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Los resabios de la filosofía Yoga y consecuencias de sus prácticas -Parte I-

La concentración mental base del Yoga. Nuestro concepto sobre concentración mental. Diferencia fundamental entre las pretendidas prácticas yogues y mentalistas y la concepción logosófica sobre la función verdadera del pensamiento en la concentración mental.

Por Carlos Bernardo González Pecotche.

De su libro Biognosis (1940, capítulo V)

… Urge hacer una revisión de algunas popularizadas ideologías sobre mejoramiento espiritual, cuya boga ha continuado, a pesar del reiterado fracaso que sus métodos arrojaron en la práctica. Se diría que la esperanza humana sigue inconscientemente aferrada a ese débil y adulterado reflejo de las verdades de otro tiempo, no obstante los severos contrastes con que la realidad le advierte que debe dirigirse a mejores fuentes de saber.

Consideremos, por ejemplo, la doctrina del Yoga, cuyas exposiciones, comentarios y derivados ocupan tanto lugar en las bibliotecas modernas, y que no hace mucho merecieron una apología de Romain Rolland. Se entenderá que nos referimos al yoga o a cualquiera de sus derivaciones mentalistas, en la forma que circulan actualmente. Lejos estamos de aludir a la vieja disciplina, tal cual floreció en la India unos cuarenta siglos atrás, pues de, ese monumento sólo quedan ruinas y recuerdos; así lo reconoce el más renombrado de sus expositores modernos, Swami Vivekananda, cuando nos dice: “En la India, debido a diversas causas, el Raja-Yoga cayó en manos de personas que perdieron el noventa por ciento de este conocimiento y del resto que les quedó trataron de hacer un gran secreto”. Y más adelante añade: “… y es un hecho sorprendente que cuanto más moderno es el comentarista que de ella se ocupa, tanto más equivocadamente la interpreta”.

Cuanto se diga de la historia del Yoga, de la vida de sus primitivos expositores, de las épocas en que surgió, etc., será indudablemente, muy interesante y podrá dar lugar a que se escriban páginas brillantes. Pero, en lo que al conocimiento de sí mismo se refiere, la utilidad de esas páginas ya es harina de otro costal. La humanidad de hoy exige métodos preciosos. y científicos, de base homogénea y de absoluta certeza y seguridad en sus resultados, que es inútil pedirlos a una filosofía que data de hace más de treinta siglos, escrita en idiomas que cuanto más se conocen, más enseñan a desconfiar de traducciones e interpretaciones.

Los actuales tratados de yoga comienzan, generalmente, por indicar al estudiante ejercicios de concentración y vacío mental, laxaciones musculares, hábitos de aislamiento, meditaciones y repetición memórica de fórmulas  destinadas al logro de esta o aquella cualidad.

Por ejemplo: Ramacharaka aconseja, desde la primera lección, afirmar: “Yo soy el dueño de mi mente”; esto es afirmar una mentira, como si con la sola repetición de una frase pudiera lograrse el objetivo perseguido.

Para que el hombre llegue a ser dueño de su mente es menester que comprenda a fondo su naturaleza ; que se compenetre bien de sus modalidades; que conozca las actividades de los pensamientos, etc., etc. La fórmula que indica Ramacharaka – al igual que tantas otras que pueden encontrarse en libros análogos – no es más que un automatismo inconsciente por repetición de palabras o de gestos, sin ningún resultado práctico. Lo mismo valdría que el estudiante repitiese “yo soy el dueño de mi estómago” o “yo soy el dueño de mi nariz”. ¿Qué resultados podrían aguardarse de ello? Si le sobreviniese un estornudó, por ejemplo, por más dueño de su nariz que repita ser, tendrá que estornudar.

También recomienda el citado autor: “Haced que vuestra imaginación os vea a vosotros mismos como poseedores de una cualidad mental y como llevándola a cabo. Empleadla en vuestra imaginación una y otra vez tan a menudo como sea posible. .. “.

Ramacharaka cree que con tales ejercicios se desarrolla la cualidad imaginada. Pero no hay tal cosa, y es inadmisible la ingenuidad que presupone ese fantaseo autosugestivo.

El único resultado que puede brindar la repetición de semejantes fórmulas es la  hipertrofia de la imaginación, ya que es la única cualidad que actúa en el caso; por ejemplo, si una persona se pone a imaginar que posee la firmeza, no está cultivando la firmeza, sino la imaginación.

La realidad se ha encargado de demostrar esto a muchos ilusos, cuando al cabo de unos  meses de práctica sobre la voluntad, la energía o la memoria, tuvieron que recurrir a alguna de ellas y se encontraron con que habían acumulado un capital quimérico, que se evaporaba al contacto más leve con las asperezas de la vida corriente.

