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Preocupaciones de postguerra

Publicado en el diario “El País” de Montevideo el día 3 de noviembre de 1944

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

A medida que los días pasan, crecen las horas de ansiedad que vive el mundo en los momentos actuales. Mientras el monstruo siniestro de la guerra, después de haber devorado generaciones enteras, de haber torturado despiadadamente millones de almas, de haber arrojado a la humanidad a la más espantosa de las situaciones y devastado regiones enteras como nunca fue visto, comienza a tambalear próximo a derrumbarse, aparece un fantasma cuya incógnita el tiempo se encargará de descifrar: la postguerra. El primero, que muestra ya los signos evidentes de su impotencia, está a punto de ser vencido; el segundo empieza a agitar los espíritus desde la nebulosa que lo oculta.

Siempre se creyó que al término de cada guerra la paz era  la consecuencia inmediata, y con ella la normalidad en la vida de los pueblos. El último  conflicto bélico, anterior al actual, suscitó las primeras dudas al respecto y también las primeras reflexiones frente a la cruda realidad que sobrevino a la misma. La paz, tan ansiada en aquella ocasión, llegó con la cesación del fuego de los cañones, después de cuatro años de sangrienta lucha, mas no para reinar en la tierra como era esperada, sino como tregua, lo cual es muy diferente, por cierto. Se abría así un paréntesis que, como hubo de comprobarse luego, encerraba oscuros designios ya que gestó la contienda actual.

Inconcebible resulta a toda razón equilibrada, convencerse de que los hombres en cuyas manos fue confiada la conducción de los intereses humanos, hayan sido en aquel entonces tan incapaces para edificar una sólida fraternidad universal, que hiciera imposible las diferencias entre los pueblos, o de existir  éstas, que se tuviese al alcance de la mano la solución más justa.

Ocurrió a la vieja Europa lo que a un ser que después de sufrir las alternativas de una enfermedad en la que estuvo a punto de sucumbir, mejora de pronto y, olvidando que debe cuidarse porque se halla en la convalecencia, se cree ya fuerte y comete nuevos abusos que terminan postrándolo con la reagravación del mal.

Cuando el mundo enfermó la vez anterior, sólo fue afectada una parte de su gran cuerpo; hoy el mal encendió focos infecciosos en todas sus partes. Hay mucha angustia y mucho dolor en su corazón y mucha preocupación en su mente afiebrada. El gran enfermo lucha desesperadamente para reconquistar su salud tan quebrantada: la violencia del mal parecería ceder por un lado, para aparecer por otro. No obstante, se nota ya una notable mejoría.

¿Qué médico insigne, qué médico divinamente humanitario, atiende a tan encumbrado y a la vez desdichado paciente? ¿Quién tan sabiamente le conforta restituyéndole las energías, permitiendo que reconstruya  sus casi destruidos tejidos y pueda surgir de nueva la vida, tonificado su debilitado organismo y no menos debilitada moral? ¿Quién? Fácil resulta conocerle en su constante asistencia al dolorido y quejumbroso paciente.

Los que le niegan por desconocer sus leyes, bien podían haberle advertido a través de la inexorabilidad de las mismas. Quienes las infringen, sean estos seres humanos, pueblos, naciones o continentes, deben sufrir – tarde o temprano, por no decir en su justa oportunidad – el castigo y la corrección de sus errores. Esto es lo que ha ocurrido siempre, pero quizá hoy se haya  pronunciado con mayor elocuencia que en todas las anteriores por  el volumen abarcado y por la intensidad del martirologio experimentado por tantos pueblos a la vez.

Cuando la mente humana se envilece a causa de haber dado cabida a pensamientos extraños a la naturaleza de los propios, la razón se nubla cediendo paso a la irreflexión, la cual actúa en todo momento bajo la presión de la violencia y el desenfreno moral. Es en esas circunstancias que se pervierte todo sentimiento de humanidad y que recrudece en groseras manifestaciones   el  egoísmo, por una parte, y la falta de respeto al semejante, por otra, convirtiéndose cuanto existe en vil especulación, llegando a excesos de toda índole que terminan arrastrando a los mismos burladores del bien y a los pueblos por ellos engañados, a las más horribles masacres.

¿Cómo será tratado, pues, el mundo en su futura convalecencia, o sea la postguerra? He ahí la preocupación más honda que hoy preside el ánimo de todos los estadistas, grandes y chicos, y de cada habitante serio y reflexivo que desde cualquier lugar de la tierra asiste a los actos finales de este gigantesco drama bélico. Por lo pronto, sería absurdo pensar que los errores cometidos la vez anterior en el planeamiento de una paz efectiva, fueran a deslizarse nuevamente. Está ahí la gran experiencia, amarga y dolorosa, que aún no ha terminado, para advertir las consecuencias.

Si el mundo se asemeja al cuerpo humano, nada conveniente será que se mejoren y hasta curen partes enfermas del mismo si se descuidan otras debilitadas por idéntica afección, al extremo de estar a punto de ser atacadas o expuestas a padecer del mismo mal. Así como se descubrió la penicilina para atacar y curar las más agudas infecciones del organismo fisiológico, habría qué hallar algo similar para contrarrestar y hacer desaparecer esos bacilos mentales que tanta perturbación, sufrimiento y horror ocasionan a la familia humana.

Pensamos que el gran remedio consistiría en establecer claras normas de convivencia social sobre las bases fundamentales  del respeto a la libertad individual ir a la inviolabilidad de su patrimonio privado. Que nadie en el mundo vuelva a privar a su prójimo  de  los legítimos derechos que le asisten ni de los sanos y nobles propósitos de bienestar y progreso a que aspire bajo la égida de sus propios esfuerzos y responsabilidades.

La familia debe constituir la base primordial de toda sociedad humana. Pretender destruirla privando a sus jefes del natural privilegio de poder sostenerla con la autoridad moral que le confiere su capacidad y libre iniciativa, para hacer de ella antro inicuo de perversión – como fue visto en los países dominados por ideologías inhumanas -, es atentar contra los claros mandatos del Señor, que, estableció sin reservas los arbitrios inalienables de la familia humana; es crear la  anarquía y el caos. Y se destruye la familia cuando se le quita el encanto de su intimidad, de su recogimiento venerable y digno; cuando deja de ser el refugio tierno e irreemplazable del hombre que tras sus luchas diarias vuelve al hogar para encontrar el afecto y el respeto, que muchas veces tanto cuesta conseguir fuera del mismo, y, en fin, cuando ella deja de ser el símbolo sagrado de la perpetuidad de la raza.

Las declaraciones formuladas en Washington, comprendiendo el anteproyecto de paz y seguridad mundial, revelan hasta qué extremo llegó la preocupación de los estadistas que estudiaron y prepararon tan magno plan de reconstrucción, armonización y estabilidad de las relaciones entre todos los pueblos de la tierra, en el cometido esencial que debe caracterizar las normas de convivencia en el futuro del mundo.

Tal anteproyecto, que es indudable ha de afectar a la humanidad íntegra, debe necesariamente constituir el punto de mira para las reflexiones que agudamente sugiere a todos los seres humanos, sin excepción.

Sería indispensable, y aun diríamos de estricta justicia, que a pesar de colegiarse, como se proyecta, las naciones como miembros participantes de la nueva institución universal, quedase abierta para las iniciativas libres, espontáneas, de cada ser humano, la posibilidad de hacer llegar sus particulares reflexiones y estudios acerca de lo que a su juicio podría mejorar, superar o perfeccionar las directivas que habrían de adoptarse o se hubiesen adoptado para regir los destinos de la entidad más grande que se va a constituir sobre la tierra. La postguerra debe caracterizarse por una unánime aspiración mundial de concordia, buena voluntad y profundo anhelo de alcanzar en el menor tiempo posible, la normalidad sobre los cimientos de una paz estable.

Mucho es lo que habrá que limar, por un lado, y conciliar, por otro, pero si cada parte interesada comprendiese que siempre será menos lo que tenga que ceder para el establecimiento de la paz que lo que podría perder si ésta no llegara a afirmarse sobre bases permanentes, es muy seguro que los estadistas, en cuyas manos está y de cuyas inteligencias dependerá el éxito que se logre en la solución de las diferencias, tratarán por todos los medios a su alcance de conquistar la paz por la paz misma, vale decir, por lo que ella significa para todo cuanto existe en el mundo.

Nadie en uso pleno de sus facultades mentales debe dejar de admitir que mucho más ha de ganar cada pueblo con miras a recuperar paulatinamente lo que hubiese perdido, si acortando el tiempo de las discusiones, lo emplea con decidido tesón,  consagrando alma y vida a la edificación de todo lo destruido o peligrosamente agrietado, incluyendo en esto a la misma moral, pues bien es sabido cuánto más se logra en la intensidad del  esfuerzo para alcanzar los bienes perdidos por medio de la inteligencia puesta en el trabajo ir en el estudio, que por la demora en su realización. Empero, cada nación, al comparecer ante la mesa de la paz, habrá de exponer con libertad sus puntos de vista a la vez que explicar cuáles son, a su criterio, sus justas aspiraciones.

Lo que dificultará, y no poco, la magna labor de esa superasamblea, ha de ser, indudablemente, la falta de un juez infalible que, al estilo salomónico, dé a cada uno su parte de razón, de verdad y de derecho. No obstante, es de confiar que mucho habrá de influir en el ánimo de quienes presidan esas reuniones, las grandes experiencias vividas en la presente época, experiencias de las que, no cabe la menor duda, se habrán extraído las más aleccionadoras enseñanzas.

