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En pro de una Escuela de Educación y Cultura Política

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro “Nueva Concepción Política” (1940)

Como ya ha podido apreciar el lector, no escribo por primera vez sobre estos temas que tanto apasionan a las gentes y mueven el espíritu de las masas de un extremo a otro de la opinión y del sentir.

Me ha preocupado siempre todo cuanto atañe a la vida del hombre, tanto en sus relaciones mutuas con su sentir y pensar como con el espíritu íntimo de la naturaleza que anima su existencia. Mi pensamiento no se ha circunscripto jamás a ningún sector de los que suelen ser preferidos por la inteligencia y a cuyo punto los hombres encauzan sus miras y concretan sus aspiraciones y actividades. De ahí que me interesara vivamente cada cosa que pudiera ser objeto de una observación especial, a fin de aportar, sólidamente afirmado sobre profundos conocimientos de la psicología humana, toda la luz necesaria, pensando que ella podría ser aprovechada con positivos beneficios por el entendimiento común, que tanto necesita ser auxiliado en la maduración de sus precarios juicios.

No debe, por tanto, sorprender a nadie que mi pluma exponga hoy mi concepción política y ofrezca mi concurso desinteresado e inspirado en el más sano patriotismo, al alma de un nuevo movimiento cívico que encarnando el sentir unánime del pueblo argentino, marche con paso firme y seguro hacia la conquista definitiva de los sagrados y supremos ideales de la patria.

Estas manifestaciones que hago con la más absoluta independencia mental, tendrán tal vez una acogida fría y escéptica en los políticos que actualmente descuellan en las filas partidarias y aun en el marco de la vida nacional; pero, también es posible que encuentren campo propicio en los ciudadanos conscientes, que aunque se hallen en altas posiciones no dejan por ello de buscar en medio de la opinión, nuevas voces de aliento, estímulos reconfortantes y palabras sabias que orienten sus espíritus en esas horas inciertas y temibles que aparecen en la historia de los pueblos y que, justamente, en estos momentos nos encontramos atravesando.

El mismo Sr. Presidente de la Nación lo ha dicho en su discurso – programa pronunciado en el Luna Park el 6 de julio de 1937-. “La política no debe ser acción de profesionales que dirijan la vida de los partidos hacia el logro de sus aspiraciones personales”. Y ha dicho más aún; ha expresado en el citado acto que “no es Posible, en la hora grave que vivimos, ser indiferentes a la función política”.

Esta función no es un monopolio del cual sólo han de participar unos cuantos centenares de elegidos. En su expresión más sobria y concordantes con el alma popular, ella debe ser el campo experimental donde el ciudadano pone a prueba sus aptitudes, capacidad y sinceras aspiraciones de ser un elemento eficiente y necesario en la función política de que habla el Primer Magistrado, para el mejor desempeño de todas las tareas que incumben al Estado.

Entre los cursos que forman el bagaje de enseñanza en las escuelas comunes o primarias, figura uno sobre Instrucción Cívica; pero éste no basta para formar la conciencia del ciudadano de mañana.

En noviembre del año 1935 publiqué un proyecto de Escuela de Educación y Cultura Política ([1]) que voy a permitirme insertar para mejor documentar mis preocupaciones en este género de actividades, de las cuales, como ya dije, me he mantenido al margen en el sentido de una actuación personal. Dice así:

“El problema político de los pueblos va tornándose cada vez más insondable a causa del relajamiento gradual que ha venido sufriendo la política. Es hora ya, de que los dirigentes de todas las grandes agrupaciones de esa índole, hagan un alto en su constante batallar por la conquista de posiciones públicas y se apresten, con serenidad y cordura, a hacer una revisión de sus valores, actos y palabras. Nadie ignora que existe un gran desequilibrio entre la masa política y sus dirigentes, pues la primera obedece, simplemente, a las sugestiones de estos últimos.

“Las deficiencias que adolecen los partidos políticos, van ahondando cada día más los resentimientos entre los partidarios de diversas tendencias y éstas son ya lo suficiente visibles a la opinión pública como para que el problema sea encarado decididamente, a fin de conjurar el mal en sus propias raíces.

“Se dirá: ¿En qué forma puede ser realizado ese milagro?

“Los problemas muchas veces dejan de resolverse, no porque sean difíciles o insolucionables, sino porque se carece del valor y grandeza de alma necesarios para encarar las soluciones que el mismo problema invita a adoptar a los hombres.

“Se han ensayado ya muchos sistemas, muchos métodos, e intentado infinidad de reformas que en el orden político pudieran redundar en un cambio favorable para los intereses partidarios; pero, los resultados han sido siempre los mismos, sin que se haya llegado hasta el presente a una conclusión práctica y digna de servir de ejemplo a los demás.

“Es necesario dar al pueblo bases para que no sucumba luego por la falta de recursos técnicos, en el laberinto de las circunstancias que surgen a raíz de sus actividades políticas internas.

“Los partidos políticos se forman unas veces en torno de personas que asumen la dirección de los mismos, y otras, por un movimiento de opinión que agrupa en el vórtice de las aspiraciones comunes, una gran cantidad de individuos aprestados a sostener decididamente sus postulados o ideales políticos.

“Los medios que utilizan los distintos partidos para conseguir prosélitos son harto conocidos y no vale la pena mencionarlos. Se ha visto cómo emerge de la incógnita masa una porción de seres que sin la debida ilustración, experiencia y cultura, son llevados por entusiasmos pasionales a ocupar altas posiciones públicas o representativas. De ahí que se relajen luego los resortes orgánicos que funcionan movidos por constituciones sanas y nobles.

“Esto acontece porque no se ha señalado a las agrupaciones políticas, una norma, una disciplina, una educación esencial para que sus componentes puedan llegar a ser aptos y eficientes colaboradores, cuando la oportunidad requiera de ellos una cooperación patriótica y digna en el seno del gobierno, del parlamento u otras posiciones públicas de estricta responsabilidad.

“Es hora ya de pensar en instituir en cada nación libre, que quiera llegar a altos designios, una Escuela de Educación y Cultura Política, abierta a todos los ciudadanos del país, sin excepción.

“A semejanza de las disciplinas universitarias, esa escuela podría tener un programa de estudios que abarcase hasta el bachillerato en ciencias políticas.

“Con seguridad que se cometerían así menos errores en la selección de los candidatos y se refrenarla un tanto la ambición que tiene la mayoría de los políticos, desde sus comienzos, de llegar a ser Presidente de la República o de ocupar altas posiciones con miras no siempre a la altura de la responsabilidad que tales cargos exigen.

“Establecido un vasto programa que comprendiese los conocimientos indispensables para investir de aptitudes inobjetables a los futuros políticos, la Nación contarla con hombres de carrera, quienes sabrían desempeñarse a entera satisfacción de su pueblo, con lo cual se evitaría el lamentable espectáculo que presenta el panorama político, no sólo en los momentos preelectorales sino y lo que es más sensible en las deficiencias que suelen observarse en las actitudes de los gobernantes, como tantas veces ocurre en la vida de los pueblos.

“Un programa bien definido que orientara en forma clara y precisa el desempeño de cualquier misión o cargo político, constituiría toda una solución al problema que se busca resolver por tantos medios.

“Podrían señalarse como base de la educación y cultura política, los siguientes cursos:

  • Enseñanzas elementales de política. Ética política.
  • Enseñanza parlamentaria. Enseñanza administrativa.
  • Historia política de los pueblos (métodos, reformas, resultados, cte.).
  • Política interna.
  • Política internacional. Urbanismo.
  • Oratoria y propaganda política. Actos electorales.
  • Materias diversas sobre competencia política, etc.

“El cuadro de profesores debería estar formado por políticos de sana reputación, cuyas tendencias fueran de mayor consideración, y de igual modo las mesas examinadoras, prohibiéndose toda referencia partidaria dentro del recinto de esa institución nacional.”

Desde luego, el proyecto expuesto no es más que una simple enumeración de puntos que podrían servir de base para un proyecto definitivo. Sólo he querido sugerir con el planeamiento enunciado, una conducta a seguir con descontadas probabilidades de éxito para el futuro político de la Nación.

