Entradas etiquetadas como psiqueálisis

Los resabios de la filosofía Yoga y consecuencias de sus prácticas -Parte I-

La concentración mental base del Yoga. Nuestro concepto sobre concentración mental. Diferencia fundamental entre las pretendidas prácticas yogues y mentalistas y la concepción logosófica sobre la función verdadera del pensamiento en la concentración mental.

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro Biognosis (1940, capítulo V)

… Urge hacer una revisión de algunas popularizadas ideologías sobre mejoramiento espiritual, cuya boga ha continuado, a pesar del reiterado fracaso que sus métodos arrojaron en la práctica. Se diría que la esperanza humana sigue inconscientemente aferrada a ese débil y adulterado reflejo de las verdades de otro tiempo, no obstante los severos contrastes con que la realidad le advierte que debe dirigirse a mejores fuentes de saber.

Consideremos, por ejemplo, la doctrina del Yoga, cuyas exposiciones, comentarios y derivados ocupan tanto lugar en las bibliotecas modernas, y que no hace mucho merecieron una apología de Romain Rolland. Se entenderá que nos referimos al yoga o a cualquiera de sus derivaciones mentalistas, en la forma que circulan actualmente. Lejos estamos de aludir a la vieja disciplina, tal cual floreció en la India unos cuarenta siglos atrás, pues de, ese monumento sólo quedan ruinas y recuerdos; así lo reconoce el más renombrado de sus expositores modernos, Swami Vivekananda, cuando nos dice: “En la India, debido a diversas causas, el Raja-Yoga cayó en manos de personas que perdieron el noventa por ciento de este conocimiento y del resto que les quedó trataron de hacer un gran secreto”. Y más adelante añade: “… y es un hecho sorprendente que cuanto más moderno es el comentarista que de ella se ocupa, tanto más equivocadamente la interpreta”.

Cuanto se diga de la historia del Yoga, de la vida de sus primitivos expositores, de las épocas en que surgió, etc., será indudablemente, muy interesante y podrá dar lugar a que se escriban páginas brillantes. Pero, en lo que al conocimiento de sí mismo se refiere, la utilidad de esas páginas ya es harina de otro costal. La humanidad de hoy exige métodos preciosos. y científicos, de base homogénea y de absoluta certeza y seguridad en sus resultados, que es inútil pedirlos a una filosofía que data de hace más de treinta siglos, escrita en idiomas que cuanto más se conocen, más enseñan a desconfiar de traducciones e interpretaciones.

Los actuales tratados de yoga comienzan, generalmente, por indicar al estudiante ejercicios de concentración y vacío mental, laxaciones musculares, hábitos de aislamiento, meditaciones y repetición memórica de fórmulas  destinadas al logro de esta o aquella cualidad.

Por ejemplo: Ramacharaka aconseja, desde la primera lección, afirmar: “Yo soy el dueño de mi mente”; esto es afirmar una mentira, como si con la sola repetición de una frase pudiera lograrse el objetivo perseguido.

Para que el hombre llegue a ser dueño de su mente es menester que comprenda a fondo su naturaleza ; que se compenetre bien de sus modalidades; que conozca las actividades de los pensamientos, etc., etc. La fórmula que indica Ramacharaka – al igual que tantas otras que pueden encontrarse en libros análogos – no es más que un automatismo inconsciente por repetición de palabras o de gestos, sin ningún resultado práctico. Lo mismo valdría que el estudiante repitiese “yo soy el dueño de mi estómago” o “yo soy el dueño de mi nariz”. ¿Qué resultados podrían aguardarse de ello? Si le sobreviniese un estornudó, por ejemplo, por más dueño de su nariz que repita ser, tendrá que estornudar.

También recomienda el citado autor: “Haced que vuestra imaginación os vea a vosotros mismos como poseedores de una cualidad mental y como llevándola a cabo. Empleadla en vuestra imaginación una y otra vez tan a menudo como sea posible. .. “.

Ramacharaka cree que con tales ejercicios se desarrolla la cualidad imaginada. Pero no hay tal cosa, y es inadmisible la ingenuidad que presupone ese fantaseo autosugestivo.

El único resultado que puede brindar la repetición de semejantes fórmulas es la  hipertrofia de la imaginación, ya que es la única cualidad que actúa en el caso; por ejemplo, si una persona se pone a imaginar que posee la firmeza, no está cultivando la firmeza, sino la imaginación.

