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El cuandro mental y psicológico que presenta el mundo

Importancia capital que frente al mismo asume el conocimiento logosófico

Conferencia pronunciada por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en la sede de la Escuela de Logosofía en ocasión de su última visita a la capital uruguaya efectuada en febrero de 1941. (Revista Logosofía Nº 3)

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No puedo menos, discípulos, que manifestar la felicidad que siento al encontrarme nuevamente entre vosotros, rodeado del afecto de todos y del propósito común de continuar esta obra de bien, pese a las múltiples dificultades que habrán de presentarse en la marcha hacia el triunfo final.

Me habéis visto ya en otras oportunidades dirigiros la palabra, ya para preconizar el ideal logosófico, ya para vaticinar acontecimientos que luego aparecieron en el escenario del mundo como inevitables consecuencias de las causas que con antelación os señalara. Nos encontramos ahora atravesando uno de los más singulares trechos de la historia, y como las épocas se van sucediendo unas a otras y a veces ellas marcan en el tiempo rutas, es necesario tenerlas en cuenta para no extraviarse en los momentos de vacilación.

 

Advertencias sobre la confusión reinante.

Toda obra grande requiere grandes esfuerzos, continuados trabajos, afanes comunes que no es posible se manifiesten con la rapidez que sería de anhelar, pues a medida que se vayan cimentando las convicciones individuales se irá uniendo en la comprensión y el anhelo común el sentido de todos hacia un mismo idea.

Hemos pasado –la Providencia lo ha querido– épocas de calma y de agitación, pero siempre en la paz del ambiente; mas vendrán días inciertos para la humanidad, épocas en que será menester estar muy seguros de sí mismo, para sentirse efectivamente como un alma que vive y experimenta la realidad de la vida.

Os ha tocado, como a los demás humanos de esta existencia, atravesar una de las etapas más difíciles de la historia. Es la primera vez, os lo aseguro, que los elementos del mal atacan en forma directa la mente de los hombres. Parecería como si gozaran al observar las torturas mentales que está sufriendo gran parte de la humanidad. Puede decirse que mucho de lo que está ocurriendo proviene del descuido, del abandono casi total de los hombres en el sentido de superar su cuadro mental y psicológico, en el sentido de conocer las virtudes del espíritu y cultivarlas a fin de elevar las condiciones de vida y colaborar en hacer mejor la existencia de los demás.

En tal estado de decadencia espiritual, la mente de la mayoría es presa fácil de los pensamientos del mal, los que invaden y someten a las mentes indefensas, incultivadas, que fueron creando a su alrededor ambientes ficticios y que en muchos casos llegaron hasta la más cruda extravagancia.

Son estos desvíos de la razón los que han producido tanta confusión y desorden en el mundo, arrastrándolo hacia un destino cruel al incitar constantemente en el fuego de las pasiones humanas, el despertar, no de la mente en el espíritu, sino de la mente en la materia. Pero esta situación no podía continuar; tenía que culminar en una detención del desenfreno de las pasiones y optar por una renovación de conceptos básicos sobre la vida, o precipitarse los hombres uno contra otro movidos por ansias inconfesables de venganza y exterminio.

Si contempláis el panorama del mundo, cuyo aspecto primordial es ofrecido por las reacciones mentales de los hombres que se hallan en los diferentes puntos del globo, y observáis sus efectos y sus repercusiones en la psicología de unos y otros, a medida que las grandes conmociones chocan, o, mejor dicho, hacen chocar las mentes de los mismos contra una realidad que, por cierto, estuvieron lejos de presentir, veréis que a la mayoría los toma de sorpresa y por ello les es tan difícil sobreponerse a la sugestión del espanto que en el ánimo común opera con tanta violencia, sea por el carácter inesperado de los hechos que acontecen como por la calidad atroz e inhumana de los mismos.

Lo he dicho en otra oportunidad y lo puedo ratificar ahora, que si los hombres del Viejo Mundo hubieran detenido a tiempo esa desenfrenada marcha hacia el encuentro de una situación como la actual, la más horrible que hayan podido pasar en el curso de la historia, y hubiesen emprendido una verdadera obra de renovación integral, hoy no presentaría el mundo este aspecto tan triste, tan macabro y tan siniestro en todas sus manifestaciones.

 

Acción de los pensamientos en el campo mental.

En nuestros días no todas las mentes podrán soportar el cataclismo moral, social y espiritual que está sobreviniendo en el mundo, porqué no se hallan preparados para ello. Las fuerzas de la inteligencia se han debilitado mucho para poder resistir semejante transición y el hombre no está en condiciones de comprender la magnitud de la misma.

He expresado en múltiples artículos que cuanto está aconteciendo no es más que el juego de diversos pensamientos que tomaron forma monstruosa atrapando a los hombres de uno y otro país, para luego estrujarlos en su vientre; me refiero a los pensamientos monstruos, que absorbiendo primeramente la vitalidad intelectual de los hombres, hacen de sus mentes campo propicio para toda clase de idea extremista que se encuentra fuera de la realidad humana. Nada puede ser tolerado por una razón equilibrada como no sea aquello que presente aspectos de equilibrio. Todo lo que obstruya la marcha regular de la existencia, que presente caracteres anormales o atente contra la propia existencia de los hombres, es rechazado por ella.

Discípulos, con esto os quiero decir que en un futuro no lejano habremos de cruzar momentos difíciles, pero puedo aseguraros también que estaréis en mucho mejores condiciones que los demás seres, porque las dificultades que tendréis serán menores que las del resto de la humanidad, pues vosotros tenéis muchos conocimientos que son eficientes elementos de defensa para neutralizar los efectos de la adversidad que ya amenaza cernirse sobre este desdichado mundo. Por tanto, será necesario fortificar día a día la mente con todos aquellos pensamientos que le ofrezcan mejor perspectiva para poder situarse dentro de este panorama que acabo de presentar sin que la afecten mayormente las alternativas que habrán de presentar las otras mentes.

No olvidéis que en estos momentos, y constantemente, es sorprendida la mente de los hombres por pensamientos de diversa índole que se lanzan desde un punto a otro del mundo haciendo que los seres vivan en constante zozobra. Cuando la resistencia se afloja y se debilitan las fuentes internas, se está entonces a merced de las circunstancias. Es menester, pues, enfrentar con valentía el instante en que vivimos, y saber colocarse en la posición de hombre íntegro, es decir, de ser individual, responsable de sus actos y de sus pensamientos, y desechar siempre los moldes mentales que ofrecen quienes quieren inducir al mundo a ser juguete de los únicos que se creen con derecho a ser libres y a esclavizar al resto de sus semejantes.

Yo preguntaría a los que pudieran tener algún pensamiento afín con aquello que ataca la libertad del hombre y la augusta soberanía del hogar, bajo qué signo y merced a qué prerrogativas pueden emitir su opinión, si no es bajo el signo y las prerrogativas de las naciones libres, de las naciones nobles, que saben escuchar sin irritarse a los mandatarios y al pueblo, mientras corrigen sus errores y encauzan sus destinos. Ya se ha visto, pese a todo, cómo éstos pueden sobrevivir a las catástrofes, porque saben defender por su propia cuenta sus hogares y su patria.

