Discurso de Ebel de Sándara en Ciudad de México en noviembre de 1959 – ¿Dios existe?

NOTA: El ámbito del discurso ocurrió en un club de carácter filosófico en el cual hacían uso de la palabra uno o más miem­bros elegidos por sorteo entre los que ofrecían voluntariamen­te su concurso. Sus asociados eran hombres de ciencia, polemistas, pensadores y aun sofistas, quienes sometían su saber al veredicto de un público igualmente erudito, que a menudo acosaba al orador con preguntas o le salía al paso con objeciones y réplicas, promoviéndose no pocas controversias. El orador invitado a extraer al azar, de una urna exprofesamente puesta, dos sobres con preguntas allí depositadas por vo­luntad de los interesados. El orador podía escoger libre­mente entre las dos o evacuarlas ambas si así lo deseaba.

 Esa noche fue Ebel de Sándara el sorteado. De acuerdo con la fórmula habitual, el director comen­zó a leer en alta voz las preguntas que aquél extrajo de la urna, con los nombres de quienes las suscribían.

La primera definía así las inquietudes ideológicas del firmante, conocido escritor de fuerte tendencia liberal: “¿Dios existe?; ¿puede usted probarnos su existencia?

La segunda había sido expresada por un médico en los siguientes tér­minos: “¿Cuál es su opinión sobre el eslabón perdido, ori­gen de tantas teorías sobre la génesis del hombre?

Transcribimos a continuación la exposición de Ebel de Sándara sobre la primera pregunta.

– Señores  – dijo – : Al pronunciarme con respecto a la primera cláusula doy por descontado que si la Creación que nos rodea y de la cual formamos parte no es por sí misma lo suficientemente elocuente como para persuadir al hombre de que la existencia de Dios es innegable, menos podrá serlo la palabra de un semejante, por mucho que se empeñe en demostrarlo. Hecha esta aclaración, entremos de lleno en el asunto. Cuando se afirma que Dios existe, es absolutamente necesario acompañar tal afirmación con una proposición desvinculada de toda idea que lo limite o im­pida concebirlo en su inmensidad, omnipotencia e infinitud. Partiendo de la base de que la Causa Primera es Dios y no teniendo a nuestro alcance a ningún ser visible a quien pueda atribuírsele el acto de la Creación Universal, lógico es que reconozcamos a Dios como Supremo Hacedor; mas la capacidad para considerar su existencia no depende de esa existencia en sí, sino de la medida en que cada ser humano la reconozca, la sienta y la palpe individualmente.

“Hay dos cosas que son, sin duda alguna, inseparables, por cuanto constituyen una misma y absoluta verdad: la Creación y su Creador.  La una presupone con toda certidumbre la presencia de la otra, de manera que si la Crea­ción existe, lo cual nos consta porque la vemos, la palpamos y dentro de ella vivimos, es imposible poner en duda la exis­tencia de Quien, habiéndola concebido primero, la plasmó después en suprema realidad, dictando a un tiempo las leyes que mantienen su equilibrio y velan por su conservación eterna. La existencia de Dios, señores, se prueba por la existencia misma de cuanto nos rodea y por nuestra propia existencia, y, sobre todo, por la prerrogativa que nos fue concedida de formularnos esa pregunta y también de contestárnosla sirviéndonos del conocimiento que se adquiere a través del estudio, de la observación y de la experiencia conscientemente realizadas en el diario vivir.

“Acabo de expresar que Dios, en razón de su inabarcable dimensión cósmica, no puede ser limitado; mas he de agre­gar también que siendo esto tan fácil de comprender, no siempre fue tenido en cuenta por el hombre.  Es un hecho cierto, pese a lo paradójico, que éste ha pretendido hacerlo a Dios a su imagen y semejanza, sin medir, probablemente, las proporciones ni las consecuencias de tamaño sacrilegio.  No debemos olvidar que las creencias echaron sus raíces en la ignorancia de las tribus primitivas.  En plena incipiencia men­tal, carente de entendimiento, cada tribu adoraba a los dioses de los cuales se apropiaba.  Avanzando el tiempo y el desenvolvimiento humano, pero siempre en un clima de igno­rancia y de ingenua credulidad, hicieron otro tanto las religiones, las cuales llevaron sus creencias al convencimiento de que Dios les pertenecía por haberlo dispuesto así sus sostenedores.  Y no sólo eso, sino que cada secta lo iba con­formando según las conveniencias y las exigencias de sus respectivos dogmas, presentándolo velado, naturalmente por los llamados “misterios”.

