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Los resabios de la filosofía Yoga y consecuencias de sus prácticas -Parte I-

La concentración mental base del Yoga. Nuestro concepto sobre concentración mental. Diferencia fundamental entre las pretendidas prácticas yogues y mentalistas y la concepción logosófica sobre la función verdadera del pensamiento en la concentración mental.

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro Biognosis (1940, capítulo V)

… Urge hacer una revisión de algunas popularizadas ideologías sobre mejoramiento espiritual, cuya boga ha continuado, a pesar del reiterado fracaso que sus métodos arrojaron en la práctica. Se diría que la esperanza humana sigue inconscientemente aferrada a ese débil y adulterado reflejo de las verdades de otro tiempo, no obstante los severos contrastes con que la realidad le advierte que debe dirigirse a mejores fuentes de saber.

Consideremos, por ejemplo, la doctrina del Yoga, cuyas exposiciones, comentarios y derivados ocupan tanto lugar en las bibliotecas modernas, y que no hace mucho merecieron una apología de Romain Rolland. Se entenderá que nos referimos al yoga o a cualquiera de sus derivaciones mentalistas, en la forma que circulan actualmente. Lejos estamos de aludir a la vieja disciplina, tal cual floreció en la India unos cuarenta siglos atrás, pues de, ese monumento sólo quedan ruinas y recuerdos; así lo reconoce el más renombrado de sus expositores modernos, Swami Vivekananda, cuando nos dice: “En la India, debido a diversas causas, el Raja-Yoga cayó en manos de personas que perdieron el noventa por ciento de este conocimiento y del resto que les quedó trataron de hacer un gran secreto”. Y más adelante añade: “… y es un hecho sorprendente que cuanto más moderno es el comentarista que de ella se ocupa, tanto más equivocadamente la interpreta”.

Cuanto se diga de la historia del Yoga, de la vida de sus primitivos expositores, de las épocas en que surgió, etc., será indudablemente, muy interesante y podrá dar lugar a que se escriban páginas brillantes. Pero, en lo que al conocimiento de sí mismo se refiere, la utilidad de esas páginas ya es harina de otro costal. La humanidad de hoy exige métodos preciosos. y científicos, de base homogénea y de absoluta certeza y seguridad en sus resultados, que es inútil pedirlos a una filosofía que data de hace más de treinta siglos, escrita en idiomas que cuanto más se conocen, más enseñan a desconfiar de traducciones e interpretaciones.

Los actuales tratados de yoga comienzan, generalmente, por indicar al estudiante ejercicios de concentración y vacío mental, laxaciones musculares, hábitos de aislamiento, meditaciones y repetición memórica de fórmulas  destinadas al logro de esta o aquella cualidad.

Por ejemplo: Ramacharaka aconseja, desde la primera lección, afirmar: “Yo soy el dueño de mi mente”; esto es afirmar una mentira, como si con la sola repetición de una frase pudiera lograrse el objetivo perseguido.

Para que el hombre llegue a ser dueño de su mente es menester que comprenda a fondo su naturaleza ; que se compenetre bien de sus modalidades; que conozca las actividades de los pensamientos, etc., etc. La fórmula que indica Ramacharaka – al igual que tantas otras que pueden encontrarse en libros análogos – no es más que un automatismo inconsciente por repetición de palabras o de gestos, sin ningún resultado práctico. Lo mismo valdría que el estudiante repitiese “yo soy el dueño de mi estómago” o “yo soy el dueño de mi nariz”. ¿Qué resultados podrían aguardarse de ello? Si le sobreviniese un estornudó, por ejemplo, por más dueño de su nariz que repita ser, tendrá que estornudar.

También recomienda el citado autor: “Haced que vuestra imaginación os vea a vosotros mismos como poseedores de una cualidad mental y como llevándola a cabo. Empleadla en vuestra imaginación una y otra vez tan a menudo como sea posible. .. “.

Ramacharaka cree que con tales ejercicios se desarrolla la cualidad imaginada. Pero no hay tal cosa, y es inadmisible la ingenuidad que presupone ese fantaseo autosugestivo.

El único resultado que puede brindar la repetición de semejantes fórmulas es la  hipertrofia de la imaginación, ya que es la única cualidad que actúa en el caso; por ejemplo, si una persona se pone a imaginar que posee la firmeza, no está cultivando la firmeza, sino la imaginación.

La realidad se ha encargado de demostrar esto a muchos ilusos, cuando al cabo de unos  meses de práctica sobre la voluntad, la energía o la memoria, tuvieron que recurrir a alguna de ellas y se encontraron con que habían acumulado un capital quimérico, que se evaporaba al contacto más leve con las asperezas de la vida corriente.

Prosiguiendo el análisis de esta clase de libros, encontramos igualmente tal ausencia del sentido de la realidad y tal abundancia de puerilidades, que no parece sino que los autores se hubieran propuesto convertir al hombre en un Tartarín frente a sí mismo. Tanto lo inducen a repetir e imaginar que es el dueño de su mente y de su destino; que es el centro en torno al cual gira el mundo, etc., etc., que hasta llegan a sugestionarle y hacerle creer que está en posesión de una cuantiosa fortuna espiritual representada por fuerzas, poderes y conocimientos de toda índole. La historia nos muestra  muchos antecedentes de esta viciosa inclinación de la naturaleza humana a la fantasía. Dícese que él rey Jorge IV, a fuerza de repetir a los demás que había asistido a la batalla de Walterloo, terminó por creerlo él mismo.

Quien se propone realizar el “Nosce te ipsum” debe estar muy en guardia contra los  extravíos de la imaginación. Es, precisamente, el excesivo y defectuoso desarrollo de esta facultad uno de los más serios adversarios con que se encuentra el hombre moderno que se propone superar su condición espiritual.

Ninguno de los sistemas yoguis contiene una palabra de advertencia al respecto; muy al contrario, aconsejan exacerbar la fantasía y desenfrenar totalmente la imaginación, haciendo que el hombre sueñe estar en posesión de toda clase de facultades superiores, día tras día y en forma rutinaria. Este parece ser el único “método de mejoramiento espiritual que recomiendan, pues según ellos, el medio más eficaz de adquirir cualidades superiores es imaginando uno poseerlas.

Ahora bien; es casi imposible determinar los absurdos a que puede llegar un hombre abandonado a sí mismo, sin más guía que la de esos consejos rudimentarios e indicaciones vagas, y sin el auxilio de otra facultad que la imaginación, de la que tanto debería prevenirse. No obstante, puede señalarse como norma general, que la insistencia en tales ejercicios conduce al desequilibrio, al hastío o a estados agudos de sobreexcitación psíquica y nerviosa. Lo único que puede obtener el hombre de las “concentraciones del pensamiento” que se le indican como llave de todo conocimiento, es un dolor de cabeza después de cada sesión o bien, quedarse profundamente dormido en el curso de la misma.

Nadie hasta aquí ha denunciado la verdad sobre esos resultados, obedeciendo ello, sin duda, más que nada a ese temor al ridículo que experimentan quienes practicando el yoga se han vuelto insensatos hasta el punto de afirmar que han logrado realizar lo que en semejante forma es completamente inalcanzable. La Logosofía pone al descubierto tales errores y absurdos, basada no sólo en razones de lógica esencial, sino en la observación directa de múltiples casos que por ser públicos y notorios, nos eximimos de comentar.

El lector que tal vez no ha tenido oportunidad de presenciar estos casos y que muy posiblemente sólo haya escuchado alabanzas respecto al yoga, ¿duda de la seriedad de esta afirmación? Perfectamente. He aquí, entonces, algunos trozos de la ya citada obra de Vivekananda que evidencian sin réplica a qué extremos puede llegar la persona mejor intencionada, por medio de estos equivocados manejos mentales:

“Si concentráis vuestro pensamiento sobre la punta de la nariz, dentro de algunos días principiaréis a sentir las más exquisitas fragancias”

“Aquellos que practican asidua y constantemente observarán muchos otros signos. Algunas veces percibirán sonidos a manera de un repique de campanas oídas a distancia, que a su oído parecerán como un sonido continuo. Otras veces verán diminutos puntos de luz que flotan y cada vez se hacen mayores. Cuando esto suceda, tened por seguro que estáis progresando rápidamente…” (pág., 104)

Es evidente que para estos consejos habría que añadir algunos artículos al código Penal. Inducir a tales desatinos y todavía afirmar que esos síntomas de debilitamiento nervioso son señales de progreso, es un crimen de lesa humanidad; un atentado contra la sabiduría de ayer y de hoy, cuyos verdaderos representantes jamás aconsejaron semejantes locuras.

He aquí otra prueba que figura un poco más adelante: “observaréis que al principio las cosas más tenues os desequilibran. Una pequeña cantidad de alimento de más o de menos llevará la perturbación a todo el sistema hasta tanto que logréis un perfecto dominio, en cuyo caso podréis comer lo que os plazca. Cuando principiéis a concentraros, notaréis que la caída de un alfiler os hará el efecto de un trueno que hubiese pasado a través de vuestro cerebro” (pág., 105).

Tales son, indudablemente, los síntomas del estado de sobreexcitación que enunciáramos. Confundirlos con los del mejoramiento espiritual es tomar la enfermedad por salud y el debilitamiento por vigor. ¿A dónde conduciría un médico que padeciese análogos errores?

(continuará)

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Del contenido logosófico

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista Logosofía Nº 23 (noviembre 1942)

La enseñanza logosófica contiene no sólo la esencia de la Sabiduría, sino también la del afecto, cuya fuerza posee la virtud de hermanar las almas y facilitar la mutua comprensión entre todos los que se unen por el conocimiento y ese mismo afecto.

Nada podría hacerse si en verdad la voluntad no estuviera impregnada de ese amor puro y grande que permite al ser las más honrosas manifestaciones de su sentir. Nada que no  sea hecho con amor, perdura. El amor exige paciencia, esfuerzo y perseverancia, y exige también convicciones profundas;  de ahí que cobre tan alto significado el poder de la enseñanza, dado que no es letra muerta, sino palabra viva que la fuerza de la vida misma, y quien sienta la fuerza de esa vida ha de ser capaz de transmitirla y hacer que los demás sientan.

La Logosofía podía haber dado ya conocimientos tan grandes que hubiesen transformado ambientes enteros y encaminado almas hacia un mundo mejor, mas ha sido tal la oscuridad que reinaba en torno de ellas, que ha debido luchar mucho para que la luz penetrara en esas profundas tinieblas y las volviera a la claridad del día.

El autor de la Logosofía tiene dedicadas y consagradas a esta labor todas las horas de su vida; ni cesa un instante en auxiliar la  mente de sus discípulos para que puedan ir trascendiendo los estados de comprensión necesaria y afirmar una ma­yor capacitación mental. No siempre hubo de encontrar la misma disposición en todos para seguir la trayectoria del pensamiento creador hacia las  regiones de la inteligencia, allí donde encuentra la explicación de su existencia y abre sus efluvios de la vida universal. A esas regiones es adonde con el más grande empeño trata siempre de llevar al llamado  rey de la Creación para que no continúe siendo súbdito de los instintos del salvaje.

Muchas modalidades rebeldes deben vencerse en el proceso de superación; mucho es lo que debe modificarse en la estructura del temperamento humano, en la que fueron calcadas numerosas características que hoy impiden que la evolución consciente pueda acelerarse en grado máximo. No obstante, algo  muy grande se ha logrado en este titánico esfuerzo, y es el haber hecho que las horas de todos los que colaboran en la obra  que realiza la Escuela de Logosofía, sean más fecundas y más y ricas en  motivos dignos de las almas que ansían superarse, y que al fijar su atención en múltiples detalles que antes pasaban  desapercibidos a la vista y observación común, cada uno haya aumentado su caudal interno de valores.

La existencia, la verdadera existencia del ser humano, debe forjarse en los arcanos del conocimiento. Desgraciado aquel que la forja en las miserias de la ignorancia.

El hombre tiene abierto un camino inmenso hacia la cumbre misma de la perfección, pero no lo sabe; ignora siempre lo  que está más allá de su vista y de su entendimiento. Por ello, siempre ha necesitado que alguien le enseñe ese camino y lo conduzca por él para no perderse en las mil tentaciones que bordean las sendas de la vida pugnando por tentarlo y seducirlo.

El ser humano está limitado a sus posibilidades; puede saber lo que vivió, pero la noción de su futuro no va más allá del día en que está viviendo. El futuro para él es tan incierto como lo es su propia vida, cuyo contenido y significado desconoce. Sin embargo, cada uno puede conocer su futuro si toma como punto de referencia lo que en diez días es capaz de hacer. Si su  voluntad así lo quiere, los diez siguientes pueden ser los mismos o superarlos, pues depende del propio ser. Ahora bien; si en esos diez días en lugar de hacer cosas pequeñas prepara sus energías inteligentemente para realizar cosas grandes, podrá por las perspectivas de su propia preparación, conocer el futuro.

Nadie debe pensar que la vida corre hacia la fatalidad por un designio implacable, porque sería negar el mérito de su misma   existencia. La vida no puede abandonarse a un albur semejante, so pena de correr la suerte tan mísera de sumergirse en las tenebrosas regiones de la nada.

Si bien es cierto que Dios ha creado al ser humano y pues­to en su vida todos los recursos que le son menester para soportar los rigores más severos de la adversidad, cierto es también, que cada uno puede hacer honor a esa creación alcanzando la conciencia plena de lo que representa su existencia dentro del género humano. Nada podrá ser más grato a los ojos de quien la ha creado que ver acercarse gradualmente al ser hacia Él, descubriendo primero, los conocimientos que señalan la senda de la evolución hasta la máxima o suprema culminación, e iden­tificándose después con ellos.

La vida de los seres humanos está interpenetrada totalmen­te por la esencia mental de la Mente Cósmica; por ello, si en to­do lo demás la criatura humana es limitada, al elevarse al plano, mental éste rompe sus limitaciones y la vida se ensancha y to­ma contacto con la vida universal. Entonces es cuando puede apreciar todas las cosas de otro modo y recién comprende, a  veces con bastante dolor, cuán estériles son las horas de tantas vidas que permanecen ajenas a semejante realidad.

 

 

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Logosofía, ciencia de la causalidad: doctrina y metodología del conocimiento de sí mismo

Por Osvaldo Francisco Melella 

  1. Síntesis histórica
  2. Breve historia de la logosofia y de su creador
  3. La tesis raumsólica
  4. Proemio
  5. Doctrina logosófica del conocimiento de si mismo
  6. configuración del ser humano
  7. Estructura psicológica del hombre
  8. Anexo
  9. Estructura psicológica del hombre
  10. configuración de la mente común
  11. La zona dimensional de los pensamientos
  12. Sistema sensible
  13. Sistema instintivo
  14. metodología del conocimiento de si mismo
  15. Conclusiones
  16. Defensas y reservas mentales
  17. Las leyes universales
  18. Hacia un nuevo humanismo

 

“Es éste, a mi juicio, no sólo el descubrimiento más sensacional de la época sino el de mayor significación y trascendencia en toda la historia de la existencia humana.”

Osvaldo Francisco Melella
Paraná – Entre Ríos. República Argentina. 1963

 Osvaldo F. Melella, Doctor en Filosofía y Letras, profesor de Griego y Latín, ejerció la docencia en diversas universidades de Argentina. Falleció el 13 de Abril de 1984.

Su contacto con Carlos Bernardo González Pecotche significó para él un hito fundamental; a partir de ese momento y hasta el final de su vida se dedicó a estudiar y difundir la Logosofía. Fue Rector de la Filial Paraná de la Fundación Logosófica y ocupó importantes cargos en la organización de la Obra. Estuvo muy cerca de Raumsol, quién le tenía especial aprecio y colaboró activamente en la confección de sus últimos libros y en cuanta tarea le  requirió.

Como docente logósofo contribuyó con eficiencia y afecto a la formación de muchos que se acercaban buscando el nuevo conocimiento, dejando en quienes tuvimos la dicha de compartir con él tan trascendentes momentos, un fuerte vínculo sensible, su ejemplo y un recuerdo grato e imborrable.

El trabajo que reproducimos a continuación es un testimonio de lo expresado.

 

SÍNTESIS HISTÓRICA

El propósito del hombre de conocer su propia constitución psicológica y aun metafísica remonta a la antigüedad. Entre los occidentales, los griegos concretaron hace más de veinticinco siglos el anhelo que lo sustentaba en los vocablos “autógnosis” y “autognosía”.  Precisamente el frontón délfico parece haber promovido en la inteligencia del ateniense Sócrates, joven aún, la pregunta que habría de rebasar su vida y la de la posteridad: ¿Qué es el hombre? Convertido éste en núcleo de todas sus meditaciones, reiteraba incansablemente a los que fueron sus discípulos la recomendación apolínea “Gnothi seautón” (conócete a ti mismo), convertida por él en voz de orden, sin medir, acaso, la magnitud de semejante empresa.

No resulta extraño entonces que la nobleza del propósito se viera, en esa época y después, obstinadamente refrenada por falta de conocimientos y de método adecuados a la naturaleza del objeto y del fin perseguidos.

Pero el tema del hombre fue polarizando la atención de la inteligencia, convirtiéndose finalmente en el centro geométrico del pensamiento humano. Surgió así la Antropología, la científica, la filosófica y aun la teológica, disciplina que, incrementándose a través del tiempo, buscó más que nada crear, con el auxilio de otras ciencias, el apoyo arquimédico que le permitiera encauzar eficazmente la investigación del hombre y alcanzar la meta del autoconocimiento.

El pensamiento occidental lleva consumidos ya veinticinco siglos en pos de ese propósito, y pese al auxilio de la psicología y de la medicina combinados, sus conquistas no van más allá de lo epidérmico.

¿Qué obstáculos se interponen al conocimiento interno del hombre? ¿Se lo han preguntado los psicólogos de la introspección tras la evidencia de los magros resultados de su método? ¿Los ha descubierto el psicoanálisis ante la reiteración, crónica a veces, de esos típicos conflictos interiores que suelen acabar en psicastenia, o en neurosis, cuando no en esquizofrenia y aun más lejos? ¿No le llama la atención al existencialismo el alejamiento de sí provocado en los seres por la aceptación voluntaria de sus propias formas de vida?

Es inútil prolongar el interrogatorio, pues aunque la ciencia, la filosofía, la moral o la religión se formulen la pregunta, ante sus respectivas limitaciones no podrían dar con la respuesta capaz de cubrir las dimensiones del problema. Y no podrían darla por dos razones, que en el fondo es una sola: porque desconocen la naturaleza del mundo mental y las características que ese mundo presenta en cada miembro de la especie.

Así pues, no obstante reconocerse en general que la autognosis constituye el desiderátum de la investigación filosófica, las puertas de acceso al conocimiento del hombre –salvo la de su ser físico– han permanecido herméticas desde su tránsito por el mundo.

Han permanecido –lo decimos en pretérito perfecto.– La ciencia logosófica, creada por el genio de Raumsol y dada a conocer en su tierra natal, la República Argentina, en el año 1930, abrió ya las puertas de ese mundo, hasta entonces intangibles aun para las inteligencias más esclarecidas. Él ha forjado con su sabiduría y su método la combinación clave, esto es, el proceso de evolución consciente, con lo que el hombre queda al fin habilitado para dar cima a su vieja y fiel aspiración autognósica. En la historia de la cultura humana se ha cerrado pues el ciclo de los sueños imposibles, abriéndose a perpetuidad el de las grandes realizaciones correspondientes a muchos de esos sueños y a otros que ni siquiera había soñado.

La Logosofía, ciencia madre y conquista suprema en el mundo de los valores, inicia la era de la humanización del hombre mediante el desarrollo consciente de su propio espíritu. Ya no hay nada que lo condene a seguir siendo como es, a menos que él se obstine en preferir el yugo de su impotencia o que insalvables impedimentos patológicos malogren todo intento de superación

A lo largo de ese estudio procuraré trazar una semblanza del proceso autognósico, tal como lo he comprendido y realizado en los tres lustros que llevo cultivando esta ciencia imponderable.

Hago la salvedad de que una cosa es la Logosofía en sí y otra lo que el logósofo ha comprendido y experimentado de ella, pues el no tenerlo en cuenta haría confundir causa con efectos. Por consiguiente, las afirmaciones logosóficas son de orden causal y universal y están destinadas al estudio y experimentación por parte de cada individuo. Las afirmaciones del logósofo provienen en cambio de las conclusiones que él mismo ha extraído después de haber aplicado exitosamente en su propia vida los preceptos extraídos de las enseñanzas logosóficas.

BREVE HISTORIA DE LA LOGOSOFÍA Y DE SU CREADOR

Con el nombre de Logosofía (ciencia del saber causal) el pensador argentino Don Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol), nacido en Buenos Aires el 11 de Agosto de 1901, dio a conocer en 1930 una nueva concepción del hombre y el universo, de la que es exclusivo autor.

La absoluta originalidad, tanto de los conocimientos que la informan como del método psicodinámico por él instituido para la adquisición de los mismos, atrajo desde un comienzo la atención de cuantos se pusieron en contacto con su esclarecido pensamiento.

Fue así como empezaron a agruparse en torno suyo, tanto en el país como en el extranjero, sus primeros discípulos y surgieron los primeros simpatizantes de la Obra de superación consciente del hombre, creada, inspirada y encauzada por él mismo con singular maestría.

Nacieron entonces las primeras sedes culturales de lo que posteriormente denominó “Fundación Logosófica, en pro de la Superación Humana”, en cuyo selecto y dinámico ambiente gran número de seres de todas las esferas acudían a recibir gratuitamente los beneficios de su enseñanza renovadora.

La Fundación Logosófica, no es, pues, una escuela en sentido metafórico, sino que, además de ello, además de doctrina científica y filosófica incorporada al acervo de los valores humanos mediante libros, revistas, artículos y conferencias destinados a dar a conocer la nueva ciencia, constituye el recinto material, el gimnasio donde se aprende a usar el conocimiento que tiene por finalidad enseñar al hombre a superar sus habituales estados psicológicos negativos, a conocer y desarrollar conscientemente las facultades que integran sus mecanismos mental y sensible, a crear, procrear y jerarquizar ideas y pensamientos constructivos y a desprenderse de los que perturban u obstruyen su normal desenvolvimiento, a ennoblecer y acrecentar sus sentimientos y a incoar la evolución consciente de su espíritu mediante el estudio y asociación a la vida del saber causal destinado a sustentarla, tan afanosamente buscado por el hombre en todas las épocas de su existencia.

El reciente deceso de su creador (4 de abril del año en curso) que tanto dolor ha dejado en el corazón de sus innumerables discípulos, simpatizantes y amigos, representa el punto final estampado en sus enseñanzas creadoras. Pero ese punto final se ha convertido en puntos suspensivos para los herederos de su pensamiento y de su obra, por considerar que ha llegado el momento en que ambos sean conocidos por quienes proclaman a la razón como médula y norte del progreso humano.

En la actualidad, un crecido número de filiales de la Fundación Logosófica, algunas extraordinariamente pujantes, establecidas en populosas ciudades del país y del extranjero como asimismo diversos Centros de Informaciones logosóficas, imparten su enseñanza a muchos miles de personas.

El significativo hecho de que nadie hasta ahora haya discutido la solidez de sus conocimientos y su método debe de constituir sin duda la mejor garantía para que la tesis raumsólica sea estudiada y conocida por las mentes más lúcidas de la época. La verdad logosófica, por pronunciamiento expreso de su insigne autor, tiene como destinataria toda la humanidad. Nada más oportuno, en cuanto a lugar y a tiempo, que darla a conocer en la magna asamblea a realizarse en México. Nacida en América del Sur, sea ahora América del Norte de donde parta la voz destinada a hacerla ingresar oficialmente en el escenario universal de los valores humanos. Es el más grande homenaje que podría brindarse a quien convirtió la vida en enseñanza y la enseñanza en vida, haciendo de su propia existencia el más acabado ejemplo de una verdad fecunda y promisoria, que, si hoy ilumina los cielos americanos, mañana conquistará sin duda el corazón y la mente de toda la humanidad.

LA TESIS RAUMSÓLICA

La Logosofía se nos presenta como una vasta y fecunda ciencia del espíritu, con sus fundamentos, su método, su campo experimental y sus fines propios e independientes de toda otra disciplina humana.

Ontológicamente constituye una doctrina ético filosófica que propugna la evolución consciente del hombre mediante el conocimiento de sí mismo.

Epistemológicamente proclama la existencia en el mismo de un potencial sistema mental factible de ser despertado gradualmente y organizado en función de la conciencia individual. Para ello dispone de un instrumento “sui generis”, de alta precisión: el método logosófico, convertido en ciencia.

Éticamente apunta a la reversión consciente del espíritu. A tal fin, señala, describe y profundiza una por una, las deficiencias y propensiones psicológicas que han ido cerrando a ese ente metafísico las puertas de acceso a la vida física del ser que encarna. Presenta a sí mismo, para su estudio, comprobación y finalidad catártica, las antideficiencias destinadas a transformar positivamente la vida psicológica, moral y espiritual del hombre. Debe hacerse aquí la salvedad de que la Logosofía se ocupa de las anormalidades psicológicas del ser normal, o, como su propio autor nos lo dijera tantas veces, “La Logosofía hace más cuerdos a los cuerdos, pero no hace cuerdos a los locos”.

La tesis raumsólica comprende, pues, tres grandes partes:

a)     Metafísica y Ontología

b)     Epistemología.

c)     Ética.

Las tres son rigurosamente científicas por dos razones básicas a saber:

I) Porque los conocimientos y principios que la sustancian provienen de                                          leyes universales, lo que permite su inmediata y fácil comprobación.

II) Porque su campo experimental es la vida misma del que nutre su razón y su sentir, en todos los ámbitos (íntimo, familiar, social, profesional, etc.) donde se desenvuelve.

La Metafísica Logosófica presenta a la investigación y experiencia humana la existencia de un mundo mental regido por leyes universales, poblado por factores psíquicos dotados de vida mental propia, a los que denomina simplemente “pensamientos”(1), monumental hallazgo sin parangón jerárquico con ningún otro descubrimiento efectuado por el hombre, ya que su gravitación sobre la vida del mismo explica en la línea sincrónica el por qué de todas sus manifestaciones psíquicas positivas y negativas y en el eje de la diacronía hominal el cómo y el por qué de la historia que se ha ido configurando con la huella de sus pasos por el mundo.

(1)   Podía haber denominado a esos singulares agentes de la mente humana por él descubiertos “noetones” o factores “noemáticos”. No obstante y pese al riesgo de que se los confunda con conceptos de objetos que nada tienen que ver con ellos, prefirió designarlos con ese modesto término,  por resultar así más accesible al entendimiento de todos.

La Metafísica Logosófica señala un espacio mental supremo y un espacio mental humano. El primero corresponde a los dominios cósmicos y lo pueblan pensamientos arquetípicos creados por la Inteligencia Suprema, cuya realización u objetivación ha dado origen al edificio universal; parte integrante del mismo y en evolución como él, es la especie humana.

El segundo espacio mental es privativo de la criatura inteligente, cuyos son los pensamientos que los pueblan.

Conforme a la posición mental de los agentes que residen en este campo distíngase la región científica, donde los entes mentales se hallan en activo proceso de perfeccionamiento y la región quimérica, cuyos agentes causales, generados al margen de las leyes de la creación universal o arquetípica, no solo representan el desvío mental experimentado por el hombre sino también la nociva influencia que ejercen sobre la especie.

La ontología logosófica descubre la configuración integral del hombre conforme al arquetipo que conservan los anaqueles de la existencia universal. Ese arquetipo está integrado:

a)     Por el ente físico o alma

b)     Por el ente metafísico o espíritu

Uno y otro asumen expresión individual en virtud de un complejo psíquico trisistemático, a saber:

sistema mental

sistema sensible

sistema instintivo

los cuales, al funcionar identificados con el ente físico, forman su alma, cuyas energías lo impulsan a abrirse cauce en todo lo que existe de él hacia fuera. Identificados con su ente metafísico constituyen el instrumento de su espíritu formando su ente espiritual, cuyo campo de acción es el mundo que se abre de él hacia adentro.

Epistemológicamente la Logosofía es una disciplina rigurosamente científica. La adquisición de sus conocimientos se logra mediante un proceso vivo, experimental, consubstancial, que responde a una precéptica lógica y matemática a la vez, sorprendentemente elástica: desde el hombre más sabio hasta el más ignorante pueden, en condiciones normales, realizar ese proceso; otro tanto acontece con la edad física del aspirante: desde el escolar hasta el anciano hallan sitio en la evolución consciente.

El fundamento epistemológico de esta ciencia radica en la fórmula “ser” es “saber”. Se “es” en la medida de lo que se “sabe”, real,  conscientemente. Así, entre otras cosas, el niño aprende a ser niño; el joven a ser joven; etc. Se trata, en este caso, de aprender a manejarse, a dirigir los pensamientos que más convienen a cada edad, situación, esfera, momento y etapas que el hombre vive y cubre a través de los días que dura su existencia. Unas veces seleccionándolos, vale decir, sabiéndolos seleccionar, otras creándolos con los mejores elementos de que se dispone. De ese modo se aprende primero a organizar el instrumento de la vida, luego a vivir; y finalmente, a enseñar a vivir. Más de una vez he observado a jovencitas, desesperadas por parecer mayores, deponer tantas cosas inherentes a su edad y adoptar modalidades, gustos, y hasta costumbres correspondientes a una edad mayor. ¿Qué les ocurre luego? Que cuando llegan realmente a esa otra edad que habían imitado, ya no les satisface; quieren volver a la adolescencia y viven a desacuerdo con lo que son. Se pasan la vida, como dicen los gitanos, con el “paso cambiado.”

Punto de partida es el conocimiento logosófico. Punto de llegada es el conocimiento de sí mismo, que se sustancia por etapas experimentales. La conciencia individual es la amalgama mental que plasman el saber y la experiencia de cada sujeto convertido en objeto de sí mismo.