Más que nada, la iniciativa tiende a desterrar de nuestras prácticas al comité como escuela política, pues nadie ignora que allí, en esos ambientes viciados por las pasiones, se forman la mayoría de nuestros hombres de Estado y funcionarios de gobierno, con la rémora del lastre caudillesco.

Pienso, decididamente, que es en la cátedra donde el político de buen cuño habrá de hacer obra fecunda, instruyendo a las juventudes más que con discursos fogosos, con aquella prédica sana que abre el alma del ciudadano e inflama sus sentimientos de fervor patriótico, puro y generoso.

Es ahí, en esa Escuela de Educación y Cultura Política, donde el instructor, aparte de guiar a los aspirantes hacia el buen sentido de las cosas que conciernen a la acción pública y privada de los hombres de nuestro pueblo, los llevaría a compenetrarse de los problemas que preocupan al país, estimulando el discernimiento a fin de que cada uno, por sus propios esfuerzos, alcance más tarde a colocar su grano de arena en la obra que cumplen las generaciones para el mayor engrandecimiento de la patria.

Se obligarla así a pensar a los hombres del mañana que aspirasen descollar con méritos en el escenario de la vida nacional, incitándolos al esfuerzo individual, a la iniciativa y producción en materia de perfeccionamiento y manejo prudente y honesto de la cosa pública.

Cuántos elementos valiosos podrían salir de esas aulas y cuántas soluciones se hallarían en ese laboratorio, en el cual la competencia y la selección, en pleno apogeo de una rivalidad moral, habrían de hacer florecer no pocas ideas verdaderamente luminosas en la mente de los que aspiraran a desempeñarse allí donde la Nación requiera sus servicios, que luego ha de premiar llevándolos a posiciones de mayor responsabilidad.

También seria un freno constante para la juventud que quisiese participar en las lides políticas, puesto que la comprensión y capacitación obtenidas por las disciplinas que regirían en esa Escuela de Educación y Cultura Política, predispondrían su espíritu a una mayor conciencia de las situaciones y no se dejaría arrastrar tan fácilmente por la seducción de las deslumbrantes perspectivas que cada posición partidaria presenta a los ojos de los que entran bajo la acción del proselitismo electoral.

El político debe ser, en la verdadera acepción de la palabra, según mi concepto, un hombre dinámico, de inteligencia lúcida, amigo de la investigación y del progreso, de un complejo psicológico resistente a todos los contrastes de la vida pública, principalmente en su acción de gobernante.

Del comité salen a menudo hombres inflados, abúlicos, codiciadores de cargos públicos con altas remuneraciones, pero sólo para mandar, pues les fastidia toda idea de trabajo. Su ocupación favorita ha sido siempre y seguirá siendo, la de charlar; “hacer política”, de lengua afuera; darse importancia con los de abajo y halagar el oído de los de arriba, salvo raras excepciones en que prevalece el espíritu de lucha, de organización, asistido por patrióticos anhelos.

Soy de opinión que la cultura cívica de nuestra Nación, debería alcanzar a los comités, transformándolos en centros respetables de reuniones partidarias, donde los ciudadanos que tomen contacto con sus correligionarios, no se sientan defraudados al advertir una apreciable contradicción entre los pulidos discursos de los candidatos y las toscas palabras y no menos deslucidos modales de los que allí concurren durante las campañas políticas.

Por lo general, los partidos han carecido de ideales fijos o, en el caso de haberlos tenido, éstos se esfumaron no bien triunfaron las fórmulas electorales. Durante más de veinticinco años he escuchado de labios de los más calificados políticos, casi idénticos proyectos y una singular coincidencia en sus pensamientos, expuestos, por lo general, en discursos de circunstancia más que en escritos que contuvieran el resultado de meditados y prolijos estudios sobre los problemas que afectan al país.

Los presidentes argentinos la historia lo testifica han hecho obra de gobierno acudiendo a sus inspiraciones íntimas y orientados por sus propias iniciativas, más que siguiendo rutas, ya que éstas brillaron por su ausencia en los estandartes partidarios.

Sin embargo, pese a todos los buenos propósitos de los gobernantes, pese al clamor público y a las erogaciones inmensas que significan para el país los puestos nacionales, los gobiernos no han podido quebrar esa resistencia, activa y pasiva a la vez, tenaz y abrumadora, que ofrece la demagogia, inseparable compañera de la burocracia.

¿Quién la fomenta? El mismo nombre lo dice: empleos públicos. He ahí el ideal único e insustituible detrás del cual han marchado hasta hoy las multitudes como rebaños al redil. ¿Qué ciudadano no se siente atraído y con derecho a ocupar esos puestos de pocas horas de trabajo y sueldos crecidos?

Cuando el Estado exija un mayor rendimiento a los empleados públicos, haciendo primar la competencia a la cuña política, se habrá dado un gran paso y más de una repartición se verá raleada de escribientes y mejor atendida por los que supieran entender sus obligaciones. Pero con harta frecuencia vemos que los jefes de grandes reparticiones, como los gobernadores de provincias, plagan de parientes el Presupuesto, y si algunos puestos les sobran, los reparten entre los caudillos que palanquearon sus candidaturas o les sirven de dóciles instrumentos para su manejos administrativos o políticos.

No hay duda que con mal disimulada sorna, dirán los aludidos que “la caridad empieza por casa”. olvidando que en este caso crean de hecho una situación incómoda y peligrosa a la moral pública e infligen un serio agravio a la economía o erario, ya que no tenemos aquí castas privilegiadas a quienes les esté concedido el derecho exclusivo de gozar y explotar el patrimonio nacional. Y si todo ciudadano tiene idénticos derechos, resulta que de tal postura deriva una disputa interminable, pues cada “mandón” que asume una jefatura de esa jerarquía, hace suya la máxima y manda a paseo a los familiares y favorecidos del que le precedió. Errores de nuestras prácticas políticas que ni las lecciones del pasado ni las experiencias del presente han logrado aún extirpar de raíz.

No se concibe, pues, en la Argentina por lo menos, que el proselitismo tenga algún éxito si no es en base a ofrecimientos, ventajas inmediatas, promesas que sugestionan; de ahí que entre los pliegues que dibuja la sonrisa irónica de los “generosos” distribuidores de puestos, se deje entrever a los votantes la perspectiva de acercarse al, “palenque” y beneficiarse con la influencia de los caudillos.

Ese apego febril de las masas ciudadanas, hasta cierto unto estimulado por los caudillos, a cifrar todas sus esperanzas en la Administración Nacional, de la que por años, a expensas de ella, hacen su modus vivendi perjudicando, indiscutiblemente, los intereses de la patria esa misma que a pleno pulmón y en ardiente prédica política declararon defender y engrandecer -, no existiría si los gobiernos se preocuparan de dar al ciudadano otra cultura, otra instrucción o preparación, la que haría de él un hombre a  o para desempeñarse en las múltiples labores que le ofrecen diferentes medios de ganarse honradamente el pan. ¿No es, acaso, una vergüenza que la mayoría de los comercios prefieran empleados extranjeros a los hijos del país? ¿Por qué el ciudadano argentino encuentra más difícil la vida que cualquier extranjero, gozando éste de prerrogativas que se le niegan a aquél? Es que al argentino le falta, en este caso, lo que, por lo general, le sobra al extranjero: capacidad y disciplina. En cambio, abundan en él la pretensión, la exigencia y la despreocupación por los intereses de la casa donde trabaja.

Un escaso porcentaje de jóvenes se inclina por el aprendizaje de oficios o especialización en las diversas ramas de la actividad común. Con excepción de los que siguen alguna carrera, los demás, mayoría siempre, abandonan sus estudios y si no tienen parientes o amigos influyentes que les aseguren un puesto dependiente del Presupuesto, comienzan su odisea en busca del mismo, llevando recomendaciones de un lado a otro, hasta que al fin, “si la buena estrella” no los abandona, encuentran alguna ubicación; de lo contrario, terminan por convencerse de que la vagancia es perjudicial para la salud y el porvenir.

