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Discurso de Ebel de Sándara en Ciudad de México en noviembre de 1959 – ¿Dios existe?

NOTA: El ámbito del discurso ocurrió en un club de carácter filosófico en el cual hacían uso de la palabra uno o más miem­bros elegidos por sorteo entre los que ofrecían voluntariamen­te su concurso. Sus asociados eran hombres de ciencia, polemistas, pensadores y aun sofistas, quienes sometían su saber al veredicto de un público igualmente erudito, que a menudo acosaba al orador con preguntas o le salía al paso con objeciones y réplicas, promoviéndose no pocas controversias. El orador invitado a extraer al azar, de una urna exprofesamente puesta, dos sobres con preguntas allí depositadas por vo­luntad de los interesados. El orador podía escoger libre­mente entre las dos o evacuarlas ambas si así lo deseaba.

 Esa noche fue Ebel de Sándara el sorteado. De acuerdo con la fórmula habitual, el director comen­zó a leer en alta voz las preguntas que aquél extrajo de la urna, con los nombres de quienes las suscribían.

La primera definía así las inquietudes ideológicas del firmante, conocido escritor de fuerte tendencia liberal: “¿Dios existe?; ¿puede usted probarnos su existencia?

La segunda había sido expresada por un médico en los siguientes tér­minos: “¿Cuál es su opinión sobre el eslabón perdido, ori­gen de tantas teorías sobre la génesis del hombre?

Transcribimos a continuación la exposición de Ebel de Sándara sobre la primera pregunta.

– Señores  – dijo – : Al pronunciarme con respecto a la primera cláusula doy por descontado que si la Creación que nos rodea y de la cual formamos parte no es por sí misma lo suficientemente elocuente como para persuadir al hombre de que la existencia de Dios es innegable, menos podrá serlo la palabra de un semejante, por mucho que se empeñe en demostrarlo. Hecha esta aclaración, entremos de lleno en el asunto. Cuando se afirma que Dios existe, es absolutamente necesario acompañar tal afirmación con una proposición desvinculada de toda idea que lo limite o im­pida concebirlo en su inmensidad, omnipotencia e infinitud. Partiendo de la base de que la Causa Primera es Dios y no teniendo a nuestro alcance a ningún ser visible a quien pueda atribuírsele el acto de la Creación Universal, lógico es que reconozcamos a Dios como Supremo Hacedor; mas la capacidad para considerar su existencia no depende de esa existencia en sí, sino de la medida en que cada ser humano la reconozca, la sienta y la palpe individualmente.

“Hay dos cosas que son, sin duda alguna, inseparables, por cuanto constituyen una misma y absoluta verdad: la Creación y su Creador.  La una presupone con toda certidumbre la presencia de la otra, de manera que si la Crea­ción existe, lo cual nos consta porque la vemos, la palpamos y dentro de ella vivimos, es imposible poner en duda la exis­tencia de Quien, habiéndola concebido primero, la plasmó después en suprema realidad, dictando a un tiempo las leyes que mantienen su equilibrio y velan por su conservación eterna. La existencia de Dios, señores, se prueba por la existencia misma de cuanto nos rodea y por nuestra propia existencia, y, sobre todo, por la prerrogativa que nos fue concedida de formularnos esa pregunta y también de contestárnosla sirviéndonos del conocimiento que se adquiere a través del estudio, de la observación y de la experiencia conscientemente realizadas en el diario vivir.

“Acabo de expresar que Dios, en razón de su inabarcable dimensión cósmica, no puede ser limitado; mas he de agre­gar también que siendo esto tan fácil de comprender, no siempre fue tenido en cuenta por el hombre.  Es un hecho cierto, pese a lo paradójico, que éste ha pretendido hacerlo a Dios a su imagen y semejanza, sin medir, probablemente, las proporciones ni las consecuencias de tamaño sacrilegio.  No debemos olvidar que las creencias echaron sus raíces en la ignorancia de las tribus primitivas.  En plena incipiencia men­tal, carente de entendimiento, cada tribu adoraba a los dioses de los cuales se apropiaba.  Avanzando el tiempo y el desenvolvimiento humano, pero siempre en un clima de igno­rancia y de ingenua credulidad, hicieron otro tanto las religiones, las cuales llevaron sus creencias al convencimiento de que Dios les pertenecía por haberlo dispuesto así sus sostenedores.  Y no sólo eso, sino que cada secta lo iba con­formando según las conveniencias y las exigencias de sus respectivos dogmas, presentándolo velado, naturalmente por los llamados “misterios”.

“Las creencias, señores, paralizan la noble función de pensar. ¡Dichosos los ojos del entendimiento no contami­nado, que, a diferencia de los que fueron cegados por la fe dogmática, pueden nutrir su vida con las enseñanzas esparcidas por Dios en la Creación!  El dogma pudo ser útil a los hombres en las épocas de barbarie, de atraso moral, intelec­tual y espiritual, pero no en estos tiempos, que están mar­cando los cambios más sorprendentes en casi todos los órde­nes del vivir humano.  Lisa y llanamente, el dogma es hoy un contrasentido; insistir en su sostenimiento es pretender ce­rrar los ojos de los que han logrado sobrepasar el oscuran­tismo espiritual en que la humanidad está aún sumida.  El hombre ama la verdad, la ansía, pero a fin de no ser atrapado por el engaño debe buscarla con su razón, y esa ra­zón debe ser unánimemente respetada.  No puede preten­derse, atribuyendo a la fe ciega virtudes que no tiene, ex­cluir de las posibilidades humanas las funciones de discernir y de juzgar, y someter al hombre, sin previa discriminación de su parte, al acatamiento de fórmulas que adulteran la verdad.”

– Señor de Sándara  – expresó uno de los concurrentes, alzando su voz sobre el inquieto murmullo de la sala – , ¡no podemos rebelarnos contra los dogmas! … Como cristiano me resisto a escucharle.  Oponerse a los dogmas es declararse abiertamente en contra de la verdad revelada, que es el sacro sustento de la religión. Además, ¿podríamos negar que en gran parte los dogmas constituyen hechos históricos?

– Permítame usted decirle que los dogmas, por lo mismo que son imposiciones de carácter religioso, están reñidos con la Historia.  Por otra parte, en los mismos textos bíblicos apa­recen contradicciones tremendas, que en vano se intentó en­mendar.  La razón humana las descubre tan pronto se apresta a analizar a fondo esos textos.  Sabido es que la Historia, para ser verídica, debe estar legitimada por testimonios incontro­vertibles; por verdades que concuerdan con nuestra realidad interna, que es la que debe alentar el juicio de los hombres.  De allí debe surgir la aceptación o la no aceptación de sus pasajes.  Los hechos históricos sólo pueden considerarse in­conmovibles cuando están sostenidos por realidades que li­bren a la posteridad de toda sospecha acerca de la fidelidad de su origen.  No ha ocurrido tal cosa, por cierto, con los hechos mencionados en las narraciones bíblicas, puesto que no están avalados por ninguna certificación responsable, como lo sería el testimonio de los historiadores de la época.  Para exaltar las figuras de sus protagonistas se insistió en divinizarlos, cuando debieron ser, por el contrario, humanizados para que pudieran servir de ejemplos aleccionadores al géne­ro humano.  No hay hazaña ni virtud que pueda sernos acce­sible, y menos aún, comprensible, en un ente “divino” que pretende poner ante nuestros ojos atónitos sus aptitudes para el milagro, pero sí la hay en cualquier ser humano que, siendo como todos los demás, nos muestra con su saber y con su ejemplo una parte siquiera de las grandes prerrogati­vas que sus semejantes pueden alcanzar en el camino de la evolución.

“En cuanto a los dogmas  – continuó el señor de Sándara, atento a la creciente expectativa del público – , afirmo que Dios no ha establecido ninguno.  He ahí una verdad; como es asimismo verdad que Dios no excluyó jamás a nadie de su gran familia humana, la que creó para que habitara este mundo.  No llamó herejes a los que disentían con el verda­dero modo de pensar respecto de El ni excomulgó tampoco a nadie, y menos aún pudo aprobar que alguno de sus hijos lo hiciera, porque esa actitud entraña un principio de des­amor, un malquerer.  Si Dios ha permitido a pueblos que lo niegan, a pueblos ateos, perjuros, colocarse en las avanzadas de la ciencia, ¿no tenemos con ello la evidencia de que sigue considerando a esos pueblos hijos de su Creación?

“Todo hombre debería aspirar a esclarecer lo que la ra­zón se resiste a admitir como verdad.  Verbigracia, las soste­nidas afirmaciones sobre la existencia de un Infierno que condena a los pecadores al fuego eterno. ¿En qué verdad se apoya esa afirmación? ¿Puede arder el espíritu, que es in­material y por lo tanto incombustible?  Admitámoslo, em­pero; admitamos que el espíritu pueda quemarse, que pueda arder eternamente; en tal caso, ¿qué consecuencia útil ten­dría para la vida humana la condenación eterna del espíritu en el fuego? .. . ¡Hasta cuándo, señores, hasta cuándo ha­brá de seguir la humanidad aferrada a una creencia que ca­rece de todo sentido aleccionador!  Las faltas cometidas por el hombre no pueden ser saldadas con un martirio inacaba­ble, con un suplicio perpetuo.  No puede caber, pues, en la inmensa grandeza de Dios tamaña crueldad; pero sí,  puede caber, en quienes pregonan y atemorizan a las gentes con se­mejante dislate. Dios no ha podido crear el prodigioso ser humano para aniquilarlo luego inexplicablemente.  Ello im­plicaría la violación de leyes expresas, destinadas a reglar la evolución del hombre; implicaría una negación que en absoluto puede admitir la inteligencia humana.  Dios creó al hombre para que a través de todos los sacudimientos y experiencias que acompañan su tránsito por el mundo apren­da a conducir su vida por la existencia que le fue determina­da y que, presumo, no tiene fin.  Las faltas que cometa, él mismo por su sola y exclusiva cuenta podrá y habrá de sal­darlas.  He ahí el prodigio de la ley de la evolución que, cons­cientemente interpretada y vivida, convierte al hombre en su propio redentor. ¿Podría haber algo más hermoso, más consolador y sublime para él, que sentirse capaz de realizar por sí mismo tarea tan edificante, cuya gloria habrá tam­bién de pertenecerle? ¿No es mejor esto que acumular falta sobre falta confiando con ciega fe, y en algunos casos con no poca especulación, en que alguien con poderes divinos pueda absolvernos de culpas?  Analicemos serenamente en cuál de los dos casos el hombre es más digno de sí, de sus semejantes y de Quien lo creó.

