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En pro de una Escuela de Educación y Cultura Política

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro “Nueva Concepción Política” (1940)

Como ya ha podido apreciar el lector, no escribo por primera vez sobre estos temas que tanto apasionan a las gentes y mueven el espíritu de las masas de un extremo a otro de la opinión y del sentir.

Me ha preocupado siempre todo cuanto atañe a la vida del hombre, tanto en sus relaciones mutuas con su sentir y pensar como con el espíritu íntimo de la naturaleza que anima su existencia. Mi pensamiento no se ha circunscripto jamás a ningún sector de los que suelen ser preferidos por la inteligencia y a cuyo punto los hombres encauzan sus miras y concretan sus aspiraciones y actividades. De ahí que me interesara vivamente cada cosa que pudiera ser objeto de una observación especial, a fin de aportar, sólidamente afirmado sobre profundos conocimientos de la psicología humana, toda la luz necesaria, pensando que ella podría ser aprovechada con positivos beneficios por el entendimiento común, que tanto necesita ser auxiliado en la maduración de sus precarios juicios.

No debe, por tanto, sorprender a nadie que mi pluma exponga hoy mi concepción política y ofrezca mi concurso desinteresado e inspirado en el más sano patriotismo, al alma de un nuevo movimiento cívico que encarnando el sentir unánime del pueblo argentino, marche con paso firme y seguro hacia la conquista definitiva de los sagrados y supremos ideales de la patria.

Estas manifestaciones que hago con la más absoluta independencia mental, tendrán tal vez una acogida fría y escéptica en los políticos que actualmente descuellan en las filas partidarias y aun en el marco de la vida nacional; pero, también es posible que encuentren campo propicio en los ciudadanos conscientes, que aunque se hallen en altas posiciones no dejan por ello de buscar en medio de la opinión, nuevas voces de aliento, estímulos reconfortantes y palabras sabias que orienten sus espíritus en esas horas inciertas y temibles que aparecen en la historia de los pueblos y que, justamente, en estos momentos nos encontramos atravesando.

El mismo Sr. Presidente de la Nación lo ha dicho en su discurso – programa pronunciado en el Luna Park el 6 de julio de 1937-. “La política no debe ser acción de profesionales que dirijan la vida de los partidos hacia el logro de sus aspiraciones personales”. Y ha dicho más aún; ha expresado en el citado acto que “no es Posible, en la hora grave que vivimos, ser indiferentes a la función política”.

Esta función no es un monopolio del cual sólo han de participar unos cuantos centenares de elegidos. En su expresión más sobria y concordantes con el alma popular, ella debe ser el campo experimental donde el ciudadano pone a prueba sus aptitudes, capacidad y sinceras aspiraciones de ser un elemento eficiente y necesario en la función política de que habla el Primer Magistrado, para el mejor desempeño de todas las tareas que incumben al Estado.

Entre los cursos que forman el bagaje de enseñanza en las escuelas comunes o primarias, figura uno sobre Instrucción Cívica; pero éste no basta para formar la conciencia del ciudadano de mañana.

En noviembre del año 1935 publiqué un proyecto de Escuela de Educación y Cultura Política ([1]) que voy a permitirme insertar para mejor documentar mis preocupaciones en este género de actividades, de las cuales, como ya dije, me he mantenido al margen en el sentido de una actuación personal. Dice así:

“El problema político de los pueblos va tornándose cada vez más insondable a causa del relajamiento gradual que ha venido sufriendo la política. Es hora ya, de que los dirigentes de todas las grandes agrupaciones de esa índole, hagan un alto en su constante batallar por la conquista de posiciones públicas y se apresten, con serenidad y cordura, a hacer una revisión de sus valores, actos y palabras. Nadie ignora que existe un gran desequilibrio entre la masa política y sus dirigentes, pues la primera obedece, simplemente, a las sugestiones de estos últimos.

“Las deficiencias que adolecen los partidos políticos, van ahondando cada día más los resentimientos entre los partidarios de diversas tendencias y éstas son ya lo suficiente visibles a la opinión pública como para que el problema sea encarado decididamente, a fin de conjurar el mal en sus propias raíces.

“Se dirá: ¿En qué forma puede ser realizado ese milagro?

“Los problemas muchas veces dejan de resolverse, no porque sean difíciles o insolucionables, sino porque se carece del valor y grandeza de alma necesarios para encarar las soluciones que el mismo problema invita a adoptar a los hombres.

“Se han ensayado ya muchos sistemas, muchos métodos, e intentado infinidad de reformas que en el orden político pudieran redundar en un cambio favorable para los intereses partidarios; pero, los resultados han sido siempre los mismos, sin que se haya llegado hasta el presente a una conclusión práctica y digna de servir de ejemplo a los demás.

“Es necesario dar al pueblo bases para que no sucumba luego por la falta de recursos técnicos, en el laberinto de las circunstancias que surgen a raíz de sus actividades políticas internas.

“Los partidos políticos se forman unas veces en torno de personas que asumen la dirección de los mismos, y otras, por un movimiento de opinión que agrupa en el vórtice de las aspiraciones comunes, una gran cantidad de individuos aprestados a sostener decididamente sus postulados o ideales políticos.

“Los medios que utilizan los distintos partidos para conseguir prosélitos son harto conocidos y no vale la pena mencionarlos. Se ha visto cómo emerge de la incógnita masa una porción de seres que sin la debida ilustración, experiencia y cultura, son llevados por entusiasmos pasionales a ocupar altas posiciones públicas o representativas. De ahí que se relajen luego los resortes orgánicos que funcionan movidos por constituciones sanas y nobles.

“Esto acontece porque no se ha señalado a las agrupaciones políticas, una norma, una disciplina, una educación esencial para que sus componentes puedan llegar a ser aptos y eficientes colaboradores, cuando la oportunidad requiera de ellos una cooperación patriótica y digna en el seno del gobierno, del parlamento u otras posiciones públicas de estricta responsabilidad.

“Es hora ya de pensar en instituir en cada nación libre, que quiera llegar a altos designios, una Escuela de Educación y Cultura Política, abierta a todos los ciudadanos del país, sin excepción.

“A semejanza de las disciplinas universitarias, esa escuela podría tener un programa de estudios que abarcase hasta el bachillerato en ciencias políticas.

“Con seguridad que se cometerían así menos errores en la selección de los candidatos y se refrenarla un tanto la ambición que tiene la mayoría de los políticos, desde sus comienzos, de llegar a ser Presidente de la República o de ocupar altas posiciones con miras no siempre a la altura de la responsabilidad que tales cargos exigen.

“Establecido un vasto programa que comprendiese los conocimientos indispensables para investir de aptitudes inobjetables a los futuros políticos, la Nación contarla con hombres de carrera, quienes sabrían desempeñarse a entera satisfacción de su pueblo, con lo cual se evitaría el lamentable espectáculo que presenta el panorama político, no sólo en los momentos preelectorales sino y lo que es más sensible en las deficiencias que suelen observarse en las actitudes de los gobernantes, como tantas veces ocurre en la vida de los pueblos.

“Un programa bien definido que orientara en forma clara y precisa el desempeño de cualquier misión o cargo político, constituiría toda una solución al problema que se busca resolver por tantos medios.

“Podrían señalarse como base de la educación y cultura política, los siguientes cursos:

  • Enseñanzas elementales de política. Ética política.
  • Enseñanza parlamentaria. Enseñanza administrativa.
  • Historia política de los pueblos (métodos, reformas, resultados, cte.).
  • Política interna.
  • Política internacional. Urbanismo.
  • Oratoria y propaganda política. Actos electorales.
  • Materias diversas sobre competencia política, etc.

“El cuadro de profesores debería estar formado por políticos de sana reputación, cuyas tendencias fueran de mayor consideración, y de igual modo las mesas examinadoras, prohibiéndose toda referencia partidaria dentro del recinto de esa institución nacional.”