Ahondando un poco más en los fundamentos de esta ciencia, a las preguntas: ¿Qué es el conocimiento?, responde la logosofía: “el conocimiento es el principio y el fin de todas las cosas y único objeto de la vida del hombre.” (1)

¿Cuál es la función básica del ente humano? La función de pensar. Es por eso que los conocimientos logosóficos tienen como primera finalidad “el desarrollo y dominio profundo de la función de pensar.” (2)

¿Para qué enseña a pensar la logosofía? Para propiciar el desarrollo y dominio profundo de la función de estudiar.

Debo  aclarar que en la epistemología logosófica, lo que en una etapa oficia de fin en la siguiente oficia de medio. De tal modo, el aprender a pensar permite aprender a estudiar conscientemente; luego, el cabal ejercicio de las funciones de pensar y estudiar facilitan y desarrollan la función de aprender, y, cuando se sabe pensar, estudiar y aprender, se sabe también realizar. Una vez hechas conciencia, estas cuatro operaciones mentales propician el desarrollo y dominio profundo del más noble de los quehaceres humanos: el de enseñar: y no solo con la palabra sino también con el ejemplo. Así es como el método logosófico “se transubstancia en aptitudes individuales de incalculable significación para el porvenir pedagógico de la educación”. (3)

En lo que atañe a la faz ética, la obra logosófica ha dado origen a un nuevo humanismo. Ya lo he dicho: para la logosofía, humanismo es la realización consciente del contenido espiritual de las calidades humanas desarrolladas mediante una ininterrumpida autosuperación.

(1) Axiomas, Principios de Logosofía T.1.

(2) Curso de Iniciación Logosófica, p.16.

(3) CIL (locus cit.)

El proceso de evolución consciente constituye pues el fundamento ético del saber logosófico y va de lo humano a lo supremo. El creador de la logosofía, además de infinidad de enseñanzas éticas de todo orden, nos ha dejado una medular obra axiológica: “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, con su correspondiente metodología especial para el tratamiento de las mismas.

Siendo el proceso de evolución consciente la base ética de la Logosofía, se deduce que a mayor evolución corresponde una mayor alcurnia moral. La moral del logósofo, es, pues, de índole psicodinámica: refleja la comprensión que va alcanzando a través de las etapas de renovación y perfeccionamiento que cubre su proceso interno.

La realización ética demuestra en forma acabada el perfecto ajuste de los conocimientos que conforman la Logosofía y su índole psicotrófica innegable. ¿Qué nos descubre este hecho? Este hecho nos descubre la existencia de un Verbo Logosófico; Verbo que está originando una nueva cultura: la de la vida superior. Y, cuando se haya generalizado el cultivo de la vida superior, surgirá también una nueva civilización. Civilización, cuyo lema ético, concebido en los siguientes términos:

Ser es Saber; hay que aprender a ser lo que se quiere ser”, enmarcará el principio y el fin de las inquietudes espirituales y ennoblecerá las aspiraciones humanas.


PROEMIO

A fin de tornar inseparables la ciencia y el método logosóficos y propiciar la realización consciente de los conocimientos que impartía, Raumsol adoptó desde un comienzo el sistema de presentarlos en forma de enseñanzas, de las que nos ha dejado un inmenso caudal.

Enseñanza es, por consiguiente, la parte viva y medular de sus palabras, cuyo fundamento es indefectiblemente algún principio emanado de una ley universal o una ley misma. Él mismo, con incomparable arte pedagógico, nos ha enseñado a extraerlas del seno de sus exposiciones, habituándonos a trabajar en equipos, vale decir, en núcleos uniformes en cuanto a capacidad, cultura, edad, etc.

No hay formas de placer comparables con el que se experimenta en esa hora semanal que media entre una y otra reunión, donde la inducción temporal  parece suspenderse.

Además, para evitar la monotonía e impedir la rutina mental, ha utilizado gran variedad de formas como envase didáctico de sus enseñanzas; explicaciones, axiomas, fábulas, cuentos, relatos, coloquios, conferencias, lecciones, clases especiales, artículos, libros, cartas, ilustraciones, observaciones, preguntas medulares previas, etc., etc. Hasta nos ha dejado una valiosísima y hermosa novela, cabeza de un nuevo género, el psicodinámico, titulada “El Señor de Sándara”.

Por eso no es fácil, a quien carece de cultura logosófica extraer las enseñanzas, pues, como he dicho, hay que adquirir la técnica habilitante, basada en el conocimiento de las funciones mentales que convergen en la individualización y selección de pensamientos y en el reconocimiento de su origen, vale decir, de su composición mental.

De ahí que el lector común perciba por vía sensible la grandeza de estas singulares enseñanzas, que no puede utilizar porque su entendimiento no las penetra, son como piedras preciosas envueltas por costras minerales: para el profano son meras piedras sin valor; pero el especialista, el minerólogo, sabe lo que contiene.

De ese caudal de enseñanzas solo una parte se ha publicado. Pero, asimismo, es tan vasta que aun aquellos a quienes Raumsol consideraba sus discípulos dilectos quizás no hayan asimilado ni el cinco por ciento de las mismas. En lo que a mí respecta ese porcentaje es harto generoso.

Es pues la proyección aspectual de esas enseñanzas, que prácticamente agotan, o al menos parecen agotar todas las fases del quehacer humano, lo que impide realizar individualmente la exégesis plena del saber logosófico.

La experiencia de los años venideros hará perfilar sin duda sus diversas especialidades una vez cumplidos los estudios básicos de cultura logosófica.

No obstante, como todos los conocimientos logosóficos provienen de un mismo Verbo, procuraré dar unidad a mi labor de exégesis tomando como núcleo expositivo la doctrina logosófica del conocimiento de sí mismo. En otros términos: intentaré explicar la autognosis logosófica en relación con la metafísica, ontología, epistemología y ética logosófica.

Ojalá toque este ensayo el sentir de los hombres de pensamiento, para que la antorcha de la evolución consciente, que Raumsol encendiera un día en nuestra lejana Argentina, pueda pasar de mano en mano a través de las generaciones y alumbrar el camino de su propio perfeccionamiento, desvaneciendo las tinieblas mentales que impiden descubrirlo. Ese camino está adentro de cada hombre y, aunque parezca paradójico, cuanto más desciende uno en las profundidades y vericuetos de su propio ser tanto más asciende a lo supremo.

A veces pienso, y con fundados motivos, en lo triste que puede llegar a ser la vida humana en un futuro no lejano, si la tesis raumsólica, por indiferencia o por intereses creados, cayera en el vacío.

La ley universal de conservación tiene su raíz en las reservas. En última instancia la impostergable necesidad, la suprema “ananke” hace aflorar las reservas morales del hombre. Confío en que antes, mucho antes, un venturoso pronunciamiento de las inteligencias preceptoras de la época concitará la atención de la humanidad, invitándola a detenerse para efectuar el reajuste que las circunstancias le demandan al vehículo mental que la conduce. Bien podría ser ésa la más promisoria de las transiciones humanas.

La despreocupación por el futuro del mundo podría provocar en cambio una infernal transición, temeraria, infausta, suicida. El tiempo –conviene tenerlo presente– no admite descuidos ni tolera demoras.

 

DOCTRINA LOGOSOFICA DEL CONOCIMIENTO DE SI MISMO

ADVERTENCIAS:

1.         Logosóficamente el conocimiento de sí mismo se va sustanciando en la conciencia mediante un proceso interno que propician, estimulan y dirigen las enseñanzas contenidas en los conocimientos referentes a la autognosis logosófica, estudiadas y practicadas en función de un método y una técnica privativos de esta ciencia.

2.         Téngase en cuenta que tanto para la filosofía como para la ciencia el mundo mental es nebuloso. Hace veintiséis siglos que, entre los occidentales, Parménides anunció su existencia, pero prácticamente sigue siendo tan inaccesible como entonces. Con respecto a él no hay certeza de nada. Son todos los suyos conocimientos probables, sistematizados según el orden y la valoración que les asigna cada corriente de pensamiento fundamental.

3.         Frente a ese inmenso mar de conjeturas, teorías e hipótesis, la Logosofía se nos presenta como la ciencia del saber causal. En ese sentido, entiendo por causas ciertas realidades incorpóreas que dan origen a realidades corpóreas. Las causas que enseña a conocer Logosofía pueden ser supremas o humanas. Estas últimas atañen en primer término al conocimiento de sí mismo y se substancian en los pensamientos, a los que asigna nuestra ciencia el valor de entidades psicológicas dotadas de vida mental propia, capaces de desarrollar actividades dependientes o independientes de la voluntad del individuo.

4.         Los conocimientos logosóficos abarcan en su conjunto cuanto se refiere al universo (causas supremas) y al hombre (causas humanas). Son todos de naturaleza diferente a lo que es común en materia filosófica y no se puede comprobar su  validez sin extraer antes su esencia y aprender la técnica de su empleo.

5.         Lo que cada cual individualmente o cada núcleo de personas dedicadas a su estudio extraiga de una enseñanza logosófica constituye lo que nosotros denominamos una “comprensión” individual o colectiva, respectivamente. Lo que cada uno comprueba al aplicar en su propia vida esa y otra comprensión va formando la base de su experiencia personal. La incorporación definitiva en la propia vida de lo que se ha comprendido y comprobado respecto a una enseñanza y a su consubstanciación con ella contribuye a la formación de la conciencia individual y a las convicciones que de ese hecho emanan.

6.         Las comprensiones que dos o más personas tengan de una misma enseñanza pueden ser diferentes y el empleo que de ella hagan más diferente aún. Pero la enseñanza obra en todos en forma similar porque les permite superar sus condiciones internas en la medida de la comprensión y el uso individual de la misma.

7.         Hay, pues, en todos los estudiantes de Logosofía diferentes grados de comprensión y de experiencia logosóficas. He aquí por qué nadie puede afirmar de esta ciencia sino lo que ha comprobado, y por qué las exposiciones de dos o más logósofos sobre un mismo tema, aún siendo diferentes, se complementan, pues al par que los variados aspectos de ese mismo tema muestran también la universalidad de los principios que lo substancian como conocimiento y el empleo concreto e individual que se hace de ese conocimiento.

CONFIGURACIÓN DEL SER HUMANO

8.         Para conocerse a sí mismo hay que empezar por conocer la constitución interna del ser humano. A la pregunta concreta de cómo está configurado, la Logosofía responde concretamente: por el ente físico o alma y el ente espíritu. (1)

9.         Con el objeto de explicar el contenido de la afirmación precedente escojo la siguiente imagen del creador de la Logosofía: El ser humano se puede equiparar a un automóvil. La carrocería es nuestro cuerpo, el motor y demás accesorios de su mecanismo, nuestra alma. Mientras vamos adiestrándonos en su manejo, iremos conociéndolo parte por parte y apreciando el valor y la exacta función de cada pieza o engranaje; nos compenetraremos a un tiempo de los secretos de su buen funcionamiento y de los no menos importantes para su mejor conducción. Esto nos advierte que siguiendo un adecuado proceso de adiestramiento iremos acumulando en nosotros, o sea, en nuestro espíritu,  conocimiento y experiencia. Cuando por acción del tiempo se torne viejo ese vehículo, o sea nuestro cuerpo y nuestra alma, nos asiste la prerrogativa de abandonarlo. Pero el conocimiento y la experiencia que hayamos adquirido nos permitirá conducir con mayor pericia, en las sucesivas etapas del eterno existir, otros vehículos, pues el espíritu jamás envejece. (2)

10.       Se deduce que nuestra parte más valiosa y trascendente es el espíritu, depositario de la herencia  individual  sustanciada  en  el saber y la experiencia propios, que aquél conserva –según se infiere– como reserva interna.

11.       Ahora bien, ¿qué relación observa este postulado con la autognósis? Logosofía responde: El conocimiento de sí mismo es el encuentro e identificación con el propio espíritu. (3)

12.       Dedúcese también que, por desconocimiento de su organización interna, el hombre se halla desvinculado de su ente individual o metafísico, esto es, de su propio espíritu y que, salvo excepcionales circunstancias, ajenas a su voluntad y a su conciencia, tan solo el ente físico funciona habitualmente, vale decir, el cuerpo movido por el alma, no por el espíritu.

(1) MVC p. 90

(2) MVC p. 96-97

(3) MVC p. 91

13.       Este corte en la organización total del hombre lo priva de hecho de su herencia histórica. Le queda, no obstante, el consuelo de que su ente físico puede utilizar voluntaria y conscientemente el saber y la experiencia logrados en la línea horizontal o sincrónica de su presente vida. A esto responde la Logosofía que puede utilizar, en efecto, esos recursos. Pero no es menos cierto que la acción mental consciente desarrollada por el ente físico queda circunscripta al orden de lo material y rutinario, por pertenecer al plano extraindividual el saber efectivo con que cuenta. Además, la acción consciente no es continua  ni responde a un solo fin, sino que se mueve a requerimiento de los diversos objetivos que demandan la atención del ser y acaba toda vez que uno de ellos ha sido alcanzado. (LCM p. 49) Así, p. ej., un profesor, al preparar sus clases, puede hacerlo conscientemente utilizando el saber y la experiencia que posee en el ejercicio de su profesión. Pero la acción consciente empieza tan solo en el momento que inicia su tarea y acaba cuando la clase quedó terminada. Acontece lo mismo con el investigador, el artista, el técnico, el hombre de ciencia, el industrial, el comerciante, el artesano y hasta el ama de casa: sus respectivas actividades conscientes se inician, en el mejor de los casos, cuando se disponen a cumplir cabalmente con sus respectivos deberes, obligaciones, responsabilidades, hábitos, estudios, vocaciones, inspiraciones etc. Y terminan con el logro de sus objetivos. Quiero significar que, en el orden rutinario de la vida, la inducción consciente no puede romper –como dice Raumsol (opus cit., ibidem)– la estrechez física y conectar cada esfuerzo con la aspiración de alcanzar el perfeccionamiento trascendente, vale decir, el de su propio espíritu, sino tan sólo el de su especialidad profesional o técnica. Esto significa que con la suma de todos los esfuerzos convergentes en el sector que cultiva un hombre puede ser, verbigracia, un eximio artista, un distinguido científico, un profesional de nota, etc., y estar cargado, no obstante, de todos los vicios y defectos que imaginarse pueda. Ello se debe a que su propio espíritu, destinado por naturaleza a gobernar moral y psicológicamente la vida interna del ser que anima, se halla imposibilitado de actuar por faltarle al hombre conocimiento capaz de despertar en él la conciencia del perfeccionamiento interno, incumbencia exclusiva de aquel singular ente metafísico.

14.       Bien; supóngase que el sentir de alguien le hubiese permitido reconocer la necesidad de cultivar su vida interior y que se hubiese acercado a un logósofo en busca de orientación al respecto. Una vez informado sobre los contenidos generales de la Logosofía, su método y sus fines, a solicitud del propio interesado comienza el proceso preparatorio, cuyo objeto es adaptar su inteligencia a los nuevos estudios y a cuanto se relaciona con la preceptiva logosófica. Una vez en condiciones de iniciar su proceso de superación ingresa en calidad de neodiscípulo. Lo primero que debe estudiar es la configuración psicológica del ser humano, para hallarse en condiciones de conocer, observar y finalmente corregir el funcionamiento de su propio mecanismo psicológico. Esta etapa corresponde al conocimiento sí mismo y el propio interesado es la materia concreta donde se aplican los resultados del estudio.

ESTRUCTURA PSICOLÓGICA DEL HOMBRE

15.       Sinopsis

ANEXO 1

REFERENCIAS

A          Sector correspondiente al ente psíquico

B          Sector correspondiente al espíritu

1          MENTE COMUN cuyo mecanismo está integrado por la inteligencia y su correspondiente zona dimensional de pensamientos.

2          SISTEMA SENSIBLE integrado por el mecanismo de la sensibilidad y la zona dimensional de los sentimientos.

La flecha con dos puntas ilustra la interdependencia que se produce entre los dos mecanismos, puestos de acuerdo en virtud de la asimilación del conocimiento logosófico, que a su vez ha puesto en actividad la conciencia individual, o sea la conciencia de sí mismo.

3          SISTEMA INSTINTIVO convertido en tal por el proceso de evolución consciente, al conectar la conciencia sus manifestaciones energéticas con los centros superiores de energía 1 y 2.

Las flechas indican los progresos del instinto coadyuvando en la organización del mecanismo de la vida consciente.

4          CONCIENCIA INDIVIDUAL que empieza por regular el mecanismo de la mente común y se extiende luego al gobierno de la totalidad del ente psíquico. Finalmente toma contacto con el mecanismo de la mente superior o del ente espíritu, cuyas facultades, inmóviles por falta de desarrollo de la conciencia de sí mismo, empiezan a activarse.

Las líneas concéntricas, inversas a las que ilustran el progreso de la conciencia, muestran la inducción que empieza a desarrollar la mente superior al activarse y la espiritualización que, por intermedio de la conciencia, confiere al mecanismo psicológico del ente físico o alma.

5          ESPACIO DIMENSIONAL DE LOS PENSAMIENTOS SUPERIORES generados por la conciencia individual.

ESTRUCTURA PSICOLÓGICA DEL HOMBRE  (1)

16.       El conocimiento de sí mismo empieza con el estudio de la configuración psicológica del hombre. Téngase en cuenta que éste, al venir a la vida, se encuentra con dos realidades: la que se abre a partir de él hacia fuera (mundo natural) y la que va de él adentro (mundo mental); que la mente, a través de sus vivencias, se esfuerza en alcanzar el conocimiento de la realidad, con rapidez cuando la guían el saber y la experiencia ya logrados, torpe e insegura cuando estos factores no la asisten. Esto explica su enorme progreso en el plano físico y su lentitud abrumadora en el mental, donde la ausencia de un saber efectivo como el que caracteriza el mundo natural la mantiene poco menos que estancada.

17.       La inteligencia puede abrirse camino por sí sola, pero en forma lenta y trabajosa; el conocimiento básico es, en cambio, el gran acelerador mental. Observemos que los progresos médicos alcanzados por la humanidad en los últimos 60.000 años se obtienen hoy en sólo seis en una facultad de medicina.

18.       La Logosofía es la ciencia de las causas, la ciencia por la que tanto ha suspirado el hombre, y cuya aparición, hace treinta y tres años, ha puesto fin al estancamiento del saber humano en lo concerniente al mundo mental. La inteligencia puede moverse allí con la misma soltura y eficiencia con que se desempeña en el plano físico. A los fines de su experimentación y estudio la Logosofía nos presenta la configuración psíquica del hombre integrada por tres sistemas: el mental, el sensible y el instintivo; al solo efecto de ilustrar este punto lo represento de la manera indicada en el anexo I.

19.       Sistema mental. Tiene como asiento físico el cerebro y está configurado por dos mentes u órganos psicológicos: a) la superior, estática –salvo notables excepciones– y sin desarrollo consciente, destinada para exclusivo uso del  espíritu; b)  la inferior o común, con la que se maneja el ente físico, acciona  en el plano material y su mayor o menor dinamismo depende de la lucidez alcanzada por la inteligencia en sus esfuerzos por penetrar en la realidad extraindividual donde el ser humano se desempeña o incursiona.

20.       Se ve allí el designio del Creador al dotar al hombre de dos mentes, una de las cuales tiene por finalidad vincularlo con el mundo físico y la otra con el metafísico; sólo que la segunda se encuentra en estado embrionario por haberle faltado al hombre los conocimientos y el método que la active. Podrá inferirse ya que la enseñanza logosófica opera en el desarrollo de esta última.

21.       Para llevar al hombre al desenvolvimiento de su mente superior el método logosófico debe accionar, lógicamente, sobre la mente común, como instrumento y forja de aquella.

(1) Ref. Bibliográfica: González Pecotche: “Logosofía, Ciencia y Método”

22.       Siendo los conocimientos logosóficos, en su totalidad, el medio de poner en función la conciencia individual, deberán presentar ante el entendimiento de quien ha de recibirlos una forma y un contenido. A tal efecto, el creador de la Logosofía adoptó para los mismos la forma de enseñanzas, cuyos contenidos ilustran la inteligencia sobre cada uno de los resortes de la articulación psicológica del hombre y sobre cada una de las realidades del mundo mental. Su conformación didáctica –la de enseñanza– permite al que estudia extraer de ella los elementos básicos, sustanciales, para aplicar en su propia vida y conducirla conscientemente haciéndole cumplir en esta forma las funciones que antes realizaba al azar.

23.       Ilustraré lo antedicho con el siguiente ejemplo: un conocimiento logosófico nos enseña, verbigracia, qué son los pensamientos negativos y cómo se los puede individualizar y controlar. La estudiamos hasta extraer de ella su parte medular, vale decir, su mensaje didáctico, logrado lo cual culmina el esfuerzo teórico. Desde ese momento y en función de lo comprendido, se inicia una segunda etapa en la labor de asimilación del citado conocimiento:  ¿Para qué nos sirve esa comprensión lograda? ¿En qué y cómo podrá empleársela? Por de pronto puede usársela para individualizar y controlar ya los propios pensamientos negativos, evitando así que éstos continúen gravitando desfavorablemente sobre nuestra vida, como lo han hecho hasta ahora.

24.       La capacidad de individualizar y la función de controlar supone de hecho el ejercicio de una práctica constante. Estas dos vitales aptitudes de la vida consciente las alcanza la inteligencia bajo la dirección pedagógica de caracterizados miembros de la Institución. Su práctica habitual promueve la consubstanciación del conocimiento con la vida, por lo que su ejercicio se produce luego en forma natural y sin esfuerzo alguno.

25.       La conciencia resulta del conocimiento hecho vida. Es pues, la conciencia la raíz de la nueva planta humana. Su fuente nutricia es la enseñanza logosófica. Planta nueva es la vida interna del hombre, que la conciencia alimenta con los elementos que permite extraer de la observación y estudio de cuanta vivencia origina el medio donde el ser desenvuelve sus diarias actividades.

En imponderable síntesis el conocimiento logosófico resume así el proceso del despertar, desarrollo y función de la conciencia: “La inteligencia de la mente común, al asimilar los conocimientos logosóficos con los cuales va integrándose la conciencia individual extiende los límites de sus posibilidades hasta tomar contacto con la esfera de la mente superior, que amplía a su vez el volumen de su capacidad creadora y cognoscitiva tanto como lo permite la evolución que el ser va alcanzando” (LCM p.46-47).

Siendo la mente común la que tiene que alcanzar los límites de la superior y no a la inversa, por ser esta última meramente potencial, el secreto de la evolución que preconiza la Logosofía consiste en convertir en conciencia el espacio dimensional de los pensamientos y eliminar de él cuanto se oponga a la expansión de aquella. Su avance está condicionado por los cultivos que la inteligencia realiza en el espacio mental.

CONFIGURACIÓN DE LA MENTE COMUN

26.       La mente humana –explica nuestra ciencia– está configurada por una parte    autofuncional, a la que denomina “mecanismo mental de la inteligencia”, y una parte extraautofuncional, a la que define como “zona o espacio dimensional de los pensamientos”, entidades psicológicas animadas, descubiertas por el creador de la Logosofía, que desempeñan papeles protagónicos en la vida humana, como se detallará en su lugar.

27.       El mecanismo de la inteligencia está constituido por un conjunto de facultades, principales unas y accesorias otras, como las de pensar, observar, razonar, entender, recordar, discernir, imaginar, combinar, intuir, etc. cuya suma recibe el nombre de “inteligencia” o facultad cumbre, por comprenderlas a todas. Cada una de ellas puede funcionar independientemente o en combinación con otras. En la parte de proceso interno relacionada con el conocimiento de sí mismo las tres facultades mencionadas en primer término (pensar, observar y razonar) desempeñan el oficio más importante de la realización autognósica, por ser las que más directamente se conectan con el mundo de las causas, y en consecuencia, las que pueden operar conscientemente de inmediato.

28.       La facultad de pensar. Constituye el eje del mecanismo mental de la inteligencia por el hecho de tener a su cargo la creación y procreación de pensamientos e ideas mediante los cuales se nutre y configura la vida de un ser y aun la de sus semejantes.

29.       El ejercicio consciente de esta facultad promovido por el estudio y práctica de las enseñanzas logosóficas –formativas todas– me permite inferir que la función de pensar es una  labor  que  la  inteligencia realiza tras habilitar al órgano físico que le sirve de asiento –el cerebro– entrando en función la facultad del mismo nombre para seleccionar y coordinar elementos mentales  capaces de concretar y responder a la causa que ha originado esa labor. Es sintética y creadora. Parte de una ausencia para llegar a una presencia mental creada por ella.

Cuando la facultad de pensar aúna sus fuerzas con la de razonar, se produce el razonamiento o raciocinio; es cuando el sujeto, antes de sintetizar, necesita analizar, discernir y juzgar el valor, idoneidad o índole de los elementos que la función de pensar haya seleccionado. Si la función analítica y discernitiva se hace más extensa por las proyecciones que va sumiendo el fruto mental que se elabora, se produce la  meditación.

Si la labor combinada de las facultades de pensar y razonar se concentran sobre un solo punto, objeto de la labor mental, con la finalidad de explicarlo y hacerlo comprensible al entendimiento, ésta se manifiesta como reflexión.

Los elementos que escoge la función de pensar pueden tener el más diverso origen, a saber:

a) De pensamientos que se tienen en la mente.

b) Del propio saber

c) De la experiencia individual o de la ajena, conocida por referencia.

d) De la observación

e) De la memoria

f) Del estudio

g) De algún hecho que motiva una vivencia

h) De la reflexión propia; etc.

30.       La índole y el vigor de sus creaciones depende: a) del desarrollo que esta facultad haya adquirido; b) de la naturaleza, calidad y jerarquía de los elementos que haya seleccionado; c) del empeño, buena voluntad y tiempo que el propio ser ponga al servicio de la función de pensar.

¿Se puede pensar en cualquier momento? Si, pero siempre que la mente reúna las condiciones que esa función exige. Tales condiciones son perfectamente conocidas por el estudiante de Logosofía, ya que sabe  qué debe hacer para cumplir esta función básica de la existencia. La Logosofía la denomina Básica porque al pensar es cuando se  advierte el existir interno, por la acción misma de los movimientos mentales que van plasmando el pensamiento.

31.       Cuando es manejada a conciencia, vale decir, cuando se piensa en función de conocimientos causales y de un claro objetivo prefijado, esta facultad puede cumplir también otra importantísima función: la de nutrir y vigorizar los pensamientos que el ser utiliza, tanto en sus actividades profesionales como en las inherentes a su evolución, por el constante acopio y cultivo de elementos nuevos que la función pensante extrae de la realidad con la cual toma contacto circunstancial o habitualmente.

32.       Cuanto mayor es la pureza de los elementos con que se cuenta tanto mejor es el ejercicio de sus funciones y la calidad de sus frutos. Por consiguiente, en el campo donde la inteligencia tiene hechos sus cultivos la facultad de pensar actúa con soltura; pero se muestra torpe, vacilante y hasta inmóvil donde no existen esos cultivos previos o donde el sector mental en el que debe incursionar se halla esterilizado por creencias y temores –que de hecho paralizan sus funciones– o por prejuicios que la obstaculizan y la traban.

33.       La experiencia en el cultivo de los conocimientos logosóficos me ha demostrado claramente que antes de estudiar Logosofía yo ejercía la función de pensar en forma limitada y casi exclusivamente dentro de mi campo profesional. En los demás sectores de mi vida  –ámbito familiar, círculo social, intimidad, etc.–  no pensaba, y, peor aún, no sabía hacerlo, razón por la cual solía dejarme llevar por opiniones ajenas, por creencias inculcadas a lo largo de mi vida y por mis propias tendencias psicológicas, impregnadas de dudas, vacilaciones, intereses, temores infundados, cuando no por obstinaciones, caprichos, violencias y toda esa gama de reacciones propias del temperamento pasional y autoritario, fuente de ligerezas, incomprensiones y tardíos arrepentimientos.

34.       El saber logosófico al enseñarme cuándo se piensa, cómo y para qué se cumple esa función básica de la existencia, ha hecho cambiar radicalmente mi vida. Se han desarrollado en mí aptitudes que no tenía y que muy difícilmente hubiese podido crear a expensas de mis propias posibilidades, verbigracia, la facultad de percibir y estudiar mis propias vivencias y actuaciones y la no menos valiosa de reaccionar rápida y favorablemente para neutralizar esos estados regresivos que promueven, de vez en vez, los viejos hábitos. En suma, se me ha abierto un panorama de experimentación y perfeccionamiento interno ilimitadamente amplio, interesante, concreto, real y fecundo en alto grado.

35.       Han variado además los efectos. Antes, un desacierto de esos ante los cuales nada sabe ni puede hacer uno en su favor producía verticales caídas en mi ánimo, de las que salía a flote con el tiempo, con el auxilio de algún estímulo fortuito o con la ayuda ajena, tras de haber padecido innecesarias torturas internas y sin provecho alguno para mi vida, puesto que solían repetirse en mí las mismas situaciones. Ahora, cuando me sorprendo en el error o en una actuación desafortunada, sé movilizar todas las energías psicológicas de que dispongo y concentrarlas en la zona mental afectada por los factores negativos que promovieron mi desacierto. Al descubrir la causa experimento el inefable placer del que ha comprendido que en la vida la lucha es inevitable, del que ha aprendido a tomarle el gusto y a imponerse en esa lucha por sus propios medios.

36.       Habrá, no lo pongo en duda, muchos motivos capaces de hacer experimentar dicha, placer o alegría aun al más indiferente. Pero el que se experimenta luego de haberse impuesto en un conflicto mental contra los pensamientos que gravitaban negativamente sobre  la conducta personal tiene un sabor sublime y sin parangón con ninguna otra forma de placer. En mi opinión, constituye una experiencia que conmueve los más íntimos resortes del propio sentir y uno de los auténticos placeres del espíritu. Es ahí cuando se experimenta, positivamente, aquello de que “no hay mal que por bien no venga”, tan mentado desde los dramas antiguos, mientras se aguardaba pasiva, ciega y crédulamente la prometida “peripecia” del refrán.

