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Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Asesta un rudo golpe a quienes pretendieron desvirtuar la génesis de sus enseñanzas

Nuevamente debo tomar la pluma para exponer mi pensamiento públicamente con el objeto de satisfacer a todos los habitantes del Uruguay y la Argentina, que tan viva y atentamente han seguido el movimiento raumsólico y el desarrollo de los sucesos motivados por una campaña tan innoble como delictiva en contra de mi persona y de la Escuela que se ampara bajo mi nombre y sigue las inspiraciones de mi espíritu.

Pero esta vez es para dirigirme a aquellos que hoy no pueden tener la honra de llamarse discípulos míos. Aquellos, que durante largos años consecutivos ratificaron privada y públicamente las excelencias de mis enseñanzas, el grandioso concepto que les merecía mi obra, y el concepto mismo que les inspiré siempre y que fue motivo para que me manifestaran los más elevados elogios.

A esas personas me dirijo, para advertirles que lo que han escrito y firmado tantas veces como lo que pronunciaron y afirmaron públicamente con el más absoluto convencimiento, no podrán borrarlo jamás ni con la mano ni con  el olvido de sus memorias o el silencio forzado de sus conciencias. Pretender o tentar desconocerlo implicaría una posición harto ridícula, y tolerar que se intente aparentar una ingenuidad, impropia en primer lugar de universitarios, y en segundo, de personas que han cumplido hace tiempo el primer cuarto de siglo, sería de todo punto inadmisible en los que no son parte interesada en el asunto y conservan su integridad personal exenta de semejantes caprichos.

Ello presupondría una ignorancia plena en los “ingenuos”, de los principios éticos y sociales que determinan para cada individuo un libre albedrío irrenunciable y una capacidad intelectual suficiente como para conocer sin dificultad cuáles son sus deberes, su conducta y sus perspectivas patrimoniales civiles y morales entre el número de sus semejantes.

Nadie podría depositar un solo átomo de confianza en quienes se niegan a sí mismos, negando actos y palabras que están ligadas inseparablemente a sus vidas y a sus nombres por consentimiento expreso de sus propias conciencias.

La tolerancia y magnanimidad con que traté siempre a los discípulos que a mi lado compartían la sabiduría logosófica, ha sido indudablemente una de las causas que propiciaron en algunos de ellos el pensamiento de creerse dueños de todo cuanto poseía y hasta de mi misma persona. De otra manera no podría justificarse la sustracción que me hicieron de fotografías, efectos personales y documentos que alguna vez habrán de servir para delatarlos a ellos mismos.

De ahí también que llegaran a las extralimitaciones que cometieron durante mi ausencia de tres meses y que me han obligado a hacerles comparecer ante la justicia, pues las actitudes deliberadamente intencionales que asumieron, eran extrañas por completo a las normas más elementales de la convivencia social.

Mi posición filosófica y los altos principios que sostengo e inspiran mí Escuela, me impiden descender a detalles que podrían llevar al conocimiento general la explicación lógica del porqué me atacan aquellos que separé de mi lado. El apasionamiento siempre fue una de las grandes debilidades humanas y el despecho, tornándose en rencor  y en odio, siempre fue la consecuencia de deseos insatisfechos o pretensiones malogradas. Los abogados que me pedían les hiciera ganar los pleitos, los constructores que hasta casi exigían que les proporcionara clientes para sus obras, los estancieros y chacareros que pretendían les hiciera llover en sus campos cuando se acentuaba la sequía, los comerciantes que me solicitaban ganar licitaciones y finalmente, los ilusos que me insinuaban les hiciera ganar la lotería, son los que lamentablemente me confundieron y se engañaron, pues ellos querían un Cristo de esa naturaleza, para venerarle a condición de no negarlo si accedía siempre a tales pretensiones.

Semejante osadía – que les colocaba de hecho en el extremo opuesto a los sanos principios de mi Escuela, no obstante las múltiples oportunidades que les di para que cambiaran esa manera de pensar me inspiraba una verdadera pena, pues aparte de eso se esforzaban en realizar las enseñanzas, aun cuando, como ha quedado evidenciado, lo hacían esperanzados más en satisfacer tales deseos que con el propósito de lograr una superación ventajosa para sus espíritus.

Como esa situación no podía durar, a pesar de las veces que con toda discreción les reconvine, sucedió lo inevitable: esas personas se sintieron incómodas en el seno de la Escuela y concluyeron por provocar su separación lanzándose desaforadamente por los caminos de la difamación, la calumnia y la injuria.

No, señores “ingenuos”, yo no me presto ni me prestaré jamás a servir intereses mezquinos y bien saben ya todos que el que no marcha rectamente por el camino trazado en mis enseñanzas, no puede permanecer en mi Escuela, ya sea millonario o carezca de recursos. En ello estriba, precisamente, la seriedad inalterable de mis principios. No se me compra con dinero ni con halagos. Prefiero las contingencias de la lucha a la holganza pasiva y estéril que eligen los pobres de espíritu, los advenedizos y los faltos de integridad moral.

Vinieron en mi busca desde que abrí las puertas de mi Escuela, infinidad de seres entre los cuales se encontraban aquéllos a quienes dirijo estas palabras. A ninguno pregunté quién era, de dónde venía, ni a qué religión o raza pertenecía. No les averigüé qué habían sido ni qué faltas habían  cometido, porque no me interesaba, como no me interesó jamás la vida privada de nadie. Me rogaron que los admitiera como discípulos y accedí haciéndoles un lugar en mi Escuela y en mi corazón. Pero he ahí que después de unos cuantos años en que disfrutaron de mi confianza y de mis conocimientos, se creyeron en el derecho de preguntarme quién era yo, de dónde venía, qué había hecho antes, llegando hasta pretender fiscalizar mi vida privada. Se pensó también  en la posibilidad de apropiarse de mis enseñanzas, de mi Escuela y de todo cuanto yo poseía para el cumplimento de la obra; objetivo que tuvo su epílogo en las ambiciones bastante inflamadas de los que intentaron atentar contra mis más legítimos derechos , sin reparar que éstos estaban identificados con la misma obra.

Como es público y notorio, he librado una lucha intensa de ocho meses aproximadamente, contra los que llevados por incontenibles deseos de venganza desencadenaron esa triste campaña que hoy censura unánimemente la opinión. Desde mi puesto,  como lo habría hecho el mejor general, dirigí las operaciones. El campo de batalla que eligieron mis adversarios fue la prensa insana y la intriga, en todas las formas que el embuste utiliza. No podía ser más propicio para ellos, el atacarme con las armas más viles. Los caballeros no se baten jamás con los que no son capaces de montar un corcel de pura sangre y empuñar una espada y un escudo dignos de su rango, de su cuna y de su nobleza.

Los dardos envenenados que me dirigieron, no lograron quebrar mi serenidad, ni derribarme, como pensaron, del sitial que ocupaba y ocupa en el concepto de los hombres que conocen mi obra y mis sacrificios. Sin que Minerva  trazara sobre mi égida el signo protector  de los dioses  que estampó en el escudo de Aquiles por mandato del Olimpo, preferí que  el enemigo avanzara y se embriagara con el ruido de sus quijotescas embestidas. Los indios siempre perdieron las mejores batallas porque no comprendían la retirada estratégica de los blanco y atribuyéndose la victoria, arremetían contra las trincheras creyendo que sólo era cuestión de saltar el tapial.

Así fue como, cuando llegó el momento, di orden de hacer unas cuantas descargas de fusilería que aparecieron anotadas en “Crónicas Raumsólicas”, y desde entonces el fuego enemigo comenzó a cesar hasta reducirse casi a silencio.

No obstante los traidores y los desertores que hubieron,  las posiciones que  momentáneamente ocuparon  los detractores fueron cayendo nuevamente en poder de sus legítimos defensores. Un buen general prefiere enviar al campo enemigo, para que luchen contra él, aquellos soldados  que en sus filas no saben empuñar con valentía la espada del honor.

Hoy puedo  afirmar que la batalla ha sido ganada holgadamente, pues las sanciones de las autoridades hubieron de aplicarse a los que  me atacaron, por haberse colocado al margen de las leyes. La opinión pública sabe ahora a que  atenerse con respecto a la Escuela, y ha tenido oportunidad de contemplar cuánto mal pueden hacer a la sociedad los órganos periodísticos que se aprestan a ser instrumentos de tan repudiables campañas. La ley de imprenta del Uruguay, justa y recta, que permite al pueblo defenderse de las plagas que suelen infectar al periodismo, enaltece el  prestigio de los hombres que supieron inspirarla y sienta un precedente de alta cultura que ojalá adopten todos los países del mundo.

La Escuela Raumsólica ha entrado en una nueva etapa de su vida y se prepara para librar otra gran batalla en el orden jurídico, pues para que de una vez por todas queden demostradas las falsas imputaciones y versiones tendenciosas de que fui objeto conjuntamente con toda  mi Escuela, he conducido a los audaces detractores hasta los estrados de la justicia. Allí quiero  verlos, frente a frente a las leyes que quisieron burlar y frente a los jueces que pronunciarán sus sentencias, conscientes de la responsabilidad y autoridad que invisten como guardianes exclusivos de  la ley.

Dios y los hombres serán testigo de que doy una oportunidad a la justicia para que haga escuchar en esta emergencia, la majestad de su palabra. He luchado y lucho con todas las fuerzas de mi espíritu a fin de levantar el corazón de los hombres y encauzar las corrientes mentales hacia una concepción más grande y hermosa de la vida. Toda mi existencia está consagrada al servicio de esta obra que desde hace siete años llevo a cabo tesoneramente. No me arredran los obstáculos ni las dificultades. Lucho valerosamente contra toda adversidad, y si alguna vez cayera vencido en las lides futuras, dejaré sobre las últimas huellas de mis pasos, escritas con letras de sangre, las palabras que Dios pone en boca de los que han sabido triunfar sobre la misma muerte.

Artículo publicado también en los diarios “El Día”,  “La Mañana”, “El Pueblo” Y “El Heraldo Raumsólico”, de Montevideo, en los meses de mayo y junio de 1937, y en “Artículos y Publicaciones” (Talleres Gráficos Pomponio, Rosario, Argentina,1937).

Facsimil diario EL PAIS de Montevideo

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LA LOGOSOFÍA  -DECLARA RAUMSOL- PUEDE DAR AL MUNDO LAS BASES PARA UNA NUEVA INVESTIGACIÓN

EL DIARIO – Buenos Aires – Jueves 11 De Agosto De 1938 –(Pág.9)

Proclama a la mente como principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones

               Especial para EL DIARIO.

Desde hace varios años hemos venido sosteniendo con cierta insistencia y con buenos fundamentos en las manos, la existencia de un sistema mental en el hombre que, de generalizarse su conocimiento, habría de provocar no pocos cambios en la actual manera de pensar y también, una revolución saludable y reformadora, de espíritu eminentemente constructivo, en la fase social, científica y política del mundo.

Tenemos la plena seguridad de que esta nueva y fecunda concepción de la psiquis humana, basada en profundos y minuciosos estudios y observaciones hechas en el campo de la experiencia humana, habrá de promover, tanto en el mundo de la ciencia como en el ánimo de la gente de estudio, una lógica expectativa, matizada de los más diversos comentarios. Sabemos que hasta aquí, nadie se ocupó de la mente del ser, y mucho menos, se entiende, de ubicarla en el sitial prominente que nosotros le hemos concedido, asignándole toda la importancia que ella tiene para la vida del hombre. Si alguien la mencionó alguna vez fue al pasar, como una referencia cualquiera, pero nadie concretó al respecto nada que se hubiese de tener en cuenta como punto de atención. Podemos pues asegurar con la más absoluta convicción, que ningún filósofo, historiador u hombre de ciencia se ha ocupado de la mente ni le ha atribuido la preponderancia y atributos que la Logosofía le asigna por sobre todas las demás perspectivas y aspectos que la ciencia haya podido determinar a los diversos agentes de la naturaleza humana.

En efecto, las corrientes de investigación científica se han dirigido hacia el estudio de la vida tomando por objetivo su configuración orgánica (biología), funcionalidad y propiedad de los órganos (fisiología), las enfermedades (patología), con sus consiguientes ramificaciones (bacteriología, endocrinología, etc.), y a fuer de tenaces empeños filosóficos se incorporaron luego la psicología, estudio de las facultades del alma y modalidades anímicas del ser, la psiquiatría, doctrina y estudio de las enfermedades mentales, y la antropología, estudios generales del ser humano: pero se ha hablado, acaso, alguna vez de la mente? ¿Ha preocupado ella en alguna época el afán científico? ¿Ha formado parte, por ventura, de los conocimientos que se imparten en las universidades? Se ha tomado en cuenta en alguna oportunidad su existencia? ¿Se han discutido sus virtudes o sus propiedades, su funcionamiento o su rol en la vida humana? No tenemos la menor noticia de ello y en buena ley lo podemos decir después de haber sido atacados por el solo hecho de dar a conocer nuestro descubrimiento, fruto de largos años de intensa labor, de estudio y experimentación.

Este hecho nos autoriza a ratificar nuestras afirmaciones de años atrás, valientes y decididas, cuando por primera vez expusimos a la opinión los resultados de nuestras investigaciones y llamamos reiteradamente la atención para que se viera en nuestra prédica el sincero anhelo de llevar a todo hombre de estudio hacia la comprobación consciente de nuestros aciertos y de nuestras verdades.

Hoy como ayer volvemos a proclamar la existencia de un sistema mental que rige la psiquis humana y regula todos los actos del hombre, considerando ese sistema como el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones.

No se trata de nada sobrenatural ni que resulte de difícil acceso a la inteligencia. No pretendemos crear el androide, esa especie de autómata con figura humana que alucinó al gran Alberto y que la historia, con ironía casi imperceptible, relata que S. Tomás partió de un bastonazo para no verse importunado por las ocurrencias del muñeco. Tampoco entra en nuestra cuenta reeditar el sueño de los antiguos alquimistas que tentaron crear al hombre sin concurso de la mujer, utilizando la famosa mandrágora, raíz gigantesca que crecía en remotas épocas y sobre la cual se tejieron tantas leyendas; ni resucitar viejas teorías confundidas con creencias de diverso tipo, cosa que dejamos para aquellos que se confeccionan trajes de filósofos a expensas de la inventiva ajena.

El hombre siempre consideró que sus pensamientos, lo mismo que las voliciones o impulsos de su carácter, emanaban del cerebro. Lo prueba el diccionario de la lengua, que es ley en la enseñanza oficial, al dar como explicación del vocablo mente, “razón, inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, pensamiento, etcétera.

En Francia la palabra mente no existe, y si esto acontece en el país que ha ocupado los primeros puestos y aventajado siempre a los demás por la agudeza de su espíritu investigador y estudioso, tenemos sobrados motivos para declarar que ni en la Sorbona ni en parte alguna de Europa se asignó a la mente la menor importancia.

“En el principio era el Verbo…”El Verbo es antes que Verbo, MENTE, porque la Mente es la que genera el Verbo y éste no sería tal si la mente no existiera. Hemos contestado a los hombres de ciencia -y no han podido replicar,- que no es el cerebro el que produce las ideas ni da forma a los pensamientos, sino la mente. Cerebro también tienen los animales y sin embargo, no tenemos noticia alguna de que a tal o cual representante de la fauna, se le haya ocurrido lanzar una idea o proponernos algún pensamiento. Empero, en ciertos animales, como ser el perro, el caballo, el mono, etc., se observan los primeros rudimentos mentales, aun cuando es indudable que prevalece en ellos un fuerte instinto que suple prodigiosamente las facultades que el hombre posee en su mente, inclusive la misma inteligencia.

Los animales carecen de mente, causa por la cual no pueden tener conciencia de su existencia ni de sus actos. El hombre, en cierto modo, les hace participar de su mente y de su inteligencia al reproducir sus pensamientos en su dócil naturaleza, por impresiones, en unos casos, simpáticas, sensibles y afectivas y en otros, violentas y severas que reprimen el instinto y acobardan al animal sometiéndolo a la voluntad del ser humano.

Es la perseverante educación del instinto mediante la constante vigilancia que el hombre ejerce sobre el animal haciéndole repetir movimientos o ejecutar órdenes, lo que hace aparecer a éste como si obrara con inteligencia, más no debe olvidarse, que sólo se comporta con lucidez cuando obedece a esas órdenes, es decir, cuando la inteligencia del hombre lo conduce, pero si se lo deja solo, merced a su propia iniciativa, allí se acaba la inteligencia y aparece la bestia, salvo casos muy excepcionales, en que guía al animal, más el instinto afectivo, que lo que pudiera pensarse un rasgo de inteligencia.

Los sabios de la antigüedad, filósofos consumados que propendieron al desarrollo de los temas que tenían encadenado al hombre en una perpetua ignorancia, atribuyeron a diferentes causas el origen de la formación del universo. Tales, por ejemplo, fundador de la escuela Jónica, afirmó que el agua fue el gran agente cósmico de la creación; Anaxímenes vio en el aire el principal elemento, mientras que Heráclito se inclinó por el fuego. Otros llevaron la discusión del problema a diversos terrenos, desviando así la preocupación primera hacia la adopción de conceptos que discretamente admitieron con respecto a Dios. Desplazados del primer plano aquellas suposiciones que tendían a establecer cuál fue la primera manifestación universal, los que siguieron en el uso de la palabra en esa gran asamblea que tuvo por escenario a Grecia, India, China y Persia, en el curso de largos siglos nada aportaron con relación a dicho problema. Sus puntos de investigación convergieron casi todos en similares especulaciones, aun cuando desde muy opuestos puntos de ser.

La Logosofía ha declarado ya que el primer elemento con que se constituyó el universo fue la substancia mental segregada de la gran Mente Cósmica o Mente de Dios. Esa Mente Universal y todopoderosa interpenetra toda la creación; más aún, rige todos los procesos inteligentes y exactos de la naturaleza y se hace presente hasta en los seres más infinitamente pequeños que, ajenos al conocimiento del hombre, cumplen sus actividades en las profundidades inconmensurables e inaccesibles al alcance humano.

Más he ahí, que al obrar la Mente Ultradivina en cada ser viviente, con excepción del hombre -la excepción es más aparente que real,- toma para sí la responsabilidad de la dirección que a ellos imprime, vale decir, que tales seres viven y pueden actuar con inteligencia, pero sumergidos en la más absoluta inconsciencia, como sería el caso de los animales domésticos que hemos citado. En cambio, en el hombre no debe suceder tal cosa, por cuanto la misma voluntad de Dios puesta de manifiesto en la propia conformación humana, está diciendo con la más sublime elocuencia que el hombre tiene potestad para independizarse de esa tutela mental. “Fue hecho a su imagen y semejanza”, y por tanto, facultado para asumir la dirección inteligente de su vida, llevando su ser por medio de una sucesiva y consciente evolución, a las más altas realizaciones, mientras hace gustar a su alma el exquisito elixir de la Sabiduría, la misma que turbó el sueño de los dioses paganos, veló el entendimiento de los viejos alquimistas y procuró la gloria de mártires y profetas.

El conocimiento, que no podría ser tal si la mente no existiera, representa la Ley del Poder Supremo. De ahí que los pecados del ser sean juzgados por esa Ley conforme al conocimiento que éste posea sobre lo hecho y la intención al usarlo como elemento de acción. Pero como dicha Ley es la máxima expresión de la Justicia, también concede en la expiación de las faltas mayor proporción absolutoria al que más conocimientos tenga, pues la parte de sabiduría con que el ser cuente, le permitirá no sólo llegar a la eliminación total de sus deudas morales por el valor computable de las obras que realice en bien de los demás, sino que podrá hasta sobrepasar en mucho su crédito en tal sentido. Esta posición privilegiada vemos que fue alcanzada por las grandes almas que han pasado por la tierra y que han sido verdaderos ejemplos para el mundo.

La mente es en el hombre el principio consciente y es, como dijimos antes, el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones. Por ella él sabe que existe, y lo sabe en razón al conocimiento que sólo la mente contiene como medio de expresión de la sabiduría. Sin la mente el ser humano no podría tener conciencia de su existencia y mucho menos habría de conseguir que ésta fuese útil y provechosa para sí y para los demás.

La Logosofía no sólo trae al estudio del hombre estos nuevos y fecundos principios, sino que funda esos preceptos en conclusiones ya determinadas por rigurosas y precisas comprobaciones. Tales principios sostenidos por la Logosofía son el resultado de la particular concepción de su creador, autor de estas líneas precursoras de no muy lejanas manifestaciones universales de la verdad que expone a la conciencia humana.

Hemos señalado la existencia de un sistema mental en todo ser humano, sin basarnos, por cierto, en abstracciones de carácter meramente especulativo. La descripción gráfica que la Logosofía hace del sistema mental aleja toda duda. Ella ha materializado la psiquis humana, le ha asignado una fisiología independiente de la conformación anatómica del cuerpo y establecido la ubicación material de la mente en relación directa con el cerebro dándole una forma y un volumen conforme a su desarrollo y evolución. Ha indicado su funcionamiento y enseñado la complejidad de su organización, y por último ha impuesto una norma a su desenvolvimiento y actividades, subrayada por la presencia en ella de pensamientos a los cuales les ha asignado vida propia e independiente, figurando como entidades mentales que tanto pueden nacer y procrearse dentro del recinto mental, como provenir del ambiente externo y actuar dentro del ser vinculándose tanto a su vida que llegan en muchos casos a identificarse con ella de tal forma que imperan luego sobre la propia voluntad del individuo.

Contrariamente a lo admitido hasta hoy respecto a que mente, razón, memoria, inteligencia, voluntad, etc., son una sola y misma cosa, la Logosofía ha determinado la configuración anatómica de la psiquis humana al afirmar la existencia del sistema mental y atribuir un rol particular a cada una de las partes de que se compone la psiquis, demostrando la posibilidad que el ser tiene de poder conectar todos los resortes del sistema y lograr una perfecta organización psíquica.

Se ha de suponer que, al poner en tensión directa y conectar esos resortes -figurados, se entiende, puesto que en resumen no son otra cosa que lo que la Logosofía ha llamado “psicoides”, especie de elementos que según su disposición, coadyuvan al mejor desempeño de las funciones mentales- se operará en el ser una visible transformación psicológica, pues como lo estamos diciendo, al utilizarse tales psicoides conscientemente, se favorece el rápido desarrollo de las facultades (psicogénesis), dando ello lugar a que el sistema mental, una vez organizado, con un poder mayor de asimilación, comience un nuevo género de actividades en el más amplio sentido de la palabra, obteniéndose por resultado un rendimiento que podríamos apreciar, sin que haya exageración alguna, múltiple, tanto en las producciones de la inteligencia, como en la labor constructiva del espíritu.

Todo esto no quiere decir que pretendemos desconocer los esfuerzos, bien meritorios sin duda, de los que preconizaron el idealismo y otras teorías similares que consideraban al alma como parte independiente del cuerpo o como rigiendo los destinos del hombre desde un plano opuesto a la materia, al cual llamaban “mundo de las ideas”; pero es el caso, que ninguna de tales teorías ha subsistido a la acción del tiempo, pues fueron desplazándose unas a otras hasta quedar reducidas al presente a simples apuntes de la nomenclatura filosófica que suelen citarse para establecer puntos de referencia de una a otra época cuando se quieren verificar los aportes hechos por los filósofos en sus respectivos tiempos.

No discutimos, por consiguiente, el valor que puedan haber tenido y sigan teniendo para la filosofía o la ciencia las doctrinas o sistemas aparecidos en el curso de las edades, puesto que tenemos al tiempo, que es un árbitro de quien no puede sospecharse cuando a cada cosa que no ha de durar le señala una fecha, significando con ello que pasó de moda o dejó de ser de actualidad.

La Logosofía aspira – y sus buenas razones tiene- a no figurar entre el número de los empeños que han corrido esa suerte, y ésta es la causa por la que cuidamos muy bien de no ofrecer el menor motivo a la posteridad, que habrá de juzgarlos, para que el tiempo no fije fecha a la concepción logosófica del universo y el hombre, pues ella descansa sobre principios que pensamos indestructibles y que por tanto habrán de resistir a la acción del tiempo, aun cuando éste abarque en nuestro concepto, innumerable cantidad de siglos.

Tal fuerza tiene la lógica de nuestras afirmaciones luego de palpar la verdad que asoma por entre los pliegues de la Logosofía, que no dudamos habrá de desvanecer al fin los reparos que puedan hacernos por la contundencia de la forma de expresión que usamos en nuestros escritos, estilo que bien podría considerarse como genuina característica del espíritu americano, gallardo y viril por excelencia.

El gran Tratado de Logosofía que se halla actualmente en preparación, ha de ser, podemos asegurarlo con toda la autoridad que nos concede nuestro alto dominio filosófico y científico, la obra clave del porvenir donde habrán de inspirarse las generaciones futuras, ya que estará llamada a modificar, tanto los viejos conceptos sobre la vida humana como el curso de las investigaciones científicas, y no será nada extraño que podamos asistir a una de las más grandes y estupendas transformaciones que haya experimentado la humanidad en el rodar de los tiempos.

América habrá de ser, pues cuna de una potente civilización nacida al conjuro de heroicos esfuerzos en pro de conquistas supremas, no de tierras ajenas, sino de virtudes y conocimientos que llenarán de asombro a las generaciones que habita el viejo mundo.

Repetimos: no es una utopía; la Logosofía es una realidad que en su oportunidad habrá de experimentarse como una necesidad, para no quedar rezagados en el punto muerto en que hoy se encuentra el movimiento intelectual del orbe.

Conviene tener en cuenta, para no formarse conceptos erróneos y evitar confusiones que a nada conducen, distinguir el triple carácter que inviste la Logosofía; nos referimos a los aspectos, filosófico. (Presentación de una nueva concepción del universo y el hombre; creación de un sistema y doctrina); científico (Descubrimiento de nuevos elementos en la estructuración mental y psicológica del ser humano, con métodos de investigación, disciplinas, documentación, etc.), y artístico (Exaltación de los rasgos más bellos del espíritu humano, de la naturaleza y en síntesis de todo el universo; modelamiento de nuevas formas que se impondrán en el futuro; observación constante de los caracteres más prominentes de la época presente en relación directa con el progreso de la arquitectura, las letras, la pintura, etc., las cuales reúnen todas las manifestaciones del arte en una conjunción de miras e inspiraciones propias de una época que no tardará en manifestarse en el apogeo de una civilización que intuimos habrá de superar con largura a las que nos precedieron en el curso de los siglos).

La línea sinóptica que cada hombre puede trazar en el plano de su vida, auxiliado por los conocimientos logosóficos, le demostrará, pese a todo su escepticismo e incredulidad, que puede ser consciente de su propia evolución y que en él está demorarla o acelerarla al tiempo que lleva buena cuenta de los cambios -notables algunos- que irá experimentando en su beneficio mientras va adiestrándose en el uso consciente de los elementos esencialmente nuevos y de inestimable valor que pone a su alcance la Logosofía.

No se trata de crear un nuevo tipo de hombre, puesto que nada falta a su maravillosa constitución, pero sí de dar a éste los conocimientos necesarios para que conozca lo que sin saberlo posee y se apreste a colaborar así en su propia regeneración y perfeccionamiento. Mucho queda todavía para que aquello que aún permanece manifestado en la creación universal, se proyecte a la conciencia del mundo. También en el hombre existen elementos, sistemas y facultades que permanecerán por milenios ocultos a su conciencia, mientras la ignorancia vele su entendimiento y llene de sombras su existencia.

No nos inquietan, pues, las alternativas que pueden presentarnos los juicios, las críticas y los ataques. Nos guían inalterables anhelos de prestar nuestro particular concurso sirviendo y siendo útiles a toda la humanidad.

Y si esta formal decisión de hacer el bien a todos sin excepción, encontrase las resistencias y reacciones que nunca faltan en estos casos, habremos de utilizar toda la fuerza persuasiva de nuestras convicciones para convencer, sea a quién fuere, de lo infructuoso que sería destruir o forzar tales empeños.

Debe procurarse, y así lo proponemos libres de todo prejuicio, una amplia colaboración entre los hombres de estudio y de talento que persigan análogos fines en vez de perder el tiempo y mermar los rendimientos personales combatiéndose entre sí como si se obedeciera a leyes fatales de carácter destructivo. A ellos van dirigidos también nuestros esfuerzos; a establecer una convivencia mental y afectiva entre los seres, principiando por los que tienen mayor inteligencia, pues estos comprenderán más fácilmente y harán comprender a los demás la necesidad de estimular esa sana relación que habrá de constituir una defensa social poderosa, llamada a triunfar sobre la sistemática oposición de los elementos de tipo farisaico que ambulan por los ambientes provocando disensiones, malquistando los espíritus y sembrando por doquier su nefasta semilla disolvente, antisocial e inhumana.

Este problema es uno de los que más preocupa, precisamente a los gobiernos que sienten la responsabilidad de sus altas funciones. Desde Roosevelt a Ortíz cruza por todo el continente americano la misma palabra: “colaboración”, que todos los presidentes pronuncian en sus discursos y arengas como una consigna suprema. Es que esa palabra significa paz, orden, progreso.

El actual mandatario de la Nación Argentina, en ocasión de inaugurar las sesiones del Honorable Congreso, dijo que debido a “una conjunción complicadísima de factores históricos que han hecho crisis en nuestro tiempo, las sociedades humanas han llegado -sin quererlo- a un estado de desequilibrio, de injusticia y de antagonismo, que ha dividido y puesto frente a frente a las distintas categorías sociales, a los diversos sistemas políticos, a los pueblos y naciones con encontrados intereses y métodos de gobierno”. Hizo alusión también a la cuestión social que tan numerosos conflictos ha planteado “tanto en el campo de la economía y de la política como en el vasto dominio de la vida espiritual” y terminó solicitando la colaboración de todos para realizar la magna labor de gobernante que se propone.

Tales palabras, que están en íntimo acuerdo con nuestra tesis, facilitarán sin duda alguna la labor en común en que estamos empeñados. Ya se verá luego lo que cada uno haya aportado al mundo y serán las obras, como expresión de verdades inconmovibles, las que reclamarán para sus autores una palabra de justicia.

Formulamos estas manifestaciones en una hora propicia, en que se acentúa cada vez con mayor intensidad, especialmente en nuestro continente, la tendencia hacia la colaboración, la conciliación y el respeto a todo esfuerzo noble y de carácter constructivo que dignifique al hombre, pues es respeto lo que éste pide, más aún cuando trabaja y se sacrifica en exclusivo bien de su prójimo. Mientras el sabio -dijimos un día- oculta celosamente sus privaciones y fatigas, muestra con infantil alegría las cosas que ha concluido en paciente labor para que los demás disfruten de los beneficios.

Nuestra palabra llega a la opinión pública en momentos en que la Escuela Raumsólica de Logosofía celebra el octavo aniversario de su fundación. Extendida por todo el continente, es en suma, la primera Escuela, en su género que ve la luz en el suelo de América.

El Nuevo Mundo está replicando ya con ejemplos elocuentes a los estadistas de allende el océano. Y no pasará mucho sin que anuncie también a los filósofos de Europa y Asia, que se ha descubierto en estas tierras el lecho de un manantial filosófico que nada tiene que ver ni absorber de las viejas corrientes de Atenas, Alejandría, etc., ni tampoco de las que inundaron el viejo mundo de teorías, doctrinas o sistemas filosóficos en la Edad Media y en los tiempos modernos y contemporáneos. Ya habrá ocasión de contemplar cómo desde aquellas comarcas que fueron cuna de regias estirpes y varones iluminados, acudirán los hombres a los valles del Plata para abrevar los conocimientos que ellos no lograron encontrar y resolver los múltiples problemas planteados a la inteligencia humana.

Servir a la humanidad, ser útil a los semejantes es -como dejamos expresado-, uno de los pensamientos que animan nuestras horas de labor y de consagración. Ocho años llevamos de brega logosófica. Si no hubiéramos visto confirmarse tantas veces la verdad de nuestras afirmaciones, con seguridad que estas palabras no tendrían la fuerza de expresión que poseen ni hubiésemos expuesto tan abiertamente nuestro pensamiento; pero, por algo lo decimos y volvemos a repetir: la Logosofía dará al mundo las bases para una nueva investigación conduciéndolo hacia nuevos y fecundos descubrimientos.

RAUMSOL

EL FILÓSOFO AMERICANO

Copia facsimilar del artículo original

Facsimilar del Artículo publicado en EL DIARIO de Buenos Aires el 11 de agosto de 1938

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En pro de una Escuela de Educación y Cultura Política

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro “Nueva Concepción Política” (1940)

Como ya ha podido apreciar el lector, no escribo por primera vez sobre estos temas que tanto apasionan a las gentes y mueven el espíritu de las masas de un extremo a otro de la opinión y del sentir.

Me ha preocupado siempre todo cuanto atañe a la vida del hombre, tanto en sus relaciones mutuas con su sentir y pensar como con el espíritu íntimo de la naturaleza que anima su existencia. Mi pensamiento no se ha circunscripto jamás a ningún sector de los que suelen ser preferidos por la inteligencia y a cuyo punto los hombres encauzan sus miras y concretan sus aspiraciones y actividades. De ahí que me interesara vivamente cada cosa que pudiera ser objeto de una observación especial, a fin de aportar, sólidamente afirmado sobre profundos conocimientos de la psicología humana, toda la luz necesaria, pensando que ella podría ser aprovechada con positivos beneficios por el entendimiento común, que tanto necesita ser auxiliado en la maduración de sus precarios juicios.

No debe, por tanto, sorprender a nadie que mi pluma exponga hoy mi concepción política y ofrezca mi concurso desinteresado e inspirado en el más sano patriotismo, al alma de un nuevo movimiento cívico que encarnando el sentir unánime del pueblo argentino, marche con paso firme y seguro hacia la conquista definitiva de los sagrados y supremos ideales de la patria.

Estas manifestaciones que hago con la más absoluta independencia mental, tendrán tal vez una acogida fría y escéptica en los políticos que actualmente descuellan en las filas partidarias y aun en el marco de la vida nacional; pero, también es posible que encuentren campo propicio en los ciudadanos conscientes, que aunque se hallen en altas posiciones no dejan por ello de buscar en medio de la opinión, nuevas voces de aliento, estímulos reconfortantes y palabras sabias que orienten sus espíritus en esas horas inciertas y temibles que aparecen en la historia de los pueblos y que, justamente, en estos momentos nos encontramos atravesando.

El mismo Sr. Presidente de la Nación lo ha dicho en su discurso – programa pronunciado en el Luna Park el 6 de julio de 1937-. “La política no debe ser acción de profesionales que dirijan la vida de los partidos hacia el logro de sus aspiraciones personales”. Y ha dicho más aún; ha expresado en el citado acto que “no es Posible, en la hora grave que vivimos, ser indiferentes a la función política”.

Esta función no es un monopolio del cual sólo han de participar unos cuantos centenares de elegidos. En su expresión más sobria y concordantes con el alma popular, ella debe ser el campo experimental donde el ciudadano pone a prueba sus aptitudes, capacidad y sinceras aspiraciones de ser un elemento eficiente y necesario en la función política de que habla el Primer Magistrado, para el mejor desempeño de todas las tareas que incumben al Estado.

Entre los cursos que forman el bagaje de enseñanza en las escuelas comunes o primarias, figura uno sobre Instrucción Cívica; pero éste no basta para formar la conciencia del ciudadano de mañana.

En noviembre del año 1935 publiqué un proyecto de Escuela de Educación y Cultura Política ([1]) que voy a permitirme insertar para mejor documentar mis preocupaciones en este género de actividades, de las cuales, como ya dije, me he mantenido al margen en el sentido de una actuación personal. Dice así:

“El problema político de los pueblos va tornándose cada vez más insondable a causa del relajamiento gradual que ha venido sufriendo la política. Es hora ya, de que los dirigentes de todas las grandes agrupaciones de esa índole, hagan un alto en su constante batallar por la conquista de posiciones públicas y se apresten, con serenidad y cordura, a hacer una revisión de sus valores, actos y palabras. Nadie ignora que existe un gran desequilibrio entre la masa política y sus dirigentes, pues la primera obedece, simplemente, a las sugestiones de estos últimos.

“Las deficiencias que adolecen los partidos políticos, van ahondando cada día más los resentimientos entre los partidarios de diversas tendencias y éstas son ya lo suficiente visibles a la opinión pública como para que el problema sea encarado decididamente, a fin de conjurar el mal en sus propias raíces.

“Se dirá: ¿En qué forma puede ser realizado ese milagro?

“Los problemas muchas veces dejan de resolverse, no porque sean difíciles o insolucionables, sino porque se carece del valor y grandeza de alma necesarios para encarar las soluciones que el mismo problema invita a adoptar a los hombres.

“Se han ensayado ya muchos sistemas, muchos métodos, e intentado infinidad de reformas que en el orden político pudieran redundar en un cambio favorable para los intereses partidarios; pero, los resultados han sido siempre los mismos, sin que se haya llegado hasta el presente a una conclusión práctica y digna de servir de ejemplo a los demás.

“Es necesario dar al pueblo bases para que no sucumba luego por la falta de recursos técnicos, en el laberinto de las circunstancias que surgen a raíz de sus actividades políticas internas.

“Los partidos políticos se forman unas veces en torno de personas que asumen la dirección de los mismos, y otras, por un movimiento de opinión que agrupa en el vórtice de las aspiraciones comunes, una gran cantidad de individuos aprestados a sostener decididamente sus postulados o ideales políticos.

“Los medios que utilizan los distintos partidos para conseguir prosélitos son harto conocidos y no vale la pena mencionarlos. Se ha visto cómo emerge de la incógnita masa una porción de seres que sin la debida ilustración, experiencia y cultura, son llevados por entusiasmos pasionales a ocupar altas posiciones públicas o representativas. De ahí que se relajen luego los resortes orgánicos que funcionan movidos por constituciones sanas y nobles.

“Esto acontece porque no se ha señalado a las agrupaciones políticas, una norma, una disciplina, una educación esencial para que sus componentes puedan llegar a ser aptos y eficientes colaboradores, cuando la oportunidad requiera de ellos una cooperación patriótica y digna en el seno del gobierno, del parlamento u otras posiciones públicas de estricta responsabilidad.

“Es hora ya de pensar en instituir en cada nación libre, que quiera llegar a altos designios, una Escuela de Educación y Cultura Política, abierta a todos los ciudadanos del país, sin excepción.

“A semejanza de las disciplinas universitarias, esa escuela podría tener un programa de estudios que abarcase hasta el bachillerato en ciencias políticas.

“Con seguridad que se cometerían así menos errores en la selección de los candidatos y se refrenarla un tanto la ambición que tiene la mayoría de los políticos, desde sus comienzos, de llegar a ser Presidente de la República o de ocupar altas posiciones con miras no siempre a la altura de la responsabilidad que tales cargos exigen.

“Establecido un vasto programa que comprendiese los conocimientos indispensables para investir de aptitudes inobjetables a los futuros políticos, la Nación contarla con hombres de carrera, quienes sabrían desempeñarse a entera satisfacción de su pueblo, con lo cual se evitaría el lamentable espectáculo que presenta el panorama político, no sólo en los momentos preelectorales sino y lo que es más sensible en las deficiencias que suelen observarse en las actitudes de los gobernantes, como tantas veces ocurre en la vida de los pueblos.

“Un programa bien definido que orientara en forma clara y precisa el desempeño de cualquier misión o cargo político, constituiría toda una solución al problema que se busca resolver por tantos medios.

“Podrían señalarse como base de la educación y cultura política, los siguientes cursos:

  • Enseñanzas elementales de política. Ética política.
  • Enseñanza parlamentaria. Enseñanza administrativa.
  • Historia política de los pueblos (métodos, reformas, resultados, cte.).
  • Política interna.
  • Política internacional. Urbanismo.
  • Oratoria y propaganda política. Actos electorales.
  • Materias diversas sobre competencia política, etc.

“El cuadro de profesores debería estar formado por políticos de sana reputación, cuyas tendencias fueran de mayor consideración, y de igual modo las mesas examinadoras, prohibiéndose toda referencia partidaria dentro del recinto de esa institución nacional.”

Desde luego, el proyecto expuesto no es más que una simple enumeración de puntos que podrían servir de base para un proyecto definitivo. Sólo he querido sugerir con el planeamiento enunciado, una conducta a seguir con descontadas probabilidades de éxito para el futuro político de la Nación.

Más que nada, la iniciativa tiende a desterrar de nuestras prácticas al comité como escuela política, pues nadie ignora que allí, en esos ambientes viciados por las pasiones, se forman la mayoría de nuestros hombres de Estado y funcionarios de gobierno, con la rémora del lastre caudillesco.

Pienso, decididamente, que es en la cátedra donde el político de buen cuño habrá de hacer obra fecunda, instruyendo a las juventudes más que con discursos fogosos, con aquella prédica sana que abre el alma del ciudadano e inflama sus sentimientos de fervor patriótico, puro y generoso.

Es ahí, en esa Escuela de Educación y Cultura Política, donde el instructor, aparte de guiar a los aspirantes hacia el buen sentido de las cosas que conciernen a la acción pública y privada de los hombres de nuestro pueblo, los llevaría a compenetrarse de los problemas que preocupan al país, estimulando el discernimiento a fin de que cada uno, por sus propios esfuerzos, alcance más tarde a colocar su grano de arena en la obra que cumplen las generaciones para el mayor engrandecimiento de la patria.

Se obligarla así a pensar a los hombres del mañana que aspirasen descollar con méritos en el escenario de la vida nacional, incitándolos al esfuerzo individual, a la iniciativa y producción en materia de perfeccionamiento y manejo prudente y honesto de la cosa pública.

Cuántos elementos valiosos podrían salir de esas aulas y cuántas soluciones se hallarían en ese laboratorio, en el cual la competencia y la selección, en pleno apogeo de una rivalidad moral, habrían de hacer florecer no pocas ideas verdaderamente luminosas en la mente de los que aspiraran a desempeñarse allí donde la Nación requiera sus servicios, que luego ha de premiar llevándolos a posiciones de mayor responsabilidad.

También seria un freno constante para la juventud que quisiese participar en las lides políticas, puesto que la comprensión y capacitación obtenidas por las disciplinas que regirían en esa Escuela de Educación y Cultura Política, predispondrían su espíritu a una mayor conciencia de las situaciones y no se dejaría arrastrar tan fácilmente por la seducción de las deslumbrantes perspectivas que cada posición partidaria presenta a los ojos de los que entran bajo la acción del proselitismo electoral.

El político debe ser, en la verdadera acepción de la palabra, según mi concepto, un hombre dinámico, de inteligencia lúcida, amigo de la investigación y del progreso, de un complejo psicológico resistente a todos los contrastes de la vida pública, principalmente en su acción de gobernante.

Del comité salen a menudo hombres inflados, abúlicos, codiciadores de cargos públicos con altas remuneraciones, pero sólo para mandar, pues les fastidia toda idea de trabajo. Su ocupación favorita ha sido siempre y seguirá siendo, la de charlar; “hacer política”, de lengua afuera; darse importancia con los de abajo y halagar el oído de los de arriba, salvo raras excepciones en que prevalece el espíritu de lucha, de organización, asistido por patrióticos anhelos.

Soy de opinión que la cultura cívica de nuestra Nación, debería alcanzar a los comités, transformándolos en centros respetables de reuniones partidarias, donde los ciudadanos que tomen contacto con sus correligionarios, no se sientan defraudados al advertir una apreciable contradicción entre los pulidos discursos de los candidatos y las toscas palabras y no menos deslucidos modales de los que allí concurren durante las campañas políticas.

Por lo general, los partidos han carecido de ideales fijos o, en el caso de haberlos tenido, éstos se esfumaron no bien triunfaron las fórmulas electorales. Durante más de veinticinco años he escuchado de labios de los más calificados políticos, casi idénticos proyectos y una singular coincidencia en sus pensamientos, expuestos, por lo general, en discursos de circunstancia más que en escritos que contuvieran el resultado de meditados y prolijos estudios sobre los problemas que afectan al país.

Los presidentes argentinos la historia lo testifica han hecho obra de gobierno acudiendo a sus inspiraciones íntimas y orientados por sus propias iniciativas, más que siguiendo rutas, ya que éstas brillaron por su ausencia en los estandartes partidarios.

Sin embargo, pese a todos los buenos propósitos de los gobernantes, pese al clamor público y a las erogaciones inmensas que significan para el país los puestos nacionales, los gobiernos no han podido quebrar esa resistencia, activa y pasiva a la vez, tenaz y abrumadora, que ofrece la demagogia, inseparable compañera de la burocracia.

¿Quién la fomenta? El mismo nombre lo dice: empleos públicos. He ahí el ideal único e insustituible detrás del cual han marchado hasta hoy las multitudes como rebaños al redil. ¿Qué ciudadano no se siente atraído y con derecho a ocupar esos puestos de pocas horas de trabajo y sueldos crecidos?

Cuando el Estado exija un mayor rendimiento a los empleados públicos, haciendo primar la competencia a la cuña política, se habrá dado un gran paso y más de una repartición se verá raleada de escribientes y mejor atendida por los que supieran entender sus obligaciones. Pero con harta frecuencia vemos que los jefes de grandes reparticiones, como los gobernadores de provincias, plagan de parientes el Presupuesto, y si algunos puestos les sobran, los reparten entre los caudillos que palanquearon sus candidaturas o les sirven de dóciles instrumentos para su manejos administrativos o políticos.

No hay duda que con mal disimulada sorna, dirán los aludidos que “la caridad empieza por casa”. olvidando que en este caso crean de hecho una situación incómoda y peligrosa a la moral pública e infligen un serio agravio a la economía o erario, ya que no tenemos aquí castas privilegiadas a quienes les esté concedido el derecho exclusivo de gozar y explotar el patrimonio nacional. Y si todo ciudadano tiene idénticos derechos, resulta que de tal postura deriva una disputa interminable, pues cada “mandón” que asume una jefatura de esa jerarquía, hace suya la máxima y manda a paseo a los familiares y favorecidos del que le precedió. Errores de nuestras prácticas políticas que ni las lecciones del pasado ni las experiencias del presente han logrado aún extirpar de raíz.

No se concibe, pues, en la Argentina por lo menos, que el proselitismo tenga algún éxito si no es en base a ofrecimientos, ventajas inmediatas, promesas que sugestionan; de ahí que entre los pliegues que dibuja la sonrisa irónica de los “generosos” distribuidores de puestos, se deje entrever a los votantes la perspectiva de acercarse al, “palenque” y beneficiarse con la influencia de los caudillos.

Ese apego febril de las masas ciudadanas, hasta cierto unto estimulado por los caudillos, a cifrar todas sus esperanzas en la Administración Nacional, de la que por años, a expensas de ella, hacen su modus vivendi perjudicando, indiscutiblemente, los intereses de la patria esa misma que a pleno pulmón y en ardiente prédica política declararon defender y engrandecer -, no existiría si los gobiernos se preocuparan de dar al ciudadano otra cultura, otra instrucción o preparación, la que haría de él un hombre a  o para desempeñarse en las múltiples labores que le ofrecen diferentes medios de ganarse honradamente el pan. ¿No es, acaso, una vergüenza que la mayoría de los comercios prefieran empleados extranjeros a los hijos del país? ¿Por qué el ciudadano argentino encuentra más difícil la vida que cualquier extranjero, gozando éste de prerrogativas que se le niegan a aquél? Es que al argentino le falta, en este caso, lo que, por lo general, le sobra al extranjero: capacidad y disciplina. En cambio, abundan en él la pretensión, la exigencia y la despreocupación por los intereses de la casa donde trabaja.

Un escaso porcentaje de jóvenes se inclina por el aprendizaje de oficios o especialización en las diversas ramas de la actividad común. Con excepción de los que siguen alguna carrera, los demás, mayoría siempre, abandonan sus estudios y si no tienen parientes o amigos influyentes que les aseguren un puesto dependiente del Presupuesto, comienzan su odisea en busca del mismo, llevando recomendaciones de un lado a otro, hasta que al fin, “si la buena estrella” no los abandona, encuentran alguna ubicación; de lo contrario, terminan por convencerse de que la vagancia es perjudicial para la salud y el porvenir.

Todo esto y cuanto al respecto vengo diciendo, evidencian la necesidad ineludible de crear una Escuela de Educación y Cultura Política, que, bien regida y con las exigencias del caso, prepararía el alma ciudadana creando aptitudes dignas y aspiraciones más justas sobre las cuales las juventudes habrían de labrar su porvenir y el de la patria. La burocracia y la demagogia recibirían un rudo golpe y la argentinidad, un enorme beneficio.


[1] Artículos y Publicaciones. (Recopilación) (1937)

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Problemas sociales

 Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 13, enero de 1942

Uno de los problemas que más han preocupado y preocupan a gobiernos, estadistas y hombres de estudio, es el de la situación económica del empleado y del obrero.

El gobierno de nuestro país busca orientar la solución hacia el ahorro, y últimamente ha sancionado un proyecto de ley de préstamos a los empleados que atendieran una repartición del Banco de la Nación. Pero, aun cuando crin ello se creyese aliviar la creciente dificultad económica al trabajador de escritorio, de la industria y el comercio, fundando grandes instituciones destinadas a su estímulo, nada se logrará si el mal no trata de curarse eliminando las causas que lo provocan.

A nuestro juicio, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.

La mayoría gasta cuanto tiene y aun lo que no tiene, sin llevar el menor control de sus posibilidades ni de sus expendios. Esto ocurre porque de todo se enseña al hombre en su juventud, menos a saber administrarse a sí mismo. ¿Cómo puede, entonces, manejar inteligentemente su sueldo o jornal y cubrir honestamente sus necesidades sin tener que recurrir a medios que en vez de solucionar gravan más su situación?

El hombre apremiado por las deudas, difícilmente coordina su pensamiento sobre la base de un reajuste de su conducta o su manera de pensar. Generalmente confía en el azar o busca que otros le resuelvan sus necesidades.

Estimamos que deberían crearse cursos especiales destinados a proporcionar a la inteligencia del empleado u obrero las normas a seguir para organizar las economías domésticas. Nadie ignora que los salones de cine y teatro, los ambientes de diversiones, los clubs, los restaurantes y cafés, están siempre llenos de empleados y obreros.

Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.

A propósito, es bueno recordar lo que hemos observado en alguna gente trabajadora, del extranjero. Si el sueldo que recibe es, supongamos, de ciento sesenta pesos, indefectiblemente coloca sesenta en el Banco y vive con el resto, haciendo de cuenta que ése es su sueldo. Todo aumento de los haberes es para satisfacer sus necesidades, pero aquello que todos los meses destina previsoramente, es para ella algo sagrado y bajo ningún concepto modifica ese criterio, tanto que cuando se le oye hablar de sus entradas, manifiesta que son de cien pesos, por ejemplo, y no ciento sesenta. Luego de. un cierto tiempo la vemos dueña de un terreno, y más allá, edifica su casita.

En el obrero o empleado nacido en el país, sucede lo contrario. Si gana ciento sesenta pesos gasta sesenta más, pues jamás le alcanza para sus necesidades. Prueba evidente es ello, de que no sabe arreglar su situación económica conforme a sus posibilidades.

La estadística de quebrantos económicos de este tipo de trabajadores demuestra que la mayoría son consecuencia del abultamiento de gastos superfluos, y los menos,  por desgracias familiares.

Se ha de tener también presente, que siempre se ha creído que a medida que el jornal o el sueldo aumenta, el favorecido debe aparentar ante sus relaciones un género de vida más pomposo. Este es otro error que luego tiene que purgarse corrido por los apremios.

Conceptuamos, pues, que no existe el sentido de la verdadera ubicación en el criterio de cada uno; por lo tanto, pensamos cuán urgente es instruir al obrero y empleado sobre cómo puede y debe financiar sus recursos, a fin de que éstos le sean suficientes y aun excedan a sus necesidades.

De no llamarse a la realidad a quienes constantemente se quejan de sus salarios, continuarán produciéndose las inevitables exigencias y reclamaciones de aumento de jornal o sueldo, con sus posibles derivaciones en huelgas o malos cumplimientos.

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El problema social es la preocupación básica de la hora actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 53, mayo de 1945

Todo cuanto se escriba de ahora en adelante, tendrá inevitablemente que estar influenciado, directa o indirectamente, por los grandes acontecimientos que conmueven al mundo en la hora actual. Parecería como si esta guerra, que más que ninguna otra asoló a tantos pueblos y trastornó el orden y la economía mundial, hubiese dividido en dos la historia de la humanidad. Se dirá así que todo cuanto constituyó letra viva y ley para los hombres hasta el año en que comenzó el conflicto bélico, es algo que perteneció al pasado, a una época en que la vida se desenvolvía en una forma, si no real, por lo menos aparentemente armónica dentro del juego de las actividades humanas, y que la guerra, al conmover hasta los cimientos de la civilización y desorganizar en gran parte el orden existente, creó nuevas situaciones y nuevos problemas, que la postguerra deberá afrontar.

Uno de ellos, cuya importancia nadie desconoce, es el problema social, designación ésta que se aplica habitualmente para significar cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre.

Sabido es que tal preocupación ha existido hoy como ayer y existirá siempre, porque, pese a la buena voluntad de todos los que bregan por el bienestar de los obreros y de la clase pobre, y pese a las numerosas mejoras que se logran para ellos, hay algo que siempre queda sin solucionar; ese algo que a nuestro juicio es el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz: la indiferencia con que los que son ayuda dos reciben las mejoras que se les brinda. Consideran, casi podría decirse, sin excepción, que cuanto se hace en pro de sus condiciones de vida, de sus salarios, es una obligación, un deber de quienes se lo confieren. Y esta creencia tan arraigada en sus espíritus, por lo general de corto alcance, hace que subsista el problema sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido; y corresponder al bien recibido debiera significar para ellos un mejor comportamiento en la sociedad, y no como sucede a menudo, que cualquier mejora obtenida es considerada una conquista, error éste que los lleva a acentuar en su ya crónico disconformismo, un estado de rebeldía que luego, como se ha visto en otras épocas, cuesta mucho dominar.

Existe en todas las clases sociales, pudiente, media y obrera, un criterio totalmente antagónico acerca del llamado problema social y todos aquellos otros que afectan a la sociedad humana, siendo ésta la causa de que tales problemas queden siempre sin solucionar. Pensamos no equivocarnos si decimos que tal disparidad de criterio es asimismo lo que promueve las tantas desavenencias entre el capital y el trabajo (Ver “Logosofía” N° 23, “El capital no existe”).

Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general, a aquellos que en todas las horas del día, en sus despachos y fuera de ellos, mantienen una constante atención sobre sus deberes y responsabilidades.

Esto representaría el logro de todo un desiderátum. Sería haber creado una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva.

Cada mejora social debe implicar para la clase obrera una mayor responsabilidad en el sentido de regular su vida conforme lo exijan las necesidades y perspectivas generales. Esto acontece, como es sabido, pero en muy pequeña proporción, en esos seres que dentro de sus ocupaciones diarias se interesan por superarse, haciéndose cada día más competentes en las funciones que desempeñan. Nadie puede negar que muchos obreros llegaron a escalar altas posiciones en su trabajo, pasando de simples obreros a capataces, de capataces a inspectores, luego a jefes de repartición, y por último a patrones, todo en mérito a sus esfuerzos y capacitación.

Obreros que así se distinguen, abren con su ejemplo el camino a los demás y muestran, a la vez, que ningún ser humano es impedido de mejorar su situación económica y social, si por su parte se hace acreedor a ello, consagrando sus horas en perfeccionar sus aptitudes para los trabajos que desempeña o aspira desempeñar. Estos son los que saben conservar por sus propios medios lo que fue el fruto de sus afanes y de sus previsiones. ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que cumplida la hora de trabajo se despreocupan totalmente de todo deber para con la sociedad y para consigo? ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que merced a la preocupación oficial o privada lograron tener más de lo que toman y luego nada hacen por conservar lo adquirido y por corresponder a ello con el esfuerzo personal que muestre signos cabales del mejoramiento propio?

Feliz será el día en que esto ocurra; en que las clases obreras puedan vivir una vida digna y holgada; pero, repetimos, esto nunca habrá de alcanzarse si en ellas no surge una amplia y verdadera comprensión de sus deberes y responsabilidades para con la sociedad, que, sin excepción, a todos incumbe. Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo.

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Testimonio de una colaboradora de González Pecotche: Luz Elena Geis López

Nota de la Redacción: Luz Elena Geis López ingresó como estudiante de Logosofía muy temprano, en febrero de 1934, en los primeros años de la actividad logosófica en el Uruguay. Al comienzo de marzo de 1944 viajó a Buenos Aires para trabajar al lado de González Pecotche en labor de secretaría, experiencia excepcional que compartió con otros muchos estudiantes, asistiendo a la labor docente de Raumsol desde diversos ángulos de su intensa actividad. Muy pocos tuvieron esa oportunidad por tan largos y productivos años, que en el caso de Luz llegó a casi veinte años consecutivos. He aquí una breve semblanza del filósofo que nos ocupa y alguna de sus impresiones de esa labor sostenida en el tiempo por tantos años.

Recordando especiales vivencias

Conocí a un ser humano excepcional, dotado de las mejores y más bellas condiciones. Claro está que sin duda hubieron y habrá seres con las mismas posibilidades, pero a quien me estoy refiriendo es al filósofo, pensador y educador argentino Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol), quien a ello agrega su permanente preocupación de trabajar incansablemente por el bien de a la humanidad.

Para ello fundó en la ciudad de Córdoba, Argentina, el 11 de agosto de 1930, una Escuela de “adelanto mental”, llamada hoy “Fundación Logosófica, en pro de la superación humana”, donde cada individuo puede ser el forjador de su propio destino, experimentando la felicidad de sentirse capaz de modelar su propia vida conscientemente.

No solo fundó esa escuela de pensamiento, sino que la dirigió con suprema maestría hasta el 4 de abril de 1963 en que falleció. Tuve el privilegio de trabajar junto a él por largos años, casi veinte, hasta ese último día que cumplió, como siempre, su intensa actividad.

En todo ese tiempo de colaboración cercana, tanto mía como de muchos otros discípulos, pudimos comprobar su comunicativa forma de ser, mostrando que no gozaba de ningún privilegio, que, como a todos sus semejantes, se le presentaban dificultades y luchas que enfrentaba con gran entereza, constituyéndose en ejemplo de lo que enseñaba, que la adversidad debe encontrar a un valiente para vencerla.

Afable, bondadoso, correcto en su trato, con la mejor disposición de atender a quien se lo solicitara: discípulos, amigos, conocidos, o su propia familia (esposa, hijo, suegra, nieto, etc.), encontraban en él la palabra oportuna, siempre constructiva.

Como jefe de hogar mostraba su preocupación por el bienestar de los suyos. Su único hijo, que padecía su misma afección respiratoria que todos conocíamos, en muchas circunstancias requería su preferente atención, que como padre se la brindaba con acendrado amor, siempre acompañado con el esmero que su esposa, como madre amorosa, aportaba para aliviar la inquietud que les producía a los tres la amarga dolencia.

Su doctrina, de alta docencia, estimula en toda su amplia producción, tanto escrita como oral, a la superación individual a fin de que cada cual la asimile como motivo primordial del propio existir, lo que se va logrando mediante la sensatez con que se encara el cotidiano quehacer.

Me gusta recordar las horas, meses y años de intenso trabajo en un ambiente de plácida alegría, propicio para que ese trabajo se realizara en la mejor forma posible y sentir que aporté algo a la tan digna labor de proponer el mejoramiento del ser humano, única forma de alcanzar la tan ansiada paz para toda la Humanidad.

Luz Elena Geis Lopez –  Montevideo, 20 de octubre de 2010

Epílogo.

Al momento de esta publicación (enero de 2012), Luz vive en Montevideo y ya aproximándose a sus 100 años de edad, aún participa con entusiasmo, jovial alegría y plena lucidez, en los núcleos de estudio de la Fundación Logosófica del Uruguay.

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En Defensa de la Moral Social

Publicado por González Pecotche, en El Heraldo Raumsólico N° 42  (febrero de 1939)

Cuantos esfuerzos se hagan y cuanto se diga en defensa de los derechos humanos y la moral social será poco,  pues nadie ignora cuanto se ha resentido en nuestros tiempos el respeto común que fuera la piedra angular del edificio social.

Ello es debido a que muy pocos se toman el trabajo humanitario de defender la integridad del cuerpo cuando éste es atacado en cualquiera de sus partes. Es que para realizar tan valiente actitud se requiere autoridad, prestigio, méritos de indestructible esencia.

Existen, empero, muchos medios de defender la sociedad y no se irá muy lejos si se advierte que un gran paso se daría si los mismos que la componen fueran más humanos, vale decir, si hubiera tan sólo más piedad en las almas.

En efecto  la sociedad humana ha ido carcomiendo poco a poco durante siglos sus propios valores; diremos más, su propia naturaleza de entidad moral. De ahí ese caos, esa descomposición social que amenaza con destruir la civilización del presente. ¿Y todo ello porqué? ¿Cuál es la causa a la cuál pueda señalársele de autora de semejante infortunio público? No nos equivocaremos muy lejos si decimos claramente que a las injusticias que comete el hombre se deben las aflicciones que luego han de padecer unos y otros en el conjunto de las relaciones sociales.

La moral humana, es decir la del hombre, sufre hora tras hora el ultraje de sus semejantes. Parecería como si no pudiesen vivir sin calumniarse, sin difamarse los unos a los otros, o por lo menos admitir éstos de aquellos cuantas falsedades hagan circular las malas lenguas con la evidente mala intención de atentar contra la moral de su prójimo. Pero es el caso que nadie está exento de semejante agravio, y cuando menos lo piensa el que con sonrisa siniestra, menosprecia al injuriado creyendo con entera facilidad y hasta con hipócrita compasión los chismes del perverso, se ve de pronto frente a otros que sienten frente a él, idénticas sensaciones de “piedad”. Entonces vienen las sorpresas, las solícitas explicaciones, los asombros…

El cobarde huye siempre protegido por las sombras de su anonimato, pero salpicando por todos partes su repugnante baba, contagiando a los débiles que luego repiten sus infamias.

En todos las épocas operó como un cáncer de la sociedad, una secta, que a poco de comenzar sus actividades siniestras era descubierta por alguien que daba el toque de alarma y por más esfuerzos que hubiera hecho en ocultarse, acababan por ser conocidos todos esos individuos indeseables que la gente culta repudiaba por constituir un atentado contra las buenas costumbres y probidad de la familia humana.

Ésa secta, que al fin de cuentas es como una mafia con diversos barnices, se compuso siempre, como en nuestros días, de sujetos llamados fariseos. Los de hoy descienden de aquellos renegados que cometieron el crimen del Gólgota; los de ayer provenían de las primeros hundidas que tuvo la humanidad.

Usan falsos títulos de “doctores”, “ingenieros” y “arquitectos”. Su manera de obrar, la amenaza, la extorsión, la defraudación y cuanto delito puedan cometer a fin de satisfacer todas sus inconfesables bajezas, llegando a utilizar a sus propias mujeres para el logro de prebendas o sobornos degradantes a fin de salir impunemente de las redes de la justicia cuando son llevados a ésta por alguna de sus víctimas.

En los momentos actuales está ocurriendo algo de eso. Ya hemos dado a publicidad una serie de hechos que constituyen todo un peligro para la sociedad.

Observamos que al principio hubo mucha indiferencia. Se pensó que esa gente actuaba movida por algún interés mezquino y los hombres se encogieron como de costumbre, pero, los que con tanto ensañamiento pretendieron enlodar nombres honorables no era por simples causas de encono, sino porque la Obra que realiza la Escuela Raumsólica de Logosofía, empeñándose en dar  al hombre las defensas mentales que tanto necesita, les descubría sus estigmas vergonzosos y ese fue el origen de la campaña difamatoria que llevaron encarnizadamente contra la misma y su fundador con los tristes resultados para ellos, que hoy puede apreciar cualquier persona inteligente y sobre todo bien intencionada.

Si alguna satisfacción muy íntima hemos tenido de las innumerables que conquistamos en la lucha contra esos entes del mal, sobre toda en estos últimos meses,  fue la de estrechar tantas manos amigas y sinceras, y la de anotar como rasgos de alto significado, los generosos ofrecimientos que se hicieron y que la mayoría no se aceptaron pensando que ellos no serían ya necesarios para derrotar y aplastar definitivamente a quienes tan injusta como ignominiosamente las atacaron llegando hasta fraguar planes para consumar atentados incalificables.

Sean, pues, estas líneas el modo más elocuente que se le ocurre a nuestra pluma, fiel intérprete de nuestros pensamientos, para expresar a todos los que desinteresada y generosamente nos brindaron su colaboración y pusieron a nuestro alcance sus valiosos servicios y sus mejores empeños.

 

Fenómenos

A un Maestro un importuno le pedía
.. que le mostrase su sabiduría
con espectáculos “sobrenaturales”
¡A tantos les sacó de sus cabales
buscar esas groseras invenciones
que revelan las degeneraciones
en que cayeron sujetos ya famosos
buscadores de mediums y de histriones!
Preguntó el Maestro: ¿Estáis ansiosos
por ver un fenómeno, realmente?
Sí, contestó el curioso impertinente
y con él la divertida concurrencia
que quería gozar de la experiencia.
Le ordenó al personaje: Bien. Paraos.
Manteneos muy firme… Ahora quitaos
la corbata… el cuello.., la camisa…
y al revés que pongáis, ya se precisa,
los bolsillos de vuestros pantalones.
Paso a paso siguió las instrucciones
cumpliéndolas estrictas el cuitado.
Pensaba en su pedido, entusiasmado
por la magna visión que alcanzaría…
¡y en su afán por ver, ni ver podía
su ridícula y triste catadura,
fruto de pretensiones imprudentes!
Mostrando el personaje y la figura
en que quedó tras tanto prolegómeno,
el Maestro les dijo a los presentes:
Tenéis ante los ojos… El fenómeno
      * * * * * * * * * * * * * * *
El torpe aventurero que se lanza
En pos de una quimérica esperanza
Pierde de la razón el firme báculo
Y al querer estaturas que no alcanza
Se convierte a si mismo en espectáculo.

¿Por qué triunfa la Logosofía?

1) Porque en estos momentos de desorientación universal posee una  ruta definida e inconfundible; porque en esta época en que todo el mundo pregunta, ella responde.

2) Porque no exige creencias ni implanta dogmas; porque concilia la sagrada libertad de pensar con la imprescindible disciplina del conocimiento.

3) Porque reabre las perspectivas del espíritu y restaura su jerarquías, casi ahogadas bajo el peso de ideologías brutales e instintivas.

4) Porque dirige su enseñanza en derechura al proceso de la vida humano, sin generalizaciones, ambigüedades ni literatura; porque trabaja sobre la realidad humana y no sobre esquemas imaginativos o teóricos; porque trata la psique humanamente, tal cual es y no tal cual fue hace veinte siglos, o tal cual debiera ser o tal cual se cree que será dentro de muchas épocas.

5) Porque sólo puede aprenderse en forma experimental, a través de comprobaciones sucesivas, de manera que no deja lugar a las dudas, confusiones, titubeos, quimeras, y otros vástagos de la incertidumbre, que representan tan graves pérdidas de tiempo en  el común de las vidas humanas, cuando no la pérdida de la vida entera. –

(El Heraldo Raumsólico, 1939)

 

 

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González Pecotche Demócrata y Humanista

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista

Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999

(Impreso en talleres Multicolor Limitada – Noviembre de 1999)

Palabras liminares

El propósito de este trabajo es contribuir a la difusión del Pensamiento del filósofo americano González Pecotche, referido a su concepción política y humanística.

Teníamos “in mente” un esquema previo: el de estudiar por separado la condición de demócrata y la de humanista del citado pensador. Pero al ponernos a trabajar sobre el tema, muniéndonos del material logosófico que estuvo a nuestro alcance, vimos que ambas condiciones o facetas se presentan tan estrechamente unidas en González Pecotche, que nos resultó, a nosotros, imposible disociarlas.

Sin la preparación académica ni la especialización que reputamos necesaria para abordar el tema con la debida capacidad analítica, ante un pensamiento tan profundo y diverso como el de González Pecotche, estimamos sí que nos habilita a aproximarnos a él nuestra antigua e ininterrumpida vinculación, ya que Nueva Concepción Política, su obra del año 1940, llegó a nuestras manos cuando cursábamos el bachillerato, época en la cual nos incorporamos como miembro activo de la Obra Logosófica y en la que hoy permanecemos, continuando nuestros estudios logosóficos.

Digamos también que nuestra extensa actuación en Enseñanza Secundaria como profesor de Educación Cívica, nos ayudó a poder concretar este trabajo.

CAPITULO I

Concepción de la Democracia

1.-El régimen democrático
2.- Posición ante las izquierdas y derechas.
3.-Capital Cultural y Estado.
4.- Fuerzas poderosas luchan en el ambiente mental del mundo.
5.- El rumor público: función de la prensa.

1.- El régimen democrático.

Nueva Concepción Política es la obra que, publicada en el año 1940, don Carlos B. González Pecotche dedicó a los argentinos. Su contenido trasciende las fronteras de su patria y en ella encontramos conceptos de validez universal.

“La soberanía política sólo es posible cuando está basada sobre el imperio de las leyes, el respeto a la Constitución y la armonía de los intereses del Estado con los del pueblo.”

La libertad, “que sólo es posible dentro de la estructura democrática del Estado, no debe ser confundida con la licencia y el desquicio. Se impone una democracia política con contenido económico y social, cuya verdadera esencia está en la igualdad de oportunidades y en la supresión de los predominios de grupos; pero no una democracia blanda y vacilante que tolere en su seno los gérmenes disolventes de la demagogia y de la dictadura. No. Se hace toda una necesidad el propiciar una democracia en la cual se asegure, sobre la base del sufragio universal, secreto y obligatorio, la jerarquía por una correcta selección y se apoyen gobiernos que al representar auténticamente la soberanía popular, establezcan una inquebrantable y férrea garantía de paz, orden y progreso. Una democracia que no constituya un término medio entre los extremos de derecha e izquierda, sino una estructuración institucional cuya autoridad legal emanada de la soberanía del pueblo garantice el enérgico control de las actividades de la Nación. El imperio omnímodo, indiscutible y absoluto de la ley deberá regir tanto la actividad de los pueblos como la de los gobiernos surgidos de su seno.”

“Concibo una democracia enérgica y activa, capaz de llevar a cabo, sin las demoras que tanto perjudican, verdaderas obras de progreso, que corrijan los males y errores que carcomen la esencia de las instituciones convirtiéndolas en estériles armazones que luego no sirven, como debieran, para amparar los derechos e intereses de la población.

“Concibo una democracia superior en sus destinos, que estimule y aúne el esfuerzo de los ciudadanos por obtener la más alta expresión de la nacionalidad en el conjunto de los perfiles que se destaquen en los respectivos órdenes de las actividades humanas, en contraste, precisamente, con las democracias débiles, que aíslan a los sabios, dispersan el esfuerzo individual y son indiferentes a los adelantos e iniciativas de los que trabajan y luchan confundidos entre la multitud, por más que sus figuras estén por encima de la conciencia vulgar.”

“Concibo una democracia generosa y recta, que encuadre las perspectivas ciudadanas en un área de comprensión común, reprimiendo el abuso y el egoísmo mientras propicia toda labor constructiva que tienda al bien general, en especial las que con mayor relieve señalen los rasgos más prominentes de nuestra cultura nacional, como manifestación o muestra del espíritu que encarna una naciente civilización.”

“Concibo una democracia perfeccionada, que se mantenga fiel y firme en sus principios soberanos, que elimine la corrupción y el fraude y sostenga el imperio del derecho y la justicia.”

“Y, por último, concibo una democracia fuerte, que ordene la vida de la Nación bajo sabias normas; que conciliando la libertad y el derecho con los deberes y obligaciones del ciudadano, promueva en el espíritu popular sanas reacciones que coincidan con las directivas del gobierno, de modo que cuando éste haga un llamado a la opinión, encuentre siempre en ella apoyo y aprobación unánime.” [1]

Partiendo del concepto de soberanía política, asentada sobre la base del sufragio universal, secreto y obligatorio, debe dársele un contenido económico y social. Sostiene el principio de la igualdad de oportunidades y preconiza la supresión de los predominios de grupos.

La Democracia debe ser firme sostenedora del imperio del Derecho y la Justicia, a la vez que, paralelamente, debe eliminar la corrupción y el fraude.

La Democracia no tiene porqué ser un régimen débil, indeciso, infecundo; por el contrario, tiene que constituirse en un régimen enérgico y activo.

Por otra parte, vemos que quedan contemplados los tres aspectos de la Democracia: el político, el social y el económico.

En suma: registramos que los conceptos políticos de González Pecotche, vertidos en su ya citada obra del año 1940, mantienen rigurosa actualidad.

2.- Posición ante las izquierdas y derechas.

 Al asumir la Dirección de la Revista Logosofía, en enero de 1941, González Pecotche definió su posición en estos términos:

“…la Dirección de LOGOSOFIA declara su absoluta prescindencia de toda ideología política y social, como asimismo, que no está limitada por ningún dogmatismo y que mantendrá una equidistancia inalterable de las llamadas izquierdas o derechas.

“Su posición queda así plenamente definida, pues prefiere ocupar el centro y ser consciente de hallarse en el medio regulador que gradúa el equilibrio y hace posibles las relaciones pacíficas entre los hombres.

“Sentado lo que precede, la Dirección se ve en la necesidad de destacar que lo manifestado no quiere significar que se abstendrá de exponer su pensamiento crítico sobre todo aquello que merezca de un modo o de otro, su atención, ya que sus preferencias habrán de estar siempre condicionadas al objetivo expresado, en bien y utilidad exclusiva del semejante.” [2]

La claridad de la definición política e ideológica que antecede nos exime de todo comentario.

3.- Capital Cultural y Estado

En Nueva Concepción Política, González Pecotche afirma que:

“La existencia de los capitales privados hace posible a los pueblos ser libres e independientes, y constituye la base de toda sociedad bien organizada.”

Sostiene además, que las democracias podrán “existir mientras existan como símbolos del progreso, el capital y la cultura; es decir, mientras el Estado respete el capital público y privado y facilite su libre desenvolvimiento, y en igual forma cuanto respecta a la superación de los valores humanos en la más alta expresión de una verdadera cultura integral.” [3]

Queda bien patente, nos parece, el propósito humanista en el pensamiento político de González Pecotche, lo cual se concretará particularmente en el título “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente” y cuando nos refiramos específicamente al concepto logosófico sobre humanismo (Capítulo VI).

4.- Fuerzas poderosas luchan en el ambiente mental del mundo.

En 1943, González Pecotche escribió sobre las causas reales y esenciales que generan corrientes mentales extremistas.

Extraemos algunos conceptos:

“No podrá haber paz y concordia mientras no se reafirme definitivamente en el espíritu de los hombres, sean del país o de la raza que fueren, el principio fundamental de la libertad individual, que hace posible el mantenimiento de la dignidad humana y permite el libre desenvolvimiento de la inteligencia para los altos fines del progreso y la evolución de los pueblos.”

Advierte que el peligro contra ese principio fundamental, “está en que los pensamientos de absolutismo se manifiesten y cobren forma en la mente de los que circunstancialmente se hallen en el poder”, sea político, económico, religioso, etc., ya que en esas posiciones circunstanciales ocupadas por el hombre, “pueden ocurrir cambios de pensamiento que decididamente alteren las perspectivas de libertad individual que hasta el momento de reproducirse tales cambios se disfrutaba” (los destacados nos pertenecen).

En otra parte del mismo artículo, se expresa: “El imperialismo, el comunismo, el nazismo, el fascismo, la democracia, el socialismo, luchan denodadamente por conquistar en el ambiente mental del orbe un puesto prominente, y si a es­tas corrientes agregamos las luchas de razas, de religiones y en menor escala los enconos y los desafíos partidistas de cada po­blación, fácilmente se comprenderá que la congestión mental es de todo punto grave y difícil de conjurar.” [4]

Sentimos que el hombre del siglo XX, que ya fenece, y con más razón del siglo XXI, con el perfeccionamiento constante de los medios de comunicación y su extensión masiva, no puede permanecer indiferente ante esa “congestión mental” a que alude González Pecotche. Es muy fácil ser atrapado por la misma.

Respecto a tan delicadas cuestiones, no podemos omitir la mención al formidable aporte de la Concepción Logosófica, cuando refiere a las defensas mentales del hombre, que enseña a instituirlas en diversos campos y que sale al encuentro del estado de desamparo mental en que pueden encontrarse los seres humanos. [5]

(En el siguiente título, hacemos referencia a los procesos formativos de la opinión pública, de tanta incidencia en el normal funcionamiento de los regímenes democrático-republicanos).

5.- El rumor público: función de la prensa.

 “La opinión pública es, fuera de toda duda, el pensamiento de más rigurosa actualidad que agita y preocupa a la mente de los que habitan un país. Pero esa opinión, antes de ser pública es privada; es el criterio que cada uno elabora en relación a su capacidad. De ahí que al volcarse en la calle se complemente con la de los demás. Estas ideas se discuten y de ellas queda luego, como resultado, el sedimento útil y constructivo de una realidad que, como necesidad, es aceptable por la mayoría. Cuando las reacciones del entendimiento son muchas, al tamizarse el elemento en discusión, la idea es expulsada con desconformidad de la mente pública, o sea de todas las que expresan tal repulsión.”

“…Acontece así que el comentario público corre de un lugar a otro como una bola de nieve, tomando cada vez mayor volumen aquello que comenzó siendo una simple opinión. La gente común va tras el relato a media voz colmo las moscas tras el azúcar, salvo una leve diferencia: en la gente la curiosidad es insaciable…”

“¿Qué fuerza, pues, puede frenar esa corriente desbordante del comentario público, que tanto daña la tranquilidad espiritual de un pueblo?”

“La prensa, y sólo la prensa, es la que puede neutralizar esa licencia callejera; la que puede poner dique a ese desborde analizando con fría serenidad el asunto que dio pie al comentario y ofreciendo al público, que sabrá así a qué atenerse, su juicio bien madurado y bajo la garantía de su seriedad.”

“Se ha dicho, y con razón, que la prensa es una de las tribunas más dignas del pensamiento humano, porque es en esa tribuna donde pueden concurrir todas las ideas para su libre discusión. Ya se ha visto cómo en aquellos países que hicieron callar esa voz de la conciencia pública, brotaron y recrudecieron los males por todas partes. Parecería como si la libertad que se privó a aquéllos, se prodigó con la mayor liberalidad a las corrupciones de pensamiento, ya que éstos, sin temor de que fueran denunciados sus vicios, hacían a su antojo cuanto puede ocurrírsele a una mente en sus vehemencias y discrecionalidad.” – Marzo 1944 [6]

González Pecotche enaltece, en varias publicaciones, la función de la prensa, en cuanto formadora de la opinión pública.

Aquella vieja definición de los sistemas democráticos como gobiernos de opinión, pone de relieve la importancia de este tema. Parece apropiado recordar que hay que observar cuidadosamente los procesos formativos de la opinión pública en general y la opinión política específicamente.

Todo se desarrolla en el plano mental y es altamente conveniente que el pueblo sepa captar el origen y la finalidad de las corrientes mentales que surcan los ambientes nacionales e internacionales. Esto resulta vital, nos parece, para la buena salud democrática de una nación.

Reiteramos nuestra alusión al conocimiento logosófico sobre las defensas mentales en el hombre, conocimiento que impide que sea absorbido por la masa “que lo aglutina en exóticas ideologías o en la dialéctica fascinante de la demagogia”.

Cabe deducir de las palabras de nuestro pensador, que la ciudadanía debe equiparse –mentalmente hablando- de modo adecuado para ser consciente de esos procesos formativos de la opinión pública.


Adelanto de los próximos capítulos a publicar.

 Capítulo II – Los totalitarismos

1.- Los extremismos mentales.
2.- Democracia y extremismo.
3.- “La bondad de un régimen se prueba por la consistencia de sus principio”.
4.- El triunfo de la Democracia.

 

Capítulo III – Las libertades

1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.
2.- “No deben cercenarse derechos que son inalienables”.
3.-  La libertad.
4.- Paz, libertad y derechos humanos.

 

Capítulo IV – Concepción de lo social-económico

1.- “El capital no existe”.
2.- “Los peligros del estatismo”.
3.- Estatismo y liberalismo económico.
4.- “El capital en formación”.
5.- “El problema social es la preocupación básica de la hora actual”.
6.- “Evolución del concepto sobre los problemas sociales”.
7.- “El problema social y sus soluciones”.
8.-  Sobre industrias y comercios de tipo medio.
9.- Las demandas sociales.
10.- Aspectos de la educación del obrero.

 

Capítulo V – El ser individual y el ser colectivo

1.- Individuo y sociedad.
2.- El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.
3.- Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

 

Capitulo VI – La concepción humanista

1.- Bases nuevas para la reconstrucción de la sociedad.
2.- “Un nuevo orden para el mundo”.
3.- “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente.”
4.- “La iniciativa privada. Su contribución a la prosperidad de los pueblos.”
5.- “La guerra constituye para la humanidad una gran esperanza”.
6.- “Sugestiones para la futura organización del mundo”.
7.- “Comprensión básica de los problemas humanos”.
8.- “Horas de reflexión”.
9.- “Finalización de la 2da. Guerra Mundial.
10.- “El problema básico de los pueblos”.
11.- El concepto logosófico sobre humanismo.

 


[1] Estando agotada la obra Nueva Concepción Política, nos ha parecido conveniente tomar las referencias de la Colección de la Revista Logosofía (en adelante C.R.L.) tomo IV, pág. 222 y ss., en la cual se reproducen, entre otros, los fragmentos transcritos en el texto. Esto facilitará la consulta del lector interesado.

[2] Colección de la Revista Logosofía, tomo IV, pág. 228 – Revista Logosofía Nro. 1, pág. 4

[3] De CBGP, Nueva Concepción Política, Editorial Lytton, Buenos Aires, 1940, págs. 157 y 158

[4] C.R.L. pág tomo V, pág. 79 y 81 – Revista Logosofía Nº 33 pág 19

[5] De CBGP, Curso de Iniciación Logosófica, “Pronunciamiento logosófico sobre las defensas mentales del hombre”, 2da. reimpresión, Editora Logosófica, San Pablo (R.F.B.), 1978, pág. 57 y ss.

[6] C.R.L. tomo IV, págs. 205 y 206 – Revista Logosofía N º 39 Pág. 20

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Guía para la formación de Centros de Estudio y Filiales Logosóficas

Publicado por Carlos Bernardo González Pecotche en 1960 en forma de boletín para su difusión pública.

Propósito: Orientar la tarea inicial.  

 INDICE

I.  BASES PARA LA TAREA
II. PRIMERA ETAPA
III. SEGUNDA ETAPA
IV.TERCERA ETAPA
V. PRINCIPALES CONCLUSIONES
VI. CONCLUSIONES SOBRE LA TAREA
VII.  BASES PARA RESPONDER A POSIBLES PREGUNTAS DE LOS ESTUDIANTES
CONCEPTO SOBRE EL PODER DE ADAPTACIÓN

 

I.  BASES PARA LA TAREA

1. La formación de un centro de estudio o de una filial logosófica es una tarea delicada que debe cumplirse con gran responsabilidad. Varios son los factores que habrán de ser considerados con toda atención. Entre los principales mencionamos los siguientes:

a)  La persona que presida esta labor, al no poseer experiencia logosófica anterior, se verá obligada a experimentar lo que estudia a la par de los demás. Por tal causa adoptará una posición de discreción y prudencia frente a los participantes, a quienes señalará, por otra parte, que no deben tomar su palabra como la oficial de la Fundación Logosófica, reservada al creador de la ciencia.

b) Los integrantes tomarán contacto con un nuevo género de conocimientos, los que, debidamente tratados, se transformarán en fuente de trascendentales beneficios para sus cultores. Negar el acceso a ellos a quienes reuniendo condiciones básicas de cultura corriente estén en condiciones de asimilarlos, o motivar su alejamiento, entraña grave responsabilidad por todo lo que se negaría a esos seres, aspecto éste que se irá comprendiendo más ampliamente a medida que se avance en el proceso de evolución consciente.

c)  Las características psicológicas de los que integren el conjunto podrán ser variadas, como también los conocimientos de orden corriente que cada uno posea; sin embargo, el método logosófico ofrecerá a todos idénticas posibilidades, pero a condición de que quien esté al frente de la tarea respete esas características individuales y contribuya a generar un ambiente de tolerancia y respeto por la opinión ajena. Cuando los integrantes comprendan que nadie entre ellos es dueño de la verdad y que hay quienes vierten comprensiones que superan las propias y aún ayudan a rectificar un error o a completar un enfoque, aprenderán a escuchar con atención y paciencia; no interrumpirán la exposición en desarrollo, justamente porque existirá en ellos verdadero interés por escuchar el pensamiento completo, sin las mutilaciones provocadas por la impaciencia. Así, el estudiante mentalista podrá recoger elementos de valor del que es sensible, y viceversa, y ambos escucharán con respeto e interés y hablarán con el mismo derecho.

d)  Se recordará que Logosofía es ciencia y es culto al afecto, por lo cual todos los estudiantes brindarán de sí lo mejor para generar el clásico ambiente logosófico de franco y respetuoso compañerismo. La controversia, polémica o discusión deberán desterrarse, porque a menudo se tiende en ellas a restar mérito a la comprensión ajena en beneficio de la propia; además, suelen dar lugar a rozamientos u otras molestias del ánimo. En su lugar habrá diálogos amigables, que permitan extraer de cada reunión un resultado positivo, útil para el conjunto.

e) En la tarea de formación logosófica no habrá apresuramientos; todo requiere tiempo. Sin embargo, ello no inducirá a la indolencia, que tan a menudo se confunde con la paciencia. La paciencia será activa, es decir, se esperará pacientemente que se produzcan los resultados mientras se trabaja activamente para lograrlos. En relación con esto se considerará también la necesidad de asistir con regularidad a las reuniones que se realicen y de estudiar con continuidad, ya que la suspensión del esfuerzo antes que cristalicen los resultados impondrá luego la necesidad de recomenzar la tarea.

f)  Siendo la enseñanza logosófica absolutamente original, los estudiantes evitarán la pérdida de tiempo que significa buscarle puntos de semejanza o contacto con tal o cual ciencia, teoría o disciplina, lo que además servirá para crear confusiones y retardar el proceso de adquisición de los nuevos conocimientos. Dado el interés inicial con que se supone cada integrante concurrirá a las reuniones –interés que no puede ser otro que el de aprovechar en beneficio de su perfeccionamiento el conocimiento Logosófico–, lo sensato será dedicar el máximo de esfuerzo al estudio de Logosofía, postergando las confrontaciones para el momento en que su contacto permita formarse un juicio claro, sereno y meditado. Por otra parte, es lógico pensar que para comparar Logosofía con otras ciencias es necesario conocerla, lo cual se logra sólo a través del ejercicio de su propio y original método. Pese a lo manifestado, podrá ocurrir que los estudiantes formulen preguntas a la dirección del centro de estudio logosófico a que pertenecen respecto de la relación que pudiera haber entre los nuevos conocimientos y otros. Para satisfacerlas ofrecemos más adelante bases para las respuestas.

2. Formas de estudio logosófico

a)  El método logosófico establece claras normas para la asimilación del conocimiento trascendente, del cual es parte inseparable. Una de las claves que asegura dicha asimilación es la aplicación de la enseñanza a la vida individual. Para lograr esa aplicación es menester cumplir un proceso previo de interpretación a través del estudio meditado de la enseñanza, en lo cual juega papel muy importante la labor de conjunto.

b)  Propuesto el estudio de una enseñanza, cada integrante cumplirá la etapa de estudio en lo individual mediante la lectura reflexiva de la amplia bibliografía que Logosofía le ofrece. La consecuencia de ese esfuerzo será la interpretación de la enseñanza. Expondrá luego su trabajo en las reuniones, procediendo de la misma manera todos los participantes, con lo cual se logrará el intercambio de comprensiones en lo colectivo. La limitación de la propia interpretación se diluirá así en presencia de otras, más amplias o mejor enfocadas, surgiendo de ello la posibilidad de aprovechar el esfuerzo de los demás en propio beneficio, a la vez que de contribuir con el particular esfuerzo a la mayor capacitación de todos. Si en lugar del estudio conceptual de una enseñanza se tratase del intercambio de resultados obtenidos mediante su aplicación a la vida, los beneficios se ampliarán igualmente, porque cada estudiante es una entidad distinta y distintas son también las situaciones por que pasa y su actitud frente a ellas, lo cual brindará la prerrogativa de ampliar la experiencia personal con el variado aporte colectivo.

e) La bibliografía logosófica incluye múltiples enseñanzas sobre el valor del campo experimental, que es el mundo logosófico, los breves aspectos que sobre este tema hemos señalado deberán ser completados con el estudio de las enseñanzas que responden al mismo.

II. PRIMERA ETAPA

1.  Manifestamos anteriormente, que Logosofía presenta un nuevo género de conocimientos; esta afirmación será comprobada a corto plazo por el estudioso de esta nueva ciencia, pero le será preciso, mientras forja esa convicción, brindar a las enseñanzas el tratamiento que el método logosófico prescribe. A ello tiende esta primera parte del estudio, que abarca, en general, los aspectos que se indican como programa para la capacitación inicial.

2.  Cada tema motivo de investigación será estudiado, en primer lugar, para lograr la interpretación de su contenido. Lo que en tal sentido se alcance por el esfuerzo individual será completado posteriormente por el intercambio que se realice en la tarea de conjunto. Toda interpretación deberá tener por objeto llevar los elementos extraídos de la enseñanza a la vida individual, a la experiencia, a través de lo cual podrá medirse el acierto logrado tanto en la ejecución interpretativa como en el uso que se haga de la misma, y, en consecuencia, podrá apreciarse mejor el valor de la verdad logosófica con la que se ha tomado contacto directo, comprobar los beneficios provenientes de su aplicación o asociación a la vida, conocer los inconvenientes que habrán de ser superados en lo sucesivo, etc. El estudio de esta vivencia hará que la interpretación deje de ser una teorización para pasar a ser una comprensión que se apoya en la vivido por el estudiante. La reiteración de una buena labor irá ampliando las comprensiones, ligando unas con otras y brindando al ser la fuerza que surge de la posesión gradual de lo que será ya un conocimiento.

3. El estudio logosófico se caracteriza por ser extensivo, pues es particularidad de nuestro método no dar por terminado el estudio de una enseñanza por satisfactorios que hayan sido los resultados obtenidos tras los primeros esfuerzos. La experimentación en esta clase de conocimientos va brindando al entendimiento una nueva y más amplia capacidad para alcanzar regiones del pensamiento antes vedadas, tras lo cual se comprueba que al volver sobre una enseñanza ya estudiada, cuyo contenido se pensó haber agotado, surgen de la misma otras posibilidades y se observan en ella nuevos aspectos. Por eso hemos afirmado muchas veces que la enseñanza logosófica es una fuente inagotable de conocimientos.

4. Programa para la primera etapa

a)  Logosofía; nuevo mensaje que trae al hombre y a la humanidad. Sus objetivos.

b)  Enseñanzas que representan a la nueva ciencia. Requisitos para su asimilación. Ambiente mental a crearles. Tiempo que se dedicará a su estudio. Conveniencia de no teorizar. Labor de estudio en lo individual; intercambio de interpretaciones en lo colectivo. Resistencias mentales que deben evitarse.

c) Proceso de evolución consciente. Proceso de superación individual. Cambios a propiciar. Resistencia a los cambios. Constancias de avances logrados. Propósitos de superación a forjar.

5. Esta primera etapa es preparatoria y los temas apuntados constituyen la base sobre la que se apoyarán los esfuerzos posteriores. Después de desarrollar un número de reuniones suficiente para lograr un trabajo de interpretación adecuado –lo que se hará con el constante auxilio de la bibliografía logosófica–, se estará en condiciones de iniciar la segunda etapa. Se recordará que el hecho de que no insistamos en el dominio profundo de los temas no significa que baste el estudio superficial de las enseñanzas; se volverá luego sobre ellos, pero ya con bases experimentales, con comprobaciones, para entender mejor y más ampliamente su significado.

III. SEGUNDA ETAPA

1. Experimentar lo que se estudia.

2. En esta segunda etapa ya será tiempo de actuar sobre los integrantes haciéndoles notar la necesidad de que el afecto y el respeto se manifiesten. El afecto deberá expresarse con naturalidad y traducirse en sinceridad y en amplitud para dar y recibir. El respeto se genera sobre la base del ideal de superación. El esfuerzo que cada uno haga por llevar adelante ese ideal será honesto y sincero. Si alguien faltase a esa regla estaría revelando una deficiencia; deberá sin embargo ser comprendido y ayudado en su lucha contra ella, a la vez que se le estará agradecido por haber ahorrado a los demás el caer en similar actitud. Poco a poco se verá surgir poderoso el ambiente logosófico con sus características inconfundibles, y podrán observarse los progresos que cada una vaya evidenciando en la superación de las primeras dificultades.

3. La vinculación de las enseñanzas con la vida es un aspecto destacado del método logosófico y una de las claves de la evolución consciente. De las enseñanzas expuestas con profusión en los libros logosóficos puede lograrse lo que hemos llamado interpretación mental. Si el estudiante no pasara de allí estaría teorizando. Ahora bien, lo imprescindible es comprobar la verdad que ofrece la enseñanza y asimilar esa verdad, gradualmente; ello se logra experimentando lo que se estudia.

Al hablar de experiencias hemos de señalar que existen dos posibilidades generales: experimentar en uno mismo y en los demás. Ambas son valiosas, pero dado que el conocimiento logosófico tiende a que el ser se conozca a sí mismo, la experiencia sobre el propio ser debe ser el norte, sirviendo la otra de complemento y de punto de referencia.

4.  Programa para la segunda etapa

En toda vivencia (acto vivido) juegan papel preponderante los pensamientos, o, más ampliamente, el sistema mental; corresponde, pues, a esta segunda etapa el estudio de las enseñanzas sobre el sistema mental y los pensamientos, a fin de contar con puntos de referencia para observar y analizar la vivencia. Dado que se encara este estudio por primera vez, se retendrá solamente lo fundamental de esas enseñanzas, en la seguridad de que lo que se vaya viviendo y experimentando habrá de ampliar el caudal retenido y comprendido.

5. Cumplido el paso anterior, los participantes estarán en condiciones de iniciar sus primeras observaciones internas, para lo cual se preparará la experimentación de los estudios. Para el caso será conveniente seleccionar una enseñanza de fácil interpretación y amplia vigencia en la vida, a fin de que el conjunto pueda realizar un eficiente trabajo. Como ejemplo se sugiere la enseñanza referida al poder de adaptación, tratada en “introducción al conocimiento logosófico”. Hallándose agotado. este libro, transcribimos al final de esta guía algunos párrafos que desarrollan ese punto.

6. Preparación para la experiencia

a)   Esta enseñanza descubre una realidad desconocida para el hombre en sus profundos aspectos; puede discutírsela y negársela sin que por ello varíe un ápice su contenido de verdad; lo sensato es comprenderla y así lo aconseja el método logosófico.

b) Después de una lectura cuidadosa, tratará el estudiante de interpretar su significado, de captar su contenido, de recibir su mensaje. Su esfuerzo, sumado al de los demás participantes en el intercambio que efectúen, le dará una interpretación suficientemente amplia de ella que incluirá un análisis de cuáles son las situaciones que el hombre se ve obligado a enfrentar en la vida, a las que debe adaptarse. Este trabajo podrá cumplirse en una o dos reuniones.

c) La conclusión primordial a que habrá de arribarse es la siguiente: El hombre es un ser ampliamente habilitado para adaptarse por deliberación propia a cualquier situación que se le presente; si no lo logra es porqué sus pensamientos se lo impiden negándole el uso de la razón que debiera asistirlo. El poder de adaptación es algo que el hombre puede adquirir si aprende a manejar los elementos que intervienen en cada situación, especialmente los internos; ese poder se manifiesta como una fuerza interior cuando la adaptación que se procura busca la superación del individuo y no una simple conformidad. Tal conclusión bastará en los comienzos.

d) El centro o la filial en formación deberá ahora internarse en el campo experimental que la vida ofrece al hombre y Logosofía le descubre, para poner en práctica los conocimientos adquiridos. Será imprescindible que cada estudiante permanezca atento a las situaciones que desde ese momento se le presenten, para observar lo que ocurre en su propio ser. La observación deberá ser prolija, atenta, y de no ser posible llevarla a cabo en el instante mismo de manifestarse la rebeldía o resistencia a la nueva situación, se la hará posteriormente, tratando de reconstruir mentalmente el pasaje vivido y sacando conclusiones para conducirse como convenga en otra circunstancia.

e) Expondremos seguidamente un ejemplo de la conducta habitual en los casos que se relacionan con la enseñanza en estudio, y, a continuación, la forma de contrarrestar esa conducta: Si el jefe de la oficina donde trabajamos imparte una disposición que no es de nuestro agrado, en el mismo instante de conocerla es muy probable que se rebelen los elementos de nuestra mente (pensamientos) y se posesionen de nuestra razón, a partir de ese momento quedaremos indefensos contra su acción perturbadora y manifestaremos nuestro desagrado de hecho o de palabra, cumpliendo a desgano lo ordenado, soportando como una carga la tarea que haya que cumplir y hasta ganándonos una reprimenda; en definitiva, un día de disgusto, una pesadumbre que muy probablemente llevaremos al hogar y que tendrán que compartir nuestros seres queridos. En cambio, los recursos que el estudio logosófico ha incorporado a nuestra mente han de permitirnos esta otra actitud: Conocida la disposición tomada por nuestro jefe, es igualmente posible que se rebelen en nosotros los mismos elementos negativos que en el caso anterior, pero en ese preciso momento, porque estamos atentos a su acción, además de conocer conceptualmente su influencia nociva, decidimos no dejarlos actuar e impedimos que se posesionen de nuestra razón. Esta quedará libre para intervenir y podremos con serenidad analizar los hechos; comprenderemos entonces que lo sensato es ver si esa disposición es correcta en sí misma aunque no nos agrade. Si no lo es, acudiremos a quien la impartió para señalarle nuestro pensar con todo el tacto de que seamos capaces; si lo es, nos dispondremos a cumplirla con eficiencia; de otra manera perderemos el derecho de juzgar sus resultados, ya que éstos se hallarían afectados por la especie de sabotaje que les hemos impuesto. Los elementos negativos cederán al influjo de estas reflexiones y recobraremos la serenidad, pero no olvidemos que volverán una y más veces a la carga, tratando de sorprender el descuido de nuestra atención, por lo que ésta debe permanecer en guardia hasta que cese totalmente la lucha. Este esfuerzo se hará con placer, teniendo en cuenta que es una de las claves de la superación individual; al final quedará un caudal de interesantes observaciones que cada participante estudiará para extraer las conclusiones adecuadas.

f)  Inicialmente deben preferirse situaciones simples, circunstanciales, por ser de más fácil observación, postergando las más complejas para cuando se posea mayor capacidad. Esta es la razón por la cual no hemos tratado aquí otros aspectos que pueden derivarse del ejemplo citado.

IV.TERCERA ETAPA

1. Estudiar lo que se experimenta

2. El término de una semana podrá ser período suficiente para observar vivencias en las que haya tenido vigencia la enseñanza elegida. Toca ahora estudiar lo que se experimentó y concretar los resultados. El estudio se iniciará sobre lo individual porque allí está el campo más inmediato para las observaciones y el primero sobre el que se debe trabajar. Se trata de comprender lo vivido: causas que motivaron el hecho o episodio, efectos provenientes de esas causas, inconvenientes, disposiciones naturales en favor o en contra de los propósitos, etc.

3. Las vivencias que aporten los estudiantes se referirán a aspectos variados de la vida, ya que variadas son las situaciones por que atraviesan. Las habrá vinculadas con la vida de hogar (dificultades económicas, de comodidad, desentendimientos); con las ocupaciones diarias (problemas del trabajo, disposiciones que no agradan, carencia de aptitudes); con la vida de relación, etc. Esto muestra ya cómo la propia experiencia habrá de beneficiarse con la de los que participen en el intercambio, ahorrando a todos actuaciones inconvenientes por conocer de antemano cómo evitarlas.

4.  Reunidos los estudiantes, cada uno irá relatando lo que le ha ocurrido en el curso de los días anteriores, presentando especialmente las observaciones hechas sobre sus pensamientos, la lucha que hubieron de sostener, los pensamientos que los ayudaron en la emergencia, los que la hicieron difícil y el resultado final de sus respectivas vivencias. En unos casos la situación habrá culminado con el triunfo de la razón, pudiéndose comprobar entonces sus ventajas y el estímulo que resulta de saberse capaz de manejar en cierta medida los recursos logosóficos; en otros, habrán triunfado los pensamientos negativos, pero eso no indicará el fracaso del estudiante, siempre que lo vivido enriquezca el caudal de sus observaciones y le disponga mejor para enfrentar situaciones futuras. Repetimos, no podrá hablarse en este caso de fracaso del estudiante, sino de actuación desafortunada del mismo, exitosa en el fondo, por cuanto éste habrá logrado sorprender dentro de sí, en plena actuación, a esas entidades animadas y autónomas que Logosofía le enseña a conocer y que son sus pensamientos. Es en cambio desfavorable y poco edificante para el estudiante, el no extraer consecuencia alguna de las cosas que le acontecen, y procurará cuanto antes salir de esa situación. Para terminar agregaremos que las observaciones que provengan de estas primeras vivencias irán configurando los esbozos iniciales del conocimiento de sí mismo.

5. La parte ponderable de las experiencias que vive el estudiante son las conclusiones que alcanza, y éstas han de estar siempre ligadas a algún aspecto del conocimiento logosófico. Para extraer tales conclusiones se necesitará hacer un verdadero estudio de los factores que intervinieron en la vivencia, estudio en el que será guía inapreciable la enseñanza, que, leída nuevamente, ahora a la luz de la experiencia, ayudará a desentrañar en mayor medida su significado. Por de pronto se hará una reconstrucción de la misma, ayudándose con algunas notas que sugerimos tomar sin demora después del episodio vivido; se analizará luego qué papel jugaron los pensamientos, cómo aparecieron en el escenario mental, quién los convocó a actuar, qué actitud sugerían, cuáles fueron las consecuencias del comportamiento adoptado, qué grado de resistencia se les opuso, y así siguiendo; se verá asimismo cómo se desarrolló la lucha mental, cuáles fueron los bandos en pugna, cuál el resultado. Recomendamos, no dejar a un lado la enseñanza en estudio que trata sobre el poder de adaptación y sugerimos hacer sobre la misma estas reflexiones: qué ocurría antes en iguales circunstancias; qué factores perturbadores de la adaptación se identifican ahora; qué enseñanzas han permitido conocerlos; qué efectos tuvieron éstas; qué consecuencias se obtienen aplicándolas a la vida, etc.

V. PRINCIPALES CONCLUSIONES

Cuando el estudiante cumpla la tarea de extraer conclusiones de su experiencia, comprobará que es inagotable la posibilidad que en tal sentido brinda una sola de ellas en virtud de la riqueza de enfoques que permite hacer el conocimiento logosófico. Como simple muestra de esa posibilidad y lejos de haber sido agotadas, señalamos a continuación algunas conclusiones aptas para ser obtenidas de una experiencia (vivencia estudiada) del tipo tomado como ejemplo.

1. Referidas a los pensamientos

a) Su carácter de entidades autónomas y animadas, con gran injerencia en la vida y al margen de la voluntad del ser.
b)  La resistencia que ejercen cuando se trata de controlarlos, debido a la libertad de que han gozado.
c)  Los múltiples disfraces que adoptan para engañar al incauto; argucias y argumentos falaces que emplean.
d)  Qué sería la vida del hombre si lograra pleno dominio sobre ellos.
e)  Trascendencia del pronunciamiento logosófico sobre los pensamientos y su importancia en la vida del hombre. Esta conclusión, en particular, deberá ser refirmada paulatinamente por observación reiterada de la naturaleza de los pensamientos.

2. Referidas al sistema mental

a)   Grado de conocimiento que la humanidad tiene de él.
b)  Estado actual de disciplina que acusa.
c)  Posibilidad que le asiste de gobernar la vida del hombre.
d)  Conveniencia y posibilidad de poner la mente al servicio del perfeccionamiento individual.
e) Función de la facultad de observar y valor de la observación orientada hacia la propia superación.
f) Importancia que adquiere la propia razón y necesidad de acumular conocimientos para que pueda cumplir su función con plenitud.
g) Necesidad de controlar los juicios de la razón en tanto no se basen en conocimientos reales, trascendentes; caudal de estos conocimientos de que dispone actualmente la humanidad.

3. Referentes a Logosofía

a) Sentido de la afirmación hecha en “Logosofía, Ciencia y Método”, pág. 16, párr. 1 y siguientes, de que “Logosofía parte de la verdad”.
b) Valor de las enseñanzas logosóficas para superar lo que el ser es.
c) Importancia del método logosófico para evolucionar conscientemente; paulatina interpretación de lo que es en sí ese método.
4. Referentes al estudio en conjunto
a) Valor de la colaboración en la experimentación de lo que se estudia y el estudio de lo que se experimenta.
b) Generosidad en el intercambio de comprensiones y experiencias.
c) Consideraciones sobre el afecto y el respeto que se generan como consecuencia del fortalecimiento de las convicciones sobre la superación individual.
d) Importancia de no discutir y sí intercambiar.
e) Estímulos que resultan de la labor cumplida.

5.   Aspectos varios

a)  Refirmación de los propósitos de superación.
b)     Cómo logra Logosofía sus objetivos.
c)      Valor de la experiencia para la superación individual.
d)     Conocimiento positivo logrado de sí mismo.
e) Comprobación sobre propias deficiencias psicológicas, como primera evidencia de su existencia.
f) Resistencia a los cambios internos; necesidad de eliminarla.

VI. CONCLUSIONES SOBRE LA TAREA

1.   La labor del estudiante de Logosofía es investigar sin apremios la verdad; por ello no pueden tener cabida en él la impaciencia y el apuro([1]). De la misma manera, quien se dedica al estudio de Logosofía debe hacerlo con la firme disposición de no dejarse perturbar en sus propósitos. Aquí pueden ser un gran inconveniente las dudas que la propia mente plantea a veces al estudiante y que éste manifiesta en forma de preguntas que traducen desconfianza, escepticismo, prejuicios, etc. Tales dudas son “piedras” que estorban la marcha por el camino del perfeccionamiento y hasta pueden detenerla.

La actitud inteligente, logosófica, es dejarlas a un lado; postergarlas hasta poseer más elementos de juicio, elementos que justamente no pueden alcanzarse si el estudiante se empeña en resolver lo que aún no está en condiciones de lograr. Más tarde, cumplido el proceso correspondiente, éste comprobará con alegría que él mismo ha hallado la solución que antes buscó fuera de sí mismo. Lo expresado no significa en modo alguno negar al estudiante libertad para formular todos aquellos interrogantes que evidencien la noble necesidad de orientación, de ayuda para salir de un estado de vacilación, de incomprensión, de desánimo, etc. Por último, recomendamos tener siempre presente que toda duda será bien resuelta con el auxilio de las enseñanzas si el esfuerzo es presidido permanentemente por el pensamiento de superación, el cual deberá merecer lugar preponderante en la mente del estudiante, quien no escatimará esfuerzos por fortificarlo y defenderlo ([2]).

2.  La tarea logosófica, que es un elevado y provechoso quehacer, lleva al hombre a pensar en los aspectos fundamentales de su existencia, devolviendo a la facultad de pensar la función que nunca debió perder. De la misma manera actúa sobre las facultades de razonar y observar, que, con la anteriormente mencionada, forman la trilogía básica sobre la que se promoverá la activación mental que exige la evolución consciente. El esfuerzo mental que implica experimentar lo que se estudia y estudiar lo que se experimenta obligará –según las normas del método logosófico– a usar conscientemente las facultades de pensar, observar y razonar, significando esto que todo lo que en adelante se observe, piense y razone tendrá que ser de utilidad para el propio proceso de evolución consciente. Es decir, no observar, no pensar, no razonar circunstancialmente, en forma intrascendente, sino acostumbrarse a observar, razonar y pensar en forma de que cada acto en el que intervienen esas facultades permita recoger elementos de valor, elementos que favorezcan la comprensión del conocimiento logosófico y faciliten la aplicación de ellos a los fines del desarrollo mental, psicológico y espiritual comprendidos en el proceso de evolución consciente.

3. Las conclusiones que incluimos como orientación y ejemplo no podrán lógicamente ser extraídas desde los comienzos del trabajo. Es un método nuevo y original el que se está tratando de emplear y su dominio se logrará paso a paso. Esto significa que no deberá aspirarse a ello en el primer momento, lo que no impedirá ejercitar el esfuerzo hasta el límite que señala la Propia capacidad, en la seguridad de que por ese camino se ampliarán progresivamente las posibilidades, cosa que ha sucedido ya en repetidas ocasiones ampliamente comprobadas en todos los centros de investigación logosóficos. La tarea demanda tiempo y paciencia, pero el objetivo que se anhela justifica la realización del esfuerzo, lo cual se hará sin apremios, ya que debe ser tarea para toda la vida, especialmente si el estudiante está animado por un real anhelo de trascender las limitaciones que envuelven su vida.

En el presente trabajo, cuya finalidad ha sido orientar la tarea de formación de los nuevos centros de estudio y filiales logosóficas, hemos trazado en síntesis las etapas más importantes a cumplir. Quedan sin mencionar muchos otros aspectos, que no hemos considerado necesario citar por cuanto están tratados en innumerables enseñanzas logosóficas y serán bien interpretados a poco que se apliquen estas instrucciones. Finalmente, cualquiera sea la dificultad que se presente, siempre el estudiante será asistido por el creador de la ciencia, a  quien sus discípulos llaman Maestro porque enseña conocimientos trascendentes para la vida del ser humano. Su paternal asistencia directa hace que el estudiante se vincule a él mental y sensiblemente, generándose un vínculo de gratitud y correspondencia por el bien recibido, lazo de unión que exige ineludiblemente que el discípulo haga partícipe a otros de los beneficios que disfruta, con lo cual colabora efectivamente en la obra de superación humana que realiza desde hace treinta años la Fundación Logosófica.

 

VII.  BASES PARA RESPONDER A POSIBLES PREGUNTAS DE LOS ESTUDIANTES

    Es normal que quien inicia los estudios logosóficos se formule una serie de preguntas, cuyo origen es variado. En primer lugar surgen aquellas que se originan en dificultades de comprensión ante los nuevos conocimientos con los que se va tomando contacto; estos interrogantes, que pueden considerarse legítimos, se resuelven naturalmente durante los estudios, por lo que la posición sensata del estudiante es hacer el mayor esfuerzo de interpretación, dentro de los límites de su capacidad, y proseguir los estudios; si el interrogante fuera de naturaleza tal que no permitiese seguir el estudio hasta ser dilucidado, cabe elevar la consulta a quienes están en condiciones de responderlo.

En segundo lugar se presentan las preguntas que tienen origen en una simple curiosidad: Se comprenderá que éstas no deben de ninguna manera detener el curso de los estudios, en la seguridad de que oportunamente y por gravitación de los conocimientos que el estudiante va acumulando se contestan ampliamente. En tercer lugar están las preguntas que se originan en escepticismo y desconfianza ante los enunciados que Logosofía hace; tampoco debieran ser motivos de demora en los estudios, pero el estado mental del estudiante puede no permitirle comprender que así debe ser, por lo que tiende a detenerse, buscando comparaciones o similitudes que nada hacen en bien de la capacitación que anhela. Las bases que se agregan son para dar respuesta a estas preguntas, a fin de que el estudiante cuente con elementos que le permitan superar la etapa de duda.

Cualquiera sea el origen de la pregunta, la bibliografía logosófica brinda variados elementos para ayudar a responder a quien asuma la responsabilidad de orientar los estudios.

1.      Pregunta: Sobre la originalidad de Logosofía, la fuente de donde se han extraído, los conocimientos que brinda, el autor, etc.

 Bases para la respuesta: El autor ha extraído los conocimientos logosóficos de la Creación misma, sin seguir huellas de nadie; sus concepciones son, por lo mismo, totalmente originales, como lo es la naturaleza de los conocimientos revelados por él. Siendo muy joven se encontró dueño de conocimientos que la humanidad no poseía, por lo que estructuró un plan para hacerlos llegar a todos los seres humanos, plan que se viene cumpliendo paso a paso desde hace más de treinta años; las razones que posibilitaron lo anterior las hallará el estudiante expuestas en la obra “La herencia de sí mismo” ([3]).

2.      Pregunta: Relación entre Logosofía y otras doctrinas que se refieren a la mente y los pensamientos.

 Bases para la respuesta: Logosofía no presenta sus conocimientos de la mente y los pensamientos en forma aislada, sino como, parte de su concepción; el estudio aislado de los mismos no conduce a la superación integral porque no propicia la evolución consciente del ser. Por otra parte, el método experimental para asimilarlos a la vida es único de Logosofía y el carácter consciente de esa asimilación habilita al ser para ayudar a otros en la misma realización, lo que unido a la trascendencia de los beneficios que ello representa para el hombre, coloca al estudiante de Logosofía ante la posibilidad de hacer el bien, de acuerdo con las Leyes Universales que Logosofía le descubre y enseña a conocer, aspectos éstos que se irán comprendiendo a medida que se avance en el proceso de evolución consciente.

3.      Pregunta: Relación entre Logosofía y las filosofías.

Bases para la respuesta: Las diferencias son profundas e insalvables:

a)   El conocimiento filosófico busca la verdad y la busca fuera del hombre; Logosofía parte de la verdad y lleva al hombre a descubrirla en sí mismo, en su ser interno.
b)   El conocimiento filosófico es intelectual y, por ende, externo al hombre; el conocimiento logosófico es experimental, con claros objetivos en cuanto a la superación humana y en relación con lo interno del ser.
c)   Filosofía es el conocimiento de teorías, doctrinas, conceptos, en contraposición unos con otros; Logosofía es conocimiento de vivencias, de experimentación; es conocimiento vivo.
d)   Filosofía busca el conocimiento por el conocimiento mismo, con independencia del uso que el hombre pueda hacer de él, habiéndose llegado a aceptar que a ese conocer no puede dársele uso concreto. Logosofía edifica con ese saber una nueva vida, llevando al hombre al esclarecimiento de los grandes enigmas de su existencia y al cumplimiento de su finalidad humana.

4.      Pregunta: Relación entre Logosofía y psicología.

Bases para la respuesta: La psicología, aun cuando aparenta desarrollar un tipo especial de conocimientos, no se diferencia de otras ciencias por cuanto es externa al ser; los psicólogos estudian lo que ocurre dentro del ser humano, con las limitaciones de los métodos de esta ciencia, pero no estudian su propia psicología individual, ni conectan sus estudios con altos fines humanos; en suma, la psicología no lleva al conocimiento de sí mismo, de los semejantes, de la Creación y sus Leyes, de Dios, como lo hace Logosofía, que estudia la psiquis en íntima relación con el espíritu.

5.      Pregunta: Relación entre Logosofía y las religiones.

Bases para la respuesta: Logosofía no postula ninguna actitud determinada frente a las religiones; es el estudiante de Logosofía quien se ubica frente a ellas a medida que avanza por el camino del saber. Esta nueva ciencia es afirmativa de verdades que el investigador puede comprobar a través del proceso de evolución consciente; para hacerlo no exige que el hombre abjure de la corriente de pensamiento de sus simpatías, pero éste deberá valorizar lo que ahora tiene, frente a lo que antes tenía. Logosofía esclarece la conciencia, haciendo conocer lo que se desconocía; sitúa al ser en el centro de sus posibilidades. Haciéndole recuperar la fe en sus propios valores y sustituyendo la fe ciega por la fe consciente, basada en el conocimiento de la verdad.

6.      Pregunta: Por qué no puede compararse Logosofía con otras ciencias.

Bases para la respuesta: Para tales comparaciones es necesario conocer suficientemente Logosofía, y ello se logra siguiendo las normas de su método; cuando se la conozca, no habrá inconveniente en dedicarse a ellas.

CONCEPTO SOBRE EL PODER DE ADAPTACION

Transcripto de “Introducción  al conocimiento Logosófico.”

“Hay en los seres humanos un poder que éstos no saben utilizar, pero del cual deben servirse inconscientemente, por rigor de las circunstancias, para alcanzar objetivos naturales en el correr de las edades. Este poder es el de adaptación, uno de los que con mayor precisión ejercen su cometido.

El hombre, por su constitución psíquica, mental, espiritual y física es un ser adaptable a todos los cambios y a todas las situaciones en que lo coloca la vida a medida que avanza hacia su perfeccionamiento.

Puede decirse que es general –ya que se produce en todos– la reacción que experimenta el ser cuando, apremiado por las circunstancias, debe aceptar situaciones a las que por propia voluntad no habría jamás tratado de adaptarse. El tiempo, con la serie de reflexiones que sustenta en sus poderosos medios de expresión, hace que el hombre admita, acepte y se adapte a esas situaciones, pero sin alcanzar –salvo excepciones– la comprensión exacta de tales hechos. He ahí la diferencia entre los que se adaptan por obligación y los que buscan la adaptación natural con plena noción de lo que ello significa para su proceso evolutivo.

Nadie ignora que en la vida suceden muchos episodios que suelen terminar en tragedias, cambiando casi instantáneamente las situaciones individuales. Si no se utiliza en tales casos el poder de adaptación, el sufrimiento se torna por lo común desesperante, consume la vida y pliega el espíritu haciendo que éste se acurruque en el interior del ser, cohibido y triste, sin esperanzas de redención” (Pág. 161).

“La Ley de Adaptación es tan inflexible que no admite términos medios entre una y otra situación: se cambia o no se cambia. De manera que si ha acontecido un hecho que obliga a un cambio, el permanecer en el mismo estado o condición equivale a vivir al margen de la realidad y, por ende, a sufrir intensamente. Esto es lo que acontece cuando el hombre se resiste a los cambios; de ahí que brote por doquier el dolor, la miseria, la angustia, y sea el sufrimiento un visitador casi permanente de los corazones humanos” (Pág. 162).


[1] Ver “Logosofía. Ciencia y método”. Págs. 91, 133 y 135, “Mecanismo de la vida consciente”, pág. 50, “Exégesis logosófica”, pág. 101.

[2] Ver “Logosofía. Ciencia y método”, págs. 68, 69 y 70.

[3] Ver “Boletín Logosófico”.  N 4, pág. 3, publicado en diciembre de 1956, en Paraná, (Rep. Argentina)

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Logosofía, ciencia de la causalidad: doctrina y metodología del conocimiento de sí mismo

Por Osvaldo Francisco Melella 

  1. Síntesis histórica
  2. Breve historia de la logosofia y de su creador
  3. La tesis raumsólica
  4. Proemio
  5. Doctrina logosófica del conocimiento de si mismo
  6. configuración del ser humano
  7. Estructura psicológica del hombre
  8. Anexo
  9. Estructura psicológica del hombre
  10. configuración de la mente común
  11. La zona dimensional de los pensamientos
  12. Sistema sensible
  13. Sistema instintivo
  14. metodología del conocimiento de si mismo
  15. Conclusiones
  16. Defensas y reservas mentales
  17. Las leyes universales
  18. Hacia un nuevo humanismo

 

“Es éste, a mi juicio, no sólo el descubrimiento más sensacional de la época sino el de mayor significación y trascendencia en toda la historia de la existencia humana.”

Osvaldo Francisco Melella
Paraná – Entre Ríos. República Argentina. 1963

 Osvaldo F. Melella, Doctor en Filosofía y Letras, profesor de Griego y Latín, ejerció la docencia en diversas universidades de Argentina. Falleció el 13 de Abril de 1984.

Su contacto con Carlos Bernardo González Pecotche significó para él un hito fundamental; a partir de ese momento y hasta el final de su vida se dedicó a estudiar y difundir la Logosofía. Fue Rector de la Filial Paraná de la Fundación Logosófica y ocupó importantes cargos en la organización de la Obra. Estuvo muy cerca de Raumsol, quién le tenía especial aprecio y colaboró activamente en la confección de sus últimos libros y en cuanta tarea le  requirió.

Como docente logósofo contribuyó con eficiencia y afecto a la formación de muchos que se acercaban buscando el nuevo conocimiento, dejando en quienes tuvimos la dicha de compartir con él tan trascendentes momentos, un fuerte vínculo sensible, su ejemplo y un recuerdo grato e imborrable.

El trabajo que reproducimos a continuación es un testimonio de lo expresado.

 

SÍNTESIS HISTÓRICA

El propósito del hombre de conocer su propia constitución psicológica y aun metafísica remonta a la antigüedad. Entre los occidentales, los griegos concretaron hace más de veinticinco siglos el anhelo que lo sustentaba en los vocablos “autógnosis” y “autognosía”.  Precisamente el frontón délfico parece haber promovido en la inteligencia del ateniense Sócrates, joven aún, la pregunta que habría de rebasar su vida y la de la posteridad: ¿Qué es el hombre? Convertido éste en núcleo de todas sus meditaciones, reiteraba incansablemente a los que fueron sus discípulos la recomendación apolínea “Gnothi seautón” (conócete a ti mismo), convertida por él en voz de orden, sin medir, acaso, la magnitud de semejante empresa.

No resulta extraño entonces que la nobleza del propósito se viera, en esa época y después, obstinadamente refrenada por falta de conocimientos y de método adecuados a la naturaleza del objeto y del fin perseguidos.

Pero el tema del hombre fue polarizando la atención de la inteligencia, convirtiéndose finalmente en el centro geométrico del pensamiento humano. Surgió así la Antropología, la científica, la filosófica y aun la teológica, disciplina que, incrementándose a través del tiempo, buscó más que nada crear, con el auxilio de otras ciencias, el apoyo arquimédico que le permitiera encauzar eficazmente la investigación del hombre y alcanzar la meta del autoconocimiento.

El pensamiento occidental lleva consumidos ya veinticinco siglos en pos de ese propósito, y pese al auxilio de la psicología y de la medicina combinados, sus conquistas no van más allá de lo epidérmico.

¿Qué obstáculos se interponen al conocimiento interno del hombre? ¿Se lo han preguntado los psicólogos de la introspección tras la evidencia de los magros resultados de su método? ¿Los ha descubierto el psicoanálisis ante la reiteración, crónica a veces, de esos típicos conflictos interiores que suelen acabar en psicastenia, o en neurosis, cuando no en esquizofrenia y aun más lejos? ¿No le llama la atención al existencialismo el alejamiento de sí provocado en los seres por la aceptación voluntaria de sus propias formas de vida?

Es inútil prolongar el interrogatorio, pues aunque la ciencia, la filosofía, la moral o la religión se formulen la pregunta, ante sus respectivas limitaciones no podrían dar con la respuesta capaz de cubrir las dimensiones del problema. Y no podrían darla por dos razones, que en el fondo es una sola: porque desconocen la naturaleza del mundo mental y las características que ese mundo presenta en cada miembro de la especie.

Así pues, no obstante reconocerse en general que la autognosis constituye el desiderátum de la investigación filosófica, las puertas de acceso al conocimiento del hombre –salvo la de su ser físico– han permanecido herméticas desde su tránsito por el mundo.

Han permanecido –lo decimos en pretérito perfecto.– La ciencia logosófica, creada por el genio de Raumsol y dada a conocer en su tierra natal, la República Argentina, en el año 1930, abrió ya las puertas de ese mundo, hasta entonces intangibles aun para las inteligencias más esclarecidas. Él ha forjado con su sabiduría y su método la combinación clave, esto es, el proceso de evolución consciente, con lo que el hombre queda al fin habilitado para dar cima a su vieja y fiel aspiración autognósica. En la historia de la cultura humana se ha cerrado pues el ciclo de los sueños imposibles, abriéndose a perpetuidad el de las grandes realizaciones correspondientes a muchos de esos sueños y a otros que ni siquiera había soñado.

La Logosofía, ciencia madre y conquista suprema en el mundo de los valores, inicia la era de la humanización del hombre mediante el desarrollo consciente de su propio espíritu. Ya no hay nada que lo condene a seguir siendo como es, a menos que él se obstine en preferir el yugo de su impotencia o que insalvables impedimentos patológicos malogren todo intento de superación

A lo largo de ese estudio procuraré trazar una semblanza del proceso autognósico, tal como lo he comprendido y realizado en los tres lustros que llevo cultivando esta ciencia imponderable.

Hago la salvedad de que una cosa es la Logosofía en sí y otra lo que el logósofo ha comprendido y experimentado de ella, pues el no tenerlo en cuenta haría confundir causa con efectos. Por consiguiente, las afirmaciones logosóficas son de orden causal y universal y están destinadas al estudio y experimentación por parte de cada individuo. Las afirmaciones del logósofo provienen en cambio de las conclusiones que él mismo ha extraído después de haber aplicado exitosamente en su propia vida los preceptos extraídos de las enseñanzas logosóficas.

BREVE HISTORIA DE LA LOGOSOFÍA Y DE SU CREADOR

Con el nombre de Logosofía (ciencia del saber causal) el pensador argentino Don Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol), nacido en Buenos Aires el 11 de Agosto de 1901, dio a conocer en 1930 una nueva concepción del hombre y el universo, de la que es exclusivo autor.

La absoluta originalidad, tanto de los conocimientos que la informan como del método psicodinámico por él instituido para la adquisición de los mismos, atrajo desde un comienzo la atención de cuantos se pusieron en contacto con su esclarecido pensamiento.

Fue así como empezaron a agruparse en torno suyo, tanto en el país como en el extranjero, sus primeros discípulos y surgieron los primeros simpatizantes de la Obra de superación consciente del hombre, creada, inspirada y encauzada por él mismo con singular maestría.

Nacieron entonces las primeras sedes culturales de lo que posteriormente denominó “Fundación Logosófica, en pro de la Superación Humana”, en cuyo selecto y dinámico ambiente gran número de seres de todas las esferas acudían a recibir gratuitamente los beneficios de su enseñanza renovadora.

La Fundación Logosófica, no es, pues, una escuela en sentido metafórico, sino que, además de ello, además de doctrina científica y filosófica incorporada al acervo de los valores humanos mediante libros, revistas, artículos y conferencias destinados a dar a conocer la nueva ciencia, constituye el recinto material, el gimnasio donde se aprende a usar el conocimiento que tiene por finalidad enseñar al hombre a superar sus habituales estados psicológicos negativos, a conocer y desarrollar conscientemente las facultades que integran sus mecanismos mental y sensible, a crear, procrear y jerarquizar ideas y pensamientos constructivos y a desprenderse de los que perturban u obstruyen su normal desenvolvimiento, a ennoblecer y acrecentar sus sentimientos y a incoar la evolución consciente de su espíritu mediante el estudio y asociación a la vida del saber causal destinado a sustentarla, tan afanosamente buscado por el hombre en todas las épocas de su existencia.

El reciente deceso de su creador (4 de abril del año en curso) que tanto dolor ha dejado en el corazón de sus innumerables discípulos, simpatizantes y amigos, representa el punto final estampado en sus enseñanzas creadoras. Pero ese punto final se ha convertido en puntos suspensivos para los herederos de su pensamiento y de su obra, por considerar que ha llegado el momento en que ambos sean conocidos por quienes proclaman a la razón como médula y norte del progreso humano.

En la actualidad, un crecido número de filiales de la Fundación Logosófica, algunas extraordinariamente pujantes, establecidas en populosas ciudades del país y del extranjero como asimismo diversos Centros de Informaciones logosóficas, imparten su enseñanza a muchos miles de personas.

El significativo hecho de que nadie hasta ahora haya discutido la solidez de sus conocimientos y su método debe de constituir sin duda la mejor garantía para que la tesis raumsólica sea estudiada y conocida por las mentes más lúcidas de la época. La verdad logosófica, por pronunciamiento expreso de su insigne autor, tiene como destinataria toda la humanidad. Nada más oportuno, en cuanto a lugar y a tiempo, que darla a conocer en la magna asamblea a realizarse en México. Nacida en América del Sur, sea ahora América del Norte de donde parta la voz destinada a hacerla ingresar oficialmente en el escenario universal de los valores humanos. Es el más grande homenaje que podría brindarse a quien convirtió la vida en enseñanza y la enseñanza en vida, haciendo de su propia existencia el más acabado ejemplo de una verdad fecunda y promisoria, que, si hoy ilumina los cielos americanos, mañana conquistará sin duda el corazón y la mente de toda la humanidad.

LA TESIS RAUMSÓLICA

La Logosofía se nos presenta como una vasta y fecunda ciencia del espíritu, con sus fundamentos, su método, su campo experimental y sus fines propios e independientes de toda otra disciplina humana.

Ontológicamente constituye una doctrina ético filosófica que propugna la evolución consciente del hombre mediante el conocimiento de sí mismo.

Epistemológicamente proclama la existencia en el mismo de un potencial sistema mental factible de ser despertado gradualmente y organizado en función de la conciencia individual. Para ello dispone de un instrumento “sui generis”, de alta precisión: el método logosófico, convertido en ciencia.

Éticamente apunta a la reversión consciente del espíritu. A tal fin, señala, describe y profundiza una por una, las deficiencias y propensiones psicológicas que han ido cerrando a ese ente metafísico las puertas de acceso a la vida física del ser que encarna. Presenta a sí mismo, para su estudio, comprobación y finalidad catártica, las antideficiencias destinadas a transformar positivamente la vida psicológica, moral y espiritual del hombre. Debe hacerse aquí la salvedad de que la Logosofía se ocupa de las anormalidades psicológicas del ser normal, o, como su propio autor nos lo dijera tantas veces, “La Logosofía hace más cuerdos a los cuerdos, pero no hace cuerdos a los locos”.

La tesis raumsólica comprende, pues, tres grandes partes:

a)     Metafísica y Ontología

b)     Epistemología.

c)     Ética.

Las tres son rigurosamente científicas por dos razones básicas a saber:

I) Porque los conocimientos y principios que la sustancian provienen de                                          leyes universales, lo que permite su inmediata y fácil comprobación.

II) Porque su campo experimental es la vida misma del que nutre su razón y su sentir, en todos los ámbitos (íntimo, familiar, social, profesional, etc.) donde se desenvuelve.

La Metafísica Logosófica presenta a la investigación y experiencia humana la existencia de un mundo mental regido por leyes universales, poblado por factores psíquicos dotados de vida mental propia, a los que denomina simplemente “pensamientos”(1), monumental hallazgo sin parangón jerárquico con ningún otro descubrimiento efectuado por el hombre, ya que su gravitación sobre la vida del mismo explica en la línea sincrónica el por qué de todas sus manifestaciones psíquicas positivas y negativas y en el eje de la diacronía hominal el cómo y el por qué de la historia que se ha ido configurando con la huella de sus pasos por el mundo.

(1)   Podía haber denominado a esos singulares agentes de la mente humana por él descubiertos “noetones” o factores “noemáticos”. No obstante y pese al riesgo de que se los confunda con conceptos de objetos que nada tienen que ver con ellos, prefirió designarlos con ese modesto término,  por resultar así más accesible al entendimiento de todos.

La Metafísica Logosófica señala un espacio mental supremo y un espacio mental humano. El primero corresponde a los dominios cósmicos y lo pueblan pensamientos arquetípicos creados por la Inteligencia Suprema, cuya realización u objetivación ha dado origen al edificio universal; parte integrante del mismo y en evolución como él, es la especie humana.

El segundo espacio mental es privativo de la criatura inteligente, cuyos son los pensamientos que los pueblan.

Conforme a la posición mental de los agentes que residen en este campo distíngase la región científica, donde los entes mentales se hallan en activo proceso de perfeccionamiento y la región quimérica, cuyos agentes causales, generados al margen de las leyes de la creación universal o arquetípica, no solo representan el desvío mental experimentado por el hombre sino también la nociva influencia que ejercen sobre la especie.

La ontología logosófica descubre la configuración integral del hombre conforme al arquetipo que conservan los anaqueles de la existencia universal. Ese arquetipo está integrado:

a)     Por el ente físico o alma

b)     Por el ente metafísico o espíritu

Uno y otro asumen expresión individual en virtud de un complejo psíquico trisistemático, a saber:

sistema mental

sistema sensible

sistema instintivo

los cuales, al funcionar identificados con el ente físico, forman su alma, cuyas energías lo impulsan a abrirse cauce en todo lo que existe de él hacia fuera. Identificados con su ente metafísico constituyen el instrumento de su espíritu formando su ente espiritual, cuyo campo de acción es el mundo que se abre de él hacia adentro.

Epistemológicamente la Logosofía es una disciplina rigurosamente científica. La adquisición de sus conocimientos se logra mediante un proceso vivo, experimental, consubstancial, que responde a una precéptica lógica y matemática a la vez, sorprendentemente elástica: desde el hombre más sabio hasta el más ignorante pueden, en condiciones normales, realizar ese proceso; otro tanto acontece con la edad física del aspirante: desde el escolar hasta el anciano hallan sitio en la evolución consciente.

El fundamento epistemológico de esta ciencia radica en la fórmula “ser” es “saber”. Se “es” en la medida de lo que se “sabe”, real,  conscientemente. Así, entre otras cosas, el niño aprende a ser niño; el joven a ser joven; etc. Se trata, en este caso, de aprender a manejarse, a dirigir los pensamientos que más convienen a cada edad, situación, esfera, momento y etapas que el hombre vive y cubre a través de los días que dura su existencia. Unas veces seleccionándolos, vale decir, sabiéndolos seleccionar, otras creándolos con los mejores elementos de que se dispone. De ese modo se aprende primero a organizar el instrumento de la vida, luego a vivir; y finalmente, a enseñar a vivir. Más de una vez he observado a jovencitas, desesperadas por parecer mayores, deponer tantas cosas inherentes a su edad y adoptar modalidades, gustos, y hasta costumbres correspondientes a una edad mayor. ¿Qué les ocurre luego? Que cuando llegan realmente a esa otra edad que habían imitado, ya no les satisface; quieren volver a la adolescencia y viven a desacuerdo con lo que son. Se pasan la vida, como dicen los gitanos, con el “paso cambiado.”

Punto de partida es el conocimiento logosófico. Punto de llegada es el conocimiento de sí mismo, que se sustancia por etapas experimentales. La conciencia individual es la amalgama mental que plasman el saber y la experiencia de cada sujeto convertido en objeto de sí mismo.

Ahondando un poco más en los fundamentos de esta ciencia, a las preguntas: ¿Qué es el conocimiento?, responde la logosofía: “el conocimiento es el principio y el fin de todas las cosas y único objeto de la vida del hombre.” (1)

¿Cuál es la función básica del ente humano? La función de pensar. Es por eso que los conocimientos logosóficos tienen como primera finalidad “el desarrollo y dominio profundo de la función de pensar.” (2)

¿Para qué enseña a pensar la logosofía? Para propiciar el desarrollo y dominio profundo de la función de estudiar.

Debo  aclarar que en la epistemología logosófica, lo que en una etapa oficia de fin en la siguiente oficia de medio. De tal modo, el aprender a pensar permite aprender a estudiar conscientemente; luego, el cabal ejercicio de las funciones de pensar y estudiar facilitan y desarrollan la función de aprender, y, cuando se sabe pensar, estudiar y aprender, se sabe también realizar. Una vez hechas conciencia, estas cuatro operaciones mentales propician el desarrollo y dominio profundo del más noble de los quehaceres humanos: el de enseñar: y no solo con la palabra sino también con el ejemplo. Así es como el método logosófico “se transubstancia en aptitudes individuales de incalculable significación para el porvenir pedagógico de la educación”. (3)

En lo que atañe a la faz ética, la obra logosófica ha dado origen a un nuevo humanismo. Ya lo he dicho: para la logosofía, humanismo es la realización consciente del contenido espiritual de las calidades humanas desarrolladas mediante una ininterrumpida autosuperación.

(1) Axiomas, Principios de Logosofía T.1.

(2) Curso de Iniciación Logosófica, p.16.

(3) CIL (locus cit.)

El proceso de evolución consciente constituye pues el fundamento ético del saber logosófico y va de lo humano a lo supremo. El creador de la logosofía, además de infinidad de enseñanzas éticas de todo orden, nos ha dejado una medular obra axiológica: “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, con su correspondiente metodología especial para el tratamiento de las mismas.

Siendo el proceso de evolución consciente la base ética de la Logosofía, se deduce que a mayor evolución corresponde una mayor alcurnia moral. La moral del logósofo, es, pues, de índole psicodinámica: refleja la comprensión que va alcanzando a través de las etapas de renovación y perfeccionamiento que cubre su proceso interno.

La realización ética demuestra en forma acabada el perfecto ajuste de los conocimientos que conforman la Logosofía y su índole psicotrófica innegable. ¿Qué nos descubre este hecho? Este hecho nos descubre la existencia de un Verbo Logosófico; Verbo que está originando una nueva cultura: la de la vida superior. Y, cuando se haya generalizado el cultivo de la vida superior, surgirá también una nueva civilización. Civilización, cuyo lema ético, concebido en los siguientes términos:

Ser es Saber; hay que aprender a ser lo que se quiere ser”, enmarcará el principio y el fin de las inquietudes espirituales y ennoblecerá las aspiraciones humanas.


PROEMIO

A fin de tornar inseparables la ciencia y el método logosóficos y propiciar la realización consciente de los conocimientos que impartía, Raumsol adoptó desde un comienzo el sistema de presentarlos en forma de enseñanzas, de las que nos ha dejado un inmenso caudal.

Enseñanza es, por consiguiente, la parte viva y medular de sus palabras, cuyo fundamento es indefectiblemente algún principio emanado de una ley universal o una ley misma. Él mismo, con incomparable arte pedagógico, nos ha enseñado a extraerlas del seno de sus exposiciones, habituándonos a trabajar en equipos, vale decir, en núcleos uniformes en cuanto a capacidad, cultura, edad, etc.

No hay formas de placer comparables con el que se experimenta en esa hora semanal que media entre una y otra reunión, donde la inducción temporal  parece suspenderse.

Además, para evitar la monotonía e impedir la rutina mental, ha utilizado gran variedad de formas como envase didáctico de sus enseñanzas; explicaciones, axiomas, fábulas, cuentos, relatos, coloquios, conferencias, lecciones, clases especiales, artículos, libros, cartas, ilustraciones, observaciones, preguntas medulares previas, etc., etc. Hasta nos ha dejado una valiosísima y hermosa novela, cabeza de un nuevo género, el psicodinámico, titulada “El Señor de Sándara”.

Por eso no es fácil, a quien carece de cultura logosófica extraer las enseñanzas, pues, como he dicho, hay que adquirir la técnica habilitante, basada en el conocimiento de las funciones mentales que convergen en la individualización y selección de pensamientos y en el reconocimiento de su origen, vale decir, de su composición mental.

De ahí que el lector común perciba por vía sensible la grandeza de estas singulares enseñanzas, que no puede utilizar porque su entendimiento no las penetra, son como piedras preciosas envueltas por costras minerales: para el profano son meras piedras sin valor; pero el especialista, el minerólogo, sabe lo que contiene.

De ese caudal de enseñanzas solo una parte se ha publicado. Pero, asimismo, es tan vasta que aun aquellos a quienes Raumsol consideraba sus discípulos dilectos quizás no hayan asimilado ni el cinco por ciento de las mismas. En lo que a mí respecta ese porcentaje es harto generoso.

Es pues la proyección aspectual de esas enseñanzas, que prácticamente agotan, o al menos parecen agotar todas las fases del quehacer humano, lo que impide realizar individualmente la exégesis plena del saber logosófico.

La experiencia de los años venideros hará perfilar sin duda sus diversas especialidades una vez cumplidos los estudios básicos de cultura logosófica.

No obstante, como todos los conocimientos logosóficos provienen de un mismo Verbo, procuraré dar unidad a mi labor de exégesis tomando como núcleo expositivo la doctrina logosófica del conocimiento de sí mismo. En otros términos: intentaré explicar la autognosis logosófica en relación con la metafísica, ontología, epistemología y ética logosófica.

Ojalá toque este ensayo el sentir de los hombres de pensamiento, para que la antorcha de la evolución consciente, que Raumsol encendiera un día en nuestra lejana Argentina, pueda pasar de mano en mano a través de las generaciones y alumbrar el camino de su propio perfeccionamiento, desvaneciendo las tinieblas mentales que impiden descubrirlo. Ese camino está adentro de cada hombre y, aunque parezca paradójico, cuanto más desciende uno en las profundidades y vericuetos de su propio ser tanto más asciende a lo supremo.

A veces pienso, y con fundados motivos, en lo triste que puede llegar a ser la vida humana en un futuro no lejano, si la tesis raumsólica, por indiferencia o por intereses creados, cayera en el vacío.

La ley universal de conservación tiene su raíz en las reservas. En última instancia la impostergable necesidad, la suprema “ananke” hace aflorar las reservas morales del hombre. Confío en que antes, mucho antes, un venturoso pronunciamiento de las inteligencias preceptoras de la época concitará la atención de la humanidad, invitándola a detenerse para efectuar el reajuste que las circunstancias le demandan al vehículo mental que la conduce. Bien podría ser ésa la más promisoria de las transiciones humanas.

La despreocupación por el futuro del mundo podría provocar en cambio una infernal transición, temeraria, infausta, suicida. El tiempo –conviene tenerlo presente– no admite descuidos ni tolera demoras.

 

DOCTRINA LOGOSOFICA DEL CONOCIMIENTO DE SI MISMO

ADVERTENCIAS:

1.         Logosóficamente el conocimiento de sí mismo se va sustanciando en la conciencia mediante un proceso interno que propician, estimulan y dirigen las enseñanzas contenidas en los conocimientos referentes a la autognosis logosófica, estudiadas y practicadas en función de un método y una técnica privativos de esta ciencia.

2.         Téngase en cuenta que tanto para la filosofía como para la ciencia el mundo mental es nebuloso. Hace veintiséis siglos que, entre los occidentales, Parménides anunció su existencia, pero prácticamente sigue siendo tan inaccesible como entonces. Con respecto a él no hay certeza de nada. Son todos los suyos conocimientos probables, sistematizados según el orden y la valoración que les asigna cada corriente de pensamiento fundamental.

3.         Frente a ese inmenso mar de conjeturas, teorías e hipótesis, la Logosofía se nos presenta como la ciencia del saber causal. En ese sentido, entiendo por causas ciertas realidades incorpóreas que dan origen a realidades corpóreas. Las causas que enseña a conocer Logosofía pueden ser supremas o humanas. Estas últimas atañen en primer término al conocimiento de sí mismo y se substancian en los pensamientos, a los que asigna nuestra ciencia el valor de entidades psicológicas dotadas de vida mental propia, capaces de desarrollar actividades dependientes o independientes de la voluntad del individuo.

4.         Los conocimientos logosóficos abarcan en su conjunto cuanto se refiere al universo (causas supremas) y al hombre (causas humanas). Son todos de naturaleza diferente a lo que es común en materia filosófica y no se puede comprobar su  validez sin extraer antes su esencia y aprender la técnica de su empleo.

5.         Lo que cada cual individualmente o cada núcleo de personas dedicadas a su estudio extraiga de una enseñanza logosófica constituye lo que nosotros denominamos una “comprensión” individual o colectiva, respectivamente. Lo que cada uno comprueba al aplicar en su propia vida esa y otra comprensión va formando la base de su experiencia personal. La incorporación definitiva en la propia vida de lo que se ha comprendido y comprobado respecto a una enseñanza y a su consubstanciación con ella contribuye a la formación de la conciencia individual y a las convicciones que de ese hecho emanan.

6.         Las comprensiones que dos o más personas tengan de una misma enseñanza pueden ser diferentes y el empleo que de ella hagan más diferente aún. Pero la enseñanza obra en todos en forma similar porque les permite superar sus condiciones internas en la medida de la comprensión y el uso individual de la misma.

7.         Hay, pues, en todos los estudiantes de Logosofía diferentes grados de comprensión y de experiencia logosóficas. He aquí por qué nadie puede afirmar de esta ciencia sino lo que ha comprobado, y por qué las exposiciones de dos o más logósofos sobre un mismo tema, aún siendo diferentes, se complementan, pues al par que los variados aspectos de ese mismo tema muestran también la universalidad de los principios que lo substancian como conocimiento y el empleo concreto e individual que se hace de ese conocimiento.

CONFIGURACIÓN DEL SER HUMANO

8.         Para conocerse a sí mismo hay que empezar por conocer la constitución interna del ser humano. A la pregunta concreta de cómo está configurado, la Logosofía responde concretamente: por el ente físico o alma y el ente espíritu. (1)

9.         Con el objeto de explicar el contenido de la afirmación precedente escojo la siguiente imagen del creador de la Logosofía: El ser humano se puede equiparar a un automóvil. La carrocería es nuestro cuerpo, el motor y demás accesorios de su mecanismo, nuestra alma. Mientras vamos adiestrándonos en su manejo, iremos conociéndolo parte por parte y apreciando el valor y la exacta función de cada pieza o engranaje; nos compenetraremos a un tiempo de los secretos de su buen funcionamiento y de los no menos importantes para su mejor conducción. Esto nos advierte que siguiendo un adecuado proceso de adiestramiento iremos acumulando en nosotros, o sea, en nuestro espíritu,  conocimiento y experiencia. Cuando por acción del tiempo se torne viejo ese vehículo, o sea nuestro cuerpo y nuestra alma, nos asiste la prerrogativa de abandonarlo. Pero el conocimiento y la experiencia que hayamos adquirido nos permitirá conducir con mayor pericia, en las sucesivas etapas del eterno existir, otros vehículos, pues el espíritu jamás envejece. (2)

10.       Se deduce que nuestra parte más valiosa y trascendente es el espíritu, depositario de la herencia  individual  sustanciada  en  el saber y la experiencia propios, que aquél conserva –según se infiere– como reserva interna.

11.       Ahora bien, ¿qué relación observa este postulado con la autognósis? Logosofía responde: El conocimiento de sí mismo es el encuentro e identificación con el propio espíritu. (3)

12.       Dedúcese también que, por desconocimiento de su organización interna, el hombre se halla desvinculado de su ente individual o metafísico, esto es, de su propio espíritu y que, salvo excepcionales circunstancias, ajenas a su voluntad y a su conciencia, tan solo el ente físico funciona habitualmente, vale decir, el cuerpo movido por el alma, no por el espíritu.

(1) MVC p. 90

(2) MVC p. 96-97

(3) MVC p. 91

13.       Este corte en la organización total del hombre lo priva de hecho de su herencia histórica. Le queda, no obstante, el consuelo de que su ente físico puede utilizar voluntaria y conscientemente el saber y la experiencia logrados en la línea horizontal o sincrónica de su presente vida. A esto responde la Logosofía que puede utilizar, en efecto, esos recursos. Pero no es menos cierto que la acción mental consciente desarrollada por el ente físico queda circunscripta al orden de lo material y rutinario, por pertenecer al plano extraindividual el saber efectivo con que cuenta. Además, la acción consciente no es continua  ni responde a un solo fin, sino que se mueve a requerimiento de los diversos objetivos que demandan la atención del ser y acaba toda vez que uno de ellos ha sido alcanzado. (LCM p. 49) Así, p. ej., un profesor, al preparar sus clases, puede hacerlo conscientemente utilizando el saber y la experiencia que posee en el ejercicio de su profesión. Pero la acción consciente empieza tan solo en el momento que inicia su tarea y acaba cuando la clase quedó terminada. Acontece lo mismo con el investigador, el artista, el técnico, el hombre de ciencia, el industrial, el comerciante, el artesano y hasta el ama de casa: sus respectivas actividades conscientes se inician, en el mejor de los casos, cuando se disponen a cumplir cabalmente con sus respectivos deberes, obligaciones, responsabilidades, hábitos, estudios, vocaciones, inspiraciones etc. Y terminan con el logro de sus objetivos. Quiero significar que, en el orden rutinario de la vida, la inducción consciente no puede romper –como dice Raumsol (opus cit., ibidem)– la estrechez física y conectar cada esfuerzo con la aspiración de alcanzar el perfeccionamiento trascendente, vale decir, el de su propio espíritu, sino tan sólo el de su especialidad profesional o técnica. Esto significa que con la suma de todos los esfuerzos convergentes en el sector que cultiva un hombre puede ser, verbigracia, un eximio artista, un distinguido científico, un profesional de nota, etc., y estar cargado, no obstante, de todos los vicios y defectos que imaginarse pueda. Ello se debe a que su propio espíritu, destinado por naturaleza a gobernar moral y psicológicamente la vida interna del ser que anima, se halla imposibilitado de actuar por faltarle al hombre conocimiento capaz de despertar en él la conciencia del perfeccionamiento interno, incumbencia exclusiva de aquel singular ente metafísico.

14.       Bien; supóngase que el sentir de alguien le hubiese permitido reconocer la necesidad de cultivar su vida interior y que se hubiese acercado a un logósofo en busca de orientación al respecto. Una vez informado sobre los contenidos generales de la Logosofía, su método y sus fines, a solicitud del propio interesado comienza el proceso preparatorio, cuyo objeto es adaptar su inteligencia a los nuevos estudios y a cuanto se relaciona con la preceptiva logosófica. Una vez en condiciones de iniciar su proceso de superación ingresa en calidad de neodiscípulo. Lo primero que debe estudiar es la configuración psicológica del ser humano, para hallarse en condiciones de conocer, observar y finalmente corregir el funcionamiento de su propio mecanismo psicológico. Esta etapa corresponde al conocimiento sí mismo y el propio interesado es la materia concreta donde se aplican los resultados del estudio.

ESTRUCTURA PSICOLÓGICA DEL HOMBRE

15.       Sinopsis

ANEXO 1

REFERENCIAS

A          Sector correspondiente al ente psíquico

B          Sector correspondiente al espíritu

1          MENTE COMUN cuyo mecanismo está integrado por la inteligencia y su correspondiente zona dimensional de pensamientos.

2          SISTEMA SENSIBLE integrado por el mecanismo de la sensibilidad y la zona dimensional de los sentimientos.

La flecha con dos puntas ilustra la interdependencia que se produce entre los dos mecanismos, puestos de acuerdo en virtud de la asimilación del conocimiento logosófico, que a su vez ha puesto en actividad la conciencia individual, o sea la conciencia de sí mismo.

3          SISTEMA INSTINTIVO convertido en tal por el proceso de evolución consciente, al conectar la conciencia sus manifestaciones energéticas con los centros superiores de energía 1 y 2.

Las flechas indican los progresos del instinto coadyuvando en la organización del mecanismo de la vida consciente.

4          CONCIENCIA INDIVIDUAL que empieza por regular el mecanismo de la mente común y se extiende luego al gobierno de la totalidad del ente psíquico. Finalmente toma contacto con el mecanismo de la mente superior o del ente espíritu, cuyas facultades, inmóviles por falta de desarrollo de la conciencia de sí mismo, empiezan a activarse.

Las líneas concéntricas, inversas a las que ilustran el progreso de la conciencia, muestran la inducción que empieza a desarrollar la mente superior al activarse y la espiritualización que, por intermedio de la conciencia, confiere al mecanismo psicológico del ente físico o alma.

5          ESPACIO DIMENSIONAL DE LOS PENSAMIENTOS SUPERIORES generados por la conciencia individual.

ESTRUCTURA PSICOLÓGICA DEL HOMBRE  (1)

16.       El conocimiento de sí mismo empieza con el estudio de la configuración psicológica del hombre. Téngase en cuenta que éste, al venir a la vida, se encuentra con dos realidades: la que se abre a partir de él hacia fuera (mundo natural) y la que va de él adentro (mundo mental); que la mente, a través de sus vivencias, se esfuerza en alcanzar el conocimiento de la realidad, con rapidez cuando la guían el saber y la experiencia ya logrados, torpe e insegura cuando estos factores no la asisten. Esto explica su enorme progreso en el plano físico y su lentitud abrumadora en el mental, donde la ausencia de un saber efectivo como el que caracteriza el mundo natural la mantiene poco menos que estancada.

17.       La inteligencia puede abrirse camino por sí sola, pero en forma lenta y trabajosa; el conocimiento básico es, en cambio, el gran acelerador mental. Observemos que los progresos médicos alcanzados por la humanidad en los últimos 60.000 años se obtienen hoy en sólo seis en una facultad de medicina.

18.       La Logosofía es la ciencia de las causas, la ciencia por la que tanto ha suspirado el hombre, y cuya aparición, hace treinta y tres años, ha puesto fin al estancamiento del saber humano en lo concerniente al mundo mental. La inteligencia puede moverse allí con la misma soltura y eficiencia con que se desempeña en el plano físico. A los fines de su experimentación y estudio la Logosofía nos presenta la configuración psíquica del hombre integrada por tres sistemas: el mental, el sensible y el instintivo; al solo efecto de ilustrar este punto lo represento de la manera indicada en el anexo I.

19.       Sistema mental. Tiene como asiento físico el cerebro y está configurado por dos mentes u órganos psicológicos: a) la superior, estática –salvo notables excepciones– y sin desarrollo consciente, destinada para exclusivo uso del  espíritu; b)  la inferior o común, con la que se maneja el ente físico, acciona  en el plano material y su mayor o menor dinamismo depende de la lucidez alcanzada por la inteligencia en sus esfuerzos por penetrar en la realidad extraindividual donde el ser humano se desempeña o incursiona.

20.       Se ve allí el designio del Creador al dotar al hombre de dos mentes, una de las cuales tiene por finalidad vincularlo con el mundo físico y la otra con el metafísico; sólo que la segunda se encuentra en estado embrionario por haberle faltado al hombre los conocimientos y el método que la active. Podrá inferirse ya que la enseñanza logosófica opera en el desarrollo de esta última.

21.       Para llevar al hombre al desenvolvimiento de su mente superior el método logosófico debe accionar, lógicamente, sobre la mente común, como instrumento y forja de aquella.

(1) Ref. Bibliográfica: González Pecotche: “Logosofía, Ciencia y Método”

22.       Siendo los conocimientos logosóficos, en su totalidad, el medio de poner en función la conciencia individual, deberán presentar ante el entendimiento de quien ha de recibirlos una forma y un contenido. A tal efecto, el creador de la Logosofía adoptó para los mismos la forma de enseñanzas, cuyos contenidos ilustran la inteligencia sobre cada uno de los resortes de la articulación psicológica del hombre y sobre cada una de las realidades del mundo mental. Su conformación didáctica –la de enseñanza– permite al que estudia extraer de ella los elementos básicos, sustanciales, para aplicar en su propia vida y conducirla conscientemente haciéndole cumplir en esta forma las funciones que antes realizaba al azar.

23.       Ilustraré lo antedicho con el siguiente ejemplo: un conocimiento logosófico nos enseña, verbigracia, qué son los pensamientos negativos y cómo se los puede individualizar y controlar. La estudiamos hasta extraer de ella su parte medular, vale decir, su mensaje didáctico, logrado lo cual culmina el esfuerzo teórico. Desde ese momento y en función de lo comprendido, se inicia una segunda etapa en la labor de asimilación del citado conocimiento:  ¿Para qué nos sirve esa comprensión lograda? ¿En qué y cómo podrá empleársela? Por de pronto puede usársela para individualizar y controlar ya los propios pensamientos negativos, evitando así que éstos continúen gravitando desfavorablemente sobre nuestra vida, como lo han hecho hasta ahora.

24.       La capacidad de individualizar y la función de controlar supone de hecho el ejercicio de una práctica constante. Estas dos vitales aptitudes de la vida consciente las alcanza la inteligencia bajo la dirección pedagógica de caracterizados miembros de la Institución. Su práctica habitual promueve la consubstanciación del conocimiento con la vida, por lo que su ejercicio se produce luego en forma natural y sin esfuerzo alguno.

25.       La conciencia resulta del conocimiento hecho vida. Es pues, la conciencia la raíz de la nueva planta humana. Su fuente nutricia es la enseñanza logosófica. Planta nueva es la vida interna del hombre, que la conciencia alimenta con los elementos que permite extraer de la observación y estudio de cuanta vivencia origina el medio donde el ser desenvuelve sus diarias actividades.

En imponderable síntesis el conocimiento logosófico resume así el proceso del despertar, desarrollo y función de la conciencia: “La inteligencia de la mente común, al asimilar los conocimientos logosóficos con los cuales va integrándose la conciencia individual extiende los límites de sus posibilidades hasta tomar contacto con la esfera de la mente superior, que amplía a su vez el volumen de su capacidad creadora y cognoscitiva tanto como lo permite la evolución que el ser va alcanzando” (LCM p.46-47).

Siendo la mente común la que tiene que alcanzar los límites de la superior y no a la inversa, por ser esta última meramente potencial, el secreto de la evolución que preconiza la Logosofía consiste en convertir en conciencia el espacio dimensional de los pensamientos y eliminar de él cuanto se oponga a la expansión de aquella. Su avance está condicionado por los cultivos que la inteligencia realiza en el espacio mental.

CONFIGURACIÓN DE LA MENTE COMUN

26.       La mente humana –explica nuestra ciencia– está configurada por una parte    autofuncional, a la que denomina “mecanismo mental de la inteligencia”, y una parte extraautofuncional, a la que define como “zona o espacio dimensional de los pensamientos”, entidades psicológicas animadas, descubiertas por el creador de la Logosofía, que desempeñan papeles protagónicos en la vida humana, como se detallará en su lugar.

27.       El mecanismo de la inteligencia está constituido por un conjunto de facultades, principales unas y accesorias otras, como las de pensar, observar, razonar, entender, recordar, discernir, imaginar, combinar, intuir, etc. cuya suma recibe el nombre de “inteligencia” o facultad cumbre, por comprenderlas a todas. Cada una de ellas puede funcionar independientemente o en combinación con otras. En la parte de proceso interno relacionada con el conocimiento de sí mismo las tres facultades mencionadas en primer término (pensar, observar y razonar) desempeñan el oficio más importante de la realización autognósica, por ser las que más directamente se conectan con el mundo de las causas, y en consecuencia, las que pueden operar conscientemente de inmediato.

28.       La facultad de pensar. Constituye el eje del mecanismo mental de la inteligencia por el hecho de tener a su cargo la creación y procreación de pensamientos e ideas mediante los cuales se nutre y configura la vida de un ser y aun la de sus semejantes.

29.       El ejercicio consciente de esta facultad promovido por el estudio y práctica de las enseñanzas logosóficas –formativas todas– me permite inferir que la función de pensar es una  labor  que  la  inteligencia realiza tras habilitar al órgano físico que le sirve de asiento –el cerebro– entrando en función la facultad del mismo nombre para seleccionar y coordinar elementos mentales  capaces de concretar y responder a la causa que ha originado esa labor. Es sintética y creadora. Parte de una ausencia para llegar a una presencia mental creada por ella.

Cuando la facultad de pensar aúna sus fuerzas con la de razonar, se produce el razonamiento o raciocinio; es cuando el sujeto, antes de sintetizar, necesita analizar, discernir y juzgar el valor, idoneidad o índole de los elementos que la función de pensar haya seleccionado. Si la función analítica y discernitiva se hace más extensa por las proyecciones que va sumiendo el fruto mental que se elabora, se produce la  meditación.

Si la labor combinada de las facultades de pensar y razonar se concentran sobre un solo punto, objeto de la labor mental, con la finalidad de explicarlo y hacerlo comprensible al entendimiento, ésta se manifiesta como reflexión.

Los elementos que escoge la función de pensar pueden tener el más diverso origen, a saber:

a) De pensamientos que se tienen en la mente.

b) Del propio saber

c) De la experiencia individual o de la ajena, conocida por referencia.

d) De la observación

e) De la memoria

f) Del estudio

g) De algún hecho que motiva una vivencia

h) De la reflexión propia; etc.

30.       La índole y el vigor de sus creaciones depende: a) del desarrollo que esta facultad haya adquirido; b) de la naturaleza, calidad y jerarquía de los elementos que haya seleccionado; c) del empeño, buena voluntad y tiempo que el propio ser ponga al servicio de la función de pensar.

¿Se puede pensar en cualquier momento? Si, pero siempre que la mente reúna las condiciones que esa función exige. Tales condiciones son perfectamente conocidas por el estudiante de Logosofía, ya que sabe  qué debe hacer para cumplir esta función básica de la existencia. La Logosofía la denomina Básica porque al pensar es cuando se  advierte el existir interno, por la acción misma de los movimientos mentales que van plasmando el pensamiento.

31.       Cuando es manejada a conciencia, vale decir, cuando se piensa en función de conocimientos causales y de un claro objetivo prefijado, esta facultad puede cumplir también otra importantísima función: la de nutrir y vigorizar los pensamientos que el ser utiliza, tanto en sus actividades profesionales como en las inherentes a su evolución, por el constante acopio y cultivo de elementos nuevos que la función pensante extrae de la realidad con la cual toma contacto circunstancial o habitualmente.

32.       Cuanto mayor es la pureza de los elementos con que se cuenta tanto mejor es el ejercicio de sus funciones y la calidad de sus frutos. Por consiguiente, en el campo donde la inteligencia tiene hechos sus cultivos la facultad de pensar actúa con soltura; pero se muestra torpe, vacilante y hasta inmóvil donde no existen esos cultivos previos o donde el sector mental en el que debe incursionar se halla esterilizado por creencias y temores –que de hecho paralizan sus funciones– o por prejuicios que la obstaculizan y la traban.

33.       La experiencia en el cultivo de los conocimientos logosóficos me ha demostrado claramente que antes de estudiar Logosofía yo ejercía la función de pensar en forma limitada y casi exclusivamente dentro de mi campo profesional. En los demás sectores de mi vida  –ámbito familiar, círculo social, intimidad, etc.–  no pensaba, y, peor aún, no sabía hacerlo, razón por la cual solía dejarme llevar por opiniones ajenas, por creencias inculcadas a lo largo de mi vida y por mis propias tendencias psicológicas, impregnadas de dudas, vacilaciones, intereses, temores infundados, cuando no por obstinaciones, caprichos, violencias y toda esa gama de reacciones propias del temperamento pasional y autoritario, fuente de ligerezas, incomprensiones y tardíos arrepentimientos.

34.       El saber logosófico al enseñarme cuándo se piensa, cómo y para qué se cumple esa función básica de la existencia, ha hecho cambiar radicalmente mi vida. Se han desarrollado en mí aptitudes que no tenía y que muy difícilmente hubiese podido crear a expensas de mis propias posibilidades, verbigracia, la facultad de percibir y estudiar mis propias vivencias y actuaciones y la no menos valiosa de reaccionar rápida y favorablemente para neutralizar esos estados regresivos que promueven, de vez en vez, los viejos hábitos. En suma, se me ha abierto un panorama de experimentación y perfeccionamiento interno ilimitadamente amplio, interesante, concreto, real y fecundo en alto grado.

35.       Han variado además los efectos. Antes, un desacierto de esos ante los cuales nada sabe ni puede hacer uno en su favor producía verticales caídas en mi ánimo, de las que salía a flote con el tiempo, con el auxilio de algún estímulo fortuito o con la ayuda ajena, tras de haber padecido innecesarias torturas internas y sin provecho alguno para mi vida, puesto que solían repetirse en mí las mismas situaciones. Ahora, cuando me sorprendo en el error o en una actuación desafortunada, sé movilizar todas las energías psicológicas de que dispongo y concentrarlas en la zona mental afectada por los factores negativos que promovieron mi desacierto. Al descubrir la causa experimento el inefable placer del que ha comprendido que en la vida la lucha es inevitable, del que ha aprendido a tomarle el gusto y a imponerse en esa lucha por sus propios medios.

36.       Habrá, no lo pongo en duda, muchos motivos capaces de hacer experimentar dicha, placer o alegría aun al más indiferente. Pero el que se experimenta luego de haberse impuesto en un conflicto mental contra los pensamientos que gravitaban negativamente sobre  la conducta personal tiene un sabor sublime y sin parangón con ninguna otra forma de placer. En mi opinión, constituye una experiencia que conmueve los más íntimos resortes del propio sentir y uno de los auténticos placeres del espíritu. Es ahí cuando se experimenta, positivamente, aquello de que “no hay mal que por bien no venga”, tan mentado desde los dramas antiguos, mientras se aguardaba pasiva, ciega y crédulamente la prometida “peripecia” del refrán.

37.       La facultad de razonar; enseña la Logosofía que: “la razón es y no es una facultad. Existe y no existe, y sólo acciona en base a los conocimientos que se tengan. Es el conocimiento lo que le da vida; sin él no podría ejercer su función directriz como facultad central de la inteligencia, pues el conocimiento constituye su razón de existir” (ICL, p.146).

38.       Obsérvense las proyecciones que asume la definición transcripta al ser llevada al plano docente. Aplicada al ejercicio de mi profesión me ha llevado a cambiar radicalmente mi sistema de enseñanza de las lenguas clásicas. Cada año he ido perfeccionándolo y actualmente opero con extraordinaria facilidad sobre la razón del educando, nutriéndosela  medularmente  sin esfuerzo alguno. Sé como se imparte el conocimiento para que él pueda razonar ágil y certeramente, tornando el estudio placentero en alto grado. Las cosas más difíciles y complicadas, sabiéndolas enseñar conforme a las leyes que rigen el proceso de la comprensión, resultan un juego de niños. Mas, para alcanzar tan fecundo desiderátum, he debido yo mismo realizar antes ese proceso, organizando el mecanismo de mi inteligencia en función del método logosófico.

Dentro de la mente humana no sólo hay facultades sino también pensamientos; pensamientos de toda índole muchos de los cuales han formado graves y lamentables deficiencias caracterológicas que tornan a la razón fría e insensible. Mi propia experiencia me lleva a aclarar que la afirmación logosófica no atañe a la razón común del hombre, ni los conocimientos a que se refiere la Logosofía son los que se adquieren en el ámbito universitario. La razón común manejándose con el saber profesional, se muestra a menudo rígida, estrecha e incapaz de sincronizar su función discernitiva con los movimientos de la sensibilidad o con la vibración de los sentimientos, por no responder a los dictados de una conciencia integral, o sea la despertada por los conocimientos trascendentes. En el vasto campo de la docencia he podido observar infinidad de veces la incapacidad del educador (y yo era antes uno de ellos) para percibir los movimientos internos del alumno, sus necesidades, sus reacciones, etc., pese a que fueron también ellos educandos en su tiempo. Ese es el motivo que promueve los inevitables choques, por incomprensión de ambas partes, con la diferencia de que en el alumno, por estar en formación, la responsabilidad es mucho menor. ¡Cuántas veces he visto la intolerancia de un colega, rayana en la neurosis, manifestarse sin control alguno porque en circunstancias de un examen el alumno alteraba ligeramente el contenido de una afirmación suya! No puede ser ésa, indudablemente, la razón a que alude la Logosofía, sino la común, la inhumana y plagada de defectos.

39.       Hecha esta aclaración procuraré mostrar cuando interviene en los movimientos de la inteligencia y en la elaboración de los juicios la facultad de razonar. El conocimiento alcanzado mediante el estudio de la enseñanza logosófica y su refirmación en la experiencia permite a la razón vigorizar los movimientos de las demás facultades diferenciando una cosa de otra, analizando hechos y palabras, jerarquizando los juicios y orientando la búsqueda de soluciones, lo que hace consciente al hombre de lo que tiene que encontrar.

40.       En combinación con la facultad de pensar, al concentrarse sobre un hecho que preocupa la mente, facilita mucho la labor de la inteligencia en la confección de las imágenes mentales de aquellas cosas que alguien se propone, debe o tiene que llevar a cabo.

41.       Un hecho de la vida mental que descubre claramente las funciones del razonamiento se manifiesta por la circunstancia de que esta facultad nunca expone sus conclusiones sin antes haber analizado, calculado, pesado y medido en función de conocimientos habilitantes las dimensiones del objeto sometido a su consideración. Supongamos que algo nos ha entusiasmado y apetecemos su conquista. Luego vemos que la misma tiene sus bemoles, y, como supone un esfuerzo de nuestra parte, solemos desligarnos de ella argumentando, con o sin razón, nuestra falta de tiempo. Supongamos también que una de esas cosas fuese, verbigracia, el anhelo de superación, despertado por el vigor y la realidad de la palabra logosófica. Pero hallamos que, aparentemente, no disponemos de tiempo para dedicarlo a su cultivo. No obstante, siguiendo el consejo de quienes nos instruyen al respecto, nos disponemos a ordenar nuestros quehaceres diarios con el objeto de crear dicho espacio. Esa buena disposición comienza a destacarse como una especie de envase o célula mental donde habrá de desarrollarse la futura solución. Esto mismo lo trasladamos luego a una libreta de apuntes, con lo que dispondremos ya de un escaparate mental y de un registro físico corporizado en la libreta. A poco de andar, la preocupación que el propósito genera en nuestro interno comienza a atraer hacia su esfera de acción a cuantos pensamientos teníamos sin saberlo en nuestra mente afines con dicho propósito, que desfilarán ante el mismo como transeúntes atraídos por un objeto llamativo expuesto en la vidriera de un comercio.

42.       Uno demandará, por ejemplo, ¿cuáles son nuestras actividades diarias? Hago aquí la salvedad –según he podido observar– que los pensamientos no inducen su expresión en segunda persona (como si nos tutearan), sino en primera. De modo que al interrogante, al dibujarse en la mente, cobrará, por ejemplo, esta forma: “¿Cuáles son mis actividades diarias?” La mente es el órgano o instrumento natural, emisor y receptor a la vez, mediante el cual el mundo físico se enlaza con el extrafísico y puede ser usado tanto por el ente humano como por cualquier ente pensamiento que opere en la mente del ser. Si se manifestara en segunda persona, ¿no se lo hubiera descubierto hace muchísimo tiempo?. Por eso, hasta la aparición de la Logosofía, su carácter de agente animado de la vida mental había pasado totalmente desapercibido a la sagacidad humana.

El pensamiento es sustancia mental viva lo mismo el microbio es sustancia orgánica. Igual que éste, carece de inteligencia y de sensibilidad psicológica, pero igual que él, opera sobre la substancia humana produciendo diversos efectos en ella, conforme a la índole de su composición mental.

El pensamiento opera sobre las facultades mentales y sensibles y sobre los centros instintivos de actividad psicológica, unas veces originando efectos saludables y otros provocando los más extraños y descontrolados desbordes, rayanos en lo paranoico. Por eso la Logosofía enseña a realizar un estudio minucioso de los propios pensamientos a fin de que cada cual conozca su propia realidad interna y sepa a qué atenerse.

Cada cual es como es, piensa como piensa, siente como siente, actúa como actúa y habla como habla, conforme a los pensamientos que pueblan su región dimensional e influyen sobre su vida. Por eso, cambiar de pensamientos es cambiar de vida. Pero hay que conocer antes la técnica y el método que hace consciente este imponderable y trascendente hecho de la vida inteligente.

43.       Pues bien, volviendo a aquel primer interrogante, deberemos registrarlo en nuestra libreta de anotaciones para evitar que lo olvidemos, sin preocuparnos más de él momentáneamente. A su turno otros pensamientos se harán presentes también, atraídos por el señuelo del propósito. Conviene, pues, tener siempre a mano la libreta, ya que las sugerencias de los pensamientos suelen producirse extemporáneamente, por cuanto en el plano mental el tiempo no gravita. Otro pensamiento puede hacernos notar que no todas las actividades desplegadas por nosotros tienen la misma importancia, y, un tercero, que ponemos más empeño, energía y tiempo en mejorar el nudo de la corbata o la raya del pantalón que en la forma de expresarnos o en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Estas y otras sugerencias van engrosando la lista y atrayendo con más asiduidad cada vez a otros pensamientos. Aparecerá el que argumenta, p. ej., que a menudo nos falta tiempo porque damos mil vueltas antes de decidirnos a hacer algo. Otro, que gastamos largas horas en discusiones o en triviales comentarios sobre personajes de la política, figuras deportivas, estrellas cinematográficas y mil tonterías. Quizás alguno nos haga observar que, cuando disponemos de fondos, quemamos tiempo y dinero en  fruslerías y diversión corrida y que, cuando se han agotado los haberes, seguimos quemando el tiempo con protestas y lamentos inútiles. Y no faltará, quizá, el que, respondiendo a la voz de la conciencia, nos haga notar que a menudo argumentamos carecer de tiempo para darnos importancia. Algo nos ha hecho creer dentro que una persona falta de tiempo es una importante persona. No obstante, hallándonos en la edad de merecer, ¿a que no le diríamos a una señorita que nos ha concedido una cita que no nos será posible asistir por nuestras múltiples ocupaciones?…

44.       La facultad de observar. Al servicio del proceso de evolución consciente y del conocimiento de sí mismo la facultad de observar, activada y dirigida por el conocimiento logosófico, apunta a un fin preciso: el enriquecimiento de la conciencia. Para ello hay que habituarla a trabajar en combinación con las otras facultades, especialmente las de pensar y razonar, con lo que sus funciones tórnanse conscientes.

45.       En consecuencia, entiendo por observación consciente el acto de dirigir, aplicar y concentrar la visión mental sobre el objeto, hecho o circunstancia, físico o psicológico, que haya atraído la atención de la inteligencia.

46.       ¿Qué se puede observar? Entiendo que ha de ser objeto de nuestras observaciones todo cuanto permite extraer elementos constructivos destinados a organizar el mecanismo de la vida consciente y a conducir la propia vida con seguridad, eficacia, dignidad y responsabilidad.

47.       Producto de la observación –prescribe el método logosófico– ha de ser la crítica ulterior. Logosóficamente practicada  nos permite, como veremos enseguida, seleccionar positivos elementos de juicio, coadyuvantes de la inteligencia en futuras actuaciones. La crítica logosófica difiere pues de la común: a) por la índole de sus conclusiones, edificantes todas; b) por estar al servicio de la superación, del perfeccionamiento y de la evolución de la conciencia individual. Esto significa que cada observación no constituye un hecho mental aislado, sino parte de una sucesión de hechos unidos por el hilo conductor del proceso interno, que los suma y complementa.

48.       Al aplicarse a la propia vida, según la indicación metodológica, propicia el autoperfeccionamiento. En lo que a mí respecta la autoobservación me ha permitido desarrollar las siguientes capacidades: a) la de percibir mis propios estados psicológicos, b) la de individualizar e identificar los pensamientos que gravitan positiva o desfavorablemente sobre mi propia vida; c) la de conocer, identificar y corregir mis deficiencias psicológicas; d) la de advertir cualquier interferencia que pretendan ejercer en mi mente circunstanciales o arraigados factores psicológicos con el fin de desviarme de algún objetivo predeterminado.

49.       Para ilustrar lo expuesto presentaré la siguiente imagen: Una persona de mi confianza o de mi amistad me informa, verbigracia, sobre la existencia de una nueva fuente de saber, detallándome sus fundamentos, su método y sus fines. Pero como los conocimientos que la constituyen no han surgido del ámbito universitario, pasado ese primer momento de entusiasmo que despertara en mí la novedad, se produce en mi interno una cierta inquietud, mezcla de agitación y desconfianza, lo que no es otra cosa que la conmoción natural de ciertos pensamientos, de viejo arraigo en mi mente, promotores de mis actuales prejuicios intelectuales. Movido por ellos trato de establecer relaciones con lo ya conocido y generalizado, y, al no lograrlo, solicito la opinión de otra persona, cuyos juicios han influido más de una vez en mis propias decisiones. Esta me dice, p. Ej., que ya ha oído hablar de esa presunta fuente de saber en diversas oportunidades, pero que, al parecer, es una variedad de tal o cual corriente de ideas que, a su juicio, no tienen mayor valor. Además –sigue diciéndome– Fulano afirma que dicha corriente parece oponerse a esta o aquella ciencia: Mengano, que se rebela contra tal o cual sistema de moral o religión; y Perengano, ya ha hecho notar, por su parte, que ni Juan ni Pedro ni Diego, personajes del mundo social, le han dispensado la menor atención.

50.       Apabullado por todos esos argumentos demoledores, el brote de interés manifestado en mí al recibir aquella primera información se ha desvanecido, y si alguna circunstancia fortuita no se hace presente para modificar mi decisión, es casi seguro que se malograría en mí la oportunidad de beneficiarme con lo que me ofrece la nueva ciencia, que el azar había acercado a mis posibilidades inmediatas.

51.       Este hecho, repetido infinidad de veces en la historia del desenvolvimiento humano, al ser analizado con criterio logosófico, permite observar y extraer entre tantas otras cosas, las siguientes conclusiones:

1º) Que el interesado no sabe pensar por sí mismo. Si supiera hacerlo, no hubiese recurrido al juicio de otro; antes bien, habríase tomado el trabajo de investigar y comprobar por sí propio la verdad o el engaño de lo que le habían ofrecido. Y aún, supuesto el caso de que se hubiese dejado llevar por la desconfianza o por la duda, si supiera pensar habría advertido al punto que la persona consultada no sabía más que él al respecto, y que, también ella, era vehículo incondicional del pensamiento ajeno. Por último, si supiera pensar, habría establecido una oportuna relación entre el entusiasmo nacido en su interno al recibir el informe inicial y su abatimiento posterior. Este hecho lo hubiese movido a investigar hasta superar la duda lógica.

2º) Que se deja  llevar por prejuicios (intelectuales, morales, sociales o religiosos) que le impiden experimentar lo nuevo, si no se ha consagrado antes en el juicio de los demás.

3º) Que es insensible a los movimientos de su ser interno y que, por lo tanto, no puede percibir la diferencia de estados promovidos en él por la palabra constructiva y por la demoledora.

4º) Que la creencia y la propensión a creer ocupan un vasto y prominente espacio dentro de su vida mental, lo que le impide discernir entre lo real y lo quimérico, tomando lo uno por lo otro y viceversa.

5º) Que desconoce por completo el mundo de los pensamientos y su influjo causal en las determinaciones humanas.

6º) Que ignora lo que son y representan las defensas mentales y el poder de los estímulos.

7º) Que desconoce el verdadero fin de la existencia humana, etc.

Cuando  se ha aprendido a manejar con cierta soltura la facultad de observar, toda la vida mental se activa, pues casi de continuo el entendimiento da ingreso a materia psicológica viva destinada al análisis de la razón, del que uno selecciona luego cuanto pueda enriquecer las reservas de su inteligencia.

52.       Toda vez que la atención se posa en algo se produce la observación. Ese algo puede pertenecer al mundo físico o al mental. La observación de un hecho físico está a cargo de la mente común. La ciencia y el arte suelen desarrollarla aun en alto grado, pero donde termina el mundo físico empieza el mental: por consiguiente, también ahí termina el radio jurisdiccional de la observación de la mente común y si el conocimiento y la experiencia de las realidades inherentes al mundo mental no han despertado la conciencia a esas realidades, la visión humana se esfuma en las tinieblas de ese mundo, pues sin conocimiento trascendente el hombre está prácticamente ciego; no siempre es capaz de ver, entender y captar las causas que originan la conducta propia y la del semejante. Por eso se engaña y se lo engaña con frecuencia y sufre toda clase de infortunios. Al no ver mentalmente no puede pensar, ni razonar, ni extraer conclusiones oportunas que le evitarían muchos percances. Por eso también es indefenso y sucumbe con frecuencia ante el engaño. ¿Acaso advierten los pueblos la dialéctica envolvente de la demagogia? Si así fuera no existirían despotismos en el mundo. El dictador y el tirano existen porque el mismo pueblo involuntariamente los elige. Y los elige porque no sabe pensar; y no sabe pensar por su incapacidad para penetrar en el seno de las causas, esto es, en el mundo mental. Advierte el mal cuando ya no hay remedio, vale decir, cuando ha culminado el proceso de su gestación y desarrollo. Todo es proceso en la Creación, tanto en lo físico como en lo mental. La observación oportuna de la acción causal permite neutralizar a tiempo sus efectos, si son éstos negativos. La observación causal hace consciente al hombre de todo cuanto atenta contra su dignidad, su vida, su libertad, sus prerrogativas y su marcha progresiva hacia el destino fijado a la vida inteligente.

He aquí la observación a que alude la Logosofía. Implica una permanente captación y acarreo de sustancia mental al laboratorio de la inteligencia para ser analizada, originando inquietudes en ella que terminan cuando ésta sabe a qué atenerse. Sólo entonces la inquietud se resuelve en quietud mental, hasta tanto nuevas observaciones preocupen otra vez la inteligencia.

53.       Por mi parte reconozco y declaro que el ejercicio consciente de la observación conforme a las prescripciones del método logosófico me ha humanizado sin lugar a dudas. Ello se debe, según estimo, al hecho de que en el orden mental y humano no hay observación consciente si antes no ha habido autoobservación y autocorrección. Por consiguiente, se puede ver claramente fuera lo que claramente se ha visto y comprendido dentro.

54.       La autoobservación, en ponderable proyección catártica, va desmoronando, pues, al ídolo personal creado por los artilugios de la fantasía y, al extenderse fuera, permite al ser observar humanamente, esto es, con comprensiva tolerancia.

55.       Existe una tolerancia fingida o aparente, que proviene de una posición mental. Tiene la duración y la consistencia de lo que es artificial y postizo. La auténtica tolerancia es una realidad forjada en la comprensión y el recuerdo consciente de lo que ahora se sorprende en otro estuvo antes envasado en el propio observador, cuando no queda aún vestigios, o algo más, de eso mismo que se está viendo fuera.

56.       Piénsese ahora en el valor y la significación que asumiría la tolerancia en las relaciones humanas y el cambio que la vida experimentaría, si los seres conociesen el secreto y realizaran esta cardinal conquista del espíritu.


LA ZONA DIMENSIONAL DE LOS PENSAMIENTOS

57.       Cada mente humana, además del mecanismo de la inteligencia, está integrada por una zona o espacio dimensional que ocupan los pensamientos. El creador de la Logosofía ha descubierto la existencia de ese espacio en la constitución mental del hombre, poblado por entidades psicológicas animadas que ejercen una acción preponderante en la vida humana, a tal punto que cada individuo de nuestra especie ha sido como ha sido, es como es y será como será, conforme a la índole de los pensamientos que hayan habitado, habiten o habitarán su mente.

58.       Es éste, a mi juicio, no sólo el descubrimiento más sensacional de la época sino el de mayor significación y trascendencia en toda la historia de la existencia humana.

La experiencia que llevo efectuada sobre este fundamental aspecto de la autognosis me permite afirmar, sin la menor sombra de duda, que el día que los hombres de pensamiento se hayan impuesto debidamente de ello y su autorizada palabra llegue adonde debe llegar, la parte civilizada de la humanidad puede adelantar mental, moral y espiritualmente mil años en el espacio de uno solamente. Y estoy dispuesto a probarlo en cualquier momento.

59.       Matriz psicológica de los pensamientos es la mente. Allí se conciben, nacen, se desarrollan, se reproducen y también allí mueren o se desintegran.

60.       La ciencia y el método logosóficos capacitan rápidamente la inteligencia de cada cual para individualizar, clasificar, seleccionar, controlar y manejar los pensamientos que ocupan la mente. Se deduce que el conocimiento de los propios pensamientos es la base del conocimiento de sí mismo.

61.       Pero no todos los pensamientos que una mente alberga en su correspondiente zona han nacido en ella. La mayoría son de origen extraautomental y el estudio y práctica del conocimiento logosófico nos ha demostrado acabadamente que nuestro órgano psicológico –la mente– es a un tiempo generador y vehículo de pensamientos. Por diferentes conductos, especialmente el de la palabra, pueden éstos viajar de una mente a otra deteniéndose y aún “enquistándose”, ahí donde el ambiente les es más propicio o donde ya hay otros congéneres que afinan con su composición mental.

62.       Son, por ejemplo, de origen extraindividual los pensamientos que, bajo la forma de conocimientos, hacemos ingresar en nuestro haber interno mediante el acto de estudiar, a los que utilizamos luego como si fueran propios, vale decir, como si nosotros mismos los hubiésemos creado. Otro tanto acontece con aquellos que, en forma de sugerencias –verbigracia la propaganda– penetran en nuestra mente con el propósito de influir sobre nuestra voluntad induciéndonos a realizar actos relacionados con lo que se pregona.

63.       Los dos ejemplos anteriores permiten observar la relación que se establece entre los pensamientos y la voluntad, y entre los pensamientos y la inteligencia. Por la índole de su composición mental los hay que no pueden obrar independientemente de la voluntad ni desconectados de la inteligencia, sino subordinados a ambas. Tal ocurre, p.ej., con los pensamientos que integran el saber de cada cual. Otros, en cambio, pueden moverse en su recinto interno con absoluta autonomía, influyendo y hasta manejando a voluntad las facultades de la inteligencia. El desconocimiento humano a este respecto facilita aún más esa autonomía, pues impide la percepción consciente de dichos factores por parte del ser. La no percepción consciente de los mismos apuntala la inconsciencia, que es algo así como un aislante o anestésico psicológico que impide a los mecanismos internos del hombre despertar la conciencia de sí mismo.

64.       Ese espacio mental inerte ese desvanece por acción de los conocimientos logosóficos, que, como hemos dicho, se presentan en forma de enseñanza, cuya función básica es la de unir los centros psicológicos productores de energías –mentales, sensibles e instintivas– con la conciencia individual, o sea con la propia realidad interna. Así pues, despertada y activada por aquellos, la conciencia estimula la atención, mediante la cual puede el hombre percibir claramente lo que está sucediendo en su ámbito psicológico –en el mental o en el sensible– iluminándoselo a la vista de su entendimiento. Tal es, en síntesis, la misión que cumplen los pensamientos logosóficos.

65.       Pero mientras ello no ocurra, mientras el hombre se halle al margen de esta portentosa realidad, cuyo misterio desentrañó Raumsol hace más de treinta años, los pensamientos de naturaleza autónoma seguirán manejando a su arbitrio la vida humana y se seguirá haciendo alarde de una libertad interior que no se tiene, y, peor aún, que se cree tener.

66.       Los pensamientos con vida independiente pueden ser propios o ajenos, negativos o positivos. Los que forman hábitos y aún vicios, se han originado, no cabe duda, dentro del recinto mental de quien posee esos hábitos o tiene esos vicios. Otros, como los pensamientos alarmistas, o los que conforman juicios, opiniones y comentarios sobre hechos o cosas de la vida diaria, que emitimos después de haber leído revistas, libros o periódicos, o tras haber escuchado noticias radiales o intercambiado puntos de vista con nuestros semejantes,  muestran a su vez con qué facilidad pasan los pensamientos de una mente a otra sin tenerse la menor conciencia de ese tráfico mental.

67.       Esta propiedad de la mente de ser emisora y a la vez receptora de pensamientos se advierte con claridad en los casos de las oscilaciones frecuentes del temperamento o en las del ánimo, que sufren el “contagio” de las alteraciones psicológicas producidas en otras personas. Así, utilizando como vehículo las palabras, los gestos o los actos, pensamientos que han provocado un estallido temperamental o pasional en alguna mente ocasionan también efectos similares en las mentes de otras personas que rodean a la exaltada. Estos hechos de la vida mental son los que originan esas graves tremolinas, frecuentes en las graderías de espectáculos públicos, en los mitines, en la mesa de las deliberaciones y, más modestamente, en la mesa familiar.

68.       Insistiendo sobre la actividad de los pensamientos autónomos he podido observar también, en mis estudios logosóficos realizados al respecto, que mientras unos ocupan circunstancialmente  el  recinto mental de una persona  y  en modo alguno perdurarán en él  –pensamientos tránsfugas o vagabundos, llamémoslos– como los que representan las diversas formas de esnobismo, de la moda y a veces de los “slogan”, otros, en cambio, al penetrar en la mente procuran por todos los medios “enquistarse” en ella. Son éstos los que forman luego las propensiones negativas, las deficiencias psicológicas y los vicios que hipotecan y enajenan la vida de una persona. Tales son, por ejemplo, la propensión a creer, a adular, a discutir; el defecto de ser necio, hipócrita, petulante o vanidoso; el vicio de beber o de fumar sin control alguno, el de jugar o de quedarse con lo ajeno, el de mortificarse internamente para disfrutar con el propio sufrimiento o con la compasión de los demás, el de la avaricia, etc.

69.       Ante tan variada gama de entidades mentales se comprenderá ahora la trascendencia de este colosal descubrimiento, que explica de una vez por todas las causas de la frecuente inestabilidad mental y temperamental de la persona humana, sus contradicciones, sus desencuentros consigo mismo y con los demás, sus rarezas, sus tardíos arrepentimientos y las mil cosas más que han originado y siguen originando los llamados “temas del hombre” sin que nadie, hasta Raumsol, hubiese dado con la causa o agente real de sus manifestaciones  psíquicas. Por eso –permítaseme la insistencia– esta verdad, ensayada y difundida a tiempo puede hacer avanzar muchos siglos a la humanidad en el término de un año.

70.       Origen de los pensamientos. La Logosofía es una ciencia eminentemente práctica. En sus dominios teorizar no es saber ni, mucho menos, evolucionar. Aquí saber es realizar superándose. La sola teoría constituye algo así como el espejismo mental de la evolución. Es la conducta del logósofo lo que revela su saber. Su palabra también lo pone de manifiesto, como es natural; pero en este orden de actuaciones su autoridad tan solo se evidencia cuando habla de lo que ha constatado, vale decir, de sus comprobaciones reales y positivas.

71.       Sobre el origen de los pensamientos la Logosofía me ha permitido comprobar que éstos nacen a la vida mental por conducto de la facultad de pensar, estimulada por alguna de las siguientes causas: a) un anhelo, b) una aspiración, c) un sentimiento, d) una inquietud, e) una necesidad. La célula mental donde se empieza a gestar un pensamiento recibe el nombre de “propósito”. Nutrido éste por el elemento básico del cual proviene y por la dedicación que el propio ser le dispensa, el proceso de su formación culmina cuando el pensamiento ha asumido en la mente fuerza ejecutora y responde satisfactoriamente al propósito que lo ha originado.

72.       Los pensamientos se forman consciente o inconscientemente. El sólo acto de pensar no basta para percibir las sensaciones promovidas en su proceso generador. Se requiere asimismo la guía de los conocimientos que versan sobre el tópico para que perciba la conciencia la serie de movimientos internos que van dando vida a la formación del pensamiento dentro de su “celdilla” o “cápsula” mental. Pondré un ejemplo.

73.       Supongamos que he adquirido un automóvil y que aprendí ya su manejo. Un día lluvioso observo que otros automóviles patinan al ser frenados por sus dueños. El hecho me preocupa cuando a mí mismo, debiendo hacer lo propio, afortunadamente en lugar fuera de peligro, me ocurre idéntica cosa. Experimento entonces la necesidad de hallarle solución al problema. Pienso pues en ello utilizando mis propios recursos, pero sabiendo de antemano que, si éstos resultaran ineficaces o insuficientes, tendría tiempo de solicitar la ayuda de alguna persona más idónea. Al revisar mis posibilidades de defensa en un hecho de esa índole reparo en el freno de mano. Me digo entonces: “Bueno si falla el pedal, puedo recurrir al freno de mano”. Satisfecho con mi solución, no quiero hacer más esfuerzo e ingenuamente me despreocupo del asunto. Pero he ahí que, al sobrevenir un nuevo percance y quedar sin freno a pedal, se produce en mí una súbita confusión mental y experimento una angustia tal que de lo que menos me acuerdo, es de que existe un freno de mano. Pasado ese momento, del que pude haber salido bien o mal parado, acude a mi mente, por inducción de la circunstancia misma, la recomendación logosófica de “estudiar lo que se experimenta”. Me dispongo, pues, a examinar esa vivencia, y la primera pregunta que se dibuja en mi interno es por qué motivo no se me hizo presente en el momento necesario la solución que tan felizmente había encontrado. Descubro entonces dos cosas importantes:

1º) Que el temor había paralizado por una parte mi inteligencia y había agitado por otra a cuantos pensamientos responden al mismo, produciéndose ese típico estado de confusión y atolondramiento mental;

2º) Que mi pensamiento defensa era tan sólo un embrión de pensamiento, carente por lo tanto de fuerza ejecutora. De ahí su inmovilidad.

Comprendo entonces que, para que responda plenamente al propósito que me llevara a concebirlo, necesitaba ejercitarlo cuanto fuera menester a fin de que respondiese con eficacia y prontitud al ser requerida su intervención. En vista de ello comienzo a ejercitarlo, esto es, a hacer lo que debí haber hecho desde un principio, y, naturalmente, efectúo la práctica de mi pensamiento en el plano mental. Así, pues, mientras hago en coche mis salidas habituales, en vez de dejar que vaguen por mi mente pensamientos de cualquier índole, me dedico atender con solicitud a ése que la necesidad indújome a crear. Me figuro, por ejemplo, que en tal o cual momento aprieto el freno y no responde. Mentalmente, y por llamado de mi inteligencia, hago intervenir el pensamiento salvador. Mentalmente también recurro al freno de mano, Realizo esta misma operación todas las veces que me acuerdo, y noto, con sorpresa, que el nuevo agente acude a mi presencia mental provocando su recuerdo con tanta más frecuencia cuanto más lo ejercito. Llega así el momento en que desfila ya por mi escenario mental con pasmosa rapidez. Por fin un día la falla no es ya mental, sino real, y ¡oh sorpresa grata! El pensamiento objeto de mi atención no sólo se hace presente como recurso instantáneo, sino que también impide que el temor y la confusión se apoderen de mi mente; antes, por lo contrario, una inmediata sensación de seguridad y confianza en mis propios recursos ocupa su lugar.

74.       Al estudiar nuevamente la experiencia, fructífera esta vez, extraigo diversas conclusiones positivas y valiosas y me doy cuenta claramente de cual es el procedimiento a seguir para encarar en adelante mis dificultades y problemas diarios: que significa vivir superándose y cómo se crea una defensa mental.

75.       Individualización e identificación de pensamientos. Fundamento efectivo del conocimiento de sí mismo es, a mi juicio, la capacidad de individualizar pensamientos que ocupen la propia mente en el instante de entrar éstos en actividad.

76.       En efecto; no todos  los pensamientos que la mente alberga –salvo cuando se producen alborotos o bullicio mental– actúan de consuno. Lo habitual es que se carguen de energía y vibren dentro de ella en función de estímulos externos o internos, afines a su composición mental. Estos, los estímulos, operan: a) sobre los mecanismos psicológicos; b) sobre los pensamientos; c) sobre unos y otros a la vez. Ejemplos:

77.       El ambiente propio de una sala de lectura, v.gr. una biblioteca pública, constituyen un estímulo externo que influye sobre los mecanismos mental y sensible del que entra en ella, imponiendo por su intermedio contención y sosiego en el espacio dimensional de sus pensamientos.

78.       Pero si se tratara de la llegada a un salón de fiesta, el alboroto de los que allí se divierten representa un efectivo e inmediato estímulo generador de energías, no de contención sino de desborde. En el ejemplo anterior obró la comprensión, la parte consciente del ser sobre los pensamientos. En el segundo el efecto es inverso; los pensamientos se han cargado de energía e influyen sobre los centros internos de actividad psicológica lo mismo que sobre la voluntad, gobernando desde ese momento la conducta personal.

79.       La imagen mental de un proyecto que estamos ejecutando con miras a una culminación feliz representa un estímulo interno, que simultáneamente irradia energías sobre nuestra organización psíquica y sobre todos los pensamientos que coadyuvan con ese proyecto, vigorizando nuestro ánimo frente a las dificultades.

80.       Siendo los pensamientos entidades psicológicas animadas necesitan, como todo lo viviente, nutrirse para su conservación, alimentándose y reproduciéndose en la mente. Cuanto posee vida debe cumplir con esos dos requisitos, puesto que así lo exige la ley universal de conservación.

81.       Y bien, ¿de qué se nutre un pensamiento?. Los pensamientos se nutren con las energías que obligan a generar a los centros psicológicos los factores externos o internos afines con la composición mental de los diferentes tipos de pensamientos. También se nutren con los estados psicológicos que provocan al agitar las deficiencias del temperamento. En tales circunstancias el estímulo activa uno o más pensamientos afines, que, a causa de ello, vibran en la zona mental que ocupan. El vigor de esa vibración depende, al menos en un principio, de la importancia del estímulo. Los pensamientos nacidos por influjo reiterado de escenas de violencia, por ejemplo, al comienzo necesitan estímulos mayores; pero, al nutrirse y crecer por la frecuencia de su ejercicio en la vida diaria, suelen alcanzar tal desarrollo que, a veces, un motivo insignificante provoca un gran escándalo. Cuanto mayor es el desarrollo del pensamiento, más grande es la energía que exige de los centros psicológicos para saciar sus demandas. De ahí el desvanecimiento que sufren algunas personas después de un ataque de violencia, provocado generalmente por alguna discusión que comenzó siendo trivial.

Como iba diciendo, la vibración mental del pensamiento se transmite a los centros psicológicos dando origen a un “estado”, temperamental, psicoemocional, pasional, etc. Pues bien, de eso se alimenta el pensamiento. Una imagen aproximada para ilustrar este hecho la ofrecen la araña  (pensamiento negativo) con su tela (= zona dimensional que ocupa en la mente), que vibra al enredarse en ella un insecto (= estímulo). Sólo que el pensamiento no se alimenta del estímulo sino del estado que provoca. La habitual repetición de esos estados, al alterar la mente, influyen sobre la parte somática (sistema nervioso, circulatorio y digestivo) del ente físico y provocan en ella serios trastornos y aun fatales consecuencias.

Pero más perniciosos resultan para el espíritu, porque las deficiencias que originan los estados van obturando insensiblemente los conductos que, en la mente infantil, se hallan expedidos. Esto explica claramente por qué se materializa más y más la vida de un individuo conforme avanza en edad.

Así la persona chismosa, vale decir, la que tiene enquistado en su mente un pensamiento que la predispone a recibir y trasmitir murmuraciones intencionadas respecto de otras, se constituye de hecho en vehículo voluntario o involuntario de un agente mental que se nutre, como las hienas y los buitres, de deshechos morales en estado de descomposición. Por influencia de ese pensamiento nauseabundo reiteradamente ingresan en el haber interno materias nocivas al desarrollo del espíritu. La mente, que en cierto modo es el estómago psicológico del hombre, funciona mal cuando da entrada a elementos mentales que degradan la noble naturaleza humana o cuando genera humores que la intoxican, pervierten o desvían. El método logosófico lleva a cada cual al conocimiento palmario del agente que provoca ese mal funcionamiento, a la identificación del microorganismo psíquico generador de la deficiencia. Esta parte del estudio y realización autognósica converge en el desarrollo de una aptitud mental consciente denominada “individualización e identificación de pensamientos”.

82.       Los pensamientos con vida independiente pueden ser individualizados en función de su actividad específica. Para ello se requiere que la conciencia, mediante la atención, se mantenga vinculada con las manifestaciones psíquicas del ser. ¿Cómo se produce esa conexión consciente? Veamos. Un pensamiento autónomo, al entrar en actividad por influencia de algún estímulo afín con su naturaleza, sea por sí mismo o con la concurrencia de otros pensamientos de similar composición, genera de inmediato, como he dicho antes, un “estado” mental o temperamental determinado, verbigracia: ira, celos, impaciencia, envidia, capricho, temor, alegría tristeza, entusiasmo, lujuria, aburrimiento etc., la atención en el registro de los mismos. Interviene entonces la observación, o mejor dicho la percepción consciente de esos estados se produce por el solo hecho de haberse educado la atención en el registro de los mismos. Interviene entonces la observación, o mejor dicho la autoobservación, para determinar, sea en el instante de producirse el hecho interno sea luego, al estudiárselo con calma, la naturaleza del estado, analizando la razón, la causa que lo ha originado. En principio es esto bien sencillo, ya que nadie podría confundir, p. ej. capricho con entusiasmo, ni temor con vanidad o con lujuria.

83.       A la clara percepción de algún estado o individualización consciente de una vivencia debe seguir la precisa identificación del pensamiento causal. Este movimiento consciente de la inteligencia es de suma importancia, por equivaler en la terapéutica mental a un diagnóstico médico. El diagnóstico psíquico consiste en la identificación de pensamientos, o sea en el nombre preciso que le corresponde a cada uno de ellos en el cuadro psicológico. No debe confundirse, p. ej. impulsividad con violencia, ni frivolidad con fatuidad o inconstancia –rasgos típicos del tarambana– ya que cada deficiencia, lógicamente, tiene su tratamiento específico. (1)

(1) Véase “Deficiencias y Propensiones del ser Humano” de Carlos B. González Pecotche. Bs.As., 1962

84.       Ahora bien, todo esto forma parte de la percepción interna o autopercepción. Pero también se logra fácilmente su determinación fuera del ser, vale decir, observando a otras personas. En este caso la vía es indirecta, pues el estado se capta a través de las palabras o de los actos. Los matices en la entonación y los gestos que suelen acompañarla, aún los más sutiles, permiten identificar el temor, la ira, la desconfianza, la petulancia, etc.

85.       Si se trata de un escrito, el pensamiento central se identifica sin mayor dificultad por el fin que persigue ese escrito, transparente en la forma, las argumentaciones y el hilo conductor de las imágenes, figuras y períodos que integran el cuerpo discursivo. Esto mismo se observa también en las disertaciones: cuando se busca convencer, cuando divertir, o halagar, o cautivar, o hacerse admirar, o exaltar las pasiones, o llamar a la reflexión, o levantar el ánimo, etc.

86.       Los actos humanos son también un medio de identificación de pensamientos porque, lo mismo que las palabras, persiguen la finalidad que ha impreso en ellos el pensamiento promotor. No siempre basta una sola observación para descubrir, esto es, para dar con el agente mental que los anima, y la razón debe analizar los diversos episodios, confrontándolos y sopesándolos en la balanza del criterio. Otras veces  se los capta instantáneamente: los reflejos somáticos que originan los pensamientos –gestos diversos, movimientos expresivos de variada índole– permiten identificar la impaciencia, el desprecio, el temor, la frivolidad, el desaliento, el entusiasmo, la mala intención, el descontrol, etc.

87.       Este aspecto de la autognosis, como tantos otros, permite inferir las proyecciones de la facultad de observar cuando la nutren los conocimientos esenciales, que la conectan con la conciencia de sí mismo y con las manifestaciones inteligentes de la vida universal.

88.       Clasificación de los pensamientos. La Logosofía ha establecido una cuádruple e interdependiente clasificación de los pensamientos, a saber:

a)                     Por su origen

b)                     Por su naturaleza

c)                     Por su valor

d)                     Por su influencia

89.       Por su origen, los pensamientos pueden ser propios o ajenos, esto es, nacidos en la mente misma de quien los alberga u originarios de otras mentes y que luego pasan a las ajenas por conducto de los sentidos físicos, principalmente la vista (lectura, imágenes de hechos y cosas, etc.) y el oído.

90.       Por su naturaleza, se clasifican en dependientes o independientes de la voluntad e inteligencia del individuo, razón por la cual poseen estos últimos vida autónoma.

91.       Por su valor como unidades mentales animadas y activas se clasifican en positivos y negativos, según beneficien o perjudiquen al propio ser o a otros las actuaciones que promuevan. El valor de los pensamientos es, pues, compatible con las otras categorías anteriormente mencionadas: origen y naturaleza.

92.       Por su influencia, vale decir, por la gravitación que ejercen sobre la vida del sujeto que los alberga, la Logosofía los clasifica en intermitentes y en dominantes u obsesivos.

93.       ¿Qué realización concreta propicia la destreza en clasificar pensamientos?. En primer término la inteligencia puede penetrar voluntaria y fácilmente en la zona dimensional de los mismos toda vez que lo estime necesario. En segundo término quien sabe hacerlo puede ubicarse en cada circunstancia que lo exija una determinación y saber con qué fuerzas o medios puede contar positivamente. En tercer término puede efectuar sus propias radioscopias psicológicas y saber con toda certeza hasta dónde es dueño de su vida y hasta dónde sus pensamientos disponen de ella.

94.       Piénsese, verb.gr., en este hecho: un estudiante se halla frente a una comisión examinadora. Esa circunstancia constituye un poderoso estímulo para agitar en su mente pensamientos que irradian temor, inseguridad, atolondramiento, emoción inusitada, etc., los cuales operan sobre sus centros racionales inhibiéndolos en mayor o menor grado, y sobre los centros emocionales de las regiones cardiaca y solar. Suele acontecer que uno u otro profesor le formula una, dos o más preguntas, a las que el estudiante no puede responder o responde mal. Nuevos estímulos (negativos, en este caso) activan aun más los pensamientos y éstos a su vez los centros internos sometidos a su influencia. La inhibición mental puede llegar al paroxismo y el caso entonces no tiene remedio. Sale, pues, del salón y rato después, oh!, sorpresa!, el estudiante advierte que poseía una respuesta exacta y precisa para todas o casi todas las preguntas que le habían sido formuladas. ¿Qué es lo que influyó en su interno para eclipsar su memoria? Si se ignora que los pensamientos son agentes psicológicos dotados de vida propia, cuya naturaleza puede permitirles obrar con absoluta autonomía, episodios como el mencionado no tienen prácticamente remedio alguno. Cuántas veces acontece que una persona, designada de improviso para hacer uso de la palabra, experimenta una emoción tal y a la vez un vacío mental tan grande, que se ve impedida de dar curso a lo solicitado. Sin embargo, si todo dependiera de su “yo”, de su voluntad, dispondría sin duda todo lo contrario: que sus centros emocionales permanezcan en suspenso y que su inteligencia se mueva con entera libertad. Pero el desconocimiento de la verdad logosófica seguirá haciendo que el hombre proponga y los pensamientos dispongan.

95.       Recuerdo un episodio vivido durante un examen de Filología Hispánica. Una sobresaliente alumna aguardaba el momento de exponer. Salió la anterior examinada y ella ocupó su lugar frente a la mesa. Transcurrió un angustioso minuto de silencio, dos, quizá tres. Al observarla me di cuenta inmediata de lo que le acontecía: laguna mental por excesivo recargo de la memoria. Observaba también el “vórtice” que se le iba desatando en la mente. Pude ver también la consternación de mis colegas, sobre todo el que dictara la materia, que estaba tan inhibido como la propia alumna. Aguardé unos instantes más. El tercer colega, distinguida profesora de la Casa, conmovida en su sentir quiso ayudarla. Pero desgraciadamente, su desconocimiento del interior humano la llevó a tocar, como el aprendiz de brujo, el resorte que no debía, hundiéndola aun más en el abismo. Advertida de ello dirigió entonces una suplicante mirada a su colega, el titular de la asignatura. El pobre, por hacer algo, le formuló dos o tres preguntas, como quien dispara su escopeta al aire; nada más pudo hacer. La joven logró apenas balbucir una disculpa y solicitar permiso para retirarse. Juzgue llegado entonces el momento de intervenir. Sabía perfectamente que lo primero que debía hacer era alejarla de inmediato de la causa que provocara su estado. Las circunstancias me inspiraron una salida tan graciosa como inesperada, que provocó la risa de mi colega femenino, una sonrisa en el colega masculino, blanco oportuno de la inofensiva e ingeniosa broma, y atrajo la atención de la atribulada joven. El primer paso había sido dado con todo éxito. Exploté entonces el mismo motivo presentando las derivaciones de lo que motivó la broma hasta ver dibujarse, mezclada entre las huellas de dos lágrimas, la sonrisa triunfal que me demostraba el preludio de un cambio mental incoándose en ella. Aproveche inmediatamente esa ocasión para condimentar la broma con supuestas preguntas que un ignorante dirigía a otro ignorante sobre tópicos relativos a la materia y los esfuerzos que hacía mi colega por esclarecer la cuestión entre ambos ignaros. Advertí  entonces que mis pensamientos daban en el blanco, pues entre la gracia del momento, las académicas y precisas explicaciones que ponía en boca del colega fueron formando aceleradamente un puente sobre la laguna mental de la alumna hasta reconectar su memoria con los contenidos de la asignatura. Al observar el notable cambio de expresión operado en ella, saqué del escenario a mi colega y la puse en su lugar para que explicase otras cosas que mis dos ignaros monigotes querían saber. Así fue como finalmente salió del abismo. Cuando recobró el dominio de la situación parecía una ametralladora. No obstante, sin conocimiento logosófico difícilmente se la hubiese arrancado del torrente mental que la arrastraba hacia un fin inmerecido.

Los pensamientos hacen a la vida –nos dijo una vez el Maestro– pues son sus agentes naturales. De ahí la necesidad de conocerlos y clasificarlos, para saber a qué atenerse.

96.       Recuerdo también que, cuando estudiaba ese tópico, no di importancia a la observación logosófica de que la clasificación de los pensamientos constituía una necesidad ineludible para el proceso de evolución consciente y un requisito sine qua non en el conocimiento de sí mismo. Era como pretender alcanzar el aprendizaje de la natación sin echarse al agua. Un pensamiento de holganza, sin agotar sus argumentaciones, me convenció fácilmente de la prescindencia de ese esfuerzo, ya que mis condiciones personales lo hacían innecesario. Al principio no me daba cuenta del juego, pues, como expresara en un párrafo anterior, los pensamientos, con su lenguaje mental, se manifiestan en primera persona, resultándole enteramente imposible, a quien carece de cultura logosófica, discernir entre la razón de los pensamientos y su propia razón. Pero más tarde, una experiencia, de las tantas y aleccionadoras que se viven en el camino de la evolución consciente, me permitió advertir, sin engaño esta vez, que en lo relativo a la autognosis, nadie tiene privilegios especiales ni exención alguna: las capacidades se alcanzan no por el mero esfuerzo mental de comprender lo que se estudia, sino por la realización efectiva de lo que se ha comprendido. No se aprende a manejar auto por correspondencia, sino sentándose al volante. En otros términos, la comprensión ilustra la inteligencia, pero la realización es quien la educa y le permite desarrollar aptitudes conscientes.

97.       Me decidí entonces a ordenar y clasificar mis pensamientos gradual y pacientemente. Al observar tras una práctica reiterada el beneficio innegable que ese hecho me estaba deparando, pues mi inteligencia se habituó a accionar con rapidez ubicándose calculando en cada oportunidad sus reales fuerzas y las posibilidades que ellas me otorgaban, no descuidé más ese ordenamiento mental que tanta seguridad y eficacia proporciona.

98.       En virtud de ello, sé distinguir al punto lo que es mío y lo que no lo es; lo que me conviene y lo que me desfavorece; lo que es afín y lo que desentona en las imágenes mentales con que debo manejarme, previa proyección de las mismas sobre mi pantalla psicológica.

99.       Además, el problema de la propiedad intelectual para mí está honesta y eficazmente resuelto. Y cuando empleo un pensamiento ajeno sé también si lo manejo en su configuración total y original, o, si lo he modificado, qué parte del mismo, en virtud de qué y con qué finalidad lo hice;  si tiene así más claridad, eficiencia, vigor y provecho que el original, etc.

100.     Selección de pensamientos. Se deduce fácilmente que la clasificación de pensamientos propicia la selección y el manejo de los mismos. Estas dos últimas aptitudes conscientes, sumadas a la individualización, clasificación y control, constituyen las cinco operaciones básicas con que la autognósis logosófica contribuye a la educación del mecanismo individual de la inteligencia, para que el hombre pueda actuar conscientemente sobre la zona dimensional de sus pensamientos.

101.     De la selección, manejo y control de pensamientos proviene la fuente de todos los cambios conscientes que modifican por completo la vida anterior, vacía, insegura, fatalista, plagada de errores. El avance consciente que resulta de ello devuelve poco a poco la confianza en sí mismo, al par que se experimenta plenamente y por primera vez –al menos esto ha acontecido en mí– la sensación de libertad interior, consecuencia lógica de la gravitación de los nuevos conocimientos en la propia vida.

102.     La selección de pensamientos es una de las funciones típicas de la facultad de pensar, la cual, con el auxilio de otras facultades, especialmente las de observar, razonar y recordar, escoge los pensamientos y combina y articula los elementos mentales que éstos contienen, con el objeto de crear otro pensamiento, idea, proyecto o imagen mas adecuados a lo que las circunstancias demandan a la inteligencia o al sentir del hombre.

103.     A los fines del autoperfeccionamiento que propugna la autognosis, la selección, extendiéndose a los pensamientos logosóficos que, como hemos dicho, contribuyen al despertar de la conciencia individual como puente entre ambos mecanismos mentales –el común y el superior– agiliza y vigoriza las funciones de pensar y razonar. Estas operan en beneficio del ser, como la raíz con que la planta humana extrae los elementos de la tierra de la realidad. La facultad pensante, en sus operaciones de selección y síntesis, elabora la “savia” de sus determinaciones destinadas a nutrir y desarrollar la vida inteligente hasta su plena organización.

104.     Se puede inferir ahora la importancia de la selección consciente de los pensamientos en la conducción lúcida y feliz de la existencia y en el perfeccionamiento integral de las condiciones humanas en todas las etapas de la vida.

105.     El desarrollo gradual de la función selectiva acelera de tal modo la actividad de los centros racionales del mecanismo pensante, que la selección previa de elementos se produce al cabo de un tiempo casi sin esfuerzo.

106.     Manejo de los pensamientos. La experiencia en la práctica de los conocimientos logosóficos me ha permitido observar que en la composición mental de cada pensamiento autónomo se halla envasada una finalidad acorde con su naturaleza. En la vida corriente son ellos los que influyen sobre la voluntad humana sin que se advierta. Por consiguiente en el espacio dimensional de sus pensamientos el hombre tiene en potencia fines de la más diversa índole. Los estímulos, al agitar esa zona, activan cuantos pensamientos les son adictos, promoviendo las situaciones que instante tras instante viven las personas.

107.     Por desconocimiento de esta inimaginada y estupenda realidad se producen las contradicciones, perturbaciones y desencuentros que a diario experimenta el ser consigo mismo y a menudo también con los demás. En párrafos anteriores citamos al tarambana, caso típico del individuo que no puede sustraerse al remolino de pensamientos con igual o semejante predominio sobre su mente y su voluntad pero con diferentes objetivos, convirtiendo su vida en inestable veleta. En mayor o menor grado todas las mentes, por lo común, se hallan o pueden hallarse expuestas a la fluctuación veleidosa de pensamientos autónomos con valor negativo.

108.     El conocimiento logosófico, al propiciar el encuentro del ser consigo mismo (autognosis), lo faculta para actuar sobre dichos pensamientos, desechando los que comprometen su estabilidad moral y psicológica, y seleccionar los que a su juicio contribuyen con mayor eficacia y naturalidad a la conducción del momento que se vive. Así, por ejemplo, en el campo donde desarrollo mi actividad profesional dispongo de un equipo de pensamientos que manejo con positivos resultados. No todos son frutos de mi propia inteligencia; a muchos de ellos les he cambiado simplemente la dirección convirtiéndolos en instrumentos pedagógicos de singular valor.

109.     Citaré uno. Los alumnos de la universidad donde ejerzo la enseñanza de las lenguas clásicas deben rendir mensualmente un examen parcial, cuyo promedio habilitará o no para llegar a un coloquio final en las asignaturas de su especialidad. Pues bien, en lo que a mí respecta, un tiempo antes señalo la parte de mis exposiciones que contiene la teoría de la prueba. Durante ese intervalo propongo una serie de ejercicios destinados adiestrar la inteligencia en el manejo de dicha teoría. Y aquí es, precisamente, cuando movilizo el pensamiento a que me había referido, pues los ejercicios de adiestramiento exigen mucha dedicación y empeño por parte del educando, que, para resolverlos, debe agotar prácticamente la dimensión teórica. Sé que más de uno se ha de pasar alguna noche en vela; pero luego, la prueba definitiva, sin exigir más de lo que normalmente corresponde, resulta para la mayoría juego de niños. Es que la realización previa, la que ellos consideraban ingenuamente medio, contenía el verdadero fin. Ni los límites de una preparación ni el fruto de un esfuerzo pueden medirse con justeza en el momento de una prueba, donde tantos factores negativos gravitan en contra del examinado. Lo humano y razonable es hacer cumplir la experiencia fuera de la experiencia misma, es decir, cuando la mente se halla libre de la presión de los pensamientos negativos y dispone de tiempo y medios para alcanzar un objetivo. Mientras no se superen los torpes procedimientos de la didáctica común el estudio continuará siendo una tortura, y las llamadas “disciplinas humanas”, por extraña paradoja, no dejarán de constituir inhumanas disciplinas. El docente logósofo sabe arbitrar los medios para salvar esos inconvenientes y obtener los mejores resultados. Y así, cuando observo que el estudiante advierte el juego de un recurso pedagógico, juzgo llegado el momento de guardar en mi escaparate mental el pensamiento que lo configuraba extrayendo del mismo uno nuevo para ellos y de diferente índole, que manejo para hacerle cumplir natural, humanitaria y eficazmente idéntico objetivo.

110.     Inconscientemente, ignorando que maneja entidades vivas, el hombre sin cultura logosófica lo hace a menudo y hasta con éxito. Pero la gimnasia mental, científicamente practicada, torna consciente esa función de la inteligencia, y en forma gradual y sin esfuerzo la extiende a todos los pensamientos constructivos, tanto propios como ajenos. Es lo que acontece con el ejercicio de los que provienen de la fuente logosófica, cuyo empleo diario va generando en cada cual una técnica propia. “Cada pensamiento creado por el saber logosófico –afirma  González Pecotche– es una enseñanza que, asociada a la vida, permite experimentar sus beneficios”. (LCM p. 86).

111.     Control de pensamientos. Esta operación mental, que resulta de las funciones combinadas de la razón y de la voluntad y que el hombre inconscientemente realiza a veces cuando hay un interés de por medio o influye especialmente alguna circunstancia favorable, se aprende a realizar a conciencia con las indicaciones del método logosófico.

112.     El  control mental se adquiere y desarrolla naturalmente como consecuencia de la conquista progresiva de una aptitud previa: la observación de pensamientos negativos y el estudio atento de las actuaciones que motivan. Espontáneamente surge entonces la necesidad de controlar sus manifestaciones para evitar desaciertos.

113.     ¿Cómo aprendí yo a realizar esta función? Al observar en mí una deficiencia –la impulsividad, por ejemplo– y comprender las molestias y aun las complicaciones que frecuentemente me traía sentí la necesidad de anular, o debilitar al menos, la fuerza del pensamiento causal. Con tal propósito busqué en las enseñanzas de Logosofía la indicación que me instruyera a ese respecto. Hallada ésta, comencé a ejercitarme con ella en el plano mental, reviviendo, mentalmente también, alguna escena correspondiente a mis actos impulsivos. Ahí podía verme en dos conductas diferentes: cómo obraba movido por la deficiencia y cómo debía obrar auxiliado por la indicación logosófica. En otros términos, cómo procedo y cómo deberé proceder en adelante. Adiestro, pues mi inteligencia conforme a esa indicación, mientras aguardo el momento de utilizarla en la experiencia real, tal como quedó indicado en un punto anterior. (1)

(1) Origen de los pensamientos. Cfr. “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, primera parte.

(1) 71 – Origen de los pensamientos

(1) Origen de los pensamientos. Cfr. “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, primera parte.

(1) 71 – Origen de los pensamientos

114.     Se infiere de ello que los pensamientos logosóficos van formando gradualmente la médula de la razón, estimulándola a cumplir, entre otras funciones básicas, las de controlar y neutralizar con eficacia la acción de los pensamientos negativos.

115.     Actúan, en este caso, de agentes psicodinámicos del método logosófico. No dan solución a los problemas, pero le señalan a la inteligencia el camino para hallarla. Otros, en cambio, contienen la solución, pero el que ha de emplearlos tiene que pensar la forma de adaptarlos al caso que encara. Evidentemente, el genial creador de la Logosofía conocía la mente humana como la palma de la mano. Por eso, el proceso autognósico constituye simultáneamente la tumba del haragán y el paraíso del inquieto; uno porque tiene la oportunidad de desprenderse de la mortaja mental de la inercia; el otro, porque se siente como pez en el agua.

116.     Si estos conocimientos fuesen llevados a la educación del niño y del joven, si tocasen la conciencia pedagógica de maestros y profesores, piénsese en los resultados que podrían alcanzarse y en la formación moral y espiritual que tendrían asegurada los hombres de mañana.

117.     Pensamientos propios y pensamientos logosóficos. Son pensamientos propios los que forja la inteligencia individual con la intervención directa de la facultad de pensar, coordinando y envasando en sus correspondientes unidades mentales los elementos concurrentes a su formación y desarrollo como entidades psicológicas. Entiendo por ajenos los que, habiendo sido generados por otras mentes, el entendimiento de cada cual los incorpora en su haber interno, seleccionándolos principalmente de entre las expresiones orales o escritas que los contienen. Así es como luego, los que conforman al juicio o al gusto personal, suelen ser usados como propios.

118.     Quien persigue como fin el conocimiento de sí mismo y la organización del mecanismo de su vida consciente sabe bien que los pensamientos logosóficos seguirán siendo para él pensamientos ajenos, puesto que su fuente generadora ha sido la inteligencia del creador de la Logosofía. Pero también sabe que el trato frecuente con esos pensamientos, altamente inspiradores y esencialmente útiles y prácticos, suministran a su facultad de pensar, por la acción inductiva de su manejo diario, elementos positivos y reales para crear sin esfuerzo pensamientos propios, cuyos quilates dependerán de la comprensión por él lograda respecto al saber y a la experiencia universal sustanciados en los pensamientos logosóficos.

119.     Así por ejemplo, el procedimiento de cómo se crea conscientemente un pensamiento propio, una vez estudiado, comprendido y experimentado habilita a la facultad de pensar como para elaborarlos por su cuenta. En el proceso de alguna de esas creaciones mentales todas las comprensiones anteriores, obtenidas por conducto del estudio, la reflexión, la observación, el análisis, la experimentación, etc., de otras enseñanzas logosóficas, actuarán como elementos coadyuvantes e inspiradores de la inteligencia y suministrarán a la facultad y a la función de pensar ingredientes básicos de diverso orden, que ésta, en colaboración con otras facultades, especialmente la de razonar, seleccionará para formar la imagen mental del pensamiento que habrá de animarla.

120.     Esto mismo, reiterado con palabras textuales de Raumsol, acabarán de aclararlo: “Al crear sus pensamientos, el estudiante de Logosofía lo hará obedeciendo siempre a la idea central del proyecto que persigue. El buen uso que haga de los pensamientos que animan las enseñanzas logosóficas le permitirá experimentar los beneficios de la fuerza constructiva que contienen, ya que en tanto éstos intervienen como auxiliares de la reflexión, facilitan la elaboración de las comprensiones con las que habrán de gestarse los pensamientos propios, que forjan las convicciones del ser”. (LCM p. 66).

121.     Los pensamientos propósitos. Al referirnos al origen de los pensamientos hicimos notar que la facultad de pensar, estimulada por necesidades, anhelos, aspiraciones, etc., elabora con los elementos de que puede echar mano la imagen mental de un pensamiento, al que el propio ser deberá cuidar y nutrir no sólo, para que no se desvanezca, sino para que asuma vida propia y le permita alcanzar el fin que le llevó a crearlo. Ese agente embrionario es el pensamiento propósito.

122.     En la vida corriente los seres forjan a menudo propósitos de toda índole, desde los más descabellados hasta los que suelen inquietar profundamente el espíritu. Empero no siempre culminan en realidades. Ello se debe –observa la Logosofía– o al escaso vigor de las energías destinadas a llevarlo a término o a la incompleta formación del propósito (LCM p. 57). A veces no sólo un hombre en particular sino la humanidad entera se muestra impotente para realizarlo. Así por ejemplo, el propósito de conocerse a sí mismo proviene de una vieja aspiración, que remonta a millares de años atrás. Embarcado en la fórmula grecolatina “gnothi seautón = nosce te ipsum”, viene navegando a través de más de veintiséis siglos, sin que, hasta el nacimiento de la Logosofía –año 1930–, haya tenido posibilidad de concretarse cabal y científicamente.

123.     Para llevar adelante la noble aspiración que lo alienta no basta aconsejar o inculcar –como Sócrates a sus discípulos– la necesidad de hacerlo, si no se le acercan también los conocimientos y el método adecuados al mismo. De ahí el fracaso del sabio griego y el de la posteridad. No obstante, la grandeza de la aspiración fue manteniendo latente ese propósito hasta que hoy, merced a la Logosofía, el conocimiento de sí mismo se ha convertido en lo que es para mí la más grande y  trascendente de las realizaciones humanas.

124.     Como también hicimos notar en puntos anteriores, este tópico logosófico se halla estrechamente vinculado a la reproducción de pensamientos y a la ley de conservación que los rige. La reproducción de un pensamiento, en este caso el que contiene el propósito de conocerse a sí mismo, tiene un doble objetivo:

a) El de acrecentar la energía mental que demanda el proyecto

b) El de permitir al pensamiento propósito que abarque una mayor  zona mental.

125.     Se comprenderá mejor lo que es logosóficamente un propósito si lo equiparamos con un envase o continente dentro del cual, mediante la función de pensar con o sin el auxilio de las otras facultades, de la experiencia, del estudio, etc., vamos depositando los contenidos que deben llevar ese propósito. Justamente a esto se refiere la Logosofía cuando habla de la necesidad de “Efectuar cultivos mentales” seleccionando elementos de la mayor nobleza posible a fin de que los pensamientos nazcan sanos y vigorosos en la matriz mental.

126.     En la elaboración de antideficiencias como asimismo en la formación de las defensas mentales, el estudiante, guiado por el método logosófico, llega a adquirir una pericia extraordinaria en la creación de pensamientos. El sueño dorado del hombre – poseer inteligencia creadora– hasta ahora privilegio de los genios, se realiza justamente por esta vía y, en mayor o menor grado, puede ser prerrogativa de quien se lo proponga, no bien aprenda a manejar las leyes universales como instrumentos de la función de pensar.

127.     Es que los conocimientos que sustancian la concepción logosófica son eminentemente psicodinámicos, promoviendo un rápido adelanto mental. Sería imperdonable y muy de lamentar que esta fecundísima fuente de saber no fuese examinada con el detenimiento que merece, pues es portadora del más significativo y trascendental mensaje que las leyes universales brindan al hombre.

128.     Volviendo al tema; en éste, como en todos los demás casos, es necesario cuidar que el propósito jamás se torne dominante o exclusivo como niño mal criado, por noble que sea la aspiración o la necesidad que lo sustancia. Deben dirigirlo siempre la razón y la conciencia, que, al evitar su absorción, harán que junto con otros de similar índole constructiva concurran a forjar una vida matizada, amplia, activa y feliz.

129.     Fruto hereditario del esfuerzo insumido en la realización de un propósito llevado a su culminación es la conciencia del camino o proceso (método) y la suma de los conocimientos obtenidos con el cultivo del mismo, que forman el saber. En adelante, sustanciará éste los movimientos de la inteligencia en la conducción de la vida y, junto con el método, servirá también para encauzar la vida de los demás. Así es como se conquistan los conocimientos que forjan al ser evolucionado y que gradualmente lo convierten en agente directo del bien universal.

130.     El pensamiento autoridad y sus funciones. Es éste el agente mental directo del que inicia su proceso autognósico y aspira a organizar el mecanismo de su vida consciente. El pensamiento autoridad, individual y propio, puede y debe ser creado por razones de disciplina y de orden. En efecto, las enseñanzas logosóficas referentes a la autognosis deben ser objeto de estudio, de práctica y de incorporación definitiva en la vida del ser, vale decir, en su conciencia, lo cual significa que el proceso de asimilación consciente de una enseñanza se realiza en tres etapas que se complementan entre sí, a saber:

Primera etapa. Sea nuestro objeto de estudio, p. ej., lo referente a pensamientos dependientes y autónomos. Se lo leerá con atención y se lo estudiará reflexivamente hasta que el entendimiento quede satisfactoriamente instruido sobre el contenido de eso mismo. Con esto culmina el primer tramo y se está en condiciones de iniciar el siguiente movimiento en el proceso asimilatorio de la enseñanza.

 

Segunda etapa. Logrado un objeto –en este caso la comprensión mental de la enseñanza tomada como ejemplo– cabe preguntarse para que sirve ese objeto. La inteligencia debe realizar entonces un segundo esfuerzo consistente en estudiar que uso práctico podría dársele a lo que se acaba de comprender. Por ejemplo, sabiendo ya como se reconoce el pensamiento autónomo y al que no lo es, proponerse efectuar una revisión de pensamientos, de una y otra índole, tal como se manifiestan en la vida diaria del interesado. A tal efecto, registrará en su libreta de apuntes los que accionan ya en su vida íntima, ya en la familiar, profesional, social, etc. Recién entonces estará en condiciones de apreciar cabalmente hasta dónde gobiernan su vida los pensamientos y hasta dónde es él capaz de gobernarlos. Ahora sí está preparado para efectuar el tercer movimiento.

Tercera etapa. Juega en ella la voluntad un rol protagónico y decisivo. Si en las etapas anteriores era la inteligencia la que presidía y encauzaba los esfuerzos del sujeto y la voluntad quien colaboraba con la misma, ahora  es ésta última la que oficia de proa y de motor, secundada por la inteligencia (voluntad intelectiva). Ser consciente de este hecho permite al interesado movilizar todas sus fuerzas haciéndolas converger, volcarse sobre la voluntad para que la inercia mental, bajo la forma del desgano, la indiferencia o el descuido (pensamientos esterilizantes) no hagan perecer el propósito que albergamos.

El experimentador –al menos esto sucedía en mí– en su comienzo habituado a los estudios corrientes, estima que el solo hecho de haber comprendido algo claramente lo capacita para actuar. En el campo de las ciencias físicas, naturales, matemáticas, etc., así es la cosa porque la aplicación generalmente es inmediata. Pero en el de la experimentación logosófica se puede llevar la sorpresa de que pase el tiempo y no haga nada que justifique sus esfuerzos anteriores. ¿Cómo se explica este hecho? Este hecho se explica por olvido involuntario de algo que se había aprendido en la etapa teórica, esto es, que los pensamientos autónomos se alternan en el manejo y dominio de la vida del ser. Así, tomada ésta por los que habitualmente imperan sobre ella, unos absorbiéndolo en sus tareas, otros entreteniéndolo, otros distrayéndolo con banalidades, el tiempo transcurre y el buen propósito queda postergado. Por eso manifesté al principio que la voluntad juega aquí un papel decisivo.

131.     Comprender no es saber. La comprensión es fruto del esfuerzo que el mecanismo inteligente realiza para atrapar la sustancia mental contenida en aquello que se está estudiando. Depositaria de la comprensión es la facultad de recordar. Pero como la memoria de esa comprensión aun no se ha conectado con la conciencia por no haber sido todavía aquélla asociada a la vida, la comprensión está expuesta a desvanecerse, esto es, a caer en el olvido. La conciencia es un principio activo propio del hombre que opera como elemento fijador de todo lo que lo impresiona o conmueve vivamente y de todo lo que se identifica con la vida. Para que el conocimiento pueda ser asimilado por el hombre, lo que se ha comprendido en el estudio y retenido en la memoria debe llevarse a la práctica, por ser ahí cuando interviene la conciencia como elemento fijador de lo que está haciéndose vida.

132.     Ahora bien; en el caso del interesado, como éste realiza sus estudios en la Institución Logosófica, el director del núcleo al cual pertenece, persona ya ducha en esto, le hace observar el hecho y la conducta a seguir. Se impone entonces la institución del pensamiento autoridad.

133.     ¿Qué función debe cumplir este pensamiento? Ya explicamos como se da vida a un pensamiento; veamos ahora el por qué y el para qué del pensamiento autoridad. Si la tercera etapa en la asimilación del conocimiento logosófico presenta dificultades por el hecho de que la mente y la voluntad son interferidas por pensamientos de viejo arraigo, se hace necesario instituir –como lo expresa textualmente la Logosofía– “un pensamiento con autoridad suficiente para dirigir todas las actividades comprendidas en la realización del plan que se propone”. “El pensamiento autoridad será en adelante el representante directo de la conciencia y el que encarnando las aspiraciones y decisiones del ser, mantenga, pese a las argumentaciones de la duda, la impaciencia y la resistencia de los viejos hábitos, el orden, haciendo cumplir la disciplina que impone el trato continuo con los pensamientos que acuden en auxilio del ser desde las fuentes del conocimiento logosófico. De esta manera –concluye la indicación– se evitarán interferencias molestas e inoportunas, o la ingerencia de tendencias extrañas a los altos fines de la evolución” (LCM págs.68-69).