“Mucho se ha hablado de la verdad revelada; aquí mismo, en esta sala, acaba de ser mencionada … ¿Cuál es, señores, esa verdad revelada que el hombre no puede conocer, que le es inaccesible?  La verdad revelada por Dios, la más grande, la más trascendental, es Su propia Creación. ¡He ahí la gran verdad revelada!  De esa Creación, de esa verdad revelada por Dios, accesible  – permítaseme la afirmación –  a todas las mentes humanas, se desprenden los hilos conducentes a todas las otras verdades que a su tiempo serán también reveladas.  El hombre que se propone conocer lo que hay dentro de una montaña, que representa, tengámoslo en cuen­ta, una pequeñísima parte de la gran verdad, tendrá, inde­fectiblemente, que llevar a cabo ese propósito penetrando en sus entrañas con el entendimiento y con la acción, seguir sus vetas, descubrir sus yacimientos.  Si alguien se lo prohibiera, asegurándole que debe conformarse tan solo con admirar la montaña, ésta seguirá siendo una verdad revelada, pero una verdad revelada en cuyo fondo su inteligencia no penetra.  La mente humana, lo repito, tiene libre acceso a todas las verdades, mas eso sí, debe seguir un proceso de riguroso adiestramiento mental y psicológico, un proceso de cultura interior que le haga posible elevarse hasta ellas.

“Para el hombre en pleno ejercicio de su libertad de con­ciencia no hay dogma alguno tras el cual la verdad pueda mantenerse oculta.  Esto es muy lógico.  Es perfectamente comprensible que el que piensa, que el que ejerce esa función en la plenitud de sus cabales habrá de saber descu­brir la verdad ahí donde se encuentra, y que, llegado el caso, en virtud de esa misma cordura sabrá negarse a acep­tar, por ejemplo, que pueda caberle a un planeta la posibilidad de introducirse en un cabello para enseñarle al hombre a evitar la calvicie.  Todas las facultades de la inteligencia son pródigas cuando se las utiliza de continuo, pero las creencias, señores, no activan en modo alguno su ejercicio.  Las creencias adormecen la inteligencia; obran como hipnóticos. La vida es pensamiento y acción, y la vida se debilita, des­fallece, muere, cuando la mente cesa de pensar, cuando por efecto de esa inmovilidad la voluntad se relaja, cuando las células se aburren porque les falta la actividad que las reanima y estimula.  Las creencias son, por tal causa, un medio de opresión, una tiranía impuesta al espíritu humano; son la muerte lenta del espíritu que, no pudiendo evolucionar en cumplimiento de su alto destino, se consume día tras día, siglo tras siglo.

“El hombre no es lo que es por lo que come, sino por lo que piensa.  Si lo inhibimos de ejercer esa función, si lo ponemos dentro de una horma de hierro para impedirle que piense, ¿que conciencia podrá alcanzar de su existir en este mundo?  Si más allá le preguntásemos a ese mismo hom­bre qué hizo de su ser, de su espíritu, probablemente nos respondería: “He creído; he tenido fe”.  Fe ¿en qué? … ¿Acaso le está vedado al hombre conocer la verdad?  Dios no puede haberlo hecho para semejante absurdo; ni pudo condenarlo a ser un ente vulgar, un ente que no piensa, un ente cuyo espíritu está sometido a la esclavitud de una creen­cia. Prueba de ello es el magnífico mecanismo psicológico de que lo ha dotado, mediante el cual le permite conducirse independientemente.  Cada ser humano está constituido por un alma y un espíritu.  Además, cada uno posee una psicolo­gía diferente, peculiar; vale decir, una psicología individual. ¿Por qué entonces se ha insistido durante siglos en torcer el rumbo que la humanidad debió seguir, adormeciendo a unos y a otros con creencias y equívocos? ¿Se ignoraba, acaso, que inducir al hombre a que piense por dictados y a que sien­ta lo que se le inculca implica transgredir las leyes universales, que consideran delito todo lo que tiende a favorecer la absorción del individuo por la masa? ¿Se ignoraba que ello tiende a fundirlo en ese conjunto nómade que sigue un rumbo falso, porque el rumbo verdadero sólo puede llegar a conocerlo el hombre por sí mismo?  Desechar peyo­rativamente, o peor aún, execrar, como tantas veces ha ocurrido, a los que hacen legítimo uso de su razón para discernir lo justo de lo injusto, la verdad de la no verdad, es ofender la voluntad de Dios, quien instituyó esa facultad para que el hombre alcanzase la elevación mental, moral y espiritual que corresponde a su condición de humano.”

– Permítame una interrupción, señor de Sándara  – ex­presó al llegar a este punto el depositante de la pregun­ta -.  Deseo declarar que si me hubiese asistido la seguridad absoluta acerca de la inexistencia de Dios, no habría solicitado opinión alguna sobre el particular; la mía habríame bastado.  Lo que yo no he podido aceptar nunca son, sen­cillamente, las concepciones con que se nos ha pretendido ilustrar sobre un Ser de tan encumbrada jerarquía.  La teoría no ha logrado hasta aquí inspirarme convicciones fir­mes, las que tampoco he podido sustentar mediante el estudio de los dogmas que fundamentan cada religión, en los cua­les la idea de la existencia de Dios dista mucho de ser, a criterio mío, la que corresponde a tan inmensa paternidad.  En muchísimas ocasiones, buscando satisfacer las dudas declara­das en mí por natural influencia de las leyes que gobiernan nuestra razón, me he sentido desconcertado.  La filosofía, con su espíritu reflexivo, nos ha expresado sus conclusiones a ese respecto con otra amplitud, es cierto, mas no he encontrado en ella una demostración que llegara hasta mi con la evidencia inequívoca de una realidad.  Es en verdad difícil formarse un juicio claro y acabado de las cosas, cuando cada afirmación que nos disponemos a analizar se nos transforma de pronto en la antítesis de lo que habíamos estado analizando antes.  Así, pues, frente a lo que jamás satisfizo las demandas de mi razón y frente a lo que en tantas ocasiones he debido considerar absurdo o falto de toda verdad, no he titubeado en declararme liberado mental y espiritualmente; pero, frente a Dios, mi posición es otra, pues lo siento íntimamente y lo admiro en su excelsitud y grandeza.  Me interesaba muy particularmente, amigo de Sándara, conocer cómo concebía usted a Dios; de ahí mi pregunta; una pregunta un poco audaz quizás, mas cuya respuesta me ha satisfecho sobremanera.  Honra la grandeza de Dios y, por otra parte, honra a ese súbdito de la Creación hecho “a Su imagen y se­mejanza”, la afirmación de que la verdad, la gran verdad, es accesible a su conocimiento, y es también el camino por el cual habrá de aproximarse a Él.  Tal vez no haya compren­dido bien algunas fases de su pensamiento, pero supongo que me brindará usted la oportunidad de aclararlas en una posterior conversación.

– El autor de la pregunta acaba de manifestarse satisfe­cho, señores  – dijo de Sándara, después de responder cortés­mente al aludido – ; pero desearía siempre que ello no im­plicase un esfuerzo para los que me escuchan, se me concedan algunos minutos más para completar mi exposición.

A una señal aprobatoria del director y del público, con­tinuó:

– La simpática relación del inquiridor me ofrece la opor­tunidad de referirme a un punto que, de otro modo, y por razones obvias, hubiese yo pasado por alto.  No me cansaré nunca de insistir sobre la conveniencia de no cerrar el entendimiento a la investigación causal, por cuyo medio hasta el más ateo puede llegar a comprender que no habiendo sido el hombre autor de la Creación, alguien necesariamente de­bió serlo, alguien que se reservó sabiamente para sí el gobier­no de todo el universo. ¡Cuántas veces hemos visto al ateo calarse las “gafas” del escéptico, usadas por Pirrón, y anun­ciar, con una contumacia a toda prueba, que nada sabe de la existencia de Dios! … Y ello tan sólo porque el Gran Desconocido no se ha hecho presente a su juicio tal como a él se le ocurre que debiera haberlo hecho.  Así es, señores; el ateo es a menudo el más fanático de los creyentes: creyente de la deidad que conforma su “yo” personal.  Niega la exis­tencia de Dios, pero en el fondo, el coleóptero de la duda le carcome las entrañas. .. Mas he ahí que, pese al escepticis­mo de tantos, el Gran Desconocido, a quien con empeño se quiere privar de existencia, es, paradójicamente y en síntesis, la existencia misma de todo cuanto existe; y es deber de la criatura humana sentirle y comprenderle, pero a través del conocimiento, porque sólo por medio de él podrá amársele de verdad, vale decir, conociendo las razones supremas de ese amor que es fuente inagotable de eternidad.

“Me he encontrado en el mundo con muchos ateos y tam­bién con muchos creyentes, a quienes he tenido que conside­rar tan ateos como el que más.  A estos últimos los he iden­tificado aun entre los que más se preciaban de creyentes sin­ceros de la religión que profesaban.  En realidad suelen ser esos los más temibles, porque mientras proclaman a Dios con los labios, execran y niegan ignominiosamente Su Nom­bre con sus ocultos e innobles procederes.  Son ellos los que en todo tiempo armaron el brazo de sus cofrades para herir de muerte a seres inocentes, por la única razón de no coincidir con los pensamientos emanados de sus cultos.  Son también los que por esa misma causa escarnecieron a genios, a hé­roes, a inventores ilustres y a investigadores que llegaron con su ciencia a descubrimientos maravillosos. ¡Cuántas grandes figuras  – la Historia lo declara –  no sufrieron la más escandalosa porfía y la persecución más despiadada por parte de los dadores de gracias e insufladores de creencias! … En cada benefactor de la humanidad hubo, sin embargo, una chispa divina en eclosión, una superioridad y una grandeza de la cual carecían los enconados creyentes que los acusaban de impíos y de diabólicos y herejes.  Prueba palmaria del ateísmo del creyente son los crímenes de la Edad Media y del Renacimiento. ¿No fueron monstruosos engendros de ese ateísmo los que prepararon suplicios y hogueras para des­truir y calcinar las carnes gloriosas de tantos mártires que pagaron inocente tributo a la ingratitud humana susten­tada por la barbarie? ¿No pertenecieron a la familia de creyentes ateos, siempre recalcitrantes, los que falseando el con­cepto de las doctrinas que decían profesar, negaban con los hechos a Dios?  Por eso digo que el que sólo cree en Dios hace entrega de su alma a quienes lo han de tornar intolerante e intransigente con el prójimo; en cambio, el que lo siente y empeña su vida en aproximarse a El por el conocimiento, ése sí sabe amar a su prójimo como a sí mismo aunque sus pensamientos no coincidan.”

– ¡Está usted atacando abiertamente a la religión, como si ella no hubiera cumplido a través de siglos, en forma amplia y ponderable, sus piadosos cometidos con su obra re­dentora y civilizadora!  – se oyó decir con mal contenida irritación a un señor de edad, que, de pie, mostraba a las cla­ras su determinación de marcharse.

Un movimiento de desorden se extendió por la sala, de donde surgían voces de protesta y de aprobación a la vez.

– Señores, no he terminado aún.  Ruego, pues, que se me escuche con calma hasta el final  – replicó de Sándara, alzan­do el tono de la voz, que resonó vibrante y bien templada en la sala – .  Afirmo que no es mi propósito atacar a nin­guna religión, sino invitar a todas a que entren por los fueros de la realidad y se despojen de todo su artificio, sugestión y cuanto ellas mismas saben que no es verdadero, para reen­contrarse, si ello es posible, humana y espiritualmente en una comprensión amplia de los altos fines que esperan al hombre y a la humanidad.  La verdad es una e indivisible; es lo que fue, lo que es y lo que será.  La no verdad carece de esa vir­tud; no ha sido nunca lo que pretendió ser, ni lo es ni lo será jamás.  Mi esfuerzo tiende a poner al descubierto lo falso, la mistificación y el embuste, trilogía esta que resume el pensamiento de la gran impostura. ¿Qué puede temer en­tonces esta o aquella religión, poseedoras de la verdad, según ellas mismas lo han proclamado? ¿Qué inquietud puede cau­sarles lo que yo diga? ¿Son acaso mis palabras tan contun­dentes que esa “verdad” no resiste su influjo?  De todas ma­neras, señores, convengamos en que si Dios nos ha dado el uso de la razón, es para discernir y juzgar con plena noción de nuestra responsabilidad ante el Creador, lo que es justo y verdadero de lo que no lo es.  A esta altura de la edad his­tórica de la humanidad se impone un nuevo tratamiento espiritual para todos los hombres del mundo, y a ese cambio debemos disponernos comprensivamente, porque la misma verdad revelada por Dios, la Creación, nos muestra en sus constantes mudanzas que todo en ella está sometido a per­manente transformación.  Al ritmo de esa transformación habrá de florecer también en los seres humanos una nueva naturaleza; una naturaleza fuerte, enaltecido por la reno­vación interna llevada a cabo con toda conciencia.  Esto, señores, es lo más grande que la mente y el corazón de los hombres pueden y deben esperar.  Los hombres no han de vivir aferrados al pasado, como si se resistieran o temieran lo futuro, lo que ha de venir; ello sería oponerse a la evo­lución, vale decir, al proceso de la emancipación del espíritu.  Entiendo, y con esto cierro mi discurso, que las religiones deben fomentar la unión y no dificultarla con irreductibles intransigencias, y esa unión, señores, podrá lograrse por el acercamiento mutuo y un claro concepto del respeto reclama­do por la sana convivencia, unidas todas las religiones y to­dos los seres en el esfuerzo por alcanzar las altas verdades que al hombre le será dado conocer, experimentar y dis­poner para llevar adelante el gran proceso de su evolución.

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Algunas opiniones de destacadas personalidades sobre el libro “LOGOSOFÍA. CIENCIA Y MÉTODO”

Las mismas figuran en la parte final de la segunda edición, impresa el 21 de agosto de 1962. Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, República Argentina. (Ver edición facsimilar)

ALGUNAS OPINIONES SOBRE EL PRESENTE LIBRO

Arequipa, Perú, 20 de diciembre de 1957.

El hombre de nuestro tiempo precisa de una orientación. Vivimos en un mundo desorientado. En un mundo de tremendas contradicciones. La desesperación hace presa del hombre de nuestro siglo. Su libro viene a constituir un norte, puesto que  su tesis de la “técnica de la formación individual consciente”, puede llevarnos a puerto seguro. Lo felicito por su tratado de “Logosofía” que ha tenido la amabilidad de enviarme. Su lectura es instructiva y espero que alcance en nuestro continente el éxito que merece.

VLADIMIRO BERMEJO – Profesor de la Facultad de Letras de la Universidad.

 

Madrid, 30-enero-1958.

Le agradezco cordialmente el envío de su constructivo e importante libro “Logosofía. Ciencia y método”. Libro que ya he leído -y anotado- y que me ha causado una hondísima impresión, tanto por su originalidad como por su trascendencia.

FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES – Escritor

 

Lisboa, Portugal, 29-XII-57.

Estoi mui muito reconhecido pela oferta do exemplar da sua autoria “Logosofía. Ciencia y Método”.

Tratase, na verdadede, de una obra eheia de interesse e valiosa, seja qual for o prisma porque se encare, quer como estudo de naturaleza pedagogica, quer como trabalho de feicao filosofica. Li-a com a maior atencao e julgo-a merecedora de franco aplauso. Ensina-nos a bem pensar, a formar a nossa individualidade, com vista a desenvolver as nossas capacidades, aperfeicionar-as, de modo a utilizar-las na vida, tanto na sua configuracao fisica como psiquica.

Podemos clasifica-la como un autentico guia da higiene inteIeetual-moral.

Prof. Dr. GUSTAVO CORDEIRO RAMOS – Presidente del Instituto de Alta Cultura – Ministerio da Educacao Nacional.

 

La Habana, Cuba. Enero 17 de 1958.

He tenido sumo gusto en recibir su reciente libro Logosofía. Ciencia y Método (Técnica de la Formación Individual Consciente) nuevo y muy valioso testimonio de su fecunda actividad en las disciplinas filosóficas y literarias. No he podido aún leer con el rigor necesario este libro, cuyo envío tan vivamente agradezco pero he podido darme cuenta de su método excelente y de su claro sentido en el orden de los valores morales.

El acierto en la exposición y la energía de su mismo estilo hacen que sus enseñanzas hagan de todo lector un convencido de esta verdadera nueva ciencia que su libro afirma.

JOSÉ MARÍA CHACÓN Y CALVO – Escritor. Académico.

 

Bs. As., 18-XI·957.

Mucho le agradezco, distinguido señor, el envío de su obra Logosofía en que sintetiza Ud. en un claro tratado sus enseñanzas. Sin duda alguna, un deseo de servicio lo ha dictado. El disponer de ese texto resultara sin duda muy útil, lo mismo a los conocedores de su doctrina. que a los nuevos: Su prosa se deja leer sin esfuerzo y es tan comunicativa como corresponde al que tiene ideas que comunicar.

Dr. ARTURO CAPDEVILA – Escritor. Poeta. Académico.

 

Buenos Aires, 13 de diciembre de 1957.

Una vez más, con la lectura de “Logosofía” que tuvo usted la atención de enviarme, he comprobado la claridad y el método con que nos alecciona para una actividad mental consciente orientadora de la conducta.

ENRIQUE BANCHS – Escritor. Poeta.

 

Buenos Aires, 27 de diciembre de 1957 .

. . . saluda al senor Carlos Bernardo González Pecotche y le agradece su nuevo libro Logosofía, que ha leído con atención. Le formula votos de felicidad, y le expresa el deseo de que sus páginas les sean provechosas a los que todavía no saben todo lo que es dable ganar para el espíritu con el culto intensificado de la vida interior.

RICARDO SÁENZ HAYES – Escritor. Periodista.

 

Buenos Aires, 4 de diciembre de 1957 .

. . . saluda muy atentamente al distinguido señor Carlos B. González Pecotche y le formula su más hondo agradecimiento por el gentil envío de un ejemplar de su libro “Logosofía. Ciencia y método”, que es una nueva y excelente muestra de su incansable producción científico-filosófica.

Indudablemente que esta obra no dejará tampoco de contribuir al esclarecimiento de concepciones erróneas que predominan en la vida material de un mundo perturbado.

Dirigiéndole sus más sinceras felicitaciones y admiración, le asegura que estudiara con inmenso interés las ideas que se exponen en el libro para familiarizarse así con la nueva cultura que llena un nombre por excelencia helénico, y cuyo objetivo es servir a Ia humanidad.

Dr. CONSTANTIN VATIKIOTTY – Embajador de Grecia.

 

Buenos Aires, diciembre 10 de 1957 .

. . . saluda con elevado aprecio al señor Carlos B. González Pecotche y le agradece el obsequio de su libro “Logosofía-Ciencia y Método”, espléndido compendio de su filosofía moral, meritorio esfuerzo por un mejoramiento de la conducta humana.

Dr. ENRIQUE MOUCHET – Profesor universitario.

 

La Habana. Cuba. Marzo 5 de 1958.

Con todo gusto le acuso recibo de su interesante libro “Logosofía. Ciencia y método”, y le agradezco profundamente su gentil envío. A través de su amena y culta prosa puede constatarse fácilmente su preocupación porque la juventud vuelva de nuevo a encauzarse por los canales del Bien y de la Moral, formando su mente y forjando su espíritu en beneficio de la Humanidad.

Dr. FRANCISCO DOMENECH VINAGERAS – Pte. de la Asociación Educacional de Cuba

 

La Habana, 20 de enero de 1958.

El día 8 de enero actual le escribí agradeciéndole el ejemplar que me remitió de su obra “Logosofía. Ciencia y método”, y una semana después recibí su apreciada carta del 11 de noviembre de 1957 en la que me anunciaba ese interesante envío.

Lo felicito cordialmente por la publicación de tan valioso libro que, efectivamente, contribuirá a la eficaz formación intelectual, moral y espiritual de la juventud.

EMETERIO S. SANTOVENIA – Periodista e historiador.

 

Río de Janeiro, 1-1-58.

Ao eminente amigo Sr. Carlos González Pecotche sauda com antiga estima e admiracao, agradecendo sua gentileza de remessa de un exemplar de su nova obra “Logosofía. Ciencia y método” que constitui realmente “un nuevo caudal de conocimientos” admiraveis.

Almirante ALVARO-ALBERTO

 

Mendoza, 16 de enero de 1958 .

. . . saluda con distinguida consideración al Sr. Carlos B. González Pecotche, y agradece su gentileza al haberle enviado un ejemplar de su libro “Logosofía”.

A través de sus páginas esta obra pone en evidencia, una vez mas, la alta capacidad creadora de su autor.