37.       La facultad de razonar; enseña la Logosofía que: “la razón es y no es una facultad. Existe y no existe, y sólo acciona en base a los conocimientos que se tengan. Es el conocimiento lo que le da vida; sin él no podría ejercer su función directriz como facultad central de la inteligencia, pues el conocimiento constituye su razón de existir” (ICL, p.146).

38.       Obsérvense las proyecciones que asume la definición transcripta al ser llevada al plano docente. Aplicada al ejercicio de mi profesión me ha llevado a cambiar radicalmente mi sistema de enseñanza de las lenguas clásicas. Cada año he ido perfeccionándolo y actualmente opero con extraordinaria facilidad sobre la razón del educando, nutriéndosela  medularmente  sin esfuerzo alguno. Sé como se imparte el conocimiento para que él pueda razonar ágil y certeramente, tornando el estudio placentero en alto grado. Las cosas más difíciles y complicadas, sabiéndolas enseñar conforme a las leyes que rigen el proceso de la comprensión, resultan un juego de niños. Mas, para alcanzar tan fecundo desiderátum, he debido yo mismo realizar antes ese proceso, organizando el mecanismo de mi inteligencia en función del método logosófico.

Dentro de la mente humana no sólo hay facultades sino también pensamientos; pensamientos de toda índole muchos de los cuales han formado graves y lamentables deficiencias caracterológicas que tornan a la razón fría e insensible. Mi propia experiencia me lleva a aclarar que la afirmación logosófica no atañe a la razón común del hombre, ni los conocimientos a que se refiere la Logosofía son los que se adquieren en el ámbito universitario. La razón común manejándose con el saber profesional, se muestra a menudo rígida, estrecha e incapaz de sincronizar su función discernitiva con los movimientos de la sensibilidad o con la vibración de los sentimientos, por no responder a los dictados de una conciencia integral, o sea la despertada por los conocimientos trascendentes. En el vasto campo de la docencia he podido observar infinidad de veces la incapacidad del educador (y yo era antes uno de ellos) para percibir los movimientos internos del alumno, sus necesidades, sus reacciones, etc., pese a que fueron también ellos educandos en su tiempo. Ese es el motivo que promueve los inevitables choques, por incomprensión de ambas partes, con la diferencia de que en el alumno, por estar en formación, la responsabilidad es mucho menor. ¡Cuántas veces he visto la intolerancia de un colega, rayana en la neurosis, manifestarse sin control alguno porque en circunstancias de un examen el alumno alteraba ligeramente el contenido de una afirmación suya! No puede ser ésa, indudablemente, la razón a que alude la Logosofía, sino la común, la inhumana y plagada de defectos.

39.       Hecha esta aclaración procuraré mostrar cuando interviene en los movimientos de la inteligencia y en la elaboración de los juicios la facultad de razonar. El conocimiento alcanzado mediante el estudio de la enseñanza logosófica y su refirmación en la experiencia permite a la razón vigorizar los movimientos de las demás facultades diferenciando una cosa de otra, analizando hechos y palabras, jerarquizando los juicios y orientando la búsqueda de soluciones, lo que hace consciente al hombre de lo que tiene que encontrar.

40.       En combinación con la facultad de pensar, al concentrarse sobre un hecho que preocupa la mente, facilita mucho la labor de la inteligencia en la confección de las imágenes mentales de aquellas cosas que alguien se propone, debe o tiene que llevar a cabo.

41.       Un hecho de la vida mental que descubre claramente las funciones del razonamiento se manifiesta por la circunstancia de que esta facultad nunca expone sus conclusiones sin antes haber analizado, calculado, pesado y medido en función de conocimientos habilitantes las dimensiones del objeto sometido a su consideración. Supongamos que algo nos ha entusiasmado y apetecemos su conquista. Luego vemos que la misma tiene sus bemoles, y, como supone un esfuerzo de nuestra parte, solemos desligarnos de ella argumentando, con o sin razón, nuestra falta de tiempo. Supongamos también que una de esas cosas fuese, verbigracia, el anhelo de superación, despertado por el vigor y la realidad de la palabra logosófica. Pero hallamos que, aparentemente, no disponemos de tiempo para dedicarlo a su cultivo. No obstante, siguiendo el consejo de quienes nos instruyen al respecto, nos disponemos a ordenar nuestros quehaceres diarios con el objeto de crear dicho espacio. Esa buena disposición comienza a destacarse como una especie de envase o célula mental donde habrá de desarrollarse la futura solución. Esto mismo lo trasladamos luego a una libreta de apuntes, con lo que dispondremos ya de un escaparate mental y de un registro físico corporizado en la libreta. A poco de andar, la preocupación que el propósito genera en nuestro interno comienza a atraer hacia su esfera de acción a cuantos pensamientos teníamos sin saberlo en nuestra mente afines con dicho propósito, que desfilarán ante el mismo como transeúntes atraídos por un objeto llamativo expuesto en la vidriera de un comercio.

42.       Uno demandará, por ejemplo, ¿cuáles son nuestras actividades diarias? Hago aquí la salvedad –según he podido observar– que los pensamientos no inducen su expresión en segunda persona (como si nos tutearan), sino en primera. De modo que al interrogante, al dibujarse en la mente, cobrará, por ejemplo, esta forma: “¿Cuáles son mis actividades diarias?” La mente es el órgano o instrumento natural, emisor y receptor a la vez, mediante el cual el mundo físico se enlaza con el extrafísico y puede ser usado tanto por el ente humano como por cualquier ente pensamiento que opere en la mente del ser. Si se manifestara en segunda persona, ¿no se lo hubiera descubierto hace muchísimo tiempo?. Por eso, hasta la aparición de la Logosofía, su carácter de agente animado de la vida mental había pasado totalmente desapercibido a la sagacidad humana.

El pensamiento es sustancia mental viva lo mismo el microbio es sustancia orgánica. Igual que éste, carece de inteligencia y de sensibilidad psicológica, pero igual que él, opera sobre la substancia humana produciendo diversos efectos en ella, conforme a la índole de su composición mental.

El pensamiento opera sobre las facultades mentales y sensibles y sobre los centros instintivos de actividad psicológica, unas veces originando efectos saludables y otros provocando los más extraños y descontrolados desbordes, rayanos en lo paranoico. Por eso la Logosofía enseña a realizar un estudio minucioso de los propios pensamientos a fin de que cada cual conozca su propia realidad interna y sepa a qué atenerse.

Cada cual es como es, piensa como piensa, siente como siente, actúa como actúa y habla como habla, conforme a los pensamientos que pueblan su región dimensional e influyen sobre su vida. Por eso, cambiar de pensamientos es cambiar de vida. Pero hay que conocer antes la técnica y el método que hace consciente este imponderable y trascendente hecho de la vida inteligente.

43.       Pues bien, volviendo a aquel primer interrogante, deberemos registrarlo en nuestra libreta de anotaciones para evitar que lo olvidemos, sin preocuparnos más de él momentáneamente. A su turno otros pensamientos se harán presentes también, atraídos por el señuelo del propósito. Conviene, pues, tener siempre a mano la libreta, ya que las sugerencias de los pensamientos suelen producirse extemporáneamente, por cuanto en el plano mental el tiempo no gravita. Otro pensamiento puede hacernos notar que no todas las actividades desplegadas por nosotros tienen la misma importancia, y, un tercero, que ponemos más empeño, energía y tiempo en mejorar el nudo de la corbata o la raya del pantalón que en la forma de expresarnos o en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Estas y otras sugerencias van engrosando la lista y atrayendo con más asiduidad cada vez a otros pensamientos. Aparecerá el que argumenta, p. ej., que a menudo nos falta tiempo porque damos mil vueltas antes de decidirnos a hacer algo. Otro, que gastamos largas horas en discusiones o en triviales comentarios sobre personajes de la política, figuras deportivas, estrellas cinematográficas y mil tonterías. Quizás alguno nos haga observar que, cuando disponemos de fondos, quemamos tiempo y dinero en  fruslerías y diversión corrida y que, cuando se han agotado los haberes, seguimos quemando el tiempo con protestas y lamentos inútiles. Y no faltará, quizá, el que, respondiendo a la voz de la conciencia, nos haga notar que a menudo argumentamos carecer de tiempo para darnos importancia. Algo nos ha hecho creer dentro que una persona falta de tiempo es una importante persona. No obstante, hallándonos en la edad de merecer, ¿a que no le diríamos a una señorita que nos ha concedido una cita que no nos será posible asistir por nuestras múltiples ocupaciones?…

44.       La facultad de observar. Al servicio del proceso de evolución consciente y del conocimiento de sí mismo la facultad de observar, activada y dirigida por el conocimiento logosófico, apunta a un fin preciso: el enriquecimiento de la conciencia. Para ello hay que habituarla a trabajar en combinación con las otras facultades, especialmente las de pensar y razonar, con lo que sus funciones tórnanse conscientes.

45.       En consecuencia, entiendo por observación consciente el acto de dirigir, aplicar y concentrar la visión mental sobre el objeto, hecho o circunstancia, físico o psicológico, que haya atraído la atención de la inteligencia.

46.       ¿Qué se puede observar? Entiendo que ha de ser objeto de nuestras observaciones todo cuanto permite extraer elementos constructivos destinados a organizar el mecanismo de la vida consciente y a conducir la propia vida con seguridad, eficacia, dignidad y responsabilidad.

47.       Producto de la observación –prescribe el método logosófico– ha de ser la crítica ulterior. Logosóficamente practicada  nos permite, como veremos enseguida, seleccionar positivos elementos de juicio, coadyuvantes de la inteligencia en futuras actuaciones. La crítica logosófica difiere pues de la común: a) por la índole de sus conclusiones, edificantes todas; b) por estar al servicio de la superación, del perfeccionamiento y de la evolución de la conciencia individual. Esto significa que cada observación no constituye un hecho mental aislado, sino parte de una sucesión de hechos unidos por el hilo conductor del proceso interno, que los suma y complementa.

48.       Al aplicarse a la propia vida, según la indicación metodológica, propicia el autoperfeccionamiento. En lo que a mí respecta la autoobservación me ha permitido desarrollar las siguientes capacidades: a) la de percibir mis propios estados psicológicos, b) la de individualizar e identificar los pensamientos que gravitan positiva o desfavorablemente sobre mi propia vida; c) la de conocer, identificar y corregir mis deficiencias psicológicas; d) la de advertir cualquier interferencia que pretendan ejercer en mi mente circunstanciales o arraigados factores psicológicos con el fin de desviarme de algún objetivo predeterminado.

49.       Para ilustrar lo expuesto presentaré la siguiente imagen: Una persona de mi confianza o de mi amistad me informa, verbigracia, sobre la existencia de una nueva fuente de saber, detallándome sus fundamentos, su método y sus fines. Pero como los conocimientos que la constituyen no han surgido del ámbito universitario, pasado ese primer momento de entusiasmo que despertara en mí la novedad, se produce en mi interno una cierta inquietud, mezcla de agitación y desconfianza, lo que no es otra cosa que la conmoción natural de ciertos pensamientos, de viejo arraigo en mi mente, promotores de mis actuales prejuicios intelectuales. Movido por ellos trato de establecer relaciones con lo ya conocido y generalizado, y, al no lograrlo, solicito la opinión de otra persona, cuyos juicios han influido más de una vez en mis propias decisiones. Esta me dice, p. Ej., que ya ha oído hablar de esa presunta fuente de saber en diversas oportunidades, pero que, al parecer, es una variedad de tal o cual corriente de ideas que, a su juicio, no tienen mayor valor. Además –sigue diciéndome– Fulano afirma que dicha corriente parece oponerse a esta o aquella ciencia: Mengano, que se rebela contra tal o cual sistema de moral o religión; y Perengano, ya ha hecho notar, por su parte, que ni Juan ni Pedro ni Diego, personajes del mundo social, le han dispensado la menor atención.

50.       Apabullado por todos esos argumentos demoledores, el brote de interés manifestado en mí al recibir aquella primera información se ha desvanecido, y si alguna circunstancia fortuita no se hace presente para modificar mi decisión, es casi seguro que se malograría en mí la oportunidad de beneficiarme con lo que me ofrece la nueva ciencia, que el azar había acercado a mis posibilidades inmediatas.

51.       Este hecho, repetido infinidad de veces en la historia del desenvolvimiento humano, al ser analizado con criterio logosófico, permite observar y extraer entre tantas otras cosas, las siguientes conclusiones:

1º) Que el interesado no sabe pensar por sí mismo. Si supiera hacerlo, no hubiese recurrido al juicio de otro; antes bien, habríase tomado el trabajo de investigar y comprobar por sí propio la verdad o el engaño de lo que le habían ofrecido. Y aún, supuesto el caso de que se hubiese dejado llevar por la desconfianza o por la duda, si supiera pensar habría advertido al punto que la persona consultada no sabía más que él al respecto, y que, también ella, era vehículo incondicional del pensamiento ajeno. Por último, si supiera pensar, habría establecido una oportuna relación entre el entusiasmo nacido en su interno al recibir el informe inicial y su abatimiento posterior. Este hecho lo hubiese movido a investigar hasta superar la duda lógica.

2º) Que se deja  llevar por prejuicios (intelectuales, morales, sociales o religiosos) que le impiden experimentar lo nuevo, si no se ha consagrado antes en el juicio de los demás.

3º) Que es insensible a los movimientos de su ser interno y que, por lo tanto, no puede percibir la diferencia de estados promovidos en él por la palabra constructiva y por la demoledora.

4º) Que la creencia y la propensión a creer ocupan un vasto y prominente espacio dentro de su vida mental, lo que le impide discernir entre lo real y lo quimérico, tomando lo uno por lo otro y viceversa.

5º) Que desconoce por completo el mundo de los pensamientos y su influjo causal en las determinaciones humanas.

6º) Que ignora lo que son y representan las defensas mentales y el poder de los estímulos.

7º) Que desconoce el verdadero fin de la existencia humana, etc.

Cuando  se ha aprendido a manejar con cierta soltura la facultad de observar, toda la vida mental se activa, pues casi de continuo el entendimiento da ingreso a materia psicológica viva destinada al análisis de la razón, del que uno selecciona luego cuanto pueda enriquecer las reservas de su inteligencia.

52.       Toda vez que la atención se posa en algo se produce la observación. Ese algo puede pertenecer al mundo físico o al mental. La observación de un hecho físico está a cargo de la mente común. La ciencia y el arte suelen desarrollarla aun en alto grado, pero donde termina el mundo físico empieza el mental: por consiguiente, también ahí termina el radio jurisdiccional de la observación de la mente común y si el conocimiento y la experiencia de las realidades inherentes al mundo mental no han despertado la conciencia a esas realidades, la visión humana se esfuma en las tinieblas de ese mundo, pues sin conocimiento trascendente el hombre está prácticamente ciego; no siempre es capaz de ver, entender y captar las causas que originan la conducta propia y la del semejante. Por eso se engaña y se lo engaña con frecuencia y sufre toda clase de infortunios. Al no ver mentalmente no puede pensar, ni razonar, ni extraer conclusiones oportunas que le evitarían muchos percances. Por eso también es indefenso y sucumbe con frecuencia ante el engaño. ¿Acaso advierten los pueblos la dialéctica envolvente de la demagogia? Si así fuera no existirían despotismos en el mundo. El dictador y el tirano existen porque el mismo pueblo involuntariamente los elige. Y los elige porque no sabe pensar; y no sabe pensar por su incapacidad para penetrar en el seno de las causas, esto es, en el mundo mental. Advierte el mal cuando ya no hay remedio, vale decir, cuando ha culminado el proceso de su gestación y desarrollo. Todo es proceso en la Creación, tanto en lo físico como en lo mental. La observación oportuna de la acción causal permite neutralizar a tiempo sus efectos, si son éstos negativos. La observación causal hace consciente al hombre de todo cuanto atenta contra su dignidad, su vida, su libertad, sus prerrogativas y su marcha progresiva hacia el destino fijado a la vida inteligente.

He aquí la observación a que alude la Logosofía. Implica una permanente captación y acarreo de sustancia mental al laboratorio de la inteligencia para ser analizada, originando inquietudes en ella que terminan cuando ésta sabe a qué atenerse. Sólo entonces la inquietud se resuelve en quietud mental, hasta tanto nuevas observaciones preocupen otra vez la inteligencia.

53.       Por mi parte reconozco y declaro que el ejercicio consciente de la observación conforme a las prescripciones del método logosófico me ha humanizado sin lugar a dudas. Ello se debe, según estimo, al hecho de que en el orden mental y humano no hay observación consciente si antes no ha habido autoobservación y autocorrección. Por consiguiente, se puede ver claramente fuera lo que claramente se ha visto y comprendido dentro.

54.       La autoobservación, en ponderable proyección catártica, va desmoronando, pues, al ídolo personal creado por los artilugios de la fantasía y, al extenderse fuera, permite al ser observar humanamente, esto es, con comprensiva tolerancia.

55.       Existe una tolerancia fingida o aparente, que proviene de una posición mental. Tiene la duración y la consistencia de lo que es artificial y postizo. La auténtica tolerancia es una realidad forjada en la comprensión y el recuerdo consciente de lo que ahora se sorprende en otro estuvo antes envasado en el propio observador, cuando no queda aún vestigios, o algo más, de eso mismo que se está viendo fuera.

56.       Piénsese ahora en el valor y la significación que asumiría la tolerancia en las relaciones humanas y el cambio que la vida experimentaría, si los seres conociesen el secreto y realizaran esta cardinal conquista del espíritu.


LA ZONA DIMENSIONAL DE LOS PENSAMIENTOS

57.       Cada mente humana, además del mecanismo de la inteligencia, está integrada por una zona o espacio dimensional que ocupan los pensamientos. El creador de la Logosofía ha descubierto la existencia de ese espacio en la constitución mental del hombre, poblado por entidades psicológicas animadas que ejercen una acción preponderante en la vida humana, a tal punto que cada individuo de nuestra especie ha sido como ha sido, es como es y será como será, conforme a la índole de los pensamientos que hayan habitado, habiten o habitarán su mente.

58.       Es éste, a mi juicio, no sólo el descubrimiento más sensacional de la época sino el de mayor significación y trascendencia en toda la historia de la existencia humana.

La experiencia que llevo efectuada sobre este fundamental aspecto de la autognosis me permite afirmar, sin la menor sombra de duda, que el día que los hombres de pensamiento se hayan impuesto debidamente de ello y su autorizada palabra llegue adonde debe llegar, la parte civilizada de la humanidad puede adelantar mental, moral y espiritualmente mil años en el espacio de uno solamente. Y estoy dispuesto a probarlo en cualquier momento.

59.       Matriz psicológica de los pensamientos es la mente. Allí se conciben, nacen, se desarrollan, se reproducen y también allí mueren o se desintegran.

60.       La ciencia y el método logosóficos capacitan rápidamente la inteligencia de cada cual para individualizar, clasificar, seleccionar, controlar y manejar los pensamientos que ocupan la mente. Se deduce que el conocimiento de los propios pensamientos es la base del conocimiento de sí mismo.

61.       Pero no todos los pensamientos que una mente alberga en su correspondiente zona han nacido en ella. La mayoría son de origen extraautomental y el estudio y práctica del conocimiento logosófico nos ha demostrado acabadamente que nuestro órgano psicológico –la mente– es a un tiempo generador y vehículo de pensamientos. Por diferentes conductos, especialmente el de la palabra, pueden éstos viajar de una mente a otra deteniéndose y aún “enquistándose”, ahí donde el ambiente les es más propicio o donde ya hay otros congéneres que afinan con su composición mental.

62.       Son, por ejemplo, de origen extraindividual los pensamientos que, bajo la forma de conocimientos, hacemos ingresar en nuestro haber interno mediante el acto de estudiar, a los que utilizamos luego como si fueran propios, vale decir, como si nosotros mismos los hubiésemos creado. Otro tanto acontece con aquellos que, en forma de sugerencias –verbigracia la propaganda– penetran en nuestra mente con el propósito de influir sobre nuestra voluntad induciéndonos a realizar actos relacionados con lo que se pregona.

63.       Los dos ejemplos anteriores permiten observar la relación que se establece entre los pensamientos y la voluntad, y entre los pensamientos y la inteligencia. Por la índole de su composición mental los hay que no pueden obrar independientemente de la voluntad ni desconectados de la inteligencia, sino subordinados a ambas. Tal ocurre, p.ej., con los pensamientos que integran el saber de cada cual. Otros, en cambio, pueden moverse en su recinto interno con absoluta autonomía, influyendo y hasta manejando a voluntad las facultades de la inteligencia. El desconocimiento humano a este respecto facilita aún más esa autonomía, pues impide la percepción consciente de dichos factores por parte del ser. La no percepción consciente de los mismos apuntala la inconsciencia, que es algo así como un aislante o anestésico psicológico que impide a los mecanismos internos del hombre despertar la conciencia de sí mismo.

64.       Ese espacio mental inerte ese desvanece por acción de los conocimientos logosóficos, que, como hemos dicho, se presentan en forma de enseñanza, cuya función básica es la de unir los centros psicológicos productores de energías –mentales, sensibles e instintivas– con la conciencia individual, o sea con la propia realidad interna. Así pues, despertada y activada por aquellos, la conciencia estimula la atención, mediante la cual puede el hombre percibir claramente lo que está sucediendo en su ámbito psicológico –en el mental o en el sensible– iluminándoselo a la vista de su entendimiento. Tal es, en síntesis, la misión que cumplen los pensamientos logosóficos.

65.       Pero mientras ello no ocurra, mientras el hombre se halle al margen de esta portentosa realidad, cuyo misterio desentrañó Raumsol hace más de treinta años, los pensamientos de naturaleza autónoma seguirán manejando a su arbitrio la vida humana y se seguirá haciendo alarde de una libertad interior que no se tiene, y, peor aún, que se cree tener.

66.       Los pensamientos con vida independiente pueden ser propios o ajenos, negativos o positivos. Los que forman hábitos y aún vicios, se han originado, no cabe duda, dentro del recinto mental de quien posee esos hábitos o tiene esos vicios. Otros, como los pensamientos alarmistas, o los que conforman juicios, opiniones y comentarios sobre hechos o cosas de la vida diaria, que emitimos después de haber leído revistas, libros o periódicos, o tras haber escuchado noticias radiales o intercambiado puntos de vista con nuestros semejantes,  muestran a su vez con qué facilidad pasan los pensamientos de una mente a otra sin tenerse la menor conciencia de ese tráfico mental.

67.       Esta propiedad de la mente de ser emisora y a la vez receptora de pensamientos se advierte con claridad en los casos de las oscilaciones frecuentes del temperamento o en las del ánimo, que sufren el “contagio” de las alteraciones psicológicas producidas en otras personas. Así, utilizando como vehículo las palabras, los gestos o los actos, pensamientos que han provocado un estallido temperamental o pasional en alguna mente ocasionan también efectos similares en las mentes de otras personas que rodean a la exaltada. Estos hechos de la vida mental son los que originan esas graves tremolinas, frecuentes en las graderías de espectáculos públicos, en los mitines, en la mesa de las deliberaciones y, más modestamente, en la mesa familiar.

68.       Insistiendo sobre la actividad de los pensamientos autónomos he podido observar también, en mis estudios logosóficos realizados al respecto, que mientras unos ocupan circunstancialmente  el  recinto mental de una persona  y  en modo alguno perdurarán en él  –pensamientos tránsfugas o vagabundos, llamémoslos– como los que representan las diversas formas de esnobismo, de la moda y a veces de los “slogan”, otros, en cambio, al penetrar en la mente procuran por todos los medios “enquistarse” en ella. Son éstos los que forman luego las propensiones negativas, las deficiencias psicológicas y los vicios que hipotecan y enajenan la vida de una persona. Tales son, por ejemplo, la propensión a creer, a adular, a discutir; el defecto de ser necio, hipócrita, petulante o vanidoso; el vicio de beber o de fumar sin control alguno, el de jugar o de quedarse con lo ajeno, el de mortificarse internamente para disfrutar con el propio sufrimiento o con la compasión de los demás, el de la avaricia, etc.

69.       Ante tan variada gama de entidades mentales se comprenderá ahora la trascendencia de este colosal descubrimiento, que explica de una vez por todas las causas de la frecuente inestabilidad mental y temperamental de la persona humana, sus contradicciones, sus desencuentros consigo mismo y con los demás, sus rarezas, sus tardíos arrepentimientos y las mil cosas más que han originado y siguen originando los llamados “temas del hombre” sin que nadie, hasta Raumsol, hubiese dado con la causa o agente real de sus manifestaciones  psíquicas. Por eso –permítaseme la insistencia– esta verdad, ensayada y difundida a tiempo puede hacer avanzar muchos siglos a la humanidad en el término de un año.

70.       Origen de los pensamientos. La Logosofía es una ciencia eminentemente práctica. En sus dominios teorizar no es saber ni, mucho menos, evolucionar. Aquí saber es realizar superándose. La sola teoría constituye algo así como el espejismo mental de la evolución. Es la conducta del logósofo lo que revela su saber. Su palabra también lo pone de manifiesto, como es natural; pero en este orden de actuaciones su autoridad tan solo se evidencia cuando habla de lo que ha constatado, vale decir, de sus comprobaciones reales y positivas.

71.       Sobre el origen de los pensamientos la Logosofía me ha permitido comprobar que éstos nacen a la vida mental por conducto de la facultad de pensar, estimulada por alguna de las siguientes causas: a) un anhelo, b) una aspiración, c) un sentimiento, d) una inquietud, e) una necesidad. La célula mental donde se empieza a gestar un pensamiento recibe el nombre de “propósito”. Nutrido éste por el elemento básico del cual proviene y por la dedicación que el propio ser le dispensa, el proceso de su formación culmina cuando el pensamiento ha asumido en la mente fuerza ejecutora y responde satisfactoriamente al propósito que lo ha originado.

72.       Los pensamientos se forman consciente o inconscientemente. El sólo acto de pensar no basta para percibir las sensaciones promovidas en su proceso generador. Se requiere asimismo la guía de los conocimientos que versan sobre el tópico para que perciba la conciencia la serie de movimientos internos que van dando vida a la formación del pensamiento dentro de su “celdilla” o “cápsula” mental. Pondré un ejemplo.

73.       Supongamos que he adquirido un automóvil y que aprendí ya su manejo. Un día lluvioso observo que otros automóviles patinan al ser frenados por sus dueños. El hecho me preocupa cuando a mí mismo, debiendo hacer lo propio, afortunadamente en lugar fuera de peligro, me ocurre idéntica cosa. Experimento entonces la necesidad de hallarle solución al problema. Pienso pues en ello utilizando mis propios recursos, pero sabiendo de antemano que, si éstos resultaran ineficaces o insuficientes, tendría tiempo de solicitar la ayuda de alguna persona más idónea. Al revisar mis posibilidades de defensa en un hecho de esa índole reparo en el freno de mano. Me digo entonces: “Bueno si falla el pedal, puedo recurrir al freno de mano”. Satisfecho con mi solución, no quiero hacer más esfuerzo e ingenuamente me despreocupo del asunto. Pero he ahí que, al sobrevenir un nuevo percance y quedar sin freno a pedal, se produce en mí una súbita confusión mental y experimento una angustia tal que de lo que menos me acuerdo, es de que existe un freno de mano. Pasado ese momento, del que pude haber salido bien o mal parado, acude a mi mente, por inducción de la circunstancia misma, la recomendación logosófica de “estudiar lo que se experimenta”. Me dispongo, pues, a examinar esa vivencia, y la primera pregunta que se dibuja en mi interno es por qué motivo no se me hizo presente en el momento necesario la solución que tan felizmente había encontrado. Descubro entonces dos cosas importantes:

1º) Que el temor había paralizado por una parte mi inteligencia y había agitado por otra a cuantos pensamientos responden al mismo, produciéndose ese típico estado de confusión y atolondramiento mental;

2º) Que mi pensamiento defensa era tan sólo un embrión de pensamiento, carente por lo tanto de fuerza ejecutora. De ahí su inmovilidad.

Comprendo entonces que, para que responda plenamente al propósito que me llevara a concebirlo, necesitaba ejercitarlo cuanto fuera menester a fin de que respondiese con eficacia y prontitud al ser requerida su intervención. En vista de ello comienzo a ejercitarlo, esto es, a hacer lo que debí haber hecho desde un principio, y, naturalmente, efectúo la práctica de mi pensamiento en el plano mental. Así, pues, mientras hago en coche mis salidas habituales, en vez de dejar que vaguen por mi mente pensamientos de cualquier índole, me dedico atender con solicitud a ése que la necesidad indújome a crear. Me figuro, por ejemplo, que en tal o cual momento aprieto el freno y no responde. Mentalmente, y por llamado de mi inteligencia, hago intervenir el pensamiento salvador. Mentalmente también recurro al freno de mano, Realizo esta misma operación todas las veces que me acuerdo, y noto, con sorpresa, que el nuevo agente acude a mi presencia mental provocando su recuerdo con tanta más frecuencia cuanto más lo ejercito. Llega así el momento en que desfila ya por mi escenario mental con pasmosa rapidez. Por fin un día la falla no es ya mental, sino real, y ¡oh sorpresa grata! El pensamiento objeto de mi atención no sólo se hace presente como recurso instantáneo, sino que también impide que el temor y la confusión se apoderen de mi mente; antes, por lo contrario, una inmediata sensación de seguridad y confianza en mis propios recursos ocupa su lugar.

