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Psicología del delito

La delincuencia, el crimen y las cárceles

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Del libro “Artículos y Publicaciones” (Originalmente publicado en “El Heraldo Raumsólico” en abril de 1935)

Sabido es que la acción de delinquir no está circunscrita solamente por una tendencia hereditaria o adquirida en el ambiente viciado por toda suerte de malas inclinaciones y pensamientos, pues se han dado casos en que una circunstancia cualquiera ha llevado al hombre a infringir las leyes en menoscabo de su integridad personal y honradez. De ahí que la psicología del delito deba tener en cuenta los antecedentes que en favor o en contra pueden ser apreciados como factores de juicio en el alcance de la culpa o la determinación de la pena.

Recogiendo impresiones sobre el particular entre los más capacitados o vinculados a los estudios criminológicos, vemos que poco o nada se ha avanzado en esta cuestión que tan directamente afecta a la sociedad humana, pues parecería que careciera de interés o cuanto más, que se le atribuyera una importancia relativa, desde que los delincuentes, en el sentir general, no merecen consideración o preocupación alguna respecto de su situación tan triste como contraria a la común de las buenas gentes.

Diríase que la vida del delincuente se ausenta por completo de la sociedad humana y de la preocupación social, desde el instante en que las leyes lo sumergen en la sombra de oscuras prisiones.

La psicología del delito debiera comprender tres clases de motivos que demostrarían el origen del acto: la herencia, el contagio mental adquirido en el medio ambiente en que vive el delincuente y los factores extraños a la idiosincrasia y voluntad del mismo.

Dentro de cada una de estas clasificaciones se hallaría una segunda que señalaría la premeditación, el arrebato, la embriaguez, etc., y que darían, al hacer el análisis psicoclínico del penitente, una hermosa oportunidad de estudio y reajuste de las condiciones anormales del individuo caído en ese género de desgracias.

Todavía no se ha dado la debida importancia al cuidado de la niñez, corrección de sus tendencias y educación de su espíritu, pues parecería que no se admite aún – a juzgar por la falta de atención a la infancia que se observa en los grandes centros urbanos – que ella juega uno de los principales papeles en el escenario social y vital de los pueblos.

Si la planta no se endereza cuando es tierna, demás están las estacas o puntales después que la inclinación del árbol se ha producido.

Vayamos, pues, por unos momentos, señores criminalistas y psicólogos de talla, hasta las casas de inquilinato, vulgarmente llamadas ‘conventillos”, y veremos a las criaturas nacidas en ese ambiente, huérfanas de la rígida educación que la niñez necesita y estimulados sus instintos por el deplorable ejemplo de sus padres. Volvamos la vista hacia los lugares suburbanos, barrios clásicos de gente de escasa cultura, cuyas costumbres no se avienen a nuestro ambiente; allí también encontraremos desbordándose en las calles un verdadero enjambre de -niños mal educados, insolentes y cuyas intencionadas palabras o actitudes asombrarían a cualquiera que los oyera o los viese, tales son las proporciones que esos males abarcan desde edades tan tiernas.

Y bien, las autoridades y el pueblo juntos, ven este espectáculo, ven que el engendro del delito comienza a gestarse en esas mentes sin defensa ni protección, y sin embargo, nada hacen para evitar el mal, y lo que es peor aún, la propagación que efectúan esas criaturas de sus tendencias y pensamientos a sus compañeros en las aulas escolares.

La niñez, hoy más que nunca necesita de una rigurosa vigilancia y protección, puesto que desde los primeros años penetra en la sociedad humana ya contaminada y hasta adiestrada en el mal.

Cuántos delitos y aun crímenes se evitarían si se instituyera una ley que protegiera a esos niños del ambiente viciado y negativo en que viven y desarrollan sus sentimientos.

¿Acaso no es más desvalida esa infancia que aquella que no tiene padre ni madre?

Y si se tiene en cuenta la herencia de padres delincuentes, ¿por qué no se trata de extirpar ese estigma fatal internando a los niños en colegios cuyo adecuado pupilaje concluiría por darles un destino mejor? De ahí que después la misma sociedad humana deba sufrir las consecuencias de su imprevisión.

Lleguemos a la edad en que por lo general la vida toma al hombre de sorpresa en sus múltiples manifestaciones. Si al delincuente hereditario se le ha dejado solo con su vínculo fatal, allá va en pos de la suerte que le espera tras las rejas de la cárcel. Sobre la misma huella irá también el que vivió nutriendo su mente con pensamientos de perversión y alevosía.

Sólo aquel que por una circunstancia inesperada se ve irremisiblemente impulsado a cometer un delito, arrebatando a su dignidad de hombre el honor y la honradez de toda su vida, es el que verdaderamente sufre las consecuencias de su ofuscación y va a parar, torturado incesantemente por su imaginación, entre el montón donde los más avezados e incorregibles ilustran a los demás desventurados sobre los más salientes detalles de sus fechorías. No pongáis el huevo fresco entre los que están pasados, pues es fácil confundirlo.

Las cárceles deberían ser modificadas dividiendo las celdas de los penados según la clasificación de sus delitos, sus antecedentes y posibilidades de regeneración.

Si se introdujeran en esos establecimientos severos métodos de reforma mental, se perseguiría el saludable objetivo de que las mentes’ de los delincuentes estuvieran ocupadas la mayor parte del día con enseñanzas apropiadas para conjurar el mal que padecen; llegaría el tiempo en que tras esa higiene mental lograrían extirpar todo pensamiento agitador, y los fermentos de la delincuencia se irían día a día extrayendo de esas mentes hasta disiparse en ellas cuanto vestigio indicador hubiese de futuras reincidencias, pues las tendencias incubadoras de toda clase de pensamientos de indeseable composición mental serían suplantadas por nuevas corrientes mentales dirigidas hacia la reformación y reconstrucción de sus vidas.

