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LA LOGOSOFÍA  -DECLARA RAUMSOL- PUEDE DAR AL MUNDO LAS BASES PARA UNA NUEVA INVESTIGACIÓN

EL DIARIO – Buenos Aires – Jueves 11 De Agosto De 1938 –(Pág.9)

Proclama a la mente como principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones

               Especial para EL DIARIO.

Desde hace varios años hemos venido sosteniendo con cierta insistencia y con buenos fundamentos en las manos, la existencia de un sistema mental en el hombre que, de generalizarse su conocimiento, habría de provocar no pocos cambios en la actual manera de pensar y también, una revolución saludable y reformadora, de espíritu eminentemente constructivo, en la fase social, científica y política del mundo.

Tenemos la plena seguridad de que esta nueva y fecunda concepción de la psiquis humana, basada en profundos y minuciosos estudios y observaciones hechas en el campo de la experiencia humana, habrá de promover, tanto en el mundo de la ciencia como en el ánimo de la gente de estudio, una lógica expectativa, matizada de los más diversos comentarios. Sabemos que hasta aquí, nadie se ocupó de la mente del ser, y mucho menos, se entiende, de ubicarla en el sitial prominente que nosotros le hemos concedido, asignándole toda la importancia que ella tiene para la vida del hombre. Si alguien la mencionó alguna vez fue al pasar, como una referencia cualquiera, pero nadie concretó al respecto nada que se hubiese de tener en cuenta como punto de atención. Podemos pues asegurar con la más absoluta convicción, que ningún filósofo, historiador u hombre de ciencia se ha ocupado de la mente ni le ha atribuido la preponderancia y atributos que la Logosofía le asigna por sobre todas las demás perspectivas y aspectos que la ciencia haya podido determinar a los diversos agentes de la naturaleza humana.

En efecto, las corrientes de investigación científica se han dirigido hacia el estudio de la vida tomando por objetivo su configuración orgánica (biología), funcionalidad y propiedad de los órganos (fisiología), las enfermedades (patología), con sus consiguientes ramificaciones (bacteriología, endocrinología, etc.), y a fuer de tenaces empeños filosóficos se incorporaron luego la psicología, estudio de las facultades del alma y modalidades anímicas del ser, la psiquiatría, doctrina y estudio de las enfermedades mentales, y la antropología, estudios generales del ser humano: pero se ha hablado, acaso, alguna vez de la mente? ¿Ha preocupado ella en alguna época el afán científico? ¿Ha formado parte, por ventura, de los conocimientos que se imparten en las universidades? Se ha tomado en cuenta en alguna oportunidad su existencia? ¿Se han discutido sus virtudes o sus propiedades, su funcionamiento o su rol en la vida humana? No tenemos la menor noticia de ello y en buena ley lo podemos decir después de haber sido atacados por el solo hecho de dar a conocer nuestro descubrimiento, fruto de largos años de intensa labor, de estudio y experimentación.

Este hecho nos autoriza a ratificar nuestras afirmaciones de años atrás, valientes y decididas, cuando por primera vez expusimos a la opinión los resultados de nuestras investigaciones y llamamos reiteradamente la atención para que se viera en nuestra prédica el sincero anhelo de llevar a todo hombre de estudio hacia la comprobación consciente de nuestros aciertos y de nuestras verdades.

Hoy como ayer volvemos a proclamar la existencia de un sistema mental que rige la psiquis humana y regula todos los actos del hombre, considerando ese sistema como el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones.

No se trata de nada sobrenatural ni que resulte de difícil acceso a la inteligencia. No pretendemos crear el androide, esa especie de autómata con figura humana que alucinó al gran Alberto y que la historia, con ironía casi imperceptible, relata que S. Tomás partió de un bastonazo para no verse importunado por las ocurrencias del muñeco. Tampoco entra en nuestra cuenta reeditar el sueño de los antiguos alquimistas que tentaron crear al hombre sin concurso de la mujer, utilizando la famosa mandrágora, raíz gigantesca que crecía en remotas épocas y sobre la cual se tejieron tantas leyendas; ni resucitar viejas teorías confundidas con creencias de diverso tipo, cosa que dejamos para aquellos que se confeccionan trajes de filósofos a expensas de la inventiva ajena.

El hombre siempre consideró que sus pensamientos, lo mismo que las voliciones o impulsos de su carácter, emanaban del cerebro. Lo prueba el diccionario de la lengua, que es ley en la enseñanza oficial, al dar como explicación del vocablo mente, “razón, inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, pensamiento, etcétera.

En Francia la palabra mente no existe, y si esto acontece en el país que ha ocupado los primeros puestos y aventajado siempre a los demás por la agudeza de su espíritu investigador y estudioso, tenemos sobrados motivos para declarar que ni en la Sorbona ni en parte alguna de Europa se asignó a la mente la menor importancia.

“En el principio era el Verbo…”El Verbo es antes que Verbo, MENTE, porque la Mente es la que genera el Verbo y éste no sería tal si la mente no existiera. Hemos contestado a los hombres de ciencia -y no han podido replicar,- que no es el cerebro el que produce las ideas ni da forma a los pensamientos, sino la mente. Cerebro también tienen los animales y sin embargo, no tenemos noticia alguna de que a tal o cual representante de la fauna, se le haya ocurrido lanzar una idea o proponernos algún pensamiento. Empero, en ciertos animales, como ser el perro, el caballo, el mono, etc., se observan los primeros rudimentos mentales, aun cuando es indudable que prevalece en ellos un fuerte instinto que suple prodigiosamente las facultades que el hombre posee en su mente, inclusive la misma inteligencia.

Los animales carecen de mente, causa por la cual no pueden tener conciencia de su existencia ni de sus actos. El hombre, en cierto modo, les hace participar de su mente y de su inteligencia al reproducir sus pensamientos en su dócil naturaleza, por impresiones, en unos casos, simpáticas, sensibles y afectivas y en otros, violentas y severas que reprimen el instinto y acobardan al animal sometiéndolo a la voluntad del ser humano.

Es la perseverante educación del instinto mediante la constante vigilancia que el hombre ejerce sobre el animal haciéndole repetir movimientos o ejecutar órdenes, lo que hace aparecer a éste como si obrara con inteligencia, más no debe olvidarse, que sólo se comporta con lucidez cuando obedece a esas órdenes, es decir, cuando la inteligencia del hombre lo conduce, pero si se lo deja solo, merced a su propia iniciativa, allí se acaba la inteligencia y aparece la bestia, salvo casos muy excepcionales, en que guía al animal, más el instinto afectivo, que lo que pudiera pensarse un rasgo de inteligencia.

Los sabios de la antigüedad, filósofos consumados que propendieron al desarrollo de los temas que tenían encadenado al hombre en una perpetua ignorancia, atribuyeron a diferentes causas el origen de la formación del universo. Tales, por ejemplo, fundador de la escuela Jónica, afirmó que el agua fue el gran agente cósmico de la creación; Anaxímenes vio en el aire el principal elemento, mientras que Heráclito se inclinó por el fuego. Otros llevaron la discusión del problema a diversos terrenos, desviando así la preocupación primera hacia la adopción de conceptos que discretamente admitieron con respecto a Dios. Desplazados del primer plano aquellas suposiciones que tendían a establecer cuál fue la primera manifestación universal, los que siguieron en el uso de la palabra en esa gran asamblea que tuvo por escenario a Grecia, India, China y Persia, en el curso de largos siglos nada aportaron con relación a dicho problema. Sus puntos de investigación convergieron casi todos en similares especulaciones, aun cuando desde muy opuestos puntos de ser.

La Logosofía ha declarado ya que el primer elemento con que se constituyó el universo fue la substancia mental segregada de la gran Mente Cósmica o Mente de Dios. Esa Mente Universal y todopoderosa interpenetra toda la creación; más aún, rige todos los procesos inteligentes y exactos de la naturaleza y se hace presente hasta en los seres más infinitamente pequeños que, ajenos al conocimiento del hombre, cumplen sus actividades en las profundidades inconmensurables e inaccesibles al alcance humano.

Más he ahí, que al obrar la Mente Ultradivina en cada ser viviente, con excepción del hombre -la excepción es más aparente que real,- toma para sí la responsabilidad de la dirección que a ellos imprime, vale decir, que tales seres viven y pueden actuar con inteligencia, pero sumergidos en la más absoluta inconsciencia, como sería el caso de los animales domésticos que hemos citado. En cambio, en el hombre no debe suceder tal cosa, por cuanto la misma voluntad de Dios puesta de manifiesto en la propia conformación humana, está diciendo con la más sublime elocuencia que el hombre tiene potestad para independizarse de esa tutela mental. “Fue hecho a su imagen y semejanza”, y por tanto, facultado para asumir la dirección inteligente de su vida, llevando su ser por medio de una sucesiva y consciente evolución, a las más altas realizaciones, mientras hace gustar a su alma el exquisito elixir de la Sabiduría, la misma que turbó el sueño de los dioses paganos, veló el entendimiento de los viejos alquimistas y procuró la gloria de mártires y profetas.

El conocimiento, que no podría ser tal si la mente no existiera, representa la Ley del Poder Supremo. De ahí que los pecados del ser sean juzgados por esa Ley conforme al conocimiento que éste posea sobre lo hecho y la intención al usarlo como elemento de acción. Pero como dicha Ley es la máxima expresión de la Justicia, también concede en la expiación de las faltas mayor proporción absolutoria al que más conocimientos tenga, pues la parte de sabiduría con que el ser cuente, le permitirá no sólo llegar a la eliminación total de sus deudas morales por el valor computable de las obras que realice en bien de los demás, sino que podrá hasta sobrepasar en mucho su crédito en tal sentido. Esta posición privilegiada vemos que fue alcanzada por las grandes almas que han pasado por la tierra y que han sido verdaderos ejemplos para el mundo.

La mente es en el hombre el principio consciente y es, como dijimos antes, el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones. Por ella él sabe que existe, y lo sabe en razón al conocimiento que sólo la mente contiene como medio de expresión de la sabiduría. Sin la mente el ser humano no podría tener conciencia de su existencia y mucho menos habría de conseguir que ésta fuese útil y provechosa para sí y para los demás.