74.       Al estudiar nuevamente la experiencia, fructífera esta vez, extraigo diversas conclusiones positivas y valiosas y me doy cuenta claramente de cual es el procedimiento a seguir para encarar en adelante mis dificultades y problemas diarios: que significa vivir superándose y cómo se crea una defensa mental.

75.       Individualización e identificación de pensamientos. Fundamento efectivo del conocimiento de sí mismo es, a mi juicio, la capacidad de individualizar pensamientos que ocupen la propia mente en el instante de entrar éstos en actividad.

76.       En efecto; no todos  los pensamientos que la mente alberga –salvo cuando se producen alborotos o bullicio mental– actúan de consuno. Lo habitual es que se carguen de energía y vibren dentro de ella en función de estímulos externos o internos, afines a su composición mental. Estos, los estímulos, operan: a) sobre los mecanismos psicológicos; b) sobre los pensamientos; c) sobre unos y otros a la vez. Ejemplos:

77.       El ambiente propio de una sala de lectura, v.gr. una biblioteca pública, constituyen un estímulo externo que influye sobre los mecanismos mental y sensible del que entra en ella, imponiendo por su intermedio contención y sosiego en el espacio dimensional de sus pensamientos.

78.       Pero si se tratara de la llegada a un salón de fiesta, el alboroto de los que allí se divierten representa un efectivo e inmediato estímulo generador de energías, no de contención sino de desborde. En el ejemplo anterior obró la comprensión, la parte consciente del ser sobre los pensamientos. En el segundo el efecto es inverso; los pensamientos se han cargado de energía e influyen sobre los centros internos de actividad psicológica lo mismo que sobre la voluntad, gobernando desde ese momento la conducta personal.

79.       La imagen mental de un proyecto que estamos ejecutando con miras a una culminación feliz representa un estímulo interno, que simultáneamente irradia energías sobre nuestra organización psíquica y sobre todos los pensamientos que coadyuvan con ese proyecto, vigorizando nuestro ánimo frente a las dificultades.

80.       Siendo los pensamientos entidades psicológicas animadas necesitan, como todo lo viviente, nutrirse para su conservación, alimentándose y reproduciéndose en la mente. Cuanto posee vida debe cumplir con esos dos requisitos, puesto que así lo exige la ley universal de conservación.

81.       Y bien, ¿de qué se nutre un pensamiento?. Los pensamientos se nutren con las energías que obligan a generar a los centros psicológicos los factores externos o internos afines con la composición mental de los diferentes tipos de pensamientos. También se nutren con los estados psicológicos que provocan al agitar las deficiencias del temperamento. En tales circunstancias el estímulo activa uno o más pensamientos afines, que, a causa de ello, vibran en la zona mental que ocupan. El vigor de esa vibración depende, al menos en un principio, de la importancia del estímulo. Los pensamientos nacidos por influjo reiterado de escenas de violencia, por ejemplo, al comienzo necesitan estímulos mayores; pero, al nutrirse y crecer por la frecuencia de su ejercicio en la vida diaria, suelen alcanzar tal desarrollo que, a veces, un motivo insignificante provoca un gran escándalo. Cuanto mayor es el desarrollo del pensamiento, más grande es la energía que exige de los centros psicológicos para saciar sus demandas. De ahí el desvanecimiento que sufren algunas personas después de un ataque de violencia, provocado generalmente por alguna discusión que comenzó siendo trivial.

Como iba diciendo, la vibración mental del pensamiento se transmite a los centros psicológicos dando origen a un “estado”, temperamental, psicoemocional, pasional, etc. Pues bien, de eso se alimenta el pensamiento. Una imagen aproximada para ilustrar este hecho la ofrecen la araña  (pensamiento negativo) con su tela (= zona dimensional que ocupa en la mente), que vibra al enredarse en ella un insecto (= estímulo). Sólo que el pensamiento no se alimenta del estímulo sino del estado que provoca. La habitual repetición de esos estados, al alterar la mente, influyen sobre la parte somática (sistema nervioso, circulatorio y digestivo) del ente físico y provocan en ella serios trastornos y aun fatales consecuencias.

Pero más perniciosos resultan para el espíritu, porque las deficiencias que originan los estados van obturando insensiblemente los conductos que, en la mente infantil, se hallan expedidos. Esto explica claramente por qué se materializa más y más la vida de un individuo conforme avanza en edad.

Así la persona chismosa, vale decir, la que tiene enquistado en su mente un pensamiento que la predispone a recibir y trasmitir murmuraciones intencionadas respecto de otras, se constituye de hecho en vehículo voluntario o involuntario de un agente mental que se nutre, como las hienas y los buitres, de deshechos morales en estado de descomposición. Por influencia de ese pensamiento nauseabundo reiteradamente ingresan en el haber interno materias nocivas al desarrollo del espíritu. La mente, que en cierto modo es el estómago psicológico del hombre, funciona mal cuando da entrada a elementos mentales que degradan la noble naturaleza humana o cuando genera humores que la intoxican, pervierten o desvían. El método logosófico lleva a cada cual al conocimiento palmario del agente que provoca ese mal funcionamiento, a la identificación del microorganismo psíquico generador de la deficiencia. Esta parte del estudio y realización autognósica converge en el desarrollo de una aptitud mental consciente denominada “individualización e identificación de pensamientos”.

82.       Los pensamientos con vida independiente pueden ser individualizados en función de su actividad específica. Para ello se requiere que la conciencia, mediante la atención, se mantenga vinculada con las manifestaciones psíquicas del ser. ¿Cómo se produce esa conexión consciente? Veamos. Un pensamiento autónomo, al entrar en actividad por influencia de algún estímulo afín con su naturaleza, sea por sí mismo o con la concurrencia de otros pensamientos de similar composición, genera de inmediato, como he dicho antes, un “estado” mental o temperamental determinado, verbigracia: ira, celos, impaciencia, envidia, capricho, temor, alegría tristeza, entusiasmo, lujuria, aburrimiento etc., la atención en el registro de los mismos. Interviene entonces la observación, o mejor dicho la percepción consciente de esos estados se produce por el solo hecho de haberse educado la atención en el registro de los mismos. Interviene entonces la observación, o mejor dicho la autoobservación, para determinar, sea en el instante de producirse el hecho interno sea luego, al estudiárselo con calma, la naturaleza del estado, analizando la razón, la causa que lo ha originado. En principio es esto bien sencillo, ya que nadie podría confundir, p. ej. capricho con entusiasmo, ni temor con vanidad o con lujuria.

83.       A la clara percepción de algún estado o individualización consciente de una vivencia debe seguir la precisa identificación del pensamiento causal. Este movimiento consciente de la inteligencia es de suma importancia, por equivaler en la terapéutica mental a un diagnóstico médico. El diagnóstico psíquico consiste en la identificación de pensamientos, o sea en el nombre preciso que le corresponde a cada uno de ellos en el cuadro psicológico. No debe confundirse, p. ej. impulsividad con violencia, ni frivolidad con fatuidad o inconstancia –rasgos típicos del tarambana– ya que cada deficiencia, lógicamente, tiene su tratamiento específico. (1)

(1) Véase “Deficiencias y Propensiones del ser Humano” de Carlos B. González Pecotche. Bs.As., 1962

84.       Ahora bien, todo esto forma parte de la percepción interna o autopercepción. Pero también se logra fácilmente su determinación fuera del ser, vale decir, observando a otras personas. En este caso la vía es indirecta, pues el estado se capta a través de las palabras o de los actos. Los matices en la entonación y los gestos que suelen acompañarla, aún los más sutiles, permiten identificar el temor, la ira, la desconfianza, la petulancia, etc.

85.       Si se trata de un escrito, el pensamiento central se identifica sin mayor dificultad por el fin que persigue ese escrito, transparente en la forma, las argumentaciones y el hilo conductor de las imágenes, figuras y períodos que integran el cuerpo discursivo. Esto mismo se observa también en las disertaciones: cuando se busca convencer, cuando divertir, o halagar, o cautivar, o hacerse admirar, o exaltar las pasiones, o llamar a la reflexión, o levantar el ánimo, etc.

86.       Los actos humanos son también un medio de identificación de pensamientos porque, lo mismo que las palabras, persiguen la finalidad que ha impreso en ellos el pensamiento promotor. No siempre basta una sola observación para descubrir, esto es, para dar con el agente mental que los anima, y la razón debe analizar los diversos episodios, confrontándolos y sopesándolos en la balanza del criterio. Otras veces  se los capta instantáneamente: los reflejos somáticos que originan los pensamientos –gestos diversos, movimientos expresivos de variada índole– permiten identificar la impaciencia, el desprecio, el temor, la frivolidad, el desaliento, el entusiasmo, la mala intención, el descontrol, etc.

87.       Este aspecto de la autognosis, como tantos otros, permite inferir las proyecciones de la facultad de observar cuando la nutren los conocimientos esenciales, que la conectan con la conciencia de sí mismo y con las manifestaciones inteligentes de la vida universal.

88.       Clasificación de los pensamientos. La Logosofía ha establecido una cuádruple e interdependiente clasificación de los pensamientos, a saber:

a)                     Por su origen

b)                     Por su naturaleza

c)                     Por su valor

d)                     Por su influencia

89.       Por su origen, los pensamientos pueden ser propios o ajenos, esto es, nacidos en la mente misma de quien los alberga u originarios de otras mentes y que luego pasan a las ajenas por conducto de los sentidos físicos, principalmente la vista (lectura, imágenes de hechos y cosas, etc.) y el oído.

90.       Por su naturaleza, se clasifican en dependientes o independientes de la voluntad e inteligencia del individuo, razón por la cual poseen estos últimos vida autónoma.

91.       Por su valor como unidades mentales animadas y activas se clasifican en positivos y negativos, según beneficien o perjudiquen al propio ser o a otros las actuaciones que promuevan. El valor de los pensamientos es, pues, compatible con las otras categorías anteriormente mencionadas: origen y naturaleza.

92.       Por su influencia, vale decir, por la gravitación que ejercen sobre la vida del sujeto que los alberga, la Logosofía los clasifica en intermitentes y en dominantes u obsesivos.

93.       ¿Qué realización concreta propicia la destreza en clasificar pensamientos?. En primer término la inteligencia puede penetrar voluntaria y fácilmente en la zona dimensional de los mismos toda vez que lo estime necesario. En segundo término quien sabe hacerlo puede ubicarse en cada circunstancia que lo exija una determinación y saber con qué fuerzas o medios puede contar positivamente. En tercer término puede efectuar sus propias radioscopias psicológicas y saber con toda certeza hasta dónde es dueño de su vida y hasta dónde sus pensamientos disponen de ella.

94.       Piénsese, verb.gr., en este hecho: un estudiante se halla frente a una comisión examinadora. Esa circunstancia constituye un poderoso estímulo para agitar en su mente pensamientos que irradian temor, inseguridad, atolondramiento, emoción inusitada, etc., los cuales operan sobre sus centros racionales inhibiéndolos en mayor o menor grado, y sobre los centros emocionales de las regiones cardiaca y solar. Suele acontecer que uno u otro profesor le formula una, dos o más preguntas, a las que el estudiante no puede responder o responde mal. Nuevos estímulos (negativos, en este caso) activan aun más los pensamientos y éstos a su vez los centros internos sometidos a su influencia. La inhibición mental puede llegar al paroxismo y el caso entonces no tiene remedio. Sale, pues, del salón y rato después, oh!, sorpresa!, el estudiante advierte que poseía una respuesta exacta y precisa para todas o casi todas las preguntas que le habían sido formuladas. ¿Qué es lo que influyó en su interno para eclipsar su memoria? Si se ignora que los pensamientos son agentes psicológicos dotados de vida propia, cuya naturaleza puede permitirles obrar con absoluta autonomía, episodios como el mencionado no tienen prácticamente remedio alguno. Cuántas veces acontece que una persona, designada de improviso para hacer uso de la palabra, experimenta una emoción tal y a la vez un vacío mental tan grande, que se ve impedida de dar curso a lo solicitado. Sin embargo, si todo dependiera de su “yo”, de su voluntad, dispondría sin duda todo lo contrario: que sus centros emocionales permanezcan en suspenso y que su inteligencia se mueva con entera libertad. Pero el desconocimiento de la verdad logosófica seguirá haciendo que el hombre proponga y los pensamientos dispongan.

95.       Recuerdo un episodio vivido durante un examen de Filología Hispánica. Una sobresaliente alumna aguardaba el momento de exponer. Salió la anterior examinada y ella ocupó su lugar frente a la mesa. Transcurrió un angustioso minuto de silencio, dos, quizá tres. Al observarla me di cuenta inmediata de lo que le acontecía: laguna mental por excesivo recargo de la memoria. Observaba también el “vórtice” que se le iba desatando en la mente. Pude ver también la consternación de mis colegas, sobre todo el que dictara la materia, que estaba tan inhibido como la propia alumna. Aguardé unos instantes más. El tercer colega, distinguida profesora de la Casa, conmovida en su sentir quiso ayudarla. Pero desgraciadamente, su desconocimiento del interior humano la llevó a tocar, como el aprendiz de brujo, el resorte que no debía, hundiéndola aun más en el abismo. Advertida de ello dirigió entonces una suplicante mirada a su colega, el titular de la asignatura. El pobre, por hacer algo, le formuló dos o tres preguntas, como quien dispara su escopeta al aire; nada más pudo hacer. La joven logró apenas balbucir una disculpa y solicitar permiso para retirarse. Juzgue llegado entonces el momento de intervenir. Sabía perfectamente que lo primero que debía hacer era alejarla de inmediato de la causa que provocara su estado. Las circunstancias me inspiraron una salida tan graciosa como inesperada, que provocó la risa de mi colega femenino, una sonrisa en el colega masculino, blanco oportuno de la inofensiva e ingeniosa broma, y atrajo la atención de la atribulada joven. El primer paso había sido dado con todo éxito. Exploté entonces el mismo motivo presentando las derivaciones de lo que motivó la broma hasta ver dibujarse, mezclada entre las huellas de dos lágrimas, la sonrisa triunfal que me demostraba el preludio de un cambio mental incoándose en ella. Aproveche inmediatamente esa ocasión para condimentar la broma con supuestas preguntas que un ignorante dirigía a otro ignorante sobre tópicos relativos a la materia y los esfuerzos que hacía mi colega por esclarecer la cuestión entre ambos ignaros. Advertí  entonces que mis pensamientos daban en el blanco, pues entre la gracia del momento, las académicas y precisas explicaciones que ponía en boca del colega fueron formando aceleradamente un puente sobre la laguna mental de la alumna hasta reconectar su memoria con los contenidos de la asignatura. Al observar el notable cambio de expresión operado en ella, saqué del escenario a mi colega y la puse en su lugar para que explicase otras cosas que mis dos ignaros monigotes querían saber. Así fue como finalmente salió del abismo. Cuando recobró el dominio de la situación parecía una ametralladora. No obstante, sin conocimiento logosófico difícilmente se la hubiese arrancado del torrente mental que la arrastraba hacia un fin inmerecido.

Los pensamientos hacen a la vida –nos dijo una vez el Maestro– pues son sus agentes naturales. De ahí la necesidad de conocerlos y clasificarlos, para saber a qué atenerse.

96.       Recuerdo también que, cuando estudiaba ese tópico, no di importancia a la observación logosófica de que la clasificación de los pensamientos constituía una necesidad ineludible para el proceso de evolución consciente y un requisito sine qua non en el conocimiento de sí mismo. Era como pretender alcanzar el aprendizaje de la natación sin echarse al agua. Un pensamiento de holganza, sin agotar sus argumentaciones, me convenció fácilmente de la prescindencia de ese esfuerzo, ya que mis condiciones personales lo hacían innecesario. Al principio no me daba cuenta del juego, pues, como expresara en un párrafo anterior, los pensamientos, con su lenguaje mental, se manifiestan en primera persona, resultándole enteramente imposible, a quien carece de cultura logosófica, discernir entre la razón de los pensamientos y su propia razón. Pero más tarde, una experiencia, de las tantas y aleccionadoras que se viven en el camino de la evolución consciente, me permitió advertir, sin engaño esta vez, que en lo relativo a la autognosis, nadie tiene privilegios especiales ni exención alguna: las capacidades se alcanzan no por el mero esfuerzo mental de comprender lo que se estudia, sino por la realización efectiva de lo que se ha comprendido. No se aprende a manejar auto por correspondencia, sino sentándose al volante. En otros términos, la comprensión ilustra la inteligencia, pero la realización es quien la educa y le permite desarrollar aptitudes conscientes.

97.       Me decidí entonces a ordenar y clasificar mis pensamientos gradual y pacientemente. Al observar tras una práctica reiterada el beneficio innegable que ese hecho me estaba deparando, pues mi inteligencia se habituó a accionar con rapidez ubicándose calculando en cada oportunidad sus reales fuerzas y las posibilidades que ellas me otorgaban, no descuidé más ese ordenamiento mental que tanta seguridad y eficacia proporciona.

98.       En virtud de ello, sé distinguir al punto lo que es mío y lo que no lo es; lo que me conviene y lo que me desfavorece; lo que es afín y lo que desentona en las imágenes mentales con que debo manejarme, previa proyección de las mismas sobre mi pantalla psicológica.

99.       Además, el problema de la propiedad intelectual para mí está honesta y eficazmente resuelto. Y cuando empleo un pensamiento ajeno sé también si lo manejo en su configuración total y original, o, si lo he modificado, qué parte del mismo, en virtud de qué y con qué finalidad lo hice;  si tiene así más claridad, eficiencia, vigor y provecho que el original, etc.

100.     Selección de pensamientos. Se deduce fácilmente que la clasificación de pensamientos propicia la selección y el manejo de los mismos. Estas dos últimas aptitudes conscientes, sumadas a la individualización, clasificación y control, constituyen las cinco operaciones básicas con que la autognósis logosófica contribuye a la educación del mecanismo individual de la inteligencia, para que el hombre pueda actuar conscientemente sobre la zona dimensional de sus pensamientos.

101.     De la selección, manejo y control de pensamientos proviene la fuente de todos los cambios conscientes que modifican por completo la vida anterior, vacía, insegura, fatalista, plagada de errores. El avance consciente que resulta de ello devuelve poco a poco la confianza en sí mismo, al par que se experimenta plenamente y por primera vez –al menos esto ha acontecido en mí– la sensación de libertad interior, consecuencia lógica de la gravitación de los nuevos conocimientos en la propia vida.

102.     La selección de pensamientos es una de las funciones típicas de la facultad de pensar, la cual, con el auxilio de otras facultades, especialmente las de observar, razonar y recordar, escoge los pensamientos y combina y articula los elementos mentales que éstos contienen, con el objeto de crear otro pensamiento, idea, proyecto o imagen mas adecuados a lo que las circunstancias demandan a la inteligencia o al sentir del hombre.

103.     A los fines del autoperfeccionamiento que propugna la autognosis, la selección, extendiéndose a los pensamientos logosóficos que, como hemos dicho, contribuyen al despertar de la conciencia individual como puente entre ambos mecanismos mentales –el común y el superior– agiliza y vigoriza las funciones de pensar y razonar. Estas operan en beneficio del ser, como la raíz con que la planta humana extrae los elementos de la tierra de la realidad. La facultad pensante, en sus operaciones de selección y síntesis, elabora la “savia” de sus determinaciones destinadas a nutrir y desarrollar la vida inteligente hasta su plena organización.

104.     Se puede inferir ahora la importancia de la selección consciente de los pensamientos en la conducción lúcida y feliz de la existencia y en el perfeccionamiento integral de las condiciones humanas en todas las etapas de la vida.

105.     El desarrollo gradual de la función selectiva acelera de tal modo la actividad de los centros racionales del mecanismo pensante, que la selección previa de elementos se produce al cabo de un tiempo casi sin esfuerzo.

106.     Manejo de los pensamientos. La experiencia en la práctica de los conocimientos logosóficos me ha permitido observar que en la composición mental de cada pensamiento autónomo se halla envasada una finalidad acorde con su naturaleza. En la vida corriente son ellos los que influyen sobre la voluntad humana sin que se advierta. Por consiguiente en el espacio dimensional de sus pensamientos el hombre tiene en potencia fines de la más diversa índole. Los estímulos, al agitar esa zona, activan cuantos pensamientos les son adictos, promoviendo las situaciones que instante tras instante viven las personas.

107.     Por desconocimiento de esta inimaginada y estupenda realidad se producen las contradicciones, perturbaciones y desencuentros que a diario experimenta el ser consigo mismo y a menudo también con los demás. En párrafos anteriores citamos al tarambana, caso típico del individuo que no puede sustraerse al remolino de pensamientos con igual o semejante predominio sobre su mente y su voluntad pero con diferentes objetivos, convirtiendo su vida en inestable veleta. En mayor o menor grado todas las mentes, por lo común, se hallan o pueden hallarse expuestas a la fluctuación veleidosa de pensamientos autónomos con valor negativo.

108.     El conocimiento logosófico, al propiciar el encuentro del ser consigo mismo (autognosis), lo faculta para actuar sobre dichos pensamientos, desechando los que comprometen su estabilidad moral y psicológica, y seleccionar los que a su juicio contribuyen con mayor eficacia y naturalidad a la conducción del momento que se vive. Así, por ejemplo, en el campo donde desarrollo mi actividad profesional dispongo de un equipo de pensamientos que manejo con positivos resultados. No todos son frutos de mi propia inteligencia; a muchos de ellos les he cambiado simplemente la dirección convirtiéndolos en instrumentos pedagógicos de singular valor.

109.     Citaré uno. Los alumnos de la universidad donde ejerzo la enseñanza de las lenguas clásicas deben rendir mensualmente un examen parcial, cuyo promedio habilitará o no para llegar a un coloquio final en las asignaturas de su especialidad. Pues bien, en lo que a mí respecta, un tiempo antes señalo la parte de mis exposiciones que contiene la teoría de la prueba. Durante ese intervalo propongo una serie de ejercicios destinados adiestrar la inteligencia en el manejo de dicha teoría. Y aquí es, precisamente, cuando movilizo el pensamiento a que me había referido, pues los ejercicios de adiestramiento exigen mucha dedicación y empeño por parte del educando, que, para resolverlos, debe agotar prácticamente la dimensión teórica. Sé que más de uno se ha de pasar alguna noche en vela; pero luego, la prueba definitiva, sin exigir más de lo que normalmente corresponde, resulta para la mayoría juego de niños. Es que la realización previa, la que ellos consideraban ingenuamente medio, contenía el verdadero fin. Ni los límites de una preparación ni el fruto de un esfuerzo pueden medirse con justeza en el momento de una prueba, donde tantos factores negativos gravitan en contra del examinado. Lo humano y razonable es hacer cumplir la experiencia fuera de la experiencia misma, es decir, cuando la mente se halla libre de la presión de los pensamientos negativos y dispone de tiempo y medios para alcanzar un objetivo. Mientras no se superen los torpes procedimientos de la didáctica común el estudio continuará siendo una tortura, y las llamadas “disciplinas humanas”, por extraña paradoja, no dejarán de constituir inhumanas disciplinas. El docente logósofo sabe arbitrar los medios para salvar esos inconvenientes y obtener los mejores resultados. Y así, cuando observo que el estudiante advierte el juego de un recurso pedagógico, juzgo llegado el momento de guardar en mi escaparate mental el pensamiento que lo configuraba extrayendo del mismo uno nuevo para ellos y de diferente índole, que manejo para hacerle cumplir natural, humanitaria y eficazmente idéntico objetivo.

110.     Inconscientemente, ignorando que maneja entidades vivas, el hombre sin cultura logosófica lo hace a menudo y hasta con éxito. Pero la gimnasia mental, científicamente practicada, torna consciente esa función de la inteligencia, y en forma gradual y sin esfuerzo la extiende a todos los pensamientos constructivos, tanto propios como ajenos. Es lo que acontece con el ejercicio de los que provienen de la fuente logosófica, cuyo empleo diario va generando en cada cual una técnica propia. “Cada pensamiento creado por el saber logosófico –afirma  González Pecotche– es una enseñanza que, asociada a la vida, permite experimentar sus beneficios”. (LCM p. 86).

111.     Control de pensamientos. Esta operación mental, que resulta de las funciones combinadas de la razón y de la voluntad y que el hombre inconscientemente realiza a veces cuando hay un interés de por medio o influye especialmente alguna circunstancia favorable, se aprende a realizar a conciencia con las indicaciones del método logosófico.

112.     El  control mental se adquiere y desarrolla naturalmente como consecuencia de la conquista progresiva de una aptitud previa: la observación de pensamientos negativos y el estudio atento de las actuaciones que motivan. Espontáneamente surge entonces la necesidad de controlar sus manifestaciones para evitar desaciertos.

113.     ¿Cómo aprendí yo a realizar esta función? Al observar en mí una deficiencia –la impulsividad, por ejemplo– y comprender las molestias y aun las complicaciones que frecuentemente me traía sentí la necesidad de anular, o debilitar al menos, la fuerza del pensamiento causal. Con tal propósito busqué en las enseñanzas de Logosofía la indicación que me instruyera a ese respecto. Hallada ésta, comencé a ejercitarme con ella en el plano mental, reviviendo, mentalmente también, alguna escena correspondiente a mis actos impulsivos. Ahí podía verme en dos conductas diferentes: cómo obraba movido por la deficiencia y cómo debía obrar auxiliado por la indicación logosófica. En otros términos, cómo procedo y cómo deberé proceder en adelante. Adiestro, pues mi inteligencia conforme a esa indicación, mientras aguardo el momento de utilizarla en la experiencia real, tal como quedó indicado en un punto anterior. (1)

(1) Origen de los pensamientos. Cfr. “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, primera parte.

(1) 71 – Origen de los pensamientos

(1) Origen de los pensamientos. Cfr. “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, primera parte.

(1) 71 – Origen de los pensamientos

114.     Se infiere de ello que los pensamientos logosóficos van formando gradualmente la médula de la razón, estimulándola a cumplir, entre otras funciones básicas, las de controlar y neutralizar con eficacia la acción de los pensamientos negativos.

115.     Actúan, en este caso, de agentes psicodinámicos del método logosófico. No dan solución a los problemas, pero le señalan a la inteligencia el camino para hallarla. Otros, en cambio, contienen la solución, pero el que ha de emplearlos tiene que pensar la forma de adaptarlos al caso que encara. Evidentemente, el genial creador de la Logosofía conocía la mente humana como la palma de la mano. Por eso, el proceso autognósico constituye simultáneamente la tumba del haragán y el paraíso del inquieto; uno porque tiene la oportunidad de desprenderse de la mortaja mental de la inercia; el otro, porque se siente como pez en el agua.

116.     Si estos conocimientos fuesen llevados a la educación del niño y del joven, si tocasen la conciencia pedagógica de maestros y profesores, piénsese en los resultados que podrían alcanzarse y en la formación moral y espiritual que tendrían asegurada los hombres de mañana.

117.     Pensamientos propios y pensamientos logosóficos. Son pensamientos propios los que forja la inteligencia individual con la intervención directa de la facultad de pensar, coordinando y envasando en sus correspondientes unidades mentales los elementos concurrentes a su formación y desarrollo como entidades psicológicas. Entiendo por ajenos los que, habiendo sido generados por otras mentes, el entendimiento de cada cual los incorpora en su haber interno, seleccionándolos principalmente de entre las expresiones orales o escritas que los contienen. Así es como luego, los que conforman al juicio o al gusto personal, suelen ser usados como propios.

118.     Quien persigue como fin el conocimiento de sí mismo y la organización del mecanismo de su vida consciente sabe bien que los pensamientos logosóficos seguirán siendo para él pensamientos ajenos, puesto que su fuente generadora ha sido la inteligencia del creador de la Logosofía. Pero también sabe que el trato frecuente con esos pensamientos, altamente inspiradores y esencialmente útiles y prácticos, suministran a su facultad de pensar, por la acción inductiva de su manejo diario, elementos positivos y reales para crear sin esfuerzo pensamientos propios, cuyos quilates dependerán de la comprensión por él lograda respecto al saber y a la experiencia universal sustanciados en los pensamientos logosóficos.

119.     Así por ejemplo, el procedimiento de cómo se crea conscientemente un pensamiento propio, una vez estudiado, comprendido y experimentado habilita a la facultad de pensar como para elaborarlos por su cuenta. En el proceso de alguna de esas creaciones mentales todas las comprensiones anteriores, obtenidas por conducto del estudio, la reflexión, la observación, el análisis, la experimentación, etc., de otras enseñanzas logosóficas, actuarán como elementos coadyuvantes e inspiradores de la inteligencia y suministrarán a la facultad y a la función de pensar ingredientes básicos de diverso orden, que ésta, en colaboración con otras facultades, especialmente la de razonar, seleccionará para formar la imagen mental del pensamiento que habrá de animarla.

120.     Esto mismo, reiterado con palabras textuales de Raumsol, acabarán de aclararlo: “Al crear sus pensamientos, el estudiante de Logosofía lo hará obedeciendo siempre a la idea central del proyecto que persigue. El buen uso que haga de los pensamientos que animan las enseñanzas logosóficas le permitirá experimentar los beneficios de la fuerza constructiva que contienen, ya que en tanto éstos intervienen como auxiliares de la reflexión, facilitan la elaboración de las comprensiones con las que habrán de gestarse los pensamientos propios, que forjan las convicciones del ser”. (LCM p. 66).

121.     Los pensamientos propósitos. Al referirnos al origen de los pensamientos hicimos notar que la facultad de pensar, estimulada por necesidades, anhelos, aspiraciones, etc., elabora con los elementos de que puede echar mano la imagen mental de un pensamiento, al que el propio ser deberá cuidar y nutrir no sólo, para que no se desvanezca, sino para que asuma vida propia y le permita alcanzar el fin que le llevó a crearlo. Ese agente embrionario es el pensamiento propósito.

