Concepto sobre el perdón o acto de perdonar

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De su libro “Diálogos”, (1952, Diálogo No. XXXVI, pág 144)

FAUSTINO —Días pasados comentábamos, entre varios condiscípulos, la eficacia o la ineficacia de la aplicación de ciertas prácticas y principios sustentados por algunas religiones, teniendo presente, desde luego, algunas enseñanzas logosóficas que difieren de las interpretaciones conocidas. Tal, por ejemplo, lo referente al perdón o acto de perdonar.

Por mi parte, siempre he considerado humano el perdonar las faltas de los demás, aún cuando en mi caso en particular —y creo que en muchos ocurre lo mismo— me ha sido difícil hacerlo al instante; antes bien, después de un tiempo, y, según los casos, he perdonado o no. En cambio, me resulta incomprensible el perdón que las religiones otorgan a sus fieles por el mero hecho de confesarse, o por destinarse un día del año al perdón de las faltas mútuas entre semejantes. Tal vez exista en ello algo enigmático, ajeno totalmente a mi conocimiento. Será de gran valor para mí escuchar al respecto vuestra autorizada palabra, profunda y convincente siempre.

PRECEPTOR —Este asunto del perdón es algo muy delicado, que merece, dada su índole y por el hecho de ofrecer aspectos tan variados como singulares, tratarse con la extensión debida.

Como fórmula moral es admirable, pero no siempre cumple su primordial objeto. Ahora bien; prescindiendo de todo otro concepto, la Sabiduría Logosófica concibe el perdón como una virtud de espíritu universal que se extiende por todos los ámbitos de la Creación y cuyos beneficios alcanzan a la criatura humana mientras no abuse de tan preciada prerrogativa.

Así, pues, en tanto vive el hombre en la ignorancia, ajeno por completo al mecanismo universal que gobierna y regula por medio de sus leyes los movimientos y actividades de la existencia animada, comete errores y faltas de toda especie. En su inmensa mayoría, dichos errores y faltas son reparables, pero las sanciones que salen de la órbita jurídica de las relaciones humanas rara vez tienen inmediata aplicación; de ello se encarga luego la adversidad haciéndole sufrir las consecuencias.

No obstante, las leyes supremas son justas y magnánimas, y a la vez estrictas. Conceden al hombre el tiempo necesario para reparar sus faltas, primero mediante el reconocimiento de las mismas y después mediante el esfuerzo tenaz para enmendarlas íntegramente. Realizado esto, el perdón surge de la propia conciencia individual, al quedar reparados la falta o el error. Si tales hechos hubiesen afectado a sus semejantes, esa conducta asimismo lo rehabilitaría.

FAUSTINO —Es la vuestra una originalísima concepción que supera en alto grado los antiguos conceptos. Pero aún me resta una duda: los seres afectados por los errores o faltas de un semejante, ¿no deben, acaso, perdonarlo para que aquél pueda quedar absuelto?

PRECEPTOR —He ahí, precisamente, un hecho cuya frecuencia hace necesaria su aclaración. Él perdón que comúnmente otorga el ofendido, o simplemente afectado, es siempre ostentoso, haciéndolo sentir, por lo general, en forma harto deslucida. Ese perdón, concedido desde la altura ilusoria en que éste se ubica, constituye para el perdonado un verdadero, agravio.

Entre seres evolucionados, el perdón de las faltas y errores ajenos es una virtud consubstancial con el propio espíritu, justo y magnánimo, y, sin necesidad de manifestarlo en gesto externo, se lo evidencia por el olvido del daño que, a juicio de quien perdona, le hubo ocasionado un semejante.

FAUSTINO —Pero si quien incurriera en un desliz no se enmienda luego ni reconoce sus faltas o errores, ¿qué proceder cabría?

PRECEPTOR —Conviene agotar siempre todo recurso noble para que el ofensor comprenda finalmente su equivocación; si nada diera resultado, siempre queda el retiro discreto de la amistad.

Jamás deberá privarse, a quien ha incurrido en falta, de la oportunidad de subsanarla corrigiendo su equivocada actuación. Pero si no se enmienda, cuenta de él será afrontar las consecuencias, que han de comenzar por su desconcepto.

FAUSTINO —Me interesa conocer cuáles son esos recursos nobles que habéis mencionado, de los cuales se puede echar mano en tales casos.

PRECEPTOR —La paciencia y la tolerancia que exige todo comportamiento elevado, en primer lugar. En segundo término, el llamado de atención, sin alterar la serenidad que requieren esas circunstancias ni mostrar las violencias de las reacciones que hubieran podido experimentarse.

FAUSTINO —Resumiendo, ¿podríais señalarme, entonces, el verdadero alcance del perdón?

PRECEPTOR —Claramente se desprende de cuanto os he expresado que el verdadero perdón, el que redime, surge de la conciencia individual al enmendarse quien ha incurrido en falta o en error.

Es ese el perdón grato a los ojos de Dios, por ser el más fecundo. También lo es el que se evidencia por el olvido o atenuación que discretamente se hace de una falta; no así el que se pronuncia de labios afuera, porque revela incomprensión y aún hipocresía, pues generalmente está subordinado al sometimiento humilde del perdonado que lo acepta.

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