Sin lugar a dudas, esta nueva ciencia marca el principio de una nueva cultura donde el hombre estudioso encontrará una fuente inagotable de verdadera orientación.

Dr. GUILLERMO PETRA SIERRALTA – Ministro de Gobierno de Mendoza.

 

RÍo de Janeiro, 5 de dezembro de 1957.

Prezado e ilustre amigo: Agradeço a sua nova gentileza, brindando-me com o exemplar de seu recente trabalho -”Logosofía – Ciencia e método”, caudal de conhecimento que forman a nova cultura que vai tomando corpo em toda América.

HERBERT MOSES – Presidente de la Associaçao Brasileira de Impresa

 

Buenos Aires, 22 de noviembre de 1957.

He leído su Logosofía: Ciencia y Método, que usted ha sido tan gentil de remitirme, y he quedado muy bien impresionado de su lectura: clara, accesible, convincente, optimista, firme en la guía, dulce en el consejo, elevada en la enseñanza. Lo felicito cordialmente por este bello libro y le agradezco muchísimo su amable obsequio.

Ya sabe con qué interés, desde hace años, sigo su obra y medito sus páginas. Ha cumplido usted una muy hermosa y noble labor, que hace bien a infinidad de gentes y ha de ayudar a comprender y a amar aún a muchísimas más.

Dr. ENRIQUE DE GANDÍA – Académico e historiador.

 

Madrid, España, 24 ·II· 1958.

Muy interesante su libro “Logosofía. Ciencia y método” y de muy instructiva y sugestiva lectura.

GERARDO DIEGO – Escritor.

 

 

Montevideo, 2-XII-1957.

. . . saluda con la mayor estima intelectual al Sr. Carlos B. González Pecotche, y le agradece el envío de su libro “Logosofía. Ciencia y método”, magnifico compendio de medular doctrina, escrito con hondura y claridad, y excepcionales dotes pedagógicas.

ALBERTO RUSCONI – Profesor universitario.

 

México, enero 15 do 1958.

Mucho le agradezco el envío de su libro “Logosofía. Ciencia y método”. Lo he leído con el mayor interés. Su estudio del pensamiento es original y descubre aspectos nuevos de nuestra capacidad. Me complace esa afirmación de que ”’el hombre debe proyectar hacia un futuro de posibilidades ilimitadas, el potencial dinámico de la conciencia.” Encuentro en sus páginas independencia de criterio y personalidad.

JOSÉ VASCONCELOS – Director de la Biblioteca México.

Belo Horizonte, 10-12-57 .

. . . envia cordiais cumprimentos, acuso o recibimento de sua atenciosa carta de 11 de novembro próximo findo e o  interessante livro Logosofía, referente à técnica da formaçao individual consciente, e, ao mesmo tempo em que agradece a inestimável oferta, envia ealorosas felicitaçoes pela publicaçao de un trabalho destinado a ter ampla resonancia nos meios educativos da América.

Eng. JOA KUBITSCHEK DE FIGUEIREDO – Director del Departamento de Estradas de Rodagem.

 

Belo Horizonte, 8-1-58 .

. . . cumprimenta cordialmente e agradece, muito sensibilizado, a gentil oferta de ‘Logosofía. Ciencia y Método”, notavei trabalho, de grande clareza e sistematicao, capaz de lancar profunda compreensao sobre a técnica de formacao individual consciente segundo os postulados logosóficos.

Dr. CELSO MELO DE AZEVEDO – Prefeito de Belo Horizonte.

 

Buenos Aires, 7 de febrero de 1958 .

. . . saluda muy cordialmente al Sr. Carlos B. González Pecotche y le agradece el generoso envío de su libro Logosofía, que recién ha podido leer y del que ha aprovechado sobre todo lo que se refiere al método.

Dr. FLORENCIO ESCARDÓ – Profesor universitario. Escritor.

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Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Asesta un rudo golpe a quienes pretendieron desvirtuar la génesis de sus enseñanzas

Nuevamente debo tomar la pluma para exponer mi pensamiento públicamente con el objeto de satisfacer a todos los habitantes del Uruguay y la Argentina, que tan viva y atentamente han seguido el movimiento raumsólico y el desarrollo de los sucesos motivados por una campaña tan innoble como delictiva en contra de mi persona y de la Escuela que se ampara bajo mi nombre y sigue las inspiraciones de mi espíritu.

Pero esta vez es para dirigirme a aquellos que hoy no pueden tener la honra de llamarse discípulos míos. Aquellos, que durante largos años consecutivos ratificaron privada y públicamente las excelencias de mis enseñanzas, el grandioso concepto que les merecía mi obra, y el concepto mismo que les inspiré siempre y que fue motivo para que me manifestaran los más elevados elogios.

A esas personas me dirijo, para advertirles que lo que han escrito y firmado tantas veces como lo que pronunciaron y afirmaron públicamente con el más absoluto convencimiento, no podrán borrarlo jamás ni con la mano ni con  el olvido de sus memorias o el silencio forzado de sus conciencias. Pretender o tentar desconocerlo implicaría una posición harto ridícula, y tolerar que se intente aparentar una ingenuidad, impropia en primer lugar de universitarios, y en segundo, de personas que han cumplido hace tiempo el primer cuarto de siglo, sería de todo punto inadmisible en los que no son parte interesada en el asunto y conservan su integridad personal exenta de semejantes caprichos.

Ello presupondría una ignorancia plena en los “ingenuos”, de los principios éticos y sociales que determinan para cada individuo un libre albedrío irrenunciable y una capacidad intelectual suficiente como para conocer sin dificultad cuáles son sus deberes, su conducta y sus perspectivas patrimoniales civiles y morales entre el número de sus semejantes.

Nadie podría depositar un solo átomo de confianza en quienes se niegan a sí mismos, negando actos y palabras que están ligadas inseparablemente a sus vidas y a sus nombres por consentimiento expreso de sus propias conciencias.

La tolerancia y magnanimidad con que traté siempre a los discípulos que a mi lado compartían la sabiduría logosófica, ha sido indudablemente una de las causas que propiciaron en algunos de ellos el pensamiento de creerse dueños de todo cuanto poseía y hasta de mi misma persona. De otra manera no podría justificarse la sustracción que me hicieron de fotografías, efectos personales y documentos que alguna vez habrán de servir para delatarlos a ellos mismos.

De ahí también que llegaran a las extralimitaciones que cometieron durante mi ausencia de tres meses y que me han obligado a hacerles comparecer ante la justicia, pues las actitudes deliberadamente intencionales que asumieron, eran extrañas por completo a las normas más elementales de la convivencia social.

Mi posición filosófica y los altos principios que sostengo e inspiran mí Escuela, me impiden descender a detalles que podrían llevar al conocimiento general la explicación lógica del porqué me atacan aquellos que separé de mi lado. El apasionamiento siempre fue una de las grandes debilidades humanas y el despecho, tornándose en rencor  y en odio, siempre fue la consecuencia de deseos insatisfechos o pretensiones malogradas. Los abogados que me pedían les hiciera ganar los pleitos, los constructores que hasta casi exigían que les proporcionara clientes para sus obras, los estancieros y chacareros que pretendían les hiciera llover en sus campos cuando se acentuaba la sequía, los comerciantes que me solicitaban ganar licitaciones y finalmente, los ilusos que me insinuaban les hiciera ganar la lotería, son los que lamentablemente me confundieron y se engañaron, pues ellos querían un Cristo de esa naturaleza, para venerarle a condición de no negarlo si accedía siempre a tales pretensiones.

Semejante osadía – que les colocaba de hecho en el extremo opuesto a los sanos principios de mi Escuela, no obstante las múltiples oportunidades que les di para que cambiaran esa manera de pensar me inspiraba una verdadera pena, pues aparte de eso se esforzaban en realizar las enseñanzas, aun cuando, como ha quedado evidenciado, lo hacían esperanzados más en satisfacer tales deseos que con el propósito de lograr una superación ventajosa para sus espíritus.

Como esa situación no podía durar, a pesar de las veces que con toda discreción les reconvine, sucedió lo inevitable: esas personas se sintieron incómodas en el seno de la Escuela y concluyeron por provocar su separación lanzándose desaforadamente por los caminos de la difamación, la calumnia y la injuria.

No, señores “ingenuos”, yo no me presto ni me prestaré jamás a servir intereses mezquinos y bien saben ya todos que el que no marcha rectamente por el camino trazado en mis enseñanzas, no puede permanecer en mi Escuela, ya sea millonario o carezca de recursos. En ello estriba, precisamente, la seriedad inalterable de mis principios. No se me compra con dinero ni con halagos. Prefiero las contingencias de la lucha a la holganza pasiva y estéril que eligen los pobres de espíritu, los advenedizos y los faltos de integridad moral.

Vinieron en mi busca desde que abrí las puertas de mi Escuela, infinidad de seres entre los cuales se encontraban aquéllos a quienes dirijo estas palabras. A ninguno pregunté quién era, de dónde venía, ni a qué religión o raza pertenecía. No les averigüé qué habían sido ni qué faltas habían  cometido, porque no me interesaba, como no me interesó jamás la vida privada de nadie. Me rogaron que los admitiera como discípulos y accedí haciéndoles un lugar en mi Escuela y en mi corazón. Pero he ahí que después de unos cuantos años en que disfrutaron de mi confianza y de mis conocimientos, se creyeron en el derecho de preguntarme quién era yo, de dónde venía, qué había hecho antes, llegando hasta pretender fiscalizar mi vida privada. Se pensó también  en la posibilidad de apropiarse de mis enseñanzas, de mi Escuela y de todo cuanto yo poseía para el cumplimento de la obra; objetivo que tuvo su epílogo en las ambiciones bastante inflamadas de los que intentaron atentar contra mis más legítimos derechos , sin reparar que éstos estaban identificados con la misma obra.

Como es público y notorio, he librado una lucha intensa de ocho meses aproximadamente, contra los que llevados por incontenibles deseos de venganza desencadenaron esa triste campaña que hoy censura unánimemente la opinión. Desde mi puesto,  como lo habría hecho el mejor general, dirigí las operaciones. El campo de batalla que eligieron mis adversarios fue la prensa insana y la intriga, en todas las formas que el embuste utiliza. No podía ser más propicio para ellos, el atacarme con las armas más viles. Los caballeros no se baten jamás con los que no son capaces de montar un corcel de pura sangre y empuñar una espada y un escudo dignos de su rango, de su cuna y de su nobleza.