Todo esto y cuanto al respecto vengo diciendo, evidencian la necesidad ineludible de crear una Escuela de Educación y Cultura Política, que, bien regida y con las exigencias del caso, prepararía el alma ciudadana creando aptitudes dignas y aspiraciones más justas sobre las cuales las juventudes habrían de labrar su porvenir y el de la patria. La burocracia y la demagogia recibirían un rudo golpe y la argentinidad, un enorme beneficio.


[1] Artículos y Publicaciones. (Recopilación) (1937)

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González Pecotche: Demócrata y Humanista – Capítulo V: El Ser Individual y el Ser Colectivo

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.

 Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999
  1. Individuo y sociedad.
  2. El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.
  3. Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

1-. Individuo y sociedad.

La concepción de González Pecotche acerca de las relaciones del individuo y la sociedad no evidencian inclinación en favor de alguno de esos dos términos de la cuestión.

Su indeclinable propósito de que el hombre supere sus calidades morales, intelectuales y sicológicas, no le inhiben pensar en la proyección que esas mismas calidades –superadas en la medida de las posibilidades de cada quien- deben tener sobre el cuerpo social. Dicha superación permitirá sobreponerse a la indiferencia y al egoísmo.

Y, a su vez, la sociedad (y particularmente el Estado, en su representación jurídico-política de la misma), debe propiciar el desenvolvimiento de la individualidad, fomentando y no trabando el desarrollo del libre albedrío de la persona y sus manifestaciones externas.

Uno y otro propósito requieren el marco de un régimen democrático.

2-. El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.

“La postguerra será un proceso que convendrá cuidar con extrema atención y firme voluntad para que la humanidad no sufra un colapso que podría ser de fatales consecuencias. Ese proceso abarcará todos los cambios y transformaciones que tienen que operarse en el futuro inmediato y mediato, y, se sobreentiende, habrá que dirigirlo con el máximum de energía e inteligencia hacia una superación efectiva, hacia una evolución realmente consciente, en la que cada ser humano se sienta responsable no sólo de sus actos sino también de los de toda la humanidad, de la cual forma parte; siendo así, se creará un verdadero espíritu de confraternidad, de comprensión, de colaboración, de paciencia, tolerancia y justicia”.

“Uno de los grandes problemas, quizá el más grande, es, y seguirá siéndole hasta tanto se solucione, el creado entre el ser individual y el ser colectivo, o sea, entre el individualismo y el colectivismo, que termina en lo que ha dado en llamarse estatismo, lo cual, en resumen, es la absorción del individuo por el Estado”.

“…Privar al ser humano de sus naturales prerrogativas, de los alicientes y estímulos del libre albedrío, es arrancarle lo mejor de su existencia…”

“Quitar al hombre tales prerrogativas es postrarlo en una muerte moral y condonarlo a una consunción psicológica y mental. Las grandes democracias y los pueblos libres que hoy luchan por mantener intactos los principios fundamentales de la existencia humana así parecen haberlo comprendido”. [1]

3.- Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

Sabemos que el individualismo y el colectivismo han sido ideados o concebidos como dos fórmulas para ordenar la convivencia humana. En el pensamiento común, generalmente aparecen como contrapuestos.

En el pensamiento de González Pecotche, se hace una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo, a saber: “Debe existir un equilibrio de convivencia, un equilibrio de comprensión entre el individuo y la sociedad. Entendemos que el individualismo ha de evolucionar hasta su máxima expresión, propiciando el encuentro conciliatorio con el colectivismo, y del mismo modo éste, ir al encuentro del individualismo sin absorberlo ni pretender privarlo de sus derechos, prerrogativas y libertad de producción. Si las funciones sociales del individuo deben tender al mejoramiento de la colectividad, las funciones de ésta han de tender al mejoramiento de cada uno de sus miembros, desde que cada uno, individualmente, tiene su fisonomía propia, y en la suma de sus valores y cualidades debe hallarse, mediante la libre expresión de sus pensamientos y de su acción, su mejor aporte a la sociedad.” [2]

Sentimos que el equilibrio, la ecuanimidad y la equidistancia invariable entre los extremos, es una característica esencial del Pensamiento de González Pecotche.

Esto se refleja también en las transcripciones que anteceden. De ellas fluye, asimismo, la índole humanista de su concepción al evidenciar su preocupación por la libertad y el libre albedrío del hombre, al par que se remite, para la superación efectiva de éste, a la necesidad de que se produzca una evolución realmente consciente, que es, en definitiva, su gran ideal.

(Ver en el capítulo siguiente, el título: “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente).

* * *

[1] Revista Logosofía N° 51, marzo de 1945 y Colección de la revista Logosofía tomo V, pág. 105 y ss.

[2] Revista Logosofía Nº 26, febrero de 1943

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González Pecotche: Demócrata y Humanista – Capítulo IV: Concepción de lo Social-Económico.

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.

Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999
  1. El capital no existe.
  2. Los peligros del estatismo.
  3. Estatismo y liberalismo económico.
  4. El capital en formación.
  5. El problema social es la preocupación básica de la hora presente.
  6. Evolución del concepto sobre los problemas sociales.
  7. El problema social y sus soluciones.
  8. Sobre industrias y comercios de tipo medio.
  9. Las demandas sociales.
  10. Aspectos de la educación del obrero.

1.- El capital no existe.

Hemos tomado este título, tan sugestivo, para comenzar este capítulo. En él se encuentran consideraciones de mucho interés y, a nuestro entender, no exentas de originalidad. Trataremos de referir sus principales aspectos.

Considera que “solo existe el trabajo como hecho cierto” y hace una clasificación del mismo en trabajo superior e inferior.

El trabajo superior o el de la inteligencia sería el que reemplaza a lo que se acostumbra denominar capital; es el que corresponde a la inteligencia y está a cargo de las jerarquías en la actividad industrial y comercial, etc. El trabajo inferior o mecánico corresponde a los empleados y obreros de rutina. En uno y otro plano, todos son trabajadores, todos son obreros.

Según se desprende del artículo, no hay un monopolio de la palabra trabajo o trabajador a favor de ninguna clase social.

Y hace hincapié en lo siguiente: dicho trabajo inferior “es compensado en la medida de lo que cada uno produce como esfuerzo personal…pues no puede estimarse de acuerdo al resultado producido, ya que éste es consecuencia del producto de la inteligencia puesta al servicio del obrero para que éste pueda   desempeñarse en sus funciones de tal”.

Insiste más adelante, que el verdadero capital es la inteligencia. Así, afirma: “El volumen del capital estará siempre en relación con el grado de cultura de la inteligencia.”

Luego entra en ciertos discernimientos que nos parecen de utilidad para la debida comprensión de las relaciones entre lo que habitualmente se denomina capital y trabajo. Expresa que “una inteligencia desarrollada exclusivamente para el lucro, se pervierte, desnaturalizando su verdadera función.”

Y entonces refiere a quienes “ocupando posiciones en el plano del trabajo superior, forman un quiste social, siendo precisamente éstos, los verdaderos explotadores de la sangre humana”. Los llama la “raza usurera”.

Cierra este enfoque lamentándose que “sean confundidos con los que actúan en el trabajo superior con nobles propósitos y humanitarias miras”. [1]  (Los destacados son nuestros).

Vemos una total independencia y ecuanimidad en el juicio, dando a cada cual lo suyo. Se percibe además, la línea evolutivista, humanista, que es invariable en el Pensamiento de González Pecotche (en el Capítulo VI nos detendremos en el concepto logosófico de humanismo).

2.- Los peligros del estatismo.

Nada hay que afecte más la economía y progreso de un pueblo, que la absorción, por parte del Estado, de lo que podríamos llamar las verdaderas fuerzas vivas del país, o sean las fuentes privadas de producción, so pretexto de que, la administración nacional requiere controlar y regular las actividades comerciales o movimientos financieros del capital privado.”

“Si recorremos los anales históricos en los que aparecen las épocas más prósperas y felices de los pueblos, sin dificultad alguna advertiremos que la paz ha reinado en ellos cuando los gobiernos, en vez de trabar u obstaculizar la iniciativa privada, la han estimulado garantizando el trabajo libre y sano de los hombres…”

“Las autoridades de cada nación democrática, en la que aún se respire el aire puro de la libertad sana y constructiva, deben pensar que jamás el Estado podrá hacer rendir a un hombre lo que éste, estimulado por las perspectivas de su triunfo, puede rendir, y no olvidar que su trabajo, unido al de todos los demás, es el que cimenta las bases más sólidas y duraderas de una nación”.

“¿El auspicio al esfuerzo privado, no es, acaso, el que atrae los capitales del mundo entero para que se inviertan en el país y se agigante el progreso de la nación, haciendo florecer las industrias? ¿Qué capital extranjero podrá confiar en establecerse allí donde el estatismo todo lo absorbe y lo esteriliza?”

“Piénsenlo esto bien quienes tienen en su poder el destino de los pueblos jóvenes de América y encontrarán que el camino a seguir es uno y único, el del respeto al patrimonio y esfuerzo particular, por ser éste y no otro, el que contribuye con mayor eficacia al engrandecimiento y prosperidad de toda nación civilizada”. [2]

3.- Estatismo y liberalismo económico.

La posición de González Pecotche respecto de los temas que venimos encarando, se define en un punto de equilibrio, a saber: “Liberalismo comercial e industrial como principio, para que el Estado no sojuzgue al particular, pero estatismo cuando sea necesario, para evitar que los consorcios y combinaciones capitalistas desvirtúen las leyes naturales y provoquen estados injustos e incompatibles con una sana economía…”[3]

Pensamos que resulta destacable que González Pecotche haya escrito sobre los peligros del estatismo en la década de 1940, cuando las tesis intervencionistas gozaban de gran predicamento. A nuestro modo de ver, su pensamiento también fue precursor en este terreno.

Por otra parte, establece un razonable y necesario punto de equilibrio entre el liberalismo económico y el intervencionismo estatal, debiendo éste actuar a fin de evitar la negativa influencia de los cárteles, trusts, etc., etc., sobre la vida económico-social de una nación.

4.- El capital en formación.

“…estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mundo de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.”

“El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.” [4]

Las razones esgrimidas por González Pecotche en favor del capital en formación, en este artículo del año 1945, también nos hacen pensar en el carácter precursos de su figura.

¿Qué diferencia sustancial hay entre esas razones y los argumentos que hoy día militan a favor de la pequeña y mediana empresa? Acaso la diferencia pueda encontrarse en la terminología empleada, pero en lo sustancial, armonizan.

5.- El problema social es la preocupación básica de la hora actual.

Este título de mayo de 1945, cobijó unas consideraciones importantes –y si se quiere, originales- de González Pecotche.

Empieza por concretar lo que se entiende por problema social, esto es, “cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre”.

Señala que, a su juicio, “el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz”, es “la indiferencia con que los que son ayudados reciben las mejoras que se les brinda”, posición que los lleva a pensar que es una obligación de quienes les confieren las mejoras, “sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido”.

Agrega: “Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general…” Esto crearía “una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva”.

Cierra el artículo diciendo: “Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo”. [5]

Cuando comentamos “El capital no existe” al comienzo de este capítulo, dijimos que encontrábamos una total independencia y ecuanimidad de juicio en González Pecotche, cuando encara el problema social.

A lo largo de muchos de sus artículos sobre este tema, advertimos su ideal humanista, procurando que, partiendo del nivel socio-económico en que se encuentre cada hombre o mujer, pueda superarse en sus cualidades morales e intelectuales.

Extendemos estas consideraciones en particular, a los títulos que siguen: “Evolución del concepto sobre los problemas sociales” y “El problema social y sus soluciones”.

6.- Evolución del concepto sobre los problemas sociales.

Con total independencia de juicio –como siempre se caracterizó- González Pecotche, bajo el título precedente, expresó, entre otros conceptos, los que se transcriben seguidamente: “Se impone en esta hora una nueva concepción de los problemas sociales, en base a una mutua estimación de los valores, necesidades y merecimientos. Se hace indispensable una revisión completa de las leyes obreras encaminadas a perfeccionarlas, a fin de que las propias masas directamente interesadas se esfuercen en ser cada día más eficientes y útiles a la sociedad de la que son parte inseparable, así las ideas, como las costumbres y las demandas que formulen habrán de merecer las más justas apreciaciones del sentir general”.

“Para todo ello será necesario alcanzar la comprensión de que las posiciones que los trabajadores obtienen en la vida, ya por méritos personales, ya por ayuda ajena, deben ser no sólo mejoradas sino mantenidas por el propio esfuerzo y capacitación, desde que no es nada justo que el cuidado de las situaciones particulares queden a cargo exclusivo de los más aptos, de los que más se preocupan en conservar lo que tanto les costó obtener”.

“Lo esencial es que cada uno, sin excepción, contribuya a que la paz se afiance en las naciones, y especialmente en la gran familia humana, a fin de que los problemas de toda índole que a diario surjan, puedan ser resueltos con serenidad, con claro discernimiento, y una amplia concepción de la justicia en sus dos inseparables columnas: el deber y el derecho de cada ser humano. De hecho se desprende que los que más pueden y tienen, deberán contribuir en mayor proporción a que el mundo vuelva por los cauces de la normalidad, aminorando y aún eliminando los riesgos que pudieran sobrevenir acerca de un nuevo estallido en el futuro, cuyos estragos serían incalculables” (diciembre de 1945 – los destacados nos pertenecen-).[6]

7.- El problema social y sus soluciones

Refiriéndose al problema planteado por las masas obreras y sus reivindicaciones, y tal como lo hemos dicho en otra parte de este trabajo, expidiéndose con total independencia de juicio, expresó: “…un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.”

“En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente a las de menor cuantía que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros el propender a la mejor marcha de los negocios ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace pues necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.” [7]

En los fragmentos que precedentemente se han transcripto, se puede verificar, una vez más, el propósito evolutivista del filósofo que nos ocupa. Su concepción del hombre y la humanidad, va mucho más allá del aspecto económico. La atención de este aspecto, obviamente necesaria, no será razón suficiente para el bienestar individual y social, si no se estimulan la instrucción y la responsabilidad, esto es, factores educativos y morales.

8.- Sobre industrias y comercios del tipo medio.

“Nos referimos a esos nobles y virtuosos hombres de trabajo y de ingenio que forman lo que hemos denominado el tipo medio de industriales y comerciantes.”

“En efecto; mientras por una parte la masa obrera es favorecida con las mejoras recibidas, y los grandes capitales, o sea los grandes comercios y las grandes industrias, no sufren mayormente el latigazo de los gravámenes, por la otra, los industriales y comerciantes de tipo medio, que son los que trabajan sin descanso con sus pequeños capitales y los que al par que mantienen con honorabilidad a sus familias asegurando su equilibrio económico, ayudan a que muchos hogares puedan ser sostenidos por los hombres a quienes dan tra­bajo y a quienes impulsan a adelantar en sus puestos de labor, en­caran situaciones en extremo difíciles.”

“La masa obrera, que por su número constituye toda una fuerza a la que no es posible pasar por alto, tiene, por virtud de esa fuerza, un medio poderoso para manifestarse, hacerse oír e inclinar en su favor la atención de los magistrados. La pudiente tiene, también, sus medios poderosos de expresión, o sea sus influencias, a las que tampoco pueden permanecer indiferentes los hombres de Estado. Pero esa masa intermedia, ese gran conjunto de hombres de trabajo y de negocio que forma el tipo medio de la sociedad; esa masa de seres de la cual surge la mayor parte de los hombres del pensamiento, de Estado, estadistas; hombres del periodismo, del arte, de la ciencia, es, precisamente, la más desamparada. ¿Por qué? Por­que es sufrida y está siempre temerosa por hallarse emparedada entre dos fuerzas: la masa pudiente y la masa obrera. Sólo le queda un callejón por el cual se ve obligada a marchar, sin que hasta el presente haya podido dar con esa nota tónica que derrumba muros y rocas, cuando encuentra el eco salvador.” [8]

* * *

Vuelve González Pecotche sobre el tema de las industrias y comercios de tipo medio, sobre lo cual escribió en julio de 1945.

Nos remitimos al otro título de este mismo capítulo: “El capital en formación”, por entender que son complementarios.

9.- Las demandas sociales.

Bajo el título “El problema social-económico”, en julio de 1947, González Pecotche vierte una serie de consideraciones fundamentales sobre el tema, de las cuales transcribiremos las siguientes:

“Todo es justo y aceptable mientras las sanas aspiraciones convergen en metas realizables que no exceden la capacidad matriz que dispensa los márgenes tolerables. Es esto una ley intransformable, como lo es cada ley que gravita sobre la conservación del mundo y de las especies que lo pueblan. No se pueden vaciar, pues, las arcas de una industria y exigir, al mismo tiempo, que ésta se sostenga en sus finanzas. En tales condiciones la industria se resiente, se debilita y quebranta. Y una vez exhausta la caja, se apagan las llamas que alimentaban a una cantidad de hogares, paIidecen las esperanzas, se esfuman todas las ventajas y se vuelve al punto de partida para empezar de nuevo. Es la eterna y lapidaria sentencia: “No matar la gallina de los huevos de oro”, cuyo olvido ha estrellado a tantos contra una realidad de la que nadie escapa ileso.”

“…la libre competencia y el aumento de producción es lo único que instantáneamente, como por obra de magia, hace bajar los precios sin necesidad de que los gobiernos deban recurrir a ningún expediente. Hacer, pues, que afloren las actividades comerciales en marcha ascendente de pro­greso, sin trabarlas en su desenvolvimiento, es propiciar la abun­dancia, que colma todas las necesidades. Encarar la solución de modo adverso, sería encajar una de las ruedas que sostiene el peso de la enorme carroza estatal, mientras la otra gira velozmente en el aire, aparentando marchar muy bien, aunque sin lograr avanzar una pulgada del sitio donde se encuentra.” [9]

* * *

El pensamiento de González Pecotche tiene, en todas sus manifestaciones, una fuerte impregnación moral. Siempre exalta la responsabilidad de los actores sociales y así como fue severo al enjuiciar a los grandes capitalistas que olvidan sus deberes para con la sociedad (“la raza usurera”, les llamó), también reiteradamente llama a responsabilidad a las masas obreras y señala una y otra vez el tratamiento que deben merecer para su mejoramiento.

Bien se comprende que la solución del problema social no pasa solamente por lo económico. Antes y después, hay temas educativos en lo personal y de capacitación laboral, que resultan fundamentales (nos remitimos al título que sigue).

10.- Aspectos de la educación de obrero.

Los fragmentos que se transcriben a continuación, evidencian el énfasis que pone González Pecotche en los aspectos morales y educativos cuando refiere a los problemas sociales.

“…no hay ser humano que pueda quebrar la inexorabilidad de las leyes. Por más poderoso que sea, jamás podrá poner en un recipiente más agua que la que éste sea capaz de contener; la que exceda se derrama inevitablemente. Del mismo modo se derramará, porque es inevitable, toda mejora que sobrepase los límites de la capacidad humana de comprender y aprovechar dicha mejora sin hacer derroche de ella. De ahí que sea tan necesario, como lo hemos predicado siempre, que paralelamente a la ayuda que se alcance a las clases obreras, se las instruya para que sepan usar y no abusar de la misma…” [10]

“A nuestro juicio –agrega en otro lado-, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.”

“Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.” [11]

Reitera que las “mejoras del asalariado deben consistir, más que nada, en estímulos al estudio y en el propiciamiento de los deberes morales y sociales”, agregando que los “derechos y los deberes son dos rieles paralelos que, sin juntarse nunca, hacen deslizar en marcha ascendente la máquina del progreso.” (Los destacados son nuestros). [12]


[1] Revista “Logosofía” Nº 23, noviembre de 1942

[2] Revista “Logosofía” Nº 11 de noviembre de 1941

[3] “Nueva Concepción Política”, 1940, págs.59 y 60.

[4] Revista “Logosofía”, N° 54, junio de 1945

[5] Revista “Logosofía”, N° 53, mayo de 1945

[6] Revista “Logosofía” N° 60, diciembre de 1945

[7] Revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946.

[8] Revista “Logosofía” N° 67, julio de 1946

[9] Revista “Logosofía” N°  78, junio de 1947

[10] Revista “Logosofía” N°  78, marzo de 1947

[11] Revista “Logosofía” N°  13, enero de 1942

[12] Revista “Logosofía” N° 39, agosto de 1944

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El capital en formación – Su realidad actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 54, junio de 1945

Cuando los gobiernos adoptan medidas con el propósito de resolver las tantas situaciones que se crean a todo pueblo o nación en su constante desarrollo político, social y económico, por lo general no contemplan, muchas veces por la premura con que deben solucionar esas situaciones, todos los aspectos y detalles que forman el problema. Y de ahí también que, con frecuencia, tales medidas resultan insuficientes y aun contrarias a los propósitos del gobierno. Para confirmar esta observación podrían citarse infinidad de casos. En nuestro país tenemos, por ejemplo, el impuesto a las ganancias excesivas, digno, por la importancia que reviste, de ser enfocado teniendo presente su origen, es decir las razones que motivaron su adopción.

Es indudable que el pensamiento que animó a los hombres que dispusieron la aplicación de tal medida fue el de hacer que el capital privado ofreciera un concurso mayor para solventar la carga pública, ya que el impuesto a los réditos parecería haber sido de escaso rendimiento. Visto así, sin profundizar y sin que la práctica haya puesto aún de manifiesto algunas fallas que en esa medida existen, ella aparece como muy natural y hasta cierto punto, lógica. Empero, se advierte que no se tuvo en cuenta, posiblemente por razones de urgencia en resolver este asunto, el alcance y el grado en que podrían ser afectados los intereses de unos y otros.

El capital tiene sus jerarquías, según las cuales desempeña funciones diferentes conforme a las cifras a que asciende. Lo razonable habría sido, pues, como primera providencia, clasificar el capital en dos categorías. La primera correspondería a las sumas que ascienden a uno, dos y aún cinco millones; la segunda, cinco millones en adelante. Tendría que hacerse todavía una nueva clasificación, dividiendo en dos los capitales comprendidos en la primera categoría. El capital estabilizado entre uno y cinco millones, vale decir, el capital ya formado, cuya estabilidad está asegurada, sería el primero en esta clasificación; el segundo lugar correspondería a los capitales en formación, desde los mil pesos hasta el millón, de los cuales hay un número apreciable.

Pues bien; estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden, desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mando de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.

Se ha de advertir, por consiguiente, que a las dificultades y contratiempos de toda especie que el capital en formación debe afrontar, más las cargas impositivas que a ello se suman, se agrega el tronchamiento de una buena parte de sus beneficios, lo cual, indudablemente, debilita las fuerzas que sostienen al mismo durante las luchas que ha de entablar para no sucumbir ante las situaciones adversas.

El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.

En resumen; los grandes capitales, que sin mayores perjuicios estarían en condiciones de ofrecer un concurso más amplio para solventar la carga pública, son, justamente, los menos afectados con esta medida, ya que su mismo volumen mantiene equilibrado el rendimiento; en cambio, los capitales en formación, tal como queda evidenciado a través de las reflexiones hechas, son los que deben soportar, en detrimento de su propio desarrollo, el mayor peso de los impuestos y gravámenes. Sería, por tanto, muy justo que se tuviera en cuenta lo que significan estas observaciones que formulamos sobre tan importante asunto.

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El problema social y sus soluciones

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946

Al hablar del problema social se entiende de inmediato que es del que atañe, en su casi totalidad, a la clase menos acomodada de la sociedad, es decir, a la llamada clase obrera o proletaria.