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Raumsol continúa exponiendo ante la opinión su clara y penetrante concepción filosófica.

Publicado por Carlos B. González Pecotche (Raumsol) en  “El Heraldo Raumsólico” N° 29 (enero 1938).

Sus conocimientos del Derecho y la Psicología Humana han quedado evidenciados en la vigorosa y extraordinaria defensa de los principios de  su Escuela de Logosofía

Con este artículo doy comienzo a las tareas de este año, y es con verdadera e íntima satisfacción que me dirijo a todos aquellos que han seguido de cerca y con sincero interés la trayectoria de mi palabra siempre fiel reflejo de mis pensamientos en los momentos, precisamente, en que rompiendo mi habitual retraimiento, y consagrado por entero a  la obra que desde el año treinta me halló realizando en compañía de mis buenos discípulos y excelentes amigos, encaré con toda la energía que era menester, la lucha que con tanta osadía y demostrada mala fe me presentaron unos cuantos desventurados, muchos de ellos expulsados de mi Escuela por sus comportamientos incorrectos, que persistieron aun después de haber merecido una serie de amonestaciones y apercibimientos disciplinarios.

En todos mis escritos anteriores expuse cual era mi posición con respecto a la campaña difamatoria de que fui objeto y expliqué cuáles eran los objetivos perseguidos por mis detractores. Fui amplio, claro, preciso y no defraudé, por cierto, ni la lógica expectativa que existía en escucharme, ni la confianza que había inspirado en mis largos anos de labor humanitaria, pues hasta lo que anticipé a la opinión respecto a mis falsos adversarios ideológicos, se fue cumpliendo matemáticamente y en forma aun más completa que la bosquejada. He dicho “falsos adversarios ideológicos”, porque  no pueden ser legítimos aquellos que, con tanta facilidad pasan de un extremo a otro y de todas partes son echados por ser elementos disolventes y peligrosos para toda sociedad sana y bien constituida.

Ellos llevaron a la prensa sus blasfemias y calumnias. Por medio de la prensa respondí a las ofensas y coloqué a cada complotado en su sitio. He dado amplia publicidad a todo cuanto concernía a la acción judicial que inicié y prosigo contra todos los que me atacaron, para que sean probadas sus falsedades y sus inicuos atropellos.

Todos los escritos de mi defensa marcan ya un nuevo rumbo en la historia del derecho. Hasta este momento las resoluciones del Tribunal, tanto en Rosario como en Montevideo, han sido en su totalidad en favor mío; no podía ser de otra manera, ya que acudí a la justicia en demanda de justicia. Sin embargo, en ciertos y determinados casos no hubiera sido necesario reclamar la intervención de los jueces, pero no debía pensar que al poder solucionarlos de otro modo resolvía felizmente una situación personal. Pensé en esa circunstancia, en el peligro que correría cada semejante que fuera objeto por parte de esos aventureros, de idénticos procedimientos y malintencionadas maniobras que con facilidad les fueran hecho caer en sus redes y sucumbir indefensos en brazos de la desesperación, y ese pensamiento me preocupó más que los ataques malévolos y subalternos que me hacían pretendiendo orillar las leyes o valiéndose de subterfugios para sorprender a la opinión con una simulación propia de los que jamás conocieron la decencia o el honor. Sentí la obligación de poner en descubierto todas esas maquinaciones que abren las puertas del atentado, y a pesar de los desesperados esfuerzos que esos entes depravados hicieron para eludir la justicia, allí los he conducido con mano de hierro, y allí, pese a todas sus amenazas, que por cierto no hacen más que mi decisión, tendrán que rendir cuentas y aprender de una vez por todas que no se burlan impunemente las leyes que resguardan el derecho humano.

Cuando aparezcan los compendios que registran los hechos y la defensa de  supremos principios que desde,los comienzos de la historia fueron base de los pueblos, amparo primordial de los hombres, alma y vida de toda criatura humana, todos podrán defenderse con acierto y conocimiento profundo de esos enemigos del progreso  y de las personas honestas y bien nacidas, y se precaverán de esas lacras sociales que viven sorprendiendo la buena fe de los buenos y perjudicando a todos con perniciosas actividades disolventes.

Complacido he dado a la  opinión todos los elementos de juicio para que pudiera juzgar con conocimiento de  causa tan  insólita y abominable campaña. Posiblemente sea éste el último artículo en que me ocupe de este asunto, pues las cosas han cambiado fundamentalmente de cariz. La mayoría de mis detractores hoy se hallan procesados. Con todo, los más audaces,  los más aprovechados, los que  cometieron robos y defraudaciones, aún están bajo sumario. Las pruebas presentadas contra ellos son monumentales, aplastantes, sin embargo, aun no se ha dictado el auto de prisión.

Todos los días son conducidos a la cárcel pobres infelices que robaron un pan,  pero las grandes defraudaciones parecen gozar de excesiva lenidad en los tribunales. Las grandes defraudaciones parecería que no fueran delitos si se señala la injustificada y larga demora del pronunciamiento judicial, y hasta del diligenciamiento del sumario. Pero la acusación fue hecha, asumiendo yo el rol de querellante en representación de una respetable cantidad de personas afectadas por la defraudación. El Tribunal no puede de ninguna manera pasar por alto un delito de esa naturaleza, aunque algunos de los acusados sean abogados o  tengan influencias. Pueden estar seguros todos los damnificados y la opinión general, que daré amplia publicidad a  lo he hecho hasta el presente, de todas las  resoluciones judiciales y si alguna fuera adversa, publicaré la resolución de los  hechos en detalle con las pruebas terminantes que no hubieran  sido estimadas por quienes  dictaren tales fallos, dando a publicidad también la opinión  de calificados letrados sobre el punto.