La realidad se ha encargado de demostrar esto a muchos ilusos, cuando al cabo de unos  meses de práctica sobre la voluntad, la energía o la memoria, tuvieron que recurrir a alguna de ellas y se encontraron con que habían acumulado un capital quimérico, que se evaporaba al contacto más leve con las asperezas de la vida corriente.

Prosiguiendo el análisis de esta clase de libros, encontramos igualmente tal ausencia del sentido de la realidad y tal abundancia de puerilidades, que no parece sino que los autores se hubieran propuesto convertir al hombre en un Tartarín frente a sí mismo. Tanto lo inducen a repetir e imaginar que es el dueño de su mente y de su destino; que es el centro en torno al cual gira el mundo, etc., etc., que hasta llegan a sugestionarle y hacerle creer que está en posesión de una cuantiosa fortuna espiritual representada por fuerzas, poderes y conocimientos de toda índole. La historia nos muestra  muchos antecedentes de esta viciosa inclinación de la naturaleza humana a la fantasía. Dícese que él rey Jorge IV, a fuerza de repetir a los demás que había asistido a la batalla de Walterloo, terminó por creerlo él mismo.

Quien se propone realizar el “Nosce te ipsum” debe estar muy en guardia contra los  extravíos de la imaginación. Es, precisamente, el excesivo y defectuoso desarrollo de esta facultad uno de los más serios adversarios con que se encuentra el hombre moderno que se propone superar su condición espiritual.

Ninguno de los sistemas yoguis contiene una palabra de advertencia al respecto; muy al contrario, aconsejan exacerbar la fantasía y desenfrenar totalmente la imaginación, haciendo que el hombre sueñe estar en posesión de toda clase de facultades superiores, día tras día y en forma rutinaria. Este parece ser el único “método de mejoramiento espiritual que recomiendan, pues según ellos, el medio más eficaz de adquirir cualidades superiores es imaginando uno poseerlas.

Ahora bien; es casi imposible determinar los absurdos a que puede llegar un hombre abandonado a sí mismo, sin más guía que la de esos consejos rudimentarios e indicaciones vagas, y sin el auxilio de otra facultad que la imaginación, de la que tanto debería prevenirse. No obstante, puede señalarse como norma general, que la insistencia en tales ejercicios conduce al desequilibrio, al hastío o a estados agudos de sobreexcitación psíquica y nerviosa. Lo único que puede obtener el hombre de las “concentraciones del pensamiento” que se le indican como llave de todo conocimiento, es un dolor de cabeza después de cada sesión o bien, quedarse profundamente dormido en el curso de la misma.

Nadie hasta aquí ha denunciado la verdad sobre esos resultados, obedeciendo ello, sin duda, más que nada a ese temor al ridículo que experimentan quienes practicando el yoga se han vuelto insensatos hasta el punto de afirmar que han logrado realizar lo que en semejante forma es completamente inalcanzable. La Logosofía pone al descubierto tales errores y absurdos, basada no sólo en razones de lógica esencial, sino en la observación directa de múltiples casos que por ser públicos y notorios, nos eximimos de comentar.

El lector que tal vez no ha tenido oportunidad de presenciar estos casos y que muy posiblemente sólo haya escuchado alabanzas respecto al yoga, ¿duda de la seriedad de esta afirmación? Perfectamente. He aquí, entonces, algunos trozos de la ya citada obra de Vivekananda que evidencian sin réplica a qué extremos puede llegar la persona mejor intencionada, por medio de estos equivocados manejos mentales:

“Si concentráis vuestro pensamiento sobre la punta de la nariz, dentro de algunos días principiaréis a sentir las más exquisitas fragancias”

“Aquellos que practican asidua y constantemente observarán muchos otros signos. Algunas veces percibirán sonidos a manera de un repique de campanas oídas a distancia, que a su oído parecerán como un sonido continuo. Otras veces verán diminutos puntos de luz que flotan y cada vez se hacen mayores. Cuando esto suceda, tened por seguro que estáis progresando rápidamente…” (pág., 104)

Es evidente que para estos consejos habría que añadir algunos artículos al código Penal. Inducir a tales desatinos y todavía afirmar que esos síntomas de debilitamiento nervioso son señales de progreso, es un crimen de lesa humanidad; un atentado contra la sabiduría de ayer y de hoy, cuyos verdaderos representantes jamás aconsejaron semejantes locuras.