Por esto, la Logosofía, vierte la naturaleza esencial de la vida de los pensamientos en el alma del hombre que es la mente, que es la que respira el oxígeno vital del espíritu, la que amamanta la inteligencia, y por la cual el ser humano concibe, percibe y constata que existe, que vive y que puede accionar.

Logra más el hombre que domina sus pensamientos, que los acondiciona a su voluntad y los maneja con inteligencia, que aquel que es juguete de los mismos y jamás es defendido por ellos. Pero logran infinitamente más, muchas mentes, capaces de acondicionar con disciplina sus pensamientos, convivir con los mejores y establecer un vínculo permanente y eterno entre ellos, porque muchas mentes, es indudable, pueden más que una en este sentido.

Recuerdo que una vez alguien preguntó a un sabio si la humanidad se sumergiría en la ignorancia suponiendo que algún día se destruyeran todos los libros que existen en el mundo. Y el sabio contestó: Dos cosas son necesarias para reconstruir inmediatamente todos los libros que existen y que se hubieran destruido: la Naturaleza, que es el libro más grande que hay en el Universo, y una mente que perciba y pueda trasmitir a los demás las imágenes que de ella tome. Las páginas de ese gigantesco libro son los días y las noches que cada hombre da vuelta sin cesar mientras dura su existencia.

De modo que mientras haya una sola mente en el Mundo, ésta podrá reconstruir una, mil y un millón de veces cuanto el hombre pudo extraer de ese libro, pero lo que no puede reconstruirse más, lo que no puede repararse, es la transición de los que pasan bruscamente de la vida a la muerte física sin haber tenido la más mínima oportunidad de realizar el proceso de su existencia, que es ese gran objetivo que Dios dispuso como ley para los hombres. Por consiguiente, podrán reproducirse todos los caracteres que existen en el Universo, más lo que no ha de reproducirse sin sufrir la cruda alteración de la ley, cosa harto imposible de acontecer, es la vida humana cuando se troncha bruscamente. Pero dejemos que las leyes accionen sobre los culpables al determinarse las causas y las responsabilidades, y aprestémonos en tanto a edificar invulnerables muros mentales para que no puedan penetrar en nuestro interno ser las miserias del mundo, las lacras que vendrán rodando por los aires y por los mares, los parásitos mentales propios de ese estado de descomposición en que se encuentra el Viejo Mundo y que buscan nuevos puertos para continuar su obra de destrucción.

Vuelvo a repetir: si queréis conservar vuestra paz interna y no veros sorprendidos en un futuro por pensamientos de índole extraña a vuestra naturaleza, a vuestro sentir y a vuestro pensar, cubríos de todas maneras y estad siempre alerta.

En esta labor de evolución incansable en que estamos empeñados, ardua por cierto, debéis convenir conmigo en que es necesario duplicar los esfuerzos para que podáis colocaros rápidamente en un plano superior a aquél en que hoy estáis; cuanto más logréis elevaros por encima de las miserias que está padeciendo el mundo –me refiero siempre en el orden mental en primer lugar-, más os distanciaréis de todo peligro y más lejos os sentiréis de ser presa del mal.

Mi mayor anhelo es poder un día encontraros a todos entre las nubes de la tormenta, cuando ella hubiese ya pasado, sanos y salvos, intactos, para dirigiros nuevamente la palabra. Me sería muy triste notar la ausencia de alguno de vosotros, pues no podría ser completa mi felicidad si aquellos que conmigo marchan desde hace tiempo, dejasen de escucharme y de convivir con los pensamientos que constantemente coloco a su alcance profundos conocimientos para una mayor capacitación mental.

Cuanto os digo quiere significar, discípulos, que no debéis entreteneros en pequeñas cosas que desviarán vuestra vista del punto de mira. Es hora ya de que os preparéis lo mejor posible para estar en condiciones de sobrellevar con entereza todas las adversidades que puedan presentarse, a fin de ser dignos de disfrutar un merecido triunfo al final de esta jornada. Para ello será necesario –repito–, no descuidar un instante los movimientos de la mente. Diría que uno de los mejores elementos de auxilio que tiene el discípulo para no verse asediado nunca por pensamientos extraños –como he dicho– a su naturaleza y a su mente, es trabajar. Cuando descanse, que éste sea un descanso reparador, que jamás se convierta en ocio, porque el ocio es el espacio que el diablo utiliza para introducirse en la mente.

Quiero destacar que si el descanso es reparador de las energías gastadas en la actividad, el trabajo es, a su vez, reparador de los debilitamientos ocasionados por la inercia mental. Conviene, pues, desde todo punto de vista, que la mente siempre esté ocupada en algo útil.

Ha de tenerse por conducta el desarrollo de una constante labor de adiestramiento mental en el sentido de predisponer el ánimo a sostener una resolución con firmeza y contrarrestar así todos los amagos de indecisión y pereza.

La paciencia debe ser una de las virtudes que más ha de cultivarse, por ser ella quien crea la inteligencia del tiempo.

Comprender el lenguaje del tiempo y obrar inspirado en sus consejos, debe constituir una de las máximas aspiraciones del ser humano, pues el arcano que con ello se revela a la conciencia trasciende todos los límites de lo imaginado.

Para el hombre consciente, para el que sabe esperar con sensatez las cosas que son objeto de su preocupación, por más variadas y hasta si se quiere adversas en apariencia a su agrado, deben seguir existiendo para su razón todo el tiempo que sea necesario en tanto ellas se vinculen a su vida y armonicen con sus aspiraciones, si éstas son justas y realizables. En otras palabras, las grandes obras, como las pequeñas, requieren su tiempo; pero he ahí que ese tiempo debe ser fértil y no estéril. En consecuencia, logrará merecidos triunfos quien persevera y no desmaya en sus afanes mientras obra con inteligencia, discreción y tolerancia.

Toda interrupción es perniciosa y compromete la eficacia de los medios honestos y útiles que se emplean, y también, los resultados a que se aspirase llegar.

En la misma naturaleza, cuando se interrumpe un proceso se altera la armonía de sus combinaciones, se perturban las funciones de los elementos que intervienen en el mismo y, finalmente, se malogra su manifestación, o sea, la resultancia del proceso. Y si esto ocurre exactamente en los seres más visibles de la creación, no es admisible que tratándose del hombre exista una excepción.

El secreto está, pues, en la continuidad, en la no interrupción de las energías que se disponen para alcanzar un propósito que habrá de vincularse estrechamente a la vida. Nunca se logrará una culminación feliz si en cualquiera de los estados en que se encuentre el proceso iniciado, se rompen bruscamente los hilos de conexión con la conciencia. Puede ilustrarse esta imagen en forma más gráfica si tomamos un ejemplo corriente, como ser el de un estudiante de derecho o de medicina que interrumpe sus estudios. No alcanzará, lógico es admitirlo, a terminar su carrera, desde que habrá malogrado el proceso que debía llevarlo al término de la misma. Un hecho que se repite muchas veces y que evidencia esta tesis, es que todo aquel que cesa en sus empeños, hoy en esto y mañana en aquello, siempre se halla en los comienzos y no varia su posición aunque los años al pasar sacudan un tanto su altivez.

