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Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Raumsol aclara ante la opinión pública su posición filosófica y moral (Diario El País 23-mayo-1937)

Asesta un rudo golpe a quienes pretendieron desvirtuar la génesis de sus enseñanzas

Nuevamente debo tomar la pluma para exponer mi pensamiento públicamente con el objeto de satisfacer a todos los habitantes del Uruguay y la Argentina, que tan viva y atentamente han seguido el movimiento raumsólico y el desarrollo de los sucesos motivados por una campaña tan innoble como delictiva en contra de mi persona y de la Escuela que se ampara bajo mi nombre y sigue las inspiraciones de mi espíritu.

Pero esta vez es para dirigirme a aquellos que hoy no pueden tener la honra de llamarse discípulos míos. Aquellos, que durante largos años consecutivos ratificaron privada y públicamente las excelencias de mis enseñanzas, el grandioso concepto que les merecía mi obra, y el concepto mismo que les inspiré siempre y que fue motivo para que me manifestaran los más elevados elogios.

A esas personas me dirijo, para advertirles que lo que han escrito y firmado tantas veces como lo que pronunciaron y afirmaron públicamente con el más absoluto convencimiento, no podrán borrarlo jamás ni con la mano ni con  el olvido de sus memorias o el silencio forzado de sus conciencias. Pretender o tentar desconocerlo implicaría una posición harto ridícula, y tolerar que se intente aparentar una ingenuidad, impropia en primer lugar de universitarios, y en segundo, de personas que han cumplido hace tiempo el primer cuarto de siglo, sería de todo punto inadmisible en los que no son parte interesada en el asunto y conservan su integridad personal exenta de semejantes caprichos.

Ello presupondría una ignorancia plena en los “ingenuos”, de los principios éticos y sociales que determinan para cada individuo un libre albedrío irrenunciable y una capacidad intelectual suficiente como para conocer sin dificultad cuáles son sus deberes, su conducta y sus perspectivas patrimoniales civiles y morales entre el número de sus semejantes.

Nadie podría depositar un solo átomo de confianza en quienes se niegan a sí mismos, negando actos y palabras que están ligadas inseparablemente a sus vidas y a sus nombres por consentimiento expreso de sus propias conciencias.

La tolerancia y magnanimidad con que traté siempre a los discípulos que a mi lado compartían la sabiduría logosófica, ha sido indudablemente una de las causas que propiciaron en algunos de ellos el pensamiento de creerse dueños de todo cuanto poseía y hasta de mi misma persona. De otra manera no podría justificarse la sustracción que me hicieron de fotografías, efectos personales y documentos que alguna vez habrán de servir para delatarlos a ellos mismos.

De ahí también que llegaran a las extralimitaciones que cometieron durante mi ausencia de tres meses y que me han obligado a hacerles comparecer ante la justicia, pues las actitudes deliberadamente intencionales que asumieron, eran extrañas por completo a las normas más elementales de la convivencia social.

Mi posición filosófica y los altos principios que sostengo e inspiran mí Escuela, me impiden descender a detalles que podrían llevar al conocimiento general la explicación lógica del porqué me atacan aquellos que separé de mi lado. El apasionamiento siempre fue una de las grandes debilidades humanas y el despecho, tornándose en rencor  y en odio, siempre fue la consecuencia de deseos insatisfechos o pretensiones malogradas. Los abogados que me pedían les hiciera ganar los pleitos, los constructores que hasta casi exigían que les proporcionara clientes para sus obras, los estancieros y chacareros que pretendían les hiciera llover en sus campos cuando se acentuaba la sequía, los comerciantes que me solicitaban ganar licitaciones y finalmente, los ilusos que me insinuaban les hiciera ganar la lotería, son los que lamentablemente me confundieron y se engañaron, pues ellos querían un Cristo de esa naturaleza, para venerarle a condición de no negarlo si accedía siempre a tales pretensiones.

Semejante osadía – que les colocaba de hecho en el extremo opuesto a los sanos principios de mi Escuela, no obstante las múltiples oportunidades que les di para que cambiaran esa manera de pensar me inspiraba una verdadera pena, pues aparte de eso se esforzaban en realizar las enseñanzas, aun cuando, como ha quedado evidenciado, lo hacían esperanzados más en satisfacer tales deseos que con el propósito de lograr una superación ventajosa para sus espíritus.

Como esa situación no podía durar, a pesar de las veces que con toda discreción les reconvine, sucedió lo inevitable: esas personas se sintieron incómodas en el seno de la Escuela y concluyeron por provocar su separación lanzándose desaforadamente por los caminos de la difamación, la calumnia y la injuria.

No, señores “ingenuos”, yo no me presto ni me prestaré jamás a servir intereses mezquinos y bien saben ya todos que el que no marcha rectamente por el camino trazado en mis enseñanzas, no puede permanecer en mi Escuela, ya sea millonario o carezca de recursos. En ello estriba, precisamente, la seriedad inalterable de mis principios. No se me compra con dinero ni con halagos. Prefiero las contingencias de la lucha a la holganza pasiva y estéril que eligen los pobres de espíritu, los advenedizos y los faltos de integridad moral.

Vinieron en mi busca desde que abrí las puertas de mi Escuela, infinidad de seres entre los cuales se encontraban aquéllos a quienes dirijo estas palabras. A ninguno pregunté quién era, de dónde venía, ni a qué religión o raza pertenecía. No les averigüé qué habían sido ni qué faltas habían  cometido, porque no me interesaba, como no me interesó jamás la vida privada de nadie. Me rogaron que los admitiera como discípulos y accedí haciéndoles un lugar en mi Escuela y en mi corazón. Pero he ahí que después de unos cuantos años en que disfrutaron de mi confianza y de mis conocimientos, se creyeron en el derecho de preguntarme quién era yo, de dónde venía, qué había hecho antes, llegando hasta pretender fiscalizar mi vida privada. Se pensó también  en la posibilidad de apropiarse de mis enseñanzas, de mi Escuela y de todo cuanto yo poseía para el cumplimento de la obra; objetivo que tuvo su epílogo en las ambiciones bastante inflamadas de los que intentaron atentar contra mis más legítimos derechos , sin reparar que éstos estaban identificados con la misma obra.