El programa de reconstrucción del mundo, tal como corresponde encararlo, debe abarcar los más amplios alcances y proporciones si se quiere evitar que en un futuro vuelvan a surgir los viejos problemas, los que a modo de tumores malignos debilitaron el vigor de la simiente humana y promovieron tantos desórdenes y agitaciones en el mundo entero. Así, deberían establecerse como permanentes todas aquellas normas sociales, políticas, éticas, económicas, etc., que por larga experiencia fueron halladas buenas, justas y dignas de las actúales exigencias de convivencia humana.

Estimamos que el futuro del mundo debería caracterizarse por el reinado del derecho, de la libertad y del trabajo, en sus más altas, fieles y puras manifestaciones, en el sentido más constructivo de la palabra.

Para finalizar: consideramos de inmenso valor para la nueva Institución Universal de las Naciones Unidas que se proyecta, la creación de un gran buzón cuya función consistiese en la recepción de todos los estudios e iniciativas que cada cual, como súbdito del mundo y con la debida capacidad para ello, hiciese llegar por ese medio al seno de la referida institución universal. Deberá entenderse por buzón, no uno similar al que se utiliza en el correo para recibir la correspondencia, sino al conjunto seleccionado de hombres que se designasen para la recepción, clasificación, consideración y recomendación de las ponendas que llegaren como contribución individual al esfuerzo de las inteligencias que coordinarán y sancionarán las leyes destinadas a regir el futuro de la humanidad. Daríase así un poderoso estímulo a cada miembro de la familia humana, pues se le invitaría a cooperar en  la medida de las posibilidades de su inteligencia y de su experiencia, en una obra de tan extraordinarias proyecciones, que debiendo abarcar el orbe entero, afectará a todos, sin excepción, y tal vez por ese medio podrían obtenerse los más preciados resultados.

Un estímulo de esta naturaleza permitiría experimentar a cada uno de los seres que habitan la tierra, especialmente a los que han nutrido su vida en el estudio, en el trabajo y en la experiencia del mundo, los primeros beneficios de una libertad instituida en base al respeto y a la consideración que debe merecer la opinión particular de cada hombre.

 

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Los problemas de postguerra y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 21 de noviembre de 1944 

por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Entre los numerosos y complicados problemas que han de preocupar a la humanidad desde el instante mismo en que termine la guerra, está el que atañe a la moral. Habrá de encontrarse con dos morales diferentes que entrarán de inmediato en viva pugna: la que ha sido violentada y profundamente afectada por las vicisitudes y tragedias irreparables del conflicto bélico, y la que aún permanece sin contaminación, preservada de las funestas lacras y estigmas que debido a la causa mencionada, han trastornado el pensamiento y el sentimiento de tantos, cuya vida moral, por imperio de las circunstancias mundialmente conocidas, se obscureció perdiendo todo sentido de recato o pudor espiritual.

Ya la guerra del catorce alteró bastante esa moral; pero no lo suficiente para que constituyera, como habrá de serlo esta vez, un peligro para la estabilidad y respeto de la familia humana. Es que en la conflagración anterior el martirologio de los pueblos indefensos, no combatientes, que vivían en las ciudades, no fue como en la actual.

Cada uno de los que debieron soportar las calamidades que, como es de admitir, han estrujado el alma en los refugios, en los campos de concentración y, en fin, en todo lugar donde la promis­cuidad, el desprecio a la vida, y también la indiferencia y ausencia de responsabilidad de toda conducta, pervirtiera sus sentimientos y pensamientos, cada uno de ésos, repetimos, habrá de ser luego un vehículo que llevará en sí el germen de esa plaga psicomoral por todas las partes del mundo.

Cuántas veces, aquí, en nuestra América, la conducta en extremo descontrolada y amoral de muchos de los extranjeros provenientes del Viejo Mundo, ha llamado la atención de los nativos y hecho reaccionar el sentimiento particular o colectivo. ¿Y esos mismos extranjeros no se han burlado, acaso, de los latinoamericanos al observar, extrañados, que no tenían sus mismos hábitos? A sus liberalidades excesivamente pronunciadas, a su vida sin recato, se ha denominado cultura, mofándose, quienes se formaron en ella, de la aún preservada y sana moral de nuestros pueblos. Es que mientras en aquellos parecería haber dejado de existir la vida íntima, privada, la que sólo pertenece al corazón y a la conciencia de cada ser, en los habitantes de este continente es todavía y seguirá siendo, ¡loado sea Dios!, un refugio inviolable y sagrado, un arcano en el que nadie tiene derecho a penetrar a excepción de uno mismo.

Esa exhibición de la vida íntima, esa frivolidad, esa despreocupación rayana en el cinismo sobre la conducta personal, propia y ajena, es, quiérase o no, el producto de un relajamiento psicológico y moral; es la consecuencia de la familiaridad, más aún, de la identificación con las tantas situaciones morales que plantea la guerra en el seno de los hogares, y que, aceptadas con resignación entonces, o por la fuerza de las circunstancias, han ido creando en los ánimos predisposiciones opuestas a la índole de los conceptos sobre convivencia social, sostenidos hasta antes de la contienda.

Gradualmente, sin que de ello nadie se diera cuenta exacta, se fueron operando transformaciones psicológicas en los seres que sufrieron tan hondos sacudimientos mentales y morales, y que alcanzarán a su descendencia por varias generaciones. De no existir medios para contrarrestar o neutralizar los efectos perniciosos de semejante regresión humana, peligrarían las conquistas de la civilización, ya que este problema que señalamos, y no otro, es el que hizo sucumbir civilizaciones que habían llegado en sus respectivas épocas a cumbres de esplendor.

¿Cómo, pues, habrá de resolverse tan delicada cuestión? Pensamos que mucho contribuirá a su solución gradual, una esmerada y sobria educación de la niñez, comenzando por la actual, y cuya beneficiosa directiva alcance hasta las mismas universidades; una educación que tienda a formar en los hombres y mujeres del mañana, un concepto indestructible sobre su verdadera conducta dentro de la familia, de la sociedad y del mundo.

Asimismo habrá de reducir las proporciones de tan serio problema, la selección de las producciones cinematográficas, eliminando aquellas que han contribuido a embriagar de lujuria a la juventud, y tanto desasosiego han causado en su alma. Otro factor de importancia es reducir al mínimo los sitios de diversión, que con sus músicas exóticas y sus bailes que bordean la epilepsia, envenenan las mentes y los corazones no sólo de jóvenes sino de adultos también; sitios que de un tiempo a esta parte han venido reproduciéndose como los hongos, por todas partes.

Deberá propiciarse, del mismo modo, con estímulos adecuados, el estudio, por contribuir éste en alto grado al bienestar general. El estudio tiene siempre inmediata recompensa y es por medio de él que el trabajo resulta grato o interesante, pues aplicado al mismo constituye el mejor incentivo por los beneficios que proporciona.

Como es de apreciar, asignamos al estudio una importancia fundamental, por entender que su fomento y desarrollo han de contribuir en gran escala a la eficacia de cuanto esfuerzo se realice por alcanzar en el futuro más inmediato el desenvolvimiento normal de todas las actividades humanas, tal como éstas se llevaban a cabo antes que comenzaran las agitaciones de la época prebélica y, posteriormente, los trastornos ocasionados por el conflicto actual.

El problema se aliviará en gran parte, nos referimos al termi­narse la contienda, eliminando a tiempo de la mente de la mayoría de los seres que se vieron directa o indirectamente envueltos en la misma, la serie de pensamientos inhibitorios que la han ocupado, o mejor aún, embargado, pues es indudable que toda mente sobrecargada de pensamientos obsesionantes, constituye un serio obstáculo para la edificación del nuevo orden que, según se nos ha anunciado, habrá de imperar en el mundo. Y nada mejor para desembarazar de tales pensamientos a las mentes, que ocuparlas con actividades en que la inteligencia del hombre tenga una participación intensiva. De ahí que será imprescindiblemente necesario estimular el estudio, haciendo lo mismo con la iniciativa privada en todos los órdenes en que se manifieste con carácter constructivo.

Mucho es lo que se ha destruido y mucho lo que tendrá que construirse; trabajo habrá, por consiguiente, para todos y por largo tiempo si en vez de emprenderlo con aceleramiento, lo cual resultaría perjudicial en la educación del futuro, se opta por hacer las cosas sin dejarse extremar por el apremio, buscando, más bien, armonizar en cuanto sea posible los intereses humanos que estarán en juego desde el instante de poner manos a la obra a iniciarse con el próximo período de paz.

Si la humanidad anhela vivamente lograr una paz estable, deberá trabajar y dedicar todos sus esfuerzos para que esa paz sea verdaderamente firme e inalterable. ¿Cómo? Eliminando todo lo que atente contra ella, lo que sea causa o motivo de inquietud, vale decir, todo lo que antes de producirse la actual guerra constituyó los gérmenes de la discordia, sin dejar de eliminar también, todos los elementos de destrucción.

Vano será cuanto se intente si los que conducen los destinos de los pueblos no llegan al absoluto convencimiento de tal verdad como único medio eficaz para establecer la concordia mundial y para que la paz represente realmente un bien que a todos incumba por igual defender, afianzar y mantener por sobre todas las cosas.