Los jueces tienen una brillante oportunidad para poner de manifiesto la dignidad  de su ministerio, ya que una gran parte de la opinión está atenta  y dispuesta a aplaudir como merece toda sentencia justiciera que evidentemente fuese notoria y fácilmente demostrable.

Otra cosa quiero que se sepa hoy como una ratificación plena a lo expresado en cada uno de mis artículos anteriores en los que hice alusión a estas mismas circunstancias. Todos mis detractores, lo digo abiertamente, han sido llevados por mí ante la justicia. A todos he acusado de los delitos que cometieron, mientras que ninguno de ellos hubo de atreverse a formular la más mínima acusación en mi contra, pues bien seguros estaban de que habían de pagar muy caro tamaña aventura.

Sin embargo, voy a decirles ahora de qué podrían acusarme (me refiero a mis amables detractores) y es de haberles defraudado  en sus más negras intenciones, pues con todo el oro que gastaron en la satánica campaña difamatoria sólo lograron hacer una intensa propaganda que al fin no pudo ser en contra, sino a favor, ya que la palabra serena y limpia de nuestra defensa fue más que suficiente para volver hacia nosotros la opinión en un formidable gesto de desagravio, como si todos a la vez hubiesen querido brindar por nuestra prosperidad y nuestro triunfo por ser el triunfo de la verdad y el honor sobre el  error y la mentira.

Alejándome por un momento del campo jurídico, ya que en el mes de enero el Tribunal se toma un merecido descanso y las piezas del tablero quedan inamovibles hasta febrero, me ocupare de algo más interesante desde nuestro punto de vista Logosófico.

La humareda se agita, se convulsiona y no atina a resolver sus problemas. Los problemas que se crea ella misma al complicarse cada día más la vida. ¿A qué obedece esta inquietud que no halla sosiego, y a qué ese sufrimiento que no tiene nombre? Buscad la respuesta en vuestras propias mentes, expresé más de una vez, pero tampoco podréis hallarla si no sabéis cómo se busca y en que consiste su hallazgo.

Después de largos años de experiencia en que tal aserción ha sido confirmada y ratificada múltiples veces por quienes realizan los estudios de Logosofía, puedo decir con toda la autoridad que me confiere el propio conocimiento, que la organización del sistema mental es la base de  toda felicidad, así como también la piedra angular del edificio interno del ser.

Y si es la base de toda felicidad, quiere decir que es en esa organización donde el hombre encontrará, en la medida de sus esfuerzos por superarse, la quietud y eliminará los obstáculos que antes le impedían marchar firme hacia un progreso cada día más creciente de sus posibilidades individuales. Ahuyentará así el sufrimiento de su  espíritu porque habrá dominado con sus nuevos conocimientos a la adversidad que castiga sus errores y atormenta su corazón.

Dejad que los necios se rían y se burlen, dije un día a mis discípulos, mientras vosotros seguís adelante logrando cada día mayores satisfacciones en base a los conocimientos que adquirís en mi Escuela. Ya llegará el  día en que esos mismos que hoy se burlan en su ignorancia, se asombrarán de vosotros y verán  aterrados el tiempo y la oportunidad que han perdido.  La mente que se educa en una disciplina superior, que trabaja y se prepara para grandes producciones, no sólo vitaliza extraordinariamente su  organismo psicológico y fisiológico, tiranizándo en la lucha, sino que  más aún se abre una perspectiva inmensa en el plano de los grandes conocimientos, los únicos que pueden dar al hombre las más inefables alegrías y dotarle de fuerzas intelectuales sencillamente maravillosas.

Esos grandes conocimientos hacia los que tantos encaminaron a tientas sus pasos, se alcanzan organizando el sistema mental, pues en esa tarea aprende el hombre a conocer lo que de otra manera le sería harto difícil poder lograr.

Cuando se haya formado en el mundo una nutrida vanguardia de personas poseedoras de ese bien, que ayuden a los demás a libertarse de la esclavitud mental en que viven, se habrá logrado uno de los más grandes triunfos contra el mal que aqueja a la humanidad. Desaparecerá el comunismo con todos sus disfraces y el fascismo envainará su espada, porque el peligro habrá sido conjurado.

 

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Facultades sin facultad

De la antología “Para los ratos libres” (cuaderno 3)

Por Celia Testa (Celtes)

Larga era la fila de estudiantes que se formaba para inscribirse y continuar los estudios en Facultad. Se movía despacio, lánguidamente, hasta que se produjo una gran confusión. Resulta que los empleados administrativos estaban tomando las inscripciones y a cada estudiante le preguntaban, además del nombre y dirección, qué Facultad elegía para estudiar. Unos decían Medicina, otros Abogacía, Arquitectura y otras, hasta que llegó un muchacho grandote y decidido, que contestó: “Yo quiero la facultad de pensar”.

Imposible les resultó a los administrativos disuadirlo, pues cuando le dijeron que esa facultad no existía fue lo mismo que negarle a un francés la existencia de París. Ahí empezaron las dificultades. Que no existía era una observación muy limitada, decía el muchacho, porque había mil pruebas de que tenemos una facultad de pensar, aunque él no sabía dónde.

Los administrativos le explicaban que “facultad” es un centro de estudios especializados y le nombraron algunas, pero el joven argumentaba que él quería un centro de estudios especializado en hacer pensar. Decía que no elegía Medicina, porque más que alargar la vida de sus semejantes quería dar un contenido a esas vidas. Abogacía tampoco, porque por sobre las cambiantes leyes nacionales, están las inmutables leyes de la naturaleza y eran ésas las que quería conocer observando y reflexionando, o sea pensando. Arquitectura no le atraía porque prefería construir destinos más que edificios; Ingeniería no, porque el equilibrio que buscaba era el interno y con esos otros argumentos insistía en anotarse en la facultad de pensar.