Nunca como en la época actual este problema se ha hecho ­más agudo en todos los puntos de la tierra, tanto, que la agitación que promueve su constante discusión mantiene a los pueblos en una especie de crisis de principios que lleva la inquietud a todos los espíritus. Las masas obreras reclaman mayor compensación del trabajo mediante salarios más elevados a fin de alcanzar una situación que les permita vivir en forma holgada, y, por otra parte, aspirar a que se les asegure la estabilidad en sus empleos. Este es un asunto que viene debatiéndose desde hace mucho tiempo sin que hasta el presente se haya logrado una solución que ponga punto final a tan zarandeada cuestión.

Es indudable que cuando se encaran problemas de esta natu­raleza surgen dificultades de toda índole que parecerían dar por tierra con los mejores intentos y propósitos de quienes desean de buena fe lograr la ansiada solución de los mismos. Pero es el hecho que son muchos los factores que concurren a determinar su insolubilidad. Así, por ejemplo, tenemos que en la industria y el comercio, salvo en las empresas muy importantes, se sufren constantes oscilaciones que directa o indirectamente, o mejor dicho ine­vitablemente, terminan por afectar a las mismas masas obreras, quedando el problema social aún sin resolver, pese a las subas fre­cuentes de salarios, pues la experiencia ha demostrado que el mayor costo de la vida hace ilusorias las mejoras obtenidas.

A propósito de esto, bueno es recordar lo que se hace en Inglaterra, donde existen empresas como las del teléfono, por ejemplo, que dan trabajo a infinidad de obreros para que confeccionen en sus respectivos hogares diversas clases de piezas, de las miles que necesita la maquinaria telefónica, pudiendo cada uno especializarse en la producción de las mismas y hacer de ello una profesión. Este hecho demuestra cómo un número considerable de obreros podría ganarse el sustento y vivir honestamente con el esfuerzo de su trabajo, cuyo salario podrá ser aumentado por el mismo, ya que haciendo mayor cantidad de piezas, recibirá mayor paga.

Ahora bien; si se contemplan todos los aspectos que el problema presenta, podrá apreciarse, sin gran dificultad, que un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.

En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente, a las de menor cuantía, que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar, entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros, el propender a la mejor marcha de los negocios, ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace, pues, necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.

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Los grandes pueblos necesitan verdaderos hombres de estado.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista “Logosofía” Nº 23 (nov. 1942)

Grecia puede considerarse la cuna de la democracia; pero de aquella democracia de las ciudades helénicas a la del segundo tercio del siglo XX, media un abismo.

Los estados helénicos eran en po­blación y casi en extensión, algo  menos que muchas ciudades de hoy;  y aun, dentro de ellos los ciudada­nos eran pocos y los ilustrados mucho menos. Quitando a los esclavos, ilotas, mujeres, menores y miembros de las clases inferiores, sólo queda­ba un reducidísimo número de personas en condiciones legales de lle­var sobré sí el peso de la cosa pú­blica.

Todos se conocían y todos los  electores podían aquilatar los méri­tos de los elegibles, y la convivencia en la ciudad, la asistencia a las  del Areópago y la participación en los consejos democráticos, como el conocimiento personal  moral privada, las virtudes ho­gareñas, la capacidad para el trabajo de los “candidatos”, permitía mayor trabajó y con muchas probabilidades de acierto, a hombres como Solón, Licurgo y Arístides.

En los pueblos de hoy, con dece­nas de millones de habitantes y con dilatadas fronteras, la elección no es tan fácil, ni las instituciones demo­cráticas pueden adaptarse al molde ideado por Solón para la pequeña ciudad griega.

Elegir a los mejores es el deside­rátum lírico de las democracias, pe­ro además de la virtud, el estadista debe poseer muchas otras condiciones, puesto que sólo con aquélla quedaría cruzado de brazos ante la complejidad de los  problemas de gobierno. Ya no basta para gobernar el “bonus pater familiae”, es menester que un hombre sano, sabio y experto, empuñe el timón.

La moral y la psicología del ver­dadero hombre de Estado debe presentar facetas brillantes y múltiples.

Nadie podrá serlo, si no tiene conciencia de su vocación, que general­mente aparece al promediar la vida y, desde entonces, marcha unida con el ideal político. Al llegar éste a la realidad por medio de la acción, cre­yéndolo valor absoluto y limando asperezas, podrá adaptarlo al medio. El momento impone determinado ideal y el tacto político del hombre de Estado le hace mirar al porvenir y ser desinteresado. El pueblo per­dona todo, menos el interés y la ve­nalidad.

La grandeza de un hombre de Es­tado depende de su voluntad; cuan­do se decida a emprender una obra para el bien del pueblo, la acción tiene que tener la rapidez del pensamiento. El sentimiento de su respon­sabilidad debe tener en él profundo arraigo, y por más que práctica­mente no deba a nadie cuenta docu­mentada de sus actos por mucho que la responsabilidad tenga que diluirse, él ha de considerar que de sí depende la felicidad de su pueblo y obrar en consecuencia.

El verdadero conductor de pueblos tiene una gran fuerza sugestiva. El pueblo le ama, le acata y le sigue por su honradez, por su palabra, por la identificación con sus necesidades y problemas, y por la comunidad de sentimientos con sus conciudadanos. No es posible llegar al pináculo del poder, sin tener un profundo conocimiento de los hombres, sin ser un experto en psicología, sin usar en la medida de lo prudente, el tira y afloja de las negativas o de las con­cesiones, sin conocer a fondo el al­ma nacional y sin introducir en los hombres un espíritu nuevo, basado en ideales puros y con genuina ex­presión patriótica.

No debe abandonarle nunca el sen­tido de la realidad. Por mucho que su ideal le empuje hacia la obtención de altos destinos para su pueblo, jamás debe tratar de ir más allá de lo posible. No puede haber buena conducción sin un pleno conoci­miento del medio nacional; y en es­tas épocas de guerra; de intenso comercio y de problemas de solución universal, el conocimiento del terre­no internacional es también de absoluta necesidad.

La psicología del hombre de Es­tado ha de tener, sus propias pecu­liaridades.

El alma del político tiene caracteres múltiples y contradictorios. Para servir a su país debe encarnar el  momento o la necesidad, política de su pueblo, y su carácter, ya sea el objetivo: frío y científico, ya el subjetivo: apasionado y combativo, debe amoldarse a las exigencias de la   hora.

Su inteligencia tiene que conducir­le hacia un razonamiento reflexivo y práctico, centralizando la acción de su pensamiento en el plano de los grandes enfoques para penetrar con acierto en la substancia de situacio­nes y hombres, pues, de no ser así, le será difícil en determinado  mo­mento, dar con la justa solución. Siempre que la imaginación tenga el freno de la posibilidad, no le acarreará perjuicio dejarla correr. El político tipo analítico, pero sin el contenido práctico y reflexivo a que hemos aludido, es medroso, negativo, crítico y estéril; el sintético, enlaza los ejemplos históricos a la  acción que proyecta para asegurar en lo posible el éxito de sus gestio­nes. Prevaleciendo el tipo sintético, no deben desdeñarse algunos aspectos del tipo antes descripto. Los sis­temas políticos que han perdurado y se han mantenido más tiempo para beneficio de los pueblos que lo apli­caron, son obra de genios de sínte­sis: Solón, César, Richelieu, Bis­mark, Colbert.

La inteligencia del hombre de Estado necesita cultura técnica  profunda  y general, que  tienda  a. diversificarse. Si el político es  docto en varias disciplinas, ten­drá ventajas sobre el que domi­ne una sola de ellas. Ha de conocer la Historia y aplicar sus enseñanzas, y estará mejor pre­parado si tiene ya experiencia  en el mando. El hombre de Esta­do jurista o economista, no debe aplicar rígidamente su teoría, sino la que convenga al país. La teoría rígida, la erudición excesiva, el conocimiento científico o intelectual  unilateral, no convienen al hombre   de Estado, pues le quitan espontaneidad, objetividad e intuición. De­be rodearse de colaboradores hones­tos y capaces, que sepan interpretar  su pensamiento y sugerir con buen tino las mejores ideas.

No puede serse buen conductor de pueblos sin dominar los propios sentimientos. La vanidad es fuerte escollo, puesto que admite aduladores y aleja colaboradores útiles. El verdadero hombre de Estado afronta el riesgo de la impopularidad. La ambición, subordinada a un objeto y a los medios disponibles, es condición de aquél. Su mayor defecto es la  debilidad. Una doble altivez tiene que acompañarle en toda su vida; su pensamiento ha de ser suyo, y no prestado por consejeros de ocasión, en unidad paralela, con su  vocación y su ideal. La envidia y los celos dificultan la acción del político, en tales casos, la mente debe primar sobre el corazón.

 

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González Pecotche Demócrata y Humanista

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista

Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999

(Impreso en talleres Multicolor Limitada – Noviembre de 1999)

Palabras liminares

El propósito de este trabajo es contribuir a la difusión del Pensamiento del filósofo americano González Pecotche, referido a su concepción política y humanística.

Teníamos “in mente” un esquema previo: el de estudiar por separado la condición de demócrata y la de humanista del citado pensador. Pero al ponernos a trabajar sobre el tema, muniéndonos del material logosófico que estuvo a nuestro alcance, vimos que ambas condiciones o facetas se presentan tan estrechamente unidas en González Pecotche, que nos resultó, a nosotros, imposible disociarlas.

Sin la preparación académica ni la especialización que reputamos necesaria para abordar el tema con la debida capacidad analítica, ante un pensamiento tan profundo y diverso como el de González Pecotche, estimamos sí que nos habilita a aproximarnos a él nuestra antigua e ininterrumpida vinculación, ya que Nueva Concepción Política, su obra del año 1940, llegó a nuestras manos cuando cursábamos el bachillerato, época en la cual nos incorporamos como miembro activo de la Obra Logosófica y en la que hoy permanecemos, continuando nuestros estudios logosóficos.

Digamos también que nuestra extensa actuación en Enseñanza Secundaria como profesor de Educación Cívica, nos ayudó a poder concretar este trabajo.

CAPITULO I

Concepción de la Democracia

1.-El régimen democrático
2.- Posición ante las izquierdas y derechas.
3.-Capital Cultural y Estado.
4.- Fuerzas poderosas luchan en el ambiente mental del mundo.
5.- El rumor público: función de la prensa.

1.- El régimen democrático.

Nueva Concepción Política es la obra que, publicada en el año 1940, don Carlos B. González Pecotche dedicó a los argentinos. Su contenido trasciende las fronteras de su patria y en ella encontramos conceptos de validez universal.

“La soberanía política sólo es posible cuando está basada sobre el imperio de las leyes, el respeto a la Constitución y la armonía de los intereses del Estado con los del pueblo.”

La libertad, “que sólo es posible dentro de la estructura democrática del Estado, no debe ser confundida con la licencia y el desquicio. Se impone una democracia política con contenido económico y social, cuya verdadera esencia está en la igualdad de oportunidades y en la supresión de los predominios de grupos; pero no una democracia blanda y vacilante que tolere en su seno los gérmenes disolventes de la demagogia y de la dictadura. No. Se hace toda una necesidad el propiciar una democracia en la cual se asegure, sobre la base del sufragio universal, secreto y obligatorio, la jerarquía por una correcta selección y se apoyen gobiernos que al representar auténticamente la soberanía popular, establezcan una inquebrantable y férrea garantía de paz, orden y progreso. Una democracia que no constituya un término medio entre los extremos de derecha e izquierda, sino una estructuración institucional cuya autoridad legal emanada de la soberanía del pueblo garantice el enérgico control de las actividades de la Nación. El imperio omnímodo, indiscutible y absoluto de la ley deberá regir tanto la actividad de los pueblos como la de los gobiernos surgidos de su seno.”

“Concibo una democracia enérgica y activa, capaz de llevar a cabo, sin las demoras que tanto perjudican, verdaderas obras de progreso, que corrijan los males y errores que carcomen la esencia de las instituciones convirtiéndolas en estériles armazones que luego no sirven, como debieran, para amparar los derechos e intereses de la población.

“Concibo una democracia superior en sus destinos, que estimule y aúne el esfuerzo de los ciudadanos por obtener la más alta expresión de la nacionalidad en el conjunto de los perfiles que se destaquen en los respectivos órdenes de las actividades humanas, en contraste, precisamente, con las democracias débiles, que aíslan a los sabios, dispersan el esfuerzo individual y son indiferentes a los adelantos e iniciativas de los que trabajan y luchan confundidos entre la multitud, por más que sus figuras estén por encima de la conciencia vulgar.”

“Concibo una democracia generosa y recta, que encuadre las perspectivas ciudadanas en un área de comprensión común, reprimiendo el abuso y el egoísmo mientras propicia toda labor constructiva que tienda al bien general, en especial las que con mayor relieve señalen los rasgos más prominentes de nuestra cultura nacional, como manifestación o muestra del espíritu que encarna una naciente civilización.”

“Concibo una democracia perfeccionada, que se mantenga fiel y firme en sus principios soberanos, que elimine la corrupción y el fraude y sostenga el imperio del derecho y la justicia.”

“Y, por último, concibo una democracia fuerte, que ordene la vida de la Nación bajo sabias normas; que conciliando la libertad y el derecho con los deberes y obligaciones del ciudadano, promueva en el espíritu popular sanas reacciones que coincidan con las directivas del gobierno, de modo que cuando éste haga un llamado a la opinión, encuentre siempre en ella apoyo y aprobación unánime.” [1]

Partiendo del concepto de soberanía política, asentada sobre la base del sufragio universal, secreto y obligatorio, debe dársele un contenido económico y social. Sostiene el principio de la igualdad de oportunidades y preconiza la supresión de los predominios de grupos.

La Democracia debe ser firme sostenedora del imperio del Derecho y la Justicia, a la vez que, paralelamente, debe eliminar la corrupción y el fraude.

La Democracia no tiene porqué ser un régimen débil, indeciso, infecundo; por el contrario, tiene que constituirse en un régimen enérgico y activo.

Por otra parte, vemos que quedan contemplados los tres aspectos de la Democracia: el político, el social y el económico.

En suma: registramos que los conceptos políticos de González Pecotche, vertidos en su ya citada obra del año 1940, mantienen rigurosa actualidad.

2.- Posición ante las izquierdas y derechas.

 Al asumir la Dirección de la Revista Logosofía, en enero de 1941, González Pecotche definió su posición en estos términos:

“…la Dirección de LOGOSOFIA declara su absoluta prescindencia de toda ideología política y social, como asimismo, que no está limitada por ningún dogmatismo y que mantendrá una equidistancia inalterable de las llamadas izquierdas o derechas.

“Su posición queda así plenamente definida, pues prefiere ocupar el centro y ser consciente de hallarse en el medio regulador que gradúa el equilibrio y hace posibles las relaciones pacíficas entre los hombres.

“Sentado lo que precede, la Dirección se ve en la necesidad de destacar que lo manifestado no quiere significar que se abstendrá de exponer su pensamiento crítico sobre todo aquello que merezca de un modo o de otro, su atención, ya que sus preferencias habrán de estar siempre condicionadas al objetivo expresado, en bien y utilidad exclusiva del semejante.” [2]

La claridad de la definición política e ideológica que antecede nos exime de todo comentario.

3.- Capital Cultural y Estado

En Nueva Concepción Política, González Pecotche afirma que:

“La existencia de los capitales privados hace posible a los pueblos ser libres e independientes, y constituye la base de toda sociedad bien organizada.”

Sostiene además, que las democracias podrán “existir mientras existan como símbolos del progreso, el capital y la cultura; es decir, mientras el Estado respete el capital público y privado y facilite su libre desenvolvimiento, y en igual forma cuanto respecta a la superación de los valores humanos en la más alta expresión de una verdadera cultura integral.” [3]

Queda bien patente, nos parece, el propósito humanista en el pensamiento político de González Pecotche, lo cual se concretará particularmente en el título “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente” y cuando nos refiramos específicamente al concepto logosófico sobre humanismo (Capítulo VI).

4.- Fuerzas poderosas luchan en el ambiente mental del mundo.