122.     En la vida corriente los seres forjan a menudo propósitos de toda índole, desde los más descabellados hasta los que suelen inquietar profundamente el espíritu. Empero no siempre culminan en realidades. Ello se debe –observa la Logosofía– o al escaso vigor de las energías destinadas a llevarlo a término o a la incompleta formación del propósito (LCM p. 57). A veces no sólo un hombre en particular sino la humanidad entera se muestra impotente para realizarlo. Así por ejemplo, el propósito de conocerse a sí mismo proviene de una vieja aspiración, que remonta a millares de años atrás. Embarcado en la fórmula grecolatina “gnothi seautón = nosce te ipsum”, viene navegando a través de más de veintiséis siglos, sin que, hasta el nacimiento de la Logosofía –año 1930–, haya tenido posibilidad de concretarse cabal y científicamente.

123.     Para llevar adelante la noble aspiración que lo alienta no basta aconsejar o inculcar –como Sócrates a sus discípulos– la necesidad de hacerlo, si no se le acercan también los conocimientos y el método adecuados al mismo. De ahí el fracaso del sabio griego y el de la posteridad. No obstante, la grandeza de la aspiración fue manteniendo latente ese propósito hasta que hoy, merced a la Logosofía, el conocimiento de sí mismo se ha convertido en lo que es para mí la más grande y  trascendente de las realizaciones humanas.

124.     Como también hicimos notar en puntos anteriores, este tópico logosófico se halla estrechamente vinculado a la reproducción de pensamientos y a la ley de conservación que los rige. La reproducción de un pensamiento, en este caso el que contiene el propósito de conocerse a sí mismo, tiene un doble objetivo:

a) El de acrecentar la energía mental que demanda el proyecto

b) El de permitir al pensamiento propósito que abarque una mayor  zona mental.

125.     Se comprenderá mejor lo que es logosóficamente un propósito si lo equiparamos con un envase o continente dentro del cual, mediante la función de pensar con o sin el auxilio de las otras facultades, de la experiencia, del estudio, etc., vamos depositando los contenidos que deben llevar ese propósito. Justamente a esto se refiere la Logosofía cuando habla de la necesidad de “Efectuar cultivos mentales” seleccionando elementos de la mayor nobleza posible a fin de que los pensamientos nazcan sanos y vigorosos en la matriz mental.

126.     En la elaboración de antideficiencias como asimismo en la formación de las defensas mentales, el estudiante, guiado por el método logosófico, llega a adquirir una pericia extraordinaria en la creación de pensamientos. El sueño dorado del hombre – poseer inteligencia creadora– hasta ahora privilegio de los genios, se realiza justamente por esta vía y, en mayor o menor grado, puede ser prerrogativa de quien se lo proponga, no bien aprenda a manejar las leyes universales como instrumentos de la función de pensar.

127.     Es que los conocimientos que sustancian la concepción logosófica son eminentemente psicodinámicos, promoviendo un rápido adelanto mental. Sería imperdonable y muy de lamentar que esta fecundísima fuente de saber no fuese examinada con el detenimiento que merece, pues es portadora del más significativo y trascendental mensaje que las leyes universales brindan al hombre.

128.     Volviendo al tema; en éste, como en todos los demás casos, es necesario cuidar que el propósito jamás se torne dominante o exclusivo como niño mal criado, por noble que sea la aspiración o la necesidad que lo sustancia. Deben dirigirlo siempre la razón y la conciencia, que, al evitar su absorción, harán que junto con otros de similar índole constructiva concurran a forjar una vida matizada, amplia, activa y feliz.

129.     Fruto hereditario del esfuerzo insumido en la realización de un propósito llevado a su culminación es la conciencia del camino o proceso (método) y la suma de los conocimientos obtenidos con el cultivo del mismo, que forman el saber. En adelante, sustanciará éste los movimientos de la inteligencia en la conducción de la vida y, junto con el método, servirá también para encauzar la vida de los demás. Así es como se conquistan los conocimientos que forjan al ser evolucionado y que gradualmente lo convierten en agente directo del bien universal.

130.     El pensamiento autoridad y sus funciones. Es éste el agente mental directo del que inicia su proceso autognósico y aspira a organizar el mecanismo de su vida consciente. El pensamiento autoridad, individual y propio, puede y debe ser creado por razones de disciplina y de orden. En efecto, las enseñanzas logosóficas referentes a la autognosis deben ser objeto de estudio, de práctica y de incorporación definitiva en la vida del ser, vale decir, en su conciencia, lo cual significa que el proceso de asimilación consciente de una enseñanza se realiza en tres etapas que se complementan entre sí, a saber:

Primera etapa. Sea nuestro objeto de estudio, p. ej., lo referente a pensamientos dependientes y autónomos. Se lo leerá con atención y se lo estudiará reflexivamente hasta que el entendimiento quede satisfactoriamente instruido sobre el contenido de eso mismo. Con esto culmina el primer tramo y se está en condiciones de iniciar el siguiente movimiento en el proceso asimilatorio de la enseñanza.

 

Segunda etapa. Logrado un objeto –en este caso la comprensión mental de la enseñanza tomada como ejemplo– cabe preguntarse para que sirve ese objeto. La inteligencia debe realizar entonces un segundo esfuerzo consistente en estudiar que uso práctico podría dársele a lo que se acaba de comprender. Por ejemplo, sabiendo ya como se reconoce el pensamiento autónomo y al que no lo es, proponerse efectuar una revisión de pensamientos, de una y otra índole, tal como se manifiestan en la vida diaria del interesado. A tal efecto, registrará en su libreta de apuntes los que accionan ya en su vida íntima, ya en la familiar, profesional, social, etc. Recién entonces estará en condiciones de apreciar cabalmente hasta dónde gobiernan su vida los pensamientos y hasta dónde es él capaz de gobernarlos. Ahora sí está preparado para efectuar el tercer movimiento.

Tercera etapa. Juega en ella la voluntad un rol protagónico y decisivo. Si en las etapas anteriores era la inteligencia la que presidía y encauzaba los esfuerzos del sujeto y la voluntad quien colaboraba con la misma, ahora  es ésta última la que oficia de proa y de motor, secundada por la inteligencia (voluntad intelectiva). Ser consciente de este hecho permite al interesado movilizar todas sus fuerzas haciéndolas converger, volcarse sobre la voluntad para que la inercia mental, bajo la forma del desgano, la indiferencia o el descuido (pensamientos esterilizantes) no hagan perecer el propósito que albergamos.

El experimentador –al menos esto sucedía en mí– en su comienzo habituado a los estudios corrientes, estima que el solo hecho de haber comprendido algo claramente lo capacita para actuar. En el campo de las ciencias físicas, naturales, matemáticas, etc., así es la cosa porque la aplicación generalmente es inmediata. Pero en el de la experimentación logosófica se puede llevar la sorpresa de que pase el tiempo y no haga nada que justifique sus esfuerzos anteriores. ¿Cómo se explica este hecho? Este hecho se explica por olvido involuntario de algo que se había aprendido en la etapa teórica, esto es, que los pensamientos autónomos se alternan en el manejo y dominio de la vida del ser. Así, tomada ésta por los que habitualmente imperan sobre ella, unos absorbiéndolo en sus tareas, otros entreteniéndolo, otros distrayéndolo con banalidades, el tiempo transcurre y el buen propósito queda postergado. Por eso manifesté al principio que la voluntad juega aquí un papel decisivo.

131.     Comprender no es saber. La comprensión es fruto del esfuerzo que el mecanismo inteligente realiza para atrapar la sustancia mental contenida en aquello que se está estudiando. Depositaria de la comprensión es la facultad de recordar. Pero como la memoria de esa comprensión aun no se ha conectado con la conciencia por no haber sido todavía aquélla asociada a la vida, la comprensión está expuesta a desvanecerse, esto es, a caer en el olvido. La conciencia es un principio activo propio del hombre que opera como elemento fijador de todo lo que lo impresiona o conmueve vivamente y de todo lo que se identifica con la vida. Para que el conocimiento pueda ser asimilado por el hombre, lo que se ha comprendido en el estudio y retenido en la memoria debe llevarse a la práctica, por ser ahí cuando interviene la conciencia como elemento fijador de lo que está haciéndose vida.

132.     Ahora bien; en el caso del interesado, como éste realiza sus estudios en la Institución Logosófica, el director del núcleo al cual pertenece, persona ya ducha en esto, le hace observar el hecho y la conducta a seguir. Se impone entonces la institución del pensamiento autoridad.

133.     ¿Qué función debe cumplir este pensamiento? Ya explicamos como se da vida a un pensamiento; veamos ahora el por qué y el para qué del pensamiento autoridad. Si la tercera etapa en la asimilación del conocimiento logosófico presenta dificultades por el hecho de que la mente y la voluntad son interferidas por pensamientos de viejo arraigo, se hace necesario instituir –como lo expresa textualmente la Logosofía– “un pensamiento con autoridad suficiente para dirigir todas las actividades comprendidas en la realización del plan que se propone”. “El pensamiento autoridad será en adelante el representante directo de la conciencia y el que encarnando las aspiraciones y decisiones del ser, mantenga, pese a las argumentaciones de la duda, la impaciencia y la resistencia de los viejos hábitos, el orden, haciendo cumplir la disciplina que impone el trato continuo con los pensamientos que acuden en auxilio del ser desde las fuentes del conocimiento logosófico. De esta manera –concluye la indicación– se evitarán interferencias molestas e inoportunas, o la ingerencia de tendencias extrañas a los altos fines de la evolución” (LCM págs.68-69).

134.     Hay pues una razón fundamental para instituirlo: no acciona todavía la conciencia individual, como lo prueba el olvido del propósito. ¿Para qué debe pues instituírselo? Para que, mientras ello no acontezca, la represente e impulse a la inteligencia a cumplir estas dos funciones:

a) Poner orden en la zona dimensional de los pensamientos, a fin de que éstos no interfieran los movimientos del mecanismo de las facultades.

 

b) Hacer cumplir la disciplina mental que presupone la determinación de realizar algo, vale decir, la práctica de lo que se ha comprendido.

135.     ¿Qué hecho demuestra la consolidación mental del pensamiento autoridad? La constancia de que ya tiene vida la acusa la sensibilidad misma del ser, pues cuando ese pensamiento ha quedado instituido gravita de tal modo sobre la voluntad que no deja tranquilo al ser hasta no realizar éste sus cultivos mentales en la práctica efectiva y comprobar los resultados. Si esa inquietud interna –evolutiva, en este caso– no se manifiesta cada vez que se planea una práctica es porque el pensamiento autoridad carece aun de vida propia. Por consiguiente debe concentrarse en él la atención por constituir el mediador en las realizaciones logosóficas. De ahí su imprescindible presencia en las actuaciones relativas al conocimiento de sí mismo.

136.     Pensar, recordar e imaginar. Pensar y pensamientos. Le es muy difícil al hombre sin cultura logosófica discernir respecto a cuándo piensa y cuándo no piensa. A causa de ello se confunde constantemente, figurándose que todo lo que sucede dentro de su mente se debe a la función de pensar.

137.     Así es como llama pensar al esfuerzo que la inteligencia realiza para atraer hacia un primer plano mental algo que necesita y que descuenta tiene dentro de su mente. Esta función no es la de pensar sino la de recordar y está a cargo de la memoria.

138.     También la confunde con la función de imaginar, que es la que proyecta sobre la pantalla mental las imágenes que por asociación voluntaria o involuntaria se han ido formando en su propia mente, desde las más coincidentes con la realidad hasta las más descabelladas. El desconocimiento de la configuración del mecanismo mental hace que la facultad de imaginar sea mucho más empleada por los pensamientos que por el propio ser. Un pensamiento de temor, de desconfianza, de celos, de lujuria, o cuya composición mental responda al interés, a la ambición, a la falsía, a la ilusión o a la credulidad, suele influir sobre la imaginación hasta las lindes de lo ridículo y aún de lo quimérico, con las elucubraciones taumatúrgicas que fomenta.

139.     Otra confusión frecuente es la creencia de que se está pensando en momentos en que se produce sobre el escenario mental un tráfico de pensamientos atraídos por algún alboroto interno, verbigracia, una ofensa, un desengaño, una reprensión, etc., que al ser experimentados, suelen provocar un enorme bullicio mental, con protestas, insultos, discusiones, gritos, amenazas, etc. sugeridos por los pensamientos y que, al repercutir sobre la parte somática de una persona, acaban por extenuarla o deprimirla; o a hacerle experimentar la sensación de que su cabeza  va a estallar o de que falta aire en el lugar donde se halla. Esta misma sensación suele también experimentarla quien, por no saber estudiar, abusa de su memoria.

140.     Por consiguiente, hay gran diferencia entre la función de pensar y la función de los pensamientos. Cuando el hombre piensa está realizando un acto creador, sabe por  qué y para qué lo hace; con qué elementos cuenta, etc. El mismo maneja su mecanismo mental y los pensamientos que su inteligencia convoca están al servicio del objetivo que la movió a pensar colaborando con ella. Si el que piensa tiene cultura logosófica, la función de pensar es tanto más serena y ordenada cuanto mayor es su adelanto mental, vale decir, su proceso interno.

141.     En cambio, cuando son los pensamientos los que se mueven por propia cuenta a causa de la autonomía que han alcanzado dentro del recinto mental, la mente, la voluntad, en fin, toda la vida del ser queda a merced de ellos. La acción que ejercen luego sobre la voluntad de una persona es tal, que puede llegar ésta a cometer, por sugestión de los mismos, las más lamentables ligerezas. ¿Cómo se explica, si no, que alguien, no queriendo decir o hacer ciertas cosas por comprender que está mal, las dice sin embargo o las hace, para experimentar luego ese característico reproche interno que le dirige su propia conciencia?

142.     El llegar a establecer claramente la diferencia a que me he estado refiriendo, constituye una de las más importantes realizaciones autognósicas, porque una vez  que el aspirante al conocimiento logosófico ha superado esa situación, el camino para alcanzar otros objetivos de mayor alcurnia se halla expedito para él.

SISTEMA SENSIBLE

143.     Otra parte de la autognosis comprende el conocimiento y organización del sistema sensible, como denomina la Logosofía a lo que hasta ahora se llamaba simplemente sensibilidad. Su asiento físico es el corazón; al que nuestra ciencia define como “centro regulador de la vida psíquica del hombre.” (LCM p.71). Consta de una parte autofuncional –la sensibilidad propiamente dicha– y de un campo, zona o “espacio dimensional de los sentimientos” (id.ibid.). El sistema está, pues, configurado a) por el mecanismo de la sensibilidad;  b) por los sentimientos.

144.     Mecanismo de la sensibilidad. Lo integran las facultades de sentir, querer, amar, sufrir, compadecer, consentir, agradecer y perdonar, a las que el conocimiento logosófico activa y educa en forma consciente para cumplir sus funciones reguladoras de la vida psicológica.

145.     ¿En virtud de qué entra en función el mecanismo de la sensibilidad? Concretamente, responde la Logosofía: a) por impresiones; b) por emociones; c) por estímulos; d) por necesidades internas; e) por exigencias del espíritu; f) por influencia de los pensamientos. La palabra logosófica, p. ej., sobre todo cuando se la escuchaba directamente de su fuente, solía estimular cualquiera de esas causas, y aun todas en conjunto, según fuera la resonancia que producía sobre los centros mentales y sensibles de quienes escuchábamos a su insigne autor. Otro tanto ocurre cuando se la estudia y se la comprende, y, más todavía, cuando se la emplea con éxito.

146.     Cabe señalar aquí uno de los estímulos más directos de la sensibilidad: la función de pensar. Tomando mi propio caso como elemento ilustrativo, recuerdo que antes de conocer Logosofía, y aún en los primeros tiempos del estudio de esta ciencia, muchas cosas, hechos, episodios en fin, de la vida, pese a tocarme más de una vez en forma directa me encontraban indiferente, frío, insensible. Pero la acción autognósica de la enseñanza y los progresos en mi proceso interno, al estimular mi inteligencia para aprehender y penetrar en cuanto se hacía presente a mi observación y entendimiento, fueron disolviendo la capa de hielo mental que envolvía mi sentir hasta que la conexión entre los dos centros polares de mi organización psicológica se establecía no bien entraba en función mi facultad de pensar (Véase la primera flecha del Anexo I) Desde entonces comprendí que la paralización o la poca movilidad del sistema sensible se debe en gran parte a la paralización o  la escasa movilidad de la facultad de pensar. Cuantas veces, al observar la indiferencia de un semejante frente a ciertos episodios, yo mismo he provocado su reflexión mediante algún recurso que las circunstancias mismas me inspiraban, y he visto confirmado de inmediato cómo se establece esa conexión entre ambos sistemas, respondiendo su sensibilidad o sus sentimientos al movimiento de su inteligencia.

147.     Un hecho que todos solemos experimentar sin advertirlo lo prueba claramente. Acontece al estudiar. En efecto; frente a una dificultad provocada por algo que penetra en nuestro entendimiento hacemos un esfuerzo mayor por superarla. Revisamos la cuestión, la razonamos, cotejamos elementos, los coordinamos, etc. Finalmente, la luz de la comprensión se hace en nuestro recinto mental. ¿No sentimos nada en ese momento? Claro que sí; una alegría, tanto más grande cuanto mayor ha sido el esfuerzo mental, nos invade llenándonos de satisfacción. Observemos también que, debido a nuestros hábitos pedagógicos, objetivos y rígidos, los docentes, desconociendo el instrumento del que aprende, o sea su organización psíquica, sólo atendemos, en el mejor de los casos, a la captación mental del educando sin reparar ni acordarnos siquiera que también posee una naturaleza sensible. Pero ocurre que, así como la función crea al órgano, la no función lo debilita y hasta lo atrofia.

148.     Observemos también cuánto más fácil resulta a una persona exponer lo que ha comprendido que exponer lo que ha sentido.

149.     Lo extraño es que esos hechos reiterados con tanta frecuencia no hayan llamado debidamente la atención de los especialistas, como si tampoco ellos pensaran o fuesen indiferentes a esa indiferente postura humana.

150.     En las sedes culturales de la Fundación Logosófica el afecto se percibe y se vive con la misma naturalidad y fragancia con que se percibe el aroma de las flores. No es lo mismo sentirse feliz que percibir, que ser consciente de ese estado interior, y más aún, saber que el bienestar y la alegría surgen espontáneos del corazón humano cuando la comprensión se ha hecho en la mente tras haber alejado con una oportuna reflexión las sombras que habían alterado la calma.

151.     Cuando la mente se halla tranquila y serena nuestro sentir fluye naturalmente anegándonos de plenitud. Por eso, para desarrollar el afecto, la enseñanza logosófica pone de acuerdo no el corazón sino la mente de los hombres. Ahí radica el gran secreto en la armonía de las relaciones humanas.

152.     De lo expuesto surge como consecuencia que, andando bien la mente, anda bien el corazón. Que, cuando los pensamientos negativos hacen perder el control, los sentimientos suelen correr graves riesgos. Esta misma reflexión, ¿no ha conmovido, acaso, aunque sea fugazmente, el sentir del lector?

153.     En general, entiendo que el universo, la creación, el hombre y las cosas del hombre constituyen fuentes mediatas de manifestaciones inmediatas de aquellas cualesquiera seis causas eficientes de la sensibilidad. Pero por desconocimiento de ese mecanismo sensible y de las funciones de sus facultades el hombre se va hundiendo en la materia, y, por otro lado, la exaltación de las pasiones, los intereses y las ambiciones personales, lo mismo que la intolerancia, el servilismo y la soberbia insensibilizan y anulan su sentir.

154.     La cultura logosófica activa y regula los centros generadores del afecto y se constituye, desde un principio y mucho antes de que la razón llegue a comprender el valor y trascendencia de sus conocimientos, en el alimento básico de la sensibilidad, agostada por el crudo materialismo de la vida actual. De ahí la conmoción del alma, que experimenta la sensación de un verdadero renacimiento interno. Así es como, simultáneos con las primeras constataciones de las verdades logosóficas, el ser advierte que ciertos sentimientos, si bien embrionarios, comienzan a gravitar en su vida con el color y el aroma de las flores naturales brotadas espontáneamente al calor de la vida que se renueva.

155.     Cómo se forma un sentimiento.  Para la Logosofía los sentimientos son los agentes de la sensibilidad y, aunque dependen de ella, reciben el influjo energético del mundo mental. Así como la facultad de pensar es la fuente creadora de pensamientos, la de sentir tiene a su cargo la formación de los sentimientos. Estos se gestan y nacen dentro de su sistema con o sin participación de la conciencia. El conocer claramente esta diferencia es de gran significación, ya que no sólo permite su cultivo inteligente sino también la prerrogativa de preservarlos, acrecentarlos y ennoblecerlos.

156.     Nuestra ciencia advierte que “los sentimientos se perpetúan por el estímulo incesante de la causa que les dio origen”. (1) En virtud de ese estímulo –explica– los sentimientos se arraigan y afirman en el alma. Por el contrario, se debilitan o anulan si el estímulo se desvanece o si pierde el influjo vital que lo animaba. (1) LCM p. 73.

157.     Supongamos que al iniciar los estudios logosóficos una persona presenta esos rasgos típicos del introvertido; es reservada, taciturna y tiende a aislarse. Al poco tiempo comienza el estudio de la autognosis logosófica y con ello principia a darse cuenta de muchas cosas de su vida mental que hasta entonces no advirtiera. Se da cuenta, p.ej., que no tiene amigos, y, por contraste, observa cuán amigos son entre sí los demás cultores de la Logosofía y cómo se esfuerzan por acercarse a él. Se da cuenta que en él debe haber una falla, que en su mente algo no anda bien. Hecha la consulta e impuesto debidamente de su personal situación comprende que debe cultivar la amistad y resuelve hacerlo conscientemente. Tal decisión ha provenido, lógicamente, de una necesidad: la de cambiar una modalidad negativa que le impide tener amigos y sentir la amistad. En su mente ha surgido pues un propósito: cultivar la amistad. Pero el solo propósito no basta; hay que ponerle dentro los ingredientes psíquicos que determinan su cultivo. Acude entonces a la enseñanza logosófica correspondiente al caso, y descubre que los elementos constitutivos de la amistad, los que le permitirán incoar el cultivo de su propósito, son básicamente tres: simpatía, confianza y respeto. Investiga también  qué se entiende logosóficamente por cada uno de ellos. Envasa pues mentalmente dentro del contenido mental del propósito esos tres elementos, cuya comprensión posee como fruto de su estudio, y comienza el cultivo inmediato de los mismos por vía experimental. Al esforzarse por actuar conforme a ellos advierte enseguida que es correspondido por los demás, como si una ley (luego verá que, en efecto, la ley universal de correspondencia se ha hecho presente) estuviera rigiendo ahora su conducta. Su sentir no puede ya permanecer indiferente al influjo de la misma y, con las sensaciones gratas que experimenta en virtud de su nueva conducta, su sensibilidad se conmueve y la facultad de sentir va elaborando, estimulada por esas sensaciones, el sentimiento que configurará la amistad.

158.     Obsérvese que este factor psíquico tiene asiento en la mente y en la sensibilidad. En la mente, como pensamiento constituido por los tres ingredientes básicos mencionados; en la sensibilidad, como sentimiento elaborado por condensación y fijación en el plasma mental de lo  “segregado” por las facultades de la sensibilidad que han intervenido en este hecho de la vida sensible.

159.     Pero no acaba aquí el proceso, porque los elementos que integran el propósito, constituido ya en agente mental vivo, esto es, en pensamiento, han despertado también la conciencia del sujeto  –o sea la conciencia individual– a tan grato y fecundo acontecer mental. La asociación del pensamiento a la vida propicia la absorción gradual de sus elementos característicos por parte de la conciencia, hasta desaparecer como ingredientes mentales y aparecer como expresión consciente. La imagen que se me ocurre más ilustrativa es la del huevo y la incubadora. El huevo mental (pensamiento) está fecundado por un propósito (el cultivo de la amistad, en este caso). La incubadora es la mente; el calor de la incubadora está representado por el movimiento o actividad que el sujeto imprime a su pensamiento y el trato y atención que le dispensa. Poco a poco, las partes constitutivas de ese huevo, esto es, la clara y la yema, van desapareciendo como tales pero originando al mismo tiempo una cosa nueva. Por último del huevo inicial solo queda el cascarón, su contenido ha desaparecido y un ente vivo, el pollo, surge de él. Del mismo modo, el proceso de realización del propósito culmina cuando su contenido se ha transubstanciado en vida interna, es decir, en vida consciente. Lo que alienta y da calor a esa expresión de vida es su correspondiente sentimiento. A su vez lo que protege, defiende y dirige ese hálito psíquico de los atropellos internos y externos del tráfico mental, es la conciencia que opera sobre el sistema mental. El libro sobre las “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano”, constituye, a mi juicio, el laboratorio logosófico que permite plasmar todas estas profundas y significativas realidades humanas que espiritualizan notoriamente la vida del hombre.

160.     Mientras el ser avanza en el conocimiento de sí mismo, su inteligencia, al tomar contacto con estos agentes de la sensibilidad, le hace comprender la conveniencia de mantenerlos, acrecentarlos, de nutrirlos con el alimento del saber causal y de ennoblecerlos con actuaciones fecundas. Así p.ej., la necesidad natural de hacer partícipes a otros seres de la fuente de bien logosófica con la cual está uno perfeccionando su vida, lo mueve a conservar, desarrollar y enaltecer su sentimiento humanitario, gestado por la facultad de sentir y el estímulo de una exigencia de su propio espíritu.

161.     En mi experiencia logosófica he podido observar que con los sentimientos acontece lo que con las flores: tras la que ya se ha abierto despuntan los botones de otras. Pero, a diferencia del vegetal, las flores de la planta humana sólo mueren cuando el ser ignora el secreto que hace perdurar su lozanía “Los sentimientos –afirma González Pecotche– se perpetúan por el estímulo incesante de la causa que los ha originado” (LCM p. 73). Si esa causa es, como hemos dicho, la necesidad de ayudar al semejante, los estímulos que se experimentan con cada actuación jerarquizan y ennoblecen el sentimiento humanitario. Y, tras éste, otro sentimiento, el altruismo, impulsa al egoísta de otrora a borrar hasta las más imperceptibles huellas de esa torpe propensión mental.

162.     El reconocimiento del bien recibido da origen a la gratitud, uno de los sentimientos más nobles que alienta el corazón humano. Tras la gratitud viene el afecto, como agente fijador de las relaciones humanas, y la lealtad, su compañera inseparable.

163.     Los movimientos conscientes de la facultad de perdonar estimulada por la comprensión hacen brotar la tolerancia y la indulgencia, que tanto humanizan al hombre cuando sabe hacer buen uso de estos agentes de su vida interna.

164.     ¿Y cómo sabe uno que hace buen uso de sus sentimientos? Cuando observa el efecto constructivo que ha promovido en el semejante. Por ejemplo, si el que respeta es a su vez respetado, el que tolera tolerado, el que perdona perdonado, etc., no cabe duda de que los sentimientos que alientan esos actos se emplean bien, pues, de lo contrario la ley universal de correspondencia no se manifestaría en la relación de semejante a semejante.

165.     Cuando el ser aprende a corregir sus deficiencias, fuente de errores e infortunios, los pensamientos que moviliza para neutralizarlas, al estimular naturalmente los resortes de su misma sensibilidad, van generando sendos sentimientos, o, como dice la Logosofía, en bella y expresiva metáfora, refiriéndose sin duda a este hecho: “los sentimientos son pensamientos condensados en el corazón”.

166.     Siendo el conocimiento de sí mismo el encuentro e identificación del ser con su propio espíritu, pensemos ahora en la trascendencia que asumiría para la vida humana si la educación intelectual y física de niños y jóvenes se enriqueciera con la educación espiritual que resulta del cultivo de los conocimientos logosóficos. Se experimentaría entonces la agradable sorpresa de comprobar que la cultura del espíritu influye rápida y eficazmente en el perfeccionamiento de los demás aspectos de la educación, tornándola integral y plena, espiritual y humana.

SISTEMA INSTINTIVO

167.     A los fines del conocimiento de sí mismo la doctrina logosófica completa el cuadro de la configuración psicológica del hombre presentando el estudio de su región instintiva, ubicada en la parte subabdominal de la figura humana. Organizada también en función de los conocimientos logosóficos asume la categoría de sistema.

168.     Los tres sistemas psicológicos –mental, sensible e instintivo– constituyen, pues, los centros internos generadores de las energías psíquicas del individuo, alternándose en sus funciones. Según las circunstancias y las causas que obren en él como estímulos, puede producir energías mentales o intelectuales, anímicas o sensibles e instintivas o pasionales.

169.     En las primeras edades –explica la Logosofía– las energías del instinto eran las únicas defensas del hombre para la supervivencia. Esto también era y sigue siendo propio de los animales, pero el hombre fue diferenciándose de ellos desde un comienzo por disponer, aunque embrionario entonces, de un órgano mental capaz de registrar las imágenes ofrecidas a su percepción por la vida primitiva. Fue así como empezaron a grabarse en su retina mental escenas de ferocidad, de lujuria y de temor, entre otras, que, al cobrar vida por influencia de las energías emanadas de sus centros instintivos, le propiciaron las primeras representaciones mentales animadas, vale decir, los primeros pensamientos que poblaron las reducidas dimensiones de su espacio mental; todos, naturalmente, de composición psicológica instintiva.

170.     Pero con el correr de las edades y ya en plena civilización, las energías del instinto, lejos de ceder su imperio a los centros más elevados de su naturaleza racional y sensible y favorecer el desarrollo de su ente espiritual y consciente, hicieron al hombre impotente para controlarlas, por falta de conocimientos efectivos con qué educar sus resortes mentales y crear la conciencia de sí mismo. Es por eso que, hasta la aparición de la Logosofía, el instinto, carente de educación superior, ha obrado como elemento perturbador, trabando el movimiento de los mecanismos mental y sensible y retrasando, alarmantemente ya, el proceso de desenvolvimiento integral de la especie, razón por la cual la responsabilidad prácticamente no existe como manifestación consciente en la conducta humana. Detenerse unos instantes a contemplar el panorama mental del mundo, desde las más altas esferas hasta las más modestas en que la vida se desenvuelve, bastará para salir de duda.