134.     Hay pues una razón fundamental para instituirlo: no acciona todavía la conciencia individual, como lo prueba el olvido del propósito. ¿Para qué debe pues instituírselo? Para que, mientras ello no acontezca, la represente e impulse a la inteligencia a cumplir estas dos funciones:

a) Poner orden en la zona dimensional de los pensamientos, a fin de que éstos no interfieran los movimientos del mecanismo de las facultades.

 

b) Hacer cumplir la disciplina mental que presupone la determinación de realizar algo, vale decir, la práctica de lo que se ha comprendido.

135.     ¿Qué hecho demuestra la consolidación mental del pensamiento autoridad? La constancia de que ya tiene vida la acusa la sensibilidad misma del ser, pues cuando ese pensamiento ha quedado instituido gravita de tal modo sobre la voluntad que no deja tranquilo al ser hasta no realizar éste sus cultivos mentales en la práctica efectiva y comprobar los resultados. Si esa inquietud interna –evolutiva, en este caso– no se manifiesta cada vez que se planea una práctica es porque el pensamiento autoridad carece aun de vida propia. Por consiguiente debe concentrarse en él la atención por constituir el mediador en las realizaciones logosóficas. De ahí su imprescindible presencia en las actuaciones relativas al conocimiento de sí mismo.

136.     Pensar, recordar e imaginar. Pensar y pensamientos. Le es muy difícil al hombre sin cultura logosófica discernir respecto a cuándo piensa y cuándo no piensa. A causa de ello se confunde constantemente, figurándose que todo lo que sucede dentro de su mente se debe a la función de pensar.

137.     Así es como llama pensar al esfuerzo que la inteligencia realiza para atraer hacia un primer plano mental algo que necesita y que descuenta tiene dentro de su mente. Esta función no es la de pensar sino la de recordar y está a cargo de la memoria.

138.     También la confunde con la función de imaginar, que es la que proyecta sobre la pantalla mental las imágenes que por asociación voluntaria o involuntaria se han ido formando en su propia mente, desde las más coincidentes con la realidad hasta las más descabelladas. El desconocimiento de la configuración del mecanismo mental hace que la facultad de imaginar sea mucho más empleada por los pensamientos que por el propio ser. Un pensamiento de temor, de desconfianza, de celos, de lujuria, o cuya composición mental responda al interés, a la ambición, a la falsía, a la ilusión o a la credulidad, suele influir sobre la imaginación hasta las lindes de lo ridículo y aún de lo quimérico, con las elucubraciones taumatúrgicas que fomenta.

139.     Otra confusión frecuente es la creencia de que se está pensando en momentos en que se produce sobre el escenario mental un tráfico de pensamientos atraídos por algún alboroto interno, verbigracia, una ofensa, un desengaño, una reprensión, etc., que al ser experimentados, suelen provocar un enorme bullicio mental, con protestas, insultos, discusiones, gritos, amenazas, etc. sugeridos por los pensamientos y que, al repercutir sobre la parte somática de una persona, acaban por extenuarla o deprimirla; o a hacerle experimentar la sensación de que su cabeza  va a estallar o de que falta aire en el lugar donde se halla. Esta misma sensación suele también experimentarla quien, por no saber estudiar, abusa de su memoria.

140.     Por consiguiente, hay gran diferencia entre la función de pensar y la función de los pensamientos. Cuando el hombre piensa está realizando un acto creador, sabe por  qué y para qué lo hace; con qué elementos cuenta, etc. El mismo maneja su mecanismo mental y los pensamientos que su inteligencia convoca están al servicio del objetivo que la movió a pensar colaborando con ella. Si el que piensa tiene cultura logosófica, la función de pensar es tanto más serena y ordenada cuanto mayor es su adelanto mental, vale decir, su proceso interno.

141.     En cambio, cuando son los pensamientos los que se mueven por propia cuenta a causa de la autonomía que han alcanzado dentro del recinto mental, la mente, la voluntad, en fin, toda la vida del ser queda a merced de ellos. La acción que ejercen luego sobre la voluntad de una persona es tal, que puede llegar ésta a cometer, por sugestión de los mismos, las más lamentables ligerezas. ¿Cómo se explica, si no, que alguien, no queriendo decir o hacer ciertas cosas por comprender que está mal, las dice sin embargo o las hace, para experimentar luego ese característico reproche interno que le dirige su propia conciencia?

142.     El llegar a establecer claramente la diferencia a que me he estado refiriendo, constituye una de las más importantes realizaciones autognósicas, porque una vez  que el aspirante al conocimiento logosófico ha superado esa situación, el camino para alcanzar otros objetivos de mayor alcurnia se halla expedito para él.

SISTEMA SENSIBLE

143.     Otra parte de la autognosis comprende el conocimiento y organización del sistema sensible, como denomina la Logosofía a lo que hasta ahora se llamaba simplemente sensibilidad. Su asiento físico es el corazón; al que nuestra ciencia define como “centro regulador de la vida psíquica del hombre.” (LCM p.71). Consta de una parte autofuncional –la sensibilidad propiamente dicha– y de un campo, zona o “espacio dimensional de los sentimientos” (id.ibid.). El sistema está, pues, configurado a) por el mecanismo de la sensibilidad;  b) por los sentimientos.

144.     Mecanismo de la sensibilidad. Lo integran las facultades de sentir, querer, amar, sufrir, compadecer, consentir, agradecer y perdonar, a las que el conocimiento logosófico activa y educa en forma consciente para cumplir sus funciones reguladoras de la vida psicológica.

145.     ¿En virtud de qué entra en función el mecanismo de la sensibilidad? Concretamente, responde la Logosofía: a) por impresiones; b) por emociones; c) por estímulos; d) por necesidades internas; e) por exigencias del espíritu; f) por influencia de los pensamientos. La palabra logosófica, p. ej., sobre todo cuando se la escuchaba directamente de su fuente, solía estimular cualquiera de esas causas, y aun todas en conjunto, según fuera la resonancia que producía sobre los centros mentales y sensibles de quienes escuchábamos a su insigne autor. Otro tanto ocurre cuando se la estudia y se la comprende, y, más todavía, cuando se la emplea con éxito.

146.     Cabe señalar aquí uno de los estímulos más directos de la sensibilidad: la función de pensar. Tomando mi propio caso como elemento ilustrativo, recuerdo que antes de conocer Logosofía, y aún en los primeros tiempos del estudio de esta ciencia, muchas cosas, hechos, episodios en fin, de la vida, pese a tocarme más de una vez en forma directa me encontraban indiferente, frío, insensible. Pero la acción autognósica de la enseñanza y los progresos en mi proceso interno, al estimular mi inteligencia para aprehender y penetrar en cuanto se hacía presente a mi observación y entendimiento, fueron disolviendo la capa de hielo mental que envolvía mi sentir hasta que la conexión entre los dos centros polares de mi organización psicológica se establecía no bien entraba en función mi facultad de pensar (Véase la primera flecha del Anexo I) Desde entonces comprendí que la paralización o la poca movilidad del sistema sensible se debe en gran parte a la paralización o  la escasa movilidad de la facultad de pensar. Cuantas veces, al observar la indiferencia de un semejante frente a ciertos episodios, yo mismo he provocado su reflexión mediante algún recurso que las circunstancias mismas me inspiraban, y he visto confirmado de inmediato cómo se establece esa conexión entre ambos sistemas, respondiendo su sensibilidad o sus sentimientos al movimiento de su inteligencia.

147.     Un hecho que todos solemos experimentar sin advertirlo lo prueba claramente. Acontece al estudiar. En efecto; frente a una dificultad provocada por algo que penetra en nuestro entendimiento hacemos un esfuerzo mayor por superarla. Revisamos la cuestión, la razonamos, cotejamos elementos, los coordinamos, etc. Finalmente, la luz de la comprensión se hace en nuestro recinto mental. ¿No sentimos nada en ese momento? Claro que sí; una alegría, tanto más grande cuanto mayor ha sido el esfuerzo mental, nos invade llenándonos de satisfacción. Observemos también que, debido a nuestros hábitos pedagógicos, objetivos y rígidos, los docentes, desconociendo el instrumento del que aprende, o sea su organización psíquica, sólo atendemos, en el mejor de los casos, a la captación mental del educando sin reparar ni acordarnos siquiera que también posee una naturaleza sensible. Pero ocurre que, así como la función crea al órgano, la no función lo debilita y hasta lo atrofia.

148.     Observemos también cuánto más fácil resulta a una persona exponer lo que ha comprendido que exponer lo que ha sentido.

149.     Lo extraño es que esos hechos reiterados con tanta frecuencia no hayan llamado debidamente la atención de los especialistas, como si tampoco ellos pensaran o fuesen indiferentes a esa indiferente postura humana.

150.     En las sedes culturales de la Fundación Logosófica el afecto se percibe y se vive con la misma naturalidad y fragancia con que se percibe el aroma de las flores. No es lo mismo sentirse feliz que percibir, que ser consciente de ese estado interior, y más aún, saber que el bienestar y la alegría surgen espontáneos del corazón humano cuando la comprensión se ha hecho en la mente tras haber alejado con una oportuna reflexión las sombras que habían alterado la calma.

151.     Cuando la mente se halla tranquila y serena nuestro sentir fluye naturalmente anegándonos de plenitud. Por eso, para desarrollar el afecto, la enseñanza logosófica pone de acuerdo no el corazón sino la mente de los hombres. Ahí radica el gran secreto en la armonía de las relaciones humanas.

152.     De lo expuesto surge como consecuencia que, andando bien la mente, anda bien el corazón. Que, cuando los pensamientos negativos hacen perder el control, los sentimientos suelen correr graves riesgos. Esta misma reflexión, ¿no ha conmovido, acaso, aunque sea fugazmente, el sentir del lector?

153.     En general, entiendo que el universo, la creación, el hombre y las cosas del hombre constituyen fuentes mediatas de manifestaciones inmediatas de aquellas cualesquiera seis causas eficientes de la sensibilidad. Pero por desconocimiento de ese mecanismo sensible y de las funciones de sus facultades el hombre se va hundiendo en la materia, y, por otro lado, la exaltación de las pasiones, los intereses y las ambiciones personales, lo mismo que la intolerancia, el servilismo y la soberbia insensibilizan y anulan su sentir.

154.     La cultura logosófica activa y regula los centros generadores del afecto y se constituye, desde un principio y mucho antes de que la razón llegue a comprender el valor y trascendencia de sus conocimientos, en el alimento básico de la sensibilidad, agostada por el crudo materialismo de la vida actual. De ahí la conmoción del alma, que experimenta la sensación de un verdadero renacimiento interno. Así es como, simultáneos con las primeras constataciones de las verdades logosóficas, el ser advierte que ciertos sentimientos, si bien embrionarios, comienzan a gravitar en su vida con el color y el aroma de las flores naturales brotadas espontáneamente al calor de la vida que se renueva.

155.     Cómo se forma un sentimiento.  Para la Logosofía los sentimientos son los agentes de la sensibilidad y, aunque dependen de ella, reciben el influjo energético del mundo mental. Así como la facultad de pensar es la fuente creadora de pensamientos, la de sentir tiene a su cargo la formación de los sentimientos. Estos se gestan y nacen dentro de su sistema con o sin participación de la conciencia. El conocer claramente esta diferencia es de gran significación, ya que no sólo permite su cultivo inteligente sino también la prerrogativa de preservarlos, acrecentarlos y ennoblecerlos.

156.     Nuestra ciencia advierte que “los sentimientos se perpetúan por el estímulo incesante de la causa que les dio origen”. (1) En virtud de ese estímulo –explica– los sentimientos se arraigan y afirman en el alma. Por el contrario, se debilitan o anulan si el estímulo se desvanece o si pierde el influjo vital que lo animaba. (1) LCM p. 73.

157.     Supongamos que al iniciar los estudios logosóficos una persona presenta esos rasgos típicos del introvertido; es reservada, taciturna y tiende a aislarse. Al poco tiempo comienza el estudio de la autognosis logosófica y con ello principia a darse cuenta de muchas cosas de su vida mental que hasta entonces no advirtiera. Se da cuenta, p.ej., que no tiene amigos, y, por contraste, observa cuán amigos son entre sí los demás cultores de la Logosofía y cómo se esfuerzan por acercarse a él. Se da cuenta que en él debe haber una falla, que en su mente algo no anda bien. Hecha la consulta e impuesto debidamente de su personal situación comprende que debe cultivar la amistad y resuelve hacerlo conscientemente. Tal decisión ha provenido, lógicamente, de una necesidad: la de cambiar una modalidad negativa que le impide tener amigos y sentir la amistad. En su mente ha surgido pues un propósito: cultivar la amistad. Pero el solo propósito no basta; hay que ponerle dentro los ingredientes psíquicos que determinan su cultivo. Acude entonces a la enseñanza logosófica correspondiente al caso, y descubre que los elementos constitutivos de la amistad, los que le permitirán incoar el cultivo de su propósito, son básicamente tres: simpatía, confianza y respeto. Investiga también  qué se entiende logosóficamente por cada uno de ellos. Envasa pues mentalmente dentro del contenido mental del propósito esos tres elementos, cuya comprensión posee como fruto de su estudio, y comienza el cultivo inmediato de los mismos por vía experimental. Al esforzarse por actuar conforme a ellos advierte enseguida que es correspondido por los demás, como si una ley (luego verá que, en efecto, la ley universal de correspondencia se ha hecho presente) estuviera rigiendo ahora su conducta. Su sentir no puede ya permanecer indiferente al influjo de la misma y, con las sensaciones gratas que experimenta en virtud de su nueva conducta, su sensibilidad se conmueve y la facultad de sentir va elaborando, estimulada por esas sensaciones, el sentimiento que configurará la amistad.

158.     Obsérvese que este factor psíquico tiene asiento en la mente y en la sensibilidad. En la mente, como pensamiento constituido por los tres ingredientes básicos mencionados; en la sensibilidad, como sentimiento elaborado por condensación y fijación en el plasma mental de lo  “segregado” por las facultades de la sensibilidad que han intervenido en este hecho de la vida sensible.

159.     Pero no acaba aquí el proceso, porque los elementos que integran el propósito, constituido ya en agente mental vivo, esto es, en pensamiento, han despertado también la conciencia del sujeto  –o sea la conciencia individual– a tan grato y fecundo acontecer mental. La asociación del pensamiento a la vida propicia la absorción gradual de sus elementos característicos por parte de la conciencia, hasta desaparecer como ingredientes mentales y aparecer como expresión consciente. La imagen que se me ocurre más ilustrativa es la del huevo y la incubadora. El huevo mental (pensamiento) está fecundado por un propósito (el cultivo de la amistad, en este caso). La incubadora es la mente; el calor de la incubadora está representado por el movimiento o actividad que el sujeto imprime a su pensamiento y el trato y atención que le dispensa. Poco a poco, las partes constitutivas de ese huevo, esto es, la clara y la yema, van desapareciendo como tales pero originando al mismo tiempo una cosa nueva. Por último del huevo inicial solo queda el cascarón, su contenido ha desaparecido y un ente vivo, el pollo, surge de él. Del mismo modo, el proceso de realización del propósito culmina cuando su contenido se ha transubstanciado en vida interna, es decir, en vida consciente. Lo que alienta y da calor a esa expresión de vida es su correspondiente sentimiento. A su vez lo que protege, defiende y dirige ese hálito psíquico de los atropellos internos y externos del tráfico mental, es la conciencia que opera sobre el sistema mental. El libro sobre las “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, constituye, a mi juicio, el laboratorio logosófico que permite plasmar todas estas profundas y significativas realidades humanas que espiritualizan notoriamente la vida del hombre.

160.     Mientras el ser avanza en el conocimiento de sí mismo, su inteligencia, al tomar contacto con estos agentes de la sensibilidad, le hace comprender la conveniencia de mantenerlos, acrecentarlos, de nutrirlos con el alimento del saber causal y de ennoblecerlos con actuaciones fecundas. Así p.ej., la necesidad natural de hacer partícipes a otros seres de la fuente de bien logosófica con la cual está uno perfeccionando su vida, lo mueve a conservar, desarrollar y enaltecer su sentimiento humanitario, gestado por la facultad de sentir y el estímulo de una exigencia de su propio espíritu.

161.     En mi experiencia logosófica he podido observar que con los sentimientos acontece lo que con las flores: tras la que ya se ha abierto despuntan los botones de otras. Pero, a diferencia del vegetal, las flores de la planta humana sólo mueren cuando el ser ignora el secreto que hace perdurar su lozanía “Los sentimientos –afirma González Pecotche– se perpetúan por el estímulo incesante de la causa que los ha originado” (LCM p. 73). Si esa causa es, como hemos dicho, la necesidad de ayudar al semejante, los estímulos que se experimentan con cada actuación jerarquizan y ennoblecen el sentimiento humanitario. Y, tras éste, otro sentimiento, el altruismo, impulsa al egoísta de otrora a borrar hasta las más imperceptibles huellas de esa torpe propensión mental.

162.     El reconocimiento del bien recibido da origen a la gratitud, uno de los sentimientos más nobles que alienta el corazón humano. Tras la gratitud viene el afecto, como agente fijador de las relaciones humanas, y la lealtad, su compañera inseparable.

163.     Los movimientos conscientes de la facultad de perdonar estimulada por la comprensión hacen brotar la tolerancia y la indulgencia, que tanto humanizan al hombre cuando sabe hacer buen uso de estos agentes de su vida interna.

164.     ¿Y cómo sabe uno que hace buen uso de sus sentimientos? Cuando observa el efecto constructivo que ha promovido en el semejante. Por ejemplo, si el que respeta es a su vez respetado, el que tolera tolerado, el que perdona perdonado, etc., no cabe duda de que los sentimientos que alientan esos actos se emplean bien, pues, de lo contrario la ley universal de correspondencia no se manifestaría en la relación de semejante a semejante.

165.     Cuando el ser aprende a corregir sus deficiencias, fuente de errores e infortunios, los pensamientos que moviliza para neutralizarlas, al estimular naturalmente los resortes de su misma sensibilidad, van generando sendos sentimientos, o, como dice la Logosofía, en bella y expresiva metáfora, refiriéndose sin duda a este hecho: “los sentimientos son pensamientos condensados en el corazón”.

166.     Siendo el conocimiento de sí mismo el encuentro e identificación del ser con su propio espíritu, pensemos ahora en la trascendencia que asumiría para la vida humana si la educación intelectual y física de niños y jóvenes se enriqueciera con la educación espiritual que resulta del cultivo de los conocimientos logosóficos. Se experimentaría entonces la agradable sorpresa de comprobar que la cultura del espíritu influye rápida y eficazmente en el perfeccionamiento de los demás aspectos de la educación, tornándola integral y plena, espiritual y humana.

SISTEMA INSTINTIVO

167.     A los fines del conocimiento de sí mismo la doctrina logosófica completa el cuadro de la configuración psicológica del hombre presentando el estudio de su región instintiva, ubicada en la parte subabdominal de la figura humana. Organizada también en función de los conocimientos logosóficos asume la categoría de sistema.

168.     Los tres sistemas psicológicos –mental, sensible e instintivo– constituyen, pues, los centros internos generadores de las energías psíquicas del individuo, alternándose en sus funciones. Según las circunstancias y las causas que obren en él como estímulos, puede producir energías mentales o intelectuales, anímicas o sensibles e instintivas o pasionales.

169.     En las primeras edades –explica la Logosofía– las energías del instinto eran las únicas defensas del hombre para la supervivencia. Esto también era y sigue siendo propio de los animales, pero el hombre fue diferenciándose de ellos desde un comienzo por disponer, aunque embrionario entonces, de un órgano mental capaz de registrar las imágenes ofrecidas a su percepción por la vida primitiva. Fue así como empezaron a grabarse en su retina mental escenas de ferocidad, de lujuria y de temor, entre otras, que, al cobrar vida por influencia de las energías emanadas de sus centros instintivos, le propiciaron las primeras representaciones mentales animadas, vale decir, los primeros pensamientos que poblaron las reducidas dimensiones de su espacio mental; todos, naturalmente, de composición psicológica instintiva.

170.     Pero con el correr de las edades y ya en plena civilización, las energías del instinto, lejos de ceder su imperio a los centros más elevados de su naturaleza racional y sensible y favorecer el desarrollo de su ente espiritual y consciente, hicieron al hombre impotente para controlarlas, por falta de conocimientos efectivos con qué educar sus resortes mentales y crear la conciencia de sí mismo. Es por eso que, hasta la aparición de la Logosofía, el instinto, carente de educación superior, ha obrado como elemento perturbador, trabando el movimiento de los mecanismos mental y sensible y retrasando, alarmantemente ya, el proceso de desenvolvimiento integral de la especie, razón por la cual la responsabilidad prácticamente no existe como manifestación consciente en la conducta humana. Detenerse unos instantes a contemplar el panorama mental del mundo, desde las más altas esferas hasta las más modestas en que la vida se desenvuelve, bastará para salir de duda.

171.     Las energías que mueven los resortes del instinto –sostiene y ha demostrado acabadamente la Logosofía– se han opuesto siempre a las demandas circunstanciales de los otros dos sistemas, siendo ello el motivo central de las grandes perturbaciones que en los órdenes interno y externo ha venido sufriendo el hombre hasta aquí. Y si a esto se suman todos los pensamientos adláteres generados por el predominio mental de los tres citados, relativos a la vida mental primitiva, veremos la razón que asiste a la Logosofía desde sus pronunciamientos iniciales. Pienso, por mi parte, que la ferocidaddebió haber propiciado, desde épocas remotas seguramente, la herencia nefasta del odio, la venganza, la falsedad, la envidia, la soberbia, la obstinación, la desobediencia, la susceptibilidad, la ira y todo cuanto puede enumerarse bajo el rótulo de impiedad; que la lujuria  ha debido ser en infinidad de casos la nodriza mental de los celos, la codicia, el rencor, la impulsividad, la inconstancia, la frivolidad, la fatuidad y todas las formas que asumen las licencias y debilidades humanas; que el temor ha de haber prohijado en las mentes, ¡vaya uno  a saber desde cuando! la credulidad, la cobardía, la hipocresía, la ilusión, el engaño, la rigidez, la adulación, la falsa humildad, la impostura, el fanatismo y la extensa gama de pasiones que tanto han contribuido a envilecer, a limitar y a empequeñecer hasta lo ridículo al soberbio y microscópico súbdito, llamado presuntuosa y prematuramente “rey de la Creación”.

172.     Todo esto y mucho más aún, constituye la inculta herencia del instinto, definida actualmente –explica Raumsol– como reacciones psicoemocionales de características violentas e innobles que, al agitar los resortes instintivos, cobran fácilmente la forma de pasiones, a las que el instinto les transmite sus impulsos desenfrenados. Así, cuando estudiaba mis propias reacciones instintivas, puede observar claramente la paralización de mis centros racionales y sensibles motivada por un transporte de violencia, donde la reflexión queda prácticamente anulada, desconectado el sentir e inmovilizados los sentimientos. He podido percibir también el dolor de la sensibilidad abatida por la obstinación mental en sus irreflexivos desplantes temperamentales.

173.     Pero no bien encauza la educación logosófica las energías del instinto y el sujeto las conecta con sus centros racionales y sensibles, la fuerza ciega que las rige se transforma en fuerza inteligente, como la energía hidroeléctrica obtenida con el embalse de un torrente (Véase , Anexo I, referencia 3).

174.     Es oportuno preguntar entonces cómo se encauzan las energías del instinto en beneficio de la evolución consciente. Veamos. Alguien experimenta un arrebato de ira; grita descontroladamente, amenaza, castiga o es castigado. Vuelto a la normalidad, es común verle asumir una postura de ofendido, si en su desplante llevó la mejor parte, o a la de rencoroso si terminó mal parado. Difícilmente a consecuencia de ello se produzca en él alguna reflexión fructífera y aunque así fuera, la posición rígida que le hacen adoptar los pensamientos reaccionarios le eclipsarían la parte medular de esa vivencia. Por otra parte, aun reconociendo en sí la existencia de un defecto ¿cómo podría corregirlo, sin saber que es un ente psicológico animado el agente mental que lo produce?

175.     En la vida logosófica esa misma vivencia estudiada con cuidado resulta altamente aleccionadora, pues, al revivirse en el recuerdo, propicia la observación reflexiva. Y las conclusiones de ese examen son siempre fecundas porque estimulan la labor interna. En consecuencia, las actuaciones deficientes, las fallas del temperamento y las reacciones pasionales, constituyen para el logósofo la realidad viva y la materia prima en donde ha de esculpir los rasgos nobles de su futura imagen arquetípica, con la ayuda invalorable de los elementos contenidos en las enseñanzas y el método logosóficos.

176.     Cuando las circunstancias favorecen la conducción de la vida es fácil hacer gala de entusiasmo y sentirse optimista, pero que se haga lo mismo cuando el ánimo se ha venido abajo y no se sabe cómo ponerlo en pie nuevamente. El método logosófico enseña a aprovechar las energías del instinto para activar los mecanismos psicológicos superiores con un fin catártico y consciente al mismo tiempo. Todo ello es posible porque el conocimiento de sí mismo pone al ser en cada experiencia frente a una faz inculta de su propio ente psicológico. Toda aspereza de la personalidad que logra desbastarse y pulir propicia la manifestación de un rasgo espiritual que se va perfilando en la escultura psicológica.

METODOLOGIA DEL CONOCIMIENTO DE SI MISMO

177.     Con respecto al método logosófico he hecho referencias diversas en los puntos anteriores. Expondré ahora los lineamientos del mismo, tal como lo entiendo y practico en el curso de mi proceso interno.

178.     A los fines del conocimiento de sí mismo el método logosófico es muy amplio. No abruma ni exige, como los métodos corrientes, llenar una medida inflexiblemente prefijada. El estudio y práctica de un conocimiento se extiende a todo el tiempo que requiere su asimilación por parte de cada cual. Pero como los conocimientos logosóficos tienen por destino la vida interna individual, estimo oportuno referirme al uso que yo mismo hago de este método, tan amplio, humano y accesible.

179.     En la práctica, el método logosófico presenta dos etapas diferentes, pero de complementación mutua y necesaria; a) la teórica o instructiva; b) la experimental o educativa.

180.     Etapa teórica. Se estudia un tema hasta comprenderlo claramente. Logrado ese objeto, se ideará la forma de llevar inmediatamente al campo de la práctica lo comprendido . Obsérvese que en esta etapa del ejercicio del método el conocimiento logosófico está operando de fuera adentro. Por eso la he denominado “instructiva”, pues la materia mental es ajena: viene de fuera adentro. La labor personal consiste en ordenar dentro de la propia mente lo que el entendimiento haya atrapado, hasta formar la imagen mental de una comprensión.

181.     Etapa experimental o educativa. Por intermedio de esa imagen, que representa la comprensión teórica realizada por la inteligencia, se pueden arbitrar ya los medios para comprobar su viabilidad, vale decir, los alcances efectivos de su aplicación concreta en la vida diaria de cada cual, conforme a la indicación logosófica de “experimentar lo que se ha estudiado”. El resultado inmediato puede ser positivo o negativo. En este ultimo caso, como la práctica de la enseñanza es controlada en la Fundación Logosófica por personas avezadas en el ejercicio del método, se puede recibir de ellas las indicaciones que harán finalmente positivo el resultado. Con esto ya se halla uno en condiciones de asociar la enseñanza a la vida, seguro de su eficacia. Aquí se puede observar bien cómo el conocimiento, que en la etapa anterior había operado de fuera adentro, fluye ahora por comprensión real, es decir, a través de la conducta, de dentro a afuera.

182.     A esta segunda etapa la considero “educativa” porque adiestra ininterrumpidamente la inteligencia, los pensamientos, la sensibilidad y los sentimientos, renovando sin cesar la vida con el cultivo de los valores que van integrando el haber consciente.

183.     La etapa experimental tiene como campo de acción la vida del propio experimentador en los terrenos o zonas donde se desenvuelve y que, con las determinaciones inherentes a cada cual, comprende los siguientes espacios: a) mundo interno; b) mundo externo o circundante; c) mundo logosófico; d) mundo metafísico. En estos cuatro espacios debe observar atentamente lo que hace y piensa en función del objetivo impreso en su pensamiento autoridad, que, como dijimos, se concreta en la superación consciente de sus estados psicológicos y en la educación de sus facultades y pensamientos. Los instrumentos básicos de esta imponderable realización, dijimos también, los constituyen las facultades de observar, de razonar y de pensar, a cuyas funciones remítese la conexión consciente del ser con sus pensamientos, sus palabras y sus actos.

184.     Mundo interno. Corresponde a la intimidad del ser. Talón de Aquiles de la Filosofía, el “si mismo” abre sus puertas herméticas hasta hoy por el imperfecto conocimiento de la configuración psíquica del hombre y su ignorancia de los agentes de la vida mental, los pensamientos. A causa de ello la conciencia, factor clave en el conocimiento y organización de la vida interna, no pudo responder a las aspiraciones humanas ni pudo impedir que los afanes de sabios y filósofos naufragasen en un mar de conjeturas, teorías y quimeras. El conocimiento logosófico es el hálito mental que toca directamente a la conciencia, la despierta y gradualmente le va haciendo alumbrar los más recónditos confines de la vida interna. Hecha pues la luz en su mundo interior, puede uno movilizar las facultades de su inteligencia en actuaciones de trascendental significación para la vida. Por mediación de la conciencia es lícito a la observación captar, al entendimiento ver y a la razón analizar la índole y dirección de todos los pensamientos que animan los actos y palabras, considerándose lúcidamente las dimensiones de su compatibilidad o incompatibilidad con la imagen de lo bueno, de lo útil y de lo honesto que cada cual haya logrado instituir como fruto de la comprensión en sus avances conscientes.

185.     Tampoco le pasan ya inadvertidos sus diferentes estados mentales, temperamentales y pasionales, las variaciones del ánimo y la oscilación de sus sentimientos como consecuencia de su arraigada inestabilidad mental, que gradual y pacientemente va superando. Sucédense así, ininterrumpidamente, una serie de cambios positivos resultantes de la educación consciente de sus mecanismos mental y sensible con participación de su espíritu, cuya intervención en la vida íntima del ser se manifiesta en la espiritualización gradual de su propia psicología.

186.     La espiritualización del hombre, o sea la participación activa del espíritu en su vida diaria, se produce gradualmente por eliminación de deficiencias. Se trata pues de un hecho natural y lógico. Las deficiencias deshumanizan y materializan a quien las padece; las eficiencias, en cambio, lo humanizan y espiritualizan. La superación y el perfeccionamiento muestran, a través de sus etapas, la espiritualización progresiva del hombre.

187.     Mundo externo o circundante. Lo configura todo cuanto rodea al ser: su vida familiar, social, profesional, etc. El campo familiar, especialmente, ofrece a su observación interna un amplio panorama, en el que puede descubrir las causas de sus reacciones, desencuentros, caprichos y predisposiciones negativas de todo orden. Ahí es donde se puede ver claramente cómo ciertos pensamientos, por falta de defensas mentales, influyen desfavorablemente sobre el sistema sensible torturando y aun destruyendo sentimientos. Pero es ahí también, en ese fecundo campo de observación y estudio, donde se pueden alcanzar las más resonantes victorias sobre la parte menos culta del ser: los instintos y pasiones.

188.     El orden social se le ofrece, entre otras cosas, como el altímetro de su crecimiento interno. Mientras las personas de nuestro habitual trato permanecen por lo general estáticas psicológicamente, con los mismos hábitos, las mismas prevenciones, los mismos defectos y rarezas, el acrecentamiento y flexibilidad moral y espiritual del logósofo presenta un vivo contraste entre lo inmóvil y lo que se renueva cada día. Ello se explica por las características rutinarias de la mente común. La autognosis logosófica hace al hombre consciente de esa falla, y así, la única rutina que voluntariamente se permite a sí mismo es la rutina contra la rutina.

189.     Mundo logosófico. El selecto ambiente donde se imparte la enseñanza logosófica es un laboratorio y gimnasio mental a la vez, donde el ser aprende a realizar todos sus cultivos internos y a forjar una vida noble y digna. La tolerancia, la paciencia, el respeto, la discreción y sobre todo el afecto, hecho ley en los dinámicos centros de cultura logosófica, permiten atisbar la maravilla de la existencia humana cuando sus verdades se hayan consagrado en ella como factores causales de la vida superior.

190.     Mundo metafísico. Es la zona impoluta de las realidades permanentes donde – según afirma la Logosofía en la palabra de su creador– encuentra el hombre la justificación de todo lo que antes le fuera incomprensible, y descubre los vastos desarrollos del espíritu en conexión directa con la evolución consciente de su propio ser. (MVC p. 57).

191.     He presentido la existencia de ese mundo, antítesis del quimérico, la primera  vez que logré captar en mi propia vida la manifestación de las leyes universales. Asomado apenas a ese mundo pude advertir sin inconvenientes que la fatalidad, el supuesto destino preestablecido, el azar, etc., en modo alguno constituyen realidades externas al ser, antes bien, la proyección que su misma ignorancia, cebada con sus propias deficiencias psicológicas, proyecta sobre su pantalla mental el conjuro de absurdas creencias que paralizan la función de pensar y llenan la mente de imágenes antinaturales, vale decir, quiméricas. En todo cuanto de él mismo depende no hay pues casualidad sino causalidad.

192.     Y como las leyes, por ser tales, sancionan sin discriminación de si se las conoce o no, puede un pensamiento dominante, la obstinación por ejemplo, descalabrar la vida de un emperrado y atribuir luego éste a la fatalidad o al destino, y no a lo que él mismo se ha labrado con su contumacia, la causa de su infortunio final. En realidad, su insospechada violación de la ley universal de causas y efectos es quien lo ha sancionado.

193.     El método logosófico, al llevar las experiencias al mundo causal, permite al hombre conocer, respetar, adaptarse y finalmente regir su existencia en función de las leyes que gobiernan la vida mental, hecho éste que lo habilita a convertirse en artesano y, quizá mas tarde, en artífice de su propio destino.

194.     Ante los progresos de la observación y percepción conscientes, poco a poco se desvanece la estrafalaria figura del azar, reemplazada gradual y progresivamente por la imagen universal, real y eterna de la causalidad.

195.     Los fundamentos del método logosófico se hallan principalmente expuestos en el Cap. VII de “El Mecanismo de la Vida Consciente” y en la lección VIII de “Logosofía, Ciencia y Método”. Por su parte, el “Curso de Iniciación Logosófica” (pags. 15 a 41) detalla la didáctica del mismo. Además, la primera parte de “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano” contiene la metodología de las mismas. Debo, eso sí, señalar que toda la bibliografía logosófica se halla saturada de indicaciones metodológicas.

196.     En Logosofía, ciencia y método resultan inseparables. Son como  dos ruedas que, aplicadas al vehículo de la evolución, o sea al propio interesado, le permiten cubrir metódica y conscientemente las etapas que jalonan el desarrollo de la vida superior conforme a lo que establecen y permiten las leyes universales en relación con las características y aptitudes inherentes en cada individuo, como receptáculo natural y vehículo voluntario de las mismas.

197.     En función del método los conocimientos logosóficos se transubstancian en aptitudes conscientes. La calidad de esas aptitudes, lo mismo que sus características, son resultados exclusivamente individuales, como podrá inferirse de cuanto he dicho al respecto. Las aptitudes individuales representan, pues, la parte de conocimiento logosófico hecha vida en virtud de la índole de cada cual combinada con las características psicodinámicas del método.

198.     Pero las aptitudes individuales se van también  perfeccionando mientras el ser ofrezca posibilidades a la inducción fecundante de la ley de evolución. Por consiguiente, las características propias de esas aptitudes muestran los grados de comprensión que va alcanzando el sujeto evolucionario a través de su proceso interno.

198 bis.    Veamos un hecho típico de la vida estudiantil. ¿Sabe estudiar el joven? Obvia la respuesta. ¿Por qué no sabe estudiar? Porque no sabe pensar. Bien, ¿Por qué no sabe pensar? Porque se le enseña de todo, menos esa función básica de la existencia racional.

No  saber pensar implica de hecho no saber estudiar. Además, como no se sabe pensar y estudiar, la función de aprender, consecuencia lógica de las dos anteriores, se cumple deficientemente.

Pero no acaba ahí la cadena. Lo mal aprendido es también mal realizado. Una de esas realizaciones puede ser p. ej., la función de enseñar; no se puede enseñar bien lo que no se aprendió bien. He ahí el permanente “circulum vitiosus”, mal crónico en todos los establecimientos de enseñanza

El método logosófico propicia el desarrollo y dominio profundo de las cuatro operaciones básicas de la aritmética mental: pensar, estudiar, aprender y enseñar (1), origen de todas las realizaciones conscientes y fecundas. Operaciones que se aplican indefectiblemente a cuantas dificultades, problemas o inconvenientes  la vida diaria nos plantea.

(1)  CIL p.16.

Si estas aptitudes no se desarrollan, ¿qué ocurre? Ocurre lo que nadie ha dejado de experimentar: la vida se va sumiendo poco a poco dentro de los problemas. El que sabe realizar estas funciones procede al revés: ubica los problemas dentro de la vida. He ahí la diferencia, la gran diferencia entre quedar atrapado por las dificultades o saber ubicarlas, enfrentarlas y resolverlas.

La falta de desarrollo y dominio de esas cuatro operaciones básicas origina desaciertos e imperfecciones tanto en la vida de los hombres como de los pueblos. Uno de ellos –nos ha hecho notar Raumsol– se concreta nada menos que en la no realización del ideal democrático. En efecto, éste, como ideal, constituye la mayor garantía del libre desenvolvimiento de cada individuo. Como ideal no se ha realizado; lo prueba claramente el espacio que día a día ganan las ideologías extremistas dentro de los propios recintos democráticos. ¿Y por qué ganan más y más espacio cada día? Porque las democracias tienen una grave falla: no enseñan a pensar. Al no saber pensar los ciudadanos no saben individualizar ni estudiar los pensamientos que oculta la acción demagógica, razón por la cual no aprenden a distinguir el fin que persiguen esos pensamientos, y peor aún, no saben enseñárselos a los jóvenes. Así es  como, sugestionados éstos por el artilugio de los propagandistas, se entregan cándidamente a ellos. Cuando la realidad se hace presente mostrándoles el engaño, ya es demasiado tarde. Vienen entonces las lamentaciones, los arrepentimientos, etc. Y el arrepentimiento –define la Logosofía– es un sentimiento retardado, siempre llega tarde.

Si el hombre supiera pensar, el dictador perdería para siempre su reinado. Véase entonces cuán necesaria e impostergable es la conveniencia de hacer llegar la disciplina mental logosófica a los estrados de la educación.

CONCLUSIONES

199.     Hemos visto, en lo que va de exposición, las razones por las cuales debe uno conocerse a sí mismo y la trascendencia que este significativo hecho asume para la vida humana en general y en especial para la de la niñez y la juventud que, por su mayor inexperiencia, resultan fácil presa del mal, como sin dificultad lo comprenden padres y maestros.