Desde luego, el proyecto expuesto no es más que una simple enumeración de puntos que podrían servir de base para un proyecto definitivo. Sólo he querido sugerir con el planeamiento enunciado, una conducta a seguir con descontadas probabilidades de éxito para el futuro político de la Nación.

Más que nada, la iniciativa tiende a desterrar de nuestras prácticas al comité como escuela política, pues nadie ignora que allí, en esos ambientes viciados por las pasiones, se forman la mayoría de nuestros hombres de Estado y funcionarios de gobierno, con la rémora del lastre caudillesco.

Pienso, decididamente, que es en la cátedra donde el político de buen cuño habrá de hacer obra fecunda, instruyendo a las juventudes más que con discursos fogosos, con aquella prédica sana que abre el alma del ciudadano e inflama sus sentimientos de fervor patriótico, puro y generoso.

Es ahí, en esa Escuela de Educación y Cultura Política, donde el instructor, aparte de guiar a los aspirantes hacia el buen sentido de las cosas que conciernen a la acción pública y privada de los hombres de nuestro pueblo, los llevaría a compenetrarse de los problemas que preocupan al país, estimulando el discernimiento a fin de que cada uno, por sus propios esfuerzos, alcance más tarde a colocar su grano de arena en la obra que cumplen las generaciones para el mayor engrandecimiento de la patria.

Se obligarla así a pensar a los hombres del mañana que aspirasen descollar con méritos en el escenario de la vida nacional, incitándolos al esfuerzo individual, a la iniciativa y producción en materia de perfeccionamiento y manejo prudente y honesto de la cosa pública.

Cuántos elementos valiosos podrían salir de esas aulas y cuántas soluciones se hallarían en ese laboratorio, en el cual la competencia y la selección, en pleno apogeo de una rivalidad moral, habrían de hacer florecer no pocas ideas verdaderamente luminosas en la mente de los que aspiraran a desempeñarse allí donde la Nación requiera sus servicios, que luego ha de premiar llevándolos a posiciones de mayor responsabilidad.

También seria un freno constante para la juventud que quisiese participar en las lides políticas, puesto que la comprensión y capacitación obtenidas por las disciplinas que regirían en esa Escuela de Educación y Cultura Política, predispondrían su espíritu a una mayor conciencia de las situaciones y no se dejaría arrastrar tan fácilmente por la seducción de las deslumbrantes perspectivas que cada posición partidaria presenta a los ojos de los que entran bajo la acción del proselitismo electoral.

El político debe ser, en la verdadera acepción de la palabra, según mi concepto, un hombre dinámico, de inteligencia lúcida, amigo de la investigación y del progreso, de un complejo psicológico resistente a todos los contrastes de la vida pública, principalmente en su acción de gobernante.

Del comité salen a menudo hombres inflados, abúlicos, codiciadores de cargos públicos con altas remuneraciones, pero sólo para mandar, pues les fastidia toda idea de trabajo. Su ocupación favorita ha sido siempre y seguirá siendo, la de charlar; “hacer política”, de lengua afuera; darse importancia con los de abajo y halagar el oído de los de arriba, salvo raras excepciones en que prevalece el espíritu de lucha, de organización, asistido por patrióticos anhelos.

Soy de opinión que la cultura cívica de nuestra Nación, debería alcanzar a los comités, transformándolos en centros respetables de reuniones partidarias, donde los ciudadanos que tomen contacto con sus correligionarios, no se sientan defraudados al advertir una apreciable contradicción entre los pulidos discursos de los candidatos y las toscas palabras y no menos deslucidos modales de los que allí concurren durante las campañas políticas.

Por lo general, los partidos han carecido de ideales fijos o, en el caso de haberlos tenido, éstos se esfumaron no bien triunfaron las fórmulas electorales. Durante más de veinticinco años he escuchado de labios de los más calificados políticos, casi idénticos proyectos y una singular coincidencia en sus pensamientos, expuestos, por lo general, en discursos de circunstancia más que en escritos que contuvieran el resultado de meditados y prolijos estudios sobre los problemas que afectan al país.

Los presidentes argentinos la historia lo testifica han hecho obra de gobierno acudiendo a sus inspiraciones íntimas y orientados por sus propias iniciativas, más que siguiendo rutas, ya que éstas brillaron por su ausencia en los estandartes partidarios.

Sin embargo, pese a todos los buenos propósitos de los gobernantes, pese al clamor público y a las erogaciones inmensas que significan para el país los puestos nacionales, los gobiernos no han podido quebrar esa resistencia, activa y pasiva a la vez, tenaz y abrumadora, que ofrece la demagogia, inseparable compañera de la burocracia.

¿Quién la fomenta? El mismo nombre lo dice: empleos públicos. He ahí el ideal único e insustituible detrás del cual han marchado hasta hoy las multitudes como rebaños al redil. ¿Qué ciudadano no se siente atraído y con derecho a ocupar esos puestos de pocas horas de trabajo y sueldos crecidos?

Cuando el Estado exija un mayor rendimiento a los empleados públicos, haciendo primar la competencia a la cuña política, se habrá dado un gran paso y más de una repartición se verá raleada de escribientes y mejor atendida por los que supieran entender sus obligaciones. Pero con harta frecuencia vemos que los jefes de grandes reparticiones, como los gobernadores de provincias, plagan de parientes el Presupuesto, y si algunos puestos les sobran, los reparten entre los caudillos que palanquearon sus candidaturas o les sirven de dóciles instrumentos para su manejos administrativos o políticos.

No hay duda que con mal disimulada sorna, dirán los aludidos que “la caridad empieza por casa”. olvidando que en este caso crean de hecho una situación incómoda y peligrosa a la moral pública e infligen un serio agravio a la economía o erario, ya que no tenemos aquí castas privilegiadas a quienes les esté concedido el derecho exclusivo de gozar y explotar el patrimonio nacional. Y si todo ciudadano tiene idénticos derechos, resulta que de tal postura deriva una disputa interminable, pues cada “mandón” que asume una jefatura de esa jerarquía, hace suya la máxima y manda a paseo a los familiares y favorecidos del que le precedió. Errores de nuestras prácticas políticas que ni las lecciones del pasado ni las experiencias del presente han logrado aún extirpar de raíz.

No se concibe, pues, en la Argentina por lo menos, que el proselitismo tenga algún éxito si no es en base a ofrecimientos, ventajas inmediatas, promesas que sugestionan; de ahí que entre los pliegues que dibuja la sonrisa irónica de los “generosos” distribuidores de puestos, se deje entrever a los votantes la perspectiva de acercarse al, “palenque” y beneficiarse con la influencia de los caudillos.

Ese apego febril de las masas ciudadanas, hasta cierto unto estimulado por los caudillos, a cifrar todas sus esperanzas en la Administración Nacional, de la que por años, a expensas de ella, hacen su modus vivendi perjudicando, indiscutiblemente, los intereses de la patria esa misma que a pleno pulmón y en ardiente prédica política declararon defender y engrandecer -, no existiría si los gobiernos se preocuparan de dar al ciudadano otra cultura, otra instrucción o preparación, la que haría de él un hombre a  o para desempeñarse en las múltiples labores que le ofrecen diferentes medios de ganarse honradamente el pan. ¿No es, acaso, una vergüenza que la mayoría de los comercios prefieran empleados extranjeros a los hijos del país? ¿Por qué el ciudadano argentino encuentra más difícil la vida que cualquier extranjero, gozando éste de prerrogativas que se le niegan a aquél? Es que al argentino le falta, en este caso, lo que, por lo general, le sobra al extranjero: capacidad y disciplina. En cambio, abundan en él la pretensión, la exigencia y la despreocupación por los intereses de la casa donde trabaja.