En 1943, González Pecotche escribió sobre las causas reales y esenciales que generan corrientes mentales extremistas.

Extraemos algunos conceptos:

“No podrá haber paz y concordia mientras no se reafirme definitivamente en el espíritu de los hombres, sean del país o de la raza que fueren, el principio fundamental de la libertad individual, que hace posible el mantenimiento de la dignidad humana y permite el libre desenvolvimiento de la inteligencia para los altos fines del progreso y la evolución de los pueblos.”

Advierte que el peligro contra ese principio fundamental, “está en que los pensamientos de absolutismo se manifiesten y cobren forma en la mente de los que circunstancialmente se hallen en el poder”, sea político, económico, religioso, etc., ya que en esas posiciones circunstanciales ocupadas por el hombre, “pueden ocurrir cambios de pensamiento que decididamente alteren las perspectivas de libertad individual que hasta el momento de reproducirse tales cambios se disfrutaba” (los destacados nos pertenecen).

En otra parte del mismo artículo, se expresa: “El imperialismo, el comunismo, el nazismo, el fascismo, la democracia, el socialismo, luchan denodadamente por conquistar en el ambiente mental del orbe un puesto prominente, y si a es­tas corrientes agregamos las luchas de razas, de religiones y en menor escala los enconos y los desafíos partidistas de cada po­blación, fácilmente se comprenderá que la congestión mental es de todo punto grave y difícil de conjurar.” [4]

Sentimos que el hombre del siglo XX, que ya fenece, y con más razón del siglo XXI, con el perfeccionamiento constante de los medios de comunicación y su extensión masiva, no puede permanecer indiferente ante esa “congestión mental” a que alude González Pecotche. Es muy fácil ser atrapado por la misma.

Respecto a tan delicadas cuestiones, no podemos omitir la mención al formidable aporte de la Concepción Logosófica, cuando refiere a las defensas mentales del hombre, que enseña a instituirlas en diversos campos y que sale al encuentro del estado de desamparo mental en que pueden encontrarse los seres humanos. [5]

(En el siguiente título, hacemos referencia a los procesos formativos de la opinión pública, de tanta incidencia en el normal funcionamiento de los regímenes democrático-republicanos).

5.- El rumor público: función de la prensa.

 “La opinión pública es, fuera de toda duda, el pensamiento de más rigurosa actualidad que agita y preocupa a la mente de los que habitan un país. Pero esa opinión, antes de ser pública es privada; es el criterio que cada uno elabora en relación a su capacidad. De ahí que al volcarse en la calle se complemente con la de los demás. Estas ideas se discuten y de ellas queda luego, como resultado, el sedimento útil y constructivo de una realidad que, como necesidad, es aceptable por la mayoría. Cuando las reacciones del entendimiento son muchas, al tamizarse el elemento en discusión, la idea es expulsada con desconformidad de la mente pública, o sea de todas las que expresan tal repulsión.”

“…Acontece así que el comentario público corre de un lugar a otro como una bola de nieve, tomando cada vez mayor volumen aquello que comenzó siendo una simple opinión. La gente común va tras el relato a media voz colmo las moscas tras el azúcar, salvo una leve diferencia: en la gente la curiosidad es insaciable…”

“¿Qué fuerza, pues, puede frenar esa corriente desbordante del comentario público, que tanto daña la tranquilidad espiritual de un pueblo?”

“La prensa, y sólo la prensa, es la que puede neutralizar esa licencia callejera; la que puede poner dique a ese desborde analizando con fría serenidad el asunto que dio pie al comentario y ofreciendo al público, que sabrá así a qué atenerse, su juicio bien madurado y bajo la garantía de su seriedad.”

“Se ha dicho, y con razón, que la prensa es una de las tribunas más dignas del pensamiento humano, porque es en esa tribuna donde pueden concurrir todas las ideas para su libre discusión. Ya se ha visto cómo en aquellos países que hicieron callar esa voz de la conciencia pública, brotaron y recrudecieron los males por todas partes. Parecería como si la libertad que se privó a aquéllos, se prodigó con la mayor liberalidad a las corrupciones de pensamiento, ya que éstos, sin temor de que fueran denunciados sus vicios, hacían a su antojo cuanto puede ocurrírsele a una mente en sus vehemencias y discrecionalidad.” – Marzo 1944 [6]

González Pecotche enaltece, en varias publicaciones, la función de la prensa, en cuanto formadora de la opinión pública.

Aquella vieja definición de los sistemas democráticos como gobiernos de opinión, pone de relieve la importancia de este tema. Parece apropiado recordar que hay que observar cuidadosamente los procesos formativos de la opinión pública en general y la opinión política específicamente.

Todo se desarrolla en el plano mental y es altamente conveniente que el pueblo sepa captar el origen y la finalidad de las corrientes mentales que surcan los ambientes nacionales e internacionales. Esto resulta vital, nos parece, para la buena salud democrática de una nación.

Reiteramos nuestra alusión al conocimiento logosófico sobre las defensas mentales en el hombre, conocimiento que impide que sea absorbido por la masa “que lo aglutina en exóticas ideologías o en la dialéctica fascinante de la demagogia”.

Cabe deducir de las palabras de nuestro pensador, que la ciudadanía debe equiparse –mentalmente hablando- de modo adecuado para ser consciente de esos procesos formativos de la opinión pública.


Adelanto de los próximos capítulos a publicar.

 Capítulo II – Los totalitarismos

1.- Los extremismos mentales.
2.- Democracia y extremismo.
3.- “La bondad de un régimen se prueba por la consistencia de sus principio”.
4.- El triunfo de la Democracia.

 

Capítulo III – Las libertades

1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.
2.- “No deben cercenarse derechos que son inalienables”.
3.-  La libertad.
4.- Paz, libertad y derechos humanos.

 

Capítulo IV – Concepción de lo social-económico

1.- “El capital no existe”.
2.- “Los peligros del estatismo”.
3.- Estatismo y liberalismo económico.
4.- “El capital en formación”.
5.- “El problema social es la preocupación básica de la hora actual”.
6.- “Evolución del concepto sobre los problemas sociales”.
7.- “El problema social y sus soluciones”.
8.-  Sobre industrias y comercios de tipo medio.
9.- Las demandas sociales.
10.- Aspectos de la educación del obrero.

 

Capítulo V – El ser individual y el ser colectivo

1.- Individuo y sociedad.
2.- El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.
3.- Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

 

Capitulo VI – La concepción humanista

1.- Bases nuevas para la reconstrucción de la sociedad.
2.- “Un nuevo orden para el mundo”.
3.- “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente.”
4.- “La iniciativa privada. Su contribución a la prosperidad de los pueblos.”
5.- “La guerra constituye para la humanidad una gran esperanza”.
6.- “Sugestiones para la futura organización del mundo”.
7.- “Comprensión básica de los problemas humanos”.
8.- “Horas de reflexión”.
9.- “Finalización de la 2da. Guerra Mundial.
10.- “El problema básico de los pueblos”.
11.- El concepto logosófico sobre humanismo.

 


[1] Estando agotada la obra Nueva Concepción Política, nos ha parecido conveniente tomar las referencias de la Colección de la Revista Logosofía (en adelante C.R.L.) tomo IV, pág. 222 y ss., en la cual se reproducen, entre otros, los fragmentos transcritos en el texto. Esto facilitará la consulta del lector interesado.

[2] Colección de la Revista Logosofía, tomo IV, pág. 228 – Revista Logosofía Nro. 1, pág. 4

[3] De CBGP, Nueva Concepción Política, Editorial Lytton, Buenos Aires, 1940, págs. 157 y 158

[4] C.R.L. pág tomo V, pág. 79 y 81 – Revista Logosofía Nº 33 pág 19

[5] De CBGP, Curso de Iniciación Logosófica, “Pronunciamiento logosófico sobre las defensas mentales del hombre”, 2da. reimpresión, Editora Logosófica, San Pablo (R.F.B.), 1978, pág. 57 y ss.

[6] C.R.L. tomo IV, págs. 205 y 206 – Revista Logosofía N º 39 Pág. 20

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