Los dardos envenenados que me dirigieron, no lograron quebrar mi serenidad, ni derribarme, como pensaron, del sitial que ocupaba y ocupa en el concepto de los hombres que conocen mi obra y mis sacrificios. Sin que Minerva  trazara sobre mi égida el signo protector  de los dioses  que estampó en el escudo de Aquiles por mandato del Olimpo, preferí que  el enemigo avanzara y se embriagara con el ruido de sus quijotescas embestidas. Los indios siempre perdieron las mejores batallas porque no comprendían la retirada estratégica de los blanco y atribuyéndose la victoria, arremetían contra las trincheras creyendo que sólo era cuestión de saltar el tapial.

Así fue como, cuando llegó el momento, di orden de hacer unas cuantas descargas de fusilería que aparecieron anotadas en “Crónicas Raumsólicas”, y desde entonces el fuego enemigo comenzó a cesar hasta reducirse casi a silencio.

No obstante los traidores y los desertores que hubieron,  las posiciones que  momentáneamente ocuparon  los detractores fueron cayendo nuevamente en poder de sus legítimos defensores. Un buen general prefiere enviar al campo enemigo, para que luchen contra él, aquellos soldados  que en sus filas no saben empuñar con valentía la espada del honor.

Hoy puedo  afirmar que la batalla ha sido ganada holgadamente, pues las sanciones de las autoridades hubieron de aplicarse a los que  me atacaron, por haberse colocado al margen de las leyes. La opinión pública sabe ahora a que  atenerse con respecto a la Escuela, y ha tenido oportunidad de contemplar cuánto mal pueden hacer a la sociedad los órganos periodísticos que se aprestan a ser instrumentos de tan repudiables campañas. La ley de imprenta del Uruguay, justa y recta, que permite al pueblo defenderse de las plagas que suelen infectar al periodismo, enaltece el  prestigio de los hombres que supieron inspirarla y sienta un precedente de alta cultura que ojalá adopten todos los países del mundo.

La Escuela Raumsólica ha entrado en una nueva etapa de su vida y se prepara para librar otra gran batalla en el orden jurídico, pues para que de una vez por todas queden demostradas las falsas imputaciones y versiones tendenciosas de que fui objeto conjuntamente con toda  mi Escuela, he conducido a los audaces detractores hasta los estrados de la justicia. Allí quiero  verlos, frente a frente a las leyes que quisieron burlar y frente a los jueces que pronunciarán sus sentencias, conscientes de la responsabilidad y autoridad que invisten como guardianes exclusivos de  la ley.

Dios y los hombres serán testigo de que doy una oportunidad a la justicia para que haga escuchar en esta emergencia, la majestad de su palabra. He luchado y lucho con todas las fuerzas de mi espíritu a fin de levantar el corazón de los hombres y encauzar las corrientes mentales hacia una concepción más grande y hermosa de la vida. Toda mi existencia está consagrada al servicio de esta obra que desde hace siete años llevo a cabo tesoneramente. No me arredran los obstáculos ni las dificultades. Lucho valerosamente contra toda adversidad, y si alguna vez cayera vencido en las lides futuras, dejaré sobre las últimas huellas de mis pasos, escritas con letras de sangre, las palabras que Dios pone en boca de los que han sabido triunfar sobre la misma muerte.

Artículo publicado también en los diarios “El Día”,  “La Mañana”, “El Pueblo” Y “El Heraldo Raumsólico”, de Montevideo, en los meses de mayo y junio de 1937, y en “Artículos y Publicaciones” (Talleres Gráficos Pomponio, Rosario, Argentina,1937).

Facsimil diario EL PAIS de Montevideo

Facsimil de Diario EL PAIS de Montevideo

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Algunas opiniones sobre el libro “DEFICIENCIAS y PROPENSIONES del SER HUMANO”

Las mismas figuran al inicio de la segunda edición impresa el 3 de enero de 1964. Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, República Argentina.

 

OPINIONES SOBRE EL PRESENTE LIBRO

Buenos Aires, 24 de noviembre de 1963

He tenido el placer de leer su libro Deficiencias y propensiones del ser humano. Está presente en él un psicólogo sagaz y un moralista generoso, que cree en el perfeccionamiento de la criatura humana. Podría servir de texto de moral práctica en las escuelas. Su optimismo es sano y alentador. En estas épocas de crisis moral, consuela la lectura de su libro.

OSVALDO LOUDET – Miembro de la Academia Nacional de Medicina

 

México, 18 de enero de 1963

Me dirijo a usted para saludarlo muy afectuosamente y desearle un fecundo año en su producción filosófica y literaria, de cuyo alto valor estoy plenamente convencido.

Su obra me ha parecido sencillamente magnífica, y le aseguro la mejor acogida, ya que estamos en un momento en que la inquietud intelectual está a la orden del día y es sumamente satisfactorio que haya mentes preparadas para guiar a nuestras juventudes desorientadas por tantas teorías desquiciantes.

CARLOS HERNÁNDEZ PRIETO – Rector de la Universidad Iberoamericana

 

New York, 20 de abril de 1963

Estimo que su libro presta un servicio inestimable a la juventud, porque señala de la manera más humana esas ”deficiencias” a las que antes se las calificaba de defectos y hasta de “culpas”, y que Ud. no sólo las sitúa en el campo de lo corregible, sino que señala el procedimiento para que puedan ser corregidas.

Todo aquel que se preocupe por la formación de la juventud no podrá menos que felicitarle por su excelente libro y propagar sus enseñanzas.

VICTORIA KENT – Editor del IBÉRICA Publishing Co. Inc.

 

Montevideo, 18 de diciembre de 1962

Saludo muy atte. al señor Carlos B. González Pecotche y tengo el agrado de acusar recibo y agradecer el envío de su libro Deficiencias y propensiones del ser humano, noble libro de elevados principios y expresivo lenguaje, que merece la mayor difusión.

EDUARDO BLANCO ACEVEDO 

 

Buenos Aires, marzo 11 de 1963

Recibí su libro Deficiencias y propensiones del ser humano. Es una auténtica obra de redención.

Además de ser usted un estudioso eficaz y un laborioso infatigable, mantiene la llama de la fe en la perfectibilidad humana.

ROQUE A. IZZO  – Profesor universitario

 

Lisboa, 19 de marzo de 1963

Trátase de un estudio valioso, revelador de conocimientos profundos de la naturaleza humana, que es analizada en todos sus aspectos. Nos indica sus defectos y cualidades, así como los medios de desenvolver éstas y anular aquéllos. Es un libro que interesa por igual a psicólogos, profesores y padres.

GUSTAVO CORDEIRO RAMOS – Presidente del Instituto de Alta Cultura

 

Buenos Aires, enero 7 de 1963

Deficiencias y propensiones del ser humano es un trabajo de aliento, meduloso, que en las actuales circunstancias debe ser difundido, como Ud. bien dice, especialmente entre la juventud descreída e indiferente ante los problemas del mundo moderno.

Lo felicito por sus esfuerzos en que se conozca más y más la Logosofía, que tan bien expone en sus trabajos intelectuales.

EDUARDO LABOUGLE – Escritor

 

Buenos Aires, noviembre 26 de 1962

Le agradezco muy de veras la amabilidad que ha tenido usted de poner en mis manos su nueva obra Deficiencias y propensiones del ser humano, la que leeré con real interés por la inquietud que despierta su tema y por venir además de un trabajador intelectual tesonero y talentoso, que ha abordado la Logosofía con espíritu de avanzada.

GONZALO BOSCH – Profesor universitario

 

Buenos Aires, 30 de diciembre de 1963

Mucho agradezco el envío de su nuevo libro Deficiencias y propensiones del ser humano. En nuestro tiempo -por no decir en todos los tiempos- lo que más se necesita son páginas de meditación como las de usted, que tienden a modificar lo que parece inmodificable…

RICARDO SÁENZ HAYES – Academia Argentina de Letras

 

Buenos Aires, 27 de noviembre de 1963

Los jóvenes, y aun los de edad avanzada, tienen en su libro Deficiencias y propensiones del ser humano una gran lección que aprender. Es una guía en el cúmulo de aberraciones en la vida de la humanidad del siglo XX.

Estas breves palabras sólo llevan mi intención de aplauso por su labor de estudioso.

ÁNGEL MARÍA ZULOAGA –  Brigadier General

 

Buenos Aires, noviembre 26 de 1962

Su libro Deficiencias y propensiones del ser humano está lleno de sanos consejos; hará espiritualmente bien a cuantos lo leyeren con intención de utilizar lo que de su contenido fluye.

Es un libro de moral sin amenazas de sanciones.

HORACIO RIVAROLA – Doctor en Filosofía y Letras

 

Deficiencias y propensiones del ser humano me promete una enseñanza tan confortante, serena y perspicaz como la que he encontrado en otros libros de su pluma, infatigable en una labor filantrópica que merece sincero encomio. –

ENRIQUE BANCHS – Escritor

 

Montevideo, 12 de diciembre de 1962

Saluda con la mayor estima intelectual al distinguido pensador, don Carlos B. González Pecotche, y le agradece cordialmente el envío de su magnífica obra Deficiencias y propensiones del ser humano, creación que, como pocas del género, une a su fecunda docencia, una exposición clara y correcta, que hiere persuasivamente la emotiva sensibilidad del lector.

ALBERTO RUSCONI

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Opiniones de destacados intelectuales sobre “INTRODUCCIÓN AL CONOCIMIENTO LOGOSÓFICO”

Las mismas figuran en la parte inicial de la segunda edición ampliada impresa en 1967 en Buenos Aires, República Argentina

ALGUNAS OPINIONES DE DESTACADOS INTELECTUALES DEL PAÍS y EXTRANJERO VERTIDAS EN OCASIÓN DE LA APARICIÓN DE “INTRODUCCIÓN Al CONOCIMIENTO LOGOSÓFICO”

 

Buenos Aires, 19 de julio de 1951

Le agradezco inmensamente el gentil envío de su obra Introducción al conocimiento logosófico. Me apresuro a felicitarlos por tan notable trabajo. He comenzado a leerlo con sumo interés y estoy avanzando en su lectura lleno de entusiasmo. Es usted claro, preciso, directo. Lo felicito también por esta manera de llegar al entendimiento y al corazón de los lectores.

ENRIQUE DE GANDÍA.