Un escaso porcentaje de jóvenes se inclina por el aprendizaje de oficios o especialización en las diversas ramas de la actividad común. Con excepción de los que siguen alguna carrera, los demás, mayoría siempre, abandonan sus estudios y si no tienen parientes o amigos influyentes que les aseguren un puesto dependiente del Presupuesto, comienzan su odisea en busca del mismo, llevando recomendaciones de un lado a otro, hasta que al fin, “si la buena estrella” no los abandona, encuentran alguna ubicación; de lo contrario, terminan por convencerse de que la vagancia es perjudicial para la salud y el porvenir.

Todo esto y cuanto al respecto vengo diciendo, evidencian la necesidad ineludible de crear una Escuela de Educación y Cultura Política, que, bien regida y con las exigencias del caso, prepararía el alma ciudadana creando aptitudes dignas y aspiraciones más justas sobre las cuales las juventudes habrían de labrar su porvenir y el de la patria. La burocracia y la demagogia recibirían un rudo golpe y la argentinidad, un enorme beneficio.


[1] Artículos y Publicaciones. (Recopilación) (1937)

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González Pecotche: Demócrata y Humanista – Capítulo IV: Concepción de lo Social-Económico.

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.

Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999
  1. El capital no existe.
  2. Los peligros del estatismo.
  3. Estatismo y liberalismo económico.
  4. El capital en formación.
  5. El problema social es la preocupación básica de la hora presente.
  6. Evolución del concepto sobre los problemas sociales.
  7. El problema social y sus soluciones.
  8. Sobre industrias y comercios de tipo medio.
  9. Las demandas sociales.
  10. Aspectos de la educación del obrero.

1.- El capital no existe.

Hemos tomado este título, tan sugestivo, para comenzar este capítulo. En él se encuentran consideraciones de mucho interés y, a nuestro entender, no exentas de originalidad. Trataremos de referir sus principales aspectos.

Considera que “solo existe el trabajo como hecho cierto” y hace una clasificación del mismo en trabajo superior e inferior.

El trabajo superior o el de la inteligencia sería el que reemplaza a lo que se acostumbra denominar capital; es el que corresponde a la inteligencia y está a cargo de las jerarquías en la actividad industrial y comercial, etc. El trabajo inferior o mecánico corresponde a los empleados y obreros de rutina. En uno y otro plano, todos son trabajadores, todos son obreros.

Según se desprende del artículo, no hay un monopolio de la palabra trabajo o trabajador a favor de ninguna clase social.

Y hace hincapié en lo siguiente: dicho trabajo inferior “es compensado en la medida de lo que cada uno produce como esfuerzo personal…pues no puede estimarse de acuerdo al resultado producido, ya que éste es consecuencia del producto de la inteligencia puesta al servicio del obrero para que éste pueda   desempeñarse en sus funciones de tal”.

Insiste más adelante, que el verdadero capital es la inteligencia. Así, afirma: “El volumen del capital estará siempre en relación con el grado de cultura de la inteligencia.”

Luego entra en ciertos discernimientos que nos parecen de utilidad para la debida comprensión de las relaciones entre lo que habitualmente se denomina capital y trabajo. Expresa que “una inteligencia desarrollada exclusivamente para el lucro, se pervierte, desnaturalizando su verdadera función.”

Y entonces refiere a quienes “ocupando posiciones en el plano del trabajo superior, forman un quiste social, siendo precisamente éstos, los verdaderos explotadores de la sangre humana”. Los llama la “raza usurera”.

Cierra este enfoque lamentándose que “sean confundidos con los que actúan en el trabajo superior con nobles propósitos y humanitarias miras”. [1]  (Los destacados son nuestros).

Vemos una total independencia y ecuanimidad en el juicio, dando a cada cual lo suyo. Se percibe además, la línea evolutivista, humanista, que es invariable en el Pensamiento de González Pecotche (en el Capítulo VI nos detendremos en el concepto logosófico de humanismo).

2.- Los peligros del estatismo.

Nada hay que afecte más la economía y progreso de un pueblo, que la absorción, por parte del Estado, de lo que podríamos llamar las verdaderas fuerzas vivas del país, o sean las fuentes privadas de producción, so pretexto de que, la administración nacional requiere controlar y regular las actividades comerciales o movimientos financieros del capital privado.”

“Si recorremos los anales históricos en los que aparecen las épocas más prósperas y felices de los pueblos, sin dificultad alguna advertiremos que la paz ha reinado en ellos cuando los gobiernos, en vez de trabar u obstaculizar la iniciativa privada, la han estimulado garantizando el trabajo libre y sano de los hombres…”

“Las autoridades de cada nación democrática, en la que aún se respire el aire puro de la libertad sana y constructiva, deben pensar que jamás el Estado podrá hacer rendir a un hombre lo que éste, estimulado por las perspectivas de su triunfo, puede rendir, y no olvidar que su trabajo, unido al de todos los demás, es el que cimenta las bases más sólidas y duraderas de una nación”.

“¿El auspicio al esfuerzo privado, no es, acaso, el que atrae los capitales del mundo entero para que se inviertan en el país y se agigante el progreso de la nación, haciendo florecer las industrias? ¿Qué capital extranjero podrá confiar en establecerse allí donde el estatismo todo lo absorbe y lo esteriliza?”

“Piénsenlo esto bien quienes tienen en su poder el destino de los pueblos jóvenes de América y encontrarán que el camino a seguir es uno y único, el del respeto al patrimonio y esfuerzo particular, por ser éste y no otro, el que contribuye con mayor eficacia al engrandecimiento y prosperidad de toda nación civilizada”. [2]

3.- Estatismo y liberalismo económico.

La posición de González Pecotche respecto de los temas que venimos encarando, se define en un punto de equilibrio, a saber: “Liberalismo comercial e industrial como principio, para que el Estado no sojuzgue al particular, pero estatismo cuando sea necesario, para evitar que los consorcios y combinaciones capitalistas desvirtúen las leyes naturales y provoquen estados injustos e incompatibles con una sana economía…”[3]

Pensamos que resulta destacable que González Pecotche haya escrito sobre los peligros del estatismo en la década de 1940, cuando las tesis intervencionistas gozaban de gran predicamento. A nuestro modo de ver, su pensamiento también fue precursor en este terreno.

Por otra parte, establece un razonable y necesario punto de equilibrio entre el liberalismo económico y el intervencionismo estatal, debiendo éste actuar a fin de evitar la negativa influencia de los cárteles, trusts, etc., etc., sobre la vida económico-social de una nación.

4.- El capital en formación.

“…estos capitales en formación son, precisamente, los más afectados por el impuesto a la ganancia excesiva, dado que para poder formarse requieren, por fuerza, un mayor porcentaje de beneficios que los exigidos por los grandes capitales. Además, a estos capitales en formación, que responden desde luego, a la iniciativa privada, se les debe en gran parte el desarrollo de la industria y el comercio, ya que son ellos los que promueven el mayor aporte de trabajo y la más apreciable cifra de transacciones en el mundo de los negocios que cumplen su función en el desenvolvimiento económico de la Nación.”

“El capital en formación constituye, podría decirse, uno de los principales factores del progreso económico de un país; es éste, repetimos, el que abre perspectivas al trabajo, fecunda ideas, realiza obras y hace posible un desenvolvimiento más holgado en la vida de los pueblos. Debe existir, pues, una consideración especial para los que se empeñan en abrirse camino y superar con su esfuerzo el volumen de su producción individual, a fin de que no se malogre una de las más caras aspiraciones del individuo en su pugna por alcanzar dentro de la sociedad, posiciones firmes de respeto y responsabilidad que le permitan convertirse en un valor apreciable y un auxiliar necesario de la misma.” [4]

Las razones esgrimidas por González Pecotche en favor del capital en formación, en este artículo del año 1945, también nos hacen pensar en el carácter precursos de su figura.

¿Qué diferencia sustancial hay entre esas razones y los argumentos que hoy día militan a favor de la pequeña y mediana empresa? Acaso la diferencia pueda encontrarse en la terminología empleada, pero en lo sustancial, armonizan.

5.- El problema social es la preocupación básica de la hora actual.