La noticia de la elección del joven se fue extendiendo y toda la fila la comentaba a lo largo y a lo ancho, y las opiniones se dividían y los discutidores se unían. Unos decían que esa facultad existía y otros que no. Unos opinaban que esa facultad se desarrolla en todas las aulas de estudios y otros que en algunas solamente se memoriza y no se piensa; algunos decían que esa es una facultad o prerrogativa de los seres humanos pero no es una casa de estudios y los menos se limitaban a encogerse de hombros y decir que el pensar y las demás facultades de la inteligencia, no tienen Facultad. Otro joven opinó que era mejor como estaban las cosas, porque si todos aprendieran a pensar, nadie podría prever adónde llegaría el mundo y él temía la ira de dios. Dijo que lo mejor sería que unos mandaran y los demás aceptaran sin pensar. Para eso, para dirigir, él pediría directivas a sus superiores.

Mientras el de las directivas pedía órdenes a quienes pensaban por él, los administrativos seguían tomando inscripciones y el muchacho decidido salía en busca de la facultad de pensar y de quien le enseñara a usarla. Los demás estudiantes quedaron en la fila reconociendo que la facultad de pensar o sea la prerrogativa que tiene el ser humano para liberar el sabio que cada uno lleva a dentro, es la que deberá presidir todas ls facultades universitarias, pues esa facultad, aunque se desarrolla con los estudios, pocas veces se enseña a usarla. A todo esto, yo me sentí contenta al descubrir una nueva facultad a mi disposición, pero tendré que aprender a usarla.

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En la mente humana se halla la clave que habrá de emancipar al mundo de su actual decadencia

Publicado en el diario “El País” de Montevideo, el día 5 de diciembre de 1944.

Por  Carlos Bernardo González Pecotche (Raumsol)

Cuando se enfocan temas de capital importancia en los que las principales figuras que se mueven en el  escenario que nos incita a la crítica son el hombre, el mundo y la misma humanidad, es necesario tener siempre muy  en cuenta aun los detalles más nimios, por contener éstos, muchas veces, indicios elocuentes de causas que se ocultan entre los pliegues de mil circunstancias, que en forma de tupida maraña impiden el acceso a las mismas.

Se ha visto, por ejemplo, que durante el tiempo de la aparente paz vivida desde la terminación de la guerra mundial del catorce hasta el estallido de la presente, fueron surgiendo problemas que, si bien en un principio no ocuparon mayormente la atención, al crecer en dimensión se transformaron en grandes problemas que preocuparon seriamente el juicio de todos, tales como la desocupación, el aislamiento, la indiferencia internacional y las rivalidades cada vez más acentuadas a propósito de las zonas de influencia política y comercial. Todas estas cuestiones, al no haber sido solucionadas a su debido tiempo, fueron de día en día perturbando el orden, la armonía y la estabilidad social y económica de los pueblos. De ahí que tales cuestiones, al llegar al máximum de volumen tolerable, dieran lugar a considerar la guerra como único medio para solucionarlas. Lo lamentable es que en esa destrucción que trae consigo la guerra, contemplada en la hora actual y en todas las épocas, deban perecer millones de seres humanos y destruirse tantas ciudades y tantos esfuerzos que fueron orgullo de la humanidad.

Habrá, pues, que encarar los problemas que vayan surgiendo en esta postguerra teniendo muy presente la experiencia pasada y buscando nuevas fórmulas para su eficaz solución.

En la mente humana, y no en otra parte, deberán encontrarse las claves que permitan llegar a altas y  satisfactorias soluciones, ya que en la mente humana se gesta cuanto conviene a la vida y progreso de la humanidad. Y siendo así, nada podrá ser más auspicioso por los imponderables resultados que permitirá obtener, que propiciar y estimular en toda forma la libre iniciativa, vale decir, la libre expresión del pensamiento individual orientado hacia ese  futuro que todos, sin excepción, anhelan sea mejor y más feliz.

La preocupación de cada uno en tal sentido deberá constituir un deber espontáneamente aceptado por todos;  más aún, esa aspiración particular por contribuir a la edificación de un mundo mejor, tendrá que convertirse en un verdadero culto a la humanidad, culto que a la vez se transformará en comprensión de los problemas y necesidades mutuas, en todos los órdenes de la vida.  Pero para evitar que ese concurso que podrían aportar tantos seres capaces,  tantas inteligencias cultivadas, se desaproveche, ya que ese esfuerzo en un gran porcentaje se pierde por no llegar  oportunamente a conocimiento de los hombres que en sus manos tienen la responsabilidad de establecer las nuevas normas y el orden que imperará al terminar la actual contienda, será de suma conveniencia e importancia que se tenga en cuenta las sugerencias que señalamos, a fin de poder encontrar la manera de utilizar el concurso de cada ser,  permitiendo que éste, por alguna vía segura, haga llegar a quien corresponda sus ideas e iniciativas expresadas con la  mayos claridad y manifiesta confianza en la bondad de las mismas.

En cualquier forma, mucho habrá de contribuir al mantenimiento de una paz estable cuanto se haga para que la mente de todos tenga una actividad constante; y a este respecto pensamos que es mucho lo que se puede hacer en beneficio del género humano. Por ejemplo: esa actividad mental a que aludimos, podría propiciarse grandemente y con muy felices resultados, si la futura Sociedad de Naciones que se constituirá adoptase como norma para asegurar el éxito de sus altas gestiones, la de realizar encuestas mundiales sobre cada problema que, por su índole, juzgare

conveniente efectuarlas. Establecidos los problemas en su orden y categoría, éstos podrían ser conocidos  mundialmente por transmisiones radiotelefónicas y publicaciones mediante la prensa en general. Seguido de la exposición de los mismos vendría la consulta, cuya respuesta todos podrían hacer llegar al seno de esa alta institución universal, en la forma y medios que fuese dispuesto.