Prosiguiendo el análisis de esta clase de libros, encontramos igualmente tal ausencia del sentido de la realidad y tal abundancia de puerilidades, que no parece sino que los autores se hubieran propuesto convertir al hombre en un Tartarín frente a sí mismo. Tanto lo inducen a repetir e imaginar que es el dueño de su mente y de su destino; que es el centro en torno al cual gira el mundo, etc., etc., que hasta llegan a sugestionarle y hacerle creer que está en posesión de una cuantiosa fortuna espiritual representada por fuerzas, poderes y conocimientos de toda índole. La historia nos muestra  muchos antecedentes de esta viciosa inclinación de la naturaleza humana a la fantasía. Dícese que él rey Jorge IV, a fuerza de repetir a los demás que había asistido a la batalla de Walterloo, terminó por creerlo él mismo.

Quien se propone realizar el “Nosce te ipsum” debe estar muy en guardia contra los  extravíos de la imaginación. Es, precisamente, el excesivo y defectuoso desarrollo de esta facultad uno de los más serios adversarios con que se encuentra el hombre moderno que se propone superar su condición espiritual.

Ninguno de los sistemas yoguis contiene una palabra de advertencia al respecto; muy al contrario, aconsejan exacerbar la fantasía y desenfrenar totalmente la imaginación, haciendo que el hombre sueñe estar en posesión de toda clase de facultades superiores, día tras día y en forma rutinaria. Este parece ser el único “método de mejoramiento espiritual que recomiendan, pues según ellos, el medio más eficaz de adquirir cualidades superiores es imaginando uno poseerlas.

Ahora bien; es casi imposible determinar los absurdos a que puede llegar un hombre abandonado a sí mismo, sin más guía que la de esos consejos rudimentarios e indicaciones vagas, y sin el auxilio de otra facultad que la imaginación, de la que tanto debería prevenirse. No obstante, puede señalarse como norma general, que la insistencia en tales ejercicios conduce al desequilibrio, al hastío o a estados agudos de sobreexcitación psíquica y nerviosa. Lo único que puede obtener el hombre de las “concentraciones del pensamiento” que se le indican como llave de todo conocimiento, es un dolor de cabeza después de cada sesión o bien, quedarse profundamente dormido en el curso de la misma.

Nadie hasta aquí ha denunciado la verdad sobre esos resultados, obedeciendo ello, sin duda, más que nada a ese temor al ridículo que experimentan quienes practicando el yoga se han vuelto insensatos hasta el punto de afirmar que han logrado realizar lo que en semejante forma es completamente inalcanzable. La Logosofía pone al descubierto tales errores y absurdos, basada no sólo en razones de lógica esencial, sino en la observación directa de múltiples casos que por ser públicos y notorios, nos eximimos de comentar.

El lector que tal vez no ha tenido oportunidad de presenciar estos casos y que muy posiblemente sólo haya escuchado alabanzas respecto al yoga, ¿duda de la seriedad de esta afirmación? Perfectamente. He aquí, entonces, algunos trozos de la ya citada obra de Vivekananda que evidencian sin réplica a qué extremos puede llegar la persona mejor intencionada, por medio de estos equivocados manejos mentales:

“Si concentráis vuestro pensamiento sobre la punta de la nariz, dentro de algunos días principiaréis a sentir las más exquisitas fragancias”

“Aquellos que practican asidua y constantemente observarán muchos otros signos. Algunas veces percibirán sonidos a manera de un repique de campanas oídas a distancia, que a su oído parecerán como un sonido continuo. Otras veces verán diminutos puntos de luz que flotan y cada vez se hacen mayores. Cuando esto suceda, tened por seguro que estáis progresando rápidamente…” (pág., 104)

Es evidente que para estos consejos habría que añadir algunos artículos al código Penal. Inducir a tales desatinos y todavía afirmar que esos síntomas de debilitamiento nervioso son señales de progreso, es un crimen de lesa humanidad; un atentado contra la sabiduría de ayer y de hoy, cuyos verdaderos representantes jamás aconsejaron semejantes locuras.

He aquí otra prueba que figura un poco más adelante: “observaréis que al principio las cosas más tenues os desequilibran. Una pequeña cantidad de alimento de más o de menos llevará la perturbación a todo el sistema hasta tanto que logréis un perfecto dominio, en cuyo caso podréis comer lo que os plazca. Cuando principiéis a concentraros, notaréis que la caída de un alfiler os hará el efecto de un trueno que hubiese pasado a través de vuestro cerebro” (pág., 105).

Tales son, indudablemente, los síntomas del estado de sobreexcitación que enunciáramos. Confundirlos con los del mejoramiento espiritual es tomar la enfermedad por salud y el debilitamiento por vigor. ¿A dónde conduciría un médico que padeciese análogos errores?