He aquí otra prueba que figura un poco más adelante: “observaréis que al principio las cosas más tenues os desequilibran. Una pequeña cantidad de alimento de más o de menos llevará la perturbación a todo el sistema hasta tanto que logréis un perfecto dominio, en cuyo caso podréis comer lo que os plazca. Cuando principiéis a concentraros, notaréis que la caída de un alfiler os hará el efecto de un trueno que hubiese pasado a través de vuestro cerebro” (pág., 105).

Tales son, indudablemente, los síntomas del estado de sobreexcitación que enunciáramos. Confundirlos con los del mejoramiento espiritual es tomar la enfermedad por salud y el debilitamiento por vigor. ¿A dónde conduciría un médico que padeciese análogos errores?

(continuará)

Anuncios

, , , , , , ,

Deja un comentario

Concepto sobre el perdón o acto de perdonar

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De su libro “Diálogos”, (1952, Diálogo No. XXXVI, pág 144)

FAUSTINO —Días pasados comentábamos, entre varios condiscípulos, la eficacia o la ineficacia de la aplicación de ciertas prácticas y principios sustentados por algunas religiones, teniendo presente, desde luego, algunas enseñanzas logosóficas que difieren de las interpretaciones conocidas. Tal, por ejemplo, lo referente al perdón o acto de perdonar.

Por mi parte, siempre he considerado humano el perdonar las faltas de los demás, aún cuando en mi caso en particular —y creo que en muchos ocurre lo mismo— me ha sido difícil hacerlo al instante; antes bien, después de un tiempo, y, según los casos, he perdonado o no. En cambio, me resulta incomprensible el perdón que las religiones otorgan a sus fieles por el mero hecho de confesarse, o por destinarse un día del año al perdón de las faltas mútuas entre semejantes. Tal vez exista en ello algo enigmático, ajeno totalmente a mi conocimiento. Será de gran valor para mí escuchar al respecto vuestra autorizada palabra, profunda y convincente siempre.

PRECEPTOR —Este asunto del perdón es algo muy delicado, que merece, dada su índole y por el hecho de ofrecer aspectos tan variados como singulares, tratarse con la extensión debida.

Como fórmula moral es admirable, pero no siempre cumple su primordial objeto. Ahora bien; prescindiendo de todo otro concepto, la Sabiduría Logosófica concibe el perdón como una virtud de espíritu universal que se extiende por todos los ámbitos de la Creación y cuyos beneficios alcanzan a la criatura humana mientras no abuse de tan preciada prerrogativa.

Así, pues, en tanto vive el hombre en la ignorancia, ajeno por completo al mecanismo universal que gobierna y regula por medio de sus leyes los movimientos y actividades de la existencia animada, comete errores y faltas de toda especie. En su inmensa mayoría, dichos errores y faltas son reparables, pero las sanciones que salen de la órbita jurídica de las relaciones humanas rara vez tienen inmediata aplicación; de ello se encarga luego la adversidad haciéndole sufrir las consecuencias.

No obstante, las leyes supremas son justas y magnánimas, y a la vez estrictas. Conceden al hombre el tiempo necesario para reparar sus faltas, primero mediante el reconocimiento de las mismas y después mediante el esfuerzo tenaz para enmendarlas íntegramente. Realizado esto, el perdón surge de la propia conciencia individual, al quedar reparados la falta o el error. Si tales hechos hubiesen afectado a sus semejantes, esa conducta asimismo lo rehabilitaría.

FAUSTINO —Es la vuestra una originalísima concepción que supera en alto grado los antiguos conceptos. Pero aún me resta una duda: los seres afectados por los errores o faltas de un semejante, ¿no deben, acaso, perdonarlo para que aquél pueda quedar absuelto?

PRECEPTOR —He ahí, precisamente, un hecho cuya frecuencia hace necesaria su aclaración. Él perdón que comúnmente otorga el ofendido, o simplemente afectado, es siempre ostentoso, haciéndolo sentir, por lo general, en forma harto deslucida. Ese perdón, concedido desde la altura ilusoria en que éste se ubica, constituye para el perdonado un verdadero, agravio.