Como es público y notorio, he librado una lucha intensa de ocho meses aproximadamente, contra los que llevados por incontenibles deseos de venganza desencadenaron esa triste campaña que hoy censura unánimemente la opinión. Desde mi puesto,  como lo habría hecho el mejor general, dirigí las operaciones. El campo de batalla que eligieron mis adversarios fue la prensa insana y la intriga, en todas las formas que el embuste utiliza. No podía ser más propicio para ellos, el atacarme con las armas más viles. Los caballeros no se baten jamás con los que no son capaces de montar un corcel de pura sangre y empuñar una espada y un escudo dignos de su rango, de su cuna y de su nobleza.

Los dardos envenenados que me dirigieron, no lograron quebrar mi serenidad, ni derribarme, como pensaron, del sitial que ocupaba y ocupa en el concepto de los hombres que conocen mi obra y mis sacrificios. Sin que Minerva  trazara sobre mi égida el signo protector  de los dioses  que estampó en el escudo de Aquiles por mandato del Olimpo, preferí que  el enemigo avanzara y se embriagara con el ruido de sus quijotescas embestidas. Los indios siempre perdieron las mejores batallas porque no comprendían la retirada estratégica de los blanco y atribuyéndose la victoria, arremetían contra las trincheras creyendo que sólo era cuestión de saltar el tapial.

Así fue como, cuando llegó el momento, di orden de hacer unas cuantas descargas de fusilería que aparecieron anotadas en “Crónicas Raumsólicas”, y desde entonces el fuego enemigo comenzó a cesar hasta reducirse casi a silencio.

No obstante los traidores y los desertores que hubieron,  las posiciones que  momentáneamente ocuparon  los detractores fueron cayendo nuevamente en poder de sus legítimos defensores. Un buen general prefiere enviar al campo enemigo, para que luchen contra él, aquellos soldados  que en sus filas no saben empuñar con valentía la espada del honor.

Hoy puedo  afirmar que la batalla ha sido ganada holgadamente, pues las sanciones de las autoridades hubieron de aplicarse a los que  me atacaron, por haberse colocado al margen de las leyes. La opinión pública sabe ahora a que  atenerse con respecto a la Escuela, y ha tenido oportunidad de contemplar cuánto mal pueden hacer a la sociedad los órganos periodísticos que se aprestan a ser instrumentos de tan repudiables campañas. La ley de imprenta del Uruguay, justa y recta, que permite al pueblo defenderse de las plagas que suelen infectar al periodismo, enaltece el  prestigio de los hombres que supieron inspirarla y sienta un precedente de alta cultura que ojalá adopten todos los países del mundo.

La Escuela Raumsólica ha entrado en una nueva etapa de su vida y se prepara para librar otra gran batalla en el orden jurídico, pues para que de una vez por todas queden demostradas las falsas imputaciones y versiones tendenciosas de que fui objeto conjuntamente con toda  mi Escuela, he conducido a los audaces detractores hasta los estrados de la justicia. Allí quiero  verlos, frente a frente a las leyes que quisieron burlar y frente a los jueces que pronunciarán sus sentencias, conscientes de la responsabilidad y autoridad que invisten como guardianes exclusivos de  la ley.

Dios y los hombres serán testigo de que doy una oportunidad a la justicia para que haga escuchar en esta emergencia, la majestad de su palabra. He luchado y lucho con todas las fuerzas de mi espíritu a fin de levantar el corazón de los hombres y encauzar las corrientes mentales hacia una concepción más grande y hermosa de la vida. Toda mi existencia está consagrada al servicio de esta obra que desde hace siete años llevo a cabo tesoneramente. No me arredran los obstáculos ni las dificultades. Lucho valerosamente contra toda adversidad, y si alguna vez cayera vencido en las lides futuras, dejaré sobre las últimas huellas de mis pasos, escritas con letras de sangre, las palabras que Dios pone en boca de los que han sabido triunfar sobre la misma muerte.

Artículo publicado también en los diarios “El Día”,  “La Mañana”, “El Pueblo” Y “El Heraldo Raumsólico”, de Montevideo, en los meses de mayo y junio de 1937, y en “Artículos y Publicaciones” (Talleres Gráficos Pomponio, Rosario, Argentina,1937).

Facsimil diario EL PAIS de Montevideo

Facsimil de Diario EL PAIS de Montevideo

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Concepto sobre el perdón o acto de perdonar

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De su libro “Diálogos”, (1952, Diálogo No. XXXVI, pág 144)

FAUSTINO —Días pasados comentábamos, entre varios condiscípulos, la eficacia o la ineficacia de la aplicación de ciertas prácticas y principios sustentados por algunas religiones, teniendo presente, desde luego, algunas enseñanzas logosóficas que difieren de las interpretaciones conocidas. Tal, por ejemplo, lo referente al perdón o acto de perdonar.

Por mi parte, siempre he considerado humano el perdonar las faltas de los demás, aún cuando en mi caso en particular —y creo que en muchos ocurre lo mismo— me ha sido difícil hacerlo al instante; antes bien, después de un tiempo, y, según los casos, he perdonado o no. En cambio, me resulta incomprensible el perdón que las religiones otorgan a sus fieles por el mero hecho de confesarse, o por destinarse un día del año al perdón de las faltas mútuas entre semejantes. Tal vez exista en ello algo enigmático, ajeno totalmente a mi conocimiento. Será de gran valor para mí escuchar al respecto vuestra autorizada palabra, profunda y convincente siempre.

PRECEPTOR —Este asunto del perdón es algo muy delicado, que merece, dada su índole y por el hecho de ofrecer aspectos tan variados como singulares, tratarse con la extensión debida.