(continuará)

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Concepto sobre el perdón o acto de perdonar

Por Carlos Bernardo González Pecotche

De su libro “Diálogos”, (1952, Diálogo No. XXXVI, pág 144)

FAUSTINO —Días pasados comentábamos, entre varios condiscípulos, la eficacia o la ineficacia de la aplicación de ciertas prácticas y principios sustentados por algunas religiones, teniendo presente, desde luego, algunas enseñanzas logosóficas que difieren de las interpretaciones conocidas. Tal, por ejemplo, lo referente al perdón o acto de perdonar.

Por mi parte, siempre he considerado humano el perdonar las faltas de los demás, aún cuando en mi caso en particular —y creo que en muchos ocurre lo mismo— me ha sido difícil hacerlo al instante; antes bien, después de un tiempo, y, según los casos, he perdonado o no. En cambio, me resulta incomprensible el perdón que las religiones otorgan a sus fieles por el mero hecho de confesarse, o por destinarse un día del año al perdón de las faltas mútuas entre semejantes. Tal vez exista en ello algo enigmático, ajeno totalmente a mi conocimiento. Será de gran valor para mí escuchar al respecto vuestra autorizada palabra, profunda y convincente siempre.

PRECEPTOR —Este asunto del perdón es algo muy delicado, que merece, dada su índole y por el hecho de ofrecer aspectos tan variados como singulares, tratarse con la extensión debida.

Como fórmula moral es admirable, pero no siempre cumple su primordial objeto. Ahora bien; prescindiendo de todo otro concepto, la Sabiduría Logosófica concibe el perdón como una virtud de espíritu universal que se extiende por todos los ámbitos de la Creación y cuyos beneficios alcanzan a la criatura humana mientras no abuse de tan preciada prerrogativa.

Así, pues, en tanto vive el hombre en la ignorancia, ajeno por completo al mecanismo universal que gobierna y regula por medio de sus leyes los movimientos y actividades de la existencia animada, comete errores y faltas de toda especie. En su inmensa mayoría, dichos errores y faltas son reparables, pero las sanciones que salen de la órbita jurídica de las relaciones humanas rara vez tienen inmediata aplicación; de ello se encarga luego la adversidad haciéndole sufrir las consecuencias.

No obstante, las leyes supremas son justas y magnánimas, y a la vez estrictas. Conceden al hombre el tiempo necesario para reparar sus faltas, primero mediante el reconocimiento de las mismas y después mediante el esfuerzo tenaz para enmendarlas íntegramente. Realizado esto, el perdón surge de la propia conciencia individual, al quedar reparados la falta o el error. Si tales hechos hubiesen afectado a sus semejantes, esa conducta asimismo lo rehabilitaría.

FAUSTINO —Es la vuestra una originalísima concepción que supera en alto grado los antiguos conceptos. Pero aún me resta una duda: los seres afectados por los errores o faltas de un semejante, ¿no deben, acaso, perdonarlo para que aquél pueda quedar absuelto?

PRECEPTOR —He ahí, precisamente, un hecho cuya frecuencia hace necesaria su aclaración. Él perdón que comúnmente otorga el ofendido, o simplemente afectado, es siempre ostentoso, haciéndolo sentir, por lo general, en forma harto deslucida. Ese perdón, concedido desde la altura ilusoria en que éste se ubica, constituye para el perdonado un verdadero, agravio.

Entre seres evolucionados, el perdón de las faltas y errores ajenos es una virtud consubstancial con el propio espíritu, justo y magnánimo, y, sin necesidad de manifestarlo en gesto externo, se lo evidencia por el olvido del daño que, a juicio de quien perdona, le hubo ocasionado un semejante.

FAUSTINO —Pero si quien incurriera en un desliz no se enmienda luego ni reconoce sus faltas o errores, ¿qué proceder cabría?

PRECEPTOR —Conviene agotar siempre todo recurso noble para que el ofensor comprenda finalmente su equivocación; si nada diera resultado, siempre queda el retiro discreto de la amistad.

Jamás deberá privarse, a quien ha incurrido en falta, de la oportunidad de subsanarla corrigiendo su equivocada actuación. Pero si no se enmienda, cuenta de él será afrontar las consecuencias, que han de comenzar por su desconcepto.

FAUSTINO —Me interesa conocer cuáles son esos recursos nobles que habéis mencionado, de los cuales se puede echar mano en tales casos.

PRECEPTOR —La paciencia y la tolerancia que exige todo comportamiento elevado, en primer lugar. En segundo término, el llamado de atención, sin alterar la serenidad que requieren esas circunstancias ni mostrar las violencias de las reacciones que hubieran podido experimentarse.

FAUSTINO —Resumiendo, ¿podríais señalarme, entonces, el verdadero alcance del perdón?

PRECEPTOR —Claramente se desprende de cuanto os he expresado que el verdadero perdón, el que redime, surge de la conciencia individual al enmendarse quien ha incurrido en falta o en error.