 

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Discurso de Ebel de Sándara en Ciudad de México en noviembre de 1959 – ¿Dios existe?

NOTA: El ámbito del discurso ocurrió en un club de carácter filosófico en el cual hacían uso de la palabra uno o más miem­bros elegidos por sorteo entre los que ofrecían voluntariamen­te su concurso. Sus asociados eran hombres de ciencia, polemistas, pensadores y aun sofistas, quienes sometían su saber al veredicto de un público igualmente erudito, que a menudo acosaba al orador con preguntas o le salía al paso con objeciones y réplicas, promoviéndose no pocas controversias. El orador invitado a extraer al azar, de una urna exprofesamente puesta, dos sobres con preguntas allí depositadas por vo­luntad de los interesados. El orador podía escoger libre­mente entre las dos o evacuarlas ambas si así lo deseaba.

 Esa noche fue Ebel de Sándara el sorteado. De acuerdo con la fórmula habitual, el director comen­zó a leer en alta voz las preguntas que aquél extrajo de la urna, con los nombres de quienes las suscribían.

La primera definía así las inquietudes ideológicas del firmante, conocido escritor de fuerte tendencia liberal: “¿Dios existe?; ¿puede usted probarnos su existencia?

La segunda había sido expresada por un médico en los siguientes tér­minos: “¿Cuál es su opinión sobre el eslabón perdido, ori­gen de tantas teorías sobre la génesis del hombre?

Transcribimos a continuación la exposición de Ebel de Sándara sobre la primera pregunta.

– Señores  – dijo – : Al pronunciarme con respecto a la primera cláusula doy por descontado que si la Creación que nos rodea y de la cual formamos parte no es por sí misma lo suficientemente elocuente como para persuadir al hombre de que la existencia de Dios es innegable, menos podrá serlo la palabra de un semejante, por mucho que se empeñe en demostrarlo. Hecha esta aclaración, entremos de lleno en el asunto. Cuando se afirma que Dios existe, es absolutamente necesario acompañar tal afirmación con una proposición desvinculada de toda idea que lo limite o im­pida concebirlo en su inmensidad, omnipotencia e infinitud. Partiendo de la base de que la Causa Primera es Dios y no teniendo a nuestro alcance a ningún ser visible a quien pueda atribuírsele el acto de la Creación Universal, lógico es que reconozcamos a Dios como Supremo Hacedor; mas la capacidad para considerar su existencia no depende de esa existencia en sí, sino de la medida en que cada ser humano la reconozca, la sienta y la palpe individualmente.

“Hay dos cosas que son, sin duda alguna, inseparables, por cuanto constituyen una misma y absoluta verdad: la Creación y su Creador.  La una presupone con toda certidumbre la presencia de la otra, de manera que si la Crea­ción existe, lo cual nos consta porque la vemos, la palpamos y dentro de ella vivimos, es imposible poner en duda la exis­tencia de Quien, habiéndola concebido primero, la plasmó después en suprema realidad, dictando a un tiempo las leyes que mantienen su equilibrio y velan por su conservación eterna. La existencia de Dios, señores, se prueba por la existencia misma de cuanto nos rodea y por nuestra propia existencia, y, sobre todo, por la prerrogativa que nos fue concedida de formularnos esa pregunta y también de contestárnosla sirviéndonos del conocimiento que se adquiere a través del estudio, de la observación y de la experiencia conscientemente realizadas en el diario vivir.

“Acabo de expresar que Dios, en razón de su inabarcable dimensión cósmica, no puede ser limitado; mas he de agre­gar también que siendo esto tan fácil de comprender, no siempre fue tenido en cuenta por el hombre.  Es un hecho cierto, pese a lo paradójico, que éste ha pretendido hacerlo a Dios a su imagen y semejanza, sin medir, probablemente, las proporciones ni las consecuencias de tamaño sacrilegio.  No debemos olvidar que las creencias echaron sus raíces en la ignorancia de las tribus primitivas.  En plena incipiencia men­tal, carente de entendimiento, cada tribu adoraba a los dioses de los cuales se apropiaba.  Avanzando el tiempo y el desenvolvimiento humano, pero siempre en un clima de igno­rancia y de ingenua credulidad, hicieron otro tanto las religiones, las cuales llevaron sus creencias al convencimiento de que Dios les pertenecía por haberlo dispuesto así sus sostenedores.  Y no sólo eso, sino que cada secta lo iba con­formando según las conveniencias y las exigencias de sus respectivos dogmas, presentándolo velado, naturalmente por los llamados “misterios”.

“Las creencias, señores, paralizan la noble función de pensar. ¡Dichosos los ojos del entendimiento no contami­nado, que, a diferencia de los que fueron cegados por la fe dogmática, pueden nutrir su vida con las enseñanzas esparcidas por Dios en la Creación!  El dogma pudo ser útil a los hombres en las épocas de barbarie, de atraso moral, intelec­tual y espiritual, pero no en estos tiempos, que están mar­cando los cambios más sorprendentes en casi todos los órde­nes del vivir humano.  Lisa y llanamente, el dogma es hoy un contrasentido; insistir en su sostenimiento es pretender ce­rrar los ojos de los que han logrado sobrepasar el oscuran­tismo espiritual en que la humanidad está aún sumida.  El hombre ama la verdad, la ansía, pero a fin de no ser atrapado por el engaño debe buscarla con su razón, y esa ra­zón debe ser unánimemente respetada.  No puede preten­derse, atribuyendo a la fe ciega virtudes que no tiene, ex­cluir de las posibilidades humanas las funciones de discernir y de juzgar, y someter al hombre, sin previa discriminación de su parte, al acatamiento de fórmulas que adulteran la verdad.”

– Señor de Sándara  – expresó uno de los concurrentes, alzando su voz sobre el inquieto murmullo de la sala – , ¡no podemos rebelarnos contra los dogmas! … Como cristiano me resisto a escucharle.  Oponerse a los dogmas es declararse abiertamente en contra de la verdad revelada, que es el sacro sustento de la religión. Además, ¿podríamos negar que en gran parte los dogmas constituyen hechos históricos?

– Permítame usted decirle que los dogmas, por lo mismo que son imposiciones de carácter religioso, están reñidos con la Historia.  Por otra parte, en los mismos textos bíblicos apa­recen contradicciones tremendas, que en vano se intentó en­mendar.  La razón humana las descubre tan pronto se apresta a analizar a fondo esos textos.  Sabido es que la Historia, para ser verídica, debe estar legitimada por testimonios incontro­vertibles; por verdades que concuerdan con nuestra realidad interna, que es la que debe alentar el juicio de los hombres.  De allí debe surgir la aceptación o la no aceptación de sus pasajes.  Los hechos históricos sólo pueden considerarse in­conmovibles cuando están sostenidos por realidades que li­bren a la posteridad de toda sospecha acerca de la fidelidad de su origen.  No ha ocurrido tal cosa, por cierto, con los hechos mencionados en las narraciones bíblicas, puesto que no están avalados por ninguna certificación responsable, como lo sería el testimonio de los historiadores de la época.  Para exaltar las figuras de sus protagonistas se insistió en divinizarlos, cuando debieron ser, por el contrario, humanizados para que pudieran servir de ejemplos aleccionadores al géne­ro humano.  No hay hazaña ni virtud que pueda sernos acce­sible, y menos aún, comprensible, en un ente “divino” que pretende poner ante nuestros ojos atónitos sus aptitudes para el milagro, pero sí la hay en cualquier ser humano que, siendo como todos los demás, nos muestra con su saber y con su ejemplo una parte siquiera de las grandes prerrogati­vas que sus semejantes pueden alcanzar en el camino de la evolución.

“En cuanto a los dogmas  – continuó el señor de Sándara, atento a la creciente expectativa del público – , afirmo que Dios no ha establecido ninguno.  He ahí una verdad; como es asimismo verdad que Dios no excluyó jamás a nadie de su gran familia humana, la que creó para que habitara este mundo.  No llamó herejes a los que disentían con el verda­dero modo de pensar respecto de El ni excomulgó tampoco a nadie, y menos aún pudo aprobar que alguno de sus hijos lo hiciera, porque esa actitud entraña un principio de des­amor, un malquerer.  Si Dios ha permitido a pueblos que lo niegan, a pueblos ateos, perjuros, colocarse en las avanzadas de la ciencia, ¿no tenemos con ello la evidencia de que sigue considerando a esos pueblos hijos de su Creación?

“Todo hombre debería aspirar a esclarecer lo que la ra­zón se resiste a admitir como verdad.  Verbigracia, las soste­nidas afirmaciones sobre la existencia de un Infierno que condena a los pecadores al fuego eterno. ¿En qué verdad se apoya esa afirmación? ¿Puede arder el espíritu, que es in­material y por lo tanto incombustible?  Admitámoslo, em­pero; admitamos que el espíritu pueda quemarse, que pueda arder eternamente; en tal caso, ¿qué consecuencia útil ten­dría para la vida humana la condenación eterna del espíritu en el fuego? .. . ¡Hasta cuándo, señores, hasta cuándo ha­brá de seguir la humanidad aferrada a una creencia que ca­rece de todo sentido aleccionador!  Las faltas cometidas por el hombre no pueden ser saldadas con un martirio inacaba­ble, con un suplicio perpetuo.  No puede caber, pues, en la inmensa grandeza de Dios tamaña crueldad; pero sí,  puede caber, en quienes pregonan y atemorizan a las gentes con se­mejante dislate. Dios no ha podido crear el prodigioso ser humano para aniquilarlo luego inexplicablemente.  Ello im­plicaría la violación de leyes expresas, destinadas a reglar la evolución del hombre; implicaría una negación que en absoluto puede admitir la inteligencia humana.  Dios creó al hombre para que a través de todos los sacudimientos y experiencias que acompañan su tránsito por el mundo apren­da a conducir su vida por la existencia que le fue determina­da y que, presumo, no tiene fin.  Las faltas que cometa, él mismo por su sola y exclusiva cuenta podrá y habrá de sal­darlas.  He ahí el prodigio de la ley de la evolución que, cons­cientemente interpretada y vivida, convierte al hombre en su propio redentor. ¿Podría haber algo más hermoso, más consolador y sublime para él, que sentirse capaz de realizar por sí mismo tarea tan edificante, cuya gloria habrá tam­bién de pertenecerle? ¿No es mejor esto que acumular falta sobre falta confiando con ciega fe, y en algunos casos con no poca especulación, en que alguien con poderes divinos pueda absolvernos de culpas?  Analicemos serenamente en cuál de los dos casos el hombre es más digno de sí, de sus semejantes y de Quien lo creó.

“Mucho se ha hablado de la verdad revelada; aquí mismo, en esta sala, acaba de ser mencionada … ¿Cuál es, señores, esa verdad revelada que el hombre no puede conocer, que le es inaccesible?  La verdad revelada por Dios, la más grande, la más trascendental, es Su propia Creación. ¡He ahí la gran verdad revelada!  De esa Creación, de esa verdad revelada por Dios, accesible  – permítaseme la afirmación –  a todas las mentes humanas, se desprenden los hilos conducentes a todas las otras verdades que a su tiempo serán también reveladas.  El hombre que se propone conocer lo que hay dentro de una montaña, que representa, tengámoslo en cuen­ta, una pequeñísima parte de la gran verdad, tendrá, inde­fectiblemente, que llevar a cabo ese propósito penetrando en sus entrañas con el entendimiento y con la acción, seguir sus vetas, descubrir sus yacimientos.  Si alguien se lo prohibiera, asegurándole que debe conformarse tan solo con admirar la montaña, ésta seguirá siendo una verdad revelada, pero una verdad revelada en cuyo fondo su inteligencia no penetra.  La mente humana, lo repito, tiene libre acceso a todas las verdades, mas eso sí, debe seguir un proceso de riguroso adiestramiento mental y psicológico, un proceso de cultura interior que le haga posible elevarse hasta ellas.

“Para el hombre en pleno ejercicio de su libertad de con­ciencia no hay dogma alguno tras el cual la verdad pueda mantenerse oculta.  Esto es muy lógico.  Es perfectamente comprensible que el que piensa, que el que ejerce esa función en la plenitud de sus cabales habrá de saber descu­brir la verdad ahí donde se encuentra, y que, llegado el caso, en virtud de esa misma cordura sabrá negarse a acep­tar, por ejemplo, que pueda caberle a un planeta la posibilidad de introducirse en un cabello para enseñarle al hombre a evitar la calvicie.  Todas las facultades de la inteligencia son pródigas cuando se las utiliza de continuo, pero las creencias, señores, no activan en modo alguno su ejercicio.  Las creencias adormecen la inteligencia; obran como hipnóticos. La vida es pensamiento y acción, y la vida se debilita, des­fallece, muere, cuando la mente cesa de pensar, cuando por efecto de esa inmovilidad la voluntad se relaja, cuando las células se aburren porque les falta la actividad que las reanima y estimula.  Las creencias son, por tal causa, un medio de opresión, una tiranía impuesta al espíritu humano; son la muerte lenta del espíritu que, no pudiendo evolucionar en cumplimiento de su alto destino, se consume día tras día, siglo tras siglo.

“El hombre no es lo que es por lo que come, sino por lo que piensa.  Si lo inhibimos de ejercer esa función, si lo ponemos dentro de una horma de hierro para impedirle que piense, ¿que conciencia podrá alcanzar de su existir en este mundo?  Si más allá le preguntásemos a ese mismo hom­bre qué hizo de su ser, de su espíritu, probablemente nos respondería: “He creído; he tenido fe”.  Fe ¿en qué? … ¿Acaso le está vedado al hombre conocer la verdad?  Dios no puede haberlo hecho para semejante absurdo; ni pudo condenarlo a ser un ente vulgar, un ente que no piensa, un ente cuyo espíritu está sometido a la esclavitud de una creen­cia. Prueba de ello es el magnífico mecanismo psicológico de que lo ha dotado, mediante el cual le permite conducirse independientemente.  Cada ser humano está constituido por un alma y un espíritu.  Además, cada uno posee una psicolo­gía diferente, peculiar; vale decir, una psicología individual. ¿Por qué entonces se ha insistido durante siglos en torcer el rumbo que la humanidad debió seguir, adormeciendo a unos y a otros con creencias y equívocos? ¿Se ignoraba, acaso, que inducir al hombre a que piense por dictados y a que sien­ta lo que se le inculca implica transgredir las leyes universales, que consideran delito todo lo que tiende a favorecer la absorción del individuo por la masa? ¿Se ignoraba que ello tiende a fundirlo en ese conjunto nómade que sigue un rumbo falso, porque el rumbo verdadero sólo puede llegar a conocerlo el hombre por sí mismo?  Desechar peyo­rativamente, o peor aún, execrar, como tantas veces ha ocurrido, a los que hacen legítimo uso de su razón para discernir lo justo de lo injusto, la verdad de la no verdad, es ofender la voluntad de Dios, quien instituyó esa facultad para que el hombre alcanzase la elevación mental, moral y espiritual que corresponde a su condición de humano.”

– Permítame una interrupción, señor de Sándara  – ex­presó al llegar a este punto el depositante de la pregun­ta -.  Deseo declarar que si me hubiese asistido la seguridad absoluta acerca de la inexistencia de Dios, no habría solicitado opinión alguna sobre el particular; la mía habríame bastado.  Lo que yo no he podido aceptar nunca son, sen­cillamente, las concepciones con que se nos ha pretendido ilustrar sobre un Ser de tan encumbrada jerarquía.  La teoría no ha logrado hasta aquí inspirarme convicciones fir­mes, las que tampoco he podido sustentar mediante el estudio de los dogmas que fundamentan cada religión, en los cua­les la idea de la existencia de Dios dista mucho de ser, a criterio mío, la que corresponde a tan inmensa paternidad.  En muchísimas ocasiones, buscando satisfacer las dudas declara­das en mí por natural influencia de las leyes que gobiernan nuestra razón, me he sentido desconcertado.  La filosofía, con su espíritu reflexivo, nos ha expresado sus conclusiones a ese respecto con otra amplitud, es cierto, mas no he encontrado en ella una demostración que llegara hasta mi con la evidencia inequívoca de una realidad.  Es en verdad difícil formarse un juicio claro y acabado de las cosas, cuando cada afirmación que nos disponemos a analizar se nos transforma de pronto en la antítesis de lo que habíamos estado analizando antes.  Así, pues, frente a lo que jamás satisfizo las demandas de mi razón y frente a lo que en tantas ocasiones he debido considerar absurdo o falto de toda verdad, no he titubeado en declararme liberado mental y espiritualmente; pero, frente a Dios, mi posición es otra, pues lo siento íntimamente y lo admiro en su excelsitud y grandeza.  Me interesaba muy particularmente, amigo de Sándara, conocer cómo concebía usted a Dios; de ahí mi pregunta; una pregunta un poco audaz quizás, mas cuya respuesta me ha satisfecho sobremanera.  Honra la grandeza de Dios y, por otra parte, honra a ese súbdito de la Creación hecho “a Su imagen y se­mejanza”, la afirmación de que la verdad, la gran verdad, es accesible a su conocimiento, y es también el camino por el cual habrá de aproximarse a Él.  Tal vez no haya compren­dido bien algunas fases de su pensamiento, pero supongo que me brindará usted la oportunidad de aclararlas en una posterior conversación.

– El autor de la pregunta acaba de manifestarse satisfe­cho, señores  – dijo de Sándara, después de responder cortés­mente al aludido – ; pero desearía siempre que ello no im­plicase un esfuerzo para los que me escuchan, se me concedan algunos minutos más para completar mi exposición.

A una señal aprobatoria del director y del público, con­tinuó:

– La simpática relación del inquiridor me ofrece la opor­tunidad de referirme a un punto que, de otro modo, y por razones obvias, hubiese yo pasado por alto.  No me cansaré nunca de insistir sobre la conveniencia de no cerrar el entendimiento a la investigación causal, por cuyo medio hasta el más ateo puede llegar a comprender que no habiendo sido el hombre autor de la Creación, alguien necesariamente de­bió serlo, alguien que se reservó sabiamente para sí el gobier­no de todo el universo. ¡Cuántas veces hemos visto al ateo calarse las “gafas” del escéptico, usadas por Pirrón, y anun­ciar, con una contumacia a toda prueba, que nada sabe de la existencia de Dios! … Y ello tan sólo porque el Gran Desconocido no se ha hecho presente a su juicio tal como a él se le ocurre que debiera haberlo hecho.  Así es, señores; el ateo es a menudo el más fanático de los creyentes: creyente de la deidad que conforma su “yo” personal.  Niega la exis­tencia de Dios, pero en el fondo, el coleóptero de la duda le carcome las entrañas. .. Mas he ahí que, pese al escepticis­mo de tantos, el Gran Desconocido, a quien con empeño se quiere privar de existencia, es, paradójicamente y en síntesis, la existencia misma de todo cuanto existe; y es deber de la criatura humana sentirle y comprenderle, pero a través del conocimiento, porque sólo por medio de él podrá amársele de verdad, vale decir, conociendo las razones supremas de ese amor que es fuente inagotable de eternidad.

“Me he encontrado en el mundo con muchos ateos y tam­bién con muchos creyentes, a quienes he tenido que conside­rar tan ateos como el que más.  A estos últimos los he iden­tificado aun entre los que más se preciaban de creyentes sin­ceros de la religión que profesaban.  En realidad suelen ser esos los más temibles, porque mientras proclaman a Dios con los labios, execran y niegan ignominiosamente Su Nom­bre con sus ocultos e innobles procederes.  Son ellos los que en todo tiempo armaron el brazo de sus cofrades para herir de muerte a seres inocentes, por la única razón de no coincidir con los pensamientos emanados de sus cultos.  Son también los que por esa misma causa escarnecieron a genios, a hé­roes, a inventores ilustres y a investigadores que llegaron con su ciencia a descubrimientos maravillosos. ¡Cuántas grandes figuras  – la Historia lo declara –  no sufrieron la más escandalosa porfía y la persecución más despiadada por parte de los dadores de gracias e insufladores de creencias! … En cada benefactor de la humanidad hubo, sin embargo, una chispa divina en eclosión, una superioridad y una grandeza de la cual carecían los enconados creyentes que los acusaban de impíos y de diabólicos y herejes.  Prueba palmaria del ateísmo del creyente son los crímenes de la Edad Media y del Renacimiento. ¿No fueron monstruosos engendros de ese ateísmo los que prepararon suplicios y hogueras para des­truir y calcinar las carnes gloriosas de tantos mártires que pagaron inocente tributo a la ingratitud humana susten­tada por la barbarie? ¿No pertenecieron a la familia de creyentes ateos, siempre recalcitrantes, los que falseando el con­cepto de las doctrinas que decían profesar, negaban con los hechos a Dios?  Por eso digo que el que sólo cree en Dios hace entrega de su alma a quienes lo han de tornar intolerante e intransigente con el prójimo; en cambio, el que lo siente y empeña su vida en aproximarse a El por el conocimiento, ése sí sabe amar a su prójimo como a sí mismo aunque sus pensamientos no coincidan.”

– ¡Está usted atacando abiertamente a la religión, como si ella no hubiera cumplido a través de siglos, en forma amplia y ponderable, sus piadosos cometidos con su obra re­dentora y civilizadora!  – se oyó decir con mal contenida irritación a un señor de edad, que, de pie, mostraba a las cla­ras su determinación de marcharse.

Un movimiento de desorden se extendió por la sala, de donde surgían voces de protesta y de aprobación a la vez.

– Señores, no he terminado aún.  Ruego, pues, que se me escuche con calma hasta el final  – replicó de Sándara, alzan­do el tono de la voz, que resonó vibrante y bien templada en la sala – .  Afirmo que no es mi propósito atacar a nin­guna religión, sino invitar a todas a que entren por los fueros de la realidad y se despojen de todo su artificio, sugestión y cuanto ellas mismas saben que no es verdadero, para reen­contrarse, si ello es posible, humana y espiritualmente en una comprensión amplia de los altos fines que esperan al hombre y a la humanidad.  La verdad es una e indivisible; es lo que fue, lo que es y lo que será.  La no verdad carece de esa vir­tud; no ha sido nunca lo que pretendió ser, ni lo es ni lo será jamás.  Mi esfuerzo tiende a poner al descubierto lo falso, la mistificación y el embuste, trilogía esta que resume el pensamiento de la gran impostura. ¿Qué puede temer en­tonces esta o aquella religión, poseedoras de la verdad, según ellas mismas lo han proclamado? ¿Qué inquietud puede cau­sarles lo que yo diga? ¿Son acaso mis palabras tan contun­dentes que esa “verdad” no resiste su influjo?  De todas ma­neras, señores, convengamos en que si Dios nos ha dado el uso de la razón, es para discernir y juzgar con plena noción de nuestra responsabilidad ante el Creador, lo que es justo y verdadero de lo que no lo es.  A esta altura de la edad his­tórica de la humanidad se impone un nuevo tratamiento espiritual para todos los hombres del mundo, y a ese cambio debemos disponernos comprensivamente, porque la misma verdad revelada por Dios, la Creación, nos muestra en sus constantes mudanzas que todo en ella está sometido a per­manente transformación.  Al ritmo de esa transformación habrá de florecer también en los seres humanos una nueva naturaleza; una naturaleza fuerte, enaltecido por la reno­vación interna llevada a cabo con toda conciencia.  Esto, señores, es lo más grande que la mente y el corazón de los hombres pueden y deben esperar.  Los hombres no han de vivir aferrados al pasado, como si se resistieran o temieran lo futuro, lo que ha de venir; ello sería oponerse a la evo­lución, vale decir, al proceso de la emancipación del espíritu.  Entiendo, y con esto cierro mi discurso, que las religiones deben fomentar la unión y no dificultarla con irreductibles intransigencias, y esa unión, señores, podrá lograrse por el acercamiento mutuo y un claro concepto del respeto reclama­do por la sana convivencia, unidas todas las religiones y to­dos los seres en el esfuerzo por alcanzar las altas verdades que al hombre le será dado conocer, experimentar y dis­poner para llevar adelante el gran proceso de su evolución.

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Algunas opiniones de destacadas personalidades sobre el libro “LOGOSOFÍA. CIENCIA Y MÉTODO”

Las mismas figuran en la parte final de la segunda edición, impresa el 21 de agosto de 1962. Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, República Argentina. (Ver edición facsimilar)

ALGUNAS OPINIONES SOBRE EL PRESENTE LIBRO

Arequipa, Perú, 20 de diciembre de 1957.

El hombre de nuestro tiempo precisa de una orientación. Vivimos en un mundo desorientado. En un mundo de tremendas contradicciones. La desesperación hace presa del hombre de nuestro siglo. Su libro viene a constituir un norte, puesto que  su tesis de la “técnica de la formación individual consciente”, puede llevarnos a puerto seguro. Lo felicito por su tratado de “Logosofía” que ha tenido la amabilidad de enviarme. Su lectura es instructiva y espero que alcance en nuestro continente el éxito que merece.

VLADIMIRO BERMEJO – Profesor de la Facultad de Letras de la Universidad.

 

Madrid, 30-enero-1958.

Le agradezco cordialmente el envío de su constructivo e importante libro “Logosofía. Ciencia y método”. Libro que ya he leído -y anotado- y que me ha causado una hondísima impresión, tanto por su originalidad como por su trascendencia.

FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES – Escritor

 

Lisboa, Portugal, 29-XII-57.

Estoi mui muito reconhecido pela oferta do exemplar da sua autoria “Logosofía. Ciencia y Método”.

Tratase, na verdadede, de una obra eheia de interesse e valiosa, seja qual for o prisma porque se encare, quer como estudo de naturaleza pedagogica, quer como trabalho de feicao filosofica. Li-a com a maior atencao e julgo-a merecedora de franco aplauso. Ensina-nos a bem pensar, a formar a nossa individualidade, com vista a desenvolver as nossas capacidades, aperfeicionar-as, de modo a utilizar-las na vida, tanto na sua configuracao fisica como psiquica.

Podemos clasifica-la como un autentico guia da higiene inteIeetual-moral.

Prof. Dr. GUSTAVO CORDEIRO RAMOS – Presidente del Instituto de Alta Cultura – Ministerio da Educacao Nacional.

 

La Habana, Cuba. Enero 17 de 1958.

He tenido sumo gusto en recibir su reciente libro Logosofía. Ciencia y Método (Técnica de la Formación Individual Consciente) nuevo y muy valioso testimonio de su fecunda actividad en las disciplinas filosóficas y literarias. No he podido aún leer con el rigor necesario este libro, cuyo envío tan vivamente agradezco pero he podido darme cuenta de su método excelente y de su claro sentido en el orden de los valores morales.

El acierto en la exposición y la energía de su mismo estilo hacen que sus enseñanzas hagan de todo lector un convencido de esta verdadera nueva ciencia que su libro afirma.

JOSÉ MARÍA CHACÓN Y CALVO – Escritor. Académico.

 

Bs. As., 18-XI·957.

Mucho le agradezco, distinguido señor, el envío de su obra Logosofía en que sintetiza Ud. en un claro tratado sus enseñanzas. Sin duda alguna, un deseo de servicio lo ha dictado. El disponer de ese texto resultara sin duda muy útil, lo mismo a los conocedores de su doctrina. que a los nuevos: Su prosa se deja leer sin esfuerzo y es tan comunicativa como corresponde al que tiene ideas que comunicar.

Dr. ARTURO CAPDEVILA – Escritor. Poeta. Académico.

 

Buenos Aires, 13 de diciembre de 1957.

Una vez más, con la lectura de “Logosofía” que tuvo usted la atención de enviarme, he comprobado la claridad y el método con que nos alecciona para una actividad mental consciente orientadora de la conducta.

ENRIQUE BANCHS – Escritor. Poeta.

 

Buenos Aires, 27 de diciembre de 1957 .

. . . saluda al senor Carlos Bernardo González Pecotche y le agradece su nuevo libro Logosofía, que ha leído con atención. Le formula votos de felicidad, y le expresa el deseo de que sus páginas les sean provechosas a los que todavía no saben todo lo que es dable ganar para el espíritu con el culto intensificado de la vida interior.

RICARDO SÁENZ HAYES – Escritor. Periodista.

 

Buenos Aires, 4 de diciembre de 1957 .

. . . saluda muy atentamente al distinguido señor Carlos B. González Pecotche y le formula su más hondo agradecimiento por el gentil envío de un ejemplar de su libro “Logosofía. Ciencia y método”, que es una nueva y excelente muestra de su incansable producción científico-filosófica.

Indudablemente que esta obra no dejará tampoco de contribuir al esclarecimiento de concepciones erróneas que predominan en la vida material de un mundo perturbado.

Dirigiéndole sus más sinceras felicitaciones y admiración, le asegura que estudiara con inmenso interés las ideas que se exponen en el libro para familiarizarse así con la nueva cultura que llena un nombre por excelencia helénico, y cuyo objetivo es servir a Ia humanidad.

Dr. CONSTANTIN VATIKIOTTY – Embajador de Grecia.

 

Buenos Aires, diciembre 10 de 1957 .

. . . saluda con elevado aprecio al señor Carlos B. González Pecotche y le agradece el obsequio de su libro “Logosofía-Ciencia y Método”, espléndido compendio de su filosofía moral, meritorio esfuerzo por un mejoramiento de la conducta humana.

Dr. ENRIQUE MOUCHET – Profesor universitario.

 

La Habana. Cuba. Marzo 5 de 1958.

Con todo gusto le acuso recibo de su interesante libro “Logosofía. Ciencia y método”, y le agradezco profundamente su gentil envío. A través de su amena y culta prosa puede constatarse fácilmente su preocupación porque la juventud vuelva de nuevo a encauzarse por los canales del Bien y de la Moral, formando su mente y forjando su espíritu en beneficio de la Humanidad.

Dr. FRANCISCO DOMENECH VINAGERAS – Pte. de la Asociación Educacional de Cuba

 

La Habana, 20 de enero de 1958.

El día 8 de enero actual le escribí agradeciéndole el ejemplar que me remitió de su obra “Logosofía. Ciencia y método”, y una semana después recibí su apreciada carta del 11 de noviembre de 1957 en la que me anunciaba ese interesante envío.

Lo felicito cordialmente por la publicación de tan valioso libro que, efectivamente, contribuirá a la eficaz formación intelectual, moral y espiritual de la juventud.

EMETERIO S. SANTOVENIA – Periodista e historiador.

 

Río de Janeiro, 1-1-58.

Ao eminente amigo Sr. Carlos González Pecotche sauda com antiga estima e admiracao, agradecendo sua gentileza de remessa de un exemplar de su nova obra “Logosofía. Ciencia y método” que constitui realmente “un nuevo caudal de conocimientos” admiraveis.

Almirante ALVARO-ALBERTO

 

Mendoza, 16 de enero de 1958 .

. . . saluda con distinguida consideración al Sr. Carlos B. González Pecotche, y agradece su gentileza al haberle enviado un ejemplar de su libro “Logosofía”.

A través de sus páginas esta obra pone en evidencia, una vez mas, la alta capacidad creadora de su autor.

Sin lugar a dudas, esta nueva ciencia marca el principio de una nueva cultura donde el hombre estudioso encontrará una fuente inagotable de verdadera orientación.

Dr. GUILLERMO PETRA SIERRALTA – Ministro de Gobierno de Mendoza.

 

RÍo de Janeiro, 5 de dezembro de 1957.

Prezado e ilustre amigo: Agradeço a sua nova gentileza, brindando-me com o exemplar de seu recente trabalho -”Logosofía – Ciencia e método”, caudal de conhecimento que forman a nova cultura que vai tomando corpo em toda América.

HERBERT MOSES – Presidente de la Associaçao Brasileira de Impresa

 

Buenos Aires, 22 de noviembre de 1957.

He leído su Logosofía: Ciencia y Método, que usted ha sido tan gentil de remitirme, y he quedado muy bien impresionado de su lectura: clara, accesible, convincente, optimista, firme en la guía, dulce en el consejo, elevada en la enseñanza. Lo felicito cordialmente por este bello libro y le agradezco muchísimo su amable obsequio.

Ya sabe con qué interés, desde hace años, sigo su obra y medito sus páginas. Ha cumplido usted una muy hermosa y noble labor, que hace bien a infinidad de gentes y ha de ayudar a comprender y a amar aún a muchísimas más.

Dr. ENRIQUE DE GANDÍA – Académico e historiador.

 

Madrid, España, 24 ·II· 1958.

Muy interesante su libro “Logosofía. Ciencia y método” y de muy instructiva y sugestiva lectura.

GERARDO DIEGO – Escritor.

 

 

Montevideo, 2-XII-1957.

. . . saluda con la mayor estima intelectual al Sr. Carlos B. González Pecotche, y le agradece el envío de su libro “Logosofía. Ciencia y método”, magnifico compendio de medular doctrina, escrito con hondura y claridad, y excepcionales dotes pedagógicas.

ALBERTO RUSCONI – Profesor universitario.

 

México, enero 15 do 1958.

Mucho le agradezco el envío de su libro “Logosofía. Ciencia y método”. Lo he leído con el mayor interés. Su estudio del pensamiento es original y descubre aspectos nuevos de nuestra capacidad. Me complace esa afirmación de que ”’el hombre debe proyectar hacia un futuro de posibilidades ilimitadas, el potencial dinámico de la conciencia.” Encuentro en sus páginas independencia de criterio y personalidad.

JOSÉ VASCONCELOS – Director de la Biblioteca México.

Belo Horizonte, 10-12-57 .

. . . envia cordiais cumprimentos, acuso o recibimento de sua atenciosa carta de 11 de novembro próximo findo e o  interessante livro Logosofía, referente à técnica da formaçao individual consciente, e, ao mesmo tempo em que agradece a inestimável oferta, envia ealorosas felicitaçoes pela publicaçao de un trabalho destinado a ter ampla resonancia nos meios educativos da América.

Eng. JOA KUBITSCHEK DE FIGUEIREDO – Director del Departamento de Estradas de Rodagem.

 

Belo Horizonte, 8-1-58 .

. . . cumprimenta cordialmente e agradece, muito sensibilizado, a gentil oferta de ‘Logosofía. Ciencia y Método”, notavei trabalho, de grande clareza e sistematicao, capaz de lancar profunda compreensao sobre a técnica de formacao individual consciente segundo os postulados logosóficos.

Dr. CELSO MELO DE AZEVEDO – Prefeito de Belo Horizonte.

 

Buenos Aires, 7 de febrero de 1958 .

. . . saluda muy cordialmente al Sr. Carlos B. González Pecotche y le agradece el generoso envío de su libro Logosofía, que recién ha podido leer y del que ha aprovechado sobre todo lo que se refiere al método.

Dr. FLORENCIO ESCARDÓ – Profesor universitario. Escritor.

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Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Asesta un rudo golpe a quienes pretendieron desvirtuar la génesis de sus enseñanzas

Nuevamente debo tomar la pluma para exponer mi pensamiento públicamente con el objeto de satisfacer a todos los habitantes del Uruguay y la Argentina, que tan viva y atentamente han seguido el movimiento raumsólico y el desarrollo de los sucesos motivados por una campaña tan innoble como delictiva en contra de mi persona y de la Escuela que se ampara bajo mi nombre y sigue las inspiraciones de mi espíritu.

Pero esta vez es para dirigirme a aquellos que hoy no pueden tener la honra de llamarse discípulos míos. Aquellos, que durante largos años consecutivos ratificaron privada y públicamente las excelencias de mis enseñanzas, el grandioso concepto que les merecía mi obra, y el concepto mismo que les inspiré siempre y que fue motivo para que me manifestaran los más elevados elogios.

A esas personas me dirijo, para advertirles que lo que han escrito y firmado tantas veces como lo que pronunciaron y afirmaron públicamente con el más absoluto convencimiento, no podrán borrarlo jamás ni con la mano ni con  el olvido de sus memorias o el silencio forzado de sus conciencias. Pretender o tentar desconocerlo implicaría una posición harto ridícula, y tolerar que se intente aparentar una ingenuidad, impropia en primer lugar de universitarios, y en segundo, de personas que han cumplido hace tiempo el primer cuarto de siglo, sería de todo punto inadmisible en los que no son parte interesada en el asunto y conservan su integridad personal exenta de semejantes caprichos.

Ello presupondría una ignorancia plena en los “ingenuos”, de los principios éticos y sociales que determinan para cada individuo un libre albedrío irrenunciable y una capacidad intelectual suficiente como para conocer sin dificultad cuáles son sus deberes, su conducta y sus perspectivas patrimoniales civiles y morales entre el número de sus semejantes.

Nadie podría depositar un solo átomo de confianza en quienes se niegan a sí mismos, negando actos y palabras que están ligadas inseparablemente a sus vidas y a sus nombres por consentimiento expreso de sus propias conciencias.

La tolerancia y magnanimidad con que traté siempre a los discípulos que a mi lado compartían la sabiduría logosófica, ha sido indudablemente una de las causas que propiciaron en algunos de ellos el pensamiento de creerse dueños de todo cuanto poseía y hasta de mi misma persona. De otra manera no podría justificarse la sustracción que me hicieron de fotografías, efectos personales y documentos que alguna vez habrán de servir para delatarlos a ellos mismos.

De ahí también que llegaran a las extralimitaciones que cometieron durante mi ausencia de tres meses y que me han obligado a hacerles comparecer ante la justicia, pues las actitudes deliberadamente intencionales que asumieron, eran extrañas por completo a las normas más elementales de la convivencia social.

Mi posición filosófica y los altos principios que sostengo e inspiran mí Escuela, me impiden descender a detalles que podrían llevar al conocimiento general la explicación lógica del porqué me atacan aquellos que separé de mi lado. El apasionamiento siempre fue una de las grandes debilidades humanas y el despecho, tornándose en rencor  y en odio, siempre fue la consecuencia de deseos insatisfechos o pretensiones malogradas. Los abogados que me pedían les hiciera ganar los pleitos, los constructores que hasta casi exigían que les proporcionara clientes para sus obras, los estancieros y chacareros que pretendían les hiciera llover en sus campos cuando se acentuaba la sequía, los comerciantes que me solicitaban ganar licitaciones y finalmente, los ilusos que me insinuaban les hiciera ganar la lotería, son los que lamentablemente me confundieron y se engañaron, pues ellos querían un Cristo de esa naturaleza, para venerarle a condición de no negarlo si accedía siempre a tales pretensiones.

Semejante osadía – que les colocaba de hecho en el extremo opuesto a los sanos principios de mi Escuela, no obstante las múltiples oportunidades que les di para que cambiaran esa manera de pensar me inspiraba una verdadera pena, pues aparte de eso se esforzaban en realizar las enseñanzas, aun cuando, como ha quedado evidenciado, lo hacían esperanzados más en satisfacer tales deseos que con el propósito de lograr una superación ventajosa para sus espíritus.

Como esa situación no podía durar, a pesar de las veces que con toda discreción les reconvine, sucedió lo inevitable: esas personas se sintieron incómodas en el seno de la Escuela y concluyeron por provocar su separación lanzándose desaforadamente por los caminos de la difamación, la calumnia y la injuria.

No, señores “ingenuos”, yo no me presto ni me prestaré jamás a servir intereses mezquinos y bien saben ya todos que el que no marcha rectamente por el camino trazado en mis enseñanzas, no puede permanecer en mi Escuela, ya sea millonario o carezca de recursos. En ello estriba, precisamente, la seriedad inalterable de mis principios. No se me compra con dinero ni con halagos. Prefiero las contingencias de la lucha a la holganza pasiva y estéril que eligen los pobres de espíritu, los advenedizos y los faltos de integridad moral.

Vinieron en mi busca desde que abrí las puertas de mi Escuela, infinidad de seres entre los cuales se encontraban aquéllos a quienes dirijo estas palabras. A ninguno pregunté quién era, de dónde venía, ni a qué religión o raza pertenecía. No les averigüé qué habían sido ni qué faltas habían  cometido, porque no me interesaba, como no me interesó jamás la vida privada de nadie. Me rogaron que los admitiera como discípulos y accedí haciéndoles un lugar en mi Escuela y en mi corazón. Pero he ahí que después de unos cuantos años en que disfrutaron de mi confianza y de mis conocimientos, se creyeron en el derecho de preguntarme quién era yo, de dónde venía, qué había hecho antes, llegando hasta pretender fiscalizar mi vida privada. Se pensó también  en la posibilidad de apropiarse de mis enseñanzas, de mi Escuela y de todo cuanto yo poseía para el cumplimento de la obra; objetivo que tuvo su epílogo en las ambiciones bastante inflamadas de los que intentaron atentar contra mis más legítimos derechos , sin reparar que éstos estaban identificados con la misma obra.

Como es público y notorio, he librado una lucha intensa de ocho meses aproximadamente, contra los que llevados por incontenibles deseos de venganza desencadenaron esa triste campaña que hoy censura unánimemente la opinión. Desde mi puesto,  como lo habría hecho el mejor general, dirigí las operaciones. El campo de batalla que eligieron mis adversarios fue la prensa insana y la intriga, en todas las formas que el embuste utiliza. No podía ser más propicio para ellos, el atacarme con las armas más viles. Los caballeros no se baten jamás con los que no son capaces de montar un corcel de pura sangre y empuñar una espada y un escudo dignos de su rango, de su cuna y de su nobleza.

Los dardos envenenados que me dirigieron, no lograron quebrar mi serenidad, ni derribarme, como pensaron, del sitial que ocupaba y ocupa en el concepto de los hombres que conocen mi obra y mis sacrificios. Sin que Minerva  trazara sobre mi égida el signo protector  de los dioses  que estampó en el escudo de Aquiles por mandato del Olimpo, preferí que  el enemigo avanzara y se embriagara con el ruido de sus quijotescas embestidas. Los indios siempre perdieron las mejores batallas porque no comprendían la retirada estratégica de los blanco y atribuyéndose la victoria, arremetían contra las trincheras creyendo que sólo era cuestión de saltar el tapial.

Así fue como, cuando llegó el momento, di orden de hacer unas cuantas descargas de fusilería que aparecieron anotadas en “Crónicas Raumsólicas”, y desde entonces el fuego enemigo comenzó a cesar hasta reducirse casi a silencio.

No obstante los traidores y los desertores que hubieron,  las posiciones que  momentáneamente ocuparon  los detractores fueron cayendo nuevamente en poder de sus legítimos defensores. Un buen general prefiere enviar al campo enemigo, para que luchen contra él, aquellos soldados  que en sus filas no saben empuñar con valentía la espada del honor.

Hoy puedo  afirmar que la batalla ha sido ganada holgadamente, pues las sanciones de las autoridades hubieron de aplicarse a los que  me atacaron, por haberse colocado al margen de las leyes. La opinión pública sabe ahora a que  atenerse con respecto a la Escuela, y ha tenido oportunidad de contemplar cuánto mal pueden hacer a la sociedad los órganos periodísticos que se aprestan a ser instrumentos de tan repudiables campañas. La ley de imprenta del Uruguay, justa y recta, que permite al pueblo defenderse de las plagas que suelen infectar al periodismo, enaltece el  prestigio de los hombres que supieron inspirarla y sienta un precedente de alta cultura que ojalá adopten todos los países del mundo.

La Escuela Raumsólica ha entrado en una nueva etapa de su vida y se prepara para librar otra gran batalla en el orden jurídico, pues para que de una vez por todas queden demostradas las falsas imputaciones y versiones tendenciosas de que fui objeto conjuntamente con toda  mi Escuela, he conducido a los audaces detractores hasta los estrados de la justicia. Allí quiero  verlos, frente a frente a las leyes que quisieron burlar y frente a los jueces que pronunciarán sus sentencias, conscientes de la responsabilidad y autoridad que invisten como guardianes exclusivos de  la ley.

Dios y los hombres serán testigo de que doy una oportunidad a la justicia para que haga escuchar en esta emergencia, la majestad de su palabra. He luchado y lucho con todas las fuerzas de mi espíritu a fin de levantar el corazón de los hombres y encauzar las corrientes mentales hacia una concepción más grande y hermosa de la vida. Toda mi existencia está consagrada al servicio de esta obra que desde hace siete años llevo a cabo tesoneramente. No me arredran los obstáculos ni las dificultades. Lucho valerosamente contra toda adversidad, y si alguna vez cayera vencido en las lides futuras, dejaré sobre las últimas huellas de mis pasos, escritas con letras de sangre, las palabras que Dios pone en boca de los que han sabido triunfar sobre la misma muerte.

Artículo publicado también en los diarios “El Día”,  “La Mañana”, “El Pueblo” Y “El Heraldo Raumsólico”, de Montevideo, en los meses de mayo y junio de 1937, y en “Artículos y Publicaciones” (Talleres Gráficos Pomponio, Rosario, Argentina,1937).

Facsimil diario EL PAIS de Montevideo

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Algunas opiniones sobre el libro “DEFICIENCIAS y PROPENSIONES del SER HUMANO”

Las mismas figuran al inicio de la segunda edición impresa el 3 de enero de 1964. Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, República Argentina.

 

OPINIONES SOBRE EL PRESENTE LIBRO

Buenos Aires, 24 de noviembre de 1963

He tenido el placer de leer su libro Deficiencias y propensiones del ser humano. Está presente en él un psicólogo sagaz y un moralista generoso, que cree en el perfeccionamiento de la criatura humana. Podría servir de texto de moral práctica en las escuelas. Su optimismo es sano y alentador. En estas épocas de crisis moral, consuela la lectura de su libro.

OSVALDO LOUDET – Miembro de la Academia Nacional de Medicina

 

México, 18 de enero de 1963

Me dirijo a usted para saludarlo muy afectuosamente y desearle un fecundo año en su producción filosófica y literaria, de cuyo alto valor estoy plenamente convencido.

Su obra me ha parecido sencillamente magnífica, y le aseguro la mejor acogida, ya que estamos en un momento en que la inquietud intelectual está a la orden del día y es sumamente satisfactorio que haya mentes preparadas para guiar a nuestras juventudes desorientadas por tantas teorías desquiciantes.