Como fórmula moral es admirable, pero no siempre cumple su primordial objeto. Ahora bien; prescindiendo de todo otro concepto, la Sabiduría Logosófica concibe el perdón como una virtud de espíritu universal que se extiende por todos los ámbitos de la Creación y cuyos beneficios alcanzan a la criatura humana mientras no abuse de tan preciada prerrogativa.

Así, pues, en tanto vive el hombre en la ignorancia, ajeno por completo al mecanismo universal que gobierna y regula por medio de sus leyes los movimientos y actividades de la existencia animada, comete errores y faltas de toda especie. En su inmensa mayoría, dichos errores y faltas son reparables, pero las sanciones que salen de la órbita jurídica de las relaciones humanas rara vez tienen inmediata aplicación; de ello se encarga luego la adversidad haciéndole sufrir las consecuencias.

No obstante, las leyes supremas son justas y magnánimas, y a la vez estrictas. Conceden al hombre el tiempo necesario para reparar sus faltas, primero mediante el reconocimiento de las mismas y después mediante el esfuerzo tenaz para enmendarlas íntegramente. Realizado esto, el perdón surge de la propia conciencia individual, al quedar reparados la falta o el error. Si tales hechos hubiesen afectado a sus semejantes, esa conducta asimismo lo rehabilitaría.

FAUSTINO —Es la vuestra una originalísima concepción que supera en alto grado los antiguos conceptos. Pero aún me resta una duda: los seres afectados por los errores o faltas de un semejante, ¿no deben, acaso, perdonarlo para que aquél pueda quedar absuelto?

PRECEPTOR —He ahí, precisamente, un hecho cuya frecuencia hace necesaria su aclaración. Él perdón que comúnmente otorga el ofendido, o simplemente afectado, es siempre ostentoso, haciéndolo sentir, por lo general, en forma harto deslucida. Ese perdón, concedido desde la altura ilusoria en que éste se ubica, constituye para el perdonado un verdadero, agravio.

Entre seres evolucionados, el perdón de las faltas y errores ajenos es una virtud consubstancial con el propio espíritu, justo y magnánimo, y, sin necesidad de manifestarlo en gesto externo, se lo evidencia por el olvido del daño que, a juicio de quien perdona, le hubo ocasionado un semejante.

FAUSTINO —Pero si quien incurriera en un desliz no se enmienda luego ni reconoce sus faltas o errores, ¿qué proceder cabría?

PRECEPTOR —Conviene agotar siempre todo recurso noble para que el ofensor comprenda finalmente su equivocación; si nada diera resultado, siempre queda el retiro discreto de la amistad.

Jamás deberá privarse, a quien ha incurrido en falta, de la oportunidad de subsanarla corrigiendo su equivocada actuación. Pero si no se enmienda, cuenta de él será afrontar las consecuencias, que han de comenzar por su desconcepto.

FAUSTINO —Me interesa conocer cuáles son esos recursos nobles que habéis mencionado, de los cuales se puede echar mano en tales casos.

PRECEPTOR —La paciencia y la tolerancia que exige todo comportamiento elevado, en primer lugar. En segundo término, el llamado de atención, sin alterar la serenidad que requieren esas circunstancias ni mostrar las violencias de las reacciones que hubieran podido experimentarse.

FAUSTINO —Resumiendo, ¿podríais señalarme, entonces, el verdadero alcance del perdón?

PRECEPTOR —Claramente se desprende de cuanto os he expresado que el verdadero perdón, el que redime, surge de la conciencia individual al enmendarse quien ha incurrido en falta o en error.

Es ese el perdón grato a los ojos de Dios, por ser el más fecundo. También lo es el que se evidencia por el olvido o atenuación que discretamente se hace de una falta; no así el que se pronuncia de labios afuera, porque revela incomprensión y aún hipocresía, pues generalmente está subordinado al sometimiento humilde del perdonado que lo acepta.

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Los grandes pueblos necesitan verdaderos hombres de estado.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista “Logosofía” Nº 23 (nov. 1942)

Grecia puede considerarse la cuna de la democracia; pero de aquella democracia de las ciudades helénicas a la del segundo tercio del siglo XX, media un abismo.

Los estados helénicos eran en po­blación y casi en extensión, algo  menos que muchas ciudades de hoy;  y aun, dentro de ellos los ciudada­nos eran pocos y los ilustrados mucho menos. Quitando a los esclavos, ilotas, mujeres, menores y miembros de las clases inferiores, sólo queda­ba un reducidísimo número de personas en condiciones legales de lle­var sobré sí el peso de la cosa pú­blica.

Todos se conocían y todos los  electores podían aquilatar los méri­tos de los elegibles, y la convivencia en la ciudad, la asistencia a las  del Areópago y la participación en los consejos democráticos, como el conocimiento personal  moral privada, las virtudes ho­gareñas, la capacidad para el trabajo de los “candidatos”, permitía mayor trabajó y con muchas probabilidades de acierto, a hombres como Solón, Licurgo y Arístides.

En los pueblos de hoy, con dece­nas de millones de habitantes y con dilatadas fronteras, la elección no es tan fácil, ni las instituciones demo­cráticas pueden adaptarse al molde ideado por Solón para la pequeña ciudad griega.

Elegir a los mejores es el deside­rátum lírico de las democracias, pe­ro además de la virtud, el estadista debe poseer muchas otras condiciones, puesto que sólo con aquélla quedaría cruzado de brazos ante la complejidad de los  problemas de gobierno. Ya no basta para gobernar el “bonus pater familiae”, es menester que un hombre sano, sabio y experto, empuñe el timón.

La moral y la psicología del ver­dadero hombre de Estado debe presentar facetas brillantes y múltiples.