Es ese el perdón grato a los ojos de Dios, por ser el más fecundo. También lo es el que se evidencia por el olvido o atenuación que discretamente se hace de una falta; no así el que se pronuncia de labios afuera, porque revela incomprensión y aún hipocresía, pues generalmente está subordinado al sometimiento humilde del perdonado que lo acepta.

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González Pecotche, demócrata y humanista – Capitulo III: Las Libertades

El creador de la Logosofía visto desde el ángulo de su concepción política y humanista.
Por Dardo Víctor Cabiró – Montevideo 1999

Capítulo III – Las libertades

Índice
1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.
2.- “No deben cercenarse derechos que son inalienables”.
3.-  La libertad.
4.- Paz, libertad y derechos humanos.

 

1.- Libertad y libre albedrío. El totalitarismo.

Comenzaremos esta parte, citando el discernimiento entre libertad y libre albedrío, que hace el autor que venimos estudiando.

En el concepto logosófico: “La libertad se diferencia del libre albedrío, en que mientras la primera tiene su expresión en lo externo, el último la tiene en lo interno.”

Afirma que la libertad de cultos, de palabra, de comercio, como la de carácter político, social o económico, constituyen un requerimiento necesario para “la convivencia humana y, a la vez, imprescindible para que las facultades del individuo encuentren campo más propicio para su desarrollo y cometido.”

En los regímenes totalitarios que asolaron Europa, los pueblos no gozaron ni de libertad ni de libre albedrío, desde que éste fue eclipsado y aún anulado, ya que desde la infancia se les privó “de promover el libre juego de las funciones que atañen a su inteligencia, … sobreviniendo en consecuencia… el atrofiamiento de sus facultades y el debilitamiento de la razón hasta anularla.” [1]

 

2.- No deben cercenarse derechos que son inalienables.

 “El derecho a pensar con libertad –escribía el Maestro González Pecotche en mayo de 1942- es tan necesario al hom­bre como el derecho a vivir. Vivir sin pensar es convertirse en un autómata, o más claro aún, no es vivir. La diferencia entre el  hombre y el animal radica fundamentalmente en el pensamiento; si éste no puede cultivarse, el hombre se irá asimilando a un es­tado salvaje o animal. Ello significaría su muerte como entidad racional, civil y social; y anularía todas sus posibilidades de mejoramiento o evolución. En efecto, quien no puede expresar con libertad su pensamiento, no puede sentir la vida en su ver­dadero carácter y esencia.”

“La libertad de  pensar no significa en  manera  alguna que la sociedad autorice la licencia, el abuso o las extralimitaciones de cualquier género. La órbita del derecho está perfectamente  diseñada en todas las legislaciones y quien salga de ella caerá de inmediato bajo alguna disposición penal: El ejercicio de una facultad nada tiene que ver con el buen o mal uso que de esta  se haga; a nadie se le ocurrirá prohibir la circulación del dinero por el  hecho de que haya ladrones y falsificadores, o del vino, por haber borrachos. [2]

Los conceptos que venimos de ver, nos sugieren que la libertad debe ser enseñada a través de una pedagogía no dogmática y debidamente sopesada por principios morales (lo es también la libertad), como la responsabilidad. De esta manera, nos parece, se neutraliza la demagogia y la licencia.

Cabe concluir, entonces, que debe respetarse el libre albedrío del educando y crear un ámbito de libertad necesario para el desarrollo intelectual del hombre del futuro.

3.- La libertad.

Refiriéndose al dilema planteado a la humanidad por la Segunda Guerra Mundial, en la cual el triunfo de un bando supondría el triunfo definitivo de la fuerza, y el del otro, la victoria del derecho sobre la fuerza, González Pecotche escribió lo siguiente (año 1943): “La libertad individual, inspirada en las profundidades de la conciencia, permite al hombre ser útil a sus semejantes, a la sociedad y a todo el mundo, desde que buscando la superación por el esfuerzo, y la capacitación mental por el ejercicio de la inteligencia, encuentra dentro de sí, en la intimidad de su corazón y en la potencia de su pensamiento, inestimables recursos que le permiten poner de manifiesto, en provecho de los demás, el fruto de sus estudios, de sus meditaciones, que siempre, en
todas las épocas, ha servido como punto de referencia, muchas veces de incalculable utilidad, tanto a los hombres de Estado para la dirección de los negocios de su país, como a los que tienen a su cargo el estudio y sanción de las leyes que hacen posible el mantenimiento de la estructura política en sus formas respectivas de gobierno, y de la social en sus múltiples aspectos.”

El extenso artículo, a lo largo del cual se siembran otros hermosos conceptos sobre la libertad, finaliza así: “Lo que ha dañado a la libertad o, mejor aún, al concepto de libertad -bueno es reconocerlo y declararlo-, es la licencia y el desquiciamiento y derroche de las prerrogativas que confiere la libertad. Esto es lo que debe frenarse volviendo por los fueros del orden y de la limpieza moral, pero sin perjudicar los nobles fines de la libertad, en su más pura y diáfana expresión de plenitud.” [3]

 

4.- Paz, libertad y derechos humanos.