Entre seres evolucionados, el perdón de las faltas y errores ajenos es una virtud consubstancial con el propio espíritu, justo y magnánimo, y, sin necesidad de manifestarlo en gesto externo, se lo evidencia por el olvido del daño que, a juicio de quien perdona, le hubo ocasionado un semejante.

FAUSTINO —Pero si quien incurriera en un desliz no se enmienda luego ni reconoce sus faltas o errores, ¿qué proceder cabría?

PRECEPTOR —Conviene agotar siempre todo recurso noble para que el ofensor comprenda finalmente su equivocación; si nada diera resultado, siempre queda el retiro discreto de la amistad.

Jamás deberá privarse, a quien ha incurrido en falta, de la oportunidad de subsanarla corrigiendo su equivocada actuación. Pero si no se enmienda, cuenta de él será afrontar las consecuencias, que han de comenzar por su desconcepto.

FAUSTINO —Me interesa conocer cuáles son esos recursos nobles que habéis mencionado, de los cuales se puede echar mano en tales casos.

PRECEPTOR —La paciencia y la tolerancia que exige todo comportamiento elevado, en primer lugar. En segundo término, el llamado de atención, sin alterar la serenidad que requieren esas circunstancias ni mostrar las violencias de las reacciones que hubieran podido experimentarse.

FAUSTINO —Resumiendo, ¿podríais señalarme, entonces, el verdadero alcance del perdón?

PRECEPTOR —Claramente se desprende de cuanto os he expresado que el verdadero perdón, el que redime, surge de la conciencia individual al enmendarse quien ha incurrido en falta o en error.

Es ese el perdón grato a los ojos de Dios, por ser el más fecundo. También lo es el que se evidencia por el olvido o atenuación que discretamente se hace de una falta; no así el que se pronuncia de labios afuera, porque revela incomprensión y aún hipocresía, pues generalmente está subordinado al sometimiento humilde del perdonado que lo acepta.

, , , , ,

Deja un comentario

Del contenido logosófico

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la revista Logosofía Nº 23 (noviembre 1942)

La enseñanza logosófica contiene no sólo la esencia de la Sabiduría, sino también la del afecto, cuya fuerza posee la virtud de hermanar las almas y facilitar la mutua comprensión entre todos los que se unen por el conocimiento y ese mismo afecto.

Nada podría hacerse si en verdad la voluntad no estuviera impregnada de ese amor puro y grande que permite al ser las más honrosas manifestaciones de su sentir. Nada que no  sea hecho con amor, perdura. El amor exige paciencia, esfuerzo y perseverancia, y exige también convicciones profundas;  de ahí que cobre tan alto significado el poder de la enseñanza, dado que no es letra muerta, sino palabra viva que la fuerza de la vida misma, y quien sienta la fuerza de esa vida ha de ser capaz de transmitirla y hacer que los demás sientan.

La Logosofía podía haber dado ya conocimientos tan grandes que hubiesen transformado ambientes enteros y encaminado almas hacia un mundo mejor, mas ha sido tal la oscuridad que reinaba en torno de ellas, que ha debido luchar mucho para que la luz penetrara en esas profundas tinieblas y las volviera a la claridad del día.

El autor de la Logosofía tiene dedicadas y consagradas a esta labor todas las horas de su vida; ni cesa un instante en auxiliar la  mente de sus discípulos para que puedan ir trascendiendo los estados de comprensión necesaria y afirmar una ma­yor capacitación mental. No siempre hubo de encontrar la misma disposición en todos para seguir la trayectoria del pensamiento creador hacia las  regiones de la inteligencia, allí donde encuentra la explicación de su existencia y abre sus efluvios de la vida universal. A esas regiones es adonde con el más grande empeño trata siempre de llevar al llamado  rey de la Creación para que no continúe siendo súbdito de los instintos del salvaje.

Muchas modalidades rebeldes deben vencerse en el proceso de superación; mucho es lo que debe modificarse en la estructura del temperamento humano, en la que fueron calcadas numerosas características que hoy impiden que la evolución consciente pueda acelerarse en grado máximo. No obstante, algo  muy grande se ha logrado en este titánico esfuerzo, y es el haber hecho que las horas de todos los que colaboran en la obra  que realiza la Escuela de Logosofía, sean más fecundas y más y ricas en  motivos dignos de las almas que ansían superarse, y que al fijar su atención en múltiples detalles que antes pasaban  desapercibidos a la vista y observación común, cada uno haya aumentado su caudal interno de valores.

