Sugerencias sobre la preparación mental y espiritual de la mujer

Por Carlos Bernardo González Pecotche, Revista Logosofía Nº 3 (marzo de 1941)

Uno de los problemas que a veces suele recrudecer en el alma de la mujer es aquel que entraña al de su complejo humano, por ser el que más incapaz se siente para resolver con felicidad.

Su figura es en la mayoría una obsesión permanente. Lucha por mostrarse bonita, atractiva, de porte distinguido y ademanes cultos o, mejor aún, graciosos. Y no hay dudo que muchas lo obtienen, y con facilidad. El conjunto de su persona aparece así atrayente, vistoso, y de seguro que ejerce una influencia considerable al primer golpe de vista del sexo contrario, pues es inobjetable que hacia él es a quien va dirigido el hechizo.

Sin embargo, en su afán de embellecerse físicamente, la mujer ha descuidado en grado extremo la belleza de su fisonomía moral y psicológica. Muchas, sin darse cuenta de la gran importancia que revisten las características superiores –por cierto tan sublimes que imprimen en el rostro “el inconfundible rasgo. de la cultura en su más exquisita manifestación–, se afligen de sus fracasos y no atinan a comprender a qué obedece su infelicidad.

Una flor puede ser muy vistosa hasta admirada en el conjunto de un ramo de flores, pero si no tiene perfume, al contemplarla sola, la ilusión de su belleza se esfumará tan pronto se manifieste como algo sin alma, como una cosa inerte, incapaz de comunicarnos las delicias de su intimidad, la fragancia de su espíritu, que tan grato resulta al alma que lo aspira.

Un pájaro de precioso colorido, que no cante, podrá provocar también admiración, mas ello será mientras le tengamos ante nuestra vista y cesará conforme se aleje. ¡Cuánto más extasía el espíritu el pájaro que deja escuchar sus maravillosos trinos! Aunque no le veamos, aunque el colorido de su plumaje sea el menos vistoso, nos atraerá, y su canto nos deleitará hasta el punto de anhelar tenerlo siempre con nosotros.

La mujer cuyo espíritu carece de cultivo, de ilustración, puede resultar tan insulsa como la flor puramente vistosa pero si se esmera en pulir sus modales más que sus uñas, si advierte que la bondad y la alegría deben formar parte inherente de su naturaleza femenina y se aplica en hacer desaparecer los defectos de su carácter al tiempo que hace desaparecer las impurezas de su rostro, encontrará que su vida florecerá llena de esperanzas y se convertirá, por sus encantos, en la flor predilecta del espíritu.

La Logosofía encara el problema de la mujer, en su fondo, comenzando por interesar vivamente su pensamiento y haciendo que la naturaleza femenina experimente los beneficios de un encanto superior, cual es el de la gracia del espíritu por el cultivo de las facultades mentales. Ello no requiere grandes esfuerzos ni agitados o pesados estudios.

No bastan solamente, los arreglos externos para realzar la figura humana por encima de la vulgaridad, pues en el trato con los demás aparecen con frecuencia las deficiencias propias de un estado semejante, y cuánto se anhela en esos momentos poseer lo que reclama a gritos el pudor interno. Una mujer discreta, gentil y culta es agradable siempre dondequiera se halle. Los atractivos del alma suelen ser mucho más poderosos que los del físico.

La mujer debe ser fina en sus modales, y en su lenguaje. Todo gesto, expresión o actitud que atente contra su feminidad, la afea y llega hasta convertirla en un ser que inspira rechazo.

Para adquirir las bellas cualidades que tanto adornan su carácter es necesario que la mujer se disponga a ello con especial dedicación. Aprendiendo a conocer de qué modo los pensamientos actúan e influencian la vida, buscará la compañía de aquellos que eleven su espíritu y contribuyan, por un lado a dar brillo a su figura de mujer superior en el medio ambiente en que actúe, y por otro, a que su alma disfrute de las innumerables prerrogativas que abre el conocimiento a las posibilidades de vivir una vida más amplia y más llena de atracciones que la vulgar, por contener ella una variedad tan incontable de motivos que no sólo despiertan al ser interno en un nuevo mundo, si no que lo extasían ante la grandeza de esa parte de la creación que permanece ignorada para los que no saben que existe ni se aprestan a obtener los medios para conocerla.

El cultivo mental debe constituir, pues, para la mujer, una necesidad intensa como la que siente para embellecer su persona.

Pero esto no es todo. Bien puede presumiese que los beneficios que reporta a la mujer una preparación de esta índole son incalculables. Muy diferente es la posición espiritual de la que se sabe con aptitudes para enfrentar la vida, a la de aquella que no las posee. ¿Y quiénes si no los propios hijos habrán de recordar con gratitud esa gracia, poco menos que sublime, que una madre inteligente y culta derrama sobre el alma de los mismos? ¿qué premio más grande puede haber para sus sacrificios que aquel que su nombre, símbolo de ejemplo, sea bendecido y venerado por todos? Mujeres así son las que forjan el ideal de las generaciones.

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