Pensamos, y lo hemos tenido muy presente al formular esta iniciativa, que si para enfrentar una guerra se incorpora a los ejércitos que van a luchar, tantos millones de hombres jóvenes, y se echa mano del concurso de cuantos ofrecen sus servicios, para enfrentar la postguerra, cuya trascendencia es mayor, se deberá aceptar la colaboración de todos, ya que también la tarea del futuro requiere grandes y continuados esfuerzos. Ello será, además, un ejemplo de verdadera democracia, que podría ser considerado por todos los Estados del mundo. Esto, que no deja de constituir una novedad, promoverá en todos los seres humanos y en todos los órdenes, el reconocimiento de una efectiva confianza en el porvenir del mundo.

¿Y quién podría dudar de la actividad mental y el entusiasmo que ello suscitaría, y de sus efectos eminentemente constructivos y benéficos para el ánimo y el sentir de la humanidad? Tampoco sería posible dudar de la expectativa que habría en todas partes por conocer en su debida oportunidad el resultado de la encuesta que se hiciera para cada asunto o problema. Y esto, naturalmente, evitaría a la vez, el que muchos espíritus, hoy atribulados y susceptibles a infinitas fluctuaciones, fueran instrumentos de pensamientos o ideas de otro orden y naturaleza, que, por lo general, concluyen aumentando el volumen de las preocupaciones, lo que no sólo se evitará, precisamente, adoptando el sistema de la encuesta, sino que se disminuirá considerablemente.

Y para subrayar cuanto hemos expuesto al respecto, agregaremos que nada puede ser más digno y enaltecedor  para la familia humana, que el concurso desinteresado y leal de cada uno de los miembros que la integran.

Quienes esto lean y luego sigan con atención el curso de las deliberaciones y alternativas que se promoverán  allá, en la nueva Sociedad de Naciones, podrán juzgar el valor y oportunidad de nuestras sugestiones, interpretándolas, desde luego, como expresión pura y sincera de nuestro empeño en aportar el concurso de nuestras ideas e iniciativas.

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Nociones elementales sobre la mente

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

De la revista “Logosofía” Nº 7 (Octubre de 1942)

¿Cómo define usted la palabra “mente”?

¿Ha pensado usted alguna vez en esto?

Pues bien; la mente vendría a ser el espacio donde actúan los pensamientos; como si dijéramos, la casa donde entran, se mueven, salen, se albergan y también nacen al calor de concepciones fecundas.

Esta definición, tan sencilla como profunda, es imprescindible para comprender hechos y situaciones de la vida aparentemente inexplicables o no definidos ni aclarados con precisión.

Conviene saber que los pensamientos tienen, a semejanza de las personas, actuaciones propias. Pueden llegar a la mente de un hombre y ejercer allí una influencia determinada. Consideraremos, por ejemplo, el caso de un individuo de escasa cultura, a cuya mente acude un pensamiento que lleva en sí la inclinación al robo. Este pensamiento comienza a accionar dentro de su mente y al cabo de breve tiempo, hace que el hombre por él acosado consuma el hecho que señala la intención del robo.

¿Conoce usted cómo actúan los pensamientos?

Lo que acabamos de decir basta para revelar la gran necesidad que existe de conocer esa actividad. Los aspectos que agregaremos a continuación demostraran al lector que esa necesidad es realmente imperiosa.

Los pensamientos viven, se mueven y accionan, pasando de una mente a otra con suma facilidad, en busca de puntos de afinidad. Dentro de cada mente pueden irse turnando los más variados pensamientos sin que el hombre sospeche la presencia de tales huéspedes, a. los cuales confunde con elementos propios y originales en su mente.

En momentos en que un gran número de personas padece preocupaciones afines -tal como ocurre al presente-, los pensamientos, cuando por su naturaleza se multiplican, dan lugar a la formación de un ambiente colectivo, sea de ansiedad, de temor, etc., que presiona sobre todos los que participan de dicho ambiente, restándole las energías necesarias para sobrellevar la situación, o transformándolo, por contagio, en actitudes bélicas, etc.

De ahí la enorme importancia que tiene el conocer cómo actúan los pensamientos; es el primer paso que debemos dar para aprender a substraernos a la peligrosa influencia del verdadero “contagio mental” que acabamos de describir.

Saber cómo debe el hombre seleccionar los pensamientos para vivir exclusivamente con aquellos que le beneficien porque le son útiles, proporcionándole motivos de satisfacción espiritual y moral, he ahí la más alta obra a la cual podamos consagrarnos.

 

 

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Importancia de la reflexión

Publicado en la revista “Logosofía”, R.Argentina,No. 50 de febrero de 1945

Por el Profesor Dardo V. Cabiró, de Montevideo.

Antes y después de haber dado a conocer su enseñanza fundamental sobre la reflexión, Raumsol ha empleado frecuentemente esta palabra, vinculándola también a aquellas enseñanzas en que describe, al trazar su orientación sobre el mundo de postguerra, el cuadro mental‑psicológico que actualmente representa la humanidad.

Remitiéndonos, pues, a un somero análisis de la situación social del mundo, más fácil nos será advertir la significación de este poder del ser humano.

Las observaciones del acontecer actual revelan que, no obstante ser ésta una época de grandes dificultades y privaciones, de pronunciado costo de la vida, de escasez de elementos primordiales para la existencia ‑pasando por alto los problemas institucionales, políticos y culturales‑, proliferan y toman inusitado incremento una serie de expresiones, de cosas y hechos, cuya enumeración juzgamos innecesaria, que no vienen a satisfacer necesidades reales verdaderamente reclamadas por la naturaleza esencial del hombre ni por su destino en el mundo, sino que, por el contrario, vienen a dar satisfacción a tendencias, modalidades y características del temperamento humano que son hábitos y vicios ajenos a la constitución intrínseca de la criatura humana.