Sostiene González Pecotche que no es posible concebir separación alguna entre estas tres palabras: “…El hombre vive en paz consigo mismo y con sus semejantes, sólo cuando es libre y disfruta del pleno goce de sus derechos; o sea, cuando siente la plenitud de esos derechos conformados a sus deberes de ser racional y humano.”

Más adelante agrega: “Las leyes constituyen, pues, los fuertes puntales que aseguran la solidez de la paz en la sociedad humana. Cuando ellas se suplen por la arbitrariedad y se desconocen los derechos de los hombres, se corre el riesgo de caer en la anarquía y en el caos social. [4]

Poco tienen que hacer nuestros comentarios, ante un pensamiento que se manifiesta de modo tan diáfano y preciso, como lo es el de González Pecotche.

No obstante, quisiéramos hacer hincapié en los métodos pedagógicos del totalitarismo, cuya aplicación constituyó, nos parece, un verdadero crimen contra la humanidad.

Hubo una inculcación despiadada y sin limitaciones de las consignas políticas del régimen; no hubo el mínimo respeto al libre albedrío del niño y del joven. Puede decirse que se organizó la sugestión, a través de la palabra (el discurso único), la música (himnos y canciones cautivantes) y todo un aparato propagandístico, lo cual ya comenzaba en el aula escolar.

 

Como sabemos, los métodos pedagógicos de índole dogmática coartan la libre expresión del propio pensar y sentir; el hombre es desconocido en su intrínseca condición de ser libre e independiente; se lo sojuzga mental y moralmente.

La raíz humanista del Pensamiento de González Pecotche, asoma claramente al referirse a estos aspectos relacionados con la educación de los niños, adolescentes y jóvenes.

Hemos seleccionado solamente tres fragmentos, siendo que al respecto la literatura logosófica es abundante. “Durante ese período la mente es el campo virgen y fértil donde germina y desarrolla rápidamente cualquier idea o pensamiento. Si éstos tienden al bien, la vida se tornará útil y benigna; si tienden al mal, la vida se tornará sombría y estéril.”

 

“La juventud requiere ser orientada; sólo así no habrán de malograrse los esfuerzos y la inteligencia de los que mañana, a su vez, deberán preparar a las generaciones que les sucedan.”

“El fomento del estudio en todas sus formas, de las actividades sanas, del culto al saber, a la humanidad, a la familia y, muy particularmente, del culto al respeto que el individuo se debe a sí mismo, a lo que es suyo, y al respeto que debe a los demás y a la pertenencia ajena, es lo fundamental para que tal orientación cumpla su gran objetivo, cual es el de formar en la juventud la conciencia cabal de su responsabilidad frente a la vida, a sus semejantes y al mundo.” [5]

En suma: digamos que nuestro filósofo defiende la libertad desde la cuna, a la que no desliga de la responsabilidad.

 

Se nos dirá que esta referencia al método pedagógico de los totalitarismos, tendría su mejor ubicación en el capítulo anterior. Es posible, pero como la comprensión de la libertad, de sus valores intrínsecos y de sus consecuencias políticas, sociales y culturales es, en el fondo, un problema de educación, nos pareció adecuada la ubicación de este fundamental aspecto, en este capítulo sobre la libertad.

 

 


[1] C.R.L. tomo II, págs. 7 y 8.

[2] Revista Logosofía Nº 17 (mayo de 1942)

 

[3] Revista Logosofía Nº 28 (abril de 1943)

[4] Revista Logosofía N° 55 (julio de 1945)

[5] Revista Logosofía N° 58 (C.R.L. tomo I, pág. 177) (octubre de 1945)

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Navidad

Celia Testa (Celtes)

Anoche no pude dormir. Como se aproxima la Navidad, me puse a pensar – vaya uno a saber por qué – en las Navidades del futuro, en lugar de pensar con algo de nostalgia, en las del pasado como siempre lo había hecho. Anoche quise saber cómo pasaré mis Navidades en el futuro y empecé a imaginar.

Me veía anciana, pero sonriente y rodeada por mis nietos y bisnietos a quienes empezaría por mostrar el álbum familiar con los arbolitos de Navidad repletos de luces, nieves y regalos. Estos pícaros nietos querrían saber y preguntarían si en el Uruguay había nieves en mis tiempos y por qué estaba la estufa de leña encendida. Quizá alguno de ellos podría preguntar si el frío tendría alguna connotación espiritual. Yo les diría que era para recordar que en Belén nevaba frecuentemente; pero ahí los bisnietos que estudiarían geografía en Primaria, me pondrían en aprietos. No, ese no sería un enfoque feliz. Mejor empezaba por otro lado, pensé.