CARLOS HERNÁNDEZ PRIETO – Rector de la Universidad Iberoamericana

 

New York, 20 de abril de 1963

Estimo que su libro presta un servicio inestimable a la juventud, porque señala de la manera más humana esas ”deficiencias” a las que antes se las calificaba de defectos y hasta de “culpas”, y que Ud. no sólo las sitúa en el campo de lo corregible, sino que señala el procedimiento para que puedan ser corregidas.

Todo aquel que se preocupe por la formación de la juventud no podrá menos que felicitarle por su excelente libro y propagar sus enseñanzas.

VICTORIA KENT – Editor del IBÉRICA Publishing Co. Inc.

 

Montevideo, 18 de diciembre de 1962

Saludo muy atte. al señor Carlos B. González Pecotche y tengo el agrado de acusar recibo y agradecer el envío de su libro Deficiencias y propensiones del ser humano, noble libro de elevados principios y expresivo lenguaje, que merece la mayor difusión.

EDUARDO BLANCO ACEVEDO 

 

Buenos Aires, marzo 11 de 1963

Recibí su libro Deficiencias y propensiones del ser humano. Es una auténtica obra de redención.

Además de ser usted un estudioso eficaz y un laborioso infatigable, mantiene la llama de la fe en la perfectibilidad humana.

ROQUE A. IZZO  – Profesor universitario

 

Lisboa, 19 de marzo de 1963

Trátase de un estudio valioso, revelador de conocimientos profundos de la naturaleza humana, que es analizada en todos sus aspectos. Nos indica sus defectos y cualidades, así como los medios de desenvolver éstas y anular aquéllos. Es un libro que interesa por igual a psicólogos, profesores y padres.

GUSTAVO CORDEIRO RAMOS – Presidente del Instituto de Alta Cultura

 

Buenos Aires, enero 7 de 1963

Deficiencias y propensiones del ser humano es un trabajo de aliento, meduloso, que en las actuales circunstancias debe ser difundido, como Ud. bien dice, especialmente entre la juventud descreída e indiferente ante los problemas del mundo moderno.

Lo felicito por sus esfuerzos en que se conozca más y más la Logosofía, que tan bien expone en sus trabajos intelectuales.

EDUARDO LABOUGLE – Escritor

 

Buenos Aires, noviembre 26 de 1962

Le agradezco muy de veras la amabilidad que ha tenido usted de poner en mis manos su nueva obra Deficiencias y propensiones del ser humano, la que leeré con real interés por la inquietud que despierta su tema y por venir además de un trabajador intelectual tesonero y talentoso, que ha abordado la Logosofía con espíritu de avanzada.

GONZALO BOSCH – Profesor universitario

 

Buenos Aires, 30 de diciembre de 1963

Mucho agradezco el envío de su nuevo libro Deficiencias y propensiones del ser humano. En nuestro tiempo -por no decir en todos los tiempos- lo que más se necesita son páginas de meditación como las de usted, que tienden a modificar lo que parece inmodificable…

RICARDO SÁENZ HAYES – Academia Argentina de Letras

 

Buenos Aires, 27 de noviembre de 1963

Los jóvenes, y aun los de edad avanzada, tienen en su libro Deficiencias y propensiones del ser humano una gran lección que aprender. Es una guía en el cúmulo de aberraciones en la vida de la humanidad del siglo XX.

Estas breves palabras sólo llevan mi intención de aplauso por su labor de estudioso.

ÁNGEL MARÍA ZULOAGA –  Brigadier General

 

Buenos Aires, noviembre 26 de 1962

Su libro Deficiencias y propensiones del ser humano está lleno de sanos consejos; hará espiritualmente bien a cuantos lo leyeren con intención de utilizar lo que de su contenido fluye.

Es un libro de moral sin amenazas de sanciones.

HORACIO RIVAROLA – Doctor en Filosofía y Letras

 

Deficiencias y propensiones del ser humano me promete una enseñanza tan confortante, serena y perspicaz como la que he encontrado en otros libros de su pluma, infatigable en una labor filantrópica que merece sincero encomio. –

ENRIQUE BANCHS – Escritor

 

Montevideo, 12 de diciembre de 1962

Saluda con la mayor estima intelectual al distinguido pensador, don Carlos B. González Pecotche, y le agradece cordialmente el envío de su magnífica obra Deficiencias y propensiones del ser humano, creación que, como pocas del género, une a su fecunda docencia, una exposición clara y correcta, que hiere persuasivamente la emotiva sensibilidad del lector.

ALBERTO RUSCONI

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Opiniones de destacados intelectuales sobre “INTRODUCCIÓN AL CONOCIMIENTO LOGOSÓFICO”

Las mismas figuran en la parte inicial de la segunda edición ampliada impresa en 1967 en Buenos Aires, República Argentina

ALGUNAS OPINIONES DE DESTACADOS INTELECTUALES DEL PAÍS y EXTRANJERO VERTIDAS EN OCASIÓN DE LA APARICIÓN DE “INTRODUCCIÓN Al CONOCIMIENTO LOGOSÓFICO”

 

Buenos Aires, 19 de julio de 1951

Le agradezco inmensamente el gentil envío de su obra Introducción al conocimiento logosófico. Me apresuro a felicitarlos por tan notable trabajo. He comenzado a leerlo con sumo interés y estoy avanzando en su lectura lleno de entusiasmo. Es usted claro, preciso, directo. Lo felicito también por esta manera de llegar al entendimiento y al corazón de los lectores.

ENRIQUE DE GANDÍA.

 

Río de Janeiro, 3 de junio de 1951

Compláceme decirle que Introducción al Conocimiento Logosófico es obra notable. A medida que voy embebiéndome en la lectura de su bello trabajo, va enraizándose en mi espíritu la grandeza y profundidad de los conocimientos de su autor, verdadero maestro de este asunto, al mismo tiempo que recibo una lección nueva, acompañada de amplias enseñanzas. Su lectura me afirma en la convicción de que el cerebro que lo concibió y la mano ágil que lo trazó pertenecen a uno de los más notables intelectuales de Sudamérica, de cuya mente opulenta, los pensamientos salen a través de una palabra fluente que deja en el espíritu de quienes lo leen la huella de una oratoria de amplios recursos y macizas ideas.

ANTONIO ALVES DE CERQUEIRA

 

 

Buenos Ares, 18 de julio de 1951

Me complazco en informarle, al agradecerle cordialmente el volumen remitido, que seguiré con detención el pensamiento del autor, eminentemente constructivo y en función de un sacerdocio moral muy plausible cuando insiste en la obligación del hombre de continuar con firmeza por la recta senda y en una continuada superación, para que adquiera realidad la vieja sentencia de su parte divina hecha a Su Imagen y Semejanza.

PEDRO BELOU

 

Montevideo, 20 de agosto de 1951

Mucho es lo que he meditado sobre la lectura de su libro y , más genéricamente, sobre el problema de la verdad. Porque ante el dilema que plantea el “homo mensura” de Protágoras, en oposición a la verdad única y objetiva, el hombre sólo puede hacer una cosa: pensar. Pensar sin prisa para llegar a una verdad definitiva, porque en la prisa habitan de antemano todos los errores posibles; y porque al arte de pensar hay que darle categoría de fin, y no de camino hacia una meta problemática e incierta.

Su obra es un convincente alegato en favor del pensamiento, complemento insustituible de equilibrio interior y de convivencia.

EDUARDO COUTURE

 

Buenos Aires,, 25 de mayo de 1951

He recibido su libro Introducción al conocimiento logosófico, que estoy leyendo con gran interés y especial atención porque veo que se trata de conceptos originales y humanos, expresados con claridad y síntesis, dos grandes virtudes que venero.

PEDRO MIGUEL OBLIGADO

 

Buenos Aires 1º de junio de 1951

El envío de su obra me da la oportunidad de conocer su doctrina ya ordenadamente. Todos dirán sin duda conmigo, que es cosa de celebrar que la ocasión sea venida, con la publicación de su obra, de entrar en relación directa con sus ideas, desde hace años tan difundidas y comentadas por sus amigos y admiradores.

ARTURO CAPDEVILA

 

Buenos Aires, 29 de julio de 1951

El Decano de la Facultad de Filosofía saluda muy atentamente al publicista Sr. Carlos B. González Pecotche, y se complace en expresarle con su sentida gratitud, que recibió la obra que le anunciara: Introducción al conocimiento logosófico. Puede asegurarle que la leerá con sumo interés y que colocará después el libro en la Biblioteca de la Institución para que la juventud estudiosa que frecuenta sus aulas pueda enterarse de su contenido.

JUAN VICENTE RAMÍREZ

 

Panamá, 23 de noviembre de 1951

He leído Introducción al conocimiento logosófico con especial interés y puedo manifestarle que se trata de una obra de gran utilidad para quien anhela superarse espiritualmente e investigar dónde está la verdad de las cosas. Me he convencido de que este manual prepara la mente para la adquisición de los conocimientos necesarios, lleva gratas emociones al alma y enseña a dignificar la vida.

CELIA DE AROSEMENA

 

Buenos Aires, 2 de agosto de 1951

No le sorprenderá seguramente que haya demorado esta respuesta, porque he debido leer su obra despacio, dado su fondo filosófico y su mucha sustancia. Más de un motivo ha de tener su autor de sentirse satisfecho por la realización de obra semejante, tan generosa y de efectiva cultura.

MARIANO DE VEDIA Y MITRE

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