La Logosofía no sólo trae al estudio del hombre estos nuevos y fecundos principios, sino que funda esos preceptos en conclusiones ya determinadas por rigurosas y precisas comprobaciones. Tales principios sostenidos por la Logosofía son el resultado de la particular concepción de su creador, autor de estas líneas precursoras de no muy lejanas manifestaciones universales de la verdad que expone a la conciencia humana.

Hemos señalado la existencia de un sistema mental en todo ser humano, sin basarnos, por cierto, en abstracciones de carácter meramente especulativo. La descripción gráfica que la Logosofía hace del sistema mental aleja toda duda. Ella ha materializado la psiquis humana, le ha asignado una fisiología independiente de la conformación anatómica del cuerpo y establecido la ubicación material de la mente en relación directa con el cerebro dándole una forma y un volumen conforme a su desarrollo y evolución. Ha indicado su funcionamiento y enseñado la complejidad de su organización, y por último ha impuesto una norma a su desenvolvimiento y actividades, subrayada por la presencia en ella de pensamientos a los cuales les ha asignado vida propia e independiente, figurando como entidades mentales que tanto pueden nacer y procrearse dentro del recinto mental, como provenir del ambiente externo y actuar dentro del ser vinculándose tanto a su vida que llegan en muchos casos a identificarse con ella de tal forma que imperan luego sobre la propia voluntad del individuo.

Contrariamente a lo admitido hasta hoy respecto a que mente, razón, memoria, inteligencia, voluntad, etc., son una sola y misma cosa, la Logosofía ha determinado la configuración anatómica de la psiquis humana al afirmar la existencia del sistema mental y atribuir un rol particular a cada una de las partes de que se compone la psiquis, demostrando la posibilidad que el ser tiene de poder conectar todos los resortes del sistema y lograr una perfecta organización psíquica.

Se ha de suponer que, al poner en tensión directa y conectar esos resortes -figurados, se entiende, puesto que en resumen no son otra cosa que lo que la Logosofía ha llamado “psicoides”, especie de elementos que según su disposición, coadyuvan al mejor desempeño de las funciones mentales- se operará en el ser una visible transformación psicológica, pues como lo estamos diciendo, al utilizarse tales psicoides conscientemente, se favorece el rápido desarrollo de las facultades (psicogénesis), dando ello lugar a que el sistema mental, una vez organizado, con un poder mayor de asimilación, comience un nuevo género de actividades en el más amplio sentido de la palabra, obteniéndose por resultado un rendimiento que podríamos apreciar, sin que haya exageración alguna, múltiple, tanto en las producciones de la inteligencia, como en la labor constructiva del espíritu.

Todo esto no quiere decir que pretendemos desconocer los esfuerzos, bien meritorios sin duda, de los que preconizaron el idealismo y otras teorías similares que consideraban al alma como parte independiente del cuerpo o como rigiendo los destinos del hombre desde un plano opuesto a la materia, al cual llamaban “mundo de las ideas”; pero es el caso, que ninguna de tales teorías ha subsistido a la acción del tiempo, pues fueron desplazándose unas a otras hasta quedar reducidas al presente a simples apuntes de la nomenclatura filosófica que suelen citarse para establecer puntos de referencia de una a otra época cuando se quieren verificar los aportes hechos por los filósofos en sus respectivos tiempos.

No discutimos, por consiguiente, el valor que puedan haber tenido y sigan teniendo para la filosofía o la ciencia las doctrinas o sistemas aparecidos en el curso de las edades, puesto que tenemos al tiempo, que es un árbitro de quien no puede sospecharse cuando a cada cosa que no ha de durar le señala una fecha, significando con ello que pasó de moda o dejó de ser de actualidad.

La Logosofía aspira – y sus buenas razones tiene- a no figurar entre el número de los empeños que han corrido esa suerte, y ésta es la causa por la que cuidamos muy bien de no ofrecer el menor motivo a la posteridad, que habrá de juzgarlos, para que el tiempo no fije fecha a la concepción logosófica del universo y el hombre, pues ella descansa sobre principios que pensamos indestructibles y que por tanto habrán de resistir a la acción del tiempo, aun cuando éste abarque en nuestro concepto, innumerable cantidad de siglos.

Tal fuerza tiene la lógica de nuestras afirmaciones luego de palpar la verdad que asoma por entre los pliegues de la Logosofía, que no dudamos habrá de desvanecer al fin los reparos que puedan hacernos por la contundencia de la forma de expresión que usamos en nuestros escritos, estilo que bien podría considerarse como genuina característica del espíritu americano, gallardo y viril por excelencia.

El gran Tratado de Logosofía que se halla actualmente en preparación, ha de ser, podemos asegurarlo con toda la autoridad que nos concede nuestro alto dominio filosófico y científico, la obra clave del porvenir donde habrán de inspirarse las generaciones futuras, ya que estará llamada a modificar, tanto los viejos conceptos sobre la vida humana como el curso de las investigaciones científicas, y no será nada extraño que podamos asistir a una de las más grandes y estupendas transformaciones que haya experimentado la humanidad en el rodar de los tiempos.

América habrá de ser, pues cuna de una potente civilización nacida al conjuro de heroicos esfuerzos en pro de conquistas supremas, no de tierras ajenas, sino de virtudes y conocimientos que llenarán de asombro a las generaciones que habita el viejo mundo.

Repetimos: no es una utopía; la Logosofía es una realidad que en su oportunidad habrá de experimentarse como una necesidad, para no quedar rezagados en el punto muerto en que hoy se encuentra el movimiento intelectual del orbe.

Conviene tener en cuenta, para no formarse conceptos erróneos y evitar confusiones que a nada conducen, distinguir el triple carácter que inviste la Logosofía; nos referimos a los aspectos, filosófico. (Presentación de una nueva concepción del universo y el hombre; creación de un sistema y doctrina); científico (Descubrimiento de nuevos elementos en la estructuración mental y psicológica del ser humano, con métodos de investigación, disciplinas, documentación, etc.), y artístico (Exaltación de los rasgos más bellos del espíritu humano, de la naturaleza y en síntesis de todo el universo; modelamiento de nuevas formas que se impondrán en el futuro; observación constante de los caracteres más prominentes de la época presente en relación directa con el progreso de la arquitectura, las letras, la pintura, etc., las cuales reúnen todas las manifestaciones del arte en una conjunción de miras e inspiraciones propias de una época que no tardará en manifestarse en el apogeo de una civilización que intuimos habrá de superar con largura a las que nos precedieron en el curso de los siglos).

La línea sinóptica que cada hombre puede trazar en el plano de su vida, auxiliado por los conocimientos logosóficos, le demostrará, pese a todo su escepticismo e incredulidad, que puede ser consciente de su propia evolución y que en él está demorarla o acelerarla al tiempo que lleva buena cuenta de los cambios -notables algunos- que irá experimentando en su beneficio mientras va adiestrándose en el uso consciente de los elementos esencialmente nuevos y de inestimable valor que pone a su alcance la Logosofía.

No se trata de crear un nuevo tipo de hombre, puesto que nada falta a su maravillosa constitución, pero sí de dar a éste los conocimientos necesarios para que conozca lo que sin saberlo posee y se apreste a colaborar así en su propia regeneración y perfeccionamiento. Mucho queda todavía para que aquello que aún permanece manifestado en la creación universal, se proyecte a la conciencia del mundo. También en el hombre existen elementos, sistemas y facultades que permanecerán por milenios ocultos a su conciencia, mientras la ignorancia vele su entendimiento y llene de sombras su existencia.

No nos inquietan, pues, las alternativas que pueden presentarnos los juicios, las críticas y los ataques. Nos guían inalterables anhelos de prestar nuestro particular concurso sirviendo y siendo útiles a toda la humanidad.

Y si esta formal decisión de hacer el bien a todos sin excepción, encontrase las resistencias y reacciones que nunca faltan en estos casos, habremos de utilizar toda la fuerza persuasiva de nuestras convicciones para convencer, sea a quién fuere, de lo infructuoso que sería destruir o forzar tales empeños.

Debe procurarse, y así lo proponemos libres de todo prejuicio, una amplia colaboración entre los hombres de estudio y de talento que persigan análogos fines en vez de perder el tiempo y mermar los rendimientos personales combatiéndose entre sí como si se obedeciera a leyes fatales de carácter destructivo. A ellos van dirigidos también nuestros esfuerzos; a establecer una convivencia mental y afectiva entre los seres, principiando por los que tienen mayor inteligencia, pues estos comprenderán más fácilmente y harán comprender a los demás la necesidad de estimular esa sana relación que habrá de constituir una defensa social poderosa, llamada a triunfar sobre la sistemática oposición de los elementos de tipo farisaico que ambulan por los ambientes provocando disensiones, malquistando los espíritus y sembrando por doquier su nefasta semilla disolvente, antisocial e inhumana.

Este problema es uno de los que más preocupa, precisamente a los gobiernos que sienten la responsabilidad de sus altas funciones. Desde Roosevelt a Ortíz cruza por todo el continente americano la misma palabra: “colaboración”, que todos los presidentes pronuncian en sus discursos y arengas como una consigna suprema. Es que esa palabra significa paz, orden, progreso.

El actual mandatario de la Nación Argentina, en ocasión de inaugurar las sesiones del Honorable Congreso, dijo que debido a “una conjunción complicadísima de factores históricos que han hecho crisis en nuestro tiempo, las sociedades humanas han llegado -sin quererlo- a un estado de desequilibrio, de injusticia y de antagonismo, que ha dividido y puesto frente a frente a las distintas categorías sociales, a los diversos sistemas políticos, a los pueblos y naciones con encontrados intereses y métodos de gobierno”. Hizo alusión también a la cuestión social que tan numerosos conflictos ha planteado “tanto en el campo de la economía y de la política como en el vasto dominio de la vida espiritual” y terminó solicitando la colaboración de todos para realizar la magna labor de gobernante que se propone.

Tales palabras, que están en íntimo acuerdo con nuestra tesis, facilitarán sin duda alguna la labor en común en que estamos empeñados. Ya se verá luego lo que cada uno haya aportado al mundo y serán las obras, como expresión de verdades inconmovibles, las que reclamarán para sus autores una palabra de justicia.

Formulamos estas manifestaciones en una hora propicia, en que se acentúa cada vez con mayor intensidad, especialmente en nuestro continente, la tendencia hacia la colaboración, la conciliación y el respeto a todo esfuerzo noble y de carácter constructivo que dignifique al hombre, pues es respeto lo que éste pide, más aún cuando trabaja y se sacrifica en exclusivo bien de su prójimo. Mientras el sabio -dijimos un día- oculta celosamente sus privaciones y fatigas, muestra con infantil alegría las cosas que ha concluido en paciente labor para que los demás disfruten de los beneficios.

Nuestra palabra llega a la opinión pública en momentos en que la Escuela Raumsólica de Logosofía celebra el octavo aniversario de su fundación. Extendida por todo el continente, es en suma, la primera Escuela, en su género que ve la luz en el suelo de América.

El Nuevo Mundo está replicando ya con ejemplos elocuentes a los estadistas de allende el océano. Y no pasará mucho sin que anuncie también a los filósofos de Europa y Asia, que se ha descubierto en estas tierras el lecho de un manantial filosófico que nada tiene que ver ni absorber de las viejas corrientes de Atenas, Alejandría, etc., ni tampoco de las que inundaron el viejo mundo de teorías, doctrinas o sistemas filosóficos en la Edad Media y en los tiempos modernos y contemporáneos. Ya habrá ocasión de contemplar cómo desde aquellas comarcas que fueron cuna de regias estirpes y varones iluminados, acudirán los hombres a los valles del Plata para abrevar los conocimientos que ellos no lograron encontrar y resolver los múltiples problemas planteados a la inteligencia humana.

Servir a la humanidad, ser útil a los semejantes es -como dejamos expresado-, uno de los pensamientos que animan nuestras horas de labor y de consagración. Ocho años llevamos de brega logosófica. Si no hubiéramos visto confirmarse tantas veces la verdad de nuestras afirmaciones, con seguridad que estas palabras no tendrían la fuerza de expresión que poseen ni hubiésemos expuesto tan abiertamente nuestro pensamiento; pero, por algo lo decimos y volvemos a repetir: la Logosofía dará al mundo las bases para una nueva investigación conduciéndolo hacia nuevos y fecundos descubrimientos.

RAUMSOL

EL FILÓSOFO AMERICANO

Copia facsimilar del artículo original

Facsimilar del Artículo publicado en EL DIARIO de Buenos Aires el 11 de agosto de 1938

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Concepto sobre el perdón o acto de perdonar

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De su libro “Diálogos”, (1952, Diálogo No. XXXVI, pág 144)

FAUSTINO —Días pasados comentábamos, entre varios condiscípulos, la eficacia o la ineficacia de la aplicación de ciertas prácticas y principios sustentados por algunas religiones, teniendo presente, desde luego, algunas enseñanzas logosóficas que difieren de las interpretaciones conocidas. Tal, por ejemplo, lo referente al perdón o acto de perdonar.

Por mi parte, siempre he considerado humano el perdonar las faltas de los demás, aún cuando en mi caso en particular —y creo que en muchos ocurre lo mismo— me ha sido difícil hacerlo al instante; antes bien, después de un tiempo, y, según los casos, he perdonado o no. En cambio, me resulta incomprensible el perdón que las religiones otorgan a sus fieles por el mero hecho de confesarse, o por destinarse un día del año al perdón de las faltas mútuas entre semejantes. Tal vez exista en ello algo enigmático, ajeno totalmente a mi conocimiento. Será de gran valor para mí escuchar al respecto vuestra autorizada palabra, profunda y convincente siempre.

PRECEPTOR —Este asunto del perdón es algo muy delicado, que merece, dada su índole y por el hecho de ofrecer aspectos tan variados como singulares, tratarse con la extensión debida.

Como fórmula moral es admirable, pero no siempre cumple su primordial objeto. Ahora bien; prescindiendo de todo otro concepto, la Sabiduría Logosófica concibe el perdón como una virtud de espíritu universal que se extiende por todos los ámbitos de la Creación y cuyos beneficios alcanzan a la criatura humana mientras no abuse de tan preciada prerrogativa.

Así, pues, en tanto vive el hombre en la ignorancia, ajeno por completo al mecanismo universal que gobierna y regula por medio de sus leyes los movimientos y actividades de la existencia animada, comete errores y faltas de toda especie. En su inmensa mayoría, dichos errores y faltas son reparables, pero las sanciones que salen de la órbita jurídica de las relaciones humanas rara vez tienen inmediata aplicación; de ello se encarga luego la adversidad haciéndole sufrir las consecuencias.

No obstante, las leyes supremas son justas y magnánimas, y a la vez estrictas. Conceden al hombre el tiempo necesario para reparar sus faltas, primero mediante el reconocimiento de las mismas y después mediante el esfuerzo tenaz para enmendarlas íntegramente. Realizado esto, el perdón surge de la propia conciencia individual, al quedar reparados la falta o el error. Si tales hechos hubiesen afectado a sus semejantes, esa conducta asimismo lo rehabilitaría.

FAUSTINO —Es la vuestra una originalísima concepción que supera en alto grado los antiguos conceptos. Pero aún me resta una duda: los seres afectados por los errores o faltas de un semejante, ¿no deben, acaso, perdonarlo para que aquél pueda quedar absuelto?

PRECEPTOR —He ahí, precisamente, un hecho cuya frecuencia hace necesaria su aclaración. Él perdón que comúnmente otorga el ofendido, o simplemente afectado, es siempre ostentoso, haciéndolo sentir, por lo general, en forma harto deslucida. Ese perdón, concedido desde la altura ilusoria en que éste se ubica, constituye para el perdonado un verdadero, agravio.

Entre seres evolucionados, el perdón de las faltas y errores ajenos es una virtud consubstancial con el propio espíritu, justo y magnánimo, y, sin necesidad de manifestarlo en gesto externo, se lo evidencia por el olvido del daño que, a juicio de quien perdona, le hubo ocasionado un semejante.

FAUSTINO —Pero si quien incurriera en un desliz no se enmienda luego ni reconoce sus faltas o errores, ¿qué proceder cabría?

PRECEPTOR —Conviene agotar siempre todo recurso noble para que el ofensor comprenda finalmente su equivocación; si nada diera resultado, siempre queda el retiro discreto de la amistad.

Jamás deberá privarse, a quien ha incurrido en falta, de la oportunidad de subsanarla corrigiendo su equivocada actuación. Pero si no se enmienda, cuenta de él será afrontar las consecuencias, que han de comenzar por su desconcepto.

FAUSTINO —Me interesa conocer cuáles son esos recursos nobles que habéis mencionado, de los cuales se puede echar mano en tales casos.

PRECEPTOR —La paciencia y la tolerancia que exige todo comportamiento elevado, en primer lugar. En segundo término, el llamado de atención, sin alterar la serenidad que requieren esas circunstancias ni mostrar las violencias de las reacciones que hubieran podido experimentarse.

FAUSTINO —Resumiendo, ¿podríais señalarme, entonces, el verdadero alcance del perdón?

PRECEPTOR —Claramente se desprende de cuanto os he expresado que el verdadero perdón, el que redime, surge de la conciencia individual al enmendarse quien ha incurrido en falta o en error.

Es ese el perdón grato a los ojos de Dios, por ser el más fecundo. También lo es el que se evidencia por el olvido o atenuación que discretamente se hace de una falta; no así el que se pronuncia de labios afuera, porque revela incomprensión y aún hipocresía, pues generalmente está subordinado al sometimiento humilde del perdonado que lo acepta.

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En pro de una Escuela de Educación y Cultura Política

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro “Nueva Concepción Política” (1940)

Como ya ha podido apreciar el lector, no escribo por primera vez sobre estos temas que tanto apasionan a las gentes y mueven el espíritu de las masas de un extremo a otro de la opinión y del sentir.

Me ha preocupado siempre todo cuanto atañe a la vida del hombre, tanto en sus relaciones mutuas con su sentir y pensar como con el espíritu íntimo de la naturaleza que anima su existencia. Mi pensamiento no se ha circunscripto jamás a ningún sector de los que suelen ser preferidos por la inteligencia y a cuyo punto los hombres encauzan sus miras y concretan sus aspiraciones y actividades. De ahí que me interesara vivamente cada cosa que pudiera ser objeto de una observación especial, a fin de aportar, sólidamente afirmado sobre profundos conocimientos de la psicología humana, toda la luz necesaria, pensando que ella podría ser aprovechada con positivos beneficios por el entendimiento común, que tanto necesita ser auxiliado en la maduración de sus precarios juicios.

No debe, por tanto, sorprender a nadie que mi pluma exponga hoy mi concepción política y ofrezca mi concurso desinteresado e inspirado en el más sano patriotismo, al alma de un nuevo movimiento cívico que encarnando el sentir unánime del pueblo argentino, marche con paso firme y seguro hacia la conquista definitiva de los sagrados y supremos ideales de la patria.

Estas manifestaciones que hago con la más absoluta independencia mental, tendrán tal vez una acogida fría y escéptica en los políticos que actualmente descuellan en las filas partidarias y aun en el marco de la vida nacional; pero, también es posible que encuentren campo propicio en los ciudadanos conscientes, que aunque se hallen en altas posiciones no dejan por ello de buscar en medio de la opinión, nuevas voces de aliento, estímulos reconfortantes y palabras sabias que orienten sus espíritus en esas horas inciertas y temibles que aparecen en la historia de los pueblos y que, justamente, en estos momentos nos encontramos atravesando.

El mismo Sr. Presidente de la Nación lo ha dicho en su discurso – programa pronunciado en el Luna Park el 6 de julio de 1937-. “La política no debe ser acción de profesionales que dirijan la vida de los partidos hacia el logro de sus aspiraciones personales”. Y ha dicho más aún; ha expresado en el citado acto que “no es Posible, en la hora grave que vivimos, ser indiferentes a la función política”.

Esta función no es un monopolio del cual sólo han de participar unos cuantos centenares de elegidos. En su expresión más sobria y concordantes con el alma popular, ella debe ser el campo experimental donde el ciudadano pone a prueba sus aptitudes, capacidad y sinceras aspiraciones de ser un elemento eficiente y necesario en la función política de que habla el Primer Magistrado, para el mejor desempeño de todas las tareas que incumben al Estado.

Entre los cursos que forman el bagaje de enseñanza en las escuelas comunes o primarias, figura uno sobre Instrucción Cívica; pero éste no basta para formar la conciencia del ciudadano de mañana.

En noviembre del año 1935 publiqué un proyecto de Escuela de Educación y Cultura Política ([1]) que voy a permitirme insertar para mejor documentar mis preocupaciones en este género de actividades, de las cuales, como ya dije, me he mantenido al margen en el sentido de una actuación personal. Dice así:

“El problema político de los pueblos va tornándose cada vez más insondable a causa del relajamiento gradual que ha venido sufriendo la política. Es hora ya, de que los dirigentes de todas las grandes agrupaciones de esa índole, hagan un alto en su constante batallar por la conquista de posiciones públicas y se apresten, con serenidad y cordura, a hacer una revisión de sus valores, actos y palabras. Nadie ignora que existe un gran desequilibrio entre la masa política y sus dirigentes, pues la primera obedece, simplemente, a las sugestiones de estos últimos.

“Las deficiencias que adolecen los partidos políticos, van ahondando cada día más los resentimientos entre los partidarios de diversas tendencias y éstas son ya lo suficiente visibles a la opinión pública como para que el problema sea encarado decididamente, a fin de conjurar el mal en sus propias raíces.

“Se dirá: ¿En qué forma puede ser realizado ese milagro?

“Los problemas muchas veces dejan de resolverse, no porque sean difíciles o insolucionables, sino porque se carece del valor y grandeza de alma necesarios para encarar las soluciones que el mismo problema invita a adoptar a los hombres.

“Se han ensayado ya muchos sistemas, muchos métodos, e intentado infinidad de reformas que en el orden político pudieran redundar en un cambio favorable para los intereses partidarios; pero, los resultados han sido siempre los mismos, sin que se haya llegado hasta el presente a una conclusión práctica y digna de servir de ejemplo a los demás.

“Es necesario dar al pueblo bases para que no sucumba luego por la falta de recursos técnicos, en el laberinto de las circunstancias que surgen a raíz de sus actividades políticas internas.

“Los partidos políticos se forman unas veces en torno de personas que asumen la dirección de los mismos, y otras, por un movimiento de opinión que agrupa en el vórtice de las aspiraciones comunes, una gran cantidad de individuos aprestados a sostener decididamente sus postulados o ideales políticos.

“Los medios que utilizan los distintos partidos para conseguir prosélitos son harto conocidos y no vale la pena mencionarlos. Se ha visto cómo emerge de la incógnita masa una porción de seres que sin la debida ilustración, experiencia y cultura, son llevados por entusiasmos pasionales a ocupar altas posiciones públicas o representativas. De ahí que se relajen luego los resortes orgánicos que funcionan movidos por constituciones sanas y nobles.

“Esto acontece porque no se ha señalado a las agrupaciones políticas, una norma, una disciplina, una educación esencial para que sus componentes puedan llegar a ser aptos y eficientes colaboradores, cuando la oportunidad requiera de ellos una cooperación patriótica y digna en el seno del gobierno, del parlamento u otras posiciones públicas de estricta responsabilidad.

“Es hora ya de pensar en instituir en cada nación libre, que quiera llegar a altos designios, una Escuela de Educación y Cultura Política, abierta a todos los ciudadanos del país, sin excepción.

“A semejanza de las disciplinas universitarias, esa escuela podría tener un programa de estudios que abarcase hasta el bachillerato en ciencias políticas.

“Con seguridad que se cometerían así menos errores en la selección de los candidatos y se refrenarla un tanto la ambición que tiene la mayoría de los políticos, desde sus comienzos, de llegar a ser Presidente de la República o de ocupar altas posiciones con miras no siempre a la altura de la responsabilidad que tales cargos exigen.

“Establecido un vasto programa que comprendiese los conocimientos indispensables para investir de aptitudes inobjetables a los futuros políticos, la Nación contarla con hombres de carrera, quienes sabrían desempeñarse a entera satisfacción de su pueblo, con lo cual se evitaría el lamentable espectáculo que presenta el panorama político, no sólo en los momentos preelectorales sino y lo que es más sensible en las deficiencias que suelen observarse en las actitudes de los gobernantes, como tantas veces ocurre en la vida de los pueblos.

“Un programa bien definido que orientara en forma clara y precisa el desempeño de cualquier misión o cargo político, constituiría toda una solución al problema que se busca resolver por tantos medios.

“Podrían señalarse como base de la educación y cultura política, los siguientes cursos:

  • Enseñanzas elementales de política. Ética política.
  • Enseñanza parlamentaria. Enseñanza administrativa.
  • Historia política de los pueblos (métodos, reformas, resultados, cte.).
  • Política interna.
  • Política internacional. Urbanismo.
  • Oratoria y propaganda política. Actos electorales.
  • Materias diversas sobre competencia política, etc.

“El cuadro de profesores debería estar formado por políticos de sana reputación, cuyas tendencias fueran de mayor consideración, y de igual modo las mesas examinadoras, prohibiéndose toda referencia partidaria dentro del recinto de esa institución nacional.”

Desde luego, el proyecto expuesto no es más que una simple enumeración de puntos que podrían servir de base para un proyecto definitivo. Sólo he querido sugerir con el planeamiento enunciado, una conducta a seguir con descontadas probabilidades de éxito para el futuro político de la Nación.

Más que nada, la iniciativa tiende a desterrar de nuestras prácticas al comité como escuela política, pues nadie ignora que allí, en esos ambientes viciados por las pasiones, se forman la mayoría de nuestros hombres de Estado y funcionarios de gobierno, con la rémora del lastre caudillesco.

Pienso, decididamente, que es en la cátedra donde el político de buen cuño habrá de hacer obra fecunda, instruyendo a las juventudes más que con discursos fogosos, con aquella prédica sana que abre el alma del ciudadano e inflama sus sentimientos de fervor patriótico, puro y generoso.

Es ahí, en esa Escuela de Educación y Cultura Política, donde el instructor, aparte de guiar a los aspirantes hacia el buen sentido de las cosas que conciernen a la acción pública y privada de los hombres de nuestro pueblo, los llevaría a compenetrarse de los problemas que preocupan al país, estimulando el discernimiento a fin de que cada uno, por sus propios esfuerzos, alcance más tarde a colocar su grano de arena en la obra que cumplen las generaciones para el mayor engrandecimiento de la patria.

Se obligarla así a pensar a los hombres del mañana que aspirasen descollar con méritos en el escenario de la vida nacional, incitándolos al esfuerzo individual, a la iniciativa y producción en materia de perfeccionamiento y manejo prudente y honesto de la cosa pública.

Cuántos elementos valiosos podrían salir de esas aulas y cuántas soluciones se hallarían en ese laboratorio, en el cual la competencia y la selección, en pleno apogeo de una rivalidad moral, habrían de hacer florecer no pocas ideas verdaderamente luminosas en la mente de los que aspiraran a desempeñarse allí donde la Nación requiera sus servicios, que luego ha de premiar llevándolos a posiciones de mayor responsabilidad.

También seria un freno constante para la juventud que quisiese participar en las lides políticas, puesto que la comprensión y capacitación obtenidas por las disciplinas que regirían en esa Escuela de Educación y Cultura Política, predispondrían su espíritu a una mayor conciencia de las situaciones y no se dejaría arrastrar tan fácilmente por la seducción de las deslumbrantes perspectivas que cada posición partidaria presenta a los ojos de los que entran bajo la acción del proselitismo electoral.

El político debe ser, en la verdadera acepción de la palabra, según mi concepto, un hombre dinámico, de inteligencia lúcida, amigo de la investigación y del progreso, de un complejo psicológico resistente a todos los contrastes de la vida pública, principalmente en su acción de gobernante.

Del comité salen a menudo hombres inflados, abúlicos, codiciadores de cargos públicos con altas remuneraciones, pero sólo para mandar, pues les fastidia toda idea de trabajo. Su ocupación favorita ha sido siempre y seguirá siendo, la de charlar; “hacer política”, de lengua afuera; darse importancia con los de abajo y halagar el oído de los de arriba, salvo raras excepciones en que prevalece el espíritu de lucha, de organización, asistido por patrióticos anhelos.

Soy de opinión que la cultura cívica de nuestra Nación, debería alcanzar a los comités, transformándolos en centros respetables de reuniones partidarias, donde los ciudadanos que tomen contacto con sus correligionarios, no se sientan defraudados al advertir una apreciable contradicción entre los pulidos discursos de los candidatos y las toscas palabras y no menos deslucidos modales de los que allí concurren durante las campañas políticas.

Por lo general, los partidos han carecido de ideales fijos o, en el caso de haberlos tenido, éstos se esfumaron no bien triunfaron las fórmulas electorales. Durante más de veinticinco años he escuchado de labios de los más calificados políticos, casi idénticos proyectos y una singular coincidencia en sus pensamientos, expuestos, por lo general, en discursos de circunstancia más que en escritos que contuvieran el resultado de meditados y prolijos estudios sobre los problemas que afectan al país.

Los presidentes argentinos la historia lo testifica han hecho obra de gobierno acudiendo a sus inspiraciones íntimas y orientados por sus propias iniciativas, más que siguiendo rutas, ya que éstas brillaron por su ausencia en los estandartes partidarios.

Sin embargo, pese a todos los buenos propósitos de los gobernantes, pese al clamor público y a las erogaciones inmensas que significan para el país los puestos nacionales, los gobiernos no han podido quebrar esa resistencia, activa y pasiva a la vez, tenaz y abrumadora, que ofrece la demagogia, inseparable compañera de la burocracia.

¿Quién la fomenta? El mismo nombre lo dice: empleos públicos. He ahí el ideal único e insustituible detrás del cual han marchado hasta hoy las multitudes como rebaños al redil. ¿Qué ciudadano no se siente atraído y con derecho a ocupar esos puestos de pocas horas de trabajo y sueldos crecidos?

Cuando el Estado exija un mayor rendimiento a los empleados públicos, haciendo primar la competencia a la cuña política, se habrá dado un gran paso y más de una repartición se verá raleada de escribientes y mejor atendida por los que supieran entender sus obligaciones. Pero con harta frecuencia vemos que los jefes de grandes reparticiones, como los gobernadores de provincias, plagan de parientes el Presupuesto, y si algunos puestos les sobran, los reparten entre los caudillos que palanquearon sus candidaturas o les sirven de dóciles instrumentos para su manejos administrativos o políticos.

No hay duda que con mal disimulada sorna, dirán los aludidos que “la caridad empieza por casa”. olvidando que en este caso crean de hecho una situación incómoda y peligrosa a la moral pública e infligen un serio agravio a la economía o erario, ya que no tenemos aquí castas privilegiadas a quienes les esté concedido el derecho exclusivo de gozar y explotar el patrimonio nacional. Y si todo ciudadano tiene idénticos derechos, resulta que de tal postura deriva una disputa interminable, pues cada “mandón” que asume una jefatura de esa jerarquía, hace suya la máxima y manda a paseo a los familiares y favorecidos del que le precedió. Errores de nuestras prácticas políticas que ni las lecciones del pasado ni las experiencias del presente han logrado aún extirpar de raíz.

No se concibe, pues, en la Argentina por lo menos, que el proselitismo tenga algún éxito si no es en base a ofrecimientos, ventajas inmediatas, promesas que sugestionan; de ahí que entre los pliegues que dibuja la sonrisa irónica de los “generosos” distribuidores de puestos, se deje entrever a los votantes la perspectiva de acercarse al, “palenque” y beneficiarse con la influencia de los caudillos.

Ese apego febril de las masas ciudadanas, hasta cierto unto estimulado por los caudillos, a cifrar todas sus esperanzas en la Administración Nacional, de la que por años, a expensas de ella, hacen su modus vivendi perjudicando, indiscutiblemente, los intereses de la patria esa misma que a pleno pulmón y en ardiente prédica política declararon defender y engrandecer -, no existiría si los gobiernos se preocuparan de dar al ciudadano otra cultura, otra instrucción o preparación, la que haría de él un hombre a  o para desempeñarse en las múltiples labores que le ofrecen diferentes medios de ganarse honradamente el pan. ¿No es, acaso, una vergüenza que la mayoría de los comercios prefieran empleados extranjeros a los hijos del país? ¿Por qué el ciudadano argentino encuentra más difícil la vida que cualquier extranjero, gozando éste de prerrogativas que se le niegan a aquél? Es que al argentino le falta, en este caso, lo que, por lo general, le sobra al extranjero: capacidad y disciplina. En cambio, abundan en él la pretensión, la exigencia y la despreocupación por los intereses de la casa donde trabaja.

Un escaso porcentaje de jóvenes se inclina por el aprendizaje de oficios o especialización en las diversas ramas de la actividad común. Con excepción de los que siguen alguna carrera, los demás, mayoría siempre, abandonan sus estudios y si no tienen parientes o amigos influyentes que les aseguren un puesto dependiente del Presupuesto, comienzan su odisea en busca del mismo, llevando recomendaciones de un lado a otro, hasta que al fin, “si la buena estrella” no los abandona, encuentran alguna ubicación; de lo contrario, terminan por convencerse de que la vagancia es perjudicial para la salud y el porvenir.

Todo esto y cuanto al respecto vengo diciendo, evidencian la necesidad ineludible de crear una Escuela de Educación y Cultura Política, que, bien regida y con las exigencias del caso, prepararía el alma ciudadana creando aptitudes dignas y aspiraciones más justas sobre las cuales las juventudes habrían de labrar su porvenir y el de la patria. La burocracia y la demagogia recibirían un rudo golpe y la argentinidad, un enorme beneficio.


[1] Artículos y Publicaciones. (Recopilación) (1937)

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González Pecotche: Demócrata y Humanista – Capítulo V: El Ser Individual y el Ser Colectivo

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.

 Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999
  1. Individuo y sociedad.
  2. El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.
  3. Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

1-. Individuo y sociedad.

La concepción de González Pecotche acerca de las relaciones del individuo y la sociedad no evidencian inclinación en favor de alguno de esos dos términos de la cuestión.

Su indeclinable propósito de que el hombre supere sus calidades morales, intelectuales y sicológicas, no le inhiben pensar en la proyección que esas mismas calidades –superadas en la medida de las posibilidades de cada quien- deben tener sobre el cuerpo social. Dicha superación permitirá sobreponerse a la indiferencia y al egoísmo.

Y, a su vez, la sociedad (y particularmente el Estado, en su representación jurídico-política de la misma), debe propiciar el desenvolvimiento de la individualidad, fomentando y no trabando el desarrollo del libre albedrío de la persona y sus manifestaciones externas.

Uno y otro propósito requieren el marco de un régimen democrático.

2-. El proceso de la postguerra. Individualismo y colectivismo.

“La postguerra será un proceso que convendrá cuidar con extrema atención y firme voluntad para que la humanidad no sufra un colapso que podría ser de fatales consecuencias. Ese proceso abarcará todos los cambios y transformaciones que tienen que operarse en el futuro inmediato y mediato, y, se sobreentiende, habrá que dirigirlo con el máximum de energía e inteligencia hacia una superación efectiva, hacia una evolución realmente consciente, en la que cada ser humano se sienta responsable no sólo de sus actos sino también de los de toda la humanidad, de la cual forma parte; siendo así, se creará un verdadero espíritu de confraternidad, de comprensión, de colaboración, de paciencia, tolerancia y justicia”.

“Uno de los grandes problemas, quizá el más grande, es, y seguirá siéndole hasta tanto se solucione, el creado entre el ser individual y el ser colectivo, o sea, entre el individualismo y el colectivismo, que termina en lo que ha dado en llamarse estatismo, lo cual, en resumen, es la absorción del individuo por el Estado”.

“…Privar al ser humano de sus naturales prerrogativas, de los alicientes y estímulos del libre albedrío, es arrancarle lo mejor de su existencia…”

“Quitar al hombre tales prerrogativas es postrarlo en una muerte moral y condonarlo a una consunción psicológica y mental. Las grandes democracias y los pueblos libres que hoy luchan por mantener intactos los principios fundamentales de la existencia humana así parecen haberlo comprendido”. [1]

3.- Una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo.

Sabemos que el individualismo y el colectivismo han sido ideados o concebidos como dos fórmulas para ordenar la convivencia humana. En el pensamiento común, generalmente aparecen como contrapuestos.

En el pensamiento de González Pecotche, se hace una síntesis armónica entre individualismo y colectivismo, a saber: “Debe existir un equilibrio de convivencia, un equilibrio de comprensión entre el individuo y la sociedad. Entendemos que el individualismo ha de evolucionar hasta su máxima expresión, propiciando el encuentro conciliatorio con el colectivismo, y del mismo modo éste, ir al encuentro del individualismo sin absorberlo ni pretender privarlo de sus derechos, prerrogativas y libertad de producción. Si las funciones sociales del individuo deben tender al mejoramiento de la colectividad, las funciones de ésta han de tender al mejoramiento de cada uno de sus miembros, desde que cada uno, individualmente, tiene su fisonomía propia, y en la suma de sus valores y cualidades debe hallarse, mediante la libre expresión de sus pensamientos y de su acción, su mejor aporte a la sociedad.” [2]

Sentimos que el equilibrio, la ecuanimidad y la equidistancia invariable entre los extremos, es una característica esencial del Pensamiento de González Pecotche.

Esto se refleja también en las transcripciones que anteceden. De ellas fluye, asimismo, la índole humanista de su concepción al evidenciar su preocupación por la libertad y el libre albedrío del hombre, al par que se remite, para la superación efectiva de éste, a la necesidad de que se produzca una evolución realmente consciente, que es, en definitiva, su gran ideal.

(Ver en el capítulo siguiente, el título: “La evolución consciente de la humanidad debe ser el imperativo de la hora presente).

* * *

[1] Revista Logosofía N° 51, marzo de 1945 y Colección de la revista Logosofía tomo V, pág. 105 y ss.

[2] Revista Logosofía Nº 26, febrero de 1943

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González Pecotche: Demócrata y Humanista – Capítulo IV: Concepción de lo Social-Económico.

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.

Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999
  1. El capital no existe.
  2. Los peligros del estatismo.
  3. Estatismo y liberalismo económico.
  4. El capital en formación.
  5. El problema social es la preocupación básica de la hora presente.
  6. Evolución del concepto sobre los problemas sociales.
  7. El problema social y sus soluciones.
  8. Sobre industrias y comercios de tipo medio.
  9. Las demandas sociales.
  10. Aspectos de la educación del obrero.

1.- El capital no existe.

Hemos tomado este título, tan sugestivo, para comenzar este capítulo. En él se encuentran consideraciones de mucho interés y, a nuestro entender, no exentas de originalidad. Trataremos de referir sus principales aspectos.

Considera que “solo existe el trabajo como hecho cierto” y hace una clasificación del mismo en trabajo superior e inferior.

El trabajo superior o el de la inteligencia sería el que reemplaza a lo que se acostumbra denominar capital; es el que corresponde a la inteligencia y está a cargo de las jerarquías en la actividad industrial y comercial, etc. El trabajo inferior o mecánico corresponde a los empleados y obreros de rutina. En uno y otro plano, todos son trabajadores, todos son obreros.

Según se desprende del artículo, no hay un monopolio de la palabra trabajo o trabajador a favor de ninguna clase social.

Y hace hincapié en lo siguiente: dicho trabajo inferior “es compensado en la medida de lo que cada uno produce como esfuerzo personal…pues no puede estimarse de acuerdo al resultado producido, ya que éste es consecuencia del producto de la inteligencia puesta al servicio del obrero para que éste pueda   desempeñarse en sus funciones de tal”.

Insiste más adelante, que el verdadero capital es la inteligencia. Así, afirma: “El volumen del capital estará siempre en relación con el grado de cultura de la inteligencia.”

Luego entra en ciertos discernimientos que nos parecen de utilidad para la debida comprensión de las relaciones entre lo que habitualmente se denomina capital y trabajo. Expresa que “una inteligencia desarrollada exclusivamente para el lucro, se pervierte, desnaturalizando su verdadera función.”

Y entonces refiere a quienes “ocupando posiciones en el plano del trabajo superior, forman un quiste social, siendo precisamente éstos, los verdaderos explotadores de la sangre humana”. Los llama la “raza usurera”.

Cierra este enfoque lamentándose que “sean confundidos con los que actúan en el trabajo superior con nobles propósitos y humanitarias miras”. [1]  (Los destacados son nuestros).

Vemos una total independencia y ecuanimidad en el juicio, dando a cada cual lo suyo. Se percibe además, la línea evolutivista, humanista, que es invariable en el Pensamiento de González Pecotche (en el Capítulo VI nos detendremos en el concepto logosófico de humanismo).

2.- Los peligros del estatismo.

Nada hay que afecte más la economía y progreso de un pueblo, que la absorción, por parte del Estado, de lo que podríamos llamar las verdaderas fuerzas vivas del país, o sean las fuentes privadas de producción, so pretexto de que, la administración nacional requiere controlar y regular las actividades comerciales o movimientos financieros del capital privado.”

“Si recorremos los anales históricos en los que aparecen las épocas más prósperas y felices de los pueblos, sin dificultad alguna advertiremos que la paz ha reinado en ellos cuando los gobiernos, en vez de trabar u obstaculizar la iniciativa privada, la han estimulado garantizando el trabajo libre y sano de los hombres…”

“Las autoridades de cada nación democrática, en la que aún se respire el aire puro de la libertad sana y constructiva, deben pensar que jamás el Estado podrá hacer rendir a un hombre lo que éste, estimulado por las perspectivas de su triunfo, puede rendir, y no olvidar que su trabajo, unido al de todos los demás, es el que cimenta las bases más sólidas y duraderas de una nación”.

“¿El auspicio al esfuerzo privado, no es, acaso, el que atrae los capitales del mundo entero para que se inviertan en el país y se agigante el progreso de la nación, haciendo florecer las industrias? ¿Qué capital extranjero podrá confiar en establecerse allí donde el estatismo todo lo absorbe y lo esteriliza?”

“Piénsenlo esto bien quienes tienen en su poder el destino de los pueblos jóvenes de América y encontrarán que el camino a seguir es uno y único, el del respeto al patrimonio y esfuerzo particular, por ser éste y no otro, el que contribuye con mayor eficacia al engrandecimiento y prosperidad de toda nación civilizada”. [2]

3.- Estatismo y liberalismo económico.

La posición de González Pecotche respecto de los temas que venimos encarando, se define en un punto de equilibrio, a saber: “Liberalismo comercial e industrial como principio, para que el Estado no sojuzgue al particular, pero estatismo cuando sea necesario, para evitar que los consorcios y combinaciones capitalistas desvirtúen las leyes naturales y provoquen estados injustos e incompatibles con una sana economía…”[3]

Pensamos que resulta destacable que González Pecotche haya escrito sobre los peligros del estatismo en la década de 1940, cuando las tesis intervencionistas gozaban de gran predicamento. A nuestro modo de ver, su pensamiento también fue precursor en este terreno.

Por otra parte, establece un razonable y necesario punto de equilibrio entre el liberalismo económico y el intervencionismo estatal, debiendo éste actuar a fin de evitar la negativa influencia de los cárteles, trusts, etc., etc., sobre la vida económico-social de una nación.

4.- El capital en formación.

“…estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mundo de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.”

“El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.” [4]

Las razones esgrimidas por González Pecotche en favor del capital en formación, en este artículo del año 1945, también nos hacen pensar en el carácter precursos de su figura.

¿Qué diferencia sustancial hay entre esas razones y los argumentos que hoy día militan a favor de la pequeña y mediana empresa? Acaso la diferencia pueda encontrarse en la terminología empleada, pero en lo sustancial, armonizan.

5.- El problema social es la preocupación básica de la hora actual.

Este título de mayo de 1945, cobijó unas consideraciones importantes –y si se quiere, originales- de González Pecotche.

Empieza por concretar lo que se entiende por problema social, esto es, “cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre”.

Señala que, a su juicio, “el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz”, es “la indiferencia con que los que son ayudados reciben las mejoras que se les brinda”, posición que los lleva a pensar que es una obligación de quienes les confieren las mejoras, “sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido”.

Agrega: “Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general…” Esto crearía “una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva”.

Cierra el artículo diciendo: “Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo”. [5]

Cuando comentamos “El capital no existe” al comienzo de este capítulo, dijimos que encontrábamos una total independencia y ecuanimidad de juicio en González Pecotche, cuando encara el problema social.

A lo largo de muchos de sus artículos sobre este tema, advertimos su ideal humanista, procurando que, partiendo del nivel socio-económico en que se encuentre cada hombre o mujer, pueda superarse en sus cualidades morales e intelectuales.

Extendemos estas consideraciones en particular, a los títulos que siguen: “Evolución del concepto sobre los problemas sociales” y “El problema social y sus soluciones”.

6.- Evolución del concepto sobre los problemas sociales.

Con total independencia de juicio –como siempre se caracterizó- González Pecotche, bajo el título precedente, expresó, entre otros conceptos, los que se transcriben seguidamente: “Se impone en esta hora una nueva concepción de los problemas sociales, en base a una mutua estimación de los valores, necesidades y merecimientos. Se hace indispensable una revisión completa de las leyes obreras encaminadas a perfeccionarlas, a fin de que las propias masas directamente interesadas se esfuercen en ser cada día más eficientes y útiles a la sociedad de la que son parte inseparable, así las ideas, como las costumbres y las demandas que formulen habrán de merecer las más justas apreciaciones del sentir general”.

“Para todo ello será necesario alcanzar la comprensión de que las posiciones que los trabajadores obtienen en la vida, ya por méritos personales, ya por ayuda ajena, deben ser no sólo mejoradas sino mantenidas por el propio esfuerzo y capacitación, desde que no es nada justo que el cuidado de las situaciones particulares queden a cargo exclusivo de los más aptos, de los que más se preocupan en conservar lo que tanto les costó obtener”.

“Lo esencial es que cada uno, sin excepción, contribuya a que la paz se afiance en las naciones, y especialmente en la gran familia humana, a fin de que los problemas de toda índole que a diario surjan, puedan ser resueltos con serenidad, con claro discernimiento, y una amplia concepción de la justicia en sus dos inseparables columnas: el deber y el derecho de cada ser humano. De hecho se desprende que los que más pueden y tienen, deberán contribuir en mayor proporción a que el mundo vuelva por los cauces de la normalidad, aminorando y aún eliminando los riesgos que pudieran sobrevenir acerca de un nuevo estallido en el futuro, cuyos estragos serían incalculables” (diciembre de 1945 – los destacados nos pertenecen-).[6]

7.- El problema social y sus soluciones

Refiriéndose al problema planteado por las masas obreras y sus reivindicaciones, y tal como lo hemos dicho en otra parte de este trabajo, expidiéndose con total independencia de juicio, expresó: “…un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.”

“En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente a las de menor cuantía que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros el propender a la mejor marcha de los negocios ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace pues necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.” [7]

En los fragmentos que precedentemente se han transcripto, se puede verificar, una vez más, el propósito evolutivista del filósofo que nos ocupa. Su concepción del hombre y la humanidad, va mucho más allá del aspecto económico. La atención de este aspecto, obviamente necesaria, no será razón suficiente para el bienestar individual y social, si no se estimulan la instrucción y la responsabilidad, esto es, factores educativos y morales.

8.- Sobre industrias y comercios del tipo medio.

“Nos referimos a esos nobles y virtuosos hombres de trabajo y de ingenio que forman lo que hemos denominado el tipo medio de industriales y comerciantes.”

“En efecto; mientras por una parte la masa obrera es favorecida con las mejoras recibidas, y los grandes capitales, o sea los grandes comercios y las grandes industrias, no sufren mayormente el latigazo de los gravámenes, por la otra, los industriales y comerciantes de tipo medio, que son los que trabajan sin descanso con sus pequeños capitales y los que al par que mantienen con honorabilidad a sus familias asegurando su equilibrio económico, ayudan a que muchos hogares puedan ser sostenidos por los hombres a quienes dan tra­bajo y a quienes impulsan a adelantar en sus puestos de labor, en­caran situaciones en extremo difíciles.”

“La masa obrera, que por su número constituye toda una fuerza a la que no es posible pasar por alto, tiene, por virtud de esa fuerza, un medio poderoso para manifestarse, hacerse oír e inclinar en su favor la atención de los magistrados. La pudiente tiene, también, sus medios poderosos de expresión, o sea sus influencias, a las que tampoco pueden permanecer indiferentes los hombres de Estado. Pero esa masa intermedia, ese gran conjunto de hombres de trabajo y de negocio que forma el tipo medio de la sociedad; esa masa de seres de la cual surge la mayor parte de los hombres del pensamiento, de Estado, estadistas; hombres del periodismo, del arte, de la ciencia, es, precisamente, la más desamparada. ¿Por qué? Por­que es sufrida y está siempre temerosa por hallarse emparedada entre dos fuerzas: la masa pudiente y la masa obrera. Sólo le queda un callejón por el cual se ve obligada a marchar, sin que hasta el presente haya podido dar con esa nota tónica que derrumba muros y rocas, cuando encuentra el eco salvador.” [8]

* * *

Vuelve González Pecotche sobre el tema de las industrias y comercios de tipo medio, sobre lo cual escribió en julio de 1945.

Nos remitimos al otro título de este mismo capítulo: “El capital en formación”, por entender que son complementarios.

9.- Las demandas sociales.

Bajo el título “El problema social-económico”, en julio de 1947, González Pecotche vierte una serie de consideraciones fundamentales sobre el tema, de las cuales transcribiremos las siguientes:

“Todo es justo y aceptable mientras las sanas aspiraciones convergen en metas realizables que no exceden la capacidad matriz que dispensa los márgenes tolerables. Es esto una ley intransformable, como lo es cada ley que gravita sobre la conservación del mundo y de las especies que lo pueblan. No se pueden vaciar, pues, las arcas de una industria y exigir, al mismo tiempo, que ésta se sostenga en sus finanzas. En tales condiciones la industria se resiente, se debilita y quebranta. Y una vez exhausta la caja, se apagan las llamas que alimentaban a una cantidad de hogares, paIidecen las esperanzas, se esfuman todas las ventajas y se vuelve al punto de partida para empezar de nuevo. Es la eterna y lapidaria sentencia: “No matar la gallina de los huevos de oro”, cuyo olvido ha estrellado a tantos contra una realidad de la que nadie escapa ileso.”

“…la libre competencia y el aumento de producción es lo único que instantáneamente, como por obra de magia, hace bajar los precios sin necesidad de que los gobiernos deban recurrir a ningún expediente. Hacer, pues, que afloren las actividades comerciales en marcha ascendente de pro­greso, sin trabarlas en su desenvolvimiento, es propiciar la abun­dancia, que colma todas las necesidades. Encarar la solución de modo adverso, sería encajar una de las ruedas que sostiene el peso de la enorme carroza estatal, mientras la otra gira velozmente en el aire, aparentando marchar muy bien, aunque sin lograr avanzar una pulgada del sitio donde se encuentra.” [9]

* * *

El pensamiento de González Pecotche tiene, en todas sus manifestaciones, una fuerte impregnación moral. Siempre exalta la responsabilidad de los actores sociales y así como fue severo al enjuiciar a los grandes capitalistas que olvidan sus deberes para con la sociedad (“la raza usurera”, les llamó), también reiteradamente llama a responsabilidad a las masas obreras y señala una y otra vez el tratamiento que deben merecer para su mejoramiento.

Bien se comprende que la solución del problema social no pasa solamente por lo económico. Antes y después, hay temas educativos en lo personal y de capacitación laboral, que resultan fundamentales (nos remitimos al título que sigue).

10.- Aspectos de la educación de obrero.

Los fragmentos que se transcriben a continuación, evidencian el énfasis que pone González Pecotche en los aspectos morales y educativos cuando refiere a los problemas sociales.

“…no hay ser humano que pueda quebrar la inexorabilidad de las leyes. Por más poderoso que sea, jamás podrá poner en un recipiente más agua que la que éste sea capaz de contener; la que exceda se derrama inevitablemente. Del mismo modo se derramará, porque es inevitable, toda mejora que sobrepase los límites de la capacidad humana de comprender y aprovechar dicha mejora sin hacer derroche de ella. De ahí que sea tan necesario, como lo hemos predicado siempre, que paralelamente a la ayuda que se alcance a las clases obreras, se las instruya para que sepan usar y no abusar de la misma…” [10]

“A nuestro juicio –agrega en otro lado-, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.”

“Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.” [11]

Reitera que las “mejoras del asalariado deben consistir, más que nada, en estímulos al estudio y en el propiciamiento de los deberes morales y sociales”, agregando que los “derechos y los deberes son dos rieles paralelos que, sin juntarse nunca, hacen deslizar en marcha ascendente la máquina del progreso.” (Los destacados son nuestros). [12]


[1] Revista “Logosofía” Nº 23, noviembre de 1942

[2] Revista “Logosofía” Nº 11 de noviembre de 1941

[3] “Nueva Concepción Política”, 1940, págs.59 y 60.

[4] Revista “Logosofía”, N° 54, junio de 1945

[5] Revista “Logosofía”, N° 53, mayo de 1945

[6] Revista “Logosofía” N° 60, diciembre de 1945

[7] Revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946.

[8] Revista “Logosofía” N° 67, julio de 1946

[9] Revista “Logosofía” N°  78, junio de 1947

[10] Revista “Logosofía” N°  78, marzo de 1947

[11] Revista “Logosofía” N°  13, enero de 1942

[12] Revista “Logosofía” N° 39, agosto de 1944

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El pensamiento, los hombres y el futuro del mundo

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 9 de marzo de 1945.
Por Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol) – Revista Logosofía N° 51

Cada día que pasa, cada hoja que se desprende de la magnífica planta que representa el mundo con sus periódicas transformaciones, confirma vez por vez la incuestionable verdad de que lo que mueve al hombre y a todo cuanto ha creado su inteligencia, son los pensamientos.

Hace seis meses, cuando todo parecía indicar que la guerra estaba próxima a su fin, aparecieron de pronto, como por arte de magia, incomprensibles demoras que fueron atrasando ese gran momento que la mayor parte de los seres humanos se dispone a celebrar jubilosamente: el final de esta horrible y catastrófica contienda. Es que los pensamientos están demostrando que son más fuertes que las armas. Así es que los vimos frenar en Polonia a los ejércitos soviéticos, que debieron detener su avance para que los altos dirigentes aliados se ocupasen preferentemente de ciertos pensamientos, concernientes a una cuestión político‑geográfica que necesitaba ser considerada con prioridad a nuevos hechos de armas en aquella región.

En la Cámara de los Comunes, los pensamientos de los hombres de Estado, en pugna entre si o en vivo acuerdo, trabajan intensamente en busca de soluciones que permitan allanar las múltiples dificultades que se presentan en el escenario europeo y aun fuera de él. En Washington, en Moscú, también el posa miento de los estadistas libra verdaderas batallas mentales contra los pensamientos del mal, que, con frecuencia, intentan perturbar la buena armonía que indefectiblemente debe reinar entre los aliados, aun cuando más no sea en homenaje a los tantos esfuerzos y sacrificios que en común están haciendo para restablecer en el mundo la tan ansiada paz y el equilibrio en todos los órdenes, que fuera roto al comenzar las hostilidades bélicas Los hombres en cuyas manos se hallan los intereses de la humanidad entera, deberán comprender en su total alcance la responsabilidad que les incumbe en esa tarea en la que concentran todos sus esfuerzos a fin de lograr que los pueblos vuelvan a la normalidad animados de la mejor buena voluntad y del mejor ánimo para reconstruir sus devastadas tierras, edificando en cada uno de sus países una obra con miras permanentes, en todos los aspectos en que la vida se desenvuelve. Para que esto sea posible habrá que inspirar en los habitantes de los pueblos afectados, plena confianza en el porvenir; así el trabajo será fecundo y los resultados, un verdadero bien para las generaciones del mañana.

Si en las cuestiones territoriales existiera un amplio y generoso espíritu de comprensión, nada ni nadie podría impedir que se llegase a las más elevadas y honrosas soluciones; y cuanto más nobles sean los gestos de los estadistas y más amplio su espíritu de colaboración universal, tanto más imperecedero será el recuerdo que se fije en la posteridad, el cual, como una llama simbólica, señalando el ejemplo servirá para iluminar a los hombres del mañana.

La guerra actual, al finalizar, habrá promovido innumerables cambios en muchos sectores de la vida. De quienes sobrevivan dependerá que esos cambios se encaucen hacia el bien, modificándolos inteligentemente, conforme a las necesidades, a fin de que, sin perturbar a la sociedad humana, permitan que el equilibrio vuelva a reinar en el mundo.

La postguerra será un proceso que convendrá cuidar con extrema atención y firme voluntad para que la humanidad no sufra un colapso que podría ser de fatales consecuencias. Ese proceso abarcará todos los cambios y transformaciones que tienen que operarse en el futuro inmediato y mediato, y, se sobreentiende, habrá que dirigirlo con el máximum de energía e inteligencia hacia una superación efectiva, hacia una evolución realmente consciente, en la que cada ser humano se sienta responsable no sólo de sus actos sino también de los de toda la humanidad, de la cual forma parte; siendo así, se creará un verdadero espíritu de confraternidad, de comprensión, de colaboración, de paciencia, tolerancia y justicia.

Será, es indudable, un proceso largo, y posiblemente haya que pensar que los frutos tardarán mucho en recogerse, pero no hay que olvidar que mientras éste vaya realizándose, toda la humanidad comenzará a beneficiarse a través de esa realización. Y al tiempo que éstos y otros pensamientos e ideas irán plasmándose en el ambiente mental del mundo, grande ha de ser la labor que habrá que llevar a cabo para calmar tantas ansiedades y frenar tantos impulsos contenidos en el alma de los pueblos que debieron soportar durante años toda clase de calamidades y sufrimientos.

Nada puede hacerse de golpe, y mucho menos restablecer la armonía de los intereses humanos en breve tiempo. Habrá, pues, que preparar los ánimos e inclinarse hacia el culto de la paciencia y la tolerancia, y a la vez encauzar a los espíritus hacia el culto del trabajo y, sobre todo, hacia el culto de la confianza en un porvenir más auspicioso.

Todo podrá reconstruirse sobre bases firmes si anima el espíritu de los hombres un franco optimismo y permanente entusiasmo en la edificación de un mundo mejor. Y es en esto en lo que todos, sin excepción, deben poner sus más grandes empeños, su más buena voluntad y los recursos de su capacidad individual.

Uno de los grandes problemas, quizá el más grande, es, y seguirá siéndole hasta tanto se solucione, el creado entre el ser individual y el ser colectivo, o sea, entre el individualismo y el colectivismo, que termina en lo que ha dado en llamarse estatismo, lo cual, en resumen, es la absorción del individuo por el Estado.

Este problema de tan vital importancia para el futuro, tendrá que resolverse dentro de la más amplia comprensión de los destinos del hombre y del mundo. Privar al ser humano de sus naturales prerrogativas, de los alicientes y estímulos del libre albedrío, es arrancarle lo mejor de su existencia. Y si esto ocurre, contrariando la mayor esperanza que hubo de cifrarse en él, para quien e¡ mundo y la tierra fueron hechos a fin de que viviera y disfrutara de todo cuanto en ellos existe, quién podría reemplazar lo que es propio de su espíritu y de su naturaleza.

Quitar al hombre tales prerrogativas es postrarlo en una muerte moral y condonarlo a una consunción psicológica y mental. Las grandes democracias y los pueblos libres que hoy luchan por mantener intactos los principios fundamentales de la existencia humana así parecen haberle comprendido. Es el individuo, con todas sus fuerzas y su inteligencia, el que debe aportar su concurso para el bien común, y el que debe comprender que ese aporte tiene que ser ofrecido y realizado sin que medien, para, decidirlo, presiones extrañas a su voluntad. Pensar lo contrario es admitir que la humanidad ha fracasado en su evolución y que debe conducirse corno nómade, al igual que las especies inferiores.

Si han de existir para el individuo prerrogativas y derechos, éstos deben ser iguales para todos, pero esa igualdad habrá de entenderse en el sentido de que nadie será privado de lo que quiera y pueda hacer si sus esfuerzos, capacidad y sacrificio, le conceden realizar tales aspiraciones. Para todos están abiertas las puertas de las universidades, aun cuando no todos logran una feliz culminación de su carrera no obstante haber tenido la misma prerrogativa y el mismo derecho a ser lo que sensatamente se propusieron en un principio (Ver “Logosofia” Nº 29 sobre concepto de igualdad.)

Esta es la ley natural que a todos los hombres abre un camino de idéntica trayectoria, pero que no todos recorren en igual tiempo y del mismo modo. Los que culminan en sus aspiraciones comprenden, o han de comprender al menos, que es deber no olvidar a los semejantes que quedaron detenidos en él. Muchos son los que comprendiendo este deber acuden en auxilio de los demás beneficiándolos por mil medios diferentes con cuanto ellos alcanzaron en sus máximos esfuerzos de superación y progreso.

El futuro del mundo debe ser la preocupación más importante que cada uno tenga, pues de esa preocupación habrá de surgir quizá el mejor concurso que todos los hombres de buena voluntad puedan aportar para colocar los cimientos y levantar sobre ellos el gran edificio de la paz futura.

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Acepción del vocablo IGUALDAD

Concepción   logosófica de las palabras

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 29, mayo de 1943

Igualdad:   

  • Conformidad de    una   cosa con otra en naturaleza, forma, calidad o cantidad.
  • Correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo.
  • Ante la ley: Principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos.

( Dicc. Enciclopédico Espasa – Calpe y Dicc. de la Real Academia Española))

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El concepto de igualdad, por la diversidad de criterios que lo han sustentado, es, sin duda, el que ha promovido más discusiones en el seno de la sociedad humana.

Se invoca la igualdad al amparo de leyes sociales, y más significativamente aún, allí donde la diferencia de clases  descubre a los desamparados de la fortuna clamando por un tratamiento similar al que gozan las capas superiores. El comunismo, que derrocó a los zares de Rusia y echó por tierra a la aristocracia de ese pueblo, fue una explosión del concepto de igualdad que irrumpió violentamente en todos los ámbitos de su territorio, derribando y exterminando, en la pretensión de someter a todos a la igualdad soñada por los líderes de la revolución, cuanto vestigio de privilegio pudiera existir. La experiencia, parte viva de la realidad, que no puede negarse so pena de caer en la necedad, fue modificando el primitivo concepto del bolcheviquismo hasta acondicionarlo a formas más aceptables para la organización social de aquel país. Por mucho que los hombres se alejen de la realidad, siempre termina ésta por volverlos a aproximar.

El concepto de igualdad   en su más amplia acepción,  es decir, en su contenido  universal,  difiere mucho  del vulgar. Su esencia ha de buscarse en los orígenes del género humano; mejor aún, en los orígenes de la vida como vehículo de manifestación del alma, que cumple, sucesivamente, períodos de evolución a través de épocas y edades hasta realizar su perfección.

Todo indica que la presencia del hombre en  el mundo, reproducida en un sinnúmero de seres, fue idéntica      en su primera manifestación, o sea, en el punto de partida; pero esa igualdad ha debido sufrir una serie de modificaciones a medida que los seres fueron alejándose de aquel punto inicial. Si bien es cierto que fue dado a todos un destino común, se desprende de multitud de hechos que atestiguan la exactitud de nuestras afirmaciones, que ese destino sólo es fatal para los pobres de espíritu, para los que nacen y cesan sus días en este mundo más o menos como acontece en la especie animal. Desde los albores de la humanidad, los aborígenes, indígenas y todas aquellas tribus nómades, tienen prefijado un destino común, el cual, con ligerísimas variantes, es casi idéntico en todos, ya que pocas veces son capaces de sobrepasar la meta establecida. Pero no bien pudo el hombre despertar en conocimientos que aventajaban considerablemente a los primitivos, se dio cuenta de lo mucho que podía hacerse para mejorar la existencia y alcanzar destinos mejores.

La historia humana es una larga, interminable sucesión de relatos que describen los triunfos del hombre en los  diversos campos en los que le fue posible actuar como ente dotado de inteligencia y sensibilidad. Esos mismos triunfos señalan progresos continuados, en un constante empeño por ampliar sus perspectivas y lograr un mayor dominio sobre los elementos, lo cual fue transformando a la tierra, a través de sucesivas etapas, en un mundo civilizado y apto para toda clase de actividades que pudieran facilitar con amplitud la evolución humana.

Evidentemente, esos progresos denotan ya un cambio, tan visible como convincente, de aquel destino común de las primeras edades, en que la incipiente reflexión no acusaba mayores aspiraciones, Sin embargo, la palabra destino contiene la trayectoria que puede seguir el ser humano hasta la más alta ascensión. De ahí el desenvolvimiento entre los seres dotados de razón, quienes no obstante ser en apariencia similares entre sí, se hallan a diferentes y aun a grandes distancias unos de otros, según el grado de evolución alcanzado individualmente.

La igualdad es una ley inexorable, y ha de entenderse que como tal, no puede violar otras leyes, pues todas se complementan haciendo posible el equilibrio del Universo.

La ley de igualdad significa, entonces, que regirán  las mismas  perspectivas para aquellos que se hallen en iguales condiciones, y podrán disfrutar de los mismos derechos y goces mientras no exista alteración en el punto de igualdad en que se encuentren temporariamente. Si cien o mil personas comienzan un largo viaje a pie no todas caminarán con idéntico aplomo, energía  y velocidad.   Empero, el hecho de que unos cubran una etapa en menor tiempo que otros, no quiere decir que los que quedan atrás no puedan alcanzarlos, y en el caso de que esto acontezca, se hallarán nuevamente en igualdad de condiciones. Estarán en el mismo sitio, disfrutando de análogas perspectivas.

Es similar lo  que acontece en el trayecto que se recorre a través de la existencia: pueden encontrarse dos o más seres en el mismo grado de evolución; en tal caso, sus condiciones y prerrogativas serán iguales, pero se entiende que lo serán mientras permanezcan en ese grado de evolución, ya que desde el momento en que cualquiera de ellos lo trascienda, esa igualdad  quedará, lógicamente, alterada. Vemos aquí la amplitud de esta concepción que define a la igualdad.

Otra imagen de gran fondo que habrá de ilustrar en otro aspecto el significado de la palabra igualdad y demostrarnos cómo ésta, sin perder su fuerza, se manifiesta tal como debe ser concebida por la inteligencia que sabe descubrirla allí dónde su presencia pueda dar más de un motivo para la reflexión, nos la presenta una familia numerosa, cuyos hijos han nacido en igualdad de condiciones y a quienes, se les ha prodigado el mismo amor, el mismo alimento, el mismo aire. Todos vivieron además, en el mismo hogar y recibieron idéntica educación. La igualdad, pues, no pudo ser puesta de manifiesto con mayor elocuencia; no obstante, cada uno de ellos tomó rumbos diferentes: uno siguió una carrera y escaló posiciones descollantes; otro siguió un oficio; aquél  se hizo navegante, y hubo de los que no quisieron estudiar ni trabajar y prefirieron la vagancia, llegando algunos por los caminos del vicio, hasta la cárcel.

¿Quién alteró aquí la igualdad? ¿Quién podría, sensatamente, pretender volver a la igualdad a todos estos hijos, colocándolos en el mismo plano, en una posición similar y gozando de iguales prerrogativas? La igualdad existió, en este caso durante un tiempo, mas luego fue alterada por obra de cada uno.

He ahí la verdadera igualdad; la sabia, la justa, la incuestionable; la que brinda a todos la misma oportunidad.

El propósito humano no debe tender jamás a buscar la igualdad por la violencia o por medios arbitrarios, pues lograrlo traería una igualdad injusta, o, peor aún, una simulación de igualdad.

Todo hombre ha de tratar de igualar a aquel que por sus esfuerzos o por cualquier circunstancia que él ignore, está por encima suyo. La igualdad hado concebirse en un plano de equidad y de justicia, y el que se encuentra abajo debe ascender hasta donde se halla el que está más arriba, si es a éste a quien quiere igualar. El que se inicia en la carrera militar, por ejemplo, sabe que sólo por la realización y por el estudio, habrá de ir conquistando sus grados y alcanzando a cada uno de sus superiores en sus respectivas jerarquías, hasta igualar a aquel que lleva las jinetas de general. Pero para ello, le será necesario ser también un general. Sería absurdo que el militar incipiente pretendiese que el de mayo jerarquía lo igualase retrocediendo hasta colocarse en su posición, siendo que esa él a quien corresponde efectuar la trayectoria ascendente que lo lleve a igualarse con su superior.

La igualdad debe constituir el supremo anhelo del alma humana, la suprema aspiración;  mas, para que ello tenga toda   la fuerza necesaria a fin de encarnar un gran ideal, debe  entenderse que esa igualdad ha de  ser obtenida casi exclusivamente por el esfuerzo propio y representar. el objetivo esencial, ello es, igual el amplio sentido de la palabra.

La igualdad como forma jurídica de Derecho Universal tiene que existir y existe, adaptada a los medios de convivencia social en que se nuclean los diferentes tipos que integran la sociedad humana en los respectivos países; pero esa igualdad es más aparente  que real; establece un “modus vivendi” aceptado porque sí – y esto es paradójico – , por exigirlo las normas toleradas por la misma sociedad.

La prominencia en las posiciones políticas, sociales y  económicas establece de hecho privilegios que por  cierto no gozan  los que se hallan en posiciones inferiores. Por otra parte, las relaciones y vínculos de todo orden entre los seres permiten  también  ventajas que no obtiene el que está totalmente aislado de los demás. A pesar de esto, nadie podrá afirmar que exista alguien a  quien las leyes que rigen para  todos en una perfecta igualdad de rigor, le hayan negado la posibilidad de conquistar posiciones y gozar de idénticos privilegios.

En suma: la igualdad es una ley de orden universal que da al hombre la comprensión de lo que es, conforme al lugar o posición en que está situado. Según el decir bíblico, Dios hizo  al hombre a su imagen y semejanza; eso no quiere significar que le hizo igual a El, pero diole a entender que la igualdad era el camino que debía recorrer hasta alcanzar su imagen y semejanza.

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