Este título de mayo de 1945, cobijó unas consideraciones importantes –y si se quiere, originales- de González Pecotche.

Empieza por concretar lo que se entiende por problema social, esto es, “cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre”.

Señala que, a su juicio, “el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz”, es “la indiferencia con que los que son ayudados reciben las mejoras que se les brinda”, posición que los lleva a pensar que es una obligación de quienes les confieren las mejoras, “sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido”.

Agrega: “Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general…” Esto crearía “una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva”.

Cierra el artículo diciendo: “Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo”. [5]

Cuando comentamos “El capital no existe” al comienzo de este capítulo, dijimos que encontrábamos una total independencia y ecuanimidad de juicio en González Pecotche, cuando encara el problema social.

A lo largo de muchos de sus artículos sobre este tema, advertimos su ideal humanista, procurando que, partiendo del nivel socio-económico en que se encuentre cada hombre o mujer, pueda superarse en sus cualidades morales e intelectuales.

Extendemos estas consideraciones en particular, a los títulos que siguen: “Evolución del concepto sobre los problemas sociales” y “El problema social y sus soluciones”.

6.- Evolución del concepto sobre los problemas sociales.

Con total independencia de juicio –como siempre se caracterizó- González Pecotche, bajo el título precedente, expresó, entre otros conceptos, los que se transcriben seguidamente: “Se impone en esta hora una nueva concepción de los problemas sociales, en base a una mutua estimación de los valores, necesidades y merecimientos. Se hace indispensable una revisión completa de las leyes obreras encaminadas a perfeccionarlas, a fin de que las propias masas directamente interesadas se esfuercen en ser cada día más eficientes y útiles a la sociedad de la que son parte inseparable, así las ideas, como las costumbres y las demandas que formulen habrán de merecer las más justas apreciaciones del sentir general”.

“Para todo ello será necesario alcanzar la comprensión de que las posiciones que los trabajadores obtienen en la vida, ya por méritos personales, ya por ayuda ajena, deben ser no sólo mejoradas sino mantenidas por el propio esfuerzo y capacitación, desde que no es nada justo que el cuidado de las situaciones particulares queden a cargo exclusivo de los más aptos, de los que más se preocupan en conservar lo que tanto les costó obtener”.

“Lo esencial es que cada uno, sin excepción, contribuya a que la paz se afiance en las naciones, y especialmente en la gran familia humana, a fin de que los problemas de toda índole que a diario surjan, puedan ser resueltos con serenidad, con claro discernimiento, y una amplia concepción de la justicia en sus dos inseparables columnas: el deber y el derecho de cada ser humano. De hecho se desprende que los que más pueden y tienen, deberán contribuir en mayor proporción a que el mundo vuelva por los cauces de la normalidad, aminorando y aún eliminando los riesgos que pudieran sobrevenir acerca de un nuevo estallido en el futuro, cuyos estragos serían incalculables” (diciembre de 1945 – los destacados nos pertenecen-).[6]

7.- El problema social y sus soluciones

Refiriéndose al problema planteado por las masas obreras y sus reivindicaciones, y tal como lo hemos dicho en otra parte de este trabajo, expidiéndose con total independencia de juicio, expresó: “…un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.”

“En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente a las de menor cuantía que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros el propender a la mejor marcha de los negocios ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace pues necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.” [7]

En los fragmentos que precedentemente se han transcripto, se puede verificar, una vez más, el propósito evolutivista del filósofo que nos ocupa. Su concepción del hombre y la humanidad, va mucho más allá del aspecto económico. La atención de este aspecto, obviamente necesaria, no será razón suficiente para el bienestar individual y social, si no se estimulan la instrucción y la responsabilidad, esto es, factores educativos y morales.

8.- Sobre industrias y comercios del tipo medio.

“Nos referimos a esos nobles y virtuosos hombres de trabajo y de ingenio que forman lo que hemos denominado el tipo medio de industriales y comerciantes.”

“En efecto; mientras por una parte la masa obrera es favorecida con las mejoras recibidas, y los grandes capitales, o sea los grandes comercios y las grandes industrias, no sufren mayormente el latigazo de los gravámenes, por la otra, los industriales y comerciantes de tipo medio, que son los que trabajan sin descanso con sus pequeños capitales y los que al par que mantienen con honorabilidad a sus familias asegurando su equilibrio económico, ayudan a que muchos hogares puedan ser sostenidos por los hombres a quienes dan tra­bajo y a quienes impulsan a adelantar en sus puestos de labor, en­caran situaciones en extremo difíciles.”

“La masa obrera, que por su número constituye toda una fuerza a la que no es posible pasar por alto, tiene, por virtud de esa fuerza, un medio poderoso para manifestarse, hacerse oír e inclinar en su favor la atención de los magistrados. La pudiente tiene, también, sus medios poderosos de expresión, o sea sus influencias, a las que tampoco pueden permanecer indiferentes los hombres de Estado. Pero esa masa intermedia, ese gran conjunto de hombres de trabajo y de negocio que forma el tipo medio de la sociedad; esa masa de seres de la cual surge la mayor parte de los hombres del pensamiento, de Estado, estadistas; hombres del periodismo, del arte, de la ciencia, es, precisamente, la más desamparada. ¿Por qué? Por­que es sufrida y está siempre temerosa por hallarse emparedada entre dos fuerzas: la masa pudiente y la masa obrera. Sólo le queda un callejón por el cual se ve obligada a marchar, sin que hasta el presente haya podido dar con esa nota tónica que derrumba muros y rocas, cuando encuentra el eco salvador.” [8]

* * *

Vuelve González Pecotche sobre el tema de las industrias y comercios de tipo medio, sobre lo cual escribió en julio de 1945.

Nos remitimos al otro título de este mismo capítulo: “El capital en formación”, por entender que son complementarios.

9.- Las demandas sociales.

Bajo el título “El problema social-económico”, en julio de 1947, González Pecotche vierte una serie de consideraciones fundamentales sobre el tema, de las cuales transcribiremos las siguientes:

“Todo es justo y aceptable mientras las sanas aspiraciones convergen en metas realizables que no exceden la capacidad matriz que dispensa los márgenes tolerables. Es esto una ley intransformable, como lo es cada ley que gravita sobre la conservación del mundo y de las especies que lo pueblan. No se pueden vaciar, pues, las arcas de una industria y exigir, al mismo tiempo, que ésta se sostenga en sus finanzas. En tales condiciones la industria se resiente, se debilita y quebranta. Y una vez exhausta la caja, se apagan las llamas que alimentaban a una cantidad de hogares, paIidecen las esperanzas, se esfuman todas las ventajas y se vuelve al punto de partida para empezar de nuevo. Es la eterna y lapidaria sentencia: “No matar la gallina de los huevos de oro”, cuyo olvido ha estrellado a tantos contra una realidad de la que nadie escapa ileso.”

“…la libre competencia y el aumento de producción es lo único que instantáneamente, como por obra de magia, hace bajar los precios sin necesidad de que los gobiernos deban recurrir a ningún expediente. Hacer, pues, que afloren las actividades comerciales en marcha ascendente de pro­greso, sin trabarlas en su desenvolvimiento, es propiciar la abun­dancia, que colma todas las necesidades. Encarar la solución de modo adverso, sería encajar una de las ruedas que sostiene el peso de la enorme carroza estatal, mientras la otra gira velozmente en el aire, aparentando marchar muy bien, aunque sin lograr avanzar una pulgada del sitio donde se encuentra.” [9]

* * *

El pensamiento de González Pecotche tiene, en todas sus manifestaciones, una fuerte impregnación moral. Siempre exalta la responsabilidad de los actores sociales y así como fue severo al enjuiciar a los grandes capitalistas que olvidan sus deberes para con la sociedad (“la raza usurera”, les llamó), también reiteradamente llama a responsabilidad a las masas obreras y señala una y otra vez el tratamiento que deben merecer para su mejoramiento.