“Las creencias, señores, paralizan la noble función de pensar. ¡Dichosos los ojos del entendimiento no contami­nado, que, a diferencia de los que fueron cegados por la fe dogmática, pueden nutrir su vida con las enseñanzas esparcidas por Dios en la Creación!  El dogma pudo ser útil a los hombres en las épocas de barbarie, de atraso moral, intelec­tual y espiritual, pero no en estos tiempos, que están mar­cando los cambios más sorprendentes en casi todos los órde­nes del vivir humano.  Lisa y llanamente, el dogma es hoy un contrasentido; insistir en su sostenimiento es pretender ce­rrar los ojos de los que han logrado sobrepasar el oscuran­tismo espiritual en que la humanidad está aún sumida.  El hombre ama la verdad, la ansía, pero a fin de no ser atrapado por el engaño debe buscarla con su razón, y esa ra­zón debe ser unánimemente respetada.  No puede preten­derse, atribuyendo a la fe ciega virtudes que no tiene, ex­cluir de las posibilidades humanas las funciones de discernir y de juzgar, y someter al hombre, sin previa discriminación de su parte, al acatamiento de fórmulas que adulteran la verdad.”

– Señor de Sándara  – expresó uno de los concurrentes, alzando su voz sobre el inquieto murmullo de la sala – , ¡no podemos rebelarnos contra los dogmas! … Como cristiano me resisto a escucharle.  Oponerse a los dogmas es declararse abiertamente en contra de la verdad revelada, que es el sacro sustento de la religión. Además, ¿podríamos negar que en gran parte los dogmas constituyen hechos históricos?

– Permítame usted decirle que los dogmas, por lo mismo que son imposiciones de carácter religioso, están reñidos con la Historia.  Por otra parte, en los mismos textos bíblicos apa­recen contradicciones tremendas, que en vano se intentó en­mendar.  La razón humana las descubre tan pronto se apresta a analizar a fondo esos textos.  Sabido es que la Historia, para ser verídica, debe estar legitimada por testimonios incontro­vertibles; por verdades que concuerdan con nuestra realidad interna, que es la que debe alentar el juicio de los hombres.  De allí debe surgir la aceptación o la no aceptación de sus pasajes.  Los hechos históricos sólo pueden considerarse in­conmovibles cuando están sostenidos por realidades que li­bren a la posteridad de toda sospecha acerca de la fidelidad de su origen.  No ha ocurrido tal cosa, por cierto, con los hechos mencionados en las narraciones bíblicas, puesto que no están avalados por ninguna certificación responsable, como lo sería el testimonio de los historiadores de la época.  Para exaltar las figuras de sus protagonistas se insistió en divinizarlos, cuando debieron ser, por el contrario, humanizados para que pudieran servir de ejemplos aleccionadores al géne­ro humano.  No hay hazaña ni virtud que pueda sernos acce­sible, y menos aún, comprensible, en un ente “divino” que pretende poner ante nuestros ojos atónitos sus aptitudes para el milagro, pero sí la hay en cualquier ser humano que, siendo como todos los demás, nos muestra con su saber y con su ejemplo una parte siquiera de las grandes prerrogati­vas que sus semejantes pueden alcanzar en el camino de la evolución.

“En cuanto a los dogmas  – continuó el señor de Sándara, atento a la creciente expectativa del público – , afirmo que Dios no ha establecido ninguno.  He ahí una verdad; como es asimismo verdad que Dios no excluyó jamás a nadie de su gran familia humana, la que creó para que habitara este mundo.  No llamó herejes a los que disentían con el verda­dero modo de pensar respecto de El ni excomulgó tampoco a nadie, y menos aún pudo aprobar que alguno de sus hijos lo hiciera, porque esa actitud entraña un principio de des­amor, un malquerer.  Si Dios ha permitido a pueblos que lo niegan, a pueblos ateos, perjuros, colocarse en las avanzadas de la ciencia, ¿no tenemos con ello la evidencia de que sigue considerando a esos pueblos hijos de su Creación?