Se vive en una época de desequilibrio y contradicción. Por un lado, graves y hondos problemas, y por otro, un desmedido y corruptor afán por las cosas intrascendentes: excesiva multiplicación de centros de diversión, acrecimiento de la inclinación al juego bajo diversas formas, refinamientos decadentistas, delirio deportivo, etc., etc.

Es necesario modificar la posición del individuo en los órdenes del pensamiento y de la conducta. Luego se operará el cambio social tan reclamado. No se trata de negar las influencias sociales sobre el hombre; sabido es que ellas son ciertas y evidentes, pero no es menos cierto tampoco que ese proceso de enlace social que da por resultante la sociedad, se forma con los elementos individuales. Podríamos considerar a la sociedad como un cuerpo compuesto; los cuerpos simples serían los pensamientos gestados y albergados en la mente de quienes los integran, cuyo contacto e interrelación dan el clima mental colectivo.

Hay, entonces, para la futura estabilización y equilibrio social un gran problema de ubicación particular, de cada uno. Raumsol lo señala con estos irreemplazables términos:

“…la vida frívola y vacía debe ser transformada en existencia útil, capaz de conducirla hacia alturas ejemplares. Parecería que está llegando la hora en que todo ser tendrá que acostumbrarse a pensar con absoluta seriedad sobre el uso que hace de su vida y en pos de qué meta debe encaminar sus pasos por el mundo. Surgirá así la necesidad de ser más consciente en todos los actos de la vida, a fin de poder establecer por sí mismo cuál es su aporte al servicio de la humanidad, de la que forma parte y de la que se beneficia por el esfuerzo de los demás.

“Esta conclusión colocará con toda justicia a cada uno en su lugar y hará sentir, con la debida lealtad, a su propia conciencia cuáles son sus deberes en ésta y en todas las horas futuras de la humanidad.” [2]

Saberse ubicar, vale decir, saber hallar la posición que corresponde a cada cual, conciliando la realidad personal con las lógicas aspiraciones de superación que en todos los órdenes se albergan, presupone, con vistas a su solución, muchos conocimientos de igual trascendencia, pero que se resumen, a nuestro entender, en el conocimiento de sí mismo.

Es aquí donde la reflexión aparece revestida de singular importancia.

La observación de la vida cotidiana nos presenta un panorama caótico a este respecto, donde el poder de la reflexión se halla totalmente abatido por los elementos anarquizantes de la ignorancia y la inconsciencia.

Son notas características del estado social de que habláramos al comienzo, el disconformismo, la desilusión, el descontento, la inestabilidad, la inseguridad. Los seres buscan un escape a esa situación insegura, inestable, de desconexión consigo mismo, saciándose en la irrealidad y en las ilusiones irrealizables.

Infinidad de espectáculos y diversiones, tales como el cine, se entiende que en sus expresiones más corrientes, se alimentan de esa deficiencia del temperamento humano, que sintiéndose desamparado e insatisfecho, huye de sí mismo hallando refugio en lo imaginativo e ilusorio. También las demandas sociales, que son hoy día exigencias a plazo fijo, tienen una raíz en esta actitud mental‑psicológica.

La gran mayoría no se detiene en ningún principio de moderación y equilibrio, ni conecta sus aspiraciones a sus merecimientos; hay una total irreflexión, vale decir, una total ausencia de ese sentido que nos vuelve hacia nosotros mismos.

La reflexión es el camino seguro para llegar a la conciencia de la propia actuación.

Un breve análisis de los cometidos de la reflexión que establece la Logosofía puede darnos la motivación que confirme lo aseverado y que nos sugiera el singular relieve de la misma en el problema de la ubicación individual.

Digamos primero que en el mundo corriente menudean las personas de vasta ilustración e intelecto cultivado en los más diversos órdenes del saber. No hay, por tanto, falta de desarrollo de las facultades intelectuales, sino mala orientación y, desde luego, peores resultados.

Es útil y aleccionante observar cómo no puede eludirse en la mayor parte de los casos, esa general característica de desequilibrio y contradicción que hemos anotado como común a la sociedad.

Ahora bien; si las élites así se muestran, en la generalidad el problema recrudece, porque, necesariamente, un problema de tal magnitud, que presupone el conocimiento de la propia medida, como lo ha enseñado la ciencia logosófica, no puede solucionarse merced a especulaciones teóricas, sino que, como se plantea fundamentalmente sobre la fase ético‑psicológica del ser, sólo en función del conocimiento de los elementos determinantes y condicionantes de la moral y la psicología, que son los pensamientos, puede estructurarse una solución real. A este conocimiento en sí del pensamiento debe agregarse el de sus proyecciones y valor práctico.

De modo, pues, que el problema de la ubicación tiene su primer planteo ante sí mismo. Expresa la Logosofía: La reflexión “lleva a examinar sin mezquindad las propias actuaciones; a corregir los defectos y errores, y a enmendar la conducta toda vez que sea necesario. Conduce a los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable, con lo cual, al apartarlos discretamente de la ficción, la ilusión y lo abstracto, se obtiene el beneficio bien grande, sin lugar a dudas, de no defraudar la propia confianza ni las esperanzas que se hubieren fundado en apoyo de los mismos”. [3]

La primera parte, o sea la primera función que atribuye a la reflexión, brinda un aporte de especial significación al conocimiento de sí mismo. Por ella es posible objetivar los estados internos, desde que permite al ser examinar sin mezquindad, es decir, ampliamente, sin personalismos, los errores y defectos, los aciertos y virtudes.

La ficción, la ilusión y la abstracción, son males psicológicos e intelectuales de larga data que, enfocados en la pequeñez del proceso individual, o vistos en la magnitud del proceso colectivo humano, aparecen como grandes torturadores de la humanidad. Cuánto de iluso, de ficticio y de abstracto en aquellos teóricos del enciclopedismo y en quienes siguieron sus pasos en el terreno político, que vieron en la Ley, garantía del individuo y consagración de sus derechos inalienables, la solución más acabada y total de los problemas sociales, depositando toda su fe en un elemento formal, que pronto se vio resquebrajado de arriba abajo por realidades que no supieron o no quisieron prever.