 

Río de Janeiro, 3 de junio de 1951

Compláceme decirle que Introducción al Conocimiento Logosófico es obra notable. A medida que voy embebiéndome en la lectura de su bello trabajo, va enraizándose en mi espíritu la grandeza y profundidad de los conocimientos de su autor, verdadero maestro de este asunto, al mismo tiempo que recibo una lección nueva, acompañada de amplias enseñanzas. Su lectura me afirma en la convicción de que el cerebro que lo concibió y la mano ágil que lo trazó pertenecen a uno de los más notables intelectuales de Sudamérica, de cuya mente opulenta, los pensamientos salen a través de una palabra fluente que deja en el espíritu de quienes lo leen la huella de una oratoria de amplios recursos y macizas ideas.

ANTONIO ALVES DE CERQUEIRA

 

 

Buenos Ares, 18 de julio de 1951

Me complazco en informarle, al agradecerle cordialmente el volumen remitido, que seguiré con detención el pensamiento del autor, eminentemente constructivo y en función de un sacerdocio moral muy plausible cuando insiste en la obligación del hombre de continuar con firmeza por la recta senda y en una continuada superación, para que adquiera realidad la vieja sentencia de su parte divina hecha a Su Imagen y Semejanza.

PEDRO BELOU

 

Montevideo, 20 de agosto de 1951

Mucho es lo que he meditado sobre la lectura de su libro y , más genéricamente, sobre el problema de la verdad. Porque ante el dilema que plantea el “homo mensura” de Protágoras, en oposición a la verdad única y objetiva, el hombre sólo puede hacer una cosa: pensar. Pensar sin prisa para llegar a una verdad definitiva, porque en la prisa habitan de antemano todos los errores posibles; y porque al arte de pensar hay que darle categoría de fin, y no de camino hacia una meta problemática e incierta.

Su obra es un convincente alegato en favor del pensamiento, complemento insustituible de equilibrio interior y de convivencia.

EDUARDO COUTURE

 

Buenos Aires,, 25 de mayo de 1951

He recibido su libro Introducción al conocimiento logosófico, que estoy leyendo con gran interés y especial atención porque veo que se trata de conceptos originales y humanos, expresados con claridad y síntesis, dos grandes virtudes que venero.

PEDRO MIGUEL OBLIGADO

 

Buenos Aires 1º de junio de 1951

El envío de su obra me da la oportunidad de conocer su doctrina ya ordenadamente. Todos dirán sin duda conmigo, que es cosa de celebrar que la ocasión sea venida, con la publicación de su obra, de entrar en relación directa con sus ideas, desde hace años tan difundidas y comentadas por sus amigos y admiradores.

ARTURO CAPDEVILA

 

Buenos Aires, 29 de julio de 1951

El Decano de la Facultad de Filosofía saluda muy atentamente al publicista Sr. Carlos B. González Pecotche, y se complace en expresarle con su sentida gratitud, que recibió la obra que le anunciara: Introducción al conocimiento logosófico. Puede asegurarle que la leerá con sumo interés y que colocará después el libro en la Biblioteca de la Institución para que la juventud estudiosa que frecuenta sus aulas pueda enterarse de su contenido.

JUAN VICENTE RAMÍREZ

 

Panamá, 23 de noviembre de 1951

He leído Introducción al conocimiento logosófico con especial interés y puedo manifestarle que se trata de una obra de gran utilidad para quien anhela superarse espiritualmente e investigar dónde está la verdad de las cosas. Me he convencido de que este manual prepara la mente para la adquisición de los conocimientos necesarios, lleva gratas emociones al alma y enseña a dignificar la vida.

CELIA DE AROSEMENA

 

Buenos Aires, 2 de agosto de 1951

No le sorprenderá seguramente que haya demorado esta respuesta, porque he debido leer su obra despacio, dado su fondo filosófico y su mucha sustancia. Más de un motivo ha de tener su autor de sentirse satisfecho por la realización de obra semejante, tan generosa y de efectiva cultura.

MARIANO DE VEDIA Y MITRE

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LA LOGOSOFÍA  -DECLARA RAUMSOL- PUEDE DAR AL MUNDO LAS BASES PARA UNA NUEVA INVESTIGACIÓN

EL DIARIO – Buenos Aires – Jueves 11 De Agosto De 1938 –(Pág.9)

Proclama a la mente como principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones

               Especial para EL DIARIO.

Desde hace varios años hemos venido sosteniendo con cierta insistencia y con buenos fundamentos en las manos, la existencia de un sistema mental en el hombre que, de generalizarse su conocimiento, habría de provocar no pocos cambios en la actual manera de pensar y también, una revolución saludable y reformadora, de espíritu eminentemente constructivo, en la fase social, científica y política del mundo.

Tenemos la plena seguridad de que esta nueva y fecunda concepción de la psiquis humana, basada en profundos y minuciosos estudios y observaciones hechas en el campo de la experiencia humana, habrá de promover, tanto en el mundo de la ciencia como en el ánimo de la gente de estudio, una lógica expectativa, matizada de los más diversos comentarios. Sabemos que hasta aquí, nadie se ocupó de la mente del ser, y mucho menos, se entiende, de ubicarla en el sitial prominente que nosotros le hemos concedido, asignándole toda la importancia que ella tiene para la vida del hombre. Si alguien la mencionó alguna vez fue al pasar, como una referencia cualquiera, pero nadie concretó al respecto nada que se hubiese de tener en cuenta como punto de atención. Podemos pues asegurar con la más absoluta convicción, que ningún filósofo, historiador u hombre de ciencia se ha ocupado de la mente ni le ha atribuido la preponderancia y atributos que la Logosofía le asigna por sobre todas las demás perspectivas y aspectos que la ciencia haya podido determinar a los diversos agentes de la naturaleza humana.

En efecto, las corrientes de investigación científica se han dirigido hacia el estudio de la vida tomando por objetivo su configuración orgánica (biología), funcionalidad y propiedad de los órganos (fisiología), las enfermedades (patología), con sus consiguientes ramificaciones (bacteriología, endocrinología, etc.), y a fuer de tenaces empeños filosóficos se incorporaron luego la psicología, estudio de las facultades del alma y modalidades anímicas del ser, la psiquiatría, doctrina y estudio de las enfermedades mentales, y la antropología, estudios generales del ser humano: pero se ha hablado, acaso, alguna vez de la mente? ¿Ha preocupado ella en alguna época el afán científico? ¿Ha formado parte, por ventura, de los conocimientos que se imparten en las universidades? Se ha tomado en cuenta en alguna oportunidad su existencia? ¿Se han discutido sus virtudes o sus propiedades, su funcionamiento o su rol en la vida humana? No tenemos la menor noticia de ello y en buena ley lo podemos decir después de haber sido atacados por el solo hecho de dar a conocer nuestro descubrimiento, fruto de largos años de intensa labor, de estudio y experimentación.

Este hecho nos autoriza a ratificar nuestras afirmaciones de años atrás, valientes y decididas, cuando por primera vez expusimos a la opinión los resultados de nuestras investigaciones y llamamos reiteradamente la atención para que se viera en nuestra prédica el sincero anhelo de llevar a todo hombre de estudio hacia la comprobación consciente de nuestros aciertos y de nuestras verdades.

Hoy como ayer volvemos a proclamar la existencia de un sistema mental que rige la psiquis humana y regula todos los actos del hombre, considerando ese sistema como el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones.

No se trata de nada sobrenatural ni que resulte de difícil acceso a la inteligencia. No pretendemos crear el androide, esa especie de autómata con figura humana que alucinó al gran Alberto y que la historia, con ironía casi imperceptible, relata que S. Tomás partió de un bastonazo para no verse importunado por las ocurrencias del muñeco. Tampoco entra en nuestra cuenta reeditar el sueño de los antiguos alquimistas que tentaron crear al hombre sin concurso de la mujer, utilizando la famosa mandrágora, raíz gigantesca que crecía en remotas épocas y sobre la cual se tejieron tantas leyendas; ni resucitar viejas teorías confundidas con creencias de diverso tipo, cosa que dejamos para aquellos que se confeccionan trajes de filósofos a expensas de la inventiva ajena.

El hombre siempre consideró que sus pensamientos, lo mismo que las voliciones o impulsos de su carácter, emanaban del cerebro. Lo prueba el diccionario de la lengua, que es ley en la enseñanza oficial, al dar como explicación del vocablo mente, “razón, inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, pensamiento, etcétera.

En Francia la palabra mente no existe, y si esto acontece en el país que ha ocupado los primeros puestos y aventajado siempre a los demás por la agudeza de su espíritu investigador y estudioso, tenemos sobrados motivos para declarar que ni en la Sorbona ni en parte alguna de Europa se asignó a la mente la menor importancia.

“En el principio era el Verbo…”El Verbo es antes que Verbo, MENTE, porque la Mente es la que genera el Verbo y éste no sería tal si la mente no existiera. Hemos contestado a los hombres de ciencia -y no han podido replicar,- que no es el cerebro el que produce las ideas ni da forma a los pensamientos, sino la mente. Cerebro también tienen los animales y sin embargo, no tenemos noticia alguna de que a tal o cual representante de la fauna, se le haya ocurrido lanzar una idea o proponernos algún pensamiento. Empero, en ciertos animales, como ser el perro, el caballo, el mono, etc., se observan los primeros rudimentos mentales, aun cuando es indudable que prevalece en ellos un fuerte instinto que suple prodigiosamente las facultades que el hombre posee en su mente, inclusive la misma inteligencia.

Los animales carecen de mente, causa por la cual no pueden tener conciencia de su existencia ni de sus actos. El hombre, en cierto modo, les hace participar de su mente y de su inteligencia al reproducir sus pensamientos en su dócil naturaleza, por impresiones, en unos casos, simpáticas, sensibles y afectivas y en otros, violentas y severas que reprimen el instinto y acobardan al animal sometiéndolo a la voluntad del ser humano.

Es la perseverante educación del instinto mediante la constante vigilancia que el hombre ejerce sobre el animal haciéndole repetir movimientos o ejecutar órdenes, lo que hace aparecer a éste como si obrara con inteligencia, más no debe olvidarse, que sólo se comporta con lucidez cuando obedece a esas órdenes, es decir, cuando la inteligencia del hombre lo conduce, pero si se lo deja solo, merced a su propia iniciativa, allí se acaba la inteligencia y aparece la bestia, salvo casos muy excepcionales, en que guía al animal, más el instinto afectivo, que lo que pudiera pensarse un rasgo de inteligencia.

