Los problemas de postguerra y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 21 de noviembre de 1944 

por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Entre los numerosos y complicados problemas que han de preocupar a la humanidad desde el instante mismo en que termine la guerra, está el que atañe a la moral. Habrá de encontrarse con dos morales diferentes que entrarán de inmediato en viva pugna: la que ha sido violentada y profundamente afectada por las vicisitudes y tragedias irreparables del conflicto bélico, y la que aún permanece sin contaminación, preservada de las funestas lacras y estigmas que debido a la causa mencionada, han trastornado el pensamiento y el sentimiento de tantos, cuya vida moral, por imperio de las circunstancias mundialmente conocidas, se obscureció perdiendo todo sentido de recato o pudor espiritual.

Ya la guerra del catorce alteró bastante esa moral; pero no lo suficiente para que constituyera, como habrá de serlo esta vez, un peligro para la estabilidad y respeto de la familia humana. Es que en la conflagración anterior el martirologio de los pueblos indefensos, no combatientes, que vivían en las ciudades, no fue como en la actual.

Cada uno de los que debieron soportar las calamidades que, como es de admitir, han estrujado el alma en los refugios, en los campos de concentración y, en fin, en todo lugar donde la promis­cuidad, el desprecio a la vida, y también la indiferencia y ausencia de responsabilidad de toda conducta, pervirtiera sus sentimientos y pensamientos, cada uno de ésos, repetimos, habrá de ser luego un vehículo que llevará en sí el germen de esa plaga psicomoral por todas las partes del mundo.

Cuántas veces, aquí, en nuestra América, la conducta en extremo descontrolada y amoral de muchos de los extranjeros provenientes del Viejo Mundo, ha llamado la atención de los nativos y hecho reaccionar el sentimiento particular o colectivo. ¿Y esos mismos extranjeros no se han burlado, acaso, de los latinoamericanos al observar, extrañados, que no tenían sus mismos hábitos? A sus liberalidades excesivamente pronunciadas, a su vida sin recato, se ha denominado cultura, mofándose, quienes se formaron en ella, de la aún preservada y sana moral de nuestros pueblos. Es que mientras en aquellos parecería haber dejado de existir la vida íntima, privada, la que sólo pertenece al corazón y a la conciencia de cada ser, en los habitantes de este continente es todavía y seguirá siendo, ¡loado sea Dios!, un refugio inviolable y sagrado, un arcano en el que nadie tiene derecho a penetrar a excepción de uno mismo.

Esa exhibición de la vida íntima, esa frivolidad, esa despreocupación rayana en el cinismo sobre la conducta personal, propia y ajena, es, quiérase o no, el producto de un relajamiento psicológico y moral; es la consecuencia de la familiaridad, más aún, de la identificación con las tantas situaciones morales que plantea la guerra en el seno de los hogares, y que, aceptadas con resignación entonces, o por la fuerza de las circunstancias, han ido creando en los ánimos predisposiciones opuestas a la índole de los conceptos sobre convivencia social, sostenidos hasta antes de la contienda.

Gradualmente, sin que de ello nadie se diera cuenta exacta, se fueron operando transformaciones psicológicas en los seres que sufrieron tan hondos sacudimientos mentales y morales, y que alcanzarán a su descendencia por varias generaciones. De no existir medios para contrarrestar o neutralizar los efectos perniciosos de semejante regresión humana, peligrarían las conquistas de la civilización, ya que este problema que señalamos, y no otro, es el que hizo sucumbir civilizaciones que habían llegado en sus respectivas épocas a cumbres de esplendor.

¿Cómo, pues, habrá de resolverse tan delicada cuestión? Pensamos que mucho contribuirá a su solución gradual, una esmerada y sobria educación de la niñez, comenzando por la actual, y cuya beneficiosa directiva alcance hasta las mismas universidades; una educación que tienda a formar en los hombres y mujeres del mañana, un concepto indestructible sobre su verdadera conducta dentro de la familia, de la sociedad y del mundo.

Asimismo habrá de reducir las proporciones de tan serio problema, la selección de las producciones cinematográficas, eliminando aquellas que han contribuido a embriagar de lujuria a la juventud, y tanto desasosiego han causado en su alma. Otro factor de importancia es reducir al mínimo los sitios de diversión, que con sus músicas exóticas y sus bailes que bordean la epilepsia, envenenan las mentes y los corazones no sólo de jóvenes sino de adultos también; sitios que de un tiempo a esta parte han venido reproduciéndose como los hongos, por todas partes.

Deberá propiciarse, del mismo modo, con estímulos adecuados, el estudio, por contribuir éste en alto grado al bienestar general. El estudio tiene siempre inmediata recompensa y es por medio de él que el trabajo resulta grato o interesante, pues aplicado al mismo constituye el mejor incentivo por los beneficios que proporciona.

Como es de apreciar, asignamos al estudio una importancia fundamental, por entender que su fomento y desarrollo han de contribuir en gran escala a la eficacia de cuanto esfuerzo se realice por alcanzar en el futuro más inmediato el desenvolvimiento normal de todas las actividades humanas, tal como éstas se llevaban a cabo antes que comenzaran las agitaciones de la época prebélica y, posteriormente, los trastornos ocasionados por el conflicto actual.

El problema se aliviará en gran parte, nos referimos al termi­narse la contienda, eliminando a tiempo de la mente de la mayoría de los seres que se vieron directa o indirectamente envueltos en la misma, la serie de pensamientos inhibitorios que la han ocupado, o mejor aún, embargado, pues es indudable que toda mente sobrecargada de pensamientos obsesionantes, constituye un serio obstáculo para la edificación del nuevo orden que, según se nos ha anunciado, habrá de imperar en el mundo. Y nada mejor para desembarazar de tales pensamientos a las mentes, que ocuparlas con actividades en que la inteligencia del hombre tenga una participación intensiva. De ahí que será imprescindiblemente necesario estimular el estudio, haciendo lo mismo con la iniciativa privada en todos los órdenes en que se manifieste con carácter constructivo.

Mucho es lo que se ha destruido y mucho lo que tendrá que construirse; trabajo habrá, por consiguiente, para todos y por largo tiempo si en vez de emprenderlo con aceleramiento, lo cual resultaría perjudicial en la educación del futuro, se opta por hacer las cosas sin dejarse extremar por el apremio, buscando, más bien, armonizar en cuanto sea posible los intereses humanos que estarán en juego desde el instante de poner manos a la obra a iniciarse con el próximo período de paz.

Si la humanidad anhela vivamente lograr una paz estable, deberá trabajar y dedicar todos sus esfuerzos para que esa paz sea verdaderamente firme e inalterable. ¿Cómo? Eliminando todo lo que atente contra ella, lo que sea causa o motivo de inquietud, vale decir, todo lo que antes de producirse la actual guerra constituyó los gérmenes de la discordia, sin dejar de eliminar también, todos los elementos de destrucción.

Vano será cuanto se intente si los que conducen los destinos de los pueblos no llegan al absoluto convencimiento de tal verdad como único medio eficaz para establecer la concordia mundial y para que la paz represente realmente un bien que a todos incumba por igual defender, afianzar y mantener por sobre todas las cosas.

 

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