Ensayaré mostrarles fotos de la mesa de Navidad con panes, dulces, nueces, turrones y frutas abrillantadas. Sería lo mismo. Los chicos querrían saber por qué se comía comidas de invierno en verano, o me preguntarían si en mi juventud, en el Uruguay hacía frío en diciembre. Quizás a alguno se le ocurriría preguntar si se comía tanto para demostrar que no sólo de pan vive el hombre. Ese pensamiento me hizo exclamar: “ojalá que no pregunten cuál era el contenido espiritual de la festividad”. Por las dudas, resolví que ese tampoco sería un enfoque feliz para explicar la cena de Navidad. Trataría por otro lado.

Seguía imaginándome a mis nietos con el álbum familiar y les mostraría el establo con ovejitas, vacas y asnos y a los Reyes Magos adorando al recién nacido. “Abuela”, exclamaría uno de los bisnietos, “¡Qué reyes tan distraídos!” Llegaron, miraron, regalaron y dejaron al niño en el establo! ¿Tú lo hubieras dejado en el establo, también?” No, tampoco ese sería un enfoque feliz.

Para entonces ya estaba yo totalmente desvelada y seguía pensando. Evidentemente que mis descendientes serán niños inteligentes y con los cuales habrá que hablar de igual a igual, así que mejor sería explicarles seriamente que la conmemoración de esta fecha, significaba agradecer a Dios todo lo que ha hecho por cada uno de nosotros. Pero ahí, justo, saltaría uno preguntando por qué entonces no se le hacían regalos a Dios y se hacían regalos a los amigos y a uno mismo, como si el comprar fuera parte de la celebración. “Dios no necesita de nuestros regalos”, le contestaría y estaba segura de haber dado con un buen enfoque del tema. Insistiría por ese lado. Pero, uno de estos pícaros de mis nietos podría preguntar: “¿No nos dijiste, abuela, que una mejor conducta es un regalo que Dios espera de nosotros? ¿Mejorabas tú tu conducta después de cada celebración?”.

¡Grandísimos atrevidos! Eso ya sería intolerable. ¡No habrán aprendido a hablar con la abuela, y sólo sabrán preguntar y no sabrán escuchar, ni respetar a la abuela!

Mejor no les cuento nada.

 

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Meditaciones filosóficas del Dr. Ricardo Bassi

Publicado en “El Heraldo Raumsólico” N° 09, 15 de abril de 1936, pag 5

 “La Logosofía o ciencia del  Logos es la que da al hombre la clara visión para contemplar , su existencia y  apreciarla como algo perteneciente a la existencia de Dios”  Raumsol

Por mis sumarios estudios sobre historia de la filosofía tengo conocimiento de que la filosofía cristiana, principalmente la llamada “patrística”, desarrollada por  los apóstoles y sus continuadores durante los siglos I  y II, consideraba al creador de su escuela, Cristo-Logos, esto es, a Jesús como expresión auténtica del Logos o Verbo Divino. Pero sé también que los filósofos que los siguieron en esta índole de meditaciones, o sean los sostenedores de la filosofía escolástica, tuvieron tan grandes dificultades para armonizar sus concepciones individuales -producto de la carencia de una clara y científica concepción del Logos- que fue necesario el establecimiento y la imposición de verdaderos dogmas para evitar la anarquía que ese desconocimiento producía. El resultado final fue que los que decían seguir las enseñanzas de aquel extraordinario Maestro, apartándose de la rigurosa y científica lógica que ellas manifiestan, erigieran la fe, el misticismo y el dogma como medios infalibles para hallar la verdad.

La historia sombría de la Edad Media y las luchas religiosas fueron el corolario obligado de esa grande aberración. Desprestigiada la teología, por tan dolorosas experiencias, surgen los filósofos racionalistas que a la fe pura pretenden oponer la  razón pura, pero llevan a tales extremos sus abstracciones mentales, que pierden de vista la realidad del mundo sensible hasta el punto de extraviarse en el laberinto de las más fantásticas especulaciones mentales. De la fe pasan a la fantasía.

El espíritu humano vuelve a reaccionar ante el fracaso de esta nueva etapa, abandonando la fe y la razón pura para encaminar su investigación hacia el plano completamente experimental. Se toma entonces como único mundo real el sensible, es decir, aquello que perciben los sentidos: la materia. Adquieren gran impulso la química, la biología, la geología y hasta las ciencias sociales a las que también se aplican los métodos experimentales. Durante este largo período -que llega casi hasta nuestros días-, se miran con desdén los problemas referentes a nuestra vinculación con Dios, dejándolos librados exclusivamente a las religiones y también los que antaño eran objeto esencial de la  metafísica. El resultado fue que mientras  se ampliaba nuestro aparente conocimiento de la materia, se relegaban casi al olvido las graves cuestiones espirituales.

Pero los recientes estudios sobre matemática superior exigieron al hombre de ciencia la explicación de las nociones de tiempo y  de espacio, poniéndose en evidencia  la ciclicidad a que se halla circunscripta la mente humana para percibir esos aspectos fundamentales de la realidad.

También las últimas investigaciones psicológicas sobre el subconsciente pusieron de manifiesto que nuestra psiquis no puede ser estudiada  dentro de límites de una concepción materialista.

Desde el punto de vista ético estas corrientes del pensamiento no pudieron impedir que la humanidad cayera en un crudo materialismo ya que a ella conducen casi de la mano la concepción de la justicia, tanto la “utilitarista” de Spencer como la “necesaria” de Vanni.

Lo dicho demuestra que este último eslabón del pensamiento contemporáneo nos ha alejado insensiblemente del verdadero y fundamental punto de partida, o sea de nuestras relaciones espirituales y  éticas con el Supremo Hacedor, dejando librada nuestra mente al dominio tiránico de los deseos e instintos y a las angustias de la incomprensión de la verdad, que  tan enfáticamente se nos prometiera hallar por los métodos experimentales.

Vale decir que la humanidad estaba decepcionada desde el doble punto de vista científico y ético, cuando hace su aparición realmente providencial el  Maestro Raumsol con una nueva y original ciencia: la Logosofía o Ciencia del Logos. Esta satisface plenamente esas exigencias espirituales: la científica,  porque substituye la fe ciega, que imponía la filosofía escolástica, por una fe totalmente diversa, ya que, como sabiamente lo asevera el Maestro, la le del discípulo ha de ser luminosa y consciente; luminosa, por cuánto ha de llegarse a ella por medio de la razón, y consciente porque habrá de afirmarse en la constatación. Como se ve, en esta scientia mater se aúnan  y complementan los tres caminos por los cuales quiso hallar la verdad el hombre: la fe, la razón y la experiencia.

Desde el punto de vista ético satisface también ampliamente toda vez que al darnos una clara visión de nuestra existencia, nos advierte el proceso de nuestra evolución consciente y por ende, el sendero de virtudes a recorrer. Al evidenciar que pertenecemos a la existencia de Dios nos da la pauta a seguir en nuestra conducta encaminada a mantener el vínculo espiritual que a El nos une.

Empero, podría objetarse que todo lo expuesto no es más que la repetición de aquellos anteriores intentos ya que como se ha visto, la teología, la metafísica y la ciencia positiva han intentado darnos también la clara visión de nuestra existencia. Ellas han fracasado lamentablemente dejando en el hombre nada más que amargura y desazón.

¿Por qué, entonces -preguntarán algunos-, la Logosofía intenta o pretende resolver lo que e través de tantos siglos ha sido insoluble? Bien fácil es contestarlo:

a) Porque esta nueva ciencia se aparta totalmente de aquellos métodos y pone en ejercicio una mente diversa a la que sé utiliza hasta hoy para aquellas indagaciones: la mente superior, cuya capacidad de percepción es infinitamente mayor que la de la   mente común, única utilizada hasta el presente;
b) porque le concede al  mundo de lo inmanifestado una realidad que la ciencia positiva dogmáticamente le ha negado y que la teología y la metafísica no han examinado con la luz de la razón sino con la fe ciega en un caso, con la fantasía de las meras abstracciones mentales en otro;
c) porque ha establecido el nexo que vincula lo manifestado, con lo inmanifestado, poniendo en juego la rigurosa ley de la analogía;
d) y por  último, porque ha evidenciado en una síntesis genial y científica, la indestructible unidad del todo.

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Ciencia vs religión

Diario “El País” de Montevideo, mayo de 2003

Por Alexander Müller

El intercambio mantenido últimamente en esta sección no se trata de un problema entre Darwin y la Biblia, sino como muy acertadamente han titulado las cartas los encargados de Ecos, entre la religión y la ciencia. Y respecto a esto, Darwin, aunque fue un ilustrísimo científico, lejos está de ser representante de la ciencia. Lo contrario ocurre con la Biblia que es la representante directa de las religiones que la toman por base. De modo que de un lado de este intercambio tenemos a un famoso pero humilde servidor de la ciencia, cuando en el otro tenemos al peso más pesado de la religión, la Biblia.

