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Preocupaciones de postguerra

Publicado en el diario “El País” de Montevideo el día 3 de noviembre de 1944

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

A medida que los días pasan, crecen las horas de ansiedad que vive el mundo en los momentos actuales. Mientras el monstruo siniestro de la guerra, después de haber devorado generaciones enteras, de haber torturado despiadadamente millones de almas, de haber arrojado a la humanidad a la más espantosa de las situaciones y devastado regiones enteras como nunca fue visto, comienza a tambalear próximo a derrumbarse, aparece un fantasma cuya incógnita el tiempo se encargará de descifrar: la postguerra. El primero, que muestra ya los signos evidentes de su impotencia, está a punto de ser vencido; el segundo empieza a agitar los espíritus desde la nebulosa que lo oculta.

Siempre se creyó que al término de cada guerra la paz era  la consecuencia inmediata, y con ella la normalidad en la vida de los pueblos. El último  conflicto bélico, anterior al actual, suscitó las primeras dudas al respecto y también las primeras reflexiones frente a la cruda realidad que sobrevino a la misma. La paz, tan ansiada en aquella ocasión, llegó con la cesación del fuego de los cañones, después de cuatro años de sangrienta lucha, mas no para reinar en la tierra como era esperada, sino como tregua, lo cual es muy diferente, por cierto. Se abría así un paréntesis que, como hubo de comprobarse luego, encerraba oscuros designios ya que gestó la contienda actual.

Inconcebible resulta a toda razón equilibrada, convencerse de que los hombres en cuyas manos fue confiada la conducción de los intereses humanos, hayan sido en aquel entonces tan incapaces para edificar una sólida fraternidad universal, que hiciera imposible las diferencias entre los pueblos, o de existir  éstas, que se tuviese al alcance de la mano la solución más justa.

Ocurrió a la vieja Europa lo que a un ser que después de sufrir las alternativas de una enfermedad en la que estuvo a punto de sucumbir, mejora de pronto y, olvidando que debe cuidarse porque se halla en la convalecencia, se cree ya fuerte y comete nuevos abusos que terminan postrándolo con la reagravación del mal.

Cuando el mundo enfermó la vez anterior, sólo fue afectada una parte de su gran cuerpo; hoy el mal encendió focos infecciosos en todas sus partes. Hay mucha angustia y mucho dolor en su corazón y mucha preocupación en su mente afiebrada. El gran enfermo lucha desesperadamente para reconquistar su salud tan quebrantada: la violencia del mal parecería ceder por un lado, para aparecer por otro. No obstante, se nota ya una notable mejoría.

¿Qué médico insigne, qué médico divinamente humanitario, atiende a tan encumbrado y a la vez desdichado paciente? ¿Quién tan sabiamente le conforta restituyéndole las energías, permitiendo que reconstruya  sus casi destruidos tejidos y pueda surgir de nueva la vida, tonificado su debilitado organismo y no menos debilitada moral? ¿Quién? Fácil resulta conocerle en su constante asistencia al dolorido y quejumbroso paciente.

Los que le niegan por desconocer sus leyes, bien podían haberle advertido a través de la inexorabilidad de las mismas. Quienes las infringen, sean estos seres humanos, pueblos, naciones o continentes, deben sufrir – tarde o temprano, por no decir en su justa oportunidad – el castigo y la corrección de sus errores. Esto es lo que ha ocurrido siempre, pero quizá hoy se haya  pronunciado con mayor elocuencia que en todas las anteriores por  el volumen abarcado y por la intensidad del martirologio experimentado por tantos pueblos a la vez.

Cuando la mente humana se envilece a causa de haber dado cabida a pensamientos extraños a la naturaleza de los propios, la razón se nubla cediendo paso a la irreflexión, la cual actúa en todo momento bajo la presión de la violencia y el desenfreno moral. Es en esas circunstancias que se pervierte todo sentimiento de humanidad y que recrudece en groseras manifestaciones   el  egoísmo, por una parte, y la falta de respeto al semejante, por otra, convirtiéndose cuanto existe en vil especulación, llegando a excesos de toda índole que terminan arrastrando a los mismos burladores del bien y a los pueblos por ellos engañados, a las más horribles masacres.