Los sabios de la antigüedad, filósofos consumados que propendieron al desarrollo de los temas que tenían encadenado al hombre en una perpetua ignorancia, atribuyeron a diferentes causas el origen de la formación del universo. Tales, por ejemplo, fundador de la escuela Jónica, afirmó que el agua fue el gran agente cósmico de la creación; Anaxímenes vio en el aire el principal elemento, mientras que Heráclito se inclinó por el fuego. Otros llevaron la discusión del problema a diversos terrenos, desviando así la preocupación primera hacia la adopción de conceptos que discretamente admitieron con respecto a Dios. Desplazados del primer plano aquellas suposiciones que tendían a establecer cuál fue la primera manifestación universal, los que siguieron en el uso de la palabra en esa gran asamblea que tuvo por escenario a Grecia, India, China y Persia, en el curso de largos siglos nada aportaron con relación a dicho problema. Sus puntos de investigación convergieron casi todos en similares especulaciones, aun cuando desde muy opuestos puntos de ser.

La Logosofía ha declarado ya que el primer elemento con que se constituyó el universo fue la substancia mental segregada de la gran Mente Cósmica o Mente de Dios. Esa Mente Universal y todopoderosa interpenetra toda la creación; más aún, rige todos los procesos inteligentes y exactos de la naturaleza y se hace presente hasta en los seres más infinitamente pequeños que, ajenos al conocimiento del hombre, cumplen sus actividades en las profundidades inconmensurables e inaccesibles al alcance humano.

Más he ahí, que al obrar la Mente Ultradivina en cada ser viviente, con excepción del hombre -la excepción es más aparente que real,- toma para sí la responsabilidad de la dirección que a ellos imprime, vale decir, que tales seres viven y pueden actuar con inteligencia, pero sumergidos en la más absoluta inconsciencia, como sería el caso de los animales domésticos que hemos citado. En cambio, en el hombre no debe suceder tal cosa, por cuanto la misma voluntad de Dios puesta de manifiesto en la propia conformación humana, está diciendo con la más sublime elocuencia que el hombre tiene potestad para independizarse de esa tutela mental. “Fue hecho a su imagen y semejanza”, y por tanto, facultado para asumir la dirección inteligente de su vida, llevando su ser por medio de una sucesiva y consciente evolución, a las más altas realizaciones, mientras hace gustar a su alma el exquisito elixir de la Sabiduría, la misma que turbó el sueño de los dioses paganos, veló el entendimiento de los viejos alquimistas y procuró la gloria de mártires y profetas.

El conocimiento, que no podría ser tal si la mente no existiera, representa la Ley del Poder Supremo. De ahí que los pecados del ser sean juzgados por esa Ley conforme al conocimiento que éste posea sobre lo hecho y la intención al usarlo como elemento de acción. Pero como dicha Ley es la máxima expresión de la Justicia, también concede en la expiación de las faltas mayor proporción absolutoria al que más conocimientos tenga, pues la parte de sabiduría con que el ser cuente, le permitirá no sólo llegar a la eliminación total de sus deudas morales por el valor computable de las obras que realice en bien de los demás, sino que podrá hasta sobrepasar en mucho su crédito en tal sentido. Esta posición privilegiada vemos que fue alcanzada por las grandes almas que han pasado por la tierra y que han sido verdaderos ejemplos para el mundo.

La mente es en el hombre el principio consciente y es, como dijimos antes, el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones. Por ella él sabe que existe, y lo sabe en razón al conocimiento que sólo la mente contiene como medio de expresión de la sabiduría. Sin la mente el ser humano no podría tener conciencia de su existencia y mucho menos habría de conseguir que ésta fuese útil y provechosa para sí y para los demás.

La Logosofía no sólo trae al estudio del hombre estos nuevos y fecundos principios, sino que funda esos preceptos en conclusiones ya determinadas por rigurosas y precisas comprobaciones. Tales principios sostenidos por la Logosofía son el resultado de la particular concepción de su creador, autor de estas líneas precursoras de no muy lejanas manifestaciones universales de la verdad que expone a la conciencia humana.

Hemos señalado la existencia de un sistema mental en todo ser humano, sin basarnos, por cierto, en abstracciones de carácter meramente especulativo. La descripción gráfica que la Logosofía hace del sistema mental aleja toda duda. Ella ha materializado la psiquis humana, le ha asignado una fisiología independiente de la conformación anatómica del cuerpo y establecido la ubicación material de la mente en relación directa con el cerebro dándole una forma y un volumen conforme a su desarrollo y evolución. Ha indicado su funcionamiento y enseñado la complejidad de su organización, y por último ha impuesto una norma a su desenvolvimiento y actividades, subrayada por la presencia en ella de pensamientos a los cuales les ha asignado vida propia e independiente, figurando como entidades mentales que tanto pueden nacer y procrearse dentro del recinto mental, como provenir del ambiente externo y actuar dentro del ser vinculándose tanto a su vida que llegan en muchos casos a identificarse con ella de tal forma que imperan luego sobre la propia voluntad del individuo.

Contrariamente a lo admitido hasta hoy respecto a que mente, razón, memoria, inteligencia, voluntad, etc., son una sola y misma cosa, la Logosofía ha determinado la configuración anatómica de la psiquis humana al afirmar la existencia del sistema mental y atribuir un rol particular a cada una de las partes de que se compone la psiquis, demostrando la posibilidad que el ser tiene de poder conectar todos los resortes del sistema y lograr una perfecta organización psíquica.

Se ha de suponer que, al poner en tensión directa y conectar esos resortes -figurados, se entiende, puesto que en resumen no son otra cosa que lo que la Logosofía ha llamado “psicoides”, especie de elementos que según su disposición, coadyuvan al mejor desempeño de las funciones mentales- se operará en el ser una visible transformación psicológica, pues como lo estamos diciendo, al utilizarse tales psicoides conscientemente, se favorece el rápido desarrollo de las facultades (psicogénesis), dando ello lugar a que el sistema mental, una vez organizado, con un poder mayor de asimilación, comience un nuevo género de actividades en el más amplio sentido de la palabra, obteniéndose por resultado un rendimiento que podríamos apreciar, sin que haya exageración alguna, múltiple, tanto en las producciones de la inteligencia, como en la labor constructiva del espíritu.

Todo esto no quiere decir que pretendemos desconocer los esfuerzos, bien meritorios sin duda, de los que preconizaron el idealismo y otras teorías similares que consideraban al alma como parte independiente del cuerpo o como rigiendo los destinos del hombre desde un plano opuesto a la materia, al cual llamaban “mundo de las ideas”; pero es el caso, que ninguna de tales teorías ha subsistido a la acción del tiempo, pues fueron desplazándose unas a otras hasta quedar reducidas al presente a simples apuntes de la nomenclatura filosófica que suelen citarse para establecer puntos de referencia de una a otra época cuando se quieren verificar los aportes hechos por los filósofos en sus respectivos tiempos.

No discutimos, por consiguiente, el valor que puedan haber tenido y sigan teniendo para la filosofía o la ciencia las doctrinas o sistemas aparecidos en el curso de las edades, puesto que tenemos al tiempo, que es un árbitro de quien no puede sospecharse cuando a cada cosa que no ha de durar le señala una fecha, significando con ello que pasó de moda o dejó de ser de actualidad.

La Logosofía aspira – y sus buenas razones tiene- a no figurar entre el número de los empeños que han corrido esa suerte, y ésta es la causa por la que cuidamos muy bien de no ofrecer el menor motivo a la posteridad, que habrá de juzgarlos, para que el tiempo no fije fecha a la concepción logosófica del universo y el hombre, pues ella descansa sobre principios que pensamos indestructibles y que por tanto habrán de resistir a la acción del tiempo, aun cuando éste abarque en nuestro concepto, innumerable cantidad de siglos.

Tal fuerza tiene la lógica de nuestras afirmaciones luego de palpar la verdad que asoma por entre los pliegues de la Logosofía, que no dudamos habrá de desvanecer al fin los reparos que puedan hacernos por la contundencia de la forma de expresión que usamos en nuestros escritos, estilo que bien podría considerarse como genuina característica del espíritu americano, gallardo y viril por excelencia.

El gran Tratado de Logosofía que se halla actualmente en preparación, ha de ser, podemos asegurarlo con toda la autoridad que nos concede nuestro alto dominio filosófico y científico, la obra clave del porvenir donde habrán de inspirarse las generaciones futuras, ya que estará llamada a modificar, tanto los viejos conceptos sobre la vida humana como el curso de las investigaciones científicas, y no será nada extraño que podamos asistir a una de las más grandes y estupendas transformaciones que haya experimentado la humanidad en el rodar de los tiempos.

América habrá de ser, pues cuna de una potente civilización nacida al conjuro de heroicos esfuerzos en pro de conquistas supremas, no de tierras ajenas, sino de virtudes y conocimientos que llenarán de asombro a las generaciones que habita el viejo mundo.

Repetimos: no es una utopía; la Logosofía es una realidad que en su oportunidad habrá de experimentarse como una necesidad, para no quedar rezagados en el punto muerto en que hoy se encuentra el movimiento intelectual del orbe.

Conviene tener en cuenta, para no formarse conceptos erróneos y evitar confusiones que a nada conducen, distinguir el triple carácter que inviste la Logosofía; nos referimos a los aspectos, filosófico. (Presentación de una nueva concepción del universo y el hombre; creación de un sistema y doctrina); científico (Descubrimiento de nuevos elementos en la estructuración mental y psicológica del ser humano, con métodos de investigación, disciplinas, documentación, etc.), y artístico (Exaltación de los rasgos más bellos del espíritu humano, de la naturaleza y en síntesis de todo el universo; modelamiento de nuevas formas que se impondrán en el futuro; observación constante de los caracteres más prominentes de la época presente en relación directa con el progreso de la arquitectura, las letras, la pintura, etc., las cuales reúnen todas las manifestaciones del arte en una conjunción de miras e inspiraciones propias de una época que no tardará en manifestarse en el apogeo de una civilización que intuimos habrá de superar con largura a las que nos precedieron en el curso de los siglos).

La línea sinóptica que cada hombre puede trazar en el plano de su vida, auxiliado por los conocimientos logosóficos, le demostrará, pese a todo su escepticismo e incredulidad, que puede ser consciente de su propia evolución y que en él está demorarla o acelerarla al tiempo que lleva buena cuenta de los cambios -notables algunos- que irá experimentando en su beneficio mientras va adiestrándose en el uso consciente de los elementos esencialmente nuevos y de inestimable valor que pone a su alcance la Logosofía.