Bien se comprende que la solución del problema social no pasa solamente por lo económico. Antes y después, hay temas educativos en lo personal y de capacitación laboral, que resultan fundamentales (nos remitimos al título que sigue).

10.- Aspectos de la educación de obrero.

Los fragmentos que se transcriben a continuación, evidencian el énfasis que pone González Pecotche en los aspectos morales y educativos cuando refiere a los problemas sociales.

“…no hay ser humano que pueda quebrar la inexorabilidad de las leyes. Por más poderoso que sea, jamás podrá poner en un recipiente más agua que la que éste sea capaz de contener; la que exceda se derrama inevitablemente. Del mismo modo se derramará, porque es inevitable, toda mejora que sobrepase los límites de la capacidad humana de comprender y aprovechar dicha mejora sin hacer derroche de ella. De ahí que sea tan necesario, como lo hemos predicado siempre, que paralelamente a la ayuda que se alcance a las clases obreras, se las instruya para que sepan usar y no abusar de la misma…” [10]

“A nuestro juicio –agrega en otro lado-, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.”

“Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.” [11]

Reitera que las “mejoras del asalariado deben consistir, más que nada, en estímulos al estudio y en el propiciamiento de los deberes morales y sociales”, agregando que los “derechos y los deberes son dos rieles paralelos que, sin juntarse nunca, hacen deslizar en marcha ascendente la máquina del progreso.” (Los destacados son nuestros). [12]


[1] Revista “Logosofía” Nº 23, noviembre de 1942

[2] Revista “Logosofía” Nº 11 de noviembre de 1941

[3] “Nueva Concepción Política”, 1940, págs.59 y 60.

[4] Revista “Logosofía”, N° 54, junio de 1945

[5] Revista “Logosofía”, N° 53, mayo de 1945

[6] Revista “Logosofía” N° 60, diciembre de 1945

[7] Revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946.

[8] Revista “Logosofía” N° 67, julio de 1946

[9] Revista “Logosofía” N°  78, junio de 1947

[10] Revista “Logosofía” N°  78, marzo de 1947

[11] Revista “Logosofía” N°  13, enero de 1942

[12] Revista “Logosofía” N° 39, agosto de 1944

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Acepción del vocablo IGUALDAD

Concepción   logosófica de las palabras

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 29, mayo de 1943

Igualdad:   

  • Conformidad de    una   cosa con otra en naturaleza, forma, calidad o cantidad.
  • Correspondencia y proporción que resulta de muchas partes que uniformemente componen un todo.
  • Ante la ley: Principio que reconoce a todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos.

( Dicc. Enciclopédico Espasa – Calpe y Dicc. de la Real Academia Española))

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El concepto de igualdad, por la diversidad de criterios que lo han sustentado, es, sin duda, el que ha promovido más discusiones en el seno de la sociedad humana.

Se invoca la igualdad al amparo de leyes sociales, y más significativamente aún, allí donde la diferencia de clases  descubre a los desamparados de la fortuna clamando por un tratamiento similar al que gozan las capas superiores. El comunismo, que derrocó a los zares de Rusia y echó por tierra a la aristocracia de ese pueblo, fue una explosión del concepto de igualdad que irrumpió violentamente en todos los ámbitos de su territorio, derribando y exterminando, en la pretensión de someter a todos a la igualdad soñada por los líderes de la revolución, cuanto vestigio de privilegio pudiera existir. La experiencia, parte viva de la realidad, que no puede negarse so pena de caer en la necedad, fue modificando el primitivo concepto del bolcheviquismo hasta acondicionarlo a formas más aceptables para la organización social de aquel país. Por mucho que los hombres se alejen de la realidad, siempre termina ésta por volverlos a aproximar.

El concepto de igualdad   en su más amplia acepción,  es decir, en su contenido  universal,  difiere mucho  del vulgar. Su esencia ha de buscarse en los orígenes del género humano; mejor aún, en los orígenes de la vida como vehículo de manifestación del alma, que cumple, sucesivamente, períodos de evolución a través de épocas y edades hasta realizar su perfección.

Todo indica que la presencia del hombre en  el mundo, reproducida en un sinnúmero de seres, fue idéntica      en su primera manifestación, o sea, en el punto de partida; pero esa igualdad ha debido sufrir una serie de modificaciones a medida que los seres fueron alejándose de aquel punto inicial. Si bien es cierto que fue dado a todos un destino común, se desprende de multitud de hechos que atestiguan la exactitud de nuestras afirmaciones, que ese destino sólo es fatal para los pobres de espíritu, para los que nacen y cesan sus días en este mundo más o menos como acontece en la especie animal. Desde los albores de la humanidad, los aborígenes, indígenas y todas aquellas tribus nómades, tienen prefijado un destino común, el cual, con ligerísimas variantes, es casi idéntico en todos, ya que pocas veces son capaces de sobrepasar la meta establecida. Pero no bien pudo el hombre despertar en conocimientos que aventajaban considerablemente a los primitivos, se dio cuenta de lo mucho que podía hacerse para mejorar la existencia y alcanzar destinos mejores.

La historia humana es una larga, interminable sucesión de relatos que describen los triunfos del hombre en los  diversos campos en los que le fue posible actuar como ente dotado de inteligencia y sensibilidad. Esos mismos triunfos señalan progresos continuados, en un constante empeño por ampliar sus perspectivas y lograr un mayor dominio sobre los elementos, lo cual fue transformando a la tierra, a través de sucesivas etapas, en un mundo civilizado y apto para toda clase de actividades que pudieran facilitar con amplitud la evolución humana.

Evidentemente, esos progresos denotan ya un cambio, tan visible como convincente, de aquel destino común de las primeras edades, en que la incipiente reflexión no acusaba mayores aspiraciones, Sin embargo, la palabra destino contiene la trayectoria que puede seguir el ser humano hasta la más alta ascensión. De ahí el desenvolvimiento entre los seres dotados de razón, quienes no obstante ser en apariencia similares entre sí, se hallan a diferentes y aun a grandes distancias unos de otros, según el grado de evolución alcanzado individualmente.

La igualdad es una ley inexorable, y ha de entenderse que como tal, no puede violar otras leyes, pues todas se complementan haciendo posible el equilibrio del Universo.

La ley de igualdad significa, entonces, que regirán  las mismas  perspectivas para aquellos que se hallen en iguales condiciones, y podrán disfrutar de los mismos derechos y goces mientras no exista alteración en el punto de igualdad en que se encuentren temporariamente. Si cien o mil personas comienzan un largo viaje a pie no todas caminarán con idéntico aplomo, energía  y velocidad.   Empero, el hecho de que unos cubran una etapa en menor tiempo que otros, no quiere decir que los que quedan atrás no puedan alcanzarlos, y en el caso de que esto acontezca, se hallarán nuevamente en igualdad de condiciones. Estarán en el mismo sitio, disfrutando de análogas perspectivas.

Es similar lo  que acontece en el trayecto que se recorre a través de la existencia: pueden encontrarse dos o más seres en el mismo grado de evolución; en tal caso, sus condiciones y prerrogativas serán iguales, pero se entiende que lo serán mientras permanezcan en ese grado de evolución, ya que desde el momento en que cualquiera de ellos lo trascienda, esa igualdad  quedará, lógicamente, alterada. Vemos aquí la amplitud de esta concepción que define a la igualdad.

Otra imagen de gran fondo que habrá de ilustrar en otro aspecto el significado de la palabra igualdad y demostrarnos cómo ésta, sin perder su fuerza, se manifiesta tal como debe ser concebida por la inteligencia que sabe descubrirla allí dónde su presencia pueda dar más de un motivo para la reflexión, nos la presenta una familia numerosa, cuyos hijos han nacido en igualdad de condiciones y a quienes, se les ha prodigado el mismo amor, el mismo alimento, el mismo aire. Todos vivieron además, en el mismo hogar y recibieron idéntica educación. La igualdad, pues, no pudo ser puesta de manifiesto con mayor elocuencia; no obstante, cada uno de ellos tomó rumbos diferentes: uno siguió una carrera y escaló posiciones descollantes; otro siguió un oficio; aquél  se hizo navegante, y hubo de los que no quisieron estudiar ni trabajar y prefirieron la vagancia, llegando algunos por los caminos del vicio, hasta la cárcel.

