Preocupaciones de postguerra

Publicado en el diario “El País” de Montevideo el día 3 de noviembre de 1944

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

A medida que los días pasan, crecen las horas de ansiedad que vive el mundo en los momentos actuales. Mientras el monstruo siniestro de la guerra, después de haber devorado generaciones enteras, de haber torturado despiadadamente millones de almas, de haber arrojado a la humanidad a la más espantosa de las situaciones y devastado regiones enteras como nunca fue visto, comienza a tambalear próximo a derrumbarse, aparece un fantasma cuya incógnita el tiempo se encargará de descifrar: la postguerra. El primero, que muestra ya los signos evidentes de su impotencia, está a punto de ser vencido; el segundo empieza a agitar los espíritus desde la nebulosa que lo oculta.

Siempre se creyó que al término de cada guerra la paz era  la consecuencia inmediata, y con ella la normalidad en la vida de los pueblos. El último  conflicto bélico, anterior al actual, suscitó las primeras dudas al respecto y también las primeras reflexiones frente a la cruda realidad que sobrevino a la misma. La paz, tan ansiada en aquella ocasión, llegó con la cesación del fuego de los cañones, después de cuatro años de sangrienta lucha, mas no para reinar en la tierra como era esperada, sino como tregua, lo cual es muy diferente, por cierto. Se abría así un paréntesis que, como hubo de comprobarse luego, encerraba oscuros designios ya que gestó la contienda actual.

Inconcebible resulta a toda razón equilibrada, convencerse de que los hombres en cuyas manos fue confiada la conducción de los intereses humanos, hayan sido en aquel entonces tan incapaces para edificar una sólida fraternidad universal, que hiciera imposible las diferencias entre los pueblos, o de existir  éstas, que se tuviese al alcance de la mano la solución más justa.

Ocurrió a la vieja Europa lo que a un ser que después de sufrir las alternativas de una enfermedad en la que estuvo a punto de sucumbir, mejora de pronto y, olvidando que debe cuidarse porque se halla en la convalecencia, se cree ya fuerte y comete nuevos abusos que terminan postrándolo con la reagravación del mal.

Cuando el mundo enfermó la vez anterior, sólo fue afectada una parte de su gran cuerpo; hoy el mal encendió focos infecciosos en todas sus partes. Hay mucha angustia y mucho dolor en su corazón y mucha preocupación en su mente afiebrada. El gran enfermo lucha desesperadamente para reconquistar su salud tan quebrantada: la violencia del mal parecería ceder por un lado, para aparecer por otro. No obstante, se nota ya una notable mejoría.

¿Qué médico insigne, qué médico divinamente humanitario, atiende a tan encumbrado y a la vez desdichado paciente? ¿Quién tan sabiamente le conforta restituyéndole las energías, permitiendo que reconstruya  sus casi destruidos tejidos y pueda surgir de nueva la vida, tonificado su debilitado organismo y no menos debilitada moral? ¿Quién? Fácil resulta conocerle en su constante asistencia al dolorido y quejumbroso paciente.

Los que le niegan por desconocer sus leyes, bien podían haberle advertido a través de la inexorabilidad de las mismas. Quienes las infringen, sean estos seres humanos, pueblos, naciones o continentes, deben sufrir – tarde o temprano, por no decir en su justa oportunidad – el castigo y la corrección de sus errores. Esto es lo que ha ocurrido siempre, pero quizá hoy se haya  pronunciado con mayor elocuencia que en todas las anteriores por  el volumen abarcado y por la intensidad del martirologio experimentado por tantos pueblos a la vez.

Cuando la mente humana se envilece a causa de haber dado cabida a pensamientos extraños a la naturaleza de los propios, la razón se nubla cediendo paso a la irreflexión, la cual actúa en todo momento bajo la presión de la violencia y el desenfreno moral. Es en esas circunstancias que se pervierte todo sentimiento de humanidad y que recrudece en groseras manifestaciones   el  egoísmo, por una parte, y la falta de respeto al semejante, por otra, convirtiéndose cuanto existe en vil especulación, llegando a excesos de toda índole que terminan arrastrando a los mismos burladores del bien y a los pueblos por ellos engañados, a las más horribles masacres.

¿Cómo será tratado, pues, el mundo en su futura convalecencia, o sea la postguerra? He ahí la preocupación más honda que hoy preside el ánimo de todos los estadistas, grandes y chicos, y de cada habitante serio y reflexivo que desde cualquier lugar de la tierra asiste a los actos finales de este gigantesco drama bélico. Por lo pronto, sería absurdo pensar que los errores cometidos la vez anterior en el planeamiento de una paz efectiva, fueran a deslizarse nuevamente. Está ahí la gran experiencia, amarga y dolorosa, que aún no ha terminado, para advertir las consecuencias.

Si el mundo se asemeja al cuerpo humano, nada conveniente será que se mejoren y hasta curen partes enfermas del mismo si se descuidan otras debilitadas por idéntica afección, al extremo de estar a punto de ser atacadas o expuestas a padecer del mismo mal. Así como se descubrió la penicilina para atacar y curar las más agudas infecciones del organismo fisiológico, habría qué hallar algo similar para contrarrestar y hacer desaparecer esos bacilos mentales que tanta perturbación, sufrimiento y horror ocasionan a la familia humana.

Pensamos que el gran remedio consistiría en establecer claras normas de convivencia social sobre las bases fundamentales  del respeto a la libertad individual ir a la inviolabilidad de su patrimonio privado. Que nadie en el mundo vuelva a privar a su prójimo  de  los legítimos derechos que le asisten ni de los sanos y nobles propósitos de bienestar y progreso a que aspire bajo la égida de sus propios esfuerzos y responsabilidades.

La familia debe constituir la base primordial de toda sociedad humana. Pretender destruirla privando a sus jefes del natural privilegio de poder sostenerla con la autoridad moral que le confiere su capacidad y libre iniciativa, para hacer de ella antro inicuo de perversión – como fue visto en los países dominados por ideologías inhumanas -, es atentar contra los claros mandatos del Señor, que, estableció sin reservas los arbitrios inalienables de la familia humana; es crear la  anarquía y el caos. Y se destruye la familia cuando se le quita el encanto de su intimidad, de su recogimiento venerable y digno; cuando deja de ser el refugio tierno e irreemplazable del hombre que tras sus luchas diarias vuelve al hogar para encontrar el afecto y el respeto, que muchas veces tanto cuesta conseguir fuera del mismo, y, en fin, cuando ella deja de ser el símbolo sagrado de la perpetuidad de la raza.

Las declaraciones formuladas en Washington, comprendiendo el anteproyecto de paz y seguridad mundial, revelan hasta qué extremo llegó la preocupación de los estadistas que estudiaron y prepararon tan magno plan de reconstrucción, armonización y estabilidad de las relaciones entre todos los pueblos de la tierra, en el cometido esencial que debe caracterizar las normas de convivencia en el futuro del mundo.

Tal anteproyecto, que es indudable ha de afectar a la humanidad íntegra, debe necesariamente constituir el punto de mira para las reflexiones que agudamente sugiere a todos los seres humanos, sin excepción.

Sería indispensable, y aun diríamos de estricta justicia, que a pesar de colegiarse, como se proyecta, las naciones como miembros participantes de la nueva institución universal, quedase abierta para las iniciativas libres, espontáneas, de cada ser humano, la posibilidad de hacer llegar sus particulares reflexiones y estudios acerca de lo que a su juicio podría mejorar, superar o perfeccionar las directivas que habrían de adoptarse o se hubiesen adoptado para regir los destinos de la entidad más grande que se va a constituir sobre la tierra. La postguerra debe caracterizarse por una unánime aspiración mundial de concordia, buena voluntad y profundo anhelo de alcanzar en el menor tiempo posible, la normalidad sobre los cimientos de una paz estable.

Mucho es lo que habrá que limar, por un lado, y conciliar, por otro, pero si cada parte interesada comprendiese que siempre será menos lo que tenga que ceder para el establecimiento de la paz que lo que podría perder si ésta no llegara a afirmarse sobre bases permanentes, es muy seguro que los estadistas, en cuyas manos está y de cuyas inteligencias dependerá el éxito que se logre en la solución de las diferencias, tratarán por todos los medios a su alcance de conquistar la paz por la paz misma, vale decir, por lo que ella significa para todo cuanto existe en el mundo.

Nadie en uso pleno de sus facultades mentales debe dejar de admitir que mucho más ha de ganar cada pueblo con miras a recuperar paulatinamente lo que hubiese perdido, si acortando el tiempo de las discusiones, lo emplea con decidido tesón,  consagrando alma y vida a la edificación de todo lo destruido o peligrosamente agrietado, incluyendo en esto a la misma moral, pues bien es sabido cuánto más se logra en la intensidad del  esfuerzo para alcanzar los bienes perdidos por medio de la inteligencia puesta en el trabajo ir en el estudio, que por la demora en su realización. Empero, cada nación, al comparecer ante la mesa de la paz, habrá de exponer con libertad sus puntos de vista a la vez que explicar cuáles son, a su criterio, sus justas aspiraciones.

Lo que dificultará, y no poco, la magna labor de esa superasamblea, ha de ser, indudablemente, la falta de un juez infalible que, al estilo salomónico, dé a cada uno su parte de razón, de verdad y de derecho. No obstante, es de confiar que mucho habrá de influir en el ánimo de quienes presidan esas reuniones, las grandes experiencias vividas en la presente época, experiencias de las que, no cabe la menor duda, se habrán extraído las más aleccionadoras enseñanzas.

El programa de reconstrucción del mundo, tal como corresponde encararlo, debe abarcar los más amplios alcances y proporciones si se quiere evitar que en un futuro vuelvan a surgir los viejos problemas, los que a modo de tumores malignos debilitaron el vigor de la simiente humana y promovieron tantos desórdenes y agitaciones en el mundo entero. Así, deberían establecerse como permanentes todas aquellas normas sociales, políticas, éticas, económicas, etc., que por larga experiencia fueron halladas buenas, justas y dignas de las actúales exigencias de convivencia humana.

Estimamos que el futuro del mundo debería caracterizarse por el reinado del derecho, de la libertad y del trabajo, en sus más altas, fieles y puras manifestaciones, en el sentido más constructivo de la palabra.

Para finalizar: consideramos de inmenso valor para la nueva Institución Universal de las Naciones Unidas que se proyecta, la creación de un gran buzón cuya función consistiese en la recepción de todos los estudios e iniciativas que cada cual, como súbdito del mundo y con la debida capacidad para ello, hiciese llegar por ese medio al seno de la referida institución universal. Deberá entenderse por buzón, no uno similar al que se utiliza en el correo para recibir la correspondencia, sino al conjunto seleccionado de hombres que se designasen para la recepción, clasificación, consideración y recomendación de las ponendas que llegaren como contribución individual al esfuerzo de las inteligencias que coordinarán y sancionarán las leyes destinadas a regir el futuro de la humanidad. Daríase así un poderoso estímulo a cada miembro de la familia humana, pues se le invitaría a cooperar en  la medida de las posibilidades de su inteligencia y de su experiencia, en una obra de tan extraordinarias proyecciones, que debiendo abarcar el orbe entero, afectará a todos, sin excepción, y tal vez por ese medio podrían obtenerse los más preciados resultados.

Un estímulo de esta naturaleza permitiría experimentar a cada uno de los seres que habitan la tierra, especialmente a los que han nutrido su vida en el estudio, en el trabajo y en la experiencia del mundo, los primeros beneficios de una libertad instituida en base al respeto y a la consideración que debe merecer la opinión particular de cada hombre.

 

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