No se trata de crear un nuevo tipo de hombre, puesto que nada falta a su maravillosa constitución, pero sí de dar a éste los conocimientos necesarios para que conozca lo que sin saberlo posee y se apreste a colaborar así en su propia regeneración y perfeccionamiento. Mucho queda todavía para que aquello que aún permanece manifestado en la creación universal, se proyecte a la conciencia del mundo. También en el hombre existen elementos, sistemas y facultades que permanecerán por milenios ocultos a su conciencia, mientras la ignorancia vele su entendimiento y llene de sombras su existencia.

No nos inquietan, pues, las alternativas que pueden presentarnos los juicios, las críticas y los ataques. Nos guían inalterables anhelos de prestar nuestro particular concurso sirviendo y siendo útiles a toda la humanidad.

Y si esta formal decisión de hacer el bien a todos sin excepción, encontrase las resistencias y reacciones que nunca faltan en estos casos, habremos de utilizar toda la fuerza persuasiva de nuestras convicciones para convencer, sea a quién fuere, de lo infructuoso que sería destruir o forzar tales empeños.

Debe procurarse, y así lo proponemos libres de todo prejuicio, una amplia colaboración entre los hombres de estudio y de talento que persigan análogos fines en vez de perder el tiempo y mermar los rendimientos personales combatiéndose entre sí como si se obedeciera a leyes fatales de carácter destructivo. A ellos van dirigidos también nuestros esfuerzos; a establecer una convivencia mental y afectiva entre los seres, principiando por los que tienen mayor inteligencia, pues estos comprenderán más fácilmente y harán comprender a los demás la necesidad de estimular esa sana relación que habrá de constituir una defensa social poderosa, llamada a triunfar sobre la sistemática oposición de los elementos de tipo farisaico que ambulan por los ambientes provocando disensiones, malquistando los espíritus y sembrando por doquier su nefasta semilla disolvente, antisocial e inhumana.

Este problema es uno de los que más preocupa, precisamente a los gobiernos que sienten la responsabilidad de sus altas funciones. Desde Roosevelt a Ortíz cruza por todo el continente americano la misma palabra: “colaboración”, que todos los presidentes pronuncian en sus discursos y arengas como una consigna suprema. Es que esa palabra significa paz, orden, progreso.

El actual mandatario de la Nación Argentina, en ocasión de inaugurar las sesiones del Honorable Congreso, dijo que debido a “una conjunción complicadísima de factores históricos que han hecho crisis en nuestro tiempo, las sociedades humanas han llegado -sin quererlo- a un estado de desequilibrio, de injusticia y de antagonismo, que ha dividido y puesto frente a frente a las distintas categorías sociales, a los diversos sistemas políticos, a los pueblos y naciones con encontrados intereses y métodos de gobierno”. Hizo alusión también a la cuestión social que tan numerosos conflictos ha planteado “tanto en el campo de la economía y de la política como en el vasto dominio de la vida espiritual” y terminó solicitando la colaboración de todos para realizar la magna labor de gobernante que se propone.

Tales palabras, que están en íntimo acuerdo con nuestra tesis, facilitarán sin duda alguna la labor en común en que estamos empeñados. Ya se verá luego lo que cada uno haya aportado al mundo y serán las obras, como expresión de verdades inconmovibles, las que reclamarán para sus autores una palabra de justicia.

Formulamos estas manifestaciones en una hora propicia, en que se acentúa cada vez con mayor intensidad, especialmente en nuestro continente, la tendencia hacia la colaboración, la conciliación y el respeto a todo esfuerzo noble y de carácter constructivo que dignifique al hombre, pues es respeto lo que éste pide, más aún cuando trabaja y se sacrifica en exclusivo bien de su prójimo. Mientras el sabio -dijimos un día- oculta celosamente sus privaciones y fatigas, muestra con infantil alegría las cosas que ha concluido en paciente labor para que los demás disfruten de los beneficios.

Nuestra palabra llega a la opinión pública en momentos en que la Escuela Raumsólica de Logosofía celebra el octavo aniversario de su fundación. Extendida por todo el continente, es en suma, la primera Escuela, en su género que ve la luz en el suelo de América.

El Nuevo Mundo está replicando ya con ejemplos elocuentes a los estadistas de allende el océano. Y no pasará mucho sin que anuncie también a los filósofos de Europa y Asia, que se ha descubierto en estas tierras el lecho de un manantial filosófico que nada tiene que ver ni absorber de las viejas corrientes de Atenas, Alejandría, etc., ni tampoco de las que inundaron el viejo mundo de teorías, doctrinas o sistemas filosóficos en la Edad Media y en los tiempos modernos y contemporáneos. Ya habrá ocasión de contemplar cómo desde aquellas comarcas que fueron cuna de regias estirpes y varones iluminados, acudirán los hombres a los valles del Plata para abrevar los conocimientos que ellos no lograron encontrar y resolver los múltiples problemas planteados a la inteligencia humana.

Servir a la humanidad, ser útil a los semejantes es -como dejamos expresado-, uno de los pensamientos que animan nuestras horas de labor y de consagración. Ocho años llevamos de brega logosófica. Si no hubiéramos visto confirmarse tantas veces la verdad de nuestras afirmaciones, con seguridad que estas palabras no tendrían la fuerza de expresión que poseen ni hubiésemos expuesto tan abiertamente nuestro pensamiento; pero, por algo lo decimos y volvemos a repetir: la Logosofía dará al mundo las bases para una nueva investigación conduciéndolo hacia nuevos y fecundos descubrimientos.

RAUMSOL

EL FILÓSOFO AMERICANO

Copia facsimilar del artículo original

Facsimilar del Artículo publicado en EL DIARIO de Buenos Aires el 11 de agosto de 1938

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Sugerencias sobre la preparación mental y espiritual de la mujer

Por Carlos Bernardo González Pecotche, Revista Logosofía Nº 3 (marzo de 1941)

Uno de los problemas que a veces suele recrudecer en el alma de la mujer es aquel que entraña al de su complejo humano, por ser el que más incapaz se siente para resolver con felicidad.

Su figura es en la mayoría una obsesión permanente. Lucha por mostrarse bonita, atractiva, de porte distinguido y ademanes cultos o, mejor aún, graciosos. Y no hay dudo que muchas lo obtienen, y con facilidad. El conjunto de su persona aparece así atrayente, vistoso, y de seguro que ejerce una influencia considerable al primer golpe de vista del sexo contrario, pues es inobjetable que hacia él es a quien va dirigido el hechizo.

Sin embargo, en su afán de embellecerse físicamente, la mujer ha descuidado en grado extremo la belleza de su fisonomía moral y psicológica. Muchas, sin darse cuenta de la gran importancia que revisten las características superiores –por cierto tan sublimes que imprimen en el rostro “el inconfundible rasgo. de la cultura en su más exquisita manifestación–, se afligen de sus fracasos y no atinan a comprender a qué obedece su infelicidad.

Una flor puede ser muy vistosa hasta admirada en el conjunto de un ramo de flores, pero si no tiene perfume, al contemplarla sola, la ilusión de su belleza se esfumará tan pronto se manifieste como algo sin alma, como una cosa inerte, incapaz de comunicarnos las delicias de su intimidad, la fragancia de su espíritu, que tan grato resulta al alma que lo aspira.

Un pájaro de precioso colorido, que no cante, podrá provocar también admiración, mas ello será mientras le tengamos ante nuestra vista y cesará conforme se aleje. ¡Cuánto más extasía el espíritu el pájaro que deja escuchar sus maravillosos trinos! Aunque no le veamos, aunque el colorido de su plumaje sea el menos vistoso, nos atraerá, y su canto nos deleitará hasta el punto de anhelar tenerlo siempre con nosotros.

La mujer cuyo espíritu carece de cultivo, de ilustración, puede resultar tan insulsa como la flor puramente vistosa pero si se esmera en pulir sus modales más que sus uñas, si advierte que la bondad y la alegría deben formar parte inherente de su naturaleza femenina y se aplica en hacer desaparecer los defectos de su carácter al tiempo que hace desaparecer las impurezas de su rostro, encontrará que su vida florecerá llena de esperanzas y se convertirá, por sus encantos, en la flor predilecta del espíritu.

La Logosofía encara el problema de la mujer, en su fondo, comenzando por interesar vivamente su pensamiento y haciendo que la naturaleza femenina experimente los beneficios de un encanto superior, cual es el de la gracia del espíritu por el cultivo de las facultades mentales. Ello no requiere grandes esfuerzos ni agitados o pesados estudios.

No bastan solamente, los arreglos externos para realzar la figura humana por encima de la vulgaridad, pues en el trato con los demás aparecen con frecuencia las deficiencias propias de un estado semejante, y cuánto se anhela en esos momentos poseer lo que reclama a gritos el pudor interno. Una mujer discreta, gentil y culta es agradable siempre dondequiera se halle. Los atractivos del alma suelen ser mucho más poderosos que los del físico.

La mujer debe ser fina en sus modales, y en su lenguaje. Todo gesto, expresión o actitud que atente contra su feminidad, la afea y llega hasta convertirla en un ser que inspira rechazo.

Para adquirir las bellas cualidades que tanto adornan su carácter es necesario que la mujer se disponga a ello con especial dedicación. Aprendiendo a conocer de qué modo los pensamientos actúan e influencian la vida, buscará la compañía de aquellos que eleven su espíritu y contribuyan, por un lado a dar brillo a su figura de mujer superior en el medio ambiente en que actúe, y por otro, a que su alma disfrute de las innumerables prerrogativas que abre el conocimiento a las posibilidades de vivir una vida más amplia y más llena de atracciones que la vulgar, por contener ella una variedad tan incontable de motivos que no sólo despiertan al ser interno en un nuevo mundo, si no que lo extasían ante la grandeza de esa parte de la creación que permanece ignorada para los que no saben que existe ni se aprestan a obtener los medios para conocerla.

El cultivo mental debe constituir, pues, para la mujer, una necesidad intensa como la que siente para embellecer su persona.

Pero esto no es todo. Bien puede presumiese que los beneficios que reporta a la mujer una preparación de esta índole son incalculables. Muy diferente es la posición espiritual de la que se sabe con aptitudes para enfrentar la vida, a la de aquella que no las posee. ¿Y quiénes si no los propios hijos habrán de recordar con gratitud esa gracia, poco menos que sublime, que una madre inteligente y culta derrama sobre el alma de los mismos? ¿qué premio más grande puede haber para sus sacrificios que aquel que su nombre, símbolo de ejemplo, sea bendecido y venerado por todos? Mujeres así son las que forjan el ideal de las generaciones.

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