¿Cómo será tratado, pues, el mundo en su futura convalecencia, o sea la postguerra? He ahí la preocupación más honda que hoy preside el ánimo de todos los estadistas, grandes y chicos, y de cada habitante serio y reflexivo que desde cualquier lugar de la tierra asiste a los actos finales de este gigantesco drama bélico. Por lo pronto, sería absurdo pensar que los errores cometidos la vez anterior en el planeamiento de una paz efectiva, fueran a deslizarse nuevamente. Está ahí la gran experiencia, amarga y dolorosa, que aún no ha terminado, para advertir las consecuencias.

Si el mundo se asemeja al cuerpo humano, nada conveniente será que se mejoren y hasta curen partes enfermas del mismo si se descuidan otras debilitadas por idéntica afección, al extremo de estar a punto de ser atacadas o expuestas a padecer del mismo mal. Así como se descubrió la penicilina para atacar y curar las más agudas infecciones del organismo fisiológico, habría qué hallar algo similar para contrarrestar y hacer desaparecer esos bacilos mentales que tanta perturbación, sufrimiento y horror ocasionan a la familia humana.

Pensamos que el gran remedio consistiría en establecer claras normas de convivencia social sobre las bases fundamentales  del respeto a la libertad individual ir a la inviolabilidad de su patrimonio privado. Que nadie en el mundo vuelva a privar a su prójimo  de  los legítimos derechos que le asisten ni de los sanos y nobles propósitos de bienestar y progreso a que aspire bajo la égida de sus propios esfuerzos y responsabilidades.

La familia debe constituir la base primordial de toda sociedad humana. Pretender destruirla privando a sus jefes del natural privilegio de poder sostenerla con la autoridad moral que le confiere su capacidad y libre iniciativa, para hacer de ella antro inicuo de perversión – como fue visto en los países dominados por ideologías inhumanas -, es atentar contra los claros mandatos del Señor, que, estableció sin reservas los arbitrios inalienables de la familia humana; es crear la  anarquía y el caos. Y se destruye la familia cuando se le quita el encanto de su intimidad, de su recogimiento venerable y digno; cuando deja de ser el refugio tierno e irreemplazable del hombre que tras sus luchas diarias vuelve al hogar para encontrar el afecto y el respeto, que muchas veces tanto cuesta conseguir fuera del mismo, y, en fin, cuando ella deja de ser el símbolo sagrado de la perpetuidad de la raza.

Las declaraciones formuladas en Washington, comprendiendo el anteproyecto de paz y seguridad mundial, revelan hasta qué extremo llegó la preocupación de los estadistas que estudiaron y prepararon tan magno plan de reconstrucción, armonización y estabilidad de las relaciones entre todos los pueblos de la tierra, en el cometido esencial que debe caracterizar las normas de convivencia en el futuro del mundo.

Tal anteproyecto, que es indudable ha de afectar a la humanidad íntegra, debe necesariamente constituir el punto de mira para las reflexiones que agudamente sugiere a todos los seres humanos, sin excepción.

Sería indispensable, y aun diríamos de estricta justicia, que a pesar de colegiarse, como se proyecta, las naciones como miembros participantes de la nueva institución universal, quedase abierta para las iniciativas libres, espontáneas, de cada ser humano, la posibilidad de hacer llegar sus particulares reflexiones y estudios acerca de lo que a su juicio podría mejorar, superar o perfeccionar las directivas que habrían de adoptarse o se hubiesen adoptado para regir los destinos de la entidad más grande que se va a constituir sobre la tierra. La postguerra debe caracterizarse por una unánime aspiración mundial de concordia, buena voluntad y profundo anhelo de alcanzar en el menor tiempo posible, la normalidad sobre los cimientos de una paz estable.

Mucho es lo que habrá que limar, por un lado, y conciliar, por otro, pero si cada parte interesada comprendiese que siempre será menos lo que tenga que ceder para el establecimiento de la paz que lo que podría perder si ésta no llegara a afirmarse sobre bases permanentes, es muy seguro que los estadistas, en cuyas manos está y de cuyas inteligencias dependerá el éxito que se logre en la solución de las diferencias, tratarán por todos los medios a su alcance de conquistar la paz por la paz misma, vale decir, por lo que ella significa para todo cuanto existe en el mundo.