Los seres comprendidos en este cuadro jamás lograrán a conquistar nada, puesto que se lo impedirán la inconstancia y la imprevisión.

Deja de ser lo que eres –reza el axioma que sintetiza el mandato supremo instituido por la Ley de los Cambios- si quieres ser aquello que aspiras ser.

Los más grandes éxitos obtenidos por el hombre en la conquista del bien, han sido logrados merced a su perseverancia y a sus continuados esfuerzos en dirección al ideal perseguido.

La naturaleza humana es frágil. De ahí que el hombre deba luchar tanto contra sus propias debilidades, ya que éstas son, precisamente, las que le hacen ser inconsecuente, movedizo y poco amante de todo lo que le insuma algún esfuerzo continuado. Busca siempre el halago de los pasos inciertos, el azar con todos sus falsos reflejos, y no la realidad que le ofrecen los pasos seguros. Cuántos se han extraviado en-innumerables laberintos lamentando después no haber seguido un camino recto.

Ahora bien; si observáis con alguna detención el cuadro psicológico–mental que presenta el ser común en general, tendréis, por una parte, que esa inestabilidad que se advierte en la mente humana es el producto o la consecuencia de la variabilidad de los pensamientos, y por otra, el hecho de desconocer cuáles son sus posibilidades mentales y cuál la función real y específica que corresponde a la mente en el conjunto de su naturaleza y como parte substancial de su existencia. Por ello aquel que logra fijar la mente, es decir, estabilizarla para que no sufra más las continuas alteraciones a que la ha expuesto la ignorancia y hace resplandecer dentro de la misma sus mejores propósitos, ha enfocado por cierto las miras hacia un destino mejor, lo cual, incuestionablemente, irá operando en su vida los cambios más notables que jamás pudiera imaginar.

En conocimiento de esto, ¿quién no se apresta a dejar ese destino mísero señalado al que tiene de la vida los limitadas y torpes conceptos tan puestos de manifiesto por su escepticismo y despreocupación? El hombre, que no ha sido hecho una bestia no tiene por qué comportarse como un animal. Algo extrahumano existe dentro del ser a quien Dios dotó de facultades que fueron vedadas a todas las demás especies del universo.

No debemos, pues, ser ingratos con el Dador de ese supremo bien, y que al subir el último peldaño de nuestra existencia seamos dignos de exclamar con júbilo: Hemos luchado y hemos vencido.

No es posible concebir que el hombre que ha experimentado siquiera una vez la sublime sensación que concede al espíritu la comprensión de los conocimientos, se sumerja luego en la nociva inercia mental que tanto corrompe el ánimo y endurece los resortes del entendimiento, porque es, precisamente, en la comprensión del conocimiento que se asocia a la vida, donde el alma siente con mayor intensidad la inmanencia de Dios dentro de sí y en todos los puntos en que asome la inteligencia para descubrir un detalle de Su Magna Creación.

 

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Psicología del delito

La delincuencia, el crimen y las cárceles

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Del libro “Artículos y Publicaciones” (Originalmente publicado en “El Heraldo Raumsólico” en abril de 1935)

Sabido es que la acción de delinquir no está circunscrita solamente por una tendencia hereditaria o adquirida en el ambiente viciado por toda suerte de malas inclinaciones y pensamientos, pues se han dado casos en que una circunstancia cualquiera ha llevado al hombre a infringir las leyes en menoscabo de su integridad personal y honradez. De ahí que la psicología del delito deba tener en cuenta los antecedentes que en favor o en contra pueden ser apreciados como factores de juicio en el alcance de la culpa o la determinación de la pena.

Recogiendo impresiones sobre el particular entre los más capacitados o vinculados a los estudios criminológicos, vemos que poco o nada se ha avanzado en esta cuestión que tan directamente afecta a la sociedad humana, pues parecería que careciera de interés o cuanto más, que se le atribuyera una importancia relativa, desde que los delincuentes, en el sentir general, no merecen consideración o preocupación alguna respecto de su situación tan triste como contraria a la común de las buenas gentes.

Diríase que la vida del delincuente se ausenta por completo de la sociedad humana y de la preocupación social, desde el instante en que las leyes lo sumergen en la sombra de oscuras prisiones.

La psicología del delito debiera comprender tres clases de motivos que demostrarían el origen del acto: la herencia, el contagio mental adquirido en el medio ambiente en que vive el delincuente y los factores extraños a la idiosincrasia y voluntad del mismo.

Dentro de cada una de estas clasificaciones se hallaría una segunda que señalaría la premeditación, el arrebato, la embriaguez, etc., y que darían, al hacer el análisis psicoclínico del penitente, una hermosa oportunidad de estudio y reajuste de las condiciones anormales del individuo caído en ese género de desgracias.

Todavía no se ha dado la debida importancia al cuidado de la niñez, corrección de sus tendencias y educación de su espíritu, pues parecería que no se admite aún – a juzgar por la falta de atención a la infancia que se observa en los grandes centros urbanos – que ella juega uno de los principales papeles en el escenario social y vital de los pueblos.

Si la planta no se endereza cuando es tierna, demás están las estacas o puntales después que la inclinación del árbol se ha producido.

Vayamos, pues, por unos momentos, señores criminalistas y psicólogos de talla, hasta las casas de inquilinato, vulgarmente llamadas ‘conventillos”, y veremos a las criaturas nacidas en ese ambiente, huérfanas de la rígida educación que la niñez necesita y estimulados sus instintos por el deplorable ejemplo de sus padres. Volvamos la vista hacia los lugares suburbanos, barrios clásicos de gente de escasa cultura, cuyas costumbres no se avienen a nuestro ambiente; allí también encontraremos desbordándose en las calles un verdadero enjambre de -niños mal educados, insolentes y cuyas intencionadas palabras o actitudes asombrarían a cualquiera que los oyera o los viese, tales son las proporciones que esos males abarcan desde edades tan tiernas.

Y bien, las autoridades y el pueblo juntos, ven este espectáculo, ven que el engendro del delito comienza a gestarse en esas mentes sin defensa ni protección, y sin embargo, nada hacen para evitar el mal, y lo que es peor aún, la propagación que efectúan esas criaturas de sus tendencias y pensamientos a sus compañeros en las aulas escolares.

La niñez, hoy más que nunca necesita de una rigurosa vigilancia y protección, puesto que desde los primeros años penetra en la sociedad humana ya contaminada y hasta adiestrada en el mal.

Cuántos delitos y aun crímenes se evitarían si se instituyera una ley que protegiera a esos niños del ambiente viciado y negativo en que viven y desarrollan sus sentimientos.

¿Acaso no es más desvalida esa infancia que aquella que no tiene padre ni madre?

Y si se tiene en cuenta la herencia de padres delincuentes, ¿por qué no se trata de extirpar ese estigma fatal internando a los niños en colegios cuyo adecuado pupilaje concluiría por darles un destino mejor? De ahí que después la misma sociedad humana deba sufrir las consecuencias de su imprevisión.

Lleguemos a la edad en que por lo general la vida toma al hombre de sorpresa en sus múltiples manifestaciones. Si al delincuente hereditario se le ha dejado solo con su vínculo fatal, allá va en pos de la suerte que le espera tras las rejas de la cárcel. Sobre la misma huella irá también el que vivió nutriendo su mente con pensamientos de perversión y alevosía.

Sólo aquel que por una circunstancia inesperada se ve irremisiblemente impulsado a cometer un delito, arrebatando a su dignidad de hombre el honor y la honradez de toda su vida, es el que verdaderamente sufre las consecuencias de su ofuscación y va a parar, torturado incesantemente por su imaginación, entre el montón donde los más avezados e incorregibles ilustran a los demás desventurados sobre los más salientes detalles de sus fechorías. No pongáis el huevo fresco entre los que están pasados, pues es fácil confundirlo.

Las cárceles deberían ser modificadas dividiendo las celdas de los penados según la clasificación de sus delitos, sus antecedentes y posibilidades de regeneración.

Si se introdujeran en esos establecimientos severos métodos de reforma mental, se perseguiría el saludable objetivo de que las mentes’ de los delincuentes estuvieran ocupadas la mayor parte del día con enseñanzas apropiadas para conjurar el mal que padecen; llegaría el tiempo en que tras esa higiene mental lograrían extirpar todo pensamiento agitador, y los fermentos de la delincuencia se irían día a día extrayendo de esas mentes hasta disiparse en ellas cuanto vestigio indicador hubiese de futuras reincidencias, pues las tendencias incubadoras de toda clase de pensamientos de indeseable composición mental serían suplantadas por nuevas corrientes mentales dirigidas hacia la reformación y reconstrucción de sus vidas.

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Raumsol continúa exponiendo ante la opinión su clara y penetrante concepción filosófica.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en  “El Heraldo Raumsólico” N° 29 (enero 1938).

Sus conocimientos del Derecho y la Psicología Humana han quedado evidenciados en la vigorosa y extraordinaria defensa de los principios de  su Escuela de Logosofía

Con este artículo doy comienzo a las tareas de este año, y es con verdadera e íntima satisfacción que me dirijo a todos aquellos que han seguido de cerca y con sincero interés la trayectoria de mi palabra siempre fiel reflejo de mis pensamientos en los momentos, precisamente, en que rompiendo mi habitual retraimiento, y consagrado por entero a  la obra que desde el año treinta me halló realizando en compañía de mis buenos discípulos y excelentes amigos, encaré con toda la energía que era menester, la lucha que con tanta osadía y demostrada mala fe me presentaron unos cuantos desventurados, muchos de ellos expulsados de mi Escuela por sus comportamientos incorrectos, que persistieron aun después de haber merecido una serie de amonestaciones y apercibimientos disciplinarios.

En todos mis escritos anteriores expuse cual era mi posición con respecto a la campaña difamatoria de que fui objeto y expliqué cuáles eran los objetivos perseguidos por mis detractores. Fui amplio, claro, preciso y no defraudé, por cierto, ni la lógica expectativa que existía en escucharme, ni la confianza que había inspirado en mis largos anos de labor humanitaria, pues hasta lo que anticipé a la opinión respecto a mis falsos adversarios ideológicos, se fue cumpliendo matemáticamente y en forma aun más completa que la bosquejada. He dicho “falsos adversarios ideológicos”, porque  no pueden ser legítimos aquellos que, con tanta facilidad pasan de un extremo a otro y de todas partes son echados por ser elementos disolventes y peligrosos para toda sociedad sana y bien constituida.

Ellos llevaron a la prensa sus blasfemias y calumnias. Por medio de la prensa respondí a las ofensas y coloqué a cada complotado en su sitio. He dado amplia publicidad a todo cuanto concernía a la acción judicial que inicié y prosigo contra todos los que me atacaron, para que sean probadas sus falsedades y sus inicuos atropellos.

Todos los escritos de mi defensa marcan ya un nuevo rumbo en la historia del derecho. Hasta este momento las resoluciones del Tribunal, tanto en Rosario como en Montevideo, han sido en su totalidad en favor mío; no podía ser de otra manera, ya que acudí a la justicia en demanda de justicia. Sin embargo, en ciertos y determinados casos no hubiera sido necesario reclamar la intervención de los jueces, pero no debía pensar que al poder solucionarlos de otro modo resolvía felizmente una situación personal. Pensé en esa circunstancia, en el peligro que correría cada semejante que fuera objeto por parte de esos aventureros, de idénticos procedimientos y malintencionadas maniobras que con facilidad les fueran hecho caer en sus redes y sucumbir indefensos en brazos de la desesperación, y ese pensamiento me preocupó más que los ataques malévolos y subalternos que me hacían pretendiendo orillar las leyes o valiéndose de subterfugios para sorprender a la opinión con una simulación propia de los que jamás conocieron la decencia o el honor. Sentí la obligación de poner en descubierto todas esas maquinaciones que abren las puertas del atentado, y a pesar de los desesperados esfuerzos que esos entes depravados hicieron para eludir la justicia, allí los he conducido con mano de hierro, y allí, pese a todas sus amenazas, que por cierto no hacen más que mi decisión, tendrán que rendir cuentas y aprender de una vez por todas que no se burlan impunemente las leyes que resguardan el derecho humano.

Cuando aparezcan los compendios que registran los hechos y la defensa de  supremos principios que desde,los comienzos de la historia fueron base de los pueblos, amparo primordial de los hombres, alma y vida de toda criatura humana, todos podrán defenderse con acierto y conocimiento profundo de esos enemigos del progreso  y de las personas honestas y bien nacidas, y se precaverán de esas lacras sociales que viven sorprendiendo la buena fe de los buenos y perjudicando a todos con perniciosas actividades disolventes.

Complacido he dado a la  opinión todos los elementos de juicio para que pudiera juzgar con conocimiento de  causa tan  insólita y abominable campaña. Posiblemente sea éste el último artículo en que me ocupe de este asunto, pues las cosas han cambiado fundamentalmente de cariz. La mayoría de mis detractores hoy se hallan procesados. Con todo, los más audaces,  los más aprovechados, los que  cometieron robos y defraudaciones, aún están bajo sumario. Las pruebas presentadas contra ellos son monumentales, aplastantes, sin embargo, aun no se ha dictado el auto de prisión.

Todos los días son conducidos a la cárcel pobres infelices que robaron un pan,  pero las grandes defraudaciones parecen gozar de excesiva lenidad en los tribunales. Las grandes defraudaciones parecería que no fueran delitos si se señala la injustificada y larga demora del pronunciamiento judicial, y hasta del diligenciamiento del sumario. Pero la acusación fue hecha, asumiendo yo el rol de querellante en representación de una respetable cantidad de personas afectadas por la defraudación. El Tribunal no puede de ninguna manera pasar por alto un delito de esa naturaleza, aunque algunos de los acusados sean abogados o  tengan influencias. Pueden estar seguros todos los damnificados y la opinión general, que daré amplia publicidad a  lo he hecho hasta el presente, de todas las  resoluciones judiciales y si alguna fuera adversa, publicaré la resolución de los  hechos en detalle con las pruebas terminantes que no hubieran  sido estimadas por quienes  dictaren tales fallos, dando a publicidad también la opinión  de calificados letrados sobre el punto.

Los jueces tienen una brillante oportunidad para poner de manifiesto la dignidad  de su ministerio, ya que una gran parte de la opinión está atenta  y dispuesta a aplaudir como merece toda sentencia justiciera que evidentemente fuese notoria y fácilmente demostrable.

Otra cosa quiero que se sepa hoy como una ratificación plena a lo expresado en cada uno de mis artículos anteriores en los que hice alusión a estas mismas circunstancias. Todos mis detractores, lo digo abiertamente, han sido llevados por mí ante la justicia. A todos he acusado de los delitos que cometieron, mientras que ninguno de ellos hubo de atreverse a formular la más mínima acusación en mi contra, pues bien seguros estaban de que habían de pagar muy caro tamaña aventura.

Sin embargo, voy a decirles ahora de qué podrían acusarme (me refiero a mis amables detractores) y es de haberles defraudado  en sus más negras intenciones, pues con todo el oro que gastaron en la satánica campaña difamatoria sólo lograron hacer una intensa propaganda que al fin no pudo ser en contra, sino a favor, ya que la palabra serena y limpia de nuestra defensa fue más que suficiente para volver hacia nosotros la opinión en un formidable gesto de desagravio, como si todos a la vez hubiesen querido brindar por nuestra prosperidad y nuestro triunfo por ser el triunfo de la verdad y el honor sobre el  error y la mentira.

Alejándome por un momento del campo jurídico, ya que en el mes de enero el Tribunal se toma un merecido descanso y las piezas del tablero quedan inamovibles hasta febrero, me ocupare de algo más interesante desde nuestro punto de vista Logosófico.

La humareda se agita, se convulsiona y no atina a resolver sus problemas. Los problemas que se crea ella misma al complicarse cada día más la vida. ¿A qué obedece esta inquietud que no halla sosiego, y a qué ese sufrimiento que no tiene nombre? Buscad la respuesta en vuestras propias mentes, expresé más de una vez, pero tampoco podréis hallarla si no sabéis cómo se busca y en que consiste su hallazgo.

Después de largos años de experiencia en que tal aserción ha sido confirmada y ratificada múltiples veces por quienes realizan los estudios de Logosofía, puedo decir con toda la autoridad que me confiere el propio conocimiento, que la organización del sistema mental es la base de  toda felicidad, así como también la piedra angular del edificio interno del ser.

Y si es la base de toda felicidad, quiere decir que es en esa organización donde el hombre encontrará, en la medida de sus esfuerzos por superarse, la quietud y eliminará los obstáculos que antes le impedían marchar firme hacia un progreso cada día más creciente de sus posibilidades individuales. Ahuyentará así el sufrimiento de su  espíritu porque habrá dominado con sus nuevos conocimientos a la adversidad que castiga sus errores y atormenta su corazón.

Dejad que los necios se rían y se burlen, dije un día a mis discípulos, mientras vosotros seguís adelante logrando cada día mayores satisfacciones en base a los conocimientos que adquirís en mi Escuela. Ya llegará el  día en que esos mismos que hoy se burlan en su ignorancia, se asombrarán de vosotros y verán  aterrados el tiempo y la oportunidad que han perdido.  La mente que se educa en una disciplina superior, que trabaja y se prepara para grandes producciones, no sólo vitaliza extraordinariamente su  organismo psicológico y fisiológico, tiranizándo en la lucha, sino que  más aún se abre una perspectiva inmensa en el plano de los grandes conocimientos, los únicos que pueden dar al hombre las más inefables alegrías y dotarle de fuerzas intelectuales sencillamente maravillosas.

Esos grandes conocimientos hacia los que tantos encaminaron a tientas sus pasos, se alcanzan organizando el sistema mental, pues en esa tarea aprende el hombre a conocer lo que de otra manera le sería harto difícil poder lograr.

Cuando se haya formado en el mundo una nutrida vanguardia de personas poseedoras de ese bien, que ayuden a los demás a libertarse de la esclavitud mental en que viven, se habrá logrado uno de los más grandes triunfos contra el mal que aqueja a la humanidad. Desaparecerá el comunismo con todos sus disfraces y el fascismo envainará su espada, porque el peligro habrá sido conjurado.

 

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Facultades sin facultad

De la antología “Para los ratos libres” (cuaderno 3)

Por Celia Testa (Celtes)

Larga era la fila de estudiantes que se formaba para inscribirse y continuar los estudios en Facultad. Se movía despacio, lánguidamente, hasta que se produjo una gran confusión. Resulta que los empleados administrativos estaban tomando las inscripciones y a cada estudiante le preguntaban, además del nombre y dirección, qué Facultad elegía para estudiar. Unos decían Medicina, otros Abogacía, Arquitectura y otras, hasta que llegó un muchacho grandote y decidido, que contestó: “Yo quiero la facultad de pensar”.

Imposible les resultó a los administrativos disuadirlo, pues cuando le dijeron que esa facultad no existía fue lo mismo que negarle a un francés la existencia de París. Ahí empezaron las dificultades. Que no existía era una observación muy limitada, decía el muchacho, porque había mil pruebas de que tenemos una facultad de pensar, aunque él no sabía dónde.

Los administrativos le explicaban que “facultad” es un centro de estudios especializados y le nombraron algunas, pero el joven argumentaba que él quería un centro de estudios especializado en hacer pensar. Decía que no elegía Medicina, porque más que alargar la vida de sus semejantes quería dar un contenido a esas vidas. Abogacía tampoco, porque por sobre las cambiantes leyes nacionales, están las inmutables leyes de la naturaleza y eran ésas las que quería conocer observando y reflexionando, o sea pensando. Arquitectura no le atraía porque prefería construir destinos más que edificios; Ingeniería no, porque el equilibrio que buscaba era el interno y con esos otros argumentos insistía en anotarse en la facultad de pensar.

La noticia de la elección del joven se fue extendiendo y toda la fila la comentaba a lo largo y a lo ancho, y las opiniones se dividían y los discutidores se unían. Unos decían que esa facultad existía y otros que no. Unos opinaban que esa facultad se desarrolla en todas las aulas de estudios y otros que en algunas solamente se memoriza y no se piensa; algunos decían que esa es una facultad o prerrogativa de los seres humanos pero no es una casa de estudios y los menos se limitaban a encogerse de hombros y decir que el pensar y las demás facultades de la inteligencia, no tienen Facultad. Otro joven opinó que era mejor como estaban las cosas, porque si todos aprendieran a pensar, nadie podría prever adónde llegaría el mundo y él temía la ira de dios. Dijo que lo mejor sería que unos mandaran y los demás aceptaran sin pensar. Para eso, para dirigir, él pediría directivas a sus superiores.

Mientras el de las directivas pedía órdenes a quienes pensaban por él, los administrativos seguían tomando inscripciones y el muchacho decidido salía en busca de la facultad de pensar y de quien le enseñara a usarla. Los demás estudiantes quedaron en la fila reconociendo que la facultad de pensar o sea la prerrogativa que tiene el ser humano para liberar el sabio que cada uno lleva a dentro, es la que deberá presidir todas ls facultades universitarias, pues esa facultad, aunque se desarrolla con los estudios, pocas veces se enseña a usarla. A todo esto, yo me sentí contenta al descubrir una nueva facultad a mi disposición, pero tendré que aprender a usarla.

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En la mente humana se halla la clave que habrá de emancipar al mundo de su actual decadencia

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 5 de diciembre de 1944.

Por  Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol)

Cuando se enfocan temas de capital importancia en los que las principales figuras que se mueven en el  escenario que nos incita a la crítica son el hombre, el mundo y la misma humanidad, es necesario tener siempre muy  en cuenta aun los detalles más nimios, por contener éstos, muchas veces, indicios elocuentes de causas que se ocultan entre los pliegues de mil circunstancias, que en forma de tupida maraña impiden el acceso a las mismas.

Se ha visto, por ejemplo, que durante el tiempo de la aparente paz vivida desde la terminación de la guerra mundial del catorce hasta el estallido de la presente, fueron surgiendo problemas que, si bien en un principio no ocuparon mayormente la atención, al crecer en dimensión se transformaron en grandes problemas que preocuparon seriamente el juicio de todos, tales como la desocupación, el aislamiento, la indiferencia internacional y las rivalidades cada vez más acentuadas a propósito de las zonas de influencia política y comercial. Todas estas cuestiones, al no haber sido solucionadas a su debido tiempo, fueron de día en día perturbando el orden, la armonía y la estabilidad social y económica de los pueblos. De ahí que tales cuestiones, al llegar al máximum de volumen tolerable, dieran lugar a considerar la guerra como único medio para solucionarlas. Lo lamentable es que en esa destrucción que trae consigo la guerra, contemplada en la hora actual y en todas las épocas, deban perecer millones de seres humanos y destruirse tantas ciudades y tantos esfuerzos que fueron orgullo de la humanidad.

Habrá, pues, que encarar los problemas que vayan surgiendo en esta postguerra teniendo muy presente la experiencia pasada y buscando nuevas fórmulas para su eficaz solución.

En la mente humana, y no en otra parte, deberán encontrarse las claves que permitan llegar a altas y  satisfactorias soluciones, ya que en la mente humana se gesta cuanto conviene a la vida y progreso de la humanidad. Y siendo así, nada podrá ser más auspicioso por los imponderables resultados que permitirá obtener, que propiciar y estimular en toda forma la libre iniciativa, vale decir, la libre expresión del pensamiento individual orientado hacia ese  futuro que todos, sin excepción, anhelan sea mejor y más feliz.

La preocupación de cada uno en tal sentido deberá constituir un deber espontáneamente aceptado por todos;  más aún, esa aspiración particular por contribuir a la edificación de un mundo mejor, tendrá que convertirse en un verdadero culto a la humanidad, culto que a la vez se transformará en comprensión de los problemas y necesidades mutuas, en todos los órdenes de la vida.  Pero para evitar que ese concurso que podrían aportar tantos seres capaces,  tantas inteligencias cultivadas, se desaproveche, ya que ese esfuerzo en un gran porcentaje se pierde por no llegar  oportunamente a conocimiento de los hombres que en sus manos tienen la responsabilidad de establecer las nuevas normas y el orden que imperará al terminar la actual contienda, será de suma conveniencia e importancia que se tenga en cuenta las sugerencias que señalamos, a fin de poder encontrar la manera de utilizar el concurso de cada ser,  permitiendo que éste, por alguna vía segura, haga llegar a quien corresponda sus ideas e iniciativas expresadas con la  mayos claridad y manifiesta confianza en la bondad de las mismas.

En cualquier forma, mucho habrá de contribuir al mantenimiento de una paz estable cuanto se haga para que la mente de todos tenga una actividad constante; y a este respecto pensamos que es mucho lo que se puede hacer en beneficio del género humano. Por ejemplo: esa actividad mental a que aludimos, podría propiciarse grandemente y con muy felices resultados, si la futura Sociedad de Naciones que se constituirá adoptase como norma para asegurar el éxito de sus altas gestiones, la de realizar encuestas mundiales sobre cada problema que, por su índole, juzgare

conveniente efectuarlas. Establecidos los problemas en su orden y categoría, éstos podrían ser conocidos  mundialmente por transmisiones radiotelefónicas y publicaciones mediante la prensa en general. Seguido de la exposición de los mismos vendría la consulta, cuya respuesta todos podrían hacer llegar al seno de esa alta institución universal, en la forma y medios que fuese dispuesto.

Pensamos, y lo hemos tenido muy presente al formular esta iniciativa, que si para enfrentar una guerra se incorpora a los ejércitos que van a luchar, tantos millones de hombres jóvenes, y se echa mano del concurso de cuantos ofrecen sus servicios, para enfrentar la postguerra, cuya trascendencia es mayor, se deberá aceptar la colaboración de todos, ya que también la tarea del futuro requiere grandes y continuados esfuerzos. Ello será, además, un ejemplo de verdadera democracia, que podría ser considerado por todos los Estados del mundo. Esto, que no deja de constituir una novedad, promoverá en todos los seres humanos y en todos los órdenes, el reconocimiento de una efectiva confianza en el porvenir del mundo.

¿Y quién podría dudar de la actividad mental y el entusiasmo que ello suscitaría, y de sus efectos eminentemente constructivos y benéficos para el ánimo y el sentir de la humanidad? Tampoco sería posible dudar de la expectativa que habría en todas partes por conocer en su debida oportunidad el resultado de la encuesta que se hiciera para cada asunto o problema. Y esto, naturalmente, evitaría a la vez, el que muchos espíritus, hoy atribulados y susceptibles a infinitas fluctuaciones, fueran instrumentos de pensamientos o ideas de otro orden y naturaleza, que, por lo general, concluyen aumentando el volumen de las preocupaciones, lo que no sólo se evitará, precisamente, adoptando el sistema de la encuesta, sino que se disminuirá considerablemente.

Y para subrayar cuanto hemos expuesto al respecto, agregaremos que nada puede ser más digno y enaltecedor  para la familia humana, que el concurso desinteresado y leal de cada uno de los miembros que la integran.

Quienes esto lean y luego sigan con atención el curso de las deliberaciones y alternativas que se promoverán  allá, en la nueva Sociedad de Naciones, podrán juzgar el valor y oportunidad de nuestras sugestiones, interpretándolas, desde luego, como expresión pura y sincera de nuestro empeño en aportar el concurso de nuestras ideas e iniciativas.

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Nociones elementales sobre la mente

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

De la revista “Logosofía” Nº 7 (Octubre de 1942)

¿Cómo define usted la palabra “mente”?

¿Ha pensado usted alguna vez en esto?

Pues bien; la mente vendría a ser el espacio donde actúan los pensamientos; como si dijéramos, la casa donde entran, se mueven, salen, se albergan y también nacen al calor de concepciones fecundas.

Esta definición, tan sencilla como profunda, es imprescindible para comprender hechos y situaciones de la vida aparentemente inexplicables o no definidos ni aclarados con precisión.

Conviene saber que los pensamientos tienen, a semejanza de las personas, actuaciones propias. Pueden llegar a la mente de un hombre y ejercer allí una influencia determinada. Consideraremos, por ejemplo, el caso de un individuo de escasa cultura, a cuya mente acude un pensamiento que lleva en sí la inclinación al robo. Este pensamiento comienza a accionar dentro de su mente y al cabo de breve tiempo, hace que el hombre por él acosado consuma el hecho que señala la intención del robo.

¿Conoce usted cómo actúan los pensamientos?

Lo que acabamos de decir basta para revelar la gran necesidad que existe de conocer esa actividad. Los aspectos que agregaremos a continuación demostraran al lector que esa necesidad es realmente imperiosa.

Los pensamientos viven, se mueven y accionan, pasando de una mente a otra con suma facilidad, en busca de puntos de afinidad. Dentro de cada mente pueden irse turnando los más variados pensamientos sin que el hombre sospeche la presencia de tales huéspedes, a. los cuales confunde con elementos propios y originales en su mente.

En momentos en que un gran número de personas padece preocupaciones afines -tal como ocurre al presente-, los pensamientos, cuando por su naturaleza se multiplican, dan lugar a la formación de un ambiente colectivo, sea de ansiedad, de temor, etc., que presiona sobre todos los que participan de dicho ambiente, restándole las energías necesarias para sobrellevar la situación, o transformándolo, por contagio, en actitudes bélicas, etc.

De ahí la enorme importancia que tiene el conocer cómo actúan los pensamientos; es el primer paso que debemos dar para aprender a substraernos a la peligrosa influencia del verdadero “contagio mental” que acabamos de describir.

Saber cómo debe el hombre seleccionar los pensamientos para vivir exclusivamente con aquellos que le beneficien porque le son útiles, proporcionándole motivos de satisfacción espiritual y moral, he ahí la más alta obra a la cual podamos consagrarnos.

 

 

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Importancia de la reflexión

Publicado en la revista “Logosofía”, R.Argentina,No. 50 de febrero de 1945

Por el Profesor Dardo V. Cabiró, de Montevideo.

Antes y después de haber dado a conocer su enseñanza fundamental sobre la reflexión, Raumsol ha empleado frecuentemente esta palabra, vinculándola también a aquellas enseñanzas en que describe, al trazar su orientación sobre el mundo de postguerra, el cuadro mental‑psicológico que actualmente representa la humanidad.

Remitiéndonos, pues, a un somero análisis de la situación social del mundo, más fácil nos será advertir la significación de este poder del ser humano.

Las observaciones del acontecer actual revelan que, no obstante ser ésta una época de grandes dificultades y privaciones, de pronunciado costo de la vida, de escasez de elementos primordiales para la existencia ‑pasando por alto los problemas institucionales, políticos y culturales‑, proliferan y toman inusitado incremento una serie de expresiones, de cosas y hechos, cuya enumeración juzgamos innecesaria, que no vienen a satisfacer necesidades reales verdaderamente reclamadas por la naturaleza esencial del hombre ni por su destino en el mundo, sino que, por el contrario, vienen a dar satisfacción a tendencias, modalidades y características del temperamento humano que son hábitos y vicios ajenos a la constitución intrínseca de la criatura humana.

Se vive en una época de desequilibrio y contradicción. Por un lado, graves y hondos problemas, y por otro, un desmedido y corruptor afán por las cosas intrascendentes: excesiva multiplicación de centros de diversión, acrecimiento de la inclinación al juego bajo diversas formas, refinamientos decadentistas, delirio deportivo, etc., etc.

Es necesario modificar la posición del individuo en los órdenes del pensamiento y de la conducta. Luego se operará el cambio social tan reclamado. No se trata de negar las influencias sociales sobre el hombre; sabido es que ellas son ciertas y evidentes, pero no es menos cierto tampoco que ese proceso de enlace social que da por resultante la sociedad, se forma con los elementos individuales. Podríamos considerar a la sociedad como un cuerpo compuesto; los cuerpos simples serían los pensamientos gestados y albergados en la mente de quienes los integran, cuyo contacto e interrelación dan el clima mental colectivo.

Hay, entonces, para la futura estabilización y equilibrio social un gran problema de ubicación particular, de cada uno. Raumsol lo señala con estos irreemplazables términos:

“…la vida frívola y vacía debe ser transformada en existencia útil, capaz de conducirla hacia alturas ejemplares. Parecería que está llegando la hora en que todo ser tendrá que acostumbrarse a pensar con absoluta seriedad sobre el uso que hace de su vida y en pos de qué meta debe encaminar sus pasos por el mundo. Surgirá así la necesidad de ser más consciente en todos los actos de la vida, a fin de poder establecer por sí mismo cuál es su aporte al servicio de la humanidad, de la que forma parte y de la que se beneficia por el esfuerzo de los demás.

“Esta conclusión colocará con toda justicia a cada uno en su lugar y hará sentir, con la debida lealtad, a su propia conciencia cuáles son sus deberes en ésta y en todas las horas futuras de la humanidad.” [2]

Saberse ubicar, vale decir, saber hallar la posición que corresponde a cada cual, conciliando la realidad personal con las lógicas aspiraciones de superación que en todos los órdenes se albergan, presupone, con vistas a su solución, muchos conocimientos de igual trascendencia, pero que se resumen, a nuestro entender, en el conocimiento de sí mismo.

Es aquí donde la reflexión aparece revestida de singular importancia.

La observación de la vida cotidiana nos presenta un panorama caótico a este respecto, donde el poder de la reflexión se halla totalmente abatido por los elementos anarquizantes de la ignorancia y la inconsciencia.

Son notas características del estado social de que habláramos al comienzo, el disconformismo, la desilusión, el descontento, la inestabilidad, la inseguridad. Los seres buscan un escape a esa situación insegura, inestable, de desconexión consigo mismo, saciándose en la irrealidad y en las ilusiones irrealizables.

Infinidad de espectáculos y diversiones, tales como el cine, se entiende que en sus expresiones más corrientes, se alimentan de esa deficiencia del temperamento humano, que sintiéndose desamparado e insatisfecho, huye de sí mismo hallando refugio en lo imaginativo e ilusorio. También las demandas sociales, que son hoy día exigencias a plazo fijo, tienen una raíz en esta actitud mental‑psicológica.

La gran mayoría no se detiene en ningún principio de moderación y equilibrio, ni conecta sus aspiraciones a sus merecimientos; hay una total irreflexión, vale decir, una total ausencia de ese sentido que nos vuelve hacia nosotros mismos.

La reflexión es el camino seguro para llegar a la conciencia de la propia actuación.

Un breve análisis de los cometidos de la reflexión que establece la Logosofía puede darnos la motivación que confirme lo aseverado y que nos sugiera el singular relieve de la misma en el problema de la ubicación individual.

Digamos primero que en el mundo corriente menudean las personas de vasta ilustración e intelecto cultivado en los más diversos órdenes del saber. No hay, por tanto, falta de desarrollo de las facultades intelectuales, sino mala orientación y, desde luego, peores resultados.

Es útil y aleccionante observar cómo no puede eludirse en la mayor parte de los casos, esa general característica de desequilibrio y contradicción que hemos anotado como común a la sociedad.

Ahora bien; si las élites así se muestran, en la generalidad el problema recrudece, porque, necesariamente, un problema de tal magnitud, que presupone el conocimiento de la propia medida, como lo ha enseñado la ciencia logosófica, no puede solucionarse merced a especulaciones teóricas, sino que, como se plantea fundamentalmente sobre la fase ético‑psicológica del ser, sólo en función del conocimiento de los elementos determinantes y condicionantes de la moral y la psicología, que son los pensamientos, puede estructurarse una solución real. A este conocimiento en sí del pensamiento debe agregarse el de sus proyecciones y valor práctico.

De modo, pues, que el problema de la ubicación tiene su primer planteo ante sí mismo. Expresa la Logosofía: La reflexión “lleva a examinar sin mezquindad las propias actuaciones; a corregir los defectos y errores, y a enmendar la conducta toda vez que sea necesario. Conduce a los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable, con lo cual, al apartarlos discretamente de la ficción, la ilusión y lo abstracto, se obtiene el beneficio bien grande, sin lugar a dudas, de no defraudar la propia confianza ni las esperanzas que se hubieren fundado en apoyo de los mismos”. [3]

La primera parte, o sea la primera función que atribuye a la reflexión, brinda un aporte de especial significación al conocimiento de sí mismo. Por ella es posible objetivar los estados internos, desde que permite al ser examinar sin mezquindad, es decir, ampliamente, sin personalismos, los errores y defectos, los aciertos y virtudes.

La ficción, la ilusión y la abstracción, son males psicológicos e intelectuales de larga data que, enfocados en la pequeñez del proceso individual, o vistos en la magnitud del proceso colectivo humano, aparecen como grandes torturadores de la humanidad. Cuánto de iluso, de ficticio y de abstracto en aquellos teóricos del enciclopedismo y en quienes siguieron sus pasos en el terreno político, que vieron en la Ley, garantía del individuo y consagración de sus derechos inalienables, la solución más acabada y total de los problemas sociales, depositando toda su fe en un elemento formal, que pronto se vio resquebrajado de arriba abajo por realidades que no supieron o no quisieron prever.

Y luego, el descreimiento y hasta la aversión por aquello que, puesto en su justo lugar, es un subido valor ético y espiritual.

En el orden personal, tantos y tan frecuentes son los ejemplos, que el sincero investigador casi a diario identifica a sí mismo la acción corrosiva de la ilusión y la ficción. Son precisamente los actores que más influyen en la propia desubicación.

Consiguientemente, la reflexión contribuye en forma poderosa a que resplandezca en el ser, en todos sus actos de decisión, el sentido de la realidad. Es éste un sentido del que muchas veces carecen los hombres. Los hechos mencionados nos patentizan bien cómo se vive de espaldas a la realidad personal y colectiva.

La reflexión ayuda a situarse frente a sí mismo y al momento actual al encauzar los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable. Surge de esto su contribución para afirmar al hombre sobre su propia realidad, con lo cual evita esos estados de decadencia psicológica de que habláramos, que lo impulsan a la vida frívola y ligera.

A la sociedad humana pareciera habérsele agotado sus provisiones de cordura y sensatez, a juzgar por muchos de sus movimientos colectivos, que no conectan derechos con deberes, aspiraciones con capacidades, merecimientos con retribuciones.

Se manifiesta también en la página citada, que la reflexión “tiene además la virtud de hacer al hombre cauto en sus resoluciones y consciente de sus responsabilidades”. Es aquí donde, quizá más que en ningún otro aspecto, ella adquiere especialísima importancia, en vista, precisamente, de las obligaciones del hombre para con sus semejantes.

La cautela en las resoluciones y la conciencia de la responsabilidad están actualmente en crisis, en agudísima crisis; los hechos más corrientes abonan esa afirmación. Hay ligereza, imprevisión, inescrupulosidad, inconsciencia, falta de consecuencia consigo mismo, desatención de lo familiar e indiferencia por la orientación social y humana; indiferencia referida al aporte que a esa orientación puede hacerse con la conducta personal traducida en elevados ejemplos, ya que sería absurdo negar la existencia de grandes movimientos de opinión con tal finalidad.

Quien examine su conducta objetivamente, impersonalmente, con el propósito de perfeccionarla y enmendarla si es errónea; quien analice, conozca, determine el alcance de sus pensamientos; quien sea sensato y tenga conciencia de sus responsabilidades, por fuerza podrá situarse en forma inteligente frente a sí y al grupo social. Se sentirá firme y seguro en su posición; se sentirá estimulado por sus superaciones, y en base a éstas estimulado a proseguir sin desmayos hacia la meta vislumbrada; verá realizadas sus esperanzas y confiará en sí mismo.

Este estado, ideal si se quiere pero naturalmente alcanzable, propende eficientemente al equilibrio social por la propia gravitación de la actividad de cada uno, que en lugar de estar dirigida hacia afuera, en incesante búsqueda de satisfacciones estériles o imposibles, que quieren obtenerse por el esfuerzo de los demás o del destino, se vuelve hacia lo propio, hacia lo personal, aquietándose la mente en labores más constructivas.

Raumsol afirma que cuando la reflexión no actúa, la mente se llena de pensamientos negativos que perturban el orden interno y constituyen verdaderos parásitos que corroen la psiquis humana.

La reflexión saca al hombre del tembladeral en que lo sume la ilusión y la ficción, llevándolo a tierra firme, pues le facilita la conexión con su realidad personal.

Conectado a su realidad, analiza desde ella sus aspiraciones, disponiéndose a lograrlas por la vía fundamental de sus propias condiciones, de su propia capacitación. Este es, a nuestra comprensión, un ser ubicado inteligentemente.

En síntesis: la reflexión es un poder que en lo grande y en lo pequeño, en las dimensiones universales del proceso de la humanidad como en las microscópicas del de cada uno, está llamado a jugar un papel de especialísima consideración.

Pareciera que a la Naturaleza no le fueran gratos los exclusivismos; siempre se encuentran en ella, incluso en la humana, múltiples recursos que se suplen o se complementan. Por consiguiente, no queremos expresar que la reflexión ocupe un lugar exclusivo en el complejo mental‑psicológico, que para algo tiene el hombre las otras facultades, pero sí viene a ser, en cierto sentido, como el batallón de pontoneros que facilita el desplazamiento del ejército a través de los obstáculos; en este caso, el desenvolvimiento normal y eficiente de las otras facultades, para que éstas puedan cumplir, nutriéndose en el conocimiento trascendente, su misión de salvar al hombre y derrotar las fuerzas del mal.


[2] Revista “Logosofía” Nº 47, pág. 6

[3] Revista “Logosofía” Nº 16, Pág. 6, Rep. Argentina

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