171.     Las energías que mueven los resortes del instinto –sostiene y ha demostrado acabadamente la Logosofía– se han opuesto siempre a las demandas circunstanciales de los otros dos sistemas, siendo ello el motivo central de las grandes perturbaciones que en los órdenes interno y externo ha venido sufriendo el hombre hasta aquí. Y si a esto se suman todos los pensamientos adláteres generados por el predominio mental de los tres citados, relativos a la vida mental primitiva, veremos la razón que asiste a la Logosofía desde sus pronunciamientos iniciales. Pienso, por mi parte, que la ferocidaddebió haber propiciado, desde épocas remotas seguramente, la herencia nefasta del odio, la venganza, la falsedad, la envidia, la soberbia, la obstinación, la desobediencia, la susceptibilidad, la ira y todo cuanto puede enumerarse bajo el rótulo de impiedad; que la lujuria  ha debido ser en infinidad de casos la nodriza mental de los celos, la codicia, el rencor, la impulsividad, la inconstancia, la frivolidad, la fatuidad y todas las formas que asumen las licencias y debilidades humanas; que el temor ha de haber prohijado en las mentes, ¡vaya uno  a saber desde cuando! la credulidad, la cobardía, la hipocresía, la ilusión, el engaño, la rigidez, la adulación, la falsa humildad, la impostura, el fanatismo y la extensa gama de pasiones que tanto han contribuido a envilecer, a limitar y a empequeñecer hasta lo ridículo al soberbio y microscópico súbdito, llamado presuntuosa y prematuramente “rey de la Creación”.

172.     Todo esto y mucho más aún, constituye la inculta herencia del instinto, definida actualmente –explica Raumsol– como reacciones psicoemocionales de características violentas e innobles que, al agitar los resortes instintivos, cobran fácilmente la forma de pasiones, a las que el instinto les transmite sus impulsos desenfrenados. Así, cuando estudiaba mis propias reacciones instintivas, puede observar claramente la paralización de mis centros racionales y sensibles motivada por un transporte de violencia, donde la reflexión queda prácticamente anulada, desconectado el sentir e inmovilizados los sentimientos. He podido percibir también el dolor de la sensibilidad abatida por la obstinación mental en sus irreflexivos desplantes temperamentales.

173.     Pero no bien encauza la educación logosófica las energías del instinto y el sujeto las conecta con sus centros racionales y sensibles, la fuerza ciega que las rige se transforma en fuerza inteligente, como la energía hidroeléctrica obtenida con el embalse de un torrente (Véase , Anexo I, referencia 3).

174.     Es oportuno preguntar entonces cómo se encauzan las energías del instinto en beneficio de la evolución consciente. Veamos. Alguien experimenta un arrebato de ira; grita descontroladamente, amenaza, castiga o es castigado. Vuelto a la normalidad, es común verle asumir una postura de ofendido, si en su desplante llevó la mejor parte, o a la de rencoroso si terminó mal parado. Difícilmente a consecuencia de ello se produzca en él alguna reflexión fructífera y aunque así fuera, la posición rígida que le hacen adoptar los pensamientos reaccionarios le eclipsarían la parte medular de esa vivencia. Por otra parte, aun reconociendo en sí la existencia de un defecto ¿cómo podría corregirlo, sin saber que es un ente psicológico animado el agente mental que lo produce?

175.     En la vida logosófica esa misma vivencia estudiada con cuidado resulta altamente aleccionadora, pues, al revivirse en el recuerdo, propicia la observación reflexiva. Y las conclusiones de ese examen son siempre fecundas porque estimulan la labor interna. En consecuencia, las actuaciones deficientes, las fallas del temperamento y las reacciones pasionales, constituyen para el logósofo la realidad viva y la materia prima en donde ha de esculpir los rasgos nobles de su futura imagen arquetípica, con la ayuda invalorable de los elementos contenidos en las enseñanzas y el método logosóficos.

176.     Cuando las circunstancias favorecen la conducción de la vida es fácil hacer gala de entusiasmo y sentirse optimista, pero que se haga lo mismo cuando el ánimo se ha venido abajo y no se sabe cómo ponerlo en pie nuevamente. El método logosófico enseña a aprovechar las energías del instinto para activar los mecanismos psicológicos superiores con un fin catártico y consciente al mismo tiempo. Todo ello es posible porque el conocimiento de sí mismo pone al ser en cada experiencia frente a una faz inculta de su propio ente psicológico. Toda aspereza de la personalidad que logra desbastarse y pulir propicia la manifestación de un rasgo espiritual que se va perfilando en la escultura psicológica.

METODOLOGIA DEL CONOCIMIENTO DE SI MISMO

177.     Con respecto al método logosófico he hecho referencias diversas en los puntos anteriores. Expondré ahora los lineamientos del mismo, tal como lo entiendo y practico en el curso de mi proceso interno.

178.     A los fines del conocimiento de sí mismo el método logosófico es muy amplio. No abruma ni exige, como los métodos corrientes, llenar una medida inflexiblemente prefijada. El estudio y práctica de un conocimiento se extiende a todo el tiempo que requiere su asimilación por parte de cada cual. Pero como los conocimientos logosóficos tienen por destino la vida interna individual, estimo oportuno referirme al uso que yo mismo hago de este método, tan amplio, humano y accesible.

179.     En la práctica, el método logosófico presenta dos etapas diferentes, pero de complementación mutua y necesaria; a) la teórica o instructiva; b) la experimental o educativa.

180.     Etapa teórica. Se estudia un tema hasta comprenderlo claramente. Logrado ese objeto, se ideará la forma de llevar inmediatamente al campo de la práctica lo comprendido . Obsérvese que en esta etapa del ejercicio del método el conocimiento logosófico está operando de fuera adentro. Por eso la he denominado “instructiva”, pues la materia mental es ajena: viene de fuera adentro. La labor personal consiste en ordenar dentro de la propia mente lo que el entendimiento haya atrapado, hasta formar la imagen mental de una comprensión.

181.     Etapa experimental o educativa. Por intermedio de esa imagen, que representa la comprensión teórica realizada por la inteligencia, se pueden arbitrar ya los medios para comprobar su viabilidad, vale decir, los alcances efectivos de su aplicación concreta en la vida diaria de cada cual, conforme a la indicación logosófica de “experimentar lo que se ha estudiado”. El resultado inmediato puede ser positivo o negativo. En este ultimo caso, como la práctica de la enseñanza es controlada en la Fundación Logosófica por personas avezadas en el ejercicio del método, se puede recibir de ellas las indicaciones que harán finalmente positivo el resultado. Con esto ya se halla uno en condiciones de asociar la enseñanza a la vida, seguro de su eficacia. Aquí se puede observar bien cómo el conocimiento, que en la etapa anterior había operado de fuera adentro, fluye ahora por comprensión real, es decir, a través de la conducta, de dentro a afuera.

182.     A esta segunda etapa la considero “educativa” porque adiestra ininterrumpidamente la inteligencia, los pensamientos, la sensibilidad y los sentimientos, renovando sin cesar la vida con el cultivo de los valores que van integrando el haber consciente.

183.     La etapa experimental tiene como campo de acción la vida del propio experimentador en los terrenos o zonas donde se desenvuelve y que, con las determinaciones inherentes a cada cual, comprende los siguientes espacios: a) mundo interno; b) mundo externo o circundante; c) mundo logosófico; d) mundo metafísico. En estos cuatro espacios debe observar atentamente lo que hace y piensa en función del objetivo impreso en su pensamiento autoridad, que, como dijimos, se concreta en la superación consciente de sus estados psicológicos y en la educación de sus facultades y pensamientos. Los instrumentos básicos de esta imponderable realización, dijimos también, los constituyen las facultades de observar, de razonar y de pensar, a cuyas funciones remítese la conexión consciente del ser con sus pensamientos, sus palabras y sus actos.

184.     Mundo interno. Corresponde a la intimidad del ser. Talón de Aquiles de la Filosofía, el “si mismo” abre sus puertas herméticas hasta hoy por el imperfecto conocimiento de la configuración psíquica del hombre y su ignorancia de los agentes de la vida mental, los pensamientos. A causa de ello la conciencia, factor clave en el conocimiento y organización de la vida interna, no pudo responder a las aspiraciones humanas ni pudo impedir que los afanes de sabios y filósofos naufragasen en un mar de conjeturas, teorías y quimeras. El conocimiento logosófico es el hálito mental que toca directamente a la conciencia, la despierta y gradualmente le va haciendo alumbrar los más recónditos confines de la vida interna. Hecha pues la luz en su mundo interior, puede uno movilizar las facultades de su inteligencia en actuaciones de trascendental significación para la vida. Por mediación de la conciencia es lícito a la observación captar, al entendimiento ver y a la razón analizar la índole y dirección de todos los pensamientos que animan los actos y palabras, considerándose lúcidamente las dimensiones de su compatibilidad o incompatibilidad con la imagen de lo bueno, de lo útil y de lo honesto que cada cual haya logrado instituir como fruto de la comprensión en sus avances conscientes.

185.     Tampoco le pasan ya inadvertidos sus diferentes estados mentales, temperamentales y pasionales, las variaciones del ánimo y la oscilación de sus sentimientos como consecuencia de su arraigada inestabilidad mental, que gradual y pacientemente va superando. Sucédense así, ininterrumpidamente, una serie de cambios positivos resultantes de la educación consciente de sus mecanismos mental y sensible con participación de su espíritu, cuya intervención en la vida íntima del ser se manifiesta en la espiritualización gradual de su propia psicología.

186.     La espiritualización del hombre, o sea la participación activa del espíritu en su vida diaria, se produce gradualmente por eliminación de deficiencias. Se trata pues de un hecho natural y lógico. Las deficiencias deshumanizan y materializan a quien las padece; las eficiencias, en cambio, lo humanizan y espiritualizan. La superación y el perfeccionamiento muestran, a través de sus etapas, la espiritualización progresiva del hombre.

187.     Mundo externo o circundante. Lo configura todo cuanto rodea al ser: su vida familiar, social, profesional, etc. El campo familiar, especialmente, ofrece a su observación interna un amplio panorama, en el que puede descubrir las causas de sus reacciones, desencuentros, caprichos y predisposiciones negativas de todo orden. Ahí es donde se puede ver claramente cómo ciertos pensamientos, por falta de defensas mentales, influyen desfavorablemente sobre el sistema sensible torturando y aun destruyendo sentimientos. Pero es ahí también, en ese fecundo campo de observación y estudio, donde se pueden alcanzar las más resonantes victorias sobre la parte menos culta del ser: los instintos y pasiones.

188.     El orden social se le ofrece, entre otras cosas, como el altímetro de su crecimiento interno. Mientras las personas de nuestro habitual trato permanecen por lo general estáticas psicológicamente, con los mismos hábitos, las mismas prevenciones, los mismos defectos y rarezas, el acrecentamiento y flexibilidad moral y espiritual del logósofo presenta un vivo contraste entre lo inmóvil y lo que se renueva cada día. Ello se explica por las características rutinarias de la mente común. La autognosis logosófica hace al hombre consciente de esa falla, y así, la única rutina que voluntariamente se permite a sí mismo es la rutina contra la rutina.

189.     Mundo logosófico. El selecto ambiente donde se imparte la enseñanza logosófica es un laboratorio y gimnasio mental a la vez, donde el ser aprende a realizar todos sus cultivos internos y a forjar una vida noble y digna. La tolerancia, la paciencia, el respeto, la discreción y sobre todo el afecto, hecho ley en los dinámicos centros de cultura logosófica, permiten atisbar la maravilla de la existencia humana cuando sus verdades se hayan consagrado en ella como factores causales de la vida superior.

190.     Mundo metafísico. Es la zona impoluta de las realidades permanentes donde – según afirma la Logosofía en la palabra de su creador– encuentra el hombre la justificación de todo lo que antes le fuera incomprensible, y descubre los vastos desarrollos del espíritu en conexión directa con la evolución consciente de su propio ser. (MVC p. 57).

191.     He presentido la existencia de ese mundo, antítesis del quimérico, la primera  vez que logré captar en mi propia vida la manifestación de las leyes universales. Asomado apenas a ese mundo pude advertir sin inconvenientes que la fatalidad, el supuesto destino preestablecido, el azar, etc., en modo alguno constituyen realidades externas al ser, antes bien, la proyección que su misma ignorancia, cebada con sus propias deficiencias psicológicas, proyecta sobre su pantalla mental el conjuro de absurdas creencias que paralizan la función de pensar y llenan la mente de imágenes antinaturales, vale decir, quiméricas. En todo cuanto de él mismo depende no hay pues casualidad sino causalidad.

192.     Y como las leyes, por ser tales, sancionan sin discriminación de si se las conoce o no, puede un pensamiento dominante, la obstinación por ejemplo, descalabrar la vida de un emperrado y atribuir luego éste a la fatalidad o al destino, y no a lo que él mismo se ha labrado con su contumacia, la causa de su infortunio final. En realidad, su insospechada violación de la ley universal de causas y efectos es quien lo ha sancionado.

193.     El método logosófico, al llevar las experiencias al mundo causal, permite al hombre conocer, respetar, adaptarse y finalmente regir su existencia en función de las leyes que gobiernan la vida mental, hecho éste que lo habilita a convertirse en artesano y, quizá mas tarde, en artífice de su propio destino.

194.     Ante los progresos de la observación y percepción conscientes, poco a poco se desvanece la estrafalaria figura del azar, reemplazada gradual y progresivamente por la imagen universal, real y eterna de la causalidad.

195.     Los fundamentos del método logosófico se hallan principalmente expuestos en el Cap. VII de “El Mecanismo de la Vida Consciente” y en la lección VIII de “Logosofía, Ciencia y Método”. Por su parte, el “Curso de Iniciación Logosófica” (pags. 15 a 41) detalla la didáctica del mismo. Además, la primera parte de “Deficiencias y Propensiones del Ser Humano” contiene la metodología de las mismas. Debo, eso sí, señalar que toda la bibliografía logosófica se halla saturada de indicaciones metodológicas.

196.     En Logosofía, ciencia y método resultan inseparables. Son como  dos ruedas que, aplicadas al vehículo de la evolución, o sea al propio interesado, le permiten cubrir metódica y conscientemente las etapas que jalonan el desarrollo de la vida superior conforme a lo que establecen y permiten las leyes universales en relación con las características y aptitudes inherentes en cada individuo, como receptáculo natural y vehículo voluntario de las mismas.

197.     En función del método los conocimientos logosóficos se transubstancian en aptitudes conscientes. La calidad de esas aptitudes, lo mismo que sus características, son resultados exclusivamente individuales, como podrá inferirse de cuanto he dicho al respecto. Las aptitudes individuales representan, pues, la parte de conocimiento logosófico hecha vida en virtud de la índole de cada cual combinada con las características psicodinámicas del método.

198.     Pero las aptitudes individuales se van también  perfeccionando mientras el ser ofrezca posibilidades a la inducción fecundante de la ley de evolución. Por consiguiente, las características propias de esas aptitudes muestran los grados de comprensión que va alcanzando el sujeto evolucionario a través de su proceso interno.

198 bis.    Veamos un hecho típico de la vida estudiantil. ¿Sabe estudiar el joven? Obvia la respuesta. ¿Por qué no sabe estudiar? Porque no sabe pensar. Bien, ¿Por qué no sabe pensar? Porque se le enseña de todo, menos esa función básica de la existencia racional.

No  saber pensar implica de hecho no saber estudiar. Además, como no se sabe pensar y estudiar, la función de aprender, consecuencia lógica de las dos anteriores, se cumple deficientemente.

Pero no acaba ahí la cadena. Lo mal aprendido es también mal realizado. Una de esas realizaciones puede ser p. ej., la función de enseñar; no se puede enseñar bien lo que no se aprendió bien. He ahí el permanente “circulum vitiosus”, mal crónico en todos los establecimientos de enseñanza

El método logosófico propicia el desarrollo y dominio profundo de las cuatro operaciones básicas de la aritmética mental: pensar, estudiar, aprender y enseñar (1), origen de todas las realizaciones conscientes y fecundas. Operaciones que se aplican indefectiblemente a cuantas dificultades, problemas o inconvenientes  la vida diaria nos plantea.

(1)  CIL p.16.

Si estas aptitudes no se desarrollan, ¿qué ocurre? Ocurre lo que nadie ha dejado de experimentar: la vida se va sumiendo poco a poco dentro de los problemas. El que sabe realizar estas funciones procede al revés: ubica los problemas dentro de la vida. He ahí la diferencia, la gran diferencia entre quedar atrapado por las dificultades o saber ubicarlas, enfrentarlas y resolverlas.

La falta de desarrollo y dominio de esas cuatro operaciones básicas origina desaciertos e imperfecciones tanto en la vida de los hombres como de los pueblos. Uno de ellos –nos ha hecho notar Raumsol– se concreta nada menos que en la no realización del ideal democrático. En efecto, éste, como ideal, constituye la mayor garantía del libre desenvolvimiento de cada individuo. Como ideal no se ha realizado; lo prueba claramente el espacio que día a día ganan las ideologías extremistas dentro de los propios recintos democráticos. ¿Y por qué ganan más y más espacio cada día? Porque las democracias tienen una grave falla: no enseñan a pensar. Al no saber pensar los ciudadanos no saben individualizar ni estudiar los pensamientos que oculta la acción demagógica, razón por la cual no aprenden a distinguir el fin que persiguen esos pensamientos, y peor aún, no saben enseñárselos a los jóvenes. Así es  como, sugestionados éstos por el artilugio de los propagandistas, se entregan cándidamente a ellos. Cuando la realidad se hace presente mostrándoles el engaño, ya es demasiado tarde. Vienen entonces las lamentaciones, los arrepentimientos, etc. Y el arrepentimiento –define la Logosofía– es un sentimiento retardado, siempre llega tarde.

Si el hombre supiera pensar, el dictador perdería para siempre su reinado. Véase entonces cuán necesaria e impostergable es la conveniencia de hacer llegar la disciplina mental logosófica a los estrados de la educación.

CONCLUSIONES

199.     Hemos visto, en lo que va de exposición, las razones por las cuales debe uno conocerse a sí mismo y la trascendencia que este significativo hecho asume para la vida humana en general y en especial para la de la niñez y la juventud que, por su mayor inexperiencia, resultan fácil presa del mal, como sin dificultad lo comprenden padres y maestros.

200.     Hemos visto también que la autognosis se sustancia en el conocimiento de los sistemas psicológicos que integran el mecanismo total de la vida interna, y en el de los pensamientos como raíz y causa de las manifestaciones psíquicas del hombre.

201.     Nos hemos referido asimismo a las deficiencias y a la necesidad y forma de eliminarlas.

202.     Se ha visto cómo se cultiva la sensibilidad, cómo se depuran, se consolidan y ennoblecen los sentimientos, y las funciones reguladoras que una y otro ejercen sobre la vida psicológica del hombre.

203.     Nos hemos extendido finalmente al método propio de la Logosofía, donde la observación interna o autoobservación hace posible la conexión consciente del ser con cuanto acontece en las lindes de su vida mental. Veremos ahora algunas de las perspectivas y proyecciones del conocimiento de sí mismo.

DEFENSAS Y RESERVAS MENTALES

204.     Las proyecciones del método logosófico podrán preverse, pero no medirse. Una de ellas, de significativa trascendencia, es la que permite la creación de defensas mentales.

205.     El solo hecho de ignorar le existencia de un mundo de pensamientos como agentes de la vida y la influencia perturbadora que ejercen los dominantes u obsesivos, torna al hombre mentalmente indefenso y expuesto a las más adversas e inesperadas consecuencias. Y no se trata ya de aquellos que provocan ira o temor, fáciles de advertir por sus instantáneos reflejos somáticos, sino de muchos, muchísimos otros que con la apariencia o el disfraz mental del bien, la razón o la verdad conducen al extravío y a las más extrañas aberraciones.

206.     Ni la inteligencia más sagaz se halla libre de la inducción perniciosa de los pensamientos negativos con apariencia de buenos, si se carece de cultura logosófica. Pensemos, por ejemplo, en el ahorro. Es ésta una institución surgida del cultivo de un pensamiento bueno y necesario cuyo objeto es propiciar reservas para sobrellevar con éxito situaciones adversas; y un ejemplo universal de ello lo ofrece la misma naturaleza. Así es como se le inculca al niño el hábito de ahorrar y ya, desde los primeros años, la escuela colabora en tal sentido. Se le entrega una libreta, se le enseña a efectuar depósitos y allí van a parar los sobrantes de sus diversiones y pequeños placeres. Todo esto está muy bien. Pero un día, sin que la criatura ni sus maestros ni sus mismos padres lo adviertan –¡cómo podrían advertirlo!– el niño empieza a depositar en su libreta el importe destinado a caramelos o diversiones, de los que prefiere prescindir. Otra vez, en lugar de ir al cine, algo dentro suyo influye para que no vaya y guarde.

207.     Transcurre el tiempo y lo que para la observación común todavía sigue pareciendo ahorro, gana más y más espacio mental cada día, desalojando insensiblemente a otros pensamientos de menor fuerza inductora, hasta ocupar en la vida de su dueño un lugar de privilegio. Así es como empieza éste a privarse de muchas cosas que, dentro de sus posibilidades, contribuían al desenvolvimiento de su vida y al acrecentamiento de su experiencia. Es ahora un joven que pone especial cuidado en limitar su vinculación con otros jóvenes, porque éstos malgastan sus ingresos y atentan contra la salud, según sus propias argumentaciones. Ese cuidado no está mal, ciertamente, pero resulta que también se limita sin necesidad en el vestir, en el aliño personal, en distracciones  y en tantas cosas que ya no conciernen a la salud, sino al decoro personal y a la buena presencia.

208.     Adulto al fin, se apodera de él la fiebre de guardar, de mezquinar en todo, incluso a costa de su propia salud y la de su familia. No hay necesidad ya de seguir adelante para descubrir en él al típico avaro, al tacaño despreciable y despreciado por cuantos lo rodean ¿Qué pasó en su vida? Puede alguien que desconozca el mundo mental explicarse cuando un noble pensamiento inicial, con arraigo en la vida de un ser, es desplazado por otro de obscura índole para ocupar su lugar?

209.     Otro tanto suele ocurrir en el desempeño de los gobernantes, grandes y pequeños, y en tantas personas que, animadas por buenos y saludables propósitos en sus comienzos, terminan defraudando la confianza y hasta la amistad de quienes le brindaron su aplauso, su apoyo y su colaboración.

210.     Esto debe ser tenido muy en cuenta en la educación de los jóvenes. Se les podrán inculcar los mejores pensamientos, pero ¿de qué sirve si no se les enseña a manejarlos y a fiscalizar la ingerencia de otros pensamientos extraños al propósito de aquellos? Echese un vistazo sobre los resultados de la educación en nuestros días y se obtendrá una respuesta que no deja lugar a dudas. Tan solo la cultura logosófica, probada acabadamente ya en tantos años de experiencia fecunda, puede preservar al joven, al adulto, a todos, de las azarosas contingencias de los pensamientos negativos y abrir de una vez para siempre las puertas que obstinadamente cierran el paso hacia la vida superior. No se trata de buscar fuera los medios de contener o impedir el mal; hay que ir directamente en busca de las causas que lo generan y esas causas se hallan dentro mismo de la vida de cada cual. La educación consciente de sus facultades y atributos naturales es lo que hay que propiciar en el joven para ponerlo a cubierto del desvío, del desequilibrio y el malogro de las prerrogativas inherentes a su naturaleza hominal.

211.     Así como la avaricia pudo desplazar al pensamiento de ahorro apoderándose de su investidura y posición mental, muchos otros suelen operar en forma similar, tales como la falsía trajeada de verdad, el egoísmo de desprendimiento, la dictadura de protección, la inmodestia de modestia etc. De ahí la virtud de la autognosis, que organiza y estimula el sistema mental, hace al hombre dueño de su mente, lo adiestra para defenderse contra la ingerencia de pensamientos y desarrolla en él la capacidad de seleccionarlos con lucidez e inteligencia.

212.     La selección de pensamientos –como quedó indicado en su lugar– y su ordenamiento para cumplir con sus funciones específicas bajo la dirección del pensamiento autoridad, van formando un verdadero ejército mental que resguarda la vida de adversas contingencias y desvíos y la encauza en función de las leyes universales, impidiendo sus sanciones, tan dolorosas a veces. Los pensamientos seleccionados y adiestrados constituyen por un lado “defensas” y por otro “reservas” con las que se puede contar en cualquier momento. Esta parte del proceso autognósico es, pues, de incalculable trascendencia para el destino humano en cualquier edad. Y pensemos nuevamente en los niños y jóvenes a quienes la falta de cultura espiritual en los planes de estudio de todas las escuelas del mundo los expone a servir de instrumento a cualquier ideología. Y la experiencia muestra con meridiana claridad cuan sensible es la mente juvenil a la sugestión que ejercen sobre ella las ideologías extremistas.

213.     En el orden mental no hay término medio: o su conocimiento convierte a los pensamientos en vehículos de la inteligencia o su desconocimiento hace de los seres humanos vasallos incondicionales de los pensamientos dominantes. Se ve entonces el valor de las defensas y reservas mentales como agentes de la superación humana.

214.     Cuando la cultura logosófica llegue a los estrados de la educación oficial y privada de los países civilizados, los docentes observarán con asombro –como hoy lo vemos nosotros en el desenvolvimiento de las divisiones infantil y juvenil de las instituciones logosóficas– con qué facilidad absorbe el educando los conocimientos que disciplinan su mente y desarrollan su inteligencia  propiciando en ella notables adelantos; cómo humanizan su vida y aprenden a defender su ente moral con singular destreza. Es que –advierte la Logosofía (1)– aparte de los conocimientos comunes, se hace necesario equipar la mente con ciertos recursos positivos e instantáneos y adiestrarse en el manejo de los mismos. Estas son, precisamente, las defensas mentales que la Logosofía enseña a crear. Veamos un ejemplo: un joven logósofo, estudiante del ciclo medio, movido por su sentimiento humanitario ayuda a su compañero a resolver cierto problema. Tiempo después éste, aprovechándose de las condiciones que revela ese joven, en lugar de esforzarse por cumplir sus obligaciones estudiantiles acude a él porque lo sabe bueno. Y aún hay más: pasa el dato a otros jovenzuelos, perezosos como él, que acuden solícitos y entusiasmados de haber hallado a alguien que trabaje por ellos y a favor de ellos. El joven logósofo advierte el problema que las circunstancias le han planteado. Con toda calma reflexiona a solas sobre la situación creada. Advierte así que hay ya abuso y que, frente al mismo, acaba la tolerancia. Piensa entonces como librarse de los parásitos que se le han echado encima amparándose en su bondad, hasta ir dibujando en su mente la imagen de un pensamiento  defensa. Una vez concebido, lo adiestra conscientemente, tal como aprendiera a hacerlo en sus estudios logosóficos, hasta advertir que ya tiene vida propia y aguarda la oportunidad de emplearlo. (1) Llegado ese momento, hace saber a sus abusivos compañeros que él ha aprendido a ser bueno, pero no tonto. Como no es tonto, no se presta a servir de instrumento obligado de nadie ni a alimentar parásitos; además como es bueno en la verdad, no en el error, la conciencia de su bondad le ha hecho ver claramente que su proceder los está perjudicando, convirtiéndolos en inútiles y eso no puede consentirlo a sabiendas

215.     Pues bien, cuando una defensa ya ha sido empleada queda en lo interno como “reserva” mental, puesto que se trata de algo elaborado y probado, que no sólo puede servir en adelante a su propio dueño, sino también a otros que la necesiten y merezcan su servicio.

216.     Así es como, de tanto en tanto, el logósofo pasa revista a sus reservas para mantenerlas ágiles. Ese es el día del “reservista mental”, o sea, el de la patrulla de pensamientos que revistan en la mente en calidad de tales. (1) CIL pág. 63.

 

LAS LEYES UNIVERSALES

217.     La existencia de leyes universales no implica ninguna novedad para el entendimiento humano. El estudio de cómo obran esas leyes sobre todo lo creado tampoco lo es. Pero el conocimiento de la influencia que ejercen sobre la vida psicológica y espiritual del hombre sí lo es y más aún, cómo puede llegar a servirse de ellas conscientemente para conducir su vida conforme a los sabios dictados de que son portadoras eternas. Expondré aquí mi comprensión y mis modestas observaciones acerca de este delicado tema.

218.     La verdad –expresa un axioma logosófico es, en su aspecto exterior, la realidad de toda la creación. En su aspecto interno es el pensamiento supremo y la suprema voluntad del Creador.

219.     Cada una de las cosas existentes constituye, por lo tanto, una parte grande o pequeña de la verdad total, como lo prueba su misma existencia. Pero ni la Creación ni lo creado existen porque sí. Se descuenta un porqué y un para qué, una causa y un fin. La realidad ha de ser entonces el colosal cuerpo físico de la verdad, y las leyes que determinan su origen y su finalidad el espíritu que alienta y asegura la perpetuidad de su existencia. Vemos en efecto, cómo se destruye o desintegra un árbol, pero no los árboles, cómo desaparece un hombre, pero los hombres siguen transitando por el mundo; podrá desintegrarse un astro, pero los astros continúan formándose y evolucionando en los espacios de la Creación.