Nadie podrá serlo, si no tiene conciencia de su vocación, que general­mente aparece al promediar la vida y, desde entonces, marcha unida con el ideal político. Al llegar éste a la realidad por medio de la acción, cre­yéndolo valor absoluto y limando asperezas, podrá adaptarlo al medio. El momento impone determinado ideal y el tacto político del hombre de Estado le hace mirar al porvenir y ser desinteresado. El pueblo per­dona todo, menos el interés y la ve­nalidad.

La grandeza de un hombre de Es­tado depende de su voluntad; cuan­do se decida a emprender una obra para el bien del pueblo, la acción tiene que tener la rapidez del pensamiento. El sentimiento de su respon­sabilidad debe tener en él profundo arraigo, y por más que práctica­mente no deba a nadie cuenta docu­mentada de sus actos por mucho que la responsabilidad tenga que diluirse, él ha de considerar que de sí depende la felicidad de su pueblo y obrar en consecuencia.

El verdadero conductor de pueblos tiene una gran fuerza sugestiva. El pueblo le ama, le acata y le sigue por su honradez, por su palabra, por la identificación con sus necesidades y problemas, y por la comunidad de sentimientos con sus conciudadanos. No es posible llegar al pináculo del poder, sin tener un profundo conocimiento de los hombres, sin ser un experto en psicología, sin usar en la medida de lo prudente, el tira y afloja de las negativas o de las con­cesiones, sin conocer a fondo el al­ma nacional y sin introducir en los hombres un espíritu nuevo, basado en ideales puros y con genuina ex­presión patriótica.

No debe abandonarle nunca el sen­tido de la realidad. Por mucho que su ideal le empuje hacia la obtención de altos destinos para su pueblo, jamás debe tratar de ir más allá de lo posible. No puede haber buena conducción sin un pleno conoci­miento del medio nacional; y en es­tas épocas de guerra; de intenso comercio y de problemas de solución universal, el conocimiento del terre­no internacional es también de absoluta necesidad.

La psicología del hombre de Es­tado ha de tener, sus propias pecu­liaridades.

El alma del político tiene caracteres múltiples y contradictorios. Para servir a su país debe encarnar el  momento o la necesidad, política de su pueblo, y su carácter, ya sea el objetivo: frío y científico, ya el subjetivo: apasionado y combativo, debe amoldarse a las exigencias de la   hora.

Su inteligencia tiene que conducir­le hacia un razonamiento reflexivo y práctico, centralizando la acción de su pensamiento en el plano de los grandes enfoques para penetrar con acierto en la substancia de situacio­nes y hombres, pues, de no ser así, le será difícil en determinado  mo­mento, dar con la justa solución. Siempre que la imaginación tenga el freno de la posibilidad, no le acarreará perjuicio dejarla correr. El político tipo analítico, pero sin el contenido práctico y reflexivo a que hemos aludido, es medroso, negativo, crítico y estéril; el sintético, enlaza los ejemplos históricos a la  acción que proyecta para asegurar en lo posible el éxito de sus gestio­nes. Prevaleciendo el tipo sintético, no deben desdeñarse algunos aspectos del tipo antes descripto. Los sis­temas políticos que han perdurado y se han mantenido más tiempo para beneficio de los pueblos que lo apli­caron, son obra de genios de sínte­sis: Solón, César, Richelieu, Bis­mark, Colbert.

La inteligencia del hombre de Estado necesita cultura técnica  profunda  y general, que  tienda  a. diversificarse. Si el político es  docto en varias disciplinas, ten­drá ventajas sobre el que domi­ne una sola de ellas. Ha de conocer la Historia y aplicar sus enseñanzas, y estará mejor pre­parado si tiene ya experiencia  en el mando. El hombre de Esta­do jurista o economista, no debe aplicar rígidamente su teoría, sino la que convenga al país. La teoría rígida, la erudición excesiva, el conocimiento científico o intelectual  unilateral, no convienen al hombre   de Estado, pues le quitan espontaneidad, objetividad e intuición. De­be rodearse de colaboradores hones­tos y capaces, que sepan interpretar  su pensamiento y sugerir con buen tino las mejores ideas.

No puede serse buen conductor de pueblos sin dominar los propios sentimientos. La vanidad es fuerte escollo, puesto que admite aduladores y aleja colaboradores útiles. El verdadero hombre de Estado afronta el riesgo de la impopularidad. La ambición, subordinada a un objeto y a los medios disponibles, es condición de aquél. Su mayor defecto es la  debilidad. Una doble altivez tiene que acompañarle en toda su vida; su pensamiento ha de ser suyo, y no prestado por consejeros de ocasión, en unidad paralela, con su  vocación y su ideal. La envidia y los celos dificultan la acción del político, en tales casos, la mente debe primar sobre el corazón.

 

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González Pecotche, demócrata y humanista – Capitulo III: Las Libertades

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.
Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999

Capítulo III – Las libertades

Índice
1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.
2.- “No deben cercenarse derechos que son inalienables”.
3.-  La libertad.
4.- Paz, libertad y derechos humanos.

 

1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.

Comenzaremos esta parte, citando el discernimiento entre libertad y libre albedrío, que hace el autor que venimos estudiando.

En el concepto logosófico: “La libertad se diferencia del libre albedrío, en que mientras la primera tiene su expresión en lo externo, el último la tiene en lo interno.”

Afirma que la libertad de cultos, de palabra, de comercio, como la de carácter político, social o económico, constituyen un requerimiento necesario para “la convivencia humana y, a la vez, imprescindible para que las facultades del individuo encuentren campo más propicio para su desarrollo y cometido.”

En los regímenes totalitarios que asolaron Europa, los pueblos no gozaron ni de libertad ni de libre albedrío, desde que éste fue eclipsado y aún anulado, ya que desde la infancia se les privó “de promover el libre juego de las funciones que atañen a su inteligencia, … sobreviniendo en consecuencia… el atrofiamiento de sus facultades y el debilitamiento de la razón hasta anularla.” [1]

 

2.- No deben cercenarse derechos que son inalienables.

