande, es, y seguirá siéndole hasta tanto se solucione, el creado entre el ser individual y el ser colectivo, o sea, entre el individualismo y el colectivismo, que termina en lo que ha dado en llamarse estatismo, lo cual, en resumen, es la absorción del individuo por el Estado.

Este problema de tan vital importancia para el futuro, tendrá que resolverse dentro de la más amplia comprensión de los destinos del hombre y del mundo. Privar al ser humano de sus naturales prerrogativas, de los alicientes y estímulos del libre albedrío, es arrancarle lo mejor de su existencia. Y si esto ocurre, contrariando la mayor esperanza que hubo de cifrarse en él, para quien e¡ mundo y la tierra fueron hechos a fin de que viviera y disfrutara de todo cuanto en ellos existe, quién podría reemplazar lo que es propio de su espíritu y de su naturaleza.

Quitar al hombre tales prerrogativas es postrarlo en una muerte moral y condonarlo a una consunción psicológica y mental. Las grandes democracias y los pueblos libres que hoy luchan por mantener intactos los principios fundamentales de la existencia humana así parecen haberle comprendido. Es el individuo, con todas sus fuerzas y su inteligencia, el que debe aportar su concurso para el bien común, y el que debe comprender que ese aporte tiene que ser ofrecido y realizado sin que medien, para, decidirlo, presiones extrañas a su voluntad. Pensar lo contrario es admitir que la humanidad ha fracasado en su evolución y que debe conducirse corno nómade, al igual que las especies inferiores.

Si han de existir para el individuo prerrogativas y derechos, éstos deben ser iguales para todos, pero esa igualdad habrá de entenderse en el sentido de que nadie será privado de lo que quiera y pueda hacer si sus esfuerzos, capacidad y sacrificio, le conceden realizar tales aspiraciones. Para todos están abiertas las puertas de las universidades, aun cuando no todos logran una feliz culminación de su carrera no obstante haber tenido la misma prerrogativa y el mismo derecho a ser lo que sensatamente se propusieron en un principio (Ver “Logosofia” Nº 29 sobre concepto de igualdad.)

Esta es la ley natural que a todos los hombres abre un camino de idéntica trayectoria, pero que no todos recorren en igual tiempo y del mismo modo. Los que culminan en sus aspiraciones comprenden, o han de comprender al menos, que es deber no olvidar a los semejantes que quedaron detenidos en él. Muchos son los que comprendiendo este deber acuden en auxilio de los demás beneficiándolos por mil medios diferentes con cuanto ellos alcanzaron en sus máximos esfuerzos de superación y progreso.

El futuro del mundo debe ser la preocupación más importante que cada uno tenga, pues de esa preocupación habrá de surgir quizá el mejor concurso que todos los hombres de buena voluntad puedan aportar para colocar los cimientos y levantar sobre ellos el gran edificio de la paz futura.

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