Nadie en uso pleno de sus facultades mentales debe dejar de admitir que mucho más ha de ganar cada pueblo con miras a recuperar paulatinamente lo que hubiese perdido, si acortando el tiempo de las discusiones, lo emplea con decidido tesón,  consagrando alma y vida a la edificación de todo lo destruido o peligrosamente agrietado, incluyendo en esto a la misma moral, pues bien es sabido cuánto más se logra en la intensidad del  esfuerzo para alcanzar los bienes perdidos por medio de la inteligencia puesta en el trabajo ir en el estudio, que por la demora en su realización. Empero, cada nación, al comparecer ante la mesa de la paz, habrá de exponer con libertad sus puntos de vista a la vez que explicar cuáles son, a su criterio, sus justas aspiraciones.

Lo que dificultará, y no poco, la magna labor de esa superasamblea, ha de ser, indudablemente, la falta de un juez infalible que, al estilo salomónico, dé a cada uno su parte de razón, de verdad y de derecho. No obstante, es de confiar que mucho habrá de influir en el ánimo de quienes presidan esas reuniones, las grandes experiencias vividas en la presente época, experiencias de las que, no cabe la menor duda, se habrán extraído las más aleccionadoras enseñanzas.

El programa de reconstrucción del mundo, tal como corresponde encararlo, debe abarcar los más amplios alcances y proporciones si se quiere evitar que en un futuro vuelvan a surgir los viejos problemas, los que a modo de tumores malignos debilitaron el vigor de la simiente humana y promovieron tantos desórdenes y agitaciones en el mundo entero. Así, deberían establecerse como permanentes todas aquellas normas sociales, políticas, éticas, económicas, etc., que por larga experiencia fueron halladas buenas, justas y dignas de las actúales exigencias de convivencia humana.

Estimamos que el futuro del mundo debería caracterizarse por el reinado del derecho, de la libertad y del trabajo, en sus más altas, fieles y puras manifestaciones, en el sentido más constructivo de la palabra.

Para finalizar: consideramos de inmenso valor para la nueva Institución Universal de las Naciones Unidas que se proyecta, la creación de un gran buzón cuya función consistiese en la recepción de todos los estudios e iniciativas que cada cual, como súbdito del mundo y con la debida capacidad para ello, hiciese llegar por ese medio al seno de la referida institución universal. Deberá entenderse por buzón, no uno similar al que se utiliza en el correo para recibir la correspondencia, sino al conjunto seleccionado de hombres que se designasen para la recepción, clasificación, consideración y recomendación de las ponendas que llegaren como contribución individual al esfuerzo de las inteligencias que coordinarán y sancionarán las leyes destinadas a regir el futuro de la humanidad. Daríase así un poderoso estímulo a cada miembro de la familia humana, pues se le invitaría a cooperar en  la medida de las posibilidades de su inteligencia y de su experiencia, en una obra de tan extraordinarias proyecciones, que debiendo abarcar el orbe entero, afectará a todos, sin excepción, y tal vez por ese medio podrían obtenerse los más preciados resultados.

Un estímulo de esta naturaleza permitiría experimentar a cada uno de los seres que habitan la tierra, especialmente a los que han nutrido su vida en el estudio, en el trabajo y en la experiencia del mundo, los primeros beneficios de una libertad instituida en base al respeto y a la consideración que debe merecer la opinión particular de cada hombre.

 

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Los problemas de postguerra y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 21 de noviembre de 1944 

por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Entre los numerosos y complicados problemas que han de preocupar a la humanidad desde el instante mismo en que termine la guerra, está el que atañe a la moral. Habrá de encontrarse con dos morales diferentes que entrarán de inmediato en viva pugna: la que ha sido violentada y profundamente afectada por las vicisitudes y tragedias irreparables del conflicto bélico, y la que aún permanece sin contaminación, preservada de las funestas lacras y estigmas que debido a la causa mencionada, han trastornado el pensamiento y el sentimiento de tantos, cuya vida moral, por imperio de las circunstancias mundialmente conocidas, se obscureció perdiendo todo sentido de recato o pudor espiritual.

Ya la guerra del catorce alteró bastante esa moral; pero no lo suficiente para que constituyera, como habrá de serlo esta vez, un peligro para la estabilidad y respeto de la familia humana. Es que en la conflagración anterior el martirologio de los pueblos indefensos, no combatientes, que vivían en las ciudades, no fue como en la actual.

Cada uno de los que debieron soportar las calamidades que, como es de admitir, han estrujado el alma en los refugios, en los campos de concentración y, en fin, en todo lugar donde la promis­cuidad, el desprecio a la vida, y también la indiferencia y ausencia de responsabilidad de toda conducta, pervirtiera sus sentimientos y pensamientos, cada uno de ésos, repetimos, habrá de ser luego un vehículo que llevará en sí el germen de esa plaga psicomoral por todas las partes del mundo.

Cuántas veces, aquí, en nuestra América, la conducta en extremo descontrolada y amoral de muchos de los extranjeros provenientes del Viejo Mundo, ha llamado la atención de los nativos y hecho reaccionar el sentimiento particular o colectivo. ¿Y esos mismos extranjeros no se han burlado, acaso, de los latinoamericanos al observar, extrañados, que no tenían sus mismos hábitos? A sus liberalidades excesivamente pronunciadas, a su vida sin recato, se ha denominado cultura, mofándose, quienes se formaron en ella, de la aún preservada y sana moral de nuestros pueblos. Es que mientras en aquellos parecería haber dejado de existir la vida íntima, privada, la que sólo pertenece al corazón y a la conciencia de cada ser, en los habitantes de este continente es todavía y seguirá siendo, ¡loado sea Dios!, un refugio inviolable y sagrado, un arcano en el que nadie tiene derecho a penetrar a excepción de uno mismo.

Esa exhibición de la vida íntima, esa frivolidad, esa despreocupación rayana en el cinismo sobre la conducta personal, propia y ajena, es, quiérase o no, el producto de un relajamiento psicológico y moral; es la consecuencia de la familiaridad, más aún, de la identificación con las tantas situaciones morales que plantea la guerra en el seno de los hogares, y que, aceptadas con resignación entonces, o por la fuerza de las circunstancias, han ido creando en los ánimos predisposiciones opuestas a la índole de los conceptos sobre convivencia social, sostenidos hasta antes de la contienda.

Gradualmente, sin que de ello nadie se diera cuenta exacta, se fueron operando transformaciones psicológicas en los seres que sufrieron tan hondos sacudimientos mentales y morales, y que alcanzarán a su descendencia por varias generaciones. De no existir medios para contrarrestar o neutralizar los efectos perniciosos de semejante regresión humana, peligrarían las conquistas de la civilización, ya que este problema que señalamos, y no otro, es el que hizo sucumbir civilizaciones que habían llegado en sus respectivas épocas a cumbres de esplendor.

¿Cómo, pues, habrá de resolverse tan delicada cuestión? Pensamos que mucho contribuirá a su solución gradual, una esmerada y sobria educación de la niñez, comenzando por la actual, y cuya beneficiosa directiva alcance hasta las mismas universidades; una educación que tienda a formar en los hombres y mujeres del mañana, un concepto indestructible sobre su verdadera conducta dentro de la familia, de la sociedad y del mundo.

Asimismo habrá de reducir las proporciones de tan serio problema, la selección de las producciones cinematográficas, eliminando aquellas que han contribuido a embriagar de lujuria a la juventud, y tanto desasosiego han causado en su alma. Otro factor de importancia es reducir al mínimo los sitios de diversión, que con sus músicas exóticas y sus bailes que bordean la epilepsia, envenenan las mentes y los corazones no sólo de jóvenes sino de adultos también; sitios que de un tiempo a esta parte han venido reproduciéndose como los hongos, por todas partes.

Deberá propiciarse, del mismo modo, con estímulos adecuados, el estudio, por contribuir éste en alto grado al bienestar general. El estudio tiene siempre inmediata recompensa y es por medio de él que el trabajo resulta grato o interesante, pues aplicado al mismo constituye el mejor incentivo por los beneficios que proporciona.

Como es de apreciar, asignamos al estudio una importancia fundamental, por entender que su fomento y desarrollo han de contribuir en gran escala a la eficacia de cuanto esfuerzo se realice por alcanzar en el futuro más inmediato el desenvolvimiento normal de todas las actividades humanas, tal como éstas se llevaban a cabo antes que comenzaran las agitaciones de la época prebélica y, posteriormente, los trastornos ocasionados por el conflicto actual.

El problema se aliviará en gran parte, nos referimos al termi­narse la contienda, eliminando a tiempo de la mente de la mayoría de los seres que se vieron directa o indirectamente envueltos en la misma, la serie de pensamientos inhibitorios que la han ocupado, o mejor aún, embargado, pues es indudable que toda mente sobrecargada de pensamientos obsesionantes, constituye un serio obstáculo para la edificación del nuevo orden que, según se nos ha anunciado, habrá de imperar en el mundo. Y nada mejor para desembarazar de tales pensamientos a las mentes, que ocuparlas con actividades en que la inteligencia del hombre tenga una participación intensiva. De ahí que será imprescindiblemente necesario estimular el estudio, haciendo lo mismo con la iniciativa privada en todos los órdenes en que se manifieste con carácter constructivo.

Mucho es lo que se ha destruido y mucho lo que tendrá que construirse; trabajo habrá, por consiguiente, para todos y por largo tiempo si en vez de emprenderlo con aceleramiento, lo cual resultaría perjudicial en la educación del futuro, se opta por hacer las cosas sin dejarse extremar por el apremio, buscando, más bien, armonizar en cuanto sea posible los intereses humanos que estarán en juego desde el instante de poner manos a la obra a iniciarse con el próximo período de paz.

Si la humanidad anhela vivamente lograr una paz estable, deberá trabajar y dedicar todos sus esfuerzos para que esa paz sea verdaderamente firme e inalterable. ¿Cómo? Eliminando todo lo que atente contra ella, lo que sea causa o motivo de inquietud, vale decir, todo lo que antes de producirse la actual guerra constituyó los gérmenes de la discordia, sin dejar de eliminar también, todos los elementos de destrucción.

Vano será cuanto se intente si los que conducen los destinos de los pueblos no llegan al absoluto convencimiento de tal verdad como único medio eficaz para establecer la concordia mundial y para que la paz represente realmente un bien que a todos incumba por igual defender, afianzar y mantener por sobre todas las cosas.

 

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Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Asesta un rudo golpe a quienes pretendieron desvirtuar la génesis de sus enseñanzas

Nuevamente debo tomar la pluma para exponer mi pensamiento públicamente con el objeto de satisfacer a todos los habitantes del Uruguay y la Argentina, que tan viva y atentamente han seguido el movimiento raumsólico y el desarrollo de los sucesos motivados por una campaña tan innoble como delictiva en contra de mi persona y de la Escuela que se ampara bajo mi nombre y sigue las inspiraciones de mi espíritu.

Pero esta vez es para dirigirme a aquellos que hoy no pueden tener la honra de llamarse discípulos míos. Aquellos, que durante largos años consecutivos ratificaron privada y públicamente las excelencias de mis enseñanzas, el grandioso concepto que les merecía mi obra, y el concepto mismo que les inspiré siempre y que fue motivo para que me manifestaran los más elevados elogios.

A esas personas me dirijo, para advertirles que lo que han escrito y firmado tantas veces como lo que pronunciaron y afirmaron públicamente con el más absoluto convencimiento, no podrán borrarlo jamás ni con la mano ni con  el olvido de sus memorias o el silencio forzado de sus conciencias. Pretender o tentar desconocerlo implicaría una posición harto ridícula, y tolerar que se intente aparentar una ingenuidad, impropia en primer lugar de universitarios, y en segundo, de personas que han cumplido hace tiempo el primer cuarto de siglo, sería de todo punto inadmisible en los que no son parte interesada en el asunto y conservan su integridad personal exenta de semejantes caprichos.

Ello presupondría una ignorancia plena en los “ingenuos”, de los principios éticos y sociales que determinan para cada individuo un libre albedrío irrenunciable y una capacidad intelectual suficiente como para conocer sin dificultad cuáles son sus deberes, su conducta y sus perspectivas patrimoniales civiles y morales entre el número de sus semejantes.

Nadie podría depositar un solo átomo de confianza en quienes se niegan a sí mismos, negando actos y palabras que están ligadas inseparablemente a sus vidas y a sus nombres por consentimiento expreso de sus propias conciencias.

La tolerancia y magnanimidad con que traté siempre a los discípulos que a mi lado compartían la sabiduría logosófica, ha sido indudablemente una de las causas que propiciaron en algunos de ellos el pensamiento de creerse dueños de todo cuanto poseía y hasta de mi misma persona. De otra manera no podría justificarse la sustracción que me hicieron de fotografías, efectos personales y documentos que alguna vez habrán de servir para delatarlos a ellos mismos.

De ahí también que llegaran a las extralimitaciones que cometieron durante mi ausencia de tres meses y que me han obligado a hacerles comparecer ante la justicia, pues las actitudes deliberadamente intencionales que asumieron, eran extrañas por completo a las normas más elementales de la convivencia social.

Mi posición filosófica y los altos principios que sostengo e inspiran mí Escuela, me impiden descender a detalles que podrían llevar al conocimiento general la explicación lógica del porqué me atacan aquellos que separé de mi lado. El apasionamiento siempre fue una de las grandes debilidades humanas y el despecho, tornándose en rencor  y en odio, siempre fue la consecuencia de deseos insatisfechos o pretensiones malogradas. Los abogados que me pedían les hiciera ganar los pleitos, los constructores que hasta casi exigían que les proporcionara clientes para sus obras, los estancieros y chacareros que pretendían les hiciera llover en sus campos cuando se acentuaba la sequía, los comerciantes que me solicitaban ganar licitaciones y finalmente, los ilusos que me insinuaban les hiciera ganar la lotería, son los que lamentablemente me confundieron y se engañaron, pues ellos querían un Cristo de esa naturaleza, para venerarle a condición de no negarlo si accedía siempre a tales pretensiones.

Semejante osadía – que les colocaba de hecho en el extremo opuesto a los sanos principios de mi Escuela, no obstante las múltiples oportunidades que les di para que cambiaran esa manera de pensar me inspiraba una verdadera pena, pues aparte de eso se esforzaban en realizar las enseñanzas, aun cuando, como ha quedado evidenciado, lo hacían esperanzados más en satisfacer tales deseos que con el propósito de lograr una superación ventajosa para sus espíritus.

Como esa situación no podía durar, a pesar de las veces que con toda discreción les reconvine, sucedió lo inevitable: esas personas se sintieron incómodas en el seno de la Escuela y concluyeron por provocar su separación lanzándose desaforadamente por los caminos de la difamación, la calumnia y la injuria.

No, señores “ingenuos”, yo no me presto ni me prestaré jamás a servir intereses mezquinos y bien saben ya todos que el que no marcha rectamente por el camino trazado en mis enseñanzas, no puede permanecer en mi Escuela, ya sea millonario o carezca de recursos. En ello estriba, precisamente, la seriedad inalterable de mis principios. No se me compra con dinero ni con halagos. Prefiero las contingencias de la lucha a la holganza pasiva y estéril que eligen los pobres de espíritu, los advenedizos y los faltos de integridad moral.

Vinieron en mi busca desde que abrí las puertas de mi Escuela, infinidad de seres entre los cuales se encontraban aquéllos a quienes dirijo estas palabras. A ninguno pregunté quién era, de dónde venía, ni a qué religión o raza pertenecía. No les averigüé qué habían sido ni qué faltas habían  cometido, porque no me interesaba, como no me interesó jamás la vida privada de nadie. Me rogaron que los admitiera como discípulos y accedí haciéndoles un lugar en mi Escuela y en mi corazón. Pero he ahí que después de unos cuantos años en que disfrutaron de mi confianza y de mis conocimientos, se creyeron en el derecho de preguntarme quién era yo, de dónde venía, qué había hecho antes, llegando hasta pretender fiscalizar mi vida privada. Se pensó también  en la posibilidad de apropiarse de mis enseñanzas, de mi Escuela y de todo cuanto yo poseía para el cumplimento de la obra; objetivo que tuvo su epílogo en las ambiciones bastante inflamadas de los que intentaron atentar contra mis más legítimos derechos , sin reparar que éstos estaban identificados con la misma obra.