 “El derecho a pensar con libertad –escribía el Maestro González Pecotche en mayo de 1942- es tan necesario al hom­bre como el derecho a vivir. Vivir sin pensar es convertirse en un autómata, o más claro aún, no es vivir. La diferencia entre el  hombre y el animal radica fundamentalmente en el pensamiento; si éste no puede cultivarse, el hombre se irá asimilando a un es­tado salvaje o animal. Ello significaría su muerte como entidad racional, civil y social; y anularía todas sus posibilidades de mejoramiento o evolución. En efecto, quien no puede expresar con libertad su pensamiento, no puede sentir la vida en su ver­dadero carácter y esencia.”

“La libertad de  pensar no significa en  manera  alguna que la sociedad autorice la licencia, el abuso o las extralimitaciones de cualquier género. La órbita del derecho está perfectamente  diseñada en todas las legislaciones y quien salga de ella caerá de inmediato bajo alguna disposición penal: El ejercicio de una facultad nada tiene que ver con el buen o mal uso que de esta  se haga; a nadie se le ocurrirá prohibir la circulación del dinero por el  hecho de que haya ladrones y falsificadores, o del vino, por haber borrachos. [2]

Los conceptos que venimos de ver, nos sugieren que la libertad debe ser enseñada a través de una pedagogía no dogmática y debidamente sopesada por principios morales (lo es también la libertad), como la responsabilidad. De esta manera, nos parece, se neutraliza la demagogia y la licencia.

Cabe concluir, entonces, que debe respetarse el libre albedrío del educando y crear un ámbito de libertad necesario para el desarrollo intelectual del hombre del futuro.

3.- La libertad.

Refiriéndose al dilema planteado a la humanidad por la Segunda Guerra Mundial, en la cual el triunfo de un bando supondría el triunfo definitivo de la fuerza, y el del otro, la victoria del derecho sobre la fuerza, González Pecotche escribió lo siguiente (año 1943): “La libertad individual, inspirada en las profundidades de la conciencia, permite al hombre ser útil a sus semejantes, a la sociedad y a todo el mundo, desde que buscando la superación por el esfuerzo, y la capacitación mental por el ejercicio de la inteligencia, encuentra dentro de sí, en la intimidad de su corazón y en la potencia de su pensamiento, inestimables recursos que le permiten poner de manifiesto, en provecho de los demás, el fruto de sus estudios, de sus meditaciones, que siempre, en
todas las épocas, ha servido como punto de referencia, muchas veces de incalculable utilidad, tanto a los hombres de Estado para la dirección de los negocios de su país, como a los que tienen a su cargo el estudio y sanción de las leyes que hacen posible el mantenimiento de la estructura política en sus formas respectivas de gobierno, y de la social en sus múltiples aspectos.”

El extenso artículo, a lo largo del cual se siembran otros hermosos conceptos sobre la libertad, finaliza así: “Lo que ha dañado a la libertad o, mejor aún, al concepto de libertad -bueno es reconocerlo y declararlo-, es la licencia y el desquiciamiento y derroche de las prerrogativas que confiere la libertad. Esto es lo que debe frenarse volviendo por los fueros del orden y de la limpieza moral, pero sin perjudicar los nobles fines de la libertad, en su más pura y diáfana expresión de plenitud.” [3]

 

4.- Paz, libertad y derechos humanos.

Sostiene González Pecotche que no es posible concebir separación alguna entre estas tres palabras: “…El hombre vive en paz consigo mismo y con sus semejantes, sólo cuando es libre y disfruta del pleno goce de sus derechos; o sea, cuando siente la plenitud de esos derechos conformados a sus deberes de ser racional y humano.”

Más adelante agrega: “Las leyes constituyen, pues, los fuertes puntales que aseguran la solidez de la paz en la sociedad humana. Cuando ellas se suplen por la arbitrariedad y se desconocen los derechos de los hombres, se corre el riesgo de caer en la anarquía y en el caos social. [4]

Poco tienen que hacer nuestros comentarios, ante un pensamiento que se manifiesta de modo tan diáfano y preciso, como lo es el de González Pecotche.

No obstante, quisiéramos hacer hincapié en los métodos pedagógicos del totalitarismo, cuya aplicación constituyó, nos parece, un verdadero crimen contra la humanidad.

Hubo una inculcación despiadada y sin limitaciones de las consignas políticas del régimen; no hubo el mínimo respeto al libre albedrío del niño y del joven. Puede decirse que se organizó la sugestión, a través de la palabra (el discurso único), la música (himnos y canciones cautivantes) y todo un aparato propagandístico, lo cual ya comenzaba en el aula escolar.

 

Como sabemos, los métodos pedagógicos de índole dogmática coartan la libre expresión del propio pensar y sentir; el hombre es desconocido en su intrínseca condición de ser libre e independiente; se lo sojuzga mental y moralmente.

La raíz humanista del Pensamiento de González Pecotche, asoma claramente al referirse a estos aspectos relacionados con la educación de los niños, adolescentes y jóvenes.

Hemos seleccionado solamente tres fragmentos, siendo que al respecto la literatura logosófica es abundante. “Durante ese período la mente es el campo virgen y fértil donde germina y desarrolla rápidamente cualquier idea o pensamiento. Si éstos tienden al bien, la vida se tornará útil y benigna; si tienden al mal, la vida se tornará sombría y estéril.”

 

“La juventud requiere ser orientada; sólo así no habrán de malograrse los esfuerzos y la inteligencia de los que mañana, a su vez, deberán preparar a las generaciones que les sucedan.”

“El fomento del estudio en todas sus formas, de las actividades sanas, del culto al saber, a la humanidad, a la familia y, muy particularmente, del culto al respeto que el individuo se debe a sí mismo, a lo que es suyo, y al respeto que debe a los demás y a la pertenencia ajena, es lo fundamental para que tal orientación cumpla su gran objetivo, cual es el de formar en la juventud la conciencia cabal de su responsabilidad frente a la vida, a sus semejantes y al mundo.” [5]

En suma: digamos que nuestro filósofo defiende la libertad desde la cuna, a la que no desliga de la responsabilidad.