220.     El hombre es entonces una realidad cósmica con su porqué y su para qué. Las leyes que determinaron su origen lo van llevando, aun a pesar suyo, hacia la meta de su destino. En este aspecto no se diferencia un ápice de todas las demás formas de existencia. Pero hay algo que lo muestra distinto y único: su potestad de conocer. Si por su origen es, como todo lo demás, una expresión universal y suprema, su inteligencia lo hace apto para conocer la verdad y ser consciente de su existencia y de la existencia universal. La evolución del entendimiento humano tiene pues como meta el conocimiento sustanciado en lo supremo. Tan sublime conquista posee, a mi juicio, un  precio, una condición sine qua non, suprema también: el conocimiento absoluto de su propia verdad, el total conocimiento de sí mismo. Allí reside el secreto de su proceso de evolución espiritual,  puesto que el conocerse a sí mismo le obliga a superarse; y la superación a realizar su destino voluntaria y conscientemente.

221.     Esa condición no ha sido llenada por detención de su desenvolvimiento interno. Todos sus avances corresponden al orden extraindividual, material, externo. Intraindividualmente se halla postrado. La Logosofía ha venido, pues, a sacarlo de ese estancamiento. De ahora en adelante cabe a esta ciencia la trascendental y sublime tarea de hacer conocer e iluminar la parte inhollada y oscura del ser humano –su espíritu y su mundo mental– e iniciar la era de la evolución consciente de su ente metafísico, vale decir, de su espíritu.

222.     El proceso autognósico, como todo lo existente en el seno de la Creación está regido por leyes universales, custodias de su equilibrio y permanencia. ¿Qué prerrogativa concreta brinda al hombre el conocimiento pleno de esas leyes? Pues algo así como la que le conferiría a un ciego la devolución de su vista. ¿Podría concebirse algo más querido para él que deponer el blanco bastón con el que andaba a tientas por los caminos del mundo, sin ver nada de cuanto vive y vibra en torno suyo? Semejantemente, quien desconoce el mundo mental transita por él sin que su inteligencia tenga otra ayuda que el endeble bastoncillo de sus presunciones, creencias, supuestos y prejuicios: sus manos mentales tocan ciertas realidades, pero su entendimiento no las comprende ni su razón va más allá de la superficie que las cubre.

223.     Las leyes universales son fuerzas que operan en el hombre de fuera a adentro. No por ignorarlas evitará que accionen ni el infringirlas involuntariamente disminuirá un ápice el rigor de sus sanciones. ¿Cómo advierte la inteligencia ese hecho? Muy fácilmente: toda sanción implica un retroceso. El conocimiento trascendente confiere a la inteligencia la visión causal, le alumbra el camino mostrándole las zonas libres y las zonas prohibidas del mundo mental, para no tropezar, chocar, caer, desviarse ni perderse en su andar por la vida.

224.     El mundo mental interpenetra al mundo físico; una prueba palmaria de este hecho la tenemos en el canto de sirena de tantos pensamientos indeseables que se han hecho presentes en el escenario mental del mundo, cuyo enorme poder de sugestión conduce a tantos seres, lamentablemente los más jóvenes e inexpertos, a una verdadera ruina, no sólo moral sino también física.

225.     Se desprende que el conocimiento de las leyes acelera enormemente la evolución consciente del hombre. ¿Qué hecho lo demuestra? La forma diferente de operar la ley. En efecto, cuando se ha comprendido su inmanencia, la fuerza de la ley no obra ya de fuera a adentro, aprobando o sancionando, sino de dentro a afuera convertida en un poder consciente. Veamos algunos ejemplos.

226.     En virtud del conocimiento de sí mismo, la ley de evolución permite superar voluntaria y conscientemente todas las deficiencias psicológicas y cuanto traba el libre desenvolvimiento de la propia vida. Confiere, como poder, la facultad de dejar de ser lo que se es y llegar a ser lo que se quiere ser y no se es.

227.     Un hombre vehemente e impulsivo, por ejemplo, debe soportar durante gran parte de su vida, y desgraciadamente durante lo mejor de ella, las consecuencias que le acarrea esa falla temperamental. Pero, después de tanto golpearse, allá cuando comienza su declive, la deficiencia se “ablanda” y hasta podría incluso desaparecer. No obstante, han mermado también las oportunidades de beneficiarse con el cambio, pues ya desciende su vida hacia el ocaso. Confórmase entonces con aconsejar a sus descendientes, hijos o nietos, a quienes él mismo ha contagiado la deficiencia, previniéndolos ahora contra sus efectos perniciosos. Si sabe hacerlo, es probable que lo escuchen; y algo siempre se logra. Pero lo corriente es que no sepa cuándo, donde ni cómo se efectúa una corrección de esa índole. Pretende hacerlo con traje de moralista, no exento de rigidez y, claro está, provoca un efecto contrario al que persigue. Su palabra suele caer en el vacío y hasta se burlan de él, o compadecen su “debilidad senil”,  “chochera incipiente”, etc. Vale decir, ha habido un cambio real, pero como no responde a un proceso inteligente y metódico, resulta estéril para los demás y hasta motivo de mofa. La ley ha obrado de fuera a adentro, pero no a la inversa.

228.     Un logósofo ha descubierto en sí mismo idéntica falla. Pero como sabe operar sobre ella y dispone de cuanto necesita para neutralizar sus efectos, en poco tiempo se ve libre de su deficiencia, su lugar lo ocupan ahora la contención y la serenidad, que se evidencian a través del control mental que ejerce sobre sus pensamientos. Tiene por delante un camino a recorrer, libre de su falla, fecundo por su ejemplo vivo; su palabra es tenida en cuenta porque sabe emplearla, pues conoce su valor, y porque la respalda y garantiza su propio comportamiento. La conciencia, despertada por el conocimiento, se ha hecho pues vehículo de la ley, que ha operado de inmediato provocando el cambio. Al incoarse un cambio, se manifiesta como poder individual, obrando de dentro a afuera. Tal es la diferencia entre la evolución común, lenta, pesada y casi infecunda, y la evolución consciente, que es su promisoria antítesis.

229.     La ley de herencia hace posible la selección consciente de los naturales anhelos de conquista, sin enajenar la vida, como Fausto, a la voluntad de nadie ni pretender alargar el paso más de lo que dan las piernas. Saber manejar esta ley significa haber logrado la prerrogativa de heredar bienes, no infortunios, en lo que de uno depende. Se deduce que las consecuencias de las malas actuaciones constituyen el resultado de la violación de esta ley. Eso es también herencia, que, como legado, no se diferencia un ápice del Caballo de Troya.

230.     La ley de cambios otorga a quien sabe manejarla el derecho natural de despojarse voluntariamente, por mediación de un proceso regulado, de cuanto perturba el desarrollo consciente y ascendente de su propia vida. Si el andador ya no nos sirve porque hemos aprendido a caminar sin necesidad de que nos estén sosteniendo con aditamentos extraños a las prerrogativas naturales, nada mejor que cambiarlo por un buen par de zapatos, que nos confieren más libertad de acción. Sin embargo esto mismo, que en el orden físico nadie discute estando en sus cabales, no siempre se comprende en el orden espiritual. Así es como muchos consumen su vida dentro del andador…

231.     He aprendido a manejar la ley de movimiento para conferir lozanía y vigor a los pensamientos que selecciono o creo, lo mismo que para realizar los propósitos que aliento en ellos. Su conocimiento representa para mí el secreto, la clave de las realizaciones fecundas.

232.     La conciencia de la ley de afinidad permite la atracción y selección lúcida de los elementos necesarios para crear pensamientos con jerarquía y sentimientos con nobleza.

233.     El manejo inicial de la ley de causas y efectos activa la atención y confiere a la conciencia la facultad de anticiparse al futuro “pre-viendo” lo que debe o puede acontecer en las lides del saber y la experiencia individuales, estimulando la elaboración de los recursos con que se ha de contar cuando el futuro se haga  presente. Cuanto más se amplía el diámetro consciente de esta ley tanto más disminuye el del azar.

234.     En fin, el estudio de la ley de tiempo enseña  al hombre a regular sus pasos, acelerándolos cuando su comprensión se lo evidencia o disminuyendo la velocidad al ritmo que las circunstancias aconsejan. Hay gran diferencia entre acelerar y apurarse. La aceleración es una fuerza interior promovida por la conciencia del valor del tiempo, que se manifiesta en armonía con la realidad. El apuro no emana de la conciencia sino de la inducción de un pensamiento negativo, origen de algunas deficiencias psicológicas como la impaciencia, por ejemplo, y constituye, en suma, la negación del tiempo.

235.     Una larga y fructífera experiencia me ha demostrado infinidad de veces que el tiempo se pierde cuando no se piensa; del mismo modo, que se gana y aún se recobra cuando el hombre aprende a pensar. Pensar ¿en qué? En los contratiempos, dificultades y problemas que la vida diaria plantea, encarándolos de inmediato y, si es posible, resolviéndolos también de inmediato. Nunca dejándolos para después, porque el después puede tener también sus bemoles y, si las dificultades se amontonan, la alforja mental que las contiene puede llegar a hacerse muy pesada. Así es como muchos se entregan a la desesperación, al vicio o a licencias de toda índole.

236.     También se gana el tiempo cuando se aprende a estudiar y analizar con lucidez y acierto las propias vivencias, vale decir, los hechos que se experimentan en determinadas circunstancias, en los cuales ciertos factores más importantes que las circunstancias mismas destacan la existencia mental de algo que está operando en la propia vida, que recién se advierte o se capta al producirse la vivencia.

237.     Ordenar la vida permite manejar la ley de tiempo. Manejar el tiempo impide que éste nos corra pisándonos los talones o, peor aún, corriéndolo detrás sin alcanzarlo. Así es como el hombre vive apurado, como si estuviera huyendo. Siempre recuerdo –con satisfacción ahora– cuando yo me encontraba en ese estado, cuando el tiempo urge nose puede pensar. Y cuando no se piensa no se vive, razón por la cual no nos queda otra alternativa que la de enajenar nuestra vida al arbitrio de los pensamientos. Es entonces cuando el hombre no sólo pierde su individualidad, sino que queda a merced del azar que le deparen los pensamientos adueñados de su vida.

238.     Se deduce, pues, la importancia que asume el saber logosófico en el conocimiento, regencia y aun manejo de las leyes universales, y en la conducción consciente de la propia vida, psíquica, mental y espiritual.

239.     No es difícil explicarse entonces cómo el hombre, insensible por falta de cultivo interno a la acción de las leyes universales, se halla constantemente expuesto a cometer transgresiones y a experimentar sus inevitables consecuencias con retrasos o frustración de sus posibilidades naturales.

HACIA UN NUEVO HUMANISMO

240.     Mucho se ha discutido, y se sigue discutiendo aún, qué se debe entender por “humanismo” y qué por “humanidades”. Los actuales teorizadores de la pedagogía observan, en su mayor parte, que el clásico humanismo, estudiado y practicado durante siglos, ha dejado de constituir en la época presente el ideal de otrora. Háblase, pues, de eliminar su antiguo basamento –las lenguas y culturas clásicas– al menos en los planes de estudio correspondientes al ciclo medio, por estimarse que los resultados en modo alguno compensan el ingente esfuerzo que demanda a los jóvenes su estudio. En Francia ensayase actualmente, según tengo entendido, un “bachillerato sin latín”.

241.     Las discusiones giran en torno a cómo y con qué reemplazar las viejas disciplinas humanistas y, mientras el Viejo Mundo hierve en ansias de reformas disputándose partidarios y detractores de las lenguas clásicas la dirección pedagógica de la juventud, nuestra querida América asiste al nacimiento de un nuevo humanismo con bases inconmovibles, graníticas, eternas, destinado a la experimentación por parte de todos los países civilizados que se interesen en él.

242.     Ese nuevo humanismo es el logosófico. No se trata ya de cultivar el intelecto juvenil reaccionando total o parcialmente contra las formas tradicionales, sino de poner en función y estimular el desarrollo consciente de una parte esencial del ser humano, que permanece estática para su voluntad y su inteligencia mientras no advenga éste a su mundo interno, y le impide alcanzar la plenitud del desarrollo psíquico, moral y espiritual. Esa parte, latente en el hombre –aunque la afirmación asombre a los pedagogos–, es el espíritu.

243.     Hasta ahora, en todo lugar y en todo tiempo han sido considerados en la práctica efectiva de la educación tan sólo dos aspectos: el intelectual y el físico. Paso por alto la pésima forma de sustanciarse uno y otro, en virtud de hallarse el asunto fuera de este enfoque.

244.     Quedan al margen de la educación plena los otros dos aspectos humanos, el moral y el espiritual. El primero creyóse ingenuamente que se desarrollaba solo, inculcando normas y preceptos. Centenares de elocuentes máximas pueblan las páginas de los libros; si tan sólo una, verbigracia “Quien mal anda mal acaba” despertase la conciencia del que las escucha o lee, la educación moral se habría sustanciado en algo. Pero la delincuencia juvenil y los desvíos de las comunidades en todas sus esferas han probado y siguen probando que el acto de inculcar es algo así como sembrar semillas sobre baldosa. Será necesario, pues reflexionar sobre la clara diferencia que existe entre inculcar y enseñar.

245.     La misma ceguera mental se extiende respecto a la cultura del espíritu, lamentablemente ignorado por univocación y confusión de conceptos. Sobre un tremedal nada estable puede edificarse. De este modo, aunque muy mentado, el desarrollo de nuestro ente metafísico ha constituido hasta ahora, para los ideales de la educación, un amor sin esperanzas.

246.     Tampoco es solución incrementar la cultura intelectual por considerársela pobre, arcaica o deficiente, ya que eso es más cuestión de método funcional y de conciencia clara entre lo que debe entenderse por instruir y educar, términos que, confundidos en la práctica, resultan para el proceso pedagógico lo que un tajo a lo largo de un tejido de punto. Se trata en cambio de cultivar la parte potencial, dejada inadvertidamente de lado y sin manifestación consciente en el educando: su propio espíritu. Por eso el saber logosófico define al humanista –o al nuevo humanista, digamos mejor– como al “ser racional y consciente realizando en sí mismo las excelencias de su condición de humano y de su contenido espiritual sobre la base de una incesante superación.” (MVC p. 104).

247.     El docente deberá comprender, pues, que es él mismo y no la docencia quien debe renovarse primero, puesto que querer renovar sin haberse renovado es como querer dar lo que no se posee. Y la eficacia del método y la pericia técnica ¿cómo se obtienen sin autoexperimentación? ¿Se ha pensado en ello? Lo natural y lógico es que antes de cambiar planes y sistemas de enseñanza cambie el encargado de concebir esos planes y sistemas.

248.     En lo relativo a educación, la época presente nos ofrece simultáneamente un mal y un bien. En efecto, junto al fracaso de lo que hasta ahora se admitiera como ideal educativo ha surgido una cultura nueva, portadora del mensaje humanístico que desde hace mucho tiempo ansiaba el hombre sin haber podido concretar, ni esbozar siquiera, la magnitud de ese anhelo. El educador, el auténtico director pedagógico de la juventud debe recogerlo, estudiar y asimilar su contenido. De no hacerlo ahora, las nuevas generaciones lo harán después, ya que nada puede oponerse al avance de la verdad, y entonces, ¿quién abogaría a favor de aquellos que evidenciaron semejante ceguera? Pues está fuera de toda duda que no hay peor ciego que el vidente que no quiere ver.

249.     Piénsese en la significación del acto pedagógico en la teoría y en la realidad. Por ejemplo, se inculca al alumno el amor al estudio, pero lo cierto es que éste constituye una de las cosas que él más aborrece. ¿Por qué se produce ese hecho? Porque no se trata de inculcar sino de enseñarle a experimentar realmente las delicias de ese amor. Y como no se puede amar una labor que no gusta, y una labor  no gusta cuando no se la sabe hacer, corresponde al educador alcanzar la conciencia de ese valor, si quiere enseñar a otros a realizarlo conscientemente.

250.     Otro hecho propio de la vida estudiantil: el profesor apabulla al educando frente al pizarrón gritándole que piense. Me estremece pensar qué sucedería si al alumno se le ocurriera preguntarle, en ese momento, qué es pensar y cómo puede realizarse ese acto voluntaria y conscientemente. Lo cierto es que a nadie que sepa lo que es pensar se le ocurriría formular un pedido de esa índole a los gritos o infundiendo temor, como no se le ocurriría a nadie exigir a otro que respire con la cabeza dentro del agua.

251.     Es muy fácil amenazar y castigar al alumno que ha observado mal comportamiento; lo difícil es enseñarle a portarse bien, y, más difícil aún, enseñarle a realizar el proceso consciente que culmina con la eliminación del agente mental que provoca su mal comportamiento. El saber logosófico hace de ello una tarea humana, agradable y sencilla.

252.     Si a todo esto le sumamos ahora –y es honesto hacerlo– nuestras propias deficiencias psicológicas, que pese a nuestra condición de educadores poseemos, nuestra intolerancia y la gama de reacciones negativas que nuestra propia conducta promueve en el educando; los complejos que solemos originar en ellos; las injusticias que involuntaria y aun voluntariamente cometemos, y más todavía, si tenemos en cuenta lo inhumano, lo deshumanizado y antinatural de los métodos, planes, programas, horas de clase y obligaciones escolares; la falta de conocimiento de las necesidades reales e inmediatas de cada educando; su desamparo mental y moral (falta de defensas y orientación en la vida), no será difícil comprender entonces lo desvalida y huérfana que se hallan la niñez y adolescencia y lo que serán con esa base tan poco firme los seres que estamos forjando para el mañana, los futuros padres de familia, los profesionales, educadores, dirigentes y hombres de estado venideros.

253.     Entiendo que corresponde a los docentes, en primer lugar, hacerse cargo de la situación, despertando la conciencia de su responsabilidad como educadores. Sería imperdonable que existiendo no una teoría nueva o una teoría más, sino la solución perfecta, acabada, del problema, la respuesta archiprobada del gran interrogante que plantea la educación de nuestros días, por insensibilidad o indiferencia, por prejuicio intelectual o por mal entendido amor propio no se le prestara la atención que debe merecer lo nuevo, máxime cuando supera manifiestamente lo ya conocido, cuyo alcance nadie ignora.

254.     Como experimentado educador cumplo con el deber de señalar esos viejos males de la enseñanza común. Como logósofo experimentado, aprovecho la ocasión para señalar que la raíz de todos esos males proviene de la falta de desarrollo y educación del espíritu, olvidado y confundido hasta hoy en los planes de enseñanza por ausencia del conocimiento, de la técnica y del método capaces de darlo a conocer, valorarlo y modelarlo. Pero es el caso que ese conocimiento existe ahora, que ha surgido en nuestra América con el nacimiento de la Logosofía, ciencia de la causalidad destinada a enderezar el rumbo de la vida humana y a poner en posesión de la misma una parte del hombre aún sin manifestación consciente: su propio espíritu. Soy logósofo y educador; estoy cumpliendo conmigo mismo y con la docencia: mis alumnos de hoy no serán ciertamente mis jueces de mañana.

255.     Es inútil y hasta un contrasentido pregonar los valores del espíritu, si no se sabe enseñar a cultivarlos despertando la conciencia de sí mismo. A los educadores nos corresponde brindar a la juventud esa imponderable fuente de bien. Estoy cierto que nos hallamos todos plenamente acordes si pensamos que la educación no podrá cumplir nunca su objetivo mientras no logre despertar en la razón del educando la conciencia cabal de que todos los valores espirituales, morales, intelectuales y materiales que la integren deben ir consubstanciándose con su propia vida hasta formar una aleación indisoluble entre su ser y su saber.

256.     No hablo por esnobismo ni con el entusiasmo natural que suele despertar lo nuevo, recientemente aprendido. Llevo más de tres lustros de investigación y práctica del conocimiento logosófico, a través de los cuales he ido observando la imponderable serie de cambios positivos sustanciados en mí como hombre y como docente, y el valioso caudal de experiencias acumuladas con el ejercicio del nuevo humanismo. Lo cierto es que el conocimiento del mundo mental le abre al docente logósofo las puertas del mundo interno del alumno. Sabe que su misión no termina con las explicaciones precisas y claras de los temas de su especialidad, sino que es ahí justamente donde empieza. Porque la mente del joven no es un simple envase psicológico, antes bien, materia viva y activa poblada de pensamientos de todo orden, a los que es necesario observar y atender para sacarlo adelante.

257.     El acto pedagógico no consiste en tomar lecciones, poner notas y cumplir con las exigencias de un programa, sino en desarrollar capacidades efectivas de aplicación concreta en la vida, cualquiera sea la asignatura que se dicte. Todo lo que se enseña sin saber de dónde proviene, para qué sirve y cómo se maneja constituye lastre mental, moviliza una sola facultad de la inteligencia, la memoria, impide el desenvolvimiento de las otras facultades, las más importantes, despoja de interés a la materia, no desarrolla aptitudes positivas, propicia la manifestación de pensamientos reaccionarios en las mentes juveniles y se convierte en motivo de indisciplina y distracción. Para humanizar y tornar fecunda e interesante la enseñanza debe humanizarse el propio docente y fecundar su inteligencia y su sentir con los conocimientos logosóficos, de índole causal, que constituyen una nueva, prominente y universal especialidad, medulares para la razón humana. Nadie podría  prever la magnitud de su alcance ni los límites de su aplicación práctica.

258.     El ejercicio de la observación consciente pone al descubierto el mundo mental inquieto y díscolo del alumno, y el profesor logósofo sabe cuándo, donde y cómo debe operar sobre él. Se produce así el acercamiento respetuoso y la confianza entre uno y otro, pues el educando percibe en aquél la fuerza capaz de orientarlo y de enseñarle muchas cosas buenas, útiles y limpias. Cuando advierte que su preceptor es bueno pero no tonto, que sus palabras son la expresión armónica y precisa de sus actos, de su conducta diaria, de su vida renovándose y superándose siempre, la gratitud, la ascendencia, el respeto y el afecto despiertan en su corazón sin restricciones.

259.     Los resultados de su conducta y de su forma de enseñar permiten al catedrático logósofo entrever lo que será la educación cuando la Logosofía sea estudiada y practicada en las aulas; lo que será la vida, la sociedad y el mundo cuando la evolución consciente alumbre el seno familiar, el de las instituciones y los pueblos.

260.     Es asombroso el bien que se puede alcanzar con el cultivo del conocimiento logosófico. Hace algunos años conocí a un grupo de jóvenes en un campo de deportes. Me llamó la atención uno de ellos por su preocupación por la cultura. Me acerqué a él, le dispensé mi trato y conocí su vida. Tenía ya dieciocho años y no había cursado un solo grado en la escuela primaria. Sus padres, maestros ambos, habían quedado cesantes con la dictadura en mi país. Por reacción no enviaron a sus hijos a la escuela y les dieron instrucción libre. Habían aprendido muchas cosas, algunas útiles y prácticas, pero, sin certificación oficial, la universidad les estaba vedada.

261.     Le ofrecí a aquel joven la cultura logosófica. Cuando conoció el mundo de los pensamientos lo suficiente como para empezar la obra de su proceso interno, fui ubicando en su mente ciertos pensamientos, pocos pero de enorme fuerza estimulante y constructiva, y arbitré los medios para hacer culminar felizmente sus propósitos. Le enseñe a cuidar y atender esos pensamientos, a estudiar con gusto y con provecho, lo que llevó tiempo, ya que, si bien estaba habituado a leer, estudiaba sin disciplina, sin selección y sin continuidad. Todo esto lo trascendió al fin. Lo hice preparar y rendir directamente el sexto grado. El estímulo de ese triunfo, bien dirigido, dio también sus frutos. El dominio de la técnica y el método de estudio le permitió recibirse de bachiller en sólo dos años de esfuerzo. En tanto, el ejercicio de la función de pensar le allanó el camino para crear en sí las condiciones que definen una vocación. Ingresó en la universidad, becado sin discusión alguna, y es allí, en la actualidad, descollante figura.

262.     Era la suya una inteligencia normal. Pero el ejercicio de la obediencia consciente, el de la disciplina y orden mental, el de la continuidad inteligente del esfuerzo, el de la capacidad para crearse estímulos y saberlos aprovechar han ido modelando en él un verdadero logósofo, un estudiante eximio y una promesa para la sociedad. Lo esencial –afirma el creador de la Logosofía, refiriéndose a la juventud (Logosofía 3,14)– es guiarla hacia una mayor conciencia de su responsabilidad frente a los deberes que le impone la hora presente. Y eso –añade– sólo pueden hacerlo aquellos que con sus ejemplos son capaces de sostener sus palabras. Expresa ahí la necesidad de resguardarla de la contaminación mental con todas las ideas exóticas o extrañas a la nacionalidad; de ampararla contra el veneno de las intrigas, que tanto sugestionan la reflexión naciente, para que pueda responder con todas las fuerzas de su espíritu cuando sea llamada a colaborar en los altos designios de la patria.

263.     Puedo asegurar, con la convicción que confiere la experiencia, que cuando el joven ha descubierto la fuerza poderosa que contienen los pensamientos logosóficos al transubstanciarse en su vida convertidos en aptitudes fecundas, en sentimientos elevados y en clara comprensión de las circunstancias, se va perfilando con caracteres distintivos el ser ideal por el que tanto se ha suspirado y elucubrado en toda la historia de la educación.

264.  En este momento acude a mi memoria la actuación de un joven logósofo, universitario también, en oportunidad de un examen parcial. Había olvidado su goma de borrar y la solicitó a un compañero, que, embarullado, lo defraudó con su negativa. Días después durante un examen escrito de álgebra, el egoísta, apremiado por las circunstancias –se trataba de una prueba definitoria– pidió al joven logósofo, ducho en la materia, cierta explicación para resolver un ejercicio. Percibió éste de inmediato la acción inductora del pensamiento de venganza y hasta la ofensa verbal, a punto de salir del cerco de sus labios. En rápido movimiento mental frenó ese pensamiento y lo ayudó a pasar el trance. Una mañana de inclemente llovizna llamaron a la puerta del joven logósofo. Abrió éste y se encontró con que el ayudado venía a informarle que se había  suspendido el examen práctico del día. Reflexionando luego sobre el hecho pudo comprobar la manifestación de la ley universal de correspondencia, de la que con su conducta anterior había sido él vehículo causal. La mente que sobrepasa la cultura media –nos dice González Pecotche (“Logosofía” 32,5)– y se vitaliza con los conocimientos superiores, mantiene ya un perfecto control sobre las actividades de sus pensamientos, sean éstos los que nacen engendrados por ella o los que hospeda dentro de sí. No pueden caber en su interior pensamientos malignos, que llevan como intención dañar al semejante; mentes cultivadas para el bien no pueden engendrar pensamientos de esa naturaleza. El recato natural del alma se lo impide.

265.     El humanismo logosófico abre a la educación y a la cultura un vasto y maravilloso campo experimental, enteramente nuevo, variado y fecundo en altísimo grado. Cuando la conciencia docente haya absorbido su esencia medular despuntará la aurora de una nueva humanidad. Y no estarán los hijos dotados de una mente sana en un cuerpo sano, como soñara el poeta latino, sino de dos mentes sanas y un espíritu feliz, que asumirá la dirección plena de la vida que encarna.

266.     El resurgimiento de los valores y de las calidades –afirma el protagonista de una reciente novela de González Pecotche (El Señor De Sándara, pags. 353-354)– solo cobra realidad en el individuo cuando éste comienza a trabajar por la resurrección de su alma en recónditas esferas de conciencia, y es en el desempeño de tal función que el hombre se convierte en su propio redentor.

267.     Terminaré este trabajo de exégesis con un pasaje de “El lobo estepario”, de Herman Hesse (premio Nobel de Literatura) p.56 (1).

“Si tuviéramos una ciencia con el valor y la fuerza de responsabilidad para “ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales; si “tuviéramos algo como lo que debiera ser una antropología, algo así como una “psicología, serían conocidas estas realidades por todo el mundo”.

Esta ciencia, que el autor alemán solicita, ha nacido ya y está al servicio de toda la humanidad.

(1) Trad. M. Manzanares, Bs.As., 1957

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Bosquejo de un cuadro mental sobre el pensamiento y la experiencia

Diseñado desde un ángulo linguo‑expresivo

 Por el Dr. Osvaldo F. Melella

 “Es necesario perfeccionar el proceso que va desde la gestación de la idea o del pensa­miento hasta su presentación al conocimiento de los demás” (Carlos B. González Pecotche)

Para muchos ‑especialmente si desconocen la verdad que la Logosofía descubre a sus cultores‑ el lema que antecede puede parecerles razonable; pero nada más que razonable, por cuanto casi seguramente ningún conocimien­to llegarían a extraer de él. No obstante, pocas veces se habrá expresado tanto con menor o igual número de palabras. Así como un busto puede ofrecer al plano distintas perspectivas según sea el ángulo desde el cual se lo contemple, así también acontece con las enseñanzas de Raumsol: son como poliedros ex­pansibles de infinito número de caras, ya que sus faces aumentan de continuo y se amplían en razón directa de la comprensión del estudiante.

Hecha esta salvedad, pasare a delimitar los planos que como modelos ofrece a mi vista la enseñanza precedente desde el ángulo en que me propongo enfocarla, los cuales, a grandes rasgos, son los siguientes: telón de fondo y es­cenario dentro del cual cobra relieve la enseñanza; significación logosófica que asume el verbo perfeccionar; esquema del pensamiento; proceso del mismo en la matriz mental y su cultivo con los elementos suministrados por la experiencia; conclusiones principales a incorporar al acervo propio.

Telón de fondo y escenario común.