Y luego, el descreimiento y hasta la aversión por aquello que, puesto en su justo lugar, es un subido valor ético y espiritual.

En el orden personal, tantos y tan frecuentes son los ejemplos, que el sincero investigador casi a diario identifica a sí mismo la acción corrosiva de la ilusión y la ficción. Son precisamente los actores que más influyen en la propia desubicación.

Consiguientemente, la reflexión contribuye en forma poderosa a que resplandezca en el ser, en todos sus actos de decisión, el sentido de la realidad. Es éste un sentido del que muchas veces carecen los hombres. Los hechos mencionados nos patentizan bien cómo se vive de espaldas a la realidad personal y colectiva.

La reflexión ayuda a situarse frente a sí mismo y al momento actual al encauzar los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable. Surge de esto su contribución para afirmar al hombre sobre su propia realidad, con lo cual evita esos estados de decadencia psicológica de que habláramos, que lo impulsan a la vida frívola y ligera.

A la sociedad humana pareciera habérsele agotado sus provisiones de cordura y sensatez, a juzgar por muchos de sus movimientos colectivos, que no conectan derechos con deberes, aspiraciones con capacidades, merecimientos con retribuciones.

Se manifiesta también en la página citada, que la reflexión “tiene además la virtud de hacer al hombre cauto en sus resoluciones y consciente de sus responsabilidades”. Es aquí donde, quizá más que en ningún otro aspecto, ella adquiere especialísima importancia, en vista, precisamente, de las obligaciones del hombre para con sus semejantes.

La cautela en las resoluciones y la conciencia de la responsabilidad están actualmente en crisis, en agudísima crisis; los hechos más corrientes abonan esa afirmación. Hay ligereza, imprevisión, inescrupulosidad, inconsciencia, falta de consecuencia consigo mismo, desatención de lo familiar e indiferencia por la orientación social y humana; indiferencia referida al aporte que a esa orientación puede hacerse con la conducta personal traducida en elevados ejemplos, ya que sería absurdo negar la existencia de grandes movimientos de opinión con tal finalidad.

Quien examine su conducta objetivamente, impersonalmente, con el propósito de perfeccionarla y enmendarla si es errónea; quien analice, conozca, determine el alcance de sus pensamientos; quien sea sensato y tenga conciencia de sus responsabilidades, por fuerza podrá situarse en forma inteligente frente a sí y al grupo social. Se sentirá firme y seguro en su posición; se sentirá estimulado por sus superaciones, y en base a éstas estimulado a proseguir sin desmayos hacia la meta vislumbrada; verá realizadas sus esperanzas y confiará en sí mismo.

Este estado, ideal si se quiere pero naturalmente alcanzable, propende eficientemente al equilibrio social por la propia gravitación de la actividad de cada uno, que en lugar de estar dirigida hacia afuera, en incesante búsqueda de satisfacciones estériles o imposibles, que quieren obtenerse por el esfuerzo de los demás o del destino, se vuelve hacia lo propio, hacia lo personal, aquietándose la mente en labores más constructivas.

Raumsol afirma que cuando la reflexión no actúa, la mente se llena de pensamientos negativos que perturban el orden interno y constituyen verdaderos parásitos que corroen la psiquis humana.

La reflexión saca al hombre del tembladeral en que lo sume la ilusión y la ficción, llevándolo a tierra firme, pues le facilita la conexión con su realidad personal.

Conectado a su realidad, analiza desde ella sus aspiraciones, disponiéndose a lograrlas por la vía fundamental de sus propias condiciones, de su propia capacitación. Este es, a nuestra comprensión, un ser ubicado inteligentemente.

En síntesis: la reflexión es un poder que en lo grande y en lo pequeño, en las dimensiones universales del proceso de la humanidad como en las microscópicas del de cada uno, está llamado a jugar un papel de especialísima consideración.

Pareciera que a la Naturaleza no le fueran gratos los exclusivismos; siempre se encuentran en ella, incluso en la humana, múltiples recursos que se suplen o se complementan. Por consiguiente, no queremos expresar que la reflexión ocupe un lugar exclusivo en el complejo mental‑psicológico, que para algo tiene el hombre las otras facultades, pero sí viene a ser, en cierto sentido, como el batallón de pontoneros que facilita el desplazamiento del ejército a través de los obstáculos; en este caso, el desenvolvimiento normal y eficiente de las otras facultades, para que éstas puedan cumplir, nutriéndose en el conocimiento trascendente, su misión de salvar al hombre y derrotar las fuerzas del mal.


[2] Revista “Logosofía” Nº 47, pág. 6

[3] Revista “Logosofía” Nº 16, Pág. 6, Rep. Argentina

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Logosofía: bases para una nueva investigación

Fragmento de artículo publicado en “El Diario” de Montevideo, el 11 de agosto de 1938

Por Carlos B. González Pecotche (Raumsol)

Raumsol proclama a la mente como principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones

Desde hace varios años venimos sosteniendo con cierta insistencia y con buenos fundamentos en las manos, la existencia de un sistema mental en el hombre que, de generalizarse su conocimiento, habría de provocar no pocos cambios en la actual manera de pensar y también, una revolución saludable y reformadora, de espíritu eminentemente constructivo, en la fase social, científica y política del mundo.