“Todo hombre debería aspirar a esclarecer lo que la ra­zón se resiste a admitir como verdad.  Verbigracia, las soste­nidas afirmaciones sobre la existencia de un Infierno que condena a los pecadores al fuego eterno. ¿En qué verdad se apoya esa afirmación? ¿Puede arder el espíritu, que es in­material y por lo tanto incombustible?  Admitámoslo, em­pero; admitamos que el espíritu pueda quemarse, que pueda arder eternamente; en tal caso, ¿qué consecuencia útil ten­dría para la vida humana la condenación eterna del espíritu en el fuego? .. . ¡Hasta cuándo, señores, hasta cuándo ha­brá de seguir la humanidad aferrada a una creencia que ca­rece de todo sentido aleccionador!  Las faltas cometidas por el hombre no pueden ser saldadas con un martirio inacaba­ble, con un suplicio perpetuo.  No puede caber, pues, en la inmensa grandeza de Dios tamaña crueldad; pero sí,  puede caber, en quienes pregonan y atemorizan a las gentes con se­mejante dislate. Dios no ha podido crear el prodigioso ser humano para aniquilarlo luego inexplicablemente.  Ello im­plicaría la violación de leyes expresas, destinadas a reglar la evolución del hombre; implicaría una negación que en absoluto puede admitir la inteligencia humana.  Dios creó al hombre para que a través de todos los sacudimientos y experiencias que acompañan su tránsito por el mundo apren­da a conducir su vida por la existencia que le fue determina­da y que, presumo, no tiene fin.  Las faltas que cometa, él mismo por su sola y exclusiva cuenta podrá y habrá de sal­darlas.  He ahí el prodigio de la ley de la evolución que, cons­cientemente interpretada y vivida, convierte al hombre en su propio redentor. ¿Podría haber algo más hermoso, más consolador y sublime para él, que sentirse capaz de realizar por sí mismo tarea tan edificante, cuya gloria habrá tam­bién de pertenecerle? ¿No es mejor esto que acumular falta sobre falta confiando con ciega fe, y en algunos casos con no poca especulación, en que alguien con poderes divinos pueda absolvernos de culpas?  Analicemos serenamente en cuál de los dos casos el hombre es más digno de sí, de sus semejantes y de Quien lo creó.

“Mucho se ha hablado de la verdad revelada; aquí mismo, en esta sala, acaba de ser mencionada … ¿Cuál es, señores, esa verdad revelada que el hombre no puede conocer, que le es inaccesible?  La verdad revelada por Dios, la más grande, la más trascendental, es Su propia Creación. ¡He ahí la gran verdad revelada!  De esa Creación, de esa verdad revelada por Dios, accesible  – permítaseme la afirmación –  a todas las mentes humanas, se desprenden los hilos conducentes a todas las otras verdades que a su tiempo serán también reveladas.  El hombre que se propone conocer lo que hay dentro de una montaña, que representa, tengámoslo en cuen­ta, una pequeñísima parte de la gran verdad, tendrá, inde­fectiblemente, que llevar a cabo ese propósito penetrando en sus entrañas con el entendimiento y con la acción, seguir sus vetas, descubrir sus yacimientos.  Si alguien se lo prohibiera, asegurándole que debe conformarse tan solo con admirar la montaña, ésta seguirá siendo una verdad revelada, pero una verdad revelada en cuyo fondo su inteligencia no penetra.  La mente humana, lo repito, tiene libre acceso a todas las verdades, mas eso sí, debe seguir un proceso de riguroso adiestramiento mental y psicológico, un proceso de cultura interior que le haga posible elevarse hasta ellas.

“Para el hombre en pleno ejercicio de su libertad de con­ciencia no hay dogma alguno tras el cual la verdad pueda mantenerse oculta.  Esto es muy lógico.  Es perfectamente comprensible que el que piensa, que el que ejerce esa función en la plenitud de sus cabales habrá de saber descu­brir la verdad ahí donde se encuentra, y que, llegado el caso, en virtud de esa misma cordura sabrá negarse a acep­tar, por ejemplo, que pueda caberle a un planeta la posibilidad de introducirse en un cabello para enseñarle al hombre a evitar la calvicie.  Todas las facultades de la inteligencia son pródigas cuando se las utiliza de continuo, pero las creencias, señores, no activan en modo alguno su ejercicio.  Las creencias adormecen la inteligencia; obran como hipnóticos. La vida es pensamiento y acción, y la vida se debilita, des­fallece, muere, cuando la mente cesa de pensar, cuando por efecto de esa inmovilidad la voluntad se relaja, cuando las células se aburren porque les falta la actividad que las reanima y estimula.  Las creencias son, por tal causa, un medio de opresión, una tiranía impuesta al espíritu humano; son la muerte lenta del espíritu que, no pudiendo evolucionar en cumplimiento de su alto destino, se consume día tras día, siglo tras siglo.

“El hombre no es lo que es por lo que come, sino por lo que piensa.  Si lo inhibimos de ejercer esa función, si lo ponemos dentro de una horma de hierro para impedirle que piense, ¿que conciencia podrá alcanzar de su existir en este mundo?  Si más allá le preguntásemos a ese mismo hom­bre qué hizo de su ser, de su espíritu, probablemente nos respondería: “He creído; he tenido fe”.  Fe ¿en qué? … ¿Acaso le está vedado al hombre conocer la verdad?  Dios no puede haberlo hecho para semejante absurdo; ni pudo condenarlo a ser un ente vulgar, un ente que no piensa, un ente cuyo espíritu está sometido a la esclavitud de una creen­cia. Prueba de ello es el magnífico mecanismo psicológico de que lo ha dotado, mediante el cual le permite conducirse independientemente.  Cada ser humano está constituido por un alma y un espíritu.  Además, cada uno posee una psicolo­gía diferente, peculiar; vale decir, una psicología individual. ¿Por qué entonces se ha insistido durante siglos en torcer el rumbo que la humanidad debió seguir, adormeciendo a unos y a otros con creencias y equívocos? ¿Se ignoraba, acaso, que inducir al hombre a que piense por dictados y a que sien­ta lo que se le inculca implica transgredir las leyes universales, que consideran delito todo lo que tiende a favorecer la absorción del individuo por la masa? ¿Se ignoraba que ello tiende a fundirlo en ese conjunto nómade que sigue un rumbo falso, porque el rumbo verdadero sólo puede llegar a conocerlo el hombre por sí mismo?  Desechar peyo­rativamente, o peor aún, execrar, como tantas veces ha ocurrido, a los que hacen legítimo uso de su razón para discernir lo justo de lo injusto, la verdad de la no verdad, es ofender la voluntad de Dios, quien instituyó esa facultad para que el hombre alcanzase la elevación mental, moral y espiritual que corresponde a su condición de humano.”

– Permítame una interrupción, señor de Sándara  – ex­presó al llegar a este punto el depositante de la pregun­ta -.  Deseo declarar que si me hubiese asistido la seguridad absoluta acerca de la inexistencia de Dios, no habría solicitado opinión alguna sobre el particular; la mía habríame bastado.  Lo que yo no he podido aceptar nunca son, sen­cillamente, las concepciones con que se nos ha pretendido ilustrar sobre un Ser de tan encumbrada jerarquía.  La teoría no ha logrado hasta aquí inspirarme convicciones fir­mes, las que tampoco he podido sustentar mediante el estudio de los dogmas que fundamentan cada religión, en los cua­les la idea de la existencia de Dios dista mucho de ser, a criterio mío, la que corresponde a tan inmensa paternidad.  En muchísimas ocasiones, buscando satisfacer las dudas declara­das en mí por natural influencia de las leyes que gobiernan nuestra razón, me he sentido desconcertado.  La filosofía, con su espíritu reflexivo, nos ha expresado sus conclusiones a ese respecto con otra amplitud, es cierto, mas no he encontrado en ella una demostración que llegara hasta mi con la evidencia inequívoca de una realidad.  Es en verdad difícil formarse un juicio claro y acabado de las cosas, cuando cada afirmación que nos disponemos a analizar se nos transforma de pronto en la antítesis de lo que habíamos estado analizando antes.  Así, pues, frente a lo que jamás satisfizo las demandas de mi razón y frente a lo que en tantas ocasiones he debido considerar absurdo o falto de toda verdad, no he titubeado en declararme liberado mental y espiritualmente; pero, frente a Dios, mi posición es otra, pues lo siento íntimamente y lo admiro en su excelsitud y grandeza.  Me interesaba muy particularmente, amigo de Sándara, conocer cómo concebía usted a Dios; de ahí mi pregunta; una pregunta un poco audaz quizás, mas cuya respuesta me ha satisfecho sobremanera.  Honra la grandeza de Dios y, por otra parte, honra a ese súbdito de la Creación hecho “a Su imagen y se­mejanza”, la afirmación de que la verdad, la gran verdad, es accesible a su conocimiento, y es también el camino por el cual habrá de aproximarse a Él.  Tal vez no haya compren­dido bien algunas fases de su pensamiento, pero supongo que me brindará usted la oportunidad de aclararlas en una posterior conversación.

– El autor de la pregunta acaba de manifestarse satisfe­cho, señores  – dijo de Sándara, después de responder cortés­mente al aludido – ; pero desearía siempre que ello no im­plicase un esfuerzo para los que me escuchan, se me concedan algunos minutos más para completar mi exposición.

A una señal aprobatoria del director y del público, con­tinuó:

– La simpática relación del inquiridor me ofrece la opor­tunidad de referirme a un punto que, de otro modo, y por razones obvias, hubiese yo pasado por alto.  No me cansaré nunca de insistir sobre la conveniencia de no cerrar el entendimiento a la investigación causal, por cuyo medio hasta el más ateo puede llegar a comprender que no habiendo sido el hombre autor de la Creación, alguien necesariamente de­bió serlo, alguien que se reservó sabiamente para sí el gobier­no de todo el universo. ¡Cuántas veces hemos visto al ateo calarse las “gafas” del escéptico, usadas por Pirrón, y anun­ciar, con una contumacia a toda prueba, que nada sabe de la existencia de Dios! … Y ello tan sólo porque el Gran Desconocido no se ha hecho presente a su juicio tal como a él se le ocurre que debiera haberlo hecho.  Así es, señores; el ateo es a menudo el más fanático de los creyentes: creyente de la deidad que conforma su “yo” personal.  Niega la exis­tencia de Dios, pero en el fondo, el coleóptero de la duda le carcome las entrañas. .. Mas he ahí que, pese al escepticis­mo de tantos, el Gran Desconocido, a quien con empeño se quiere privar de existencia, es, paradójicamente y en síntesis, la existencia misma de todo cuanto existe; y es deber de la criatura humana sentirle y comprenderle, pero a través del conocimiento, porque sólo por medio de él podrá amársele de verdad, vale decir, conociendo las razones supremas de ese amor que es fuente inagotable de eternidad.

“Me he encontrado en el mundo con muchos ateos y tam­bién con muchos creyentes, a quienes he tenido que conside­rar tan ateos como el que más.  A estos últimos los he iden­tificado aun entre los que más se preciaban de creyentes sin­ceros de la religión que profesaban.  En realidad suelen ser esos los más temibles, porque mientras proclaman a Dios con los labios, execran y niegan ignominiosamente Su Nom­bre con sus ocultos e innobles procederes.  Son ellos los que en todo tiempo armaron el brazo de sus cofrades para herir de muerte a seres inocentes, por la única razón de no coincidir con los pensamientos emanados de sus cultos.  Son también los que por esa misma causa escarnecieron a genios, a hé­roes, a inventores ilustres y a investigadores que llegaron con su ciencia a descubrimientos maravillosos. ¡Cuántas grandes figuras  – la Historia lo declara –  no sufrieron la más escandalosa porfía y la persecución más despiadada por parte de los dadores de gracias e insufladores de creencias! … En cada benefactor de la humanidad hubo, sin embargo, una chispa divina en eclosión, una superioridad y una grandeza de la cual carecían los enconados creyentes que los acusaban de impíos y de diabólicos y herejes.  Prueba palmaria del ateísmo del creyente son los crímenes de la Edad Media y del Renacimiento. ¿No fueron monstruosos engendros de ese ateísmo los que prepararon suplicios y hogueras para des­truir y calcinar las carnes gloriosas de tantos mártires que pagaron inocente tributo a la ingratitud humana susten­tada por la barbarie? ¿No pertenecieron a la familia de creyentes ateos, siempre recalcitrantes, los que falseando el con­cepto de las doctrinas que decían profesar, negaban con los hechos a Dios?  Por eso digo que el que sólo cree en Dios hace entrega de su alma a quienes lo han de tornar intolerante e intransigente con el prójimo; en cambio, el que lo siente y empeña su vida en aproximarse a El por el conocimiento, ése sí sabe amar a su prójimo como a sí mismo aunque sus pensamientos no coincidan.”

– ¡Está usted atacando abiertamente a la religión, como si ella no hubiera cumplido a través de siglos, en forma amplia y ponderable, sus piadosos cometidos con su obra re­dentora y civilizadora!  – se oyó decir con mal contenida irritación a un señor de edad, que, de pie, mostraba a las cla­ras su determinación de marcharse.

Un movimiento de desorden se extendió por la sala, de donde surgían voces de protesta y de aprobación a la vez.

– Señores, no he terminado aún.  Ruego, pues, que se me escuche con calma hasta el final  – replicó de Sándara, alzan­do el tono de la voz, que resonó vibrante y bien templada en la sala – .  Afirmo que no es mi propósito atacar a nin­guna religión, sino invitar a todas a que entren por los fueros de la realidad y se despojen de todo su artificio, sugestión y cuanto ellas mismas saben que no es verdadero, para reen­contrarse, si ello es posible, humana y espiritualmente en una comprensión amplia de los altos fines que esperan al hombre y a la humanidad.  La verdad es una e indivisible; es lo que fue, lo que es y lo que será.  La no verdad carece de esa vir­tud; no ha sido nunca lo que pretendió ser, ni lo es ni lo será jamás.  Mi esfuerzo tiende a poner al descubierto lo falso, la mistificación y el embuste, trilogía esta que resume el pensamiento de la gran impostura. ¿Qué puede temer en­tonces esta o aquella religión, poseedoras de la verdad, según ellas mismas lo han proclamado? ¿Qué inquietud puede cau­sarles lo que yo diga? ¿Son acaso mis palabras tan contun­dentes que esa “verdad” no resiste su influjo?  De todas ma­neras, señores, convengamos en que si Dios nos ha dado el uso de la razón, es para discernir y juzgar con plena noción de nuestra responsabilidad ante el Creador, lo que es justo y verdadero de lo que no lo es.  A esta altura de la edad his­tórica de la humanidad se impone un nuevo tratamiento espiritual para todos los hombres del mundo, y a ese cambio debemos disponernos comprensivamente, porque la misma verdad revelada por Dios, la Creación, nos muestra en sus constantes mudanzas que todo en ella está sometido a per­manente transformación.  Al ritmo de esa transformación habrá de florecer también en los seres humanos una nueva naturaleza; una naturaleza fuerte, enaltecido por la reno­vación interna llevada a cabo con toda conciencia.  Esto, señores, es lo más grande que la mente y el corazón de los hombres pueden y deben esperar.  Los hombres no han de vivir aferrados al pasado, como si se resistieran o temieran lo futuro, lo que ha de venir; ello sería oponerse a la evo­lución, vale decir, al proceso de la emancipación del espíritu.  Entiendo, y con esto cierro mi discurso, que las religiones deben fomentar la unión y no dificultarla con irreductibles intransigencias, y esa unión, señores, podrá lograrse por el acercamiento mutuo y un claro concepto del respeto reclama­do por la sana convivencia, unidas todas las religiones y to­dos los seres en el esfuerzo por alcanzar las altas verdades que al hombre le será dado conocer, experimentar y dis­poner para llevar adelante el gran proceso de su evolución.

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