La existencia, la verdadera existencia del ser humano, debe forjarse en los arcanos del conocimiento. Desgraciado aquel que la forja en las miserias de la ignorancia.

El hombre tiene abierto un camino inmenso hacia la cumbre misma de la perfección, pero no lo sabe; ignora siempre lo  que está más allá de su vista y de su entendimiento. Por ello, siempre ha necesitado que alguien le enseñe ese camino y lo conduzca por él para no perderse en las mil tentaciones que bordean las sendas de la vida pugnando por tentarlo y seducirlo.

El ser humano está limitado a sus posibilidades; puede saber lo que vivió, pero la noción de su futuro no va más allá del día en que está viviendo. El futuro para él es tan incierto como lo es su propia vida, cuyo contenido y significado desconoce. Sin embargo, cada uno puede conocer su futuro si toma como punto de referencia lo que en diez días es capaz de hacer. Si su  voluntad así lo quiere, los diez siguientes pueden ser los mismos o superarlos, pues depende del propio ser. Ahora bien; si en esos diez días en lugar de hacer cosas pequeñas prepara sus energías inteligentemente para realizar cosas grandes, podrá por las perspectivas de su propia preparación, conocer el futuro.

Nadie debe pensar que la vida corre hacia la fatalidad por un designio implacable, porque sería negar el mérito de su misma   existencia. La vida no puede abandonarse a un albur semejante, so pena de correr la suerte tan mísera de sumergirse en las tenebrosas regiones de la nada.

Si bien es cierto que Dios ha creado al ser humano y pues­to en su vida todos los recursos que le son menester para soportar los rigores más severos de la adversidad, cierto es también, que cada uno puede hacer honor a esa creación alcanzando la conciencia plena de lo que representa su existencia dentro del género humano. Nada podrá ser más grato a los ojos de quien la ha creado que ver acercarse gradualmente al ser hacia Él, descubriendo primero, los conocimientos que señalan la senda de la evolución hasta la máxima o suprema culminación, e iden­tificándose después con ellos.

La vida de los seres humanos está interpenetrada totalmen­te por la esencia mental de la Mente Cósmica; por ello, si en to­do lo demás la criatura humana es limitada, al elevarse al plano, mental éste rompe sus limitaciones y la vida se ensancha y to­ma contacto con la vida universal. Entonces es cuando puede apreciar todas las cosas de otro modo y recién comprende, a  veces con bastante dolor, cuán estériles son las horas de tantas vidas que permanecen ajenas a semejante realidad.

 

 

, , , , , , ,

Deja un comentario

El éxito de Harry Potter

Diarios “El Pais”  y “El Observador” de Montevideo – Jueves 26 de julio de 2007

Por Jorge N. Dusio

No es de asombrar la fascinación que ejerce la magia en los pueblos sajones.

Generación tras generación ha sido sugestionada desde la infancia con lo místico, lo oculto y la existencia de talismanes, hechizos y fuerzas sobrenaturales con las que inesperadamente cualquier mortal podría ser afectado, instituido como el elegido, el numen del destino y hasta el salvador milagroso de los demás (Potter, Frodo, Neo, Supermán, Popeye, etc.).

Si bien no es patrimonio exclusivo de estos pueblos, ya que otros han tenido similares tratamientos deformativos en la niñez, la peculiaridad en ellos es el acentuado embelesamiento con el “poder sobrenatural”… como si existiera realmente algo por encima de la Naturaleza y lo Natural…. Tal la sutil parálisis de una zona delicada del entendimiento humano.

A los pueblos pre-colombinos y los egipcios se les atribuye también la atracción hacia lo místico, y aunque borrosamente dibujados estos caracteres por lo poco que dejó el arrase cultural que sufrieron por pueblos supuestamente más civilizados, subyacen algunos indicios claros que a estos les atraía e impresionaban las fuerzas de la naturaleza fundamentalmente, expresadas en formas simbólicas como “dioses”, sin duda mucho más cerca de lo natural que aquellos otros dislates de la imaginación hipertrofiada.

¿Tendrá alguna conexión el estado actual de decadencia y violencia con esa desnaturalización de las verdaderas posibilidades humanas?

, , , , ,

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: