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LA LOGOSOFÍA  -DECLARA RAUMSOL- PUEDE DAR AL MUNDO LAS BASES PARA UNA NUEVA INVESTIGACIÓN

EL DIARIO – Buenos Aires – Jueves 11 De Agosto De 1938 –(Pág.9)

Proclama a la mente como principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones

               Especial para EL DIARIO.

Desde hace varios años hemos venido sosteniendo con cierta insistencia y con buenos fundamentos en las manos, la existencia de un sistema mental en el hombre que, de generalizarse su conocimiento, habría de provocar no pocos cambios en la actual manera de pensar y también, una revolución saludable y reformadora, de espíritu eminentemente constructivo, en la fase social, científica y política del mundo.

Tenemos la plena seguridad de que esta nueva y fecunda concepción de la psiquis humana, basada en profundos y minuciosos estudios y observaciones hechas en el campo de la experiencia humana, habrá de promover, tanto en el mundo de la ciencia como en el ánimo de la gente de estudio, una lógica expectativa, matizada de los más diversos comentarios. Sabemos que hasta aquí, nadie se ocupó de la mente del ser, y mucho menos, se entiende, de ubicarla en el sitial prominente que nosotros le hemos concedido, asignándole toda la importancia que ella tiene para la vida del hombre. Si alguien la mencionó alguna vez fue al pasar, como una referencia cualquiera, pero nadie concretó al respecto nada que se hubiese de tener en cuenta como punto de atención. Podemos pues asegurar con la más absoluta convicción, que ningún filósofo, historiador u hombre de ciencia se ha ocupado de la mente ni le ha atribuido la preponderancia y atributos que la Logosofía le asigna por sobre todas las demás perspectivas y aspectos que la ciencia haya podido determinar a los diversos agentes de la naturaleza humana.

En efecto, las corrientes de investigación científica se han dirigido hacia el estudio de la vida tomando por objetivo su configuración orgánica (biología), funcionalidad y propiedad de los órganos (fisiología), las enfermedades (patología), con sus consiguientes ramificaciones (bacteriología, endocrinología, etc.), y a fuer de tenaces empeños filosóficos se incorporaron luego la psicología, estudio de las facultades del alma y modalidades anímicas del ser, la psiquiatría, doctrina y estudio de las enfermedades mentales, y la antropología, estudios generales del ser humano: pero se ha hablado, acaso, alguna vez de la mente? ¿Ha preocupado ella en alguna época el afán científico? ¿Ha formado parte, por ventura, de los conocimientos que se imparten en las universidades? Se ha tomado en cuenta en alguna oportunidad su existencia? ¿Se han discutido sus virtudes o sus propiedades, su funcionamiento o su rol en la vida humana? No tenemos la menor noticia de ello y en buena ley lo podemos decir después de haber sido atacados por el solo hecho de dar a conocer nuestro descubrimiento, fruto de largos años de intensa labor, de estudio y experimentación.

Este hecho nos autoriza a ratificar nuestras afirmaciones de años atrás, valientes y decididas, cuando por primera vez expusimos a la opinión los resultados de nuestras investigaciones y llamamos reiteradamente la atención para que se viera en nuestra prédica el sincero anhelo de llevar a todo hombre de estudio hacia la comprobación consciente de nuestros aciertos y de nuestras verdades.

Hoy como ayer volvemos a proclamar la existencia de un sistema mental que rige la psiquis humana y regula todos los actos del hombre, considerando ese sistema como el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones.

No se trata de nada sobrenatural ni que resulte de difícil acceso a la inteligencia. No pretendemos crear el androide, esa especie de autómata con figura humana que alucinó al gran Alberto y que la historia, con ironía casi imperceptible, relata que S. Tomás partió de un bastonazo para no verse importunado por las ocurrencias del muñeco. Tampoco entra en nuestra cuenta reeditar el sueño de los antiguos alquimistas que tentaron crear al hombre sin concurso de la mujer, utilizando la famosa mandrágora, raíz gigantesca que crecía en remotas épocas y sobre la cual se tejieron tantas leyendas; ni resucitar viejas teorías confundidas con creencias de diverso tipo, cosa que dejamos para aquellos que se confeccionan trajes de filósofos a expensas de la inventiva ajena.

El hombre siempre consideró que sus pensamientos, lo mismo que las voliciones o impulsos de su carácter, emanaban del cerebro. Lo prueba el diccionario de la lengua, que es ley en la enseñanza oficial, al dar como explicación del vocablo mente, “razón, inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, pensamiento, etcétera.

En Francia la palabra mente no existe, y si esto acontece en el país que ha ocupado los primeros puestos y aventajado siempre a los demás por la agudeza de su espíritu investigador y estudioso, tenemos sobrados motivos para declarar que ni en la Sorbona ni en parte alguna de Europa se asignó a la mente la menor importancia.

“En el principio era el Verbo…”El Verbo es antes que Verbo, MENTE, porque la Mente es la que genera el Verbo y éste no sería tal si la mente no existiera. Hemos contestado a los hombres de ciencia -y no han podido replicar,- que no es el cerebro el que produce las ideas ni da forma a los pensamientos, sino la mente. Cerebro también tienen los animales y sin embargo, no tenemos noticia alguna de que a tal o cual representante de la fauna, se le haya ocurrido lanzar una idea o proponernos algún pensamiento. Empero, en ciertos animales, como ser el perro, el caballo, el mono, etc., se observan los primeros rudimentos mentales, aun cuando es indudable que prevalece en ellos un fuerte instinto que suple prodigiosamente las facultades que el hombre posee en su mente, inclusive la misma inteligencia.

Los animales carecen de mente, causa por la cual no pueden tener conciencia de su existencia ni de sus actos. El hombre, en cierto modo, les hace participar de su mente y de su inteligencia al reproducir sus pensamientos en su dócil naturaleza, por impresiones, en unos casos, simpáticas, sensibles y afectivas y en otros, violentas y severas que reprimen el instinto y acobardan al animal sometiéndolo a la voluntad del ser humano.

Es la perseverante educación del instinto mediante la constante vigilancia que el hombre ejerce sobre el animal haciéndole repetir movimientos o ejecutar órdenes, lo que hace aparecer a éste como si obrara con inteligencia, más no debe olvidarse, que sólo se comporta con lucidez cuando obedece a esas órdenes, es decir, cuando la inteligencia del hombre lo conduce, pero si se lo deja solo, merced a su propia iniciativa, allí se acaba la inteligencia y aparece la bestia, salvo casos muy excepcionales, en que guía al animal, más el instinto afectivo, que lo que pudiera pensarse un rasgo de inteligencia.

Los sabios de la antigüedad, filósofos consumados que propendieron al desarrollo de los temas que tenían encadenado al hombre en una perpetua ignorancia, atribuyeron a diferentes causas el origen de la formación del universo. Tales, por ejemplo, fundador de la escuela Jónica, afirmó que el agua fue el gran agente cósmico de la creación; Anaxímenes vio en el aire el principal elemento, mientras que Heráclito se inclinó por el fuego. Otros llevaron la discusión del problema a diversos terrenos, desviando así la preocupación primera hacia la adopción de conceptos que discretamente admitieron con respecto a Dios. Desplazados del primer plano aquellas suposiciones que tendían a establecer cuál fue la primera manifestación universal, los que siguieron en el uso de la palabra en esa gran asamblea que tuvo por escenario a Grecia, India, China y Persia, en el curso de largos siglos nada aportaron con relación a dicho problema. Sus puntos de investigación convergieron casi todos en similares especulaciones, aun cuando desde muy opuestos puntos de ser.

La Logosofía ha declarado ya que el primer elemento con que se constituyó el universo fue la substancia mental segregada de la gran Mente Cósmica o Mente de Dios. Esa Mente Universal y todopoderosa interpenetra toda la creación; más aún, rige todos los procesos inteligentes y exactos de la naturaleza y se hace presente hasta en los seres más infinitamente pequeños que, ajenos al conocimiento del hombre, cumplen sus actividades en las profundidades inconmensurables e inaccesibles al alcance humano.

Más he ahí, que al obrar la Mente Ultradivina en cada ser viviente, con excepción del hombre -la excepción es más aparente que real,- toma para sí la responsabilidad de la dirección que a ellos imprime, vale decir, que tales seres viven y pueden actuar con inteligencia, pero sumergidos en la más absoluta inconsciencia, como sería el caso de los animales domésticos que hemos citado. En cambio, en el hombre no debe suceder tal cosa, por cuanto la misma voluntad de Dios puesta de manifiesto en la propia conformación humana, está diciendo con la más sublime elocuencia que el hombre tiene potestad para independizarse de esa tutela mental. “Fue hecho a su imagen y semejanza”, y por tanto, facultado para asumir la dirección inteligente de su vida, llevando su ser por medio de una sucesiva y consciente evolución, a las más altas realizaciones, mientras hace gustar a su alma el exquisito elixir de la Sabiduría, la misma que turbó el sueño de los dioses paganos, veló el entendimiento de los viejos alquimistas y procuró la gloria de mártires y profetas.