Tenemos la plena seguridad de que esta nueva y fecunda concepción de la psiquis humana, basada en profundos y minuciosos estudios y observaciones hechas en el campo de la experiencia humana, habrá de promover, tanto en el mundo de la ciencia como en el ánimo de la gente de estudio, una lógica expectativa, matizada de los más diversos comentarios. Sabemos que hasta aquí nadie se ocupó de la mente del ser, y mucho menos, se entiende, de ubicarla en el sitial prominente que nosotros le hemos concedido, asignándole toda la importancia que ella tiene para la vida del hombre. Si alguien la mencionó alguna vez, fue al pasar, como una referencia cualquiera; pero nadie concretó al respecto nada que se hubiese de tener en cuenta como punto de atención. Podemos, pues, asegurar con la más absoluta convicción, que ningún filósofo, historiador u hombre de ciencia se ha ocupado de la mente ni le ha atribuido la preponderancia y atributos que la Logosofía le asigna por sobre todas las demás perspectivas y aspectos que la ciencia haya podido determinar a los diversos agentes de la naturaleza humana.

En efecto, las corrientes de investigación científica se han dirigido hacia el estudio de la vida tomando por objetivo su configuración orgánica (biología), funcionalidad y propiedad de los órganos (fisiología), las enfermedades (patología), con sus consiguientes ramificaciones (bacteriología, endocrinología, etc.), y a fuer de tenaces empeños filosóficos se incorporaron luego la psicología, estudio de las facultades del alma y modalidades anímicas del ser; la psiquiatría, doctrina y estudio de las enfermedades mentales, y la antropología, estudios generales del ser humano; pero,  ¿se ha hablado, acaso, alguna vez de la mente?  ¿Ha preocupado ella en alguna época al afán científico? ¿Ha formado parte, por ventura, de los conocimientos que se imparten en las universidades? ¿Se ha tomado en cuenta en alguna oportunidad su existencia? ¿Se han discutido sus virtudes o sus propiedades, su funcionamiento o su rol en la vida humana? No tenemos la menor noticia de ello, y en buena ley lo podemos decir después de haber sido atacados por el solo hecho de dar a conocer nuestro descubrimiento, fruto de largos años de intensa labor de estudio y experimentación.

Este hecho nos autoriza a ratificar nuestras afirmaciones de años atrás, valientes y decididas, cuando por primera vez expusimos a la opinión los resultados de nuestras investigaciones y llamamos reiteradamente la atención para que se viera en nuestra prédica el sincero anhelo de llevar a todo hombre de estudio hacia la comprobación consciente de nuestros aciertos y de nuestras verdades.

Hoy, como ayer, volvemos a proclamar la existencia de un sistema mental que rige la psiquis humana y regula todos los actos del hombre, considerando ese sistema como el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones.

. . . .

El hombre siempre consideró que sus pensamientos, lo mismo que las voliciones o impulsos de su carácter, emanaban del cerebro. Lo prueba el diccionario de la lengua, que es ley en la enseñanza oficial, al dar como explicación del vocablo mente, “razón, inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, pensamiento”, etc.

En Francia la palabra mente no existe, y si esto acontece en el país que ha ocupado los primeros puestos y aventajado siempre a los demás por la agudeza de su espíritu investigador y estudioso, tenemos sobrados motivos para declarar que ni en la Sorbona ni en parte alguna de Europa se asignó a la mente la menor importancia.

“En el principio era el Verbo…” El Verbo es antes que Verbo, Mente, porque la Mente es la que genera el Verbo y éste no seria tal si la mente no existiera. Hemos contestado a los hombres de ciencia –y no han podido replicar–, que no es el cerebro el que produce las ideas ni da forma a los pensamientos, sino la mente. Cerebro también tienen los animales y sin embargo, no tenemos noticia alguna de que a tal o cual representante de la fauna, se le haya ocurrido lanzar una idea o proponernos algún pensamiento. Empero, en ciertos animales, como ser el perro, el caballo, el mono, etc., se observan los primeros rudimentos mentales, aun cuando es indudable que prevalece en ellos un fuerte instinto que suple prodigiosamente las facultades que el hombre posee en su mente, inclusive la misma inteligencia.

Los animales carecen de mente, causa por la cual no pueden tener conciencia de su existencia ni de sus actos. El hombre, en cierto modo, les hace participar de su mente y de su inteligencia al reproducir sus pensamientos en su dócil naturaleza, por impresiones, en unos casos, simpáticas, sensibles y afectivas y en otros, violentas y severas que reprimen el instinto y acobardan al animal sometiéndolo a la voluntad del ser humano.

 

Es la perseverante educación del instinto mediante la constante vigilancia que el hombre ejerce sobre el animal, haciéndole repetir movimientos o ejecutar órdenes, lo que hace aparecer a éste como si obrara con inteligencia, mas no debe olvidarse que sólo se comporta con lucidez cuando obedece a esas órdenes, es decir, cuando la inteligencia del hombre lo conduce; pero si se lo deja solo, merced a su propia iniciativa, allí se acaba la inteligencia y aparece la bestia, salvo casos muy excepcionales en que guía al animal más el instinto afectivo, que lo que pudiera pensarse un rasgo de inteligencia.

Los sabios de la antigüedad, filósofos consumados que propendieron al desarrollo de los temas que tenían encadenado al hombre en una perpetua ignorancia, atribuyeron a diferentes causas el origen de la formación del universo. Tales, por ejemplo, fundador de la escuela Jónica, afirmó que el agua fue el gran agente cósmico de la creación; Anaxímenes vio en el aire el principal elemento, mientras que Heráclito se inclinó por el fuego. Otros llevaron la discusión del problema a diversos terrenos, desviando así la preocupación primera hacia la adopción de conceptos que discretamente admitieron con respecto a Dios. Desplazadas del primer plano aquellas suposiciones que tendían a establecer cuál fue la primera manifestación universal, los que siguieron en el uso de la palabra en esa gran asamblea que tuvo por escenario a Grecia, India, China y Persia, en el curso de largos siglos nada aportaron con relación a dicho problema. Sus puntos de investigación convergieron casi todos en similares especulaciones, aun cuando desde muy opuestos modos de ver.

. . . .

La mente es en el hombre el principio consciente y es, como dijimos antes