¿Quién alteró aquí la igualdad? ¿Quién podría, sensatamente, pretender volver a la igualdad a todos estos hijos, colocándolos en el mismo plano, en una posición similar y gozando de iguales prerrogativas? La igualdad existió, en este caso durante un tiempo, mas luego fue alterada por obra de cada uno.

He ahí la verdadera igualdad; la sabia, la justa, la incuestionable; la que brinda a todos la misma oportunidad.

El propósito humano no debe tender jamás a buscar la igualdad por la violencia o por medios arbitrarios, pues lograrlo traería una igualdad injusta, o, peor aún, una simulación de igualdad.

Todo hombre ha de tratar de igualar a aquel que por sus esfuerzos o por cualquier circunstancia que él ignore, está por encima suyo. La igualdad hado concebirse en un plano de equidad y de justicia, y el que se encuentra abajo debe ascender hasta donde se halla el que está más arriba, si es a éste a quien quiere igualar. El que se inicia en la carrera militar, por ejemplo, sabe que sólo por la realización y por el estudio, habrá de ir conquistando sus grados y alcanzando a cada uno de sus superiores en sus respectivas jerarquías, hasta igualar a aquel que lleva las jinetas de general. Pero para ello, le será necesario ser también un general. Sería absurdo que el militar incipiente pretendiese que el de mayo jerarquía lo igualase retrocediendo hasta colocarse en su posición, siendo que esa él a quien corresponde efectuar la trayectoria ascendente que lo lleve a igualarse con su superior.

La igualdad debe constituir el supremo anhelo del alma humana, la suprema aspiración;  mas, para que ello tenga toda   la fuerza necesaria a fin de encarnar un gran ideal, debe  entenderse que esa igualdad ha de  ser obtenida casi exclusivamente por el esfuerzo propio y representar. el objetivo esencial, ello es, igual el amplio sentido de la palabra.

La igualdad como forma jurídica de Derecho Universal tiene que existir y existe, adaptada a los medios de convivencia social en que se nuclean los diferentes tipos que integran la sociedad humana en los respectivos países; pero esa igualdad es más aparente  que real; establece un “modus vivendi” aceptado porque sí – y esto es paradójico – , por exigirlo las normas toleradas por la misma sociedad.

La prominencia en las posiciones políticas, sociales y  económicas establece de hecho privilegios que por  cierto no gozan  los que se hallan en posiciones inferiores. Por otra parte, las relaciones y vínculos de todo orden entre los seres permiten  también  ventajas que no obtiene el que está totalmente aislado de los demás. A pesar de esto, nadie podrá afirmar que exista alguien a  quien las leyes que rigen para  todos en una perfecta igualdad de rigor, le hayan negado la posibilidad de conquistar posiciones y gozar de idénticos privilegios.

En suma: la igualdad es una ley de orden universal que da al hombre la comprensión de lo que es, conforme al lugar o posición en que está situado. Según el decir bíblico, Dios hizo  al hombre a su imagen y semejanza; eso no quiere significar que le hizo igual a El, pero diole a entender que la igualdad era el camino que debía recorrer hasta alcanzar su imagen y semejanza.

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Problemas sociales

 Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 13, enero de 1942

Uno de los problemas que más han preocupado y preocupan a gobiernos, estadistas y hombres de estudio, es el de la situación económica del empleado y del obrero.

El gobierno de nuestro país busca orientar la solución hacia el ahorro, y últimamente ha sancionado un proyecto de ley de préstamos a los empleados que atendieran una repartición del Banco de la Nación. Pero, aun cuando crin ello se creyese aliviar la creciente dificultad económica al trabajador de escritorio, de la industria y el comercio, fundando grandes instituciones destinadas a su estímulo, nada se logrará si el mal no trata de curarse eliminando las causas que lo provocan.

A nuestro juicio, el problema debe encararse desde el punto de vista de la administración individual de los haberes.

La mayoría gasta cuanto tiene y aun lo que no tiene, sin llevar el menor control de sus posibilidades ni de sus expendios. Esto ocurre porque de todo se enseña al hombre en su juventud, menos a saber administrarse a sí mismo. ¿Cómo puede, entonces, manejar inteligentemente su sueldo o jornal y cubrir honestamente sus necesidades sin tener que recurrir a medios que en vez de solucionar gravan más su situación?

El hombre apremiado por las deudas, difícilmente coordina su pensamiento sobre la base de un reajuste de su conducta o su manera de pensar. Generalmente confía en el azar o busca que otros le resuelvan sus necesidades.

Estimamos que deberían crearse cursos especiales destinados a proporcionar a la inteligencia del empleado u obrero las normas a seguir para organizar las economías domésticas. Nadie ignora que los salones de cine y teatro, los ambientes de diversiones, los clubs, los restaurantes y cafés, están siempre llenos de empleados y obreros.

Habría, pues, que enseñar con decidido empeño la forma de administrar los propios haberes. Los excesos son los que desequilibran el presupuesto.

A propósito, es bueno recordar lo que hemos observado en alguna gente trabajadora, del extranjero. Si el sueldo que recibe es, supongamos, de ciento sesenta pesos, indefectiblemente coloca sesenta en el Banco y vive con el resto, haciendo de cuenta que ése es su sueldo. Todo aumento de los haberes es para satisfacer sus necesidades, pero aquello que todos los meses destina previsoramente, es para ella algo sagrado y bajo ningún concepto modifica ese criterio, tanto que cuando se le oye hablar de sus entradas, manifiesta que son de cien pesos, por ejemplo, y no ciento sesenta. Luego de. un cierto tiempo la vemos dueña de un terreno, y más allá, edifica su casita.

En el obrero o empleado nacido en el país, sucede lo contrario. Si gana ciento sesenta pesos gasta sesenta más, pues jamás le alcanza para sus necesidades. Prueba evidente es ello, de que no sabe arreglar su situación económica conforme a sus posibilidades.

La estadística de quebrantos económicos de este tipo de trabajadores demuestra que la mayoría son consecuencia del abultamiento de gastos superfluos, y los menos,  por desgracias familiares.

Se ha de tener también presente, que siempre se ha creído que a medida que el jornal o el sueldo aumenta, el favorecido debe aparentar ante sus relaciones un género de vida más pomposo. Este es otro error que luego tiene que purgarse corrido por los apremios.

Conceptuamos, pues, que no existe el sentido de la verdadera ubicación en el criterio de cada uno; por lo tanto, pensamos cuán urgente es instruir al obrero y empleado sobre cómo puede y debe financiar sus recursos, a fin de que éstos le sean suficientes y aun excedan a sus necesidades.

De no llamarse a la realidad a quienes constantemente se quejan de sus salarios, continuarán produciéndose las inevitables exigencias y reclamaciones de aumento de jornal o sueldo, con sus posibles derivaciones en huelgas o malos cumplimientos.

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El problema social y sus soluciones

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 65, mayo de 1946

Al hablar del problema social se entiende de inmediato que es del que atañe, en su casi totalidad, a la clase menos acomodada de la sociedad, es decir, a la llamada clase obrera o proletaria.

Nunca como en la época actual este problema se ha hecho ­más agudo en todos los puntos de la tierra, tanto, que la agitación que promueve su constante discusión mantiene a los pueblos en una especie de crisis de principios que lleva la inquietud a todos los espíritus. Las masas obreras reclaman mayor compensación del trabajo mediante salarios más elevados a fin de alcanzar una situación que les permita vivir en forma holgada, y, por otra parte, aspirar a que se les asegure la estabilidad en sus empleos. Este es un asunto que viene debatiéndose desde hace mucho tiempo sin que hasta el presente se haya logrado una solución que ponga punto final a tan zarandeada cuestión.