 

Se nos dirá que esta referencia al método pedagógico de los totalitarismos, tendría su mejor ubicación en el capítulo anterior. Es posible, pero como la comprensión de la libertad, de sus valores intrínsecos y de sus consecuencias políticas, sociales y culturales es, en el fondo, un problema de educación, nos pareció adecuada la ubicación de este fundamental aspecto, en este capítulo sobre la libertad.

 

 


[1] C.R.L. tomo II, págs. 7 y 8.

[2] Revista Logosofía Nº 17 (mayo de 1942)

 

[3] Revista Logosofía Nº 28 (abril de 1943)

[4] Revista Logosofía N° 55 (julio de 1945)

[5] Revista Logosofía N° 58 (C.R.L. tomo I, pág. 177) (octubre de 1945)

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Del contenido logosófico

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista Logosofía Nº 23 (noviembre 1942)

La enseñanza logosófica contiene no sólo la esencia de la Sabiduría, sino también la del afecto, cuya fuerza posee la virtud de hermanar las almas y facilitar la mutua comprensión entre todos los que se unen por el conocimiento y ese mismo afecto.

Nada podría hacerse si en verdad la voluntad no estuviera impregnada de ese amor puro y grande que permite al ser las más honrosas manifestaciones de su sentir. Nada que no  sea hecho con amor, perdura. El amor exige paciencia, esfuerzo y perseverancia, y exige también convicciones profundas;  de ahí que cobre tan alto significado el poder de la enseñanza, dado que no es letra muerta, sino palabra viva que la fuerza de la vida misma, y quien sienta la fuerza de esa vida ha de ser capaz de transmitirla y hacer que los demás sientan.

La Logosofía podía haber dado ya conocimientos tan grandes que hubiesen transformado ambientes enteros y encaminado almas hacia un mundo mejor, mas ha sido tal la oscuridad que reinaba en torno de ellas, que ha debido luchar mucho para que la luz penetrara en esas profundas tinieblas y las volviera a la claridad del día.

El autor de la Logosofía tiene dedicadas y consagradas a esta labor todas las horas de su vida; ni cesa un instante en auxiliar la  mente de sus discípulos para que puedan ir trascendiendo los estados de comprensión necesaria y afirmar una ma­yor capacitación mental. No siempre hubo de encontrar la misma disposición en todos para seguir la trayectoria del pensamiento creador hacia las  regiones de la inteligencia, allí donde encuentra la explicación de su existencia y abre sus efluvios de la vida universal. A esas regiones es adonde con el más grande empeño trata siempre de llevar al llamado  rey de la Creación para que no continúe siendo súbdito de los instintos del salvaje.

Muchas modalidades rebeldes deben vencerse en el proceso de superación; mucho es lo que debe modificarse en la estructura del temperamento humano, en la que fueron calcadas numerosas características que hoy impiden que la evolución consciente pueda acelerarse en grado máximo. No obstante, algo  muy grande se ha logrado en este titánico esfuerzo, y es el haber hecho que las horas de todos los que colaboran en la obra  que realiza la Escuela de Logosofía, sean más fecundas y más y ricas en  motivos dignos de las almas que ansían superarse, y que al fijar su atención en múltiples detalles que antes pasaban  desapercibidos a la vista y observación común, cada uno haya aumentado su caudal interno de valores.

La existencia, la verdadera existencia del ser humano, debe forjarse en los arcanos del conocimiento. Desgraciado aquel que la forja en las miserias de la ignorancia.

El hombre tiene abierto un camino inmenso hacia la cumbre misma de la perfección, pero no lo sabe; ignora siempre lo  que está más allá de su vista y de su entendimiento. Por ello, siempre ha necesitado que alguien le enseñe ese camino y lo conduzca por él para no perderse en las mil tentaciones que bordean las sendas de la vida pugnando por tentarlo y seducirlo.

El ser humano está limitado a sus posibilidades; puede saber lo que vivió, pero la noción de su futuro no va más allá del día en que está viviendo. El futuro para él es tan incierto como lo es su propia vida, cuyo contenido y significado desconoce. Sin embargo, cada uno puede conocer su futuro si toma como punto de referencia lo que en diez días es capaz de hacer. Si su  voluntad así lo quiere, los diez siguientes pueden ser los mismos o superarlos, pues depende del propio ser. Ahora bien; si en esos diez días en lugar de hacer cosas pequeñas prepara sus energías inteligentemente para realizar cosas grandes, podrá por las perspectivas de su propia preparación, conocer el futuro.

Nadie debe pensar que la vida corre hacia la fatalidad por un designio implacable, porque sería negar el mérito de su misma   existencia. La vida no puede abandonarse a un albur semejante, so pena de correr la suerte tan mísera de sumergirse en las tenebrosas regiones de la nada.

Si bien es cierto que Dios ha creado al ser humano y pues­to en su vida todos los recursos que le son menester para soportar los rigores más severos de la adversidad, cierto es también, que cada uno puede hacer honor a esa creación alcanzando la conciencia plena de lo que representa su existencia dentro del género humano. Nada podrá ser más grato a los ojos de quien la ha creado que ver acercarse gradualmente al ser hacia Él, descubriendo primero, los conocimientos que señalan la senda de la evolución hasta la máxima o suprema culminación, e iden­tificándose después con ellos.

La vida de los seres humanos está interpenetrada totalmen­te por la esencia mental de la Mente Cósmica; por ello, si en to­do lo demás la criatura humana es limitada, al elevarse al plano, mental éste rompe sus limitaciones y la vida se ensancha y to­ma contacto con la vida universal. Entonces es cuando puede apreciar todas las cosas de otro modo y recién comprende, a  veces con bastante dolor, cuán estériles son las horas de tantas vidas que permanecen ajenas a semejante realidad.