Dejemos a Darwin de lado ya que como decimos, parece poco razonable enfrentar a ese servidor con el peso pesado (aunque se ha defendido muy bien). Desde el mismísimo día que el ser humano pensó, miró a su alrededor y vio con curiosidad todo lo que ignoraba, algunos tomaron esa invitación del Creador al saber y se embarcaron en el camino de la ciencia y el libre pensar; otros prefirieron el camino de la creencia, desde ese día nació este enfrentamiento. Desde ese día la ciencia y los hombres de libre pensar han aprendido a sobrevivir y crecer a pesar de la existencia de los otros en todas sus manifestaciones posibles. Lo hicieron grandes científicos y también grandes humanistas. Aunque sean estos últimos dos grupos minoritarios en número, representan una fuerza que llegó para quedarse, y cada discusión que pretenda aplastar con dialécticas y tergiversaciones de conceptos -que hemos hecho notar en otras oportunidades-, ese decidido tren que va en busca del saber, solo habrá una conclusión: que avance con mayor rebeldía hacia su ansiado destino…

Una breve nota al margen respecto a algo que leímos que sugería que en la ciencia, todo se trata de conjeturas. Debemos decir que según nuestra percepción, la realidad demuestra que esto no es exactamente así. Desde el momento que un individuo realiza una llamada por su teléfono celular, se sienta en su auto, prende la TV, lee el diario o se conecta a Internet, queda demostrado por confirmación de la realidad, que no son solo conjeturas los productos de la cienc. De otro modo nada de eso existiría y funcionaría como los hechos demuestran. Lo mismo en el área humanista, la realidad demuestra que los elevados pensamientos de los librepensadores no han sido conjeturas sino pensamientos que los hechos han confirmado y confirman día a día. El pensamiento objetivo es perfectible, pero esto no implica que se traten de simples conjeturas… (1)

Solo un comentario final respecto a la tergiversación de conceptos. En la escuela cuando yo era niño, recuerdo que la idea de laicidad que me fue forjada es que quien sea de cualquier religión tiene derecho a recibir la educación que allí se brinda, pero que no se enseña religión en la misma. ¿Desde cuándo esto dejó de ser así y se pasó a pensar que la escuela sea un medio para que los niños “elijan” (!) su religión? ¿No es diferente que no se enseñe religión, a que se de a elegir entre alguna? ¿No sería esto un intento de vaciar un concepto y llenarlo con otra cosa, que no es lo que le corresponde tener?

(1) Este párrafo no fue publicad, quizás por razones de espacio.

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Espiritualidad de los uruguayos

Enviado a un diario de Montevideo en mayo de 2005, pero no publicado

Por Jorge N. Dusio

Valoro el tratamiento editorial que se diera sobre la espiritualidad de los uruguayos, por procurar llevar al primer plano un tema que merece debatirse con el sano ánimo de promover el intercambio de ideas  que enriquezcan  la democracia.  Contrasta así, una vez más, la nobleza de la vocación periodística amplia y plural de vuestro medio, con la acción proselitista y  dogmática de otros medios en los que solo se publican artículos con una sola óptica, con un solo interés: el de hacer moldes de las mentes de la ciudadanía, en lugar de promover la ampliación de los criterios y el enriquecimiento de la ciudadanía.

Comparto el criterio de fondo expresado sobre la falsa dicotomía entre laicidad y ausencia de espiritualidad. En este caso como muchas veces ocurre, la mente tiende a los extremos en los juicios y en sus posiciones.

Entiendo que el concepto de laicidad apunta, o debería apuntar, a brindar las mayores garantías del estado a la libertad de pensar y de elegir de sus ciudadanos, sin imposiciones de ninguna fuente, por más  convencimiento que los gobernantes o las instituciones predominantes en un momento dado tengan sobre el beneficio de sus doctrinas.  ¿Cuál es el riesgo que se evita con esto?  Por un lado, que ocurra lo que tristemente ha ocurrido muchas veces durante la historia cuando sociedades enteras se homogenizan  detrás de una única forma de interpretar la vida, llevando a su pueblo a la masificación. Esto ha llevado a perder el equilibrio que sustenta la diversidad riquísima de la naturaleza humana  estampada en su mecanismo mental-sensible, que tiene su máxima expresión en la singularidad única de cada espíritu humano.

Cuando tales desvíos ocurrieron  hemos visto cómo esas masas han sido conducidas a los extremos más lamentables del fanatismo, que ha derivado en conquistas o guerras despiadadas en nombre de supuestos ideales superiores. O también al efecto opuesto: a la más absoluta inercia mental y moral, promotora de todos los vicios y decadencias que derruyeron grandes culturas y civilizaciones de otros tiempos.

Nuestro país cuenta con una riquísima herencia inmaterial a preservar que le ha valido la consideración de ser la nueva Grecia de América: el respeto por la diversidad de pensamientos, religiones e ideales. Ello ha mantenido en equilibrio la pluralidad  y ha contrarrestado hasta ahora, esa tendencia  negativa hacia el absolutismo y  la masificación, permitiendo que cada ser que nace en nuestro país transite la parte más delicada de su formación inicial bajo el amparo de la libertad que cada familia tiene de trasmitirle sus valores, sus ideales y sus convicciones haciendo uso del más sagrado de los derechos humanos: el de pensar con libertad.

En esa noble tarea de promover el intercambio fecundo de ideas distintas, esperamos encontrar siempre a vuestro medio de prensa liderando estas iniciativas.

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