Es indudable que cuando se encaran problemas de esta natu­raleza surgen dificultades de toda índole que parecerían dar por tierra con los mejores intentos y propósitos de quienes desean de buena fe lograr la ansiada solución de los mismos. Pero es el hecho que son muchos los factores que concurren a determinar su insolubilidad. Así, por ejemplo, tenemos que en la industria y el comercio, salvo en las empresas muy importantes, se sufren constantes oscilaciones que directa o indirectamente, o mejor dicho ine­vitablemente, terminan por afectar a las mismas masas obreras, quedando el problema social aún sin resolver, pese a las subas fre­cuentes de salarios, pues la experiencia ha demostrado que el mayor costo de la vida hace ilusorias las mejoras obtenidas.

A propósito de esto, bueno es recordar lo que se hace en Inglaterra, donde existen empresas como las del teléfono, por ejemplo, que dan trabajo a infinidad de obreros para que confeccionen en sus respectivos hogares diversas clases de piezas, de las miles que necesita la maquinaria telefónica, pudiendo cada uno especializarse en la producción de las mismas y hacer de ello una profesión. Este hecho demuestra cómo un número considerable de obreros podría ganarse el sustento y vivir honestamente con el esfuerzo de su trabajo, cuyo salario podrá ser aumentado por el mismo, ya que haciendo mayor cantidad de piezas, recibirá mayor paga.

Ahora bien; si se contemplan todos los aspectos que el problema presenta, podrá apreciarse, sin gran dificultad, que un principio de solución que llevaría quizá a la solución total, es, sin duda alguna, la instrucción que necesariamente debe darse a la clase obrera para que, paralelamente a los aumentos que reciba, sepa organizar su vida y administrar sus economías. Se ha comprobado en múltiples circunstancias que no progresa mucho el obrero con las mejoras que obtiene si a la vez no se preocupa por instruirse convenientemente, puesto que sin ello no puede abrir las puertas a mayores posibilidades. Da prueba de esto el obrero inteligente, que en la escala de esas posibilidades ha ido convirtiéndose en patrón, mientras que los que no se preocuparon por capacitarse permanecieron en la misma posición pese a las mejoras obtenidas.

En recientes oportunidades se ha hablado de la participación del obrero en los beneficios de las empresas, pero nada se ha dicho respecto a si debe participar también de las pérdidas. Muy plau­sible sería la idea si las empresas tuvieran asegurados tales beneficios; nos referimos, sobre todo y muy especialmente, a las de menor cuantía, que son las más numerosas y las que más deben luchar para subsistir y poder prosperar como corresponde a toda industria y comercio, dado que las pérdidas en empresas de peque­ños capitales han llevado en muchos casos al cierre de sus puertas por la imposibilidad de poder cumplir con los múltiples compromi­sos que tienen que contraer. El quebranto de un comercio o una industria afecta también a los obreros que trabajan en ella, y es lógico pensar, entonces, que ha de ser preocupación común de pa­tronos y obreros, el propender a la mejor marcha de los negocios, ya que de la mutua comprensión depende en mucho dicha prosperidad. Se hace, pues, necesario que los obreros sean ilustrados con la amplitud debida acerca de todos estos problemas que deben preocupar a ambas partes por igual. Es muy posible que de ese interés recíproco en conservar lo que se tiene, surjan las más felices soluciones. Y mucho habrá de contribuir a ello la competencia en el obrero y su estimación por parte de los empleadores.

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Los grandes pueblos necesitan verdaderos hombres de estado.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista “Logosofía” Nº 23 (nov. 1942)

Grecia puede considerarse la cuna de la democracia; pero de aquella democracia de las ciudades helénicas a la del segundo tercio del siglo XX, media un abismo.

Los estados helénicos eran en po­blación y casi en extensión, algo  menos que muchas ciudades de hoy;  y aun, dentro de ellos los ciudada­nos eran pocos y los ilustrados mucho menos. Quitando a los esclavos, ilotas, mujeres, menores y miembros de las clases inferiores, sólo queda­ba un reducidísimo número de personas en condiciones legales de lle­var sobré sí el peso de la cosa pú­blica.

Todos se conocían y todos los  electores podían aquilatar los méri­tos de los elegibles, y la convivencia en la ciudad, la asistencia a las  del Areópago y la participación en los consejos democráticos, como el conocimiento personal  moral privada, las virtudes ho­gareñas, la capacidad para el trabajo de los “candidatos”, permitía mayor trabajó y con muchas probabilidades de acierto, a hombres como Solón, Licurgo y Arístides.

En los pueblos de hoy, con dece­nas de millones de habitantes y con dilatadas fronteras, la elección no es tan fácil, ni las instituciones demo­cráticas pueden adaptarse al molde ideado por Solón para la pequeña ciudad griega.

Elegir a los mejores es el deside­rátum lírico de las democracias, pe­ro además de la virtud, el estadista debe poseer muchas otras condiciones, puesto que sólo con aquélla quedaría cruzado de brazos ante la complejidad de los  problemas de gobierno. Ya no basta para gobernar el “bonus pater familiae”, es menester que un hombre sano, sabio y experto, empuñe el timón.

La moral y la psicología del ver­dadero hombre de Estado debe presentar facetas brillantes y múltiples.

Nadie podrá serlo, si no tiene conciencia de su vocación, que general­mente aparece al promediar la vida y, desde entonces, marcha unida con el ideal político. Al llegar éste a la realidad por medio de la acción, cre­yéndolo valor absoluto y limando asperezas, podrá adaptarlo al medio. El momento impone determinado ideal y el tacto político del hombre de Estado le hace mirar al porvenir y ser desinteresado. El pueblo per­dona todo, menos el interés y la ve­nalidad.

La grandeza de un hombre de Es­tado depende de su voluntad; cuan­do se decida a emprender una obra para el bien del pueblo, la acción tiene que tener la rapidez del pensamiento. El sentimiento de su respon­sabilidad debe tener en él profundo arraigo, y por más que práctica­mente no deba a nadie cuenta docu­mentada de sus actos por mucho que la responsabilidad tenga que diluirse, él ha de considerar que de sí depende la felicidad de su pueblo y obrar en consecuencia.

El verdadero conductor de pueblos tiene una gran fuerza sugestiva. El pueblo le ama, le acata y le sigue por su honradez, por su palabra, por la identificación con sus necesidades y problemas, y por la comunidad de sentimientos con sus conciudadanos. No es posible llegar al pináculo del poder, sin tener un profundo conocimiento de los hombres, sin ser un experto en psicología, sin usar en la medida de lo prudente, el tira y afloja de las negativas o de las con­cesiones, sin conocer a fondo el al­ma nacional y sin introducir en los hombres un espíritu nuevo, basado en ideales puros y con genuina ex­presión patriótica.

No debe abandonarle nunca el sen­tido de la realidad. Por mucho que su ideal le empuje hacia la obtención de altos destinos para su pueblo, jamás debe tratar de ir más allá de lo posible. No puede haber buena conducción sin un pleno conoci­miento del medio nacional; y en es­tas épocas de guerra; de intenso comercio y de problemas de solución universal, el conocimiento del terre­no internacional es también de absoluta necesidad.

La psicología del hombre de Es­tado ha de tener, sus propias pecu­liaridades.

El alma del político tiene caracteres múltiples y contradictorios. Para servir a su país debe encarnar el  momento o la necesidad, política de su pueblo, y su carácter, ya sea el objetivo: frío y científico, ya el subjetivo: apasionado y combativo, debe amoldarse a las exigencias de la   hora.