Como es público y notorio, he librado una lucha intensa de ocho meses aproximadamente, contra los que llevados por incontenibles deseos de venganza desencadenaron esa triste campaña que hoy censura unánimemente la opinión. Desde mi puesto,  como lo habría hecho el mejor general, dirigí las operaciones. El campo de batalla que eligieron mis adversarios fue la prensa insana y la intriga, en todas las formas que el embuste utiliza. No podía ser más propicio para ellos, el atacarme con las armas más viles. Los caballeros no se baten jamás con los que no son capaces de montar un corcel de pura sangre y empuñar una espada y un escudo dignos de su rango, de su cuna y de su nobleza.

Los dardos envenenados que me dirigieron, no lograron quebrar mi serenidad, ni derribarme, como pensaron, del sitial que ocupaba y ocupa en el concepto de los hombres que conocen mi obra y mis sacrificios. Sin que Minerva  trazara sobre mi égida el signo protector  de los dioses  que estampó en el escudo de Aquiles por mandato del Olimpo, preferí que  el enemigo avanzara y se embriagara con el ruido de sus quijotescas embestidas. Los indios siempre perdieron las mejores batallas porque no comprendían la retirada estratégica de los blanco y atribuyéndose la victoria, arremetían contra las trincheras creyendo que sólo era cuestión de saltar el tapial.

Así fue como, cuando llegó el momento, di orden de hacer unas cuantas descargas de fusilería que aparecieron anotadas en “Crónicas Raumsólicas”, y desde entonces el fuego enemigo comenzó a cesar hasta reducirse casi a silencio.

No obstante los traidores y los desertores que hubieron,  las posiciones que  momentáneamente ocuparon  los detractores fueron cayendo nuevamente en poder de sus legítimos defensores. Un buen general prefiere enviar al campo enemigo, para que luchen contra él, aquellos soldados  que en sus filas no saben empuñar con valentía la espada del honor.

Hoy puedo  afirmar que la batalla ha sido ganada holgadamente, pues las sanciones de las autoridades hubieron de aplicarse a los que  me atacaron, por haberse colocado al margen de las leyes. La opinión pública sabe ahora a que  atenerse con respecto a la Escuela, y ha tenido oportunidad de contemplar cuánto mal pueden hacer a la sociedad los órganos periodísticos que se aprestan a ser instrumentos de tan repudiables campañas. La ley de imprenta del Uruguay, justa y recta, que permite al pueblo defenderse de las plagas que suelen infectar al periodismo, enaltece el  prestigio de los hombres que supieron inspirarla y sienta un precedente de alta cultura que ojalá adopten todos los países del mundo.

La Escuela Raumsólica ha entrado en una nueva etapa de su vida y se prepara para librar otra gran batalla en el orden jurídico, pues para que de una vez por todas queden demostradas las falsas imputaciones y versiones tendenciosas de que fui objeto conjuntamente con toda  mi Escuela, he conducido a los audaces detractores hasta los estrados de la justicia. Allí quiero  verlos, frente a frente a las leyes que quisieron burlar y frente a los jueces que pronunciarán sus sentencias, conscientes de la responsabilidad y autoridad que invisten como guardianes exclusivos de  la ley.

Dios y los hombres serán testigo de que doy una oportunidad a la justicia para que haga escuchar en esta emergencia, la majestad de su palabra. He luchado y lucho con todas las fuerzas de mi espíritu a fin de levantar el corazón de los hombres y encauzar las corrientes mentales hacia una concepción más grande y hermosa de la vida. Toda mi existencia está consagrada al servicio de esta obra que desde hace siete años llevo a cabo tesoneramente. No me arredran los obstáculos ni las dificultades. Lucho valerosamente contra toda adversidad, y si alguna vez cayera vencido en las lides futuras, dejaré sobre las últimas huellas de mis pasos, escritas con letras de sangre, las palabras que Dios pone en boca de los que han sabido triunfar sobre la misma muerte.

Artículo publicado también en los diarios “El Día”,  “La Mañana”, “El Pueblo” Y “El Heraldo Raumsólico”, de Montevideo, en los meses de mayo y junio de 1937, y en “Artículos y Publicaciones” (Talleres Gráficos Pomponio, Rosario, Argentina,1937).

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