Todo escrito responde al fin preconcebido de consignar algo por medio de la palabra. Ese “algo” lo constituyen los pensamientos o las ideas que ocupaban la atención mental del oferente y que movieron su voluntad incitándole al acto de presentarlos al conocimiento de los demás. Este acto de consignar individualmente una idea o de expresar cualquier movimiento interno se denomina en lingüística “creación espiritual”, y al conjunto de todas las formas expresivas ‑reales ó posibles‑, “fenómeno lingüístico”, queriéndose significar con la palabra “fenómeno” que las leyes que rigen el lenguaje humano no han sido bien establecidas todavía, y, menos aún, las que determinaron su origen. Es por eso que los modernos teorizadores al respecto, llámense esteticistas o idea­listas (Vico, Humboldt, Croce, Stenzel, Vossler, Spizer), llámense sociologistas (Saussure, Meillet, BaIly, Sechehaye, Richter), han preferido dejar a un lado el problema del origen y ocuparse más bien de la naturaleza del len­guaje. En cierto modo ambas corrientes se complementan, pues mientras los últimos (Bally, Sechehaye, Richter) se ocupan preferentemente de la creación individual en el lenguaje hablado, por ser el que más rasgos sociales estiman que ofrece, los otros hacen lo propio con el escrito, por considerarlo más idealmente creador. En éstos, sus concepciones descansan sobre esa adecuación in­trínseca establecida por el filósofo italiano Croce, entre intuición y expresión, que lleva al arte a un terreno autónomo.

Retrocediendo en el tiempo, hasta donde interesa al tema propuesto, debemos recordar a los a sí mismos denominados “positivistas” (1850-1890) ‑cruelmente rebatidos por Vossler‑, quienes tomaron de la Física la concep­ción atomística y, adaptándola a su modo, la aplicaron al lenguaje. Es una proyección de la teoría psicológica del asociacionismo inglés de Bell, entre otros, retomada por Spencer e importada en Francia por el filólogo Roudet. Tal teoría consiste en concebir la vida psíquica como una constitución asociativa de átomos, igualmente psíquicos. Entendían que las sensaciones externas, percibidas por los sentidos corporales, son producidas por esa clase de átomos, cuyas combinaciones generan a su vez constelaciones llamadas “imágenes”. Luego, por ley de asociación, explicaban la “idea”: idea es la constelación o imagen mejor constituida. Finalmente, el problema de todo el mecanismo psicológico del ser lo resolvían por las combinaciones de imágenes operadas en nuestro seno interno. Sobre la base de este esquema redactaron un catálogo de leyes, según las cuales pretendieron explicar la vida psicológica, incluso el lenguaje humano.

Logosóficamente podrá apreciarse, sin más detalles y a través del panora­ma expuesto, cuáles son las fallas básicas de esta teoría y las proporciones que las mismas, por fuerza, habrían de asumir en sus proyecciones futuras. Acontece en el investigador común, primordialmente, que tanto idea como pensamiento se confunden con el acto mismo de pensar; y aún acreditando en su favor la naturaleza individual del acto ‑como lo quieren los esteticistas‑, al ignorar la índole del pensamiento, hallánse de hecho incapacitados para distinguir, de entre los pensamientos habidos en la mente, cuales son propios cuáles ajenos. Y esto no es nada más que el principio de la cuestión, o, si se quiere, uno de los principios, ya que sus raíces van más hondamente todavía. Pero, como lo he expresado al comienzo, no es éste el ángulo desde el cual me propuse encarar la enseñanza. De modo que, trazado en forma rápida el telón de fondo, pasaré a contornear el escenario que la circunscribe.

La ignorancia científica relativa a lo consistencial del pensamiento condujo a Oscar Wilde a definir la cultura propia, afirmando que era un substrato, un sedimento que, como remanente, quedaba en el espíritu una vez consumada la lectura de todos los libros que cada cual tuvo oportunidad de leer. Se puede apreciar en esta afirmativa, los escasos conocimientos que inspiraban sus con­ceptos de “cultura” y “propiedad”.

La otra faz del lenguaje, la hablada, llevo por su parte a los teorizadores del fenómeno lingüístico a encariñarse demasiado con el “soma” o cuerpo de la palabra, induciéndolos a estudiar en primer término ‑no diré exclusivamente, aunque estaría bien‑ las condiciones melódicas de la frase, su armonía musical, el ritmismo verbal, el valor estético de la palabra, la acentología, etc., descuidando la verdadera esencia psicológica de la palabra, que, dadas las som­brías perspectivas que su estudio ofrece a la ciencia común, expliquen todos esos movimientos interiores por una “dynamis” o “energéia” espiritual, postulado del que parten y al cual remiten todas sus conclusiones. Sobre esta base elabórase una Estilística o ciencia fraseológica, muy aristocrática y que pregonan como dominio oligárquico. En efecto, afirman sus sostenedores que para ser “estilista”, no basta con el conocimiento científico al respecto: hay que tener además “cierta permeabilidad estética”, es decir, el poder de intuir todo aquello que la expresión, a los ojos o al oído del profano, aparentemente no ofrece. Por supuesto, los esteticistas piensan que ese poder o privilegio personal de evocar lo mentado por otros, ellos lo poseen.

Tales antecedentes invitan al investigador logósofo, con los medios que le brinda su ciencia madre, a estudiar la verdadera causa que gobierna la ex­presión y no los factores que merced a ella asumen importancia. La causa es siempre interna o de origen mental‑afectivo; los factores, en cambio, son condiciones exteriores o materiales que se ponen de manifiesto y actúan cuando la causa entre en acción.

Es imposible explicar a ciencia cierta el valor real de la palabra si se ignora la esencia y vida del pensamiento; pues sola y únicamente por él la pa­labra habrá de reflejar en la cadena de la frase, la dirección del pensamiento que la ubicó en cada una de las expresiones que la sustentan. Tal desconocimiento limita enormemente la participación de la conciencia en la expresión, y el artista de la palabra, por afamado que sea, en tales condiciones, no podrá llenar con amplitud consciente el término que habrá de expresar, separadamente y en la frase, el contenido exacto del pensamiento que lo anime. RL N° 61 pag 25 par 4

Llenar presupone poseer; quien ignora qué es un pensamiento, se halla de hecho incapacitado para distinguir los pensamientos propios de los ajenos, y menos aún para seleccionarlos de acuerdo con una escala de valores teóricos y experimentales conscientemente establecida. Los teorizadores de “Poéticas”, desde la antigüedad hasta nuestros días (Horacio, Boileau, Luzán, Hidalgo), confieren, en todo escrito, enorme importancia a la forma. Entienden que ésta, usada con sensatez, determina por sí sola el futuro de un poema. Así, dan una serie de realas en las que creen envasar los cánones del arte literario.

Al preceptista le interesa, pues, en primer término el estilo, o sea la manera peculiar de crear al expresarse. Uno de ellos, Buffon, llegó a decir, en frase lapidaria, que el estilo es el mismo hombre. Entendieron además los severos legisladores de poéticas que el fondo, llamado por ellos igualmente “asunto”, “materia” o “argumento” ‑lo que no es más que un conjunto de pensamientos y de sentimientos concurrentes‑ debía adecuarse convenientemente a esa forma para que un escrito alcanzase plenitud. No obstante, tal plenitud se la atribu­yen sin saber por qué a la “Divina Comedia”, obra sobre cuyo contenido se han vertido las más heterogéneas y contradictorias opiniones. Y éste no es ni el primero ni el único caso en que claudica la teoría. La razón ya la conocemos: jamás ciencia alguna ‑expresa Raumsol‑ atribuyó vida propia a los pensa­mientos, ni manifestó que pudieran reproducirse ni tener actividades ajenas a la voluntad del hombre, hasta que la Logosofía lo da a conocer, sometiendo al testimonio de la experiencia inmediata su imponente y monumental edificio de conocimientos. Pero sin ir tan lejos, el solo hecho apuntado anteriormente basta y sobra para poner en crisis la perfección integral de que hacen gala los tratadistas de arte. La verdad es que nadie podrá dar lo que no posee.

Rápidamente bosquejado el escenario, pasaré a ocuparme del objeto. Siguiendo el plan propuesto, esbozaré primero el significado del verbo perfeccionar.

Significado del verbo perfeccionar.

Tiene en la enseñanza un evidente valor iterativo. Equivale, por tanto, a “ir perfeccionando”, y asume en ella el significado concreto de mejorar gradualmente (medio) lo que va desde la gestación mental (principio) hasta la expresión (fin), con la finalidad de brindar algo provechoso (utilidad) a los que hubieren menester de ello.

Interpretado así el contenido de este verbo, el principio logosófico transcripto ocupa en la realización distintas jerarquías, según el grado de perfección que vaya operando en el intelecto del experimentador. Pero hay que convenir que el proceso de perfeccionamiento gradual a que debe someterse la idea o el pensamiento gestados en la matriz mental, es preciso realizarlo inter­namente y, en consecuencia, con antelación a su forma expresiva. Y esto, ¿cómo se realiza?; ¿dónde está la fórmula a aplicar o el molde a calcar para que pueda llegarse con éxito al cumplimiento del apasionante principio?; ¿lo da o no lo da la Logosofía? He aquí las preguntas comunes que invariablemente formula­ría al punto con exigencia una mente no adiestrada en la disciplina logosófica.

La Logosofía es el todo y la nada en materia de conocimiento. Todo, para el que se vale de su mente como instrumento de trabajo a fin de realizar el proceso que va desde el estudio a la interpretación, de ésta a la comprensión, de la comprensión a la experiencia y de la experiencia al conocimiento. Sólo cuando se practica este criterio incuestionablemente lógico y positivo, cuando una mente activa se dispone a conquistar con paciencia. laboriosa y buena voluntad los conocimientos con que habrá de enriquecerse la conciencia, la Logosofía da todos los elementos para llegar a feliz término; pero quien pida las fórmulas que el propio interesado deberá elaborarse para uso personal, nada obtendrá de ella.

El perfeccionamiento del proceso interno que culminará en la expresión, se logra sometiendo a un prolijo cultivo mental, enriquecido por los ingredientes o elementos que el ser recogerá de la práctica vivida y conscientemente anali­zada, la idea o pensamiento plasmado con antelación en su órgano psicológico.

Esquema del pensamiento.

Para la ciencia común, como lo expresara anteriormente, tanto idea como pensamiento se confunden con el acto mismo de pensar. De ahí que se defina el pensamiento como la expresión de un acto mental, definición vaga y penumbrosa que no pasa del plano de lo meramente abstracto.

La Logosofía enseña y demuestra con toda precisión que cada pensamiento, esté o no albergado en la mente del hombre, constituye siempre una realidad autónoma, y lo define como la entidad animada que se erige en fuerza inteligente desde el instante en que asume vida propia. En esta forma, y aun cuando los pensamientos sean de naturaleza inmaterial, poseen caracteres tan concretos que el estudiante de Logosofía, a poco de tratarlos, los ve y los palpa con la inteligencia y el entendimiento, exactamente como si se tratase de entidades materiales.

Al conocimiento de los pensamientos se suma toda una cadena de conquis­tas, por cuanto tal conocimiento habilita al ser para penetrar en su mente y efectuar dentro de ella un prolijo examen heurístico. En primer término, puede hacer algo que jamás había hecho hasta entonces: ir identificando sus propios pensamientos, separándolos de los ajenos que utilizaba como si fueran propios para auxiliar su entendimiento. En una segunda y ya más honda operación entra a seleccionarlos, es decir, a colocar de un lado los útiles y de otro los que no llenan fin positivo alguno sino que más bien contribuyen a restarle energías antes que a beneficiarlo, y aún quizá a intoxicarle la mente por la presión que suelen ejercer sobre los otros. En una tercera etapa se llega a realizar ese importante balance de los pensamientos útiles. lo que da como resultado el conocimiento positivo de las propias fuerzas con las cuales hasta ese momento puede contarse con seguridad. Es entonces cuando la inteligencia maneja los pensamientos con toda lucidez ‑ya que han sido perfectamente identificados y seleccionados‑ con objeto de hacerles cumplir el cometido a que sus respectivas naturalezas los habilitan. En adelante será posible ejercer un notable control sobre los mismos.

Esta primera y trascendente constatación genera importantes estímulos internos, capaces de llevar al estudiante a la sublime tarea de cultivar pensa­mientos mejores, cada vez de mayor jerarquía, y utilizarlos con la discreción y mesura que le aconseje su conciencia. Desde el momento en que puede darse a la tarea de gestar conscientemente un pensamiento, asume singular impor­tancia el factor experimental, lo que significa que los elementos recogidos en la práctica contribuirán grandemente a perfeccionar ese proceso interno de elaboración de pensamientos.

La experiencia en la elaboración del pensamiento.

Podríamos esquematizar la experiencia diciendo que constituye una pe­queña grande fuente de conocimientos. Ambos adjetivos vendrían a delimitar las barreras entre las cuales marcha el beneficio que de ella obtiene el hombre.

Es muy común observar que para los que no están familiarizados con los conocimientos logosóficos, les resulta un tanto difícil comprender la importancia de los valores que se extraen de la experiencia diaria, cuya aplicación en episo­dios futuros puede ahorrarles gran parte de las dificultades corrientes. Por lo general, es preciso que transcurran largos años y sufrimientos más o menos penosos para que los hechos puedan dejar en ellos algún saldo de experiencia positiva. Y aún así, esa experiencia frecuentemente se halla contaminada de amargura o de escepticismo, no siendo pocas las veces en que yace ahogada bajo el peso de la aceptación resignada y pasiva de un “destino” que, como saldo negativo, enmarca y define la experimentación de toda una vida en la existencia hominal.

De las reflexiones que anteceden puede notarse cómo las imperfecciones evidenciadas por un ser son debidas a una ausencia de experiencia provechosa, sea por impericia a causa de su extrema juventud, sea por descuido en razón de no haber recapacitado a tiempo sobre los hechos vividos. En consecuencia, podemos expresar que los actos de la vida del hombre constituyen una cadena de experiencias aprovechables; es decir. que pueden ser aprovechadas por él en primer término, si está preparado para ello.

Tornando al tema, esas imperfecciones, ¿en qué parte del ser radican? Con justeza, en su mente. Y ¿qué hay de imperfecto en ella? Los pensamientos. ¿Por qué suelen ser imperfectos los pensamientos? Por falta de cultivo en su seno interno, en base a los elementos que brinda la experiencia controlada y verificada por la inteligencia y la razón. Esto explica por qué la palabra “experiencia” asume en Logosofía una importancia tal que hace que ella esté casi constantemente en boca de sus entusiastas cultores.

Ahora bien; ¿a qué experiencia se refiere la Logosofía que tanto fervor des­pierta en los que estudian esta ciencia, cuando hablan de ella? Sabemos que las ciencias comunes también experimentan, no sólo con las cosas sino incluso sobre el hombre mismo. Hay, no obstante, una diferencia radical, terminante y básica, entre una y otra especie de experimentación, que, en resumen, es la si­guiente: las experiencias científicas son de índole material, es decir, no trascienden el plano físico en que se las encara; actúan sobre efectos y son exter­nas al experimentador. Las logosóficas son inmateriales, actúan sobre causas y pertenecen al fuero interno del propio experimentador.

Aún, considerando en especial las ciencias que aparentemente más se apartan del terreno físico, como la Psiquiatría, la Frenología, la Psicología Experimental, podemos afirmar que no sólo actúan sobre efectos, sino que el material de estudio y de pruebas que fundamentan sus investigaciones se lo ofrecen exclusivamente los órganos que componen la red del sistema nervioso. Son, por tanto, ciencias que cabalgan entre la medicina y la biología de una parte, y la filosofía de otra. Por un lado, operan sobre una realidad anatómico-­fisiológica; por otro, teorizan en torno de un ideal apriorístico‑especulativo, cuya raíz escapa todavía a sus posibilidades investigatorias. Esto explica a la vez por qué deben calificar de “fenómenos” a todo ese conjunto indeterminado y amorfo de realidades mentales que hacen fluctuar en el plano de la hipótesis, misterioso para ellas.

La Logosofía lleva directamente al hombre a experimentar no ya sobre sus órganos físicos sino sobre los psicológicos, por cuanto éstos se manifiestan, en la naturaleza humana, a través de aquellos. El hombre es una síntesis físico­-espiritual destinada a evolucionar hacia planos superiores de conciencia; tal facultad le permite ampliar su vida por medio del conocimiento, lo cual constituye su razón de ser existencial.

La conciencia está destinada a actuar sobre los hechos, ya que su función primordial, básica e irreemplazable, consiste en conectar al ser con la realidad de su existencia. Es de notar cómo su vinculación con la experiencia devuelve a ella su verdadera función y permite explicar, al mismo tiempo, mucho de cuanto acontece en la vida del hombre.

Los hechos no son más que las resultantes de la actividad de aquellos agentes denominados pensamientos, materializados o concretados en la realización; de consiguiente, ningún hecho carece de espiritualidad, siendo la vida espiritual la vía de los hechos según una escala jerárquica ético‑estética. Ello muestra cuán absurdo es separar lo físico de lo mental‑psicológico, desde que los pensamientos y los sentimientos son quienes promueven todos los actos realizados por el ser. De la índole de los mismos depende, por tanto, su destino. Este hecho determina el comienzo de su libre arbitrio, el cual, conscientemente practicado, conduce al hombre a acatar y a cumplir con sus deberes, benefi­ciándose al propio tiempo con sus derechos. Además, todo cuanto le rodea y acontece constituye su fuente de información, su “bibliografía”, que la ciencia logosófica le enseña a consultar conscientemente.

Todo aquello carente de órganos de percepción psicológica o psique, vive y actúa, a causa de la ley de caridad, protegido y alentado por la vida universal, impersonal, activa, constructiva. Opuestamente y desvinculada de ella, trans­curre, por lo general, la vida humana; un fracaso, un acontecimiento desfavorable, a veces el menor contraste, sume al hombre en notorio desaliento. Por lo habitual reniega de su “suerte”; en ocasiones, identificado con el escepticis­mo, llega hasta a anular todo anhelo de superación. No obstante, pocos son los que advierten cómo el bosque, destruida por la metralla su labor de siglos, sin rasgos que evidencian desaliento o queja en su naturaleza, sobre las ruinas humeantes todavía, entrégase de nuevo a la tarea infatigablemente titánica y activa de construir siempre, reparando el daño ocasionado por el hombre a los agentes naturales. De inmediato vuelven a asomar yemas sobre las chamuscadas ramas, y junto al coloso despedazado, el germen que brota. Los antiguos sim­bolizan en la fabulosa Fénix la facultad de renacer de entre las cenizas de los propios errores.

Conclusiones.

Los rasgos más salientes de la enseñanza puesta como lema, vista desde un ángulo linguo-expresivo, nos conducen a la siguiente síntesis esquemática:

1º) El hombre es imperfecto porque son imperfectos sus pensamientos.

2ª) Muchas de nuestras imperfecciones serían fácilmente descubiertas si tuviésemos la precaución de examinar a menudo nuestros pensa­mientos.

3º) Son las expresiones, lo mismo que los hechos, quienes muestran la fisonomía de los pensamientos que las generaron.

4º) En lo que respecta a las expresiones, contemplándolas lejos del al­cance de todo vínculo personal (modalidades, tendencias, deseos, as­piraciones comunes), podrían apreciarse sin mucho esfuerzo sus fallas y darse a la tarea impersonal, activa, constructiva, de ir per­feccionando los pensamientos ‑y por ende las expresiones‑ dentro de las posibilidades relativas a cada cual. En el perfeccionamiento de este proceso asumen singular importancia los elementos brindados por la experiencia, conscientemente aprehendidos por el ser.

5º) Las imágenes con que se viste la expresión deberán combinarse sin la participación de esos elementos exclusivamente personales que la mente tiene siempre a su disposición para uso propio, por cuanto ello restaría posibilidades y disminuiría la comprensión de aquellos a quienes van dirigidas. No olvidando el fin social que debe cumplir la expresión, hay que esmerarse en presentar imágenes de conocimientos elaboradas con los datos suministrados por la experiencia, conscientemente identificados con la idea o pensamiento a cuyo proceso de perfección fueron sometidos en un esmerado cultivo men­tal previo a la expresión.

6º) Los resultados no hay que perseguirlos como anhelos aislados –separatividad implica desunión‑, sino en función de un proceso madre o integral que la Logosofía promueve en quien la estudia aplicando sus leyes en forma consciente.

7º) Como la enseñanza logosófica actúa directamente sobre los pensa­mientos y la mente ‑causa del mal‑, su influencia, por esa vía, se extiende a todo el ser, quien se beneficiará de inmediato en la forma y grado en que sus pensamientos se modifiquen favorablemente. Por eso la enseñanza advierte con meridiana claridad que es preciso per­feccionar el proceso que va desde la gestación de la idea o del pen­samiento hasta su presentación al conocimiento de los demás.

Publicado en la revista “Logosofía” N° 61, enero de 1946

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Raumsol continúa exponiendo ante la opinión su clara y penetrante concepción filosófica.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en  “El Heraldo Raumsólico” N° 29 (enero 1938).

Sus conocimientos del Derecho y la Psicología Humana han quedado evidenciados en la vigorosa y extraordinaria defensa de los principios de  su Escuela de Logosofía

Con este artículo doy comienzo a las tareas de este año, y es con verdadera e íntima satisfacción que me dirijo a todos aquellos que han seguido de cerca y con sincero interés la trayectoria de mi palabra siempre fiel reflejo de mis pensamientos en los momentos, precisamente, en que rompiendo mi habitual retraimiento, y consagrado por entero a  la obra que desde el año treinta me halló realizando en compañía de mis buenos discípulos y excelentes amigos, encaré con toda la energía que era menester, la lucha que con tanta osadía y demostrada mala fe me presentaron unos cuantos desventurados, muchos de ellos expulsados de mi Escuela por sus comportamientos incorrectos, que persistieron aun después de haber merecido una serie de amonestaciones y apercibimientos disciplinarios.

En todos mis escritos anteriores expuse cual era mi posición con respecto a la campaña difamatoria de que fui objeto y expliqué cuáles eran los objetivos perseguidos por mis detractores. Fui amplio, claro, preciso y no defraudé, por cierto, ni la lógica expectativa que existía en escucharme, ni la confianza que había inspirado en mis largos anos de labor humanitaria, pues hasta lo que anticipé a la opinión respecto a mis falsos adversarios ideológicos, se fue cumpliendo matemáticamente y en forma aun más completa que la bosquejada. He dicho “falsos adversarios ideológicos”, porque  no pueden ser legítimos aquellos que, con tanta facilidad pasan de un extremo a otro y de todas partes son echados por ser elementos disolventes y peligrosos para toda sociedad sana y bien constituida.

Ellos llevaron a la prensa sus blasfemias y calumnias. Por medio de la prensa respondí a las ofensas y coloqué a cada complotado en su sitio. He dado amplia publicidad a todo cuanto concernía a la acción judicial que inicié y prosigo contra todos los que me atacaron, para que sean probadas sus falsedades y sus inicuos atropellos.

Todos los escritos de mi defensa marcan ya un nuevo rumbo en la historia del derecho. Hasta este momento las resoluciones del Tribunal, tanto en Rosario como en Montevideo, han sido en su totalidad en favor mío; no podía ser de otra manera, ya que acudí a la justicia en demanda de justicia. Sin embargo, en ciertos y determinados casos no hubiera sido necesario reclamar la intervención de los jueces, pero no debía pensar que al poder solucionarlos de otro modo resolvía felizmente una situación personal. Pensé en esa circunstancia, en el peligro que correría cada semejante que fuera objeto por parte de esos aventureros, de idénticos procedimientos y malintencionadas maniobras que con facilidad les fueran hecho caer en sus redes y sucumbir indefensos en brazos de la desesperación, y ese pensamiento me preocupó más que los ataques malévolos y subalternos que me hacían pretendiendo orillar las leyes o valiéndose de subterfugios para sorprender a la opinión con una simulación propia de los que jamás conocieron la decencia o el honor. Sentí la obligación de poner en descubierto todas esas maquinaciones que abren las puertas del atentado, y a pesar de los desesperados esfuerzos que esos entes depravados hicieron para eludir la justicia, allí los he conducido con mano de hierro, y allí, pese a todas sus amenazas, que por cierto no hacen más que mi decisión, tendrán que rendir cuentas y aprender de una vez por todas que no se burlan impunemente las leyes que resguardan el derecho humano.

Cuando aparezcan los compendios que registran los hechos y la defensa de  supremos principios que desde,los comienzos de la historia fueron base de los pueblos, amparo primordial de los hombres, alma y vida de toda criatura humana, todos podrán defenderse con acierto y conocimiento profundo de esos enemigos del progreso  y de las personas honestas y bien nacidas, y se precaverán de esas lacras sociales que viven sorprendiendo la buena fe de los buenos y perjudicando a todos con perniciosas actividades disolventes.

Complacido he dado a la  opinión todos los elementos de juicio para que pudiera juzgar con conocimiento de  causa tan  insólita y abominable campaña. Posiblemente sea éste el último artículo en que me ocupe de este asunto, pues las cosas han cambiado fundamentalmente de cariz. La mayoría de mis detractores hoy se hallan procesados. Con todo, los más audaces,  los más aprovechados, los que  cometieron robos y defraudaciones, aún están bajo sumario. Las pruebas presentadas contra ellos son monumentales, aplastantes, sin embargo, aun no se ha dictado el auto de prisión.

Todos los días son conducidos a la cárcel pobres infelices que robaron un pan,  pero las grandes defraudaciones parecen gozar de excesiva lenidad en los tribunales. Las grandes defraudaciones parecería que no fueran delitos si se señala la injustificada y larga demora del pronunciamiento judicial, y hasta del diligenciamiento del sumario. Pero la acusación fue hecha, asumiendo yo el rol de querellante en representación de una respetable cantidad de personas afectadas por la defraudación. El Tribunal no puede de ninguna manera pasar por alto un delito de esa naturaleza, aunque algunos de los acusados sean abogados o  tengan influencias. Pueden estar seguros todos los damnificados y la opinión general, que daré amplia publicidad a  lo he hecho hasta el presente, de todas las  resoluciones judiciales y si alguna fuera adversa, publicaré la resolución de los  hechos en detalle con las pruebas terminantes que no hubieran  sido estimadas por quienes  dictaren tales fallos, dando a publicidad también la opinión  de calificados letrados sobre el punto.

Los jueces tienen una brillante oportunidad para poner de manifiesto la dignidad  de su ministerio, ya que una gran parte de la opinión está atenta  y dispuesta a aplaudir como merece toda sentencia justiciera que evidentemente fuese notoria y fácilmente demostrable.

Otra cosa quiero que se sepa hoy como una ratificación plena a lo expresado en cada uno de mis artículos anteriores en los que hice alusión a estas mismas circunstancias. Todos mis detractores, lo digo abiertamente, han sido llevados por mí ante la justicia. A todos he acusado de los delitos que cometieron, mientras que ninguno de ellos hubo de atreverse a formular la más mínima acusación en mi contra, pues bien seguros estaban de que habían de pagar muy caro tamaña aventura.

Sin embargo, voy a decirles ahora de qué podrían acusarme (me refiero a mis amables detractores) y es de haberles defraudado  en sus más negras intenciones, pues con todo el oro que gastaron en la satánica campaña difamatoria sólo lograron hacer una intensa propaganda que al fin no pudo ser en contra, sino a favor, ya que la palabra serena y limpia de nuestra defensa fue más que suficiente para volver hacia nosotros la opinión en un formidable gesto de desagravio, como si todos a la vez hubiesen querido brindar por nuestra prosperidad y nuestro triunfo por ser el triunfo de la verdad y el honor sobre el  error y la mentira.

Alejándome por un momento del campo jurídico, ya que en el mes de enero el Tribunal se toma un merecido descanso y las piezas del tablero quedan inamovibles hasta febrero, me ocupare de algo más interesante desde nuestro punto de vista Logosófico.

La humareda se agita, se convulsiona y no atina a resolver sus problemas. Los problemas que se crea ella misma al complicarse cada día más la vida. ¿A qué obedece esta inquietud que no halla sosiego, y a qué ese sufrimiento que no tiene nombre? Buscad la respuesta en vuestras propias mentes, expresé más de una vez, pero tampoco podréis hallarla si no sabéis cómo se busca y en que consiste su hallazgo.

Después de largos años de experiencia en que tal aserción ha sido confirmada y ratificada múltiples veces por quienes realizan los estudios de Logosofía, puedo decir con toda la autoridad que me confiere el propio conocimiento, que la organización del sistema mental es la base de  toda felicidad, así como también la piedra angular del edificio interno del ser.

Y si es la base de toda felicidad, quiere decir que es en esa organización donde el hombre encontrará, en la medida de sus esfuerzos por superarse, la quietud y eliminará los obstáculos que antes le impedían marchar firme hacia un progreso cada día más creciente de sus posibilidades individuales. Ahuyentará así el sufrimiento de su  espíritu porque habrá dominado con sus nuevos conocimientos a la adversidad que castiga sus errores y atormenta su corazón.

Dejad que los necios se rían y se burlen, dije un día a mis discípulos, mientras vosotros seguís adelante logrando cada día mayores satisfacciones en base a los conocimientos que adquirís en mi Escuela. Ya llegará el  día en que esos mismos que hoy se burlan en su ignorancia, se asombrarán de vosotros y verán  aterrados el tiempo y la oportunidad que han perdido.  La mente que se educa en una disciplina superior, que trabaja y se prepara para grandes producciones, no sólo vitaliza extraordinariamente su  organismo psicológico y fisiológico, tiranizándo en la lucha, sino que  más aún se abre una perspectiva inmensa en el plano de los grandes conocimientos, los únicos que pueden dar al hombre las más inefables alegrías y dotarle de fuerzas intelectuales sencillamente maravillosas.

Esos grandes conocimientos hacia los que tantos encaminaron a tientas sus pasos, se alcanzan organizando el sistema mental, pues en esa tarea aprende el hombre a conocer lo que de otra manera le sería harto difícil poder lograr.

Cuando se haya formado en el mundo una nutrida vanguardia de personas poseedoras de ese bien, que ayuden a los demás a libertarse de la esclavitud mental en que viven, se habrá logrado uno de los más grandes triunfos contra el mal que aqueja a la humanidad. Desaparecerá el comunismo con todos sus disfraces y el fascismo envainará su espada, porque el peligro habrá sido conjurado.

 

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