200.     Hemos visto también que la autognosis se sustancia en el conocimiento de los sistemas psicológicos que integran el mecanismo total de la vida interna, y en el de los pensamientos como raíz y causa de las manifestaciones psíquicas del hombre.

201.     Nos hemos referido asimismo a las deficiencias y a la necesidad y forma de eliminarlas.

202.     Se ha visto cómo se cultiva la sensibilidad, cómo se depuran, se consolidan y ennoblecen los sentimientos, y las funciones reguladoras que una y otro ejercen sobre la vida psicológica del hombre.

203.     Nos hemos extendido finalmente al método propio de la Logosofía, donde la observación interna o autoobservación hace posible la conexión consciente del ser con cuanto acontece en las lindes de su vida mental. Veremos ahora algunas de las perspectivas y proyecciones del conocimiento de sí mismo.

DEFENSAS Y RESERVAS MENTALES

204.     Las proyecciones del método logosófico podrán preverse, pero no medirse. Una de ellas, de significativa trascendencia, es la que permite la creación de defensas mentales.

205.     El solo hecho de ignorar le existencia de un mundo de pensamientos como agentes de la vida y la influencia perturbadora que ejercen los dominantes u obsesivos, torna al hombre mentalmente indefenso y expuesto a las más adversas e inesperadas consecuencias. Y no se trata ya de aquellos que provocan ira o temor, fáciles de advertir por sus instantáneos reflejos somáticos, sino de muchos, muchísimos otros que con la apariencia o el disfraz mental del bien, la razón o la verdad conducen al extravío y a las más extrañas aberraciones.

206.     Ni la inteligencia más sagaz se halla libre de la inducción perniciosa de los pensamientos negativos con apariencia de buenos, si se carece de cultura logosófica. Pensemos, por ejemplo, en el ahorro. Es ésta una institución surgida del cultivo de un pensamiento bueno y necesario cuyo objeto es propiciar reservas para sobrellevar con éxito situaciones adversas; y un ejemplo universal de ello lo ofrece la misma naturaleza. Así es como se le inculca al niño el hábito de ahorrar y ya, desde los primeros años, la escuela colabora en tal sentido. Se le entrega una libreta, se le enseña a efectuar depósitos y allí van a parar los sobrantes de sus diversiones y pequeños placeres. Todo esto está muy bien. Pero un día, sin que la criatura ni sus maestros ni sus mismos padres lo adviertan –¡cómo podrían advertirlo!– el niño empieza a depositar en su libreta el importe destinado a caramelos o diversiones, de los que prefiere prescindir. Otra vez, en lugar de ir al cine, algo dentro suyo influye para que no vaya y guarde.

207.     Transcurre el tiempo y lo que para la observación común todavía sigue pareciendo ahorro, gana más y más espacio mental cada día, desalojando insensiblemente a otros pensamientos de menor fuerza inductora, hasta ocupar en la vida de su dueño un lugar de privilegio. Así es como empieza éste a privarse de muchas cosas que, dentro de sus posibilidades, contribuían al desenvolvimiento de su vida y al acrecentamiento de su experiencia. Es ahora un joven que pone especial cuidado en limitar su vinculación con otros jóvenes, porque éstos malgastan sus ingresos y atentan contra la salud, según sus propias argumentaciones. Ese cuidado no está mal, ciertamente, pero resulta que también se limita sin necesidad en el vestir, en el aliño personal, en distracciones  y en tantas cosas que ya no conciernen a la salud, sino al decoro personal y a la buena presencia.

208.     Adulto al fin, se apodera de él la fiebre de guardar, de mezquinar en todo, incluso a costa de su propia salud y la de su familia. No hay necesidad ya de seguir adelante para descubrir en él al típico avaro, al tacaño despreciable y despreciado por cuantos lo rodean ¿Qué pasó en su vida? Puede alguien que desconozca el mundo mental explicarse cuando un noble pensamiento inicial, con arraigo en la vida de un ser, es desplazado por otro de obscura índole para ocupar su lugar?

209.     Otro tanto suele ocurrir en el desempeño de los gobernantes, grandes y pequeños, y en tantas personas que, animadas por buenos y saludables propósitos en sus comienzos, terminan defraudando la confianza y hasta la amistad de quienes le brindaron su aplauso, su apoyo y su colaboración.

210.     Esto debe ser tenido muy en cuenta en la educación de los jóvenes. Se les podrán inculcar los mejores pensamientos, pero ¿de qué sirve si no se les enseña a manejarlos y a fiscalizar la ingerencia de otros pensamientos extraños al propósito de aquellos? Echese un vistazo sobre los resultados de la educación en nuestros días y se obtendrá una respuesta que no deja lugar a dudas. Tan solo la cultura logosófica, probada acabadamente ya en tantos años de experiencia fecunda, puede preservar al joven, al adulto, a todos, de las azarosas contingencias de los pensamientos negativos y abrir de una vez para siempre las puertas que obstinadamente cierran el paso hacia la vida superior. No se trata de buscar fuera los medios de contener o impedir el mal; hay que ir directamente en busca de las causas que lo generan y esas causas se hallan dentro mismo de la vida de cada cual. La educación consciente de sus facultades y atributos naturales es lo que hay que propiciar en el joven para ponerlo a cubierto del desvío, del desequilibrio y el malogro de las prerrogativas inherentes a su naturaleza hominal.

211.     Así como la avaricia pudo desplazar al pensamiento de ahorro apoderándose de su investidura y posición mental, muchos otros suelen operar en forma similar, tales como la falsía trajeada de verdad, el egoísmo de desprendimiento, la dictadura de protección, la inmodestia de modestia etc. De ahí la virtud de la autognosis, que organiza y estimula el sistema mental, hace al hombre dueño de su mente, lo adiestra para defenderse contra la ingerencia de pensamientos y desarrolla en él la capacidad de seleccionarlos con lucidez e inteligencia.

212.     La selección de pensamientos –como quedó indicado en su lugar– y su ordenamiento para cumplir con sus funciones específicas bajo la dirección del pensamiento autoridad, van formando un verdadero ejército mental que resguarda la vida de adversas contingencias y desvíos y la encauza en función de las leyes universales, impidiendo sus sanciones, tan dolorosas a veces. Los pensamientos seleccionados y adiestrados constituyen por un lado “defensas” y por otro “reservas” con las que se puede contar en cualquier momento. Esta parte del proceso autognósico es, pues, de incalculable trascendencia para el destino humano en cualquier edad. Y pensemos nuevamente en los niños y jóvenes a quienes la falta de cultura espiritual en los planes de estudio de todas las escuelas del mundo los expone a servir de instrumento a cualquier ideología. Y la experiencia muestra con meridiana claridad cuan sensible es la mente juvenil a la sugestión que ejercen sobre ella las ideologías extremistas.

213.     En el orden mental no hay término medio: o su conocimiento convierte a los pensamientos en vehículos de la inteligencia o su desconocimiento hace de los seres humanos vasallos incondicionales de los pensamientos dominantes. Se ve entonces el valor de las defensas y reservas mentales como agentes de la superación humana.

214.     Cuando la cultura logosófica llegue a los estrados de la educación oficial y privada de los países civilizados, los docentes observarán con asombro –como hoy lo vemos nosotros en el desenvolvimiento de las divisiones infantil y juvenil de las instituciones logosóficas– con qué facilidad absorbe el educando los conocimientos que disciplinan su mente y desarrollan su inteligencia  propiciando en ella notables adelantos; cómo humanizan su vida y aprenden a defender su ente moral con singular destreza. Es que –advierte la Logosofía (1)– aparte de los conocimientos comunes, se hace necesario equipar la mente con ciertos recursos positivos e instantáneos y adiestrarse en el manejo de los mismos. Estas son, precisamente, las defensas mentales que la Logosofía enseña a crear. Veamos un ejemplo: un joven logósofo, estudiante del ciclo medio, movido por su sentimiento humanitario ayuda a su compañero a resolver cierto problema. Tiempo después éste, aprovechándose de las condiciones que revela ese joven, en lugar de esforzarse por cumplir sus obligaciones estudiantiles acude a él porque lo sabe bueno. Y aún hay más: pasa el dato a otros jovenzuelos, perezosos como él, que acuden solícitos y entusiasmados de haber hallado a alguien que trabaje por ellos y a favor de ellos. El joven logósofo advierte el problema que las circunstancias le han planteado. Con toda calma reflexiona a solas sobre la situación creada. Advierte así que hay ya abuso y que, frente al mismo, acaba la tolerancia. Piensa entonces como librarse de los parásitos que se le han echado encima amparándose en su bondad, hasta ir dibujando en su mente la imagen de un pensamiento  defensa. Una vez concebido, lo adiestra conscientemente, tal como aprendiera a hacerlo en sus estudios logosóficos, hasta advertir que ya tiene vida propia y aguarda la oportunidad de emplearlo. (1) Llegado ese momento, hace saber a sus abusivos compañeros que él ha aprendido a ser bueno, pero no tonto. Como no es tonto, no se presta a servir de instrumento obligado de nadie ni a alimentar parásitos; además como es bueno en la verdad, no en el error, la conciencia de su bondad le ha hecho ver claramente que su proceder los está perjudicando, convirtiéndolos en inútiles y eso no puede consentirlo a sabiendas

215.     Pues bien, cuando una defensa ya ha sido empleada queda en lo interno como “reserva” mental, puesto que se trata de algo elaborado y probado, que no sólo puede servir en adelante a su propio dueño, sino también a otros que la necesiten y merezcan su servicio.

216.     Así es como, de tanto en tanto, el logósofo pasa revista a sus reservas para mantenerlas ágiles. Ese es el día del “reservista mental”, o sea, el de la patrulla de pensamientos que revistan en la mente en calidad de tales. (1) CIL pág. 63.

 

LAS LEYES UNIVERSALES

217.     La existencia de leyes universales no implica ninguna novedad para el entendimiento humano. El estudio de cómo obran esas leyes sobre todo lo creado tampoco lo es. Pero el conocimiento de la influencia que ejercen sobre la vida psicológica y espiritual del hombre sí lo es y más aún, cómo puede llegar a servirse de ellas conscientemente para conducir su vida conforme a los sabios dictados de que son portadoras eternas. Expondré aquí mi comprensión y mis modestas observaciones acerca de este delicado tema.

218.     La verdad –expresa un axioma logosófico es, en su aspecto exterior, la realidad de toda la creación. En su aspecto interno es el pensamiento supremo y la suprema voluntad del Creador.

219.     Cada una de las cosas existentes constituye, por lo tanto, una parte grande o pequeña de la verdad total, como lo prueba su misma existencia. Pero ni la Creación ni lo creado existen porque sí. Se descuenta un porqué y un para qué, una causa y un fin. La realidad ha de ser entonces el colosal cuerpo físico de la verdad, y las leyes que determinan su origen y su finalidad el espíritu que alienta y asegura la perpetuidad de su existencia. Vemos en efecto, cómo se destruye o desintegra un árbol, pero no los árboles, cómo desaparece un hombre, pero los hombres siguen transitando por el mundo; podrá desintegrarse un astro, pero los astros continúan formándose y evolucionando en los espacios de la Creación.

220.     El hombre es entonces una realidad cósmica con su porqué y su para qué. Las leyes que determinaron su origen lo van llevando, aun a pesar suyo, hacia la meta de su destino. En este aspecto no se diferencia un ápice de todas las demás formas de existencia. Pero hay algo que lo muestra distinto y único: su potestad de conocer. Si por su origen es, como todo lo demás, una expresión universal y suprema, su inteligencia lo hace apto para conocer la verdad y ser consciente de su existencia y de la existencia universal. La evolución del entendimiento humano tiene pues como meta el conocimiento sustanciado en lo supremo. Tan sublime conquista posee, a mi juicio, un  precio, una condición sine qua non, suprema también: el conocimiento absoluto de su propia verdad, el total conocimiento de sí mismo. Allí reside el secreto de su proceso de evolución espiritual,  puesto que el conocerse a sí mismo le obliga a superarse; y la superación a realizar su destino voluntaria y conscientemente.

221.     Esa condición no ha sido llenada por detención de su desenvolvimiento interno. Todos sus avances corresponden al orden extraindividual, material, externo. Intraindividualmente se halla postrado. La Logosofía ha venido, pues, a sacarlo de ese estancamiento. De ahora en adelante cabe a esta ciencia la trascendental y sublime tarea de hacer conocer e iluminar la parte inhollada y oscura del ser humano –su espíritu y su mundo mental– e iniciar la era de la evolución consciente de su ente metafísico, vale decir, de su espíritu.

222.     El proceso autognósico, como todo lo existente en el seno de la Creación está regido por leyes universales, custodias de su equilibrio y permanencia. ¿Qué prerrogativa concreta brinda al hombre el conocimiento pleno de esas leyes? Pues algo así como la que le conferiría a un ciego la devolución de su vista. ¿Podría concebirse algo más querido para él que deponer el blanco bastón con el que andaba a tientas por los caminos del mundo, sin ver nada de cuanto vive y vibra en torno suyo? Semejantemente, quien desconoce el mundo mental transita por él sin que su inteligencia tenga otra ayuda que el endeble bastoncillo de sus presunciones, creencias, supuestos y prejuicios: sus manos mentales tocan ciertas realidades, pero su entendimiento no las comprende ni su razón va más allá de la superficie que las cubre.

223.     Las leyes universales son fuerzas que operan en el hombre de fuera a adentro. No por ignorarlas evitará que accionen ni el infringirlas involuntariamente disminuirá un ápice el rigor de sus sanciones. ¿Cómo advierte la inteligencia ese hecho? Muy fácilmente: toda sanción implica un retroceso. El conocimiento trascendente confiere a la inteligencia la visión causal, le alumbra el camino mostrándole las zonas libres y las zonas prohibidas del mundo mental, para no tropezar, chocar, caer, desviarse ni perderse en su andar por la vida.

224.     El mundo mental interpenetra al mundo físico; una prueba palmaria de este hecho la tenemos en el canto de sirena de tantos pensamientos indeseables que se han hecho presentes en el escenario mental del mundo, cuyo enorme poder de sugestión conduce a tantos seres, lamentablemente los más jóvenes e inexpertos, a una verdadera ruina, no sólo moral sino también física.

225.     Se desprende que el conocimiento de las leyes acelera enormemente la evolución consciente del hombre. ¿Qué hecho lo demuestra? La forma diferente de operar la ley. En efecto, cuando se ha comprendido su inmanencia, la fuerza de la ley no obra ya de fuera a adentro, aprobando o sancionando, sino de dentro a afuera convertida en un poder consciente. Veamos algunos ejemplos.

226.     En virtud del conocimiento de sí mismo, la ley de evolución permite superar voluntaria y conscientemente todas las deficiencias psicológicas y cuanto traba el libre desenvolvimiento de la propia vida. Confiere, como poder, la facultad de dejar de ser lo que se es y llegar a ser lo que se quiere ser y no se es.

227.     Un hombre vehemente e impulsivo, por ejemplo, debe soportar durante gran parte de su vida, y desgraciadamente durante lo mejor de ella, las consecuencias que le acarrea esa falla temperamental. Pero, después de tanto golpearse, allá cuando comienza su declive, la deficiencia se “ablanda” y hasta podría incluso desaparecer. No obstante, han mermado también las oportunidades de beneficiarse con el cambio, pues ya desciende su vida hacia el ocaso. Confórmase entonces con aconsejar a sus descendientes, hijos o nietos, a quienes él mismo ha contagiado la deficiencia, previniéndolos ahora contra sus efectos perniciosos. Si sabe hacerlo, es probable que lo escuchen; y algo siempre se logra. Pero lo corriente es que no sepa cuándo, donde ni cómo se efectúa una corrección de esa índole. Pretende hacerlo con traje de moralista, no exento de rigidez y, claro está, provoca un efecto contrario al que persigue. Su palabra suele caer en el vacío y hasta se burlan de él, o compadecen su “debilidad senil”,  “chochera incipiente”, etc. Vale decir, ha habido un cambio real, pero como no responde a un proceso inteligente y metódico, resulta estéril para los demás y hasta motivo de mofa. La ley ha obrado de fuera a adentro, pero no a la inversa.

228.     Un logósofo ha descubierto en sí mismo idéntica falla. Pero como sabe operar sobre ella y dispone de cuanto necesita para neutralizar sus efectos, en poco tiempo se ve libre de su deficiencia, su lugar lo ocupan ahora la contención y la serenidad, que se evidencian a través del control mental que ejerce sobre sus pensamientos. Tiene por delante un camino a recorrer, libre de su falla, fecundo por su ejemplo vivo; su palabra es tenida en cuenta porque sabe emplearla, pues conoce su valor, y porque la respalda y garantiza su propio comportamiento. La conciencia, despertada por el conocimiento, se ha hecho pues vehículo de la ley, que ha operado de inmediato provocando el cambio. Al incoarse un cambio, se manifiesta como poder individual, obrando de dentro a afuera. Tal es la diferencia entre la evolución común, lenta, pesada y casi infecunda, y la evolución consciente, que es su promisoria antítesis.

229.     La ley de herencia hace posible la selección consciente de los naturales anhelos de conquista, sin enajenar la vida, como Fausto, a la voluntad de nadie ni pretender alargar el paso más de lo que dan las piernas. Saber manejar esta ley significa haber logrado la prerrogativa de heredar bienes, no infortunios, en lo que de uno depende. Se deduce que las consecuencias de las malas actuaciones constituyen el resultado de la violación de esta ley. Eso es también herencia, que, como legado, no se diferencia un ápice del Caballo de Troya.

230.     La ley de cambios otorga a quien sabe manejarla el derecho natural de despojarse voluntariamente, por mediación de un proceso regulado, de cuanto perturba el desarrollo consciente y ascendente de su propia vida. Si el andador ya no nos sirve porque hemos aprendido a caminar sin necesidad de que nos estén sosteniendo con aditamentos extraños a las prerrogativas naturales, nada mejor que cambiarlo por un buen par de zapatos, que nos confieren más libertad de acción. Sin embargo esto mismo, que en el orden físico nadie discute estando en sus cabales, no siempre se comprende en el orden espiritual. Así es como muchos consumen su vida dentro del andador…

231.     He aprendido a manejar la ley de movimiento para conferir lozanía y vigor a los pensamientos que selecciono o creo, lo mismo que para realizar los propósitos que aliento en ellos. Su conocimiento representa para mí el secreto, la clave de las realizaciones fecundas.

232.     La conciencia de la ley de afinidad permite la atracción y selección lúcida de los elementos necesarios para crear pensamientos con jerarquía y sentimientos con nobleza.

233.     El manejo inicial de la ley de causas y efectos activa la atención y confiere a la conciencia la facultad de anticiparse al futuro “pre-viendo” lo que debe o puede acontecer en las lides del saber y la experiencia individuales, estimulando la elaboración de los recursos con que se ha de contar cuando el futuro se haga  presente. Cuanto más se amplía el diámetro consciente de esta ley tanto más disminuye el del azar.

234.     En fin, el estudio de la ley de tiempo enseña  al hombre a regular sus pasos, acelerándolos cuando su comprensión se lo evidencia o disminuyendo la velocidad al ritmo que las circunstancias aconsejan. Hay gran diferencia entre acelerar y apurarse. La aceleración es una fuerza interior promovida por la conciencia del valor del tiempo, que se manifiesta en armonía con la realidad. El apuro no emana de la conciencia sino de la inducción de un pensamiento negativo, origen de algunas deficiencias psicológicas como la impaciencia, por ejemplo, y constituye, en suma, la negación del tiempo.

235.     Una larga y fructífera experiencia me ha demostrado infinidad de veces que el tiempo se pierde cuando no se piensa; del mismo modo, que se gana y aún se recobra cuando el hombre aprende a pensar. Pensar ¿en qué? En los contratiempos, dificultades y problemas que la vida diaria plantea, encarándolos de inmediato y, si es posible, resolviéndolos también de inmediato. Nunca dejándolos para después, porque el después puede tener también sus bemoles y, si las dificultades se amontonan, la alforja mental que las contiene puede llegar a hacerse muy pesada. Así es como muchos se entregan a la desesperación, al vicio o a licencias de toda índole.

236.     También se gana el tiempo cuando se aprende a estudiar y analizar con lucidez y acierto las propias vivencias, vale decir, los hechos que se experimentan en determinadas circunstancias, en los cuales ciertos factores más importantes que las circunstancias mismas destacan la existencia mental de algo que está operando en la propia vida, que recién se advierte o se capta al producirse la vivencia.

237.     Ordenar la vida permite manejar la ley de tiempo. Manejar el tiempo impide que éste nos corra pisándonos los talones o, peor aún, corriéndolo detrás sin alcanzarlo. Así es como el hombre vive apurado, como si estuviera huyendo. Siempre recuerdo –con satisfacción ahora– cuando yo me encontraba en ese estado, cuando el tiempo urge nose puede pensar. Y cuando no se piensa no se vive, razón por la cual no nos queda otra alternativa que la de enajenar nuestra vida al arbitrio de los pensamientos. Es entonces cuando el hombre no sólo pierde su individualidad, sino que queda a merced del azar que le deparen los pensamientos adueñados de su vida.

238.     Se deduce, pues, la importancia que asume el saber logosófico en el conocimiento, regencia y aun manejo de las leyes universales, y en la conducción consciente de la propia vida, psíquica, mental y espiritual.

239.     No es difícil explicarse entonces cómo el hombre, insensible por falta de cultivo interno a la acción de las leyes universales, se halla constantemente expuesto a cometer transgresiones y a experimentar sus inevitables consecuencias con retrasos o frustración de sus posibilidades naturales.

HACIA UN NUEVO HUMANISMO

240.     Mucho se ha discutido, y se sigue discutiendo aún, qué se debe entender por “humanismo” y qué por “humanidades”. Los actuales teorizadores de la pedagogía observan, en su mayor parte, que el clásico humanismo, estudiado y practicado durante siglos, ha dejado de constituir en la época presente el ideal de otrora. Háblase, pues, de eliminar su antiguo basamento –las lenguas y culturas clásicas– al menos en los planes de estudio correspondientes al ciclo medio, por estimarse que los resultados en modo alguno compensan el ingente esfuerzo que demanda a los jóvenes su estudio. En Francia ensayase actualmente, según tengo entendido, un “bachillerato sin latín”.

241.     Las discusiones giran en torno a cómo y con qué reemplazar las viejas disciplinas humanistas y, mientras el Viejo Mundo hierve en ansias de reformas disputándose partidarios y detractores de las lenguas clásicas la dirección pedagógica de la juventud, nuestra querida América asiste al nacimiento de un nuevo humanismo con bases inconmovibles, graníticas, eternas, destinado a la experimentación por parte de todos los países civilizados que se interesen en él.

242.     Ese nuevo humanismo es el logosófico. No se trata ya de cultivar el intelecto juvenil reaccionando total o parcialmente contra las formas tradicionales, sino de poner en función y estimular el desarrollo consciente de una parte esencial del ser humano, que permanece estática para su voluntad y su inteligencia mientras no advenga éste a su mundo interno, y le impide alcanzar la plenitud del desarrollo psíquico, moral y espiritual. Esa parte, latente en el hombre –aunque la afirmación asombre a los pedagogos–, es el espíritu.

243.     Hasta ahora, en todo lugar y en todo tiempo han sido considerados en la práctica efectiva de la educación tan sólo dos aspectos: el intelectual y el físico. Paso por alto la pésima forma de sustanciarse uno y otro, en virtud de hallarse el asunto fuera de este enfoque.

244.     Quedan al margen de la educación plena los otros dos aspectos humanos, el moral y el espiritual. El primero creyóse ingenuamente que se desarrollaba solo, inculcando normas y preceptos. Centenares de elocuentes máximas pueblan las páginas de los libros; si tan sólo una, verbigracia “Quien mal anda mal acaba” despertase la conciencia del que las escucha o lee, la educación moral se habría sustanciado en algo. Pero la delincuencia juvenil y los desvíos de las comunidades en todas sus esferas han probado y siguen probando que el acto de inculcar es algo así como sembrar semillas sobre baldosa. Será necesario, pues reflexionar sobre la clara diferencia que existe entre inculcar y enseñar.

245.     La misma ceguera mental se extiende respecto a la cultura del espíritu, lamentablemente ignorado por univocación y confusión de conceptos. Sobre un tremedal nada estable puede edificarse. De este modo, aunque muy mentado, el desarrollo de nuestro ente metafísico ha constituido hasta ahora, para los ideales de la educación, un amor sin esperanzas.

246.     Tampoco es solución incrementar la cultura intelectual por considerársela pobre, arcaica o deficiente, ya que eso es más cuestión de método funcional y de conciencia clara entre lo que debe entenderse por instruir y educar, términos que, confundidos en la práctica, resultan para el proceso pedagógico lo que un tajo a lo largo de un tejido de punto. Se trata en cambio de cultivar la parte potencial, dejada inadvertidamente de lado y sin manifestación consciente en el educando: su propio espíritu. Por eso el saber logosófico define al humanista –o al nuevo humanista, digamos mejor– como al “ser racional y consciente realizando en sí mismo las excelencias de su condición de humano y de su contenido espiritual sobre la base de una incesante superación.” (MVC p. 104).

247.     El docente deberá comprender, pues, que es él mismo y no la docencia quien debe renovarse primero, puesto que querer renovar sin haberse renovado es como querer dar lo que no se posee. Y la eficacia del método y la pericia técnica ¿cómo se obtienen sin autoexperimentación? ¿Se ha pensado en ello? Lo natural y lógico es que antes de cambiar planes y sistemas de enseñanza cambie el encargado de concebir esos planes y sistemas.

248.     En lo relativo a educación, la época presente nos ofrece simultáneamente un mal y un bien. En efecto, junto al fracaso de lo que hasta ahora se admitiera como ideal educativo ha surgido una cultura nueva, portadora del mensaje humanístico que desde hace mucho tiempo ansiaba el hombre sin haber podido concretar, ni esbozar siquiera, la magnitud de ese anhelo. El educador, el auténtico director pedagógico de la juventud debe recogerlo, estudiar y asimilar su contenido. De no hacerlo ahora, las nuevas generaciones lo harán después, ya que nada puede oponerse al avance de la verdad, y entonces, ¿quién abogaría a favor de aquellos que evidenciaron semejante ceguera? Pues está fuera de toda duda que no hay peor ciego que el vidente que no quiere ver.

249.     Piénsese en la significación del acto pedagógico en la teoría y en la realidad. Por ejemplo, se inculca al alumno el amor al estudio, pero lo cierto es que éste constituye una de las cosas que él más aborrece. ¿Por qué se produce ese hecho? Porque no se trata de inculcar sino de enseñarle a experimentar realmente las delicias de ese amor. Y como no se puede amar una labor que no gusta, y una labor  no gusta cuando no se la sabe hacer, corresponde al educador alcanzar la conciencia de ese valor, si quiere enseñar a otros a realizarlo conscientemente.

250.     Otro hecho propio de la vida estudiantil: el profesor apabulla al educando frente al pizarrón gritándole que piense. Me estremece pensar qué sucedería si al alumno se le ocurriera preguntarle, en ese momento, qué es pensar y cómo puede realizarse ese acto voluntaria y conscientemente. Lo cierto es que a nadie que sepa lo que es pensar se le ocurriría formular un pedido de esa índole a los gritos o infundiendo temor, como no se le ocurriría a nadie exigir a otro que respire con la cabeza dentro del agua.

251.     Es muy fácil amenazar y castigar al alumno que ha observado mal comportamiento; lo difícil es enseñarle a portarse bien, y, más difícil aún, enseñarle a realizar el proceso consciente que culmina con la eliminación del agente mental que provoca su mal comportamiento. El saber logosófico hace de ello una tarea humana, agradable y sencilla.

252.     Si a todo esto le sumamos ahora –y es honesto hacerlo– nuestras propias deficiencias psicológicas, que pese a nuestra condición de educadores poseemos, nuestra intolerancia y la gama de reacciones negativas que nuestra propia conducta promueve en el educando; los complejos que solemos originar en ellos; las injusticias que involuntaria y aun voluntariamente cometemos, y más todavía, si tenemos en cuenta lo inhumano, lo deshumanizado y antinatural de los métodos, planes, programas, horas de clase y obligaciones escolares; la falta de conocimiento de las necesidades reales e inmediatas de cada educando; su desamparo mental y moral (falta de defensas y orientación en la vida), no será difícil comprender entonces lo desvalida y huérfana que se hallan la niñez y adolescencia y lo que serán con esa base tan poco firme los seres que estamos forjando para el mañana, los futuros padres de familia, los profesionales, educadores, dirigentes y hombres de estado venideros.

253.     Entiendo que corresponde a los docentes, en primer lugar, hacerse cargo de la situación, despertando la conciencia de su responsabilidad como educadores. Sería imperdonable que existiendo no una teoría nueva o una teoría más, sino la solución perfecta, acabada, del problema, la respuesta archiprobada del gran interrogante que plantea la educación de nuestros días, por insensibilidad o indiferencia, por prejuicio intelectual o por mal entendido amor propio no se le prestara la atención que debe merecer lo nuevo, máxime cuando supera manifiestamente lo ya conocido, cuyo alcance nadie ignora.

254.     Como experimentado educador cumplo con el deber de señalar esos viejos males de la enseñanza común. Como logósofo experimentado, aprovecho la ocasión para señalar que la raíz de todos esos males proviene de la falta de desarrollo y educación del espíritu, olvidado y confundido hasta hoy en los planes de enseñanza por ausencia del conocimiento, de la técnica y del método capaces de darlo a conocer, valorarlo y modelarlo. Pero es el caso que ese conocimiento existe ahora, que ha surgido en nuestra América con el nacimiento de la Logosofía, ciencia de la causalidad destinada a enderezar el rumbo de la vida humana y a poner en posesión de la misma una parte del hombre aún sin manifestación consciente: su propio espíritu. Soy logósofo y educador; estoy cumpliendo conmigo mismo y con la docencia: mis alumnos de hoy no serán ciertamente mis jueces de mañana.

255.     Es inútil y hasta un contrasentido pregonar los valores del espíritu, si no se sabe enseñar a cultivarlos despertando la conciencia de sí mismo. A los educadores nos corresponde brindar a la juventud esa imponderable fuente de bien. Estoy cierto que nos hallamos todos plenamente acordes si pensamos que la educación no podrá cumplir nunca su objetivo mientras no logre despertar en la razón del educando la conciencia cabal de que todos los valores espirituales, morales, intelectuales y materiales que la integren deben ir consubstanciándose con su propia vida hasta formar una aleación indisoluble entre su ser y su saber.

256.     No hablo por esnobismo ni con el entusiasmo natural que suele despertar lo nuevo, recientemente aprendido. Llevo más de tres lustros de investigación y práctica del conocimiento logosófico, a través de los cuales he ido observando la imponderable serie de cambios positivos sustanciados en mí como hombre y como docente, y el valioso caudal de experiencias acumuladas con el ejercicio del nuevo humanismo. Lo cierto es que el conocimiento del mundo mental le abre al docente logósofo las puertas del mundo interno del alumno. Sabe que su misión no termina con las explicaciones precisas y claras de los temas de su especialidad, sino que es ahí justamente donde empieza. Porque la mente del joven no es un simple envase psicológico, antes bien, materia viva y activa poblada de pensamientos de todo orden, a los que es necesario observar y atender para sacarlo adelante.

257.     El acto pedagógico no consiste en tomar lecciones, poner notas y cumplir con las exigencias de un programa, sino en desarrollar capacidades efectivas de aplicación concreta en la vida, cualquiera sea la asignatura que se dicte. Todo lo que se enseña sin saber de dónde proviene, para qué sirve y cómo se maneja constituye lastre mental, moviliza una sola facultad de la inteligencia, la memoria, impide el desenvolvimiento de las otras facultades, las más importantes, despoja de interés a la materia, no desarrolla aptitudes positivas, propicia la manifestación de pensamientos reaccionarios en las mentes juveniles y se convierte en motivo de indisciplina y distracción. Para humanizar y tornar fecunda e interesante la enseñanza debe humanizarse el propio docente y fecundar su inteligencia y su sentir con los conocimientos logosóficos, de índole causal, que constituyen una nueva, prominente y universal especialidad, medulares para la razón humana. Nadie podría  prever la magnitud de su alcance ni los límites de su aplicación práctica.

258.     El ejercicio de la observación consciente pone al descubierto el mundo mental inquieto y díscolo del alumno, y el profesor logósofo sabe cuándo, donde y cómo debe operar sobre él. Se produce así el acercamiento respetuoso y la confianza entre uno y otro, pues el educando percibe en aquél la fuerza capaz de orientarlo y de enseñarle muchas cosas buenas, útiles y limpias. Cuando advierte que su preceptor es bueno pero no tonto, que sus palabras son la expresión armónica y precisa de sus actos, de su conducta diaria, de su vida renovándose y superándose siempre, la gratitud, la ascendencia, el respeto y el afecto despiertan en su corazón sin restricciones.

259.     Los resultados de su conducta y de su forma de enseñar permiten al catedrático logósofo entrever lo que será la educación cuando la Logosofía sea estudiada y practicada en las aulas; lo que será la vida, la sociedad y el mundo cuando la evolución consciente alumbre el seno familiar, el de las instituciones y los pueblos.

260.     Es asombroso el bien que se puede alcanzar con el cultivo del conocimiento logosófico. Hace algunos años conocí a un grupo de jóvenes en un campo de deportes. Me llamó la atención uno de ellos por su preocupación por la cultura. Me acerqué a él, le dispensé mi trato y conocí su vida. Tenía ya dieciocho años y no había cursado un solo grado en la escuela primaria. Sus padres, maestros ambos, habían quedado cesantes con la dictadura en mi país. Por reacción no enviaron a sus hijos a la escuela y les dieron instrucción libre. Habían aprendido muchas cosas, algunas útiles y prácticas, pero, sin certificación oficial, la universidad les estaba vedada.

261.     Le ofrecí a aquel joven la cultura logosófica. Cuando conoció el mundo de los pensamientos lo suficiente como para empezar la obra de su proceso interno, fui ubicando en su mente ciertos pensamientos, pocos pero de enorme fuerza estimulante y constructiva, y arbitré los medios para hacer culminar felizmente sus propósitos. Le enseñe a cuidar y atender esos pensamientos, a estudiar con gusto y con provecho, lo que llevó tiempo, ya que, si bien estaba habituado a leer, estudiaba sin disciplina, sin selección y sin continuidad. Todo esto lo trascendió al fin. Lo hice preparar y rendir directamente el sexto grado. El estímulo de ese triunfo, bien dirigido, dio también sus frutos. El dominio de la técnica y el método de estudio le permitió recibirse de bachiller en sólo dos años de esfuerzo. En tanto, el ejercicio de la función de pensar le allanó el camino para crear en sí las condiciones que definen una vocación. Ingresó en la universidad, becado sin discusión alguna, y es allí, en la actualidad, descollante figura.

262.     Era la suya una inteligencia normal. Pero el ejercicio de la obediencia consciente, el de la disciplina y orden mental, el de la continuidad inteligente del esfuerzo, el de la capacidad para crearse estímulos y saberlos aprovechar han ido modelando en él un verdadero logósofo, un estudiante eximio y una promesa para la sociedad. Lo esencial –afirma el creador de la Logosofía, refiriéndose a la juventud (Logosofía 3,14)– es guiarla hacia una mayor conciencia de su responsabilidad frente a los deberes que le impone la hora presente. Y eso –añade– sólo pueden hacerlo aquellos que con sus ejemplos son capaces de sostener sus palabras. Expresa ahí la necesidad de resguardarla de la contaminación mental con todas las ideas exóticas o extrañas a la nacionalidad; de ampararla contra el veneno de las intrigas, que tanto sugestionan la reflexión naciente, para que pueda responder con todas las fuerzas de su espíritu cuando sea llamada a colaborar en los altos designios de la patria.

263.     Puedo asegurar, con la convicción que confiere la experiencia, que cuando el joven ha descubierto la fuerza poderosa que contienen los pensamientos logosóficos al transubstanciarse en su vida convertidos en aptitudes fecundas, en sentimientos elevados y en clara comprensión de las circunstancias, se va perfilando con caracteres distintivos el ser ideal por el que tanto se ha suspirado y elucubrado en toda la historia de la educación.

264.  En este momento acude a mi memoria la actuación de un joven logósofo, universitario también, en oportunidad de un examen parcial. Había olvidado su goma de borrar y la solicitó a un compañero, que, embarullado, lo defraudó con su negativa. Días después durante un examen escrito de álgebra, el egoísta, apremiado por las circunstancias –se trataba de una prueba definitoria– pidió al joven logósofo, ducho en la materia, cierta explicación para resolver un ejercicio. Percibió éste de inmediato la acción inductora del pensamiento de venganza y hasta la ofensa verbal, a punto de salir del cerco de sus labios. En rápido movimiento mental frenó ese pensamiento y lo ayudó a pasar el trance. Una mañana de inclemente llovizna llamaron a la puerta del joven logósofo. Abrió éste y se encontró con que el ayudado venía a informarle que se había  suspendido el examen práctico del día. Reflexionando luego sobre el hecho pudo comprobar la manifestación de la ley universal de correspondencia, de la que con su conducta anterior había sido él vehículo causal. La mente que sobrepasa la cultura media –nos dice González Pecotche (“Logosofía” 32,5)– y se vitaliza con los conocimientos superiores, mantiene ya un perfecto control sobre las actividades de sus pensamientos, sean éstos los que nacen engendrados por ella o los que hospeda dentro de sí. No pueden caber en su interior pensamientos malignos, que llevan como intención dañar al semejante; mentes cultivadas para el bien no pueden engendrar pensamientos de esa naturaleza. El recato natural del alma se lo impide.

265.     El humanismo logosófico abre a la educación y a la cultura un vasto y maravilloso campo experimental, enteramente nuevo, variado y fecundo en altísimo grado. Cuando la conciencia docente haya absorbido su esencia medular despuntará la aurora de una nueva humanidad. Y no estarán los hijos dotados de una mente sana en un cuerpo sano, como soñara el poeta latino, sino de dos mentes sanas y un espíritu feliz, que asumirá la dirección plena de la vida que encarna.

266.     El resurgimiento de los valores y de las calidades –afirma el protagonista de una reciente novela de González Pecotche (El Señor De Sándara, pags. 353-354)– solo cobra realidad en el individuo cuando éste comienza a trabajar por la resurrección de su alma en recónditas esferas de conciencia, y es en el desempeño de tal función que el hombre se convierte en su propio redentor.

267.     Terminaré este trabajo de exégesis con un pasaje de “El lobo estepario”, de Herman Hesse (premio Nobel de Literatura) p.56 (1).

“Si tuviéramos una ciencia con el valor y la fuerza de responsabilidad para “ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales; si “tuviéramos algo como lo que debiera ser una antropología, algo así como una “psicología, serían conocidas estas realidades por todo el mundo”.

Esta ciencia, que el autor alemán solicita, ha nacido ya y está al servicio de toda la humanidad.

(1) Trad. M. Manzanares, Bs.As., 1957

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