Su inteligencia tiene que conducir­le hacia un razonamiento reflexivo y práctico, centralizando la acción de su pensamiento en el plano de los grandes enfoques para penetrar con acierto en la substancia de situacio­nes y hombres, pues, de no ser así, le será difícil en determinado  mo­mento, dar con la justa solución. Siempre que la imaginación tenga el freno de la posibilidad, no le acarreará perjuicio dejarla correr. El político tipo analítico, pero sin el contenido práctico y reflexivo a que hemos aludido, es medroso, negativo, crítico y estéril; el sintético, enlaza los ejemplos históricos a la  acción que proyecta para asegurar en lo posible el éxito de sus gestio­nes. Prevaleciendo el tipo sintético, no deben desdeñarse algunos aspectos del tipo antes descripto. Los sis­temas políticos que han perdurado y se han mantenido más tiempo para beneficio de los pueblos que lo apli­caron, son obra de genios de sínte­sis: Solón, César, Richelieu, Bis­mark, Colbert.

La inteligencia del hombre de Estado necesita cultura técnica  profunda  y general, que  tienda  a. diversificarse. Si el político es  docto en varias disciplinas, ten­drá ventajas sobre el que domi­ne una sola de ellas. Ha de conocer la Historia y aplicar sus enseñanzas, y estará mejor pre­parado si tiene ya experiencia  en el mando. El hombre de Esta­do jurista o economista, no debe aplicar rígidamente su teoría, sino la que convenga al país. La teoría rígida, la erudición excesiva, el conocimiento científico o intelectual  unilateral, no convienen al hombre   de Estado, pues le quitan espontaneidad, objetividad e intuición. De­be rodearse de colaboradores hones­tos y capaces, que sepan interpretar  su pensamiento y sugerir con buen tino las mejores ideas.

No puede serse buen conductor de pueblos sin dominar los propios sentimientos. La vanidad es fuerte escollo, puesto que admite aduladores y aleja colaboradores útiles. El verdadero hombre de Estado afronta el riesgo de la impopularidad. La ambición, subordinada a un objeto y a los medios disponibles, es condición de aquél. Su mayor defecto es la  debilidad. Una doble altivez tiene que acompañarle en toda su vida; su pensamiento ha de ser suyo, y no prestado por consejeros de ocasión, en unidad paralela, con su  vocación y su ideal. La envidia y los celos dificultan la acción del político, en tales casos, la mente debe primar sobre el corazón.

 

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El problema social es la preocupación básica de la hora actual

Por Carlos Bernardo González Pecotche, revista “Logosofía” N° 53, mayo de 1945

Todo cuanto se escriba de ahora en adelante, tendrá inevitablemente que estar influenciado, directa o indirectamente, por los grandes acontecimientos que conmueven al mundo en la hora actual. Parecería como si esta guerra, que más que ninguna otra asoló a tantos pueblos y trastornó el orden y la economía mundial, hubiese dividido en dos la historia de la humanidad. Se dirá así que todo cuanto constituyó letra viva y ley para los hombres hasta el año en que comenzó el conflicto bélico, es algo que perteneció al pasado, a una época en que la vida se desenvolvía en una forma, si no real, por lo menos aparentemente armónica dentro del juego de las actividades humanas, y que la guerra, al conmover hasta los cimientos de la civilización y desorganizar en gran parte el orden existente, creó nuevas situaciones y nuevos problemas, que la postguerra deberá afrontar.

Uno de ellos, cuya importancia nadie desconoce, es el problema social, designación ésta que se aplica habitualmente para significar cuanto se relaciona con el obrero, y con especialísima preferencia en lo que atañe a la cuestión económica. Se entiende que al decir obrero está incluida la clase trabajadora y pobre.

Sabido es que tal preocupación ha existido hoy como ayer y existirá siempre, porque, pese a la buena voluntad de todos los que bregan por el bienestar de los obreros y de la clase pobre, y pese a las numerosas mejoras que se logran para ellos, hay algo que siempre queda sin solucionar; ese algo que a nuestro juicio es el gran obstáculo que se interpone para resolver el problema en su raíz: la indiferencia con que los que son ayuda dos reciben las mejoras que se les brinda. Consideran, casi podría decirse, sin excepción, que cuanto se hace en pro de sus condiciones de vida, de sus salarios, es una obligación, un deber de quienes se lo confieren. Y esta creencia tan arraigada en sus espíritus, por lo general de corto alcance, hace que subsista el problema sin que de su parte exista la menor preocupación por corresponder de alguna manera al bien recibido; y corresponder al bien recibido debiera significar para ellos un mejor comportamiento en la sociedad, y no como sucede a menudo, que cualquier mejora obtenida es considerada una conquista, error éste que los lleva a acentuar en su ya crónico disconformismo, un estado de rebeldía que luego, como se ha visto en otras épocas, cuesta mucho dominar.

Existe en todas las clases sociales, pudiente, media y obrera, un criterio totalmente antagónico acerca del llamado problema social y todos aquellos otros que afectan a la sociedad humana, siendo ésta la causa de que tales problemas queden siempre sin solucionar. Pensamos no equivocarnos si decimos que tal disparidad de criterio es asimismo lo que promueve las tantas desavenencias entre el capital y el trabajo (Ver “Logosofía” N° 23, “El capital no existe”).

Sería de todo punto necesario, pues, hacer llegar a la mente y al corazón de todos los obreros del mundo, que es deber de ellos acompañar en sus esfuerzos y preocupaciones a aquellos que luchan por el bienestar general, a aquellos que en todas las horas del día, en sus despachos y fuera de ellos, mantienen una constante atención sobre sus deberes y responsabilidades.

Esto representaría el logro de todo un desiderátum. Sería haber creado una nueva conciencia en las masas obreras, tendiente a hacerles compartir en lo que fuera posible, los desvelos, afanes y angustias por que tantas veces pasan quienes actúan en las directivas del comercio, de la industria y de toda otra actividad en que se plantea el problema de la conducción de los negocios a través de las múltiples fluctuaciones y embates de la marea económica colectiva.

Cada mejora social debe implicar para la clase obrera una mayor responsabilidad en el sentido de regular su vida conforme lo exijan las necesidades y perspectivas generales. Esto acontece, como es sabido, pero en muy pequeña proporción, en esos seres que dentro de sus ocupaciones diarias se interesan por superarse, haciéndose cada día más competentes en las funciones que desempeñan. Nadie puede negar que muchos obreros llegaron a escalar altas posiciones en su trabajo, pasando de simples obreros a capataces, de capataces a inspectores, luego a jefes de repartición, y por último a patrones, todo en mérito a sus esfuerzos y capacitación.

Obreros que así se distinguen, abren con su ejemplo el camino a los demás y muestran, a la vez, que ningún ser humano es impedido de mejorar su situación económica y social, si por su parte se hace acreedor a ello, consagrando sus horas en perfeccionar sus aptitudes para los trabajos que desempeña o aspira desempeñar. Estos son los que saben conservar por sus propios medios lo que fue el fruto de sus afanes y de sus previsiones. ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que cumplida la hora de trabajo se despreocupan totalmente de todo deber para con la sociedad y para consigo? ¿Sucede acaso lo mismo, con aquellos que merced a la preocupación oficial o privada lograron tener más de lo que toman y luego nada hacen por conservar lo adquirido y por corresponder a ello con el esfuerzo personal que muestre signos cabales del mejoramiento propio?

Feliz será el día en que esto ocurra; en que las clases obreras puedan vivir una vida digna y holgada; pero, repetimos, esto nunca habrá de alcanzarse si en ellas no surge una amplia y verdadera comprensión de sus deberes y responsabilidades para con la sociedad, que, sin excepción, a todos incumbe. Debe existir una correspondencia mutua de preocupaciones y esfuerzos, naturalmente que en la medida de las posibilidades de cada uno. Ello habrá de ser la contribución más firme y eficaz que podría hacerse con miras a alcanzar nobles y justas soluciones, tendientes a resolver el problema social, que, hoy como ayer, constituye una de las más hondas preocupaciones en todos los países del mundo.

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