El conocimiento, que no podría ser tal si la mente no existiera, representa la Ley del Poder Supremo. De ahí que los pecados del ser sean juzgados por esa Ley conforme al conocimiento que éste posea sobre lo hecho y la intención al usarlo como elemento de acción. Pero como dicha Ley es la máxima expresión de la Justicia, también concede en la expiación de las faltas mayor proporción absolutoria al que más conocimientos tenga, pues la parte de sabiduría con que el ser cuente, le permitirá no sólo llegar a la eliminación total de sus deudas morales por el valor computable de las obras que realice en bien de los demás, sino que podrá hasta sobrepasar en mucho su crédito en tal sentido. Esta posición privilegiada vemos que fue alcanzada por las grandes almas que han pasado por la tierra y que han sido verdaderos ejemplos para el mundo.

La mente es en el hombre el principio consciente y es, como dijimos antes, el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones. Por ella él sabe que existe, y lo sabe en razón al conocimiento que sólo la mente contiene como medio de expresión de la sabiduría. Sin la mente el ser humano no podría tener conciencia de su existencia y mucho menos habría de conseguir que ésta fuese útil y provechosa para sí y para los demás.

La Logosofía no sólo trae al estudio del hombre estos nuevos y fecundos principios, sino que funda esos preceptos en conclusiones ya determinadas por rigurosas y precisas comprobaciones. Tales principios sostenidos por la Logosofía son el resultado de la particular concepción de su creador, autor de estas líneas precursoras de no muy lejanas manifestaciones universales de la verdad que expone a la conciencia humana.

Hemos señalado la existencia de un sistema mental en todo ser humano, sin basarnos, por cierto, en abstracciones de carácter meramente especulativo. La descripción gráfica que la Logosofía hace del sistema mental aleja toda duda. Ella ha materializado la psiquis humana, le ha asignado una fisiología independiente de la conformación anatómica del cuerpo y establecido la ubicación material de la mente en relación directa con el cerebro dándole una forma y un volumen conforme a su desarrollo y evolución. Ha indicado su funcionamiento y enseñado la complejidad de su organización, y por último ha impuesto una norma a su desenvolvimiento y actividades, subrayada por la presencia en ella de pensamientos a los cuales les ha asignado vida propia e independiente, figurando como entidades mentales que tanto pueden nacer y procrearse dentro del recinto mental, como provenir del ambiente externo y actuar dentro del ser vinculándose tanto a su vida que llegan en muchos casos a identificarse con ella de tal forma que imperan luego sobre la propia voluntad del individuo.

Contrariamente a lo admitido hasta hoy respecto a que mente, razón, memoria, inteligencia, voluntad, etc., son una sola y misma cosa, la Logosofía ha determinado la configuración anatómica de la psiquis humana al afirmar la existencia del sistema mental y atribuir un rol particular a cada una de las partes de que se compone la psiquis, demostrando la posibilidad que el ser tiene de poder conectar todos los resortes del sistema y lograr una perfecta organización psíquica.

Se ha de suponer que, al poner en tensión directa y conectar esos resortes -figurados, se entiende, puesto que en resumen no son otra cosa que lo que la Logosofía ha llamado “psicoides”, especie de elementos que según su disposición, coadyuvan al mejor desempeño de las funciones mentales- se operará en el ser una visible transformación psicológica, pues como lo estamos diciendo, al utilizarse tales psicoides conscientemente, se favorece el rápido desarrollo de las facultades (psicogénesis), dando ello lugar a que el sistema mental, una vez organizado, con un poder mayor de asimilación, comience un nuevo género de actividades en el más amplio sentido de la palabra, obteniéndose por resultado un rendimiento que podríamos apreciar, sin que haya exageración alguna, múltiple, tanto en las producciones de la inteligencia, como en la labor constructiva del espíritu.

Todo esto no quiere decir que pretendemos desconocer los esfuerzos, bien meritorios sin duda, de los que preconizaron el idealismo y otras teorías similares que consideraban al alma como parte independiente del cuerpo o como rigiendo los destinos del hombre desde un plano opuesto a la materia, al cual llamaban “mundo de las ideas”; pero es el caso, que ninguna de tales teorías ha subsistido a la acción del tiempo, pues fueron desplazándose unas a otras hasta quedar reducidas al presente a simples apuntes de la nomenclatura filosófica que suelen citarse para establecer puntos de referencia de una a otra época cuando se quieren verificar los aportes hechos por los filósofos en sus respectivos tiempos.

No discutimos, por consiguiente, el valor que puedan haber tenido y sigan teniendo para la filosofía o la ciencia las doctrinas o sistemas aparecidos en el curso de las edades, puesto que tenemos al tiempo, que es un árbitro de quien no puede sospecharse cuando a cada cosa que no ha de durar le señala una fecha, significando con ello que pasó de moda o dejó de ser de actualidad.

La Logosofía aspira – y sus buenas razones tiene- a no figurar entre el número de los empeños que han corrido esa suerte, y ésta es la causa por la que cuidamos muy bien de no ofrecer el menor motivo a la posteridad, que habrá de juzgarlos, para que el tiempo no fije fecha a la concepción logosófica del universo y el hombre, pues ella descansa sobre principios que pensamos indestructibles y que por tanto habrán de resistir a la acción del tiempo, aun cuando éste abarque en nuestro concepto, innumerable cantidad de siglos.

Tal fuerza tiene la lógica de nuestras afirmaciones luego de palpar la verdad que asoma por entre los pliegues de la Logosofía, que no dudamos habrá de desvanecer al fin los reparos que puedan hacernos por la contundencia de la forma de expresión que usamos en nuestros escritos, estilo que bien podría considerarse como genuina característica del espíritu americano, gallardo y viril por excelencia.

El gran Tratado de Logosofía que se halla actualmente en preparación, ha de ser, podemos asegurarlo con toda la autoridad que nos concede nuestro alto dominio filosófico y científico, la obra clave del porvenir donde habrán de inspirarse las generaciones futuras, ya que estará llamada a modificar, tanto los viejos conceptos sobre la vida humana como el curso de las investigaciones científicas, y no será nada extraño que podamos asistir a una de las más grandes y estupendas transformaciones que haya experimentado la humanidad en el rodar de los tiempos.

América habrá de ser, pues cuna de una potente civilización nacida al conjuro de heroicos esfuerzos en pro de conquistas supremas, no de tierras ajenas, sino de virtudes y conocimientos que llenarán de asombro a las generaciones que habita el viejo mundo.

Repetimos: no es una utopía; la Logosofía es una realidad que en su oportunidad habrá de experimentarse como una necesidad, para no quedar rezagados en el punto muerto en que hoy se encuentra el movimiento intelectual del orbe.

Conviene tener en cuenta, para no formarse conceptos erróneos y evitar confusiones que a nada conducen, distinguir el triple carácter que inviste la Logosofía; nos referimos a los aspectos, filosófico. (Presentación de una nueva concepción del universo y el hombre; creación de un sistema y doctrina); científico (Descubrimiento de nuevos elementos en la estructuración mental y psicológica del ser humano, con métodos de investigación, disciplinas, documentación, etc.), y artístico (Exaltación de los rasgos más bellos del espíritu humano, de la naturaleza y en síntesis de todo el universo; modelamiento de nuevas formas que se impondrán en el futuro; observación constante de los caracteres más prominentes de la época presente en relación directa con el progreso de la arquitectura, las letras, la pintura, etc., las cuales reúnen todas las manifestaciones del arte en una conjunción de miras e inspiraciones propias de una época que no tardará en manifestarse en el apogeo de una civilización que intuimos habrá de superar con largura a las que nos precedieron en el curso de los siglos).

La línea sinóptica que cada hombre puede trazar en el plano de su vida, auxiliado por los conocimientos logosóficos, le demostrará, pese a todo su escepticismo e incredulidad, que puede ser consciente de su propia evolución y que en él está demorarla o acelerarla al tiempo que lleva buena cuenta de los cambios -notables algunos- que irá experimentando en su beneficio mientras va adiestrándose en el uso consciente de los elementos esencialmente nuevos y de inestimable valor que pone a su alcance la Logosofía.

No se trata de crear un nuevo tipo de hombre, puesto que nada falta a su maravillosa constitución, pero sí de dar a éste los conocimientos necesarios para que conozca lo que sin saberlo posee y se apreste a colaborar así en su propia regeneración y perfeccionamiento. Mucho queda todavía para que aquello que aún permanece manifestado en la creación universal, se proyecte a la conciencia del mundo. También en el hombre existen elementos, sistemas y facultades que permanecerán por milenios ocultos a su conciencia, mientras la ignorancia vele su entendimiento y llene de sombras su existencia.

No nos inquietan, pues, las alternativas que pueden presentarnos los juicios, las críticas y los ataques. Nos guían inalterables anhelos de prestar nuestro particular concurso sirviendo y siendo útiles a toda la humanidad.

Y si esta formal decisión de hacer el bien a todos sin excepción, encontrase las resistencias y reacciones que nunca faltan en estos casos, habremos de utilizar toda la fuerza persuasiva de nuestras convicciones para convencer, sea a quién fuere, de lo infructuoso que sería destruir o forzar tales empeños.

Debe procurarse, y así lo proponemos libres de todo prejuicio, una amplia colaboración entre los hombres de estudio y de talento que persigan análogos fines en vez de perder el tiempo y mermar los rendimientos personales combatiéndose entre sí como si se obedeciera a leyes fatales de carácter destructivo. A ellos van dirigidos también nuestros esfuerzos; a establecer una convivencia mental y afectiva entre los seres, principiando por los que tienen mayor inteligencia, pues estos comprenderán más fácilmente y harán comprender a los demás la necesidad de estimular esa sana relación que habrá de constituir una defensa social poderosa, llamada a triunfar sobre la sistemática oposición de los elementos de tipo farisaico que ambulan por los ambientes provocando disensiones, malquistando los espíritus y sembrando por doquier su nefasta semilla disolvente, antisocial e inhumana.

Este problema es uno de los que más preocupa, precisamente a los gobiernos que sienten la responsabilidad de sus altas funciones. Desde Roosevelt a Ortíz cruza por todo el continente americano la misma palabra: “colaboración”, que todos los presidentes pronuncian en sus discursos y arengas como una consigna suprema. Es que esa palabra significa paz, orden, progreso.

El actual mandatario de la Nación Argentina, en ocasión de inaugurar las sesiones del Honorable Congreso, dijo que debido a “una conjunción complicadísima de factores históricos que han hecho crisis en nuestro tiempo, las sociedades humanas han llegado -sin quererlo- a un estado de desequilibrio, de injusticia y de antagonismo, que ha dividido y puesto frente a frente a las distintas categorías sociales, a los diversos sistemas políticos, a los pueblos y naciones con encontrados intereses y métodos de gobierno”. Hizo alusión también a la cuestión social que tan numerosos conflictos ha planteado “tanto en el campo de la economía y de la política como en el vasto dominio de la vida espiritual” y terminó solicitando la colaboración de todos para realizar la magna labor de gobernante que se propone.

Tales palabras, que están en íntimo acuerdo con nuestra tesis, facilitarán sin duda alguna la labor en común en que estamos empeñados. Ya se verá luego lo que cada uno haya aportado al mundo y serán las obras, como expresión de verdades inconmovibles, las que reclamarán para sus autores una palabra de justicia.

Formulamos estas manifestaciones en una hora propicia, en que se acentúa cada vez con mayor intensidad, especialmente en nuestro continente, la tendencia hacia la colaboración, la conciliación y el respeto a todo esfuerzo noble y de carácter constructivo que dignifique al hombre, pues es respeto lo que éste pide, más aún cuando trabaja y se sacrifica en exclusivo bien de su prójimo. Mientras el sabio -dijimos un día- oculta celosamente sus privaciones y fatigas, muestra con infantil alegría las cosas que ha concluido en paciente labor para que los demás disfruten de los beneficios.

Nuestra palabra llega a la opinión pública en momentos en que la Escuela Raumsólica de Logosofía celebra el octavo aniversario de su fundación. Extendida por todo el continente, es en suma, la primera Escuela, en su género que ve la luz en el suelo de América.

El Nuevo Mundo está replicando ya con ejemplos elocuentes a los estadistas de allende el océano. Y no pasará mucho sin que anuncie también a los filósofos de Europa y Asia, que se ha descubierto en estas tierras el lecho de un manantial filosófico que nada tiene que ver ni absorber de las viejas corrientes de Atenas, Alejandría, etc., ni tampoco de las que inundaron el viejo mundo de teorías, doctrinas o sistemas filosóficos en la Edad Media y en los tiempos modernos y contemporáneos. Ya habrá ocasión de contemplar cómo desde aquellas comarcas que fueron cuna de regias estirpes y varones iluminados, acudirán los hombres a los valles del Plata para abrevar los conocimientos que ellos no lograron encontrar y resolver los múltiples problemas planteados a la inteligencia humana.

Servir a la humanidad, ser útil a los semejantes es -como dejamos expresado-, uno de los pensamientos que animan nuestras horas de labor y de consagración. Ocho años llevamos de brega logosófica. Si no hubiéramos visto confirmarse tantas veces la verdad de nuestras afirmaciones, con seguridad que estas palabras no tendrían la fuerza de expresión que poseen ni hubiésemos expuesto tan abiertamente nuestro pensamiento; pero, por algo lo decimos y volvemos a repetir: la Logosofía dará al mundo las bases para una nueva investigación conduciéndolo hacia nuevos y fecundos descubrimientos.

RAUMSOL

EL FILÓSOFO AMERICANO

Copia facsimilar del artículo original

Facsimilar del Artículo publicado en EL DIARIO de Buenos Aires el 11 de agosto de 1938

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Problemas sociales

 Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 13, enero de 1942

Uno de los problemas que más han preocupado y preocupan a gobiernos, estadistas y hombres de estudio, es el de la situación económica del empleado y del obrero.

El gobierno de nuestro país busca orientar la solución hacia el ahorro, y últimamente ha sancionado un proyecto de ley de préstamos a los empleados que atendieran una repartición del Banco de la Nación. Pero, aun cuando crin ello se creyese aliviar la creciente dificultad económica al trabajador de escritorio, de la industria y el comercio, fundando grandes instituciones destinadas a su estímulo, nada se logrará si el mal no trata de curarse eliminando las causas que lo provocan.

A nuestro juicio, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.

La mayoría gasta cuanto tiene y aun lo que no tiene, sin llevar el menor control de sus posibilidades ni de sus expendios. Esto ocurre porque de todo se enseña al hombre en su juventud, menos a saber administrarse a sí mismo. ¿Cómo puede, entonces, manejar inteligentemente su sueldo o jornal y cubrir honestamente sus necesidades sin tener que recurrir a medios que en vez de solucionar gravan más su situación?

El hombre apremiado por las deudas, difícilmente coordina su pensamiento sobre la base de un reajuste de su conducta o su manera de pensar. Generalmente confía en el azar o busca que otros le resuelvan sus necesidades.

Estimamos que deberían crearse cursos especiales destinados a proporcionar a la inteligencia del empleado u obrero las normas a seguir para organizar las economías domésticas. Nadie ignora que los salones de cine y teatro, los ambientes de diversiones, los clubs, los restaurantes y cafés, están siempre llenos de empleados y obreros.

Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.

A propósito, es bueno recordar lo que hemos observado en alguna gente trabajadora, del extranjero. Si el sueldo que recibe es, supongamos, de ciento sesenta pesos, indefectiblemente coloca sesenta en el Banco y vive con el resto, haciendo de cuenta que ése es su sueldo. Todo aumento de los haberes es para satisfacer sus necesidades, pero aquello que todos los meses destina previsoramente, es para ella algo sagrado y bajo ningún concepto modifica ese criterio, tanto que cuando se le oye hablar de sus entradas, manifiesta que son de cien pesos, por ejemplo, y no ciento sesenta. Luego de. un cierto tiempo la vemos dueña de un terreno, y más allá, edifica su casita.

En el obrero o empleado nacido en el país, sucede lo contrario. Si gana ciento sesenta pesos gasta sesenta más, pues jamás le alcanza para sus necesidades. Prueba evidente es ello, de que no sabe arreglar su situación económica conforme a sus posibilidades.

La estadística de quebrantos económicos de este tipo de trabajadores demuestra que la mayoría son consecuencia del abultamiento de gastos superfluos, y los menos,  por desgracias familiares.

Se ha de tener también presente, que siempre se ha creído que a medida que el jornal o el sueldo aumenta, el favorecido debe aparentar ante sus relaciones un género de vida más pomposo. Este es otro error que luego tiene que purgarse corrido por los apremios.

Conceptuamos, pues, que no existe el sentido de la verdadera ubicación en el criterio de cada uno; por lo tanto, pensamos cuán urgente es instruir al obrero y empleado sobre cómo puede y debe financiar sus recursos, a fin de que éstos le sean suficientes y aun excedan a sus necesidades.

De no llamarse a la realidad a quienes constantemente se quejan de sus salarios, continuarán produciéndose las inevitables exigencias y reclamaciones de aumento de jornal o sueldo, con sus posibles derivaciones en huelgas o malos cumplimientos.

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En Defensa de la Moral Social

Publicado por González Pecotche, en El Heraldo Raumsólico N° 42  (febrero de 1939)

Cuantos esfuerzos se hagan y cuanto se diga en defensa de los derechos humanos y la moral social será poco,  pues nadie ignora cuanto se ha resentido en nuestros tiempos el respeto común que fuera la piedra angular del edificio social.

Ello es debido a que muy pocos se toman el trabajo humanitario de defender la integridad del cuerpo cuando éste es atacado en cualquiera de sus partes. Es que para realizar tan valiente actitud se requiere autoridad, prestigio, méritos de indestructible esencia.

Existen, empero, muchos medios de defender la sociedad y no se irá muy lejos si se advierte que un gran paso se daría si los mismos que la componen fueran más humanos, vale decir, si hubiera tan sólo más piedad en las almas.

En efecto  la sociedad humana ha ido carcomiendo poco a poco durante siglos sus propios valores; diremos más, su propia naturaleza de entidad moral. De ahí ese caos, esa descomposición social que amenaza con destruir la civilización del presente. ¿Y todo ello porqué? ¿Cuál es la causa a la cuál pueda señalársele de autora de semejante infortunio público? No nos equivocaremos muy lejos si decimos claramente que a las injusticias que comete el hombre se deben las aflicciones que luego han de padecer unos y otros en el conjunto de las relaciones sociales.

La moral humana, es decir la del hombre, sufre hora tras hora el ultraje de sus semejantes. Parecería como si no pudiesen vivir sin calumniarse, sin difamarse los unos a los otros, o por lo menos admitir éstos de aquellos cuantas falsedades hagan circular las malas lenguas con la evidente mala intención de atentar contra la moral de su prójimo. Pero es el caso que nadie está exento de semejante agravio, y cuando menos lo piensa el que con sonrisa siniestra, menosprecia al injuriado creyendo con entera facilidad y hasta con hipócrita compasión los chismes del perverso, se ve de pronto frente a otros que sienten frente a él, idénticas sensaciones de “piedad”. Entonces vienen las sorpresas, las solícitas explicaciones, los asombros…

El cobarde huye siempre protegido por las sombras de su anonimato, pero salpicando por todos partes su repugnante baba, contagiando a los débiles que luego repiten sus infamias.

En todos las épocas operó como un cáncer de la sociedad, una secta, que a poco de comenzar sus actividades siniestras era descubierta por alguien que daba el toque de alarma y por más esfuerzos que hubiera hecho en ocultarse, acababan por ser conocidos todos esos individuos indeseables que la gente culta repudiaba por constituir un atentado contra las buenas costumbres y probidad de la familia humana.

Ésa secta, que al fin de cuentas es como una mafia con diversos barnices, se compuso siempre, como en nuestros días, de sujetos llamados fariseos. Los de hoy descienden de aquellos renegados que cometieron el crimen del Gólgota; los de ayer provenían de las primeros hundidas que tuvo la humanidad.

Usan falsos títulos de “doctores”, “ingenieros” y “arquitectos”. Su manera de obrar, la amenaza, la extorsión, la defraudación y cuanto delito puedan cometer a fin de satisfacer todas sus inconfesables bajezas, llegando a utilizar a sus propias mujeres para el logro de prebendas o sobornos degradantes a fin de salir impunemente de las redes de la justicia cuando son llevados a ésta por alguna de sus víctimas.

En los momentos actuales está ocurriendo algo de eso. Ya hemos dado a publicidad una serie de hechos que constituyen todo un peligro para la sociedad.

Observamos que al principio hubo mucha indiferencia. Se pensó que esa gente actuaba movida por algún interés mezquino y los hombres se encogieron como de costumbre, pero, los que con tanto ensañamiento pretendieron enlodar nombres honorables no era por simples causas de encono, sino porque la Obra que realiza la Escuela Raumsólica de Logosofía, empeñándose en dar  al hombre las defensas mentales que tanto necesita, les descubría sus estigmas vergonzosos y ese fue el origen de la campaña difamatoria que llevaron encarnizadamente contra la misma y su fundador con los tristes resultados para ellos, que hoy puede apreciar cualquier persona inteligente y sobre todo bien intencionada.

Si alguna satisfacción muy íntima hemos tenido de las innumerables que conquistamos en la lucha contra esos entes del mal, sobre toda en estos últimos meses,  fue la de estrechar tantas manos amigas y sinceras, y la de anotar como rasgos de alto significado, los generosos ofrecimientos que se hicieron y que la mayoría no se aceptaron pensando que ellos no serían ya necesarios para derrotar y aplastar definitivamente a quienes tan injusta como ignominiosamente las atacaron llegando hasta fraguar planes para consumar atentados incalificables.

Sean, pues, estas líneas el modo más elocuente que se le ocurre a nuestra pluma, fiel intérprete de nuestros pensamientos, para expresar a todos los que desinteresada y generosamente nos brindaron su colaboración y pusieron a nuestro alcance sus valiosos servicios y sus mejores empeños.

 

Fenómenos

A un Maestro un importuno le pedía
.. que le mostrase su sabiduría
con espectáculos “sobrenaturales”
¡A tantos les sacó de sus cabales
buscar esas groseras invenciones
que revelan las degeneraciones
en que cayeron sujetos ya famosos
buscadores de mediums y de histriones!
Preguntó el Maestro: ¿Estáis ansiosos
por ver un fenómeno, realmente?
Sí, contestó el curioso impertinente
y con él la divertida concurrencia
que quería gozar de la experiencia.
Le ordenó al personaje: Bien. Paraos.
Manteneos muy firme… Ahora quitaos
la corbata… el cuello.., la camisa…
y al revés que pongáis, ya se precisa,
los bolsillos de vuestros pantalones.
Paso a paso siguió las instrucciones
cumpliéndolas estrictas el cuitado.
Pensaba en su pedido, entusiasmado
por la magna visión que alcanzaría…
¡y en su afán por ver, ni ver podía
su ridícula y triste catadura,
fruto de pretensiones imprudentes!
Mostrando el personaje y la figura
en que quedó tras tanto prolegómeno,
el Maestro les dijo a los presentes:
Tenéis ante los ojos… El fenómeno
      * * * * * * * * * * * * * * *
El torpe aventurero que se lanza
En pos de una quimérica esperanza
Pierde de la razón el firme báculo
Y al querer estaturas que no alcanza
Se convierte a si mismo en espectáculo.

¿Por qué triunfa la Logosofía?

1) Porque en estos momentos de desorientación universal posee una  ruta definida e inconfundible; porque en esta época en que todo el mundo pregunta, ella responde.

2) Porque no exige creencias ni implanta dogmas; porque concilia la sagrada libertad de pensar con la imprescindible disciplina del conocimiento.

3) Porque reabre las perspectivas del espíritu y restaura su jerarquías, casi ahogadas bajo el peso de ideologías brutales e instintivas.

4) Porque dirige su enseñanza en derechura al proceso de la vida humano, sin generalizaciones, ambigüedades ni literatura; porque trabaja sobre la realidad humana y no sobre esquemas imaginativos o teóricos; porque trata la psique humanamente, tal cual es y no tal cual fue hace veinte siglos, o tal cual debiera ser o tal cual se cree que será dentro de muchas épocas.

5) Porque sólo puede aprenderse en forma experimental, a través de comprobaciones sucesivas, de manera que no deja lugar a las dudas, confusiones, titubeos, quimeras, y otros vástagos de la incertidumbre, que representan tan graves pérdidas de tiempo en  el común de las vidas humanas, cuando no la pérdida de la vida entera. –

(El Heraldo Raumsólico, 1939)

 

 

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Entrevista en la televisión bonaerense

Entrevista a Carlos Bernardo González Pecotche el 20 de noviembre de  1960

Periodista: Estamos con el escritor, Carlos González Pecotche, dirigente desde hace 30 años del movimiento logosófico argentino. Aprovechamos esta visita para hacer algunas preguntas al respecto, ya que en los próximos días, mejor dicho, en esta semana, se va a realizar en Montevideo el Primer Congreso Internacional de Logosofía.

Señor González Pecotche, por favor, ¿Ud. podría explicar a los tele espectadores en qué consiste realmente el movimiento logosófico?

 

C.B.G.P.: El movimiento logosófico se ha generado en una nueva concepción de la naturaleza humana, nuevos conocimientos que llevan al hombre a la evolución consciente, es decir, al pleno dominio de sus posibilidades como ser libre y consciente. Esta nueva experiencia ha llevado a muchísimos seres a agruparse en torno a esta concepción humanística, que ha producido ya grandes sorpresas por los cambios favorables que ha introducido en la vida  de todos los que practican la enseñanza logosófica.

 

P: Señor González Pecotche, por favor, ¿cuántas personas integran en la República Argentina este movimiento?

C.B.G.P.: Por ser un movimiento de superación humana, este movimiento se ha concretado en formar dirigentes. Por esta razón el número no  es tan elevado; puede calcularse entre  4000 a 8000 dirigentes; pero en torno  de ellos se agrupan grandes cantidades de personas en todas partes que podría dar un número, más o menos unos 80 a 100.000.

 

P:  Muy bien. Volviendo al Congreso de Montevideo, ¿cómo van a difundir Uds. las conclusiones de esas reuniones?

C.B.G.P.: Por medio de libros que se editarán, revistas, diarios.

 

P: Como integrantes de un movimiento espiritual ¿van Uds. a abordar el problema del comunismo en Montevideo?

C.B.G.P.: No como temario. Posiblemente como acotación al margen, para demostrar la total incapacidad de occidente para resolver un problema de esa naturaleza.

 

P: Perdón, ¿Cómo lo resolverían Uds.?

C.B.G.P.: Con ideas sólidas, con realizaciones efectivas, llevando al hombre a que comprenda, primero él mismo y después toda la humanidad, que se puede llegar y alcanzar muchas cosas sin necesidad del comunismo.

 

P : Muy bien. Una última pregunta, señor González Pecotche. Hace unos días aquí en el estadio “Luna Park” se hizo una reunión a la que concurrieron alrededor de 30.000 personas de un movimiento espiritista. ¿Qué opina Ud. de eso? Le hago esa pregunta aclaratoria porque se confunden algunos movimientos en la Argentina.

C.B.G.P.: Posiblemente con alguna mala intención que se haya confundido puesto que el movimiento logosófico, en primer lugar, no admite fenómenos de ninguna clase. Tan es así que todo el movimiento logosófico se basa en la realización de un proceso de evolución consciente, porque quiere, antes que nada, que los seres humanos sean conscientes de lo que ven,  oyen, sienten, y no que estén siempre supeditados a cosas del más allá.

 

 

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Raumsol continúa exponiendo ante la opinión su clara y penetrante concepción filosófica.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en  “El Heraldo Raumsólico” N° 29 (enero 1938).

Sus conocimientos del Derecho y la Psicología Humana han quedado evidenciados en la vigorosa y extraordinaria defensa de los principios de  su Escuela de Logosofía

Con este artículo doy comienzo a las tareas de este año, y es con verdadera e íntima satisfacción que me dirijo a todos aquellos que han seguido de cerca y con sincero interés la trayectoria de mi palabra siempre fiel reflejo de mis pensamientos en los momentos, precisamente, en que rompiendo mi habitual retraimiento, y consagrado por entero a  la obra que desde el año treinta me halló realizando en compañía de mis buenos discípulos y excelentes amigos, encaré con toda la energía que era menester, la lucha que con tanta osadía y demostrada mala fe me presentaron unos cuantos desventurados, muchos de ellos expulsados de mi Escuela por sus comportamientos incorrectos, que persistieron aun después de haber merecido una serie de amonestaciones y apercibimientos disciplinarios.

En todos mis escritos anteriores expuse cual era mi posición con respecto a la campaña difamatoria de que fui objeto y expliqué cuáles eran los objetivos perseguidos por mis detractores. Fui amplio, claro, preciso y no defraudé, por cierto, ni la lógica expectativa que existía en escucharme, ni la confianza que había inspirado en mis largos anos de labor humanitaria, pues hasta lo que anticipé a la opinión respecto a mis falsos adversarios ideológicos, se fue cumpliendo matemáticamente y en forma aun más completa que la bosquejada. He dicho “falsos adversarios ideológicos”, porque  no pueden ser legítimos aquellos que, con tanta facilidad pasan de un extremo a otro y de todas partes son echados por ser elementos disolventes y peligrosos para toda sociedad sana y bien constituida.

Ellos llevaron a la prensa sus blasfemias y calumnias. Por medio de la prensa respondí a las ofensas y coloqué a cada complotado en su sitio. He dado amplia publicidad a todo cuanto concernía a la acción judicial que inicié y prosigo contra todos los que me atacaron, para que sean probadas sus falsedades y sus inicuos atropellos.

Todos los escritos de mi defensa marcan ya un nuevo rumbo en la historia del derecho. Hasta este momento las resoluciones del Tribunal, tanto en Rosario como en Montevideo, han sido en su totalidad en favor mío; no podía ser de otra manera, ya que acudí a la justicia en demanda de justicia. Sin embargo, en ciertos y determinados casos no hubiera sido necesario reclamar la intervención de los jueces, pero no debía pensar que al poder solucionarlos de otro modo resolvía felizmente una situación personal. Pensé en esa circunstancia, en el peligro que correría cada semejante que fuera objeto por parte de esos aventureros, de idénticos procedimientos y malintencionadas maniobras que con facilidad les fueran hecho caer en sus redes y sucumbir indefensos en brazos de la desesperación, y ese pensamiento me preocupó más que los ataques malévolos y subalternos que me hacían pretendiendo orillar las leyes o valiéndose de subterfugios para sorprender a la opinión con una simulación propia de los que jamás conocieron la decencia o el honor. Sentí la obligación de poner en descubierto todas esas maquinaciones que abren las puertas del atentado, y a pesar de los desesperados esfuerzos que esos entes depravados hicieron para eludir la justicia, allí los he conducido con mano de hierro, y allí, pese a todas sus amenazas, que por cierto no hacen más que mi decisión, tendrán que rendir cuentas y aprender de una vez por todas que no se burlan impunemente las leyes que resguardan el derecho humano.

Cuando aparezcan los compendios que registran los hechos y la defensa de  supremos principios que desde,los comienzos de la historia fueron base de los pueblos, amparo primordial de los hombres, alma y vida de toda criatura humana, todos podrán defenderse con acierto y conocimiento profundo de esos enemigos del progreso  y de las personas honestas y bien nacidas, y se precaverán de esas lacras sociales que viven sorprendiendo la buena fe de los buenos y perjudicando a todos con perniciosas actividades disolventes.

Complacido he dado a la  opinión todos los elementos de juicio para que pudiera juzgar con conocimiento de  causa tan  insólita y abominable campaña. Posiblemente sea éste el último artículo en que me ocupe de este asunto, pues las cosas han cambiado fundamentalmente de cariz. La mayoría de mis detractores hoy se hallan procesados. Con todo, los más audaces,  los más aprovechados, los que  cometieron robos y defraudaciones, aún están bajo sumario. Las pruebas presentadas contra ellos son monumentales, aplastantes, sin embargo, aun no se ha dictado el auto de prisión.

Todos los días son conducidos a la cárcel pobres infelices que robaron un pan,  pero las grandes defraudaciones parecen gozar de excesiva lenidad en los tribunales. Las grandes defraudaciones parecería que no fueran delitos si se señala la injustificada y larga demora del pronunciamiento judicial, y hasta del diligenciamiento del sumario. Pero la acusación fue hecha, asumiendo yo el rol de querellante en representación de una respetable cantidad de personas afectadas por la defraudación. El Tribunal no puede de ninguna manera pasar por alto un delito de esa naturaleza, aunque algunos de los acusados sean abogados o  tengan influencias. Pueden estar seguros todos los damnificados y la opinión general, que daré amplia publicidad a  lo he hecho hasta el presente, de todas las  resoluciones judiciales y si alguna fuera adversa, publicaré la resolución de los  hechos en detalle con las pruebas terminantes que no hubieran  sido estimadas por quienes  dictaren tales fallos, dando a publicidad también la opinión  de calificados letrados sobre el punto.

Los jueces tienen una brillante oportunidad para poner de manifiesto la dignidad  de su ministerio, ya que una gran parte de la opinión está atenta  y dispuesta a aplaudir como merece toda sentencia justiciera que evidentemente fuese notoria y fácilmente demostrable.

Otra cosa quiero que se sepa hoy como una ratificación plena a lo expresado en cada uno de mis artículos anteriores en los que hice alusión a estas mismas circunstancias. Todos mis detractores, lo digo abiertamente, han sido llevados por mí ante la justicia. A todos he acusado de los delitos que cometieron, mientras que ninguno de ellos hubo de atreverse a formular la más mínima acusación en mi contra, pues bien seguros estaban de que habían de pagar muy caro tamaña aventura.

Sin embargo, voy a decirles ahora de qué podrían acusarme (me refiero a mis amables detractores) y es de haberles defraudado  en sus más negras intenciones, pues con todo el oro que gastaron en la satánica campaña difamatoria sólo lograron hacer una intensa propaganda que al fin no pudo ser en contra, sino a favor, ya que la palabra serena y limpia de nuestra defensa fue más que suficiente para volver hacia nosotros la opinión en un formidable gesto de desagravio, como si todos a la vez hubiesen querido brindar por nuestra prosperidad y nuestro triunfo por ser el triunfo de la verdad y el honor sobre el  error y la mentira.

Alejándome por un momento del campo jurídico, ya que en el mes de enero el Tribunal se toma un merecido descanso y las piezas del tablero quedan inamovibles hasta febrero, me ocupare de algo más interesante desde nuestro punto de vista Logosófico.

La humareda se agita, se convulsiona y no atina a resolver sus problemas. Los problemas que se crea ella misma al complicarse cada día más la vida. ¿A qué obedece esta inquietud que no halla sosiego, y a qué ese sufrimiento que no tiene nombre? Buscad la respuesta en vuestras propias mentes, expresé más de una vez, pero tampoco podréis hallarla si no sabéis cómo se busca y en que consiste su hallazgo.

Después de largos años de experiencia en que tal aserción ha sido confirmada y ratificada múltiples veces por quienes realizan los estudios de Logosofía, puedo decir con toda la autoridad que me confiere el propio conocimiento, que la organización del sistema mental es la base de  toda felicidad, así como también la piedra angular del edificio interno del ser.

Y si es la base de toda felicidad, quiere decir que es en esa organización donde el hombre encontrará, en la medida de sus esfuerzos por superarse, la quietud y eliminará los obstáculos que antes le impedían marchar firme hacia un progreso cada día más creciente de sus posibilidades individuales. Ahuyentará así el sufrimiento de su  espíritu porque habrá dominado con sus nuevos conocimientos a la adversidad que castiga sus errores y atormenta su corazón.

Dejad que los necios se rían y se burlen, dije un día a mis discípulos, mientras vosotros seguís adelante logrando cada día mayores satisfacciones en base a los conocimientos que adquirís en mi Escuela. Ya llegará el  día en que esos mismos que hoy se burlan en su ignorancia, se asombrarán de vosotros y verán  aterrados el tiempo y la oportunidad que han perdido.  La mente que se educa en una disciplina superior, que trabaja y se prepara para grandes producciones, no sólo vitaliza extraordinariamente su  organismo psicológico y fisiológico, tiranizándo en la lucha, sino que  más aún se abre una perspectiva inmensa en el plano de los grandes conocimientos, los únicos que pueden dar al hombre las más inefables alegrías y dotarle de fuerzas intelectuales sencillamente maravillosas.

Esos grandes conocimientos hacia los que tantos encaminaron a tientas sus pasos, se alcanzan organizando el sistema mental, pues en esa tarea aprende el hombre a conocer lo que de otra manera le sería harto difícil poder lograr.

Cuando se haya formado en el mundo una nutrida vanguardia de personas poseedoras de ese bien, que ayuden a los demás a libertarse de la esclavitud mental en que viven, se habrá logrado uno de los más grandes triunfos contra el mal que aqueja a la humanidad. Desaparecerá el comunismo con todos sus disfraces y el fascismo envainará su espada, porque el peligro habrá sido conjurado.

 

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Declaraciones de Raumsol, el autor de la Logosofía

La nueva ciencia del presente

Por Carlos B. González Pecotche, de su libro “Artículos y Publicaciones (recopilación)” de 1937

A pesar de haber estado publicando desde el año 1930, fecha en que fundé la Escuela de Logosofía, una gran cantidad de enseñanzas en las que bien claro dejaba traslucir mi pensamiento, parecería no haber sido suficiente, y es el caso, que en vista de las tergiversaciones o simplemente erróneas interpretaciones que pudieran haberse hecho sobre lo que en sustancia expresaban, he decidido formular algunas declaraciones que estimo necesarias en los momentos actuales, ya que ellas han de contribuir eficazmente a disipar cualquier duda o prejuicio en aquellas personas que de un modo directo o indirecto han vertido conceptos equivocados respecto a lo que es la Logosofía y la Escuela que difunde sus enseñanzas.

Advertiré en principio, que es cosa archisabida, que cada uno es dueño de pensar como mejor procedan sus puntos de mira y sus posibilidades mentales, y es libre también de emitir sus pensamientos o sus juicios, causa por la cual no está en mí ni en nadie, el pretender privar a ninguno que me haga llegar las manifestaciones netas y espontáneas de su espíritu, sean éstas de la más pura espiritualidad, de carácter intelectual o científico o implemente expresiones que revelen sentimientos despertados por el entusiasmo que las enseñanzas puedan causar al ser confirmadas interna e individualmente.

Tengo a propósito, innumerables cartas y trabajos firmados por discípulos (hasta de los que fueron separados de las actividades de la Escuela), en los que me expresan durante años consecutivos, sus constantes confrontaciones sobre el mérito indiscutible de las enseñanzas aplicadas a la vida práctica, que es lo que más necesita la humanidad en estos momentos.

Me he propuesto, pues, ponerme más en contacto con todos, ya que la labor de instruir a los muchos que he atendido solícitamente para explicarles más amplia y extensamente el manejo y utilización de la enseñanza logosófica, me había demandado media docena de años, tiempo en que hube de consagrarme por completo a la preparación de los diferentes puntos que abarca la Logosofía, con el objeto de irlos exponiendo, como lo he hecho, al conocimiento general.

La revista “Aquarius” así lo atestigua en sus seis años de existencia, y luego estas columnas; asimismo prestigiosos diarios y revistas publicaron artículos y notas de distinguidas personas del ambiente intelectual de nuestro país y el Uruguay, tratando con alguna amplitud el tema. De modo que no existió jamás nada oculto ni motivo de inquietud, pues sensatamente ha de pensarse que el autor de una obra, debe permanecer, no digo en silencio mientras trabaja en ella, sino adoptando, como lo he hecho, una posición de prudente aislamiento, hasta llegado el momento de dar a conocer su pensamiento suscrito al pie de su misma obra. Hoy hago, y con sumo placer, estas declaraciones, desde que satisfago así a la opinión que ha reclamado insistentemente de mí un pronunciamiento directo.

No he de pasar por alto, empero, diversas circunstancias, que si bien en este artículo no las abordaré con la extensión que requieren, las mencionaré de paso, significando con ello que me ocuparé más adelante de las mismas.

Una cosa que en verdad no dejó de llamarme la atención, es que a ciertas metáforas o expresiones literarias que encerraban un marcado simbolismo, se les atribuyera un significado que jamás estuvo en mi ánimo ni en mi pensamiento. De ahí que preferí, posteriormente al año 1933, suministrar la enseñanza que comprendía la concepción logosófica del hombre y el universo, en forma simple, elemental y clara (ver “Aquarius” 1934, 1935 y 1936), para no ser objeto de erróneas interpretaciones. Bien pronto pude apreciar la favorable acogida que este nuevo aspecto en que eran presentados los estudios logosóficos encontró en el ambiente general, a juzgar por la gran aceptación que tuvieron las enseñanzas, lo que motivó un mayor esfuerzo de parte mía y de todos mis colaboradores, a fin de atender las múltiples tareas que implicaba la afluencia cada vez mayor de personas a la Alta Escuela.

Se ha criticado que los discípulos me llamen Maestro, palabra que habitualmente usan para nombrarme familiarmente; y es el caso de preguntar a los que tal punto de vista emitieron, con qué nombre llaman ellos mismos a quienes enseñan aquello que el que aprende no sabe. (Pienso que he dejado bien aclarado este punto). Además, todos cuantos me prodigan el nombre de Maestro tienen tanta libertad de hacerlo como los que me confieren, en virtud de lo que observan y aprecian a través de la enseñanza que he dado a conocer, los títulos de filósofo, sabio, hombre de ciencia u otro cualquiera, pues ninguna ley lo impide, como tampoco existe aún ninguna ley que reprima a quienes deliberadamente injurian, faltan al respeto y mienten, valiéndose de los peores medios y no menos despreciables actitudes. Para castigarlos sólo se necesitarían leyes que ampararan el decoro y la dignidad de las gentes, tan ultrajados en los tiempos presentes por el abuso y aprovechamiento de las personas inescrupulosas y de antecedentes no muy recomendables.

Sin embargo, se ha observado algo muy sugestivo y que demuestra mejor la improcedencia de las críticas que acabo de mencionar, y es que los detractores utilizan el mismo término para designar a sus autores favoritos, aun cuando éstos sean a veces de libros indeseables o repudiados por la opinión sana y decente.

Pienso que ha sido siempre y continuará siendo uno de los principales objetivos de la ciencia oficial, buscar para la humanidad el mayor bienestar posible, tanto en el logro de defensas y elementos que conserven la salud física, como en las condiciones cada vez más perfeccionadas en que debe desenvolver sus actividades, así como la religión buscó siempre una protección para el espíritu y un motivo permanente para las preocupaciones de orden moral y místico de los hombres. Nada ha hecho, pues, la ciencia ni la religión que no haya sido exclusivamente para el hombre.

De ahí a que se haya llegado a la última palabra, falta todavía un buen espacio de tiempo.

Enfoquemos ahora el estado actual porque atraviesa la humanidad, y surgirán diversos interrogantes que espero habrán de contestarme alguna vez quienes puedan sentirse capacitados para ello.

Hagamos, por ejemplo, un balance científico y religioso. ¿Ha podido la ciencia oficial, con todos sus desesperados esfuerzos, hacer mejor al hombre? ¿Lo ha conseguido la religión? La respuesta está trazada a grandes rasgos sobre el escenario europeo, donde se encuentran los principales actores del drama mundial que está viviendo la presente civilización.

No quiero, en ninguna forma, significar con ello que no haya habido de parte de unos y otros los mejores intentos y no se hayan agotado todos los recursos de la ciencia y la religión para evitar la creciente confusión mundial; pero, es bueno confesar entonces, que si todo ha sido inútil, se deben, como lo hace el enfermo crónico, probar todos los remedios en la esperanza de salvar el gran cuerpo que contiene la humanidad, antes que el mal haya minado su organismo.

En vista de ese inminente derrumbe social y moral en que se estaba precipitando la humanidad, decidí preparar un plan de reconstrucción general del hombre sobre las bases de una nueva estructura mental, psicológica y moral, mediante la renovación del entendimiento (Pablo Apóstol a los Romanos. Cap. XII. Vers. 1 y 11) y utilización de los valores internos del ser, en pro de un perfeccionamiento gradual de todos los resortes de la inteligencia y la voluntad, que fuera de efectos permanentes.

No ignoro, por cierto, que en muchos haya existido tal vez un propósito semejante, pero si alguien hubo de ensayarlo, nunca se vio resultado alguno que significara o representara más bien un verdadero avance en ese sentido; y el mundo siguió dando sus tumbos sin que los pasos difíciles e inciertos encontraran la roca firme donde asentar sus plantas, para marchar de una vez por todas hacia una realización más consciente y duradera en el camino de la evolución y del perfeccionamiento.

Instituí, pues, como principio inalterable de la nueva ciencia que me proponía dar a conocer, el ya célebre axioma: “Quien de vosotros quiera llegar a ser lo que no es, deberá principiar por no ser lo que es”, que tan claramente expliqué algún tiempo después en la revista “Aquarius” (año 1935, pág. 67) al decir, entre otras cosas, que ese aforismo ponía de manifiesto la necesidad imprescindible de llegar a ser siempre algo mejor de lo que se había logrado ser, hasta conquistar las posiciones más elevadas en el rango de la sabiduría.

Se desprende de estas consideraciones, que si hubieran sido expuestos alguna vez durante las generaciones que partieron desde los primeros siglos del cristianismo, conocimientos de la especie que he puesto de relieve en la Logosofía sobre el sistema mental, la red psicológica, las razas atómicas, biognósis, gnosis mental, etc., de los cuales me ocuparé con alguna extensión en estas mismas columnas, con seguridad que nadie los hubiera ignorado, como aconteció hasta los momentos actuales. Sin embargo, desde el año 1930 los fui dando a conocer sin que observase en ninguno el menor indicio de saber algo al respecto y sobre las conclusiones que expuse acerca de los mismos tenían.

Sentada, entonces, esta verdad que espero nadie dejará de admitir, a menos que pueda precisar lo contrario y mostrar una evidencia mayor, aparece bien claro que los conocimientos mencionados eran de mi exclusiva pertenencia, y lo prueba también el hecho de que la única Escuela de realización y experimentación logosófica que existe en el mundo y que funciona regularmente desde el año 1930, contando en la actualidad con ciento diez importantes centros de estudio e irradiación en el país y en el extranjero, fue fundada y es dirigida únicamente por quien suscribe estas líneas.

Esta prueba absoluta basta para no perderse inútilmente en cavilaciones estériles, desde que lo expresado se halla documentado en más de veinte ediciones de la revista “Aquarius”, en “El Heraldo Raumsólico”, obras raumsólicas, folletos y últimamente en las enseñanzas que fueron propaladas en veintidós audiciones semanales radiotelefónicas oficializadas.

Además y es bueno que lo sepan mis amables detractores, ya que no les puedo llamar críticos por ser este término empleado únicamente para las personas que merecen ser tenidas en cuenta como tales por su reconocida ecuanimidad en los juicios y apreciaciones que emiten, y sobre todo por el prestigio de sus opiniones, la palabra Logosofía con que designé la ciencia que he dado a conocer, jamás fue conocida, pues ha sido creación propia y deriva del léxico griego, cuyo significado, no literal sino efectivo, es la ciencia de la sabiduría, puesto que nadie es más sabio que el Logos universal, ya que como entidad es la cumbre jerárquica de la inteligencia suprema y Dios, su espíritu, su esencia y su razón de ser.

Por otra parte, esta palabra está perfectamente encuadrada y conforme a las reglas de la lexicografía, y se sobreentiende que al significar ciencia de la sabiduría, todos los esfuerzos de la misma tienden a elevar al hombre a un nivel más alto en los cuadros respectivos de su realización consciente, iluminando su inteligencia en la medida de las posibilidades individuales del ser.

El nombre de Raumsol, que adopté desde el principio y con el cual me di a conocer, no debe sorprender a nadie, desde que es costumbre inveterada de todos los editores, escritores, filósofos, etc., aparecer con un nombre simbólico para que sea más familiar y fácil de citar.

Voy a referirme ahora, a la parte divina que con tan mala intención han tergiversado los mismos seres que me atacan. Accedo gustoso a que cada uno aprecie y valore mis enseñanzas como mejor le parezca o como se lo permitan sus posibilidades mentales, y agregaré más, he repetido muchas veces lo que afirmaron otros filósofos antes que yo, que en todos los seres humanos existía una parte divina que era necesario despertar. Mis detractores quieren que esa parte divina no exista en mí sino en ellos y yo no puedo oponerme a que piensen de ese modo, pues bien sabido es que a cada uno se le conoce por sus obras y al hombre de la actualidad no es fácil que se le engañe con embustes, sino que se le convenza con hechos que  representen esfuerzos en bien de todos.

Solicito por lo tanto de alguna tolerancia para aquellos que han necesitado de estas explicaciones que siempre pensé innecesarias, pues lo que a mi juicio debía interesar más, no era el envase sino su contenido, y si lo que existe dentro se estima valioso, sólo se deseará conocer su procedencia más bien por codicia que por curiosidad.

Cuando un enfermo, por ejemplo, advierte mejoría con un tratamiento, lo sigue y su fe aumenta en razón directa a la salud que va recuperando. Si alguno deseare conocer al médico que descubrió el específico, sólo sería en este caso para testimoniarle su gratitud y no otra cosa, como acontece en todos aquellos que reciben un bien sin que jamás hayan visto al ser que se lo hizo.

El mundo sufre una crisis moral y social que es necesario contrarrestar a fondo, suministrándole los elementos de defensa que requiere su estado actual. Siempre, desde los tiempos prehistóricos hasta el presente, fue un signo característico y precursor de los dolorosos desenlaces que ha debido soportar la humanidad, ese estado de violencia y agitación creciente que se advierte en todos los ambientes como una amenaza constante para el orden, la armonía y la paz general. Estado del cual sacan partido las ideas disolventes, que puestas al servicio del mal semejan bandadas de cuervos que vuelan sobre la tierra esperando el momento de saciar sus apetitos macabros. Lo mismo ocurre cuando una enfermedad está por hacer crisis en el cuerpo humano; los síntomas que preceden al momento final, se ponen de manifiesto por las fiebres violentas, los delirios, y el recrudecimiento de los dolores, siempre que en el cuerpo haya un solo vestigio de defensa.

Se entenderá que esos elementos de que hablo para contrarrestar el mal, habrán de ser por supuesto, lo contrario a la violencia, oponiendo a la fuerza la razón y el derecho, pero fortalecidos ambos con una voluntad unánime, sólidamente afirmada en la conciencia del deber, para que las generaciones venideras no sean, como ya dije una vez, los jueces del mañana que señalen con el dedo este lapso de la historia .

La mente humana sufre en la actualidad una especie de vértigo mental y psíquico, al punto que la paz ha comenzado por perderse en cada ser y, en consecuencia, en cada familia, para luego extenderse a cada nación y abarcar continentes enteros.

La Logosofía comienza por restituir la paz en el individuo y luego en la familia, a fin de que su realización en el mundo llegue a ser un hecho evidente. ¿Cómo lo logra? La crónica logosófica establece una larga lista de casos bien documentados, de multitud des seres que llegaron a la Escuela en estado verdaderamente deplorable, llenos de inquietudes, tormentos económicos, preocupaciones de toda índole, cuyos hogares era, como ellos mismos espontáneamente manifestaran, algo así como un infierno, por las asperezas del carácter, la intolerancia familiar, etc., y luego fueron y siguen siendo el dulce refugio de sus espíritus, donde reina el amor y la armonía. Ello ha obedecido simplemente, al hecho de haber practicado y aplicado las enseñanzas elementales a todos los órdenes de la vida.

Principia pues, la enseñanza logosófica, por organizar el sistema mental; en otras palabras, por establecer un orden perfecto en todas las actividades de la mente, guiándola hacia razonamientos de indudable eficacia que hacen experimentar al ser un bienestar jamás soñado y le permiten sentir a la vez, un alivio inmediato de las cargas mentales que le deprimían.

Esta circunstancia feliz para el desenvolvimiento intelectual y espiritual, facilita la realización en breve tiempo, de un cambio de trascendental importancia para la vida y el ser. Al poner en práctica los conocimientos que adquiere para uso y beneficio propio, en primer lugar, y luego de los demás, a quienes siente la necesidad de ayudar como fuera hecho con él, se habilita para descubrir muchas cosas que antes permanecían ocultas a su percepción, cada vez más desarrollada en virtud de la elasticidad mental y la iluminación constante de su inteligencia con el auxilio de la Logosofía.

El hecho de que miles de personas sigan las enseñanzas de Logosofía y me escriban de múltiples puntos del país y sobre todo del mundo entero recabándome constantemente mayores elementos de estudio, demuestra bien a las claras la importancia que ellas tienen para el hombre en los momentos actuales que vive la humanidad.

El mal radica en la mente de los hombres, he dicho en más de una oportunidad y lo he demostrado a través de innumerables casos examinados por la Logosofía. La ciencia debe, pues, enfocar sus futuras investigaciones en dirección al esclarecimiento total de los misterios del ambiente mental. y la mente en sí, y se convencerá de que ha dado con la tecla, es decir, con la raíz misma de los múltiples fenómenos, tanto psíquicos como fisiológicos, que hasta la fecha no han podido ser explicados. Se trata de estudiar, no las mentes enfermas o anormales que entran en el campo fácil de la psiquiatría, sino las sanas, principiando por la propia y siguiendo más allá, con las de los demás. La ciencia desconoce el modo, los métodos y hasta los más elementales medios para encarar el problema, pues jamás se supo que hubiese pensado en ocuparse de este asunto.

Ofrezco, por lo tanto, la oportunidad para que los hombres de ciencia, filósofos, psicólogos e intelectuales del mejor cuño que aun no se hayan detenido a meditar sobre el punto que expongo, puedan conocer con amplitud esta nueva fase del conocimiento humano.

No dejaré por cierto, de satisfacer con el mayor placer los requerimientos que se me formulen, y puedo adelantar que arribarán a las más firmes convicciones sobre los descubrimientos que señalo en la Logosofía, tal como otros ya lo hicieron, testimoniando haber encontrado ahora, con el auxilio de los conocimientos logosóficos, nuevas perspectivas en el campo de la ciencia, y no menos nuevos y valiosos medios de observación clínica en los casos difíciles o inalcanzables a la penetración científica del presente.

Y si todo cuanto expreso en este artículo no fuere suficiente para disipar hasta el último vestigio de escepticismo que pudiera existir, estoy en condiciones de poder asegurar que en muy pocos años ello no sólo será de convicción unánime en los círculos más calificados del pensamiento, sino que estará en la conciencia general.

Me remito pues, al veredicto del tiempo, que ha sido, es y seguirá siendo, mi más grande aliado y mi más formidable amigo. Quiero decir con esto, que el tiempo fue siempre quien se encargó de ofrecer a la gran cantidad de discípulos que me acompañan -la mayoría hombres de ciencia, profesores, catedráticos y universitarios -, las pruebas más elocuentes y terminantes de todas mis afirmaciones de ayer. Por ello dije y he publicado en varias oportunidades, que no se debía creer en mis palabras, porque consideraba esto muy cómodo e improcedente, sino que debía llegarse al conocimiento de las mismas; a saber cada uno por cuenta propia la verdad que ellas expresan, utilizando el discernimiento y la lógica como los mejores medios para comprobarlo. De ahí, que preferí se me conociera a través de las enseñanzas antes que personalmente, y se me juzgara a través de ellas, pues, por desgracia, los necios, los inaptos del pensamiento, que son verdaderos parásitos sociales, abundan siempre y no escatiman en utilizar los peores procedimientos para hacer el mal, a pesar de que son bien conocidos porque tienen la mente llena de fantasmas y delictuosas intenciones.

Las personas ilustradas y serias ya tienen bien formado el concepto que la nueva Escuela les merece y eso basta para no extenderme sobre el punto. Además, dije ya que la mentira sólo tiene una duración limitada; antes y después de ella aparecerá siempre la verdad en toda la fuerza de su expresión.

Pienso que muy pocos han podido ofrecer garantía semejante de la bondad y excelencia de una cosa, que no estando en el acervo actual de la ciencia, se pone a su alcance para que efectúe con ella los exámenes o experimentos que estime necesarios.

Ya tendré ocasión de ratificar y confirmar estas palabras personalmente en su momento oportuno, y mientras tanto, vuelvo a repetir que la concepción logosófica del hombre y del universo no es una ideación empírica, sino una realidad tangible y demostrable, más por la exactitud de sus sorprendentes descubrimientos y el resultado invariable de los problemas que resuelve, que por la visibilidad objetiva, que no en todas las cosas cabe practicar, como se ha visto también en la ciencia oficial.

No pueden pues, en mi opinión, mejorarse las condiciones del hombre, o mejor aún al hombre en sí, sino se le prepara sobre las bases de una consciente organización mental y psicológica, pues en ello y no en otra cosa estriba el secreto de la realización humana, si se quiere que su evolución sea verdaderamente efectiva y real.

La Logosofía, al descorrer el velo y descubrir cómo accionan, viven, se reproducen y trabajan los pensamientos, asignándoles una existencia propia y de prerrogativas ajenas a la voluntad del hombre común, pone a su alcance los más grandes medios de defensa y un poderoso conjunto de conocimientos que lo elevarán indiscutiblemente a un nivel de cultura intelectual y espiritual que civilización alguna ha podido alcanzar hasta el presente.

Por lo tanto, declaro terminantemente que la Escuela de Logosofía no inculca creencia, ni es ninguna secta, sino una escuela de realización eminentemente científica, pues la Logosofía es una ciencia nueva en toda la extensión de la palabra. Ella estudia cuanto atañe al hombre y al universo.

Ahora, como la Escuela no debe concretarse a ello solamente, entra también en sus programas de estudio, la filosofía y el arte, como asimismo, la elevación moral, etc., por comprender todas ellas las más altas miras del espíritu humano.

Prometo extenderme en otros artículos y formular nuevas declaraciones que estimo convenientes y que con toda seguridad habrán de aclarar puntos de vital importancia para todos.

Artículos publicados en los diarios “La Capital”, “Tribuna” “Democracia”  “El Heraldo Raumsólico”, de Rosario (R. A.) y en “La Mañana”, “El Día”, “El País”, “EL Pueblo”, ”Uruguay”, “EL Diario” y “El Plata” de Montevideo (R. O. U.) en los meses de octubre y noviembre de 1936.)

 

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Artículos y Publicaciones (Recopilación) – (1937)

Prólogo del libro

Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Con el objeto de facilitar cada vez más la tarea de los investigadores y hombres del pensamiento y que la opinión pueda tener a su alcance los elementos de juicio que siempre son indispensables para formarse un concepto claro, en este caso, de la obra que se está realizando para bien de toda la humanidad, y de la Logosofía, como nueva y exclusiva concepción de su autor, he reunido en este tomo los más importantes artículos y publicaciones aparecidos en “El Heraldo Raumsólico” y en diversos diarios de la Argentina y el Uruguay

El pensamiento raumsólico se halla bien delineado en los diversos escritos recopilados en este libro, pudiendo cada lector apreciar cuál es la orientación que imprime al encarar los problemas que le preocupan o dilucidar los temas que trata.

Se destaca entre las publicaciones el criterio expuesto al contestar los ataques que me fueran dirigidos de un tiempo a esta parte, y puede advertirse a través de las meditadas reflexiones que formulo, el conjunto de enseñanzas que contienen, tendientes todas a conducir a los obstinados difamadores hacia una realidad inobjetable, imposible de ser apartada de los hechos que hubieron de configurar el pretendido argumento que utilizaron quienes, sin fundamento alguno, promovieron un movimiento de opinión que luego fue enteramente desfavorable para ellos y de imponderable valor para consolidar el prestigio bien ganado de los preceptos que sostiene la cátedra raumsólica.

La crítica pierde su sentido esencial y deja de serlo, cuando se pretende utilizarla con espíritu de menosprecio o de chanza. Dije en otra oportunidad que ella debe ser sana y superior, y no concretarse simplemente a señalar defectos o deficiencias. Para que pueda tenerse en cuenta, debe el crítico mostrar sus credenciales de tal, con obras de mérito superiores a la que critica.

No es pretendiendo ridiculizar una obra o su autor como se puede ser útil o cooperar en la ardua tarea de perfeccionamiento. Sucede generalmente que para los empedernidos criticadores constituye un delito que otros hagan obras que merezcan el aplauso unánime, pues parecería que lo hecho es lo que, según ellos, se habían propuesto hacer, guardándose de comunicar a nadie sus intentos. En cambio, el buen crítico es sobrio, justo y toda obra, sea de quien fuere, le inspira profundo respeto. Por ello, sus observaciones o críticas son tenidas en cuenta, ya que sólo guía su pensamiento, señalar con imparcial postura los defectos, con el único y exclusivo propósito de que el autor al corregir su obra se eleve al máximum de belleza, de armonía y de perfección.

Es indudable que en toda obra de grandes proyecciones, como lo es, por ejemplo, la nueva Escuela de Logosofía, se adviertan en sus comienzos defectos de forma, de presentación o de cualquier otra índole, pues no es una obra realizada y por lo tanto inconmovible, como podría serlo una escultura, un cuadro o un escrito, sino que todavía está en gestación, que acciona, se mueve y evoluciona hacia la meta aspirada, la que colmará de ventura, cuando sea alcanzada, a los que tesoneramente siguen las inspiraciones de su autor. Recién entonces, habrá llegado el tiempo para “los críticos de primera fila” que podrán pronunciar su altiva palabra.

Los seudocríticos lanzan su diatriba intencional y maliciosa mucho antes de terminarse la obra. Por ejemplo, acusan al arquitecto de los mil defectos que a su criterio aparecen en un edificio que está a medio construir, y sin conocer el proyecto ni haber estudiado los planos, lo tildan de incapaz, de falto de idoneidad y otras cosas más. Recién cuando la obra está terminada, con gran satisfacción dicen: “¿Ven Uds.? Gracias a nuestra mediación ha podido hacer una cosa bien hecha”. Al pintor y al escultor que no son de su preferencia –rara vez la tienen por alguno– no los dejan en paz y su obra tiene que ser irremisiblemente mala por el solo hecho de no pertenecerles. Si no fuera que los seudocríticos han sido ya severamente juzgados por la opinión y nadie repara en ellos, la gente habría tenido que usar amortiguadores similares a los que emplean los aviadores para taparse los oídos.

La obra raumsólica también ha debido soportar las impertinencias de tales críticos durante largos meses consecutivos. Se la juzgó de mil maneras, se intentó destruirla a toda costa y hasta se llegó a decir que tanto el autor como la obra habían desaparecido. Ella recién está en sus comienzos; apenas si se han delineado al presente los perfiles más austeros de su gran estructura. La sola enunciación de sus principios, inspirados en el más puro cristianismo y en las altas concepciones de la sabiduría egipcia, parecería que ha causado no pocos sobresaltos a los que no pueden comprender el pensamiento de los genios.

La obra raumsólica está demostrando la fortaleza invulnerable del espíritu que la anima, al contrarrestar con sus poderosas reservas morales, el ataque inusitado e incesante de sus adversarios ideológicos.

Para aquellos que no han seguido de cerca el movimiento raumsólico y no han leído las publicaciones atinentes al pensamiento inspirador del mismo, el presente volumen será de gran utilidad, pues se compenetrarán rápidamente de la posición ideológica que sostiene y difunde la Escuela que lleva su nombre.

Sirva, pues, este libro de elemento de juicio como las demás obras ya editadas, para que el lector aventajado y culto adquiera la convicción más profunda de que en el autor encontrará siempre un amigo dispuesto a servirle y auxiliarle en la solución de todos los problemas que la compleja mente humana pueda plantearle.

RAUMSOL, 25 de junio de 1937

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