 

 

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En Defensa de la Moral Social

Publicado por González Pecotche, en El Heraldo Raumsólico N° 42  (febrero de 1939)

Cuantos esfuerzos se hagan y cuanto se diga en defensa de los derechos humanos y la moral social será poco,  pues nadie ignora cuanto se ha resentido en nuestros tiempos el respeto común que fuera la piedra angular del edificio social.

Ello es debido a que muy pocos se toman el trabajo humanitario de defender la integridad del cuerpo cuando éste es atacado en cualquiera de sus partes. Es que para realizar tan valiente actitud se requiere autoridad, prestigio, méritos de indestructible esencia.

Existen, empero, muchos medios de defender la sociedad y no se irá muy lejos si se advierte que un gran paso se daría si los mismos que la componen fueran más humanos, vale decir, si hubiera tan sólo más piedad en las almas.

En efecto  la sociedad humana ha ido carcomiendo poco a poco durante siglos sus propios valores; diremos más, su propia naturaleza de entidad moral. De ahí ese caos, esa descomposición social que amenaza con destruir la civilización del presente. ¿Y todo ello porqué? ¿Cuál es la causa a la cuál pueda señalársele de autora de semejante infortunio público? No nos equivocaremos muy lejos si decimos claramente que a las injusticias que comete el hombre se deben las aflicciones que luego han de padecer unos y otros en el conjunto de las relaciones sociales.

La moral humana, es decir la del hombre, sufre hora tras hora el ultraje de sus semejantes. Parecería como si no pudiesen vivir sin calumniarse, sin difamarse los unos a los otros, o por lo menos admitir éstos de aquellos cuantas falsedades hagan circular las malas lenguas con la evidente mala intención de atentar contra la moral de su prójimo. Pero es el caso que nadie está exento de semejante agravio, y cuando menos lo piensa el que con sonrisa siniestra, menosprecia al injuriado creyendo con entera facilidad y hasta con hipócrita compasión los chismes del perverso, se ve de pronto frente a otros que sienten frente a él, idénticas sensaciones de “piedad”. Entonces vienen las sorpresas, las solícitas explicaciones, los asombros…

El cobarde huye siempre protegido por las sombras de su anonimato, pero salpicando por todos partes su repugnante baba, contagiando a los débiles que luego repiten sus infamias.

En todos las épocas operó como un cáncer de la sociedad, una secta, que a poco de comenzar sus actividades siniestras era descubierta por alguien que daba el toque de alarma y por más esfuerzos que hubiera hecho en ocultarse, acababan por ser conocidos todos esos individuos indeseables que la gente culta repudiaba por constituir un atentado contra las buenas costumbres y probidad de la familia humana.

Ésa secta, que al fin de cuentas es como una mafia con diversos barnices, se compuso siempre, como en nuestros días, de sujetos llamados fariseos. Los de hoy descienden de aquellos renegados que cometieron el crimen del Gólgota; los de ayer provenían de las primeros hundidas que tuvo la humanidad.

Usan falsos títulos de “doctores”, “ingenieros” y “arquitectos”. Su manera de obrar, la amenaza, la extorsión, la defraudación y cuanto delito puedan cometer a fin de satisfacer todas sus inconfesables bajezas, llegando a utilizar a sus propias mujeres para el logro de prebendas o sobornos degradantes a fin de salir impunemente de las redes de la justicia cuando son llevados a ésta por alguna de sus víctimas.

En los momentos actuales está ocurriendo algo de eso. Ya hemos dado a publicidad una serie de hechos que constituyen todo un peligro para la sociedad.

Observamos que al principio hubo mucha indiferencia. Se pensó que esa gente actuaba movida por algún interés mezquino y los hombres se encogieron como de costumbre, pero, los que con tanto ensañamiento pretendieron enlodar nombres honorables no era por simples causas de encono, sino porque la Obra que realiza la Escuela Raumsólica de Logosofía, empeñándose en dar  al hombre las defensas mentales que tanto necesita, les descubría sus estigmas vergonzosos y ese fue el origen de la campaña difamatoria que llevaron encarnizadamente contra la misma y su fundador con los tristes resultados para ellos, que hoy puede apreciar cualquier persona inteligente y sobre todo bien intencionada.

Si alguna satisfacción muy íntima hemos tenido de las innumerables que conquistamos en la lucha contra esos entes del mal, sobre toda en estos últimos meses,  fue la de estrechar tantas manos amigas y sinceras, y la de anotar como rasgos de alto significado, los generosos ofrecimientos que se hicieron y que la mayoría no se aceptaron pensando que ellos no serían ya necesarios para derrotar y aplastar definitivamente a quienes tan injusta como ignominiosamente las atacaron llegando hasta fraguar planes para consumar atentados incalificables.

Sean, pues, estas líneas el modo más elocuente que se le ocurre a nuestra pluma, fiel intérprete de nuestros pensamientos, para expresar a todos los que desinteresada y generosamente nos brindaron su colaboración y pusieron a nuestro alcance sus valiosos servicios y sus mejores empeños.

 

Fenómenos

A un Maestro un importuno le pedía
.. que le mostrase su sabiduría
con espectáculos “sobrenaturales”
¡A tantos les sacó de sus cabales
buscar esas groseras invenciones
que revelan las degeneraciones
en que cayeron sujetos ya famosos
buscadores de mediums y de histriones!
Preguntó el Maestro: ¿Estáis ansiosos
por ver un fenómeno, realmente?
Sí, contestó el curioso impertinente
y con él la divertida concurrencia
que quería gozar de la experiencia.
Le ordenó al personaje: Bien. Paraos.
Manteneos muy firme… Ahora quitaos
la corbata… el cuello.., la camisa…
y al revés que pongáis, ya se precisa,
los bolsillos de vuestros pantalones.
Paso a paso siguió las instrucciones
cumpliéndolas estrictas el cuitado.
Pensaba en su pedido, entusiasmado
por la magna visión que alcanzaría…
¡y en su afán por ver, ni ver podía
su ridícula y triste catadura,
fruto de pretensiones imprudentes!
Mostrando el personaje y la figura
en que quedó tras tanto prolegómeno,
el Maestro les dijo a los presentes:
Tenéis ante los ojos… El fenómeno
      * * * * * * * * * * * * * * *
El torpe aventurero que se lanza
En pos de una quimérica esperanza
Pierde de la razón el firme báculo
Y al querer estaturas que no alcanza
Se convierte a si mismo en espectáculo.

¿Por qué triunfa la Logosofía?

1) Porque en estos momentos de desorientación universal posee una  ruta definida e inconfundible; porque en esta época en que todo el mundo pregunta, ella responde.

2) Porque no exige creencias ni implanta dogmas; porque concilia la sagrada libertad de pensar con la imprescindible disciplina del conocimiento.

3) Porque reabre las perspectivas del espíritu y restaura su jerarquías, casi ahogadas bajo el peso de ideologías brutales e instintivas.

4) Porque dirige su enseñanza en derechura al proceso de la vida humano, sin generalizaciones, ambigüedades ni literatura; porque trabaja sobre la realidad humana y no sobre esquemas imaginativos o teóricos; porque trata la psique humanamente, tal cual es y no tal cual fue hace veinte siglos, o tal cual debiera ser o tal cual se cree que será dentro de muchas épocas.

5) Porque sólo puede aprenderse en forma experimental, a través de comprobaciones sucesivas, de manera que no deja lugar a las dudas, confusiones, titubeos, quimeras, y otros vástagos de la incertidumbre, que representan tan graves pérdidas de tiempo en  el común de las vidas humanas, cuando no la pérdida de la vida entera. –

(El Heraldo Raumsólico, 1939)

 

 

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Un paréntesis que no se pudo cerrar

Publicado por Luis Felipe Monteverde, en el semanario Brecha de Montevideo, en setiembre de 1995

Benedetti y la Logosofía

Hemos leído en una crónica de avance del libro del escritor y periodista argentino Mario Paoletti “El Aguafiestas”, de próxima aparición, sobre la vida de “un personaje llamado Mario Benedetti” (Brecha 1-set-1995).

Por lo que la crónica trasluce, parece que se trata de un estilo periodístico muy particular, por cuanto se percibe un mimetismo de tal intensidad entre ambos escritores, que crea serias dudas en el mismo lector acerca de quién es el que realmente escribe.

Más parece que el presunto entrevistado es el autor de lo que allí se consigna, que haciendo uso de facultades de ventriloquia que no le conocíamos, habla por el entrevistador. Y dice todo lo que Mario Benedetti quiere decir sobre un pequeño espacio de dos años de su vida “de búsquedas fallidas, de timideces, de prejuicios, de amargas soledades”, “sesenta años más tarde”.

Y no cabe duda que debemos considerarla como una autoentrevista por cuanto todo lo que allí se describe y consigna, tiene el sello inconfundible de Mario Benedetti. Sólo Mario Benedetti puede decirlo.

Queremos pensar que Mario Paoletti desconoce el cúmulo de falsedades a que fue inducido, por cuanto él, no vivió ni vio lo que el entrevistado le cuenta. Sólo repite y no puede dar fe.

Pero en algo indiscutiblemente cierto sí se puede coincidir con Mario Benedetti: esos dos años de su vida, aún “sesenta años más tarde” han quedado impresos en forma indeleble en el subconsciente en forma tan profunda que recuerdan las fijaciones que se transforman en neurosis en algunas personas.

A través de los años, en cada entrevista que le han hecho, en cada publicación, directa o indirectamente, vuelve sobre ese tema en forma sospechosamente recurrente. ¿Por qué será?

No vamos a detenernos a poner nuevamente en evidencia cuanta mistificación y embuste trasmite a su transcriptor el protagonista de la entrevista por cuanto ya lo hemos hecho en otras oportunidades, por la prensa y en forma personal en circunstancias anteriores, sin que hubiéramos obtenido hasta la fecha respuesta alguna.

Sólo queremos dejar por otra vez constancia de que Mario Benedetti tuvo sobradas oportunidades de hablar de González Pecotche y decir todo lo que quería de él, de su obra, de sus actitudes y procederes por cuanto a la fecha de su fallecimiento, él tenía ya más de cuarenta años.

Pero nunca dijo nada. Absolutamente nada; todo ese tiempo –más de veinte años- vivió en la prudencia agazapada del silencio. Y ahora que no está González Pecotche para escucharlo, pretende denigrarlo, apostrofarlo, agraviarlo. Las calidades morales hacen formas de vida. Cuando se carece de ellas, la vida pierde sus formas humanas.

Lo que no ha dicho antes ni ahora Mario Benedetti es que las primeras poesías que vieron la luz pública, lo hicieron en las revistas “Logosofía”, de las que se publicaron al inicio de la década del 40.

Y en la revista Logosofía No. 22, página 19, termina uno de sus poemas diciendo:

“Y más que triste, infernal
haber abierto un paréntesis
y no poderlo cerrar”.

¿No será ese su problema insoluble?

Finalmente decimos que de la lectura de la crónica del libro “El Aguafiestas” surge claramente que para Brecha esos dos años que trabajó Mario Benedetti al lado del Maestro Raumsol, han sido los más importantes de toda su vida. Temperamento que compartimos.

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N. de D. de Brecha: Las opiniones del lector Monteverde son, obviamente, suyas. En cuanto a los criterios de Brecha para seleccionar el fragmento publicado como anticipo de El Aguafiestas, nada tiene que ver con la importancia que esos dos años puedan haber tenido en la formación de Mario Benedetti, sino más bien el hecho de que allí se recoge una etapa de su vida tan folclórica como poco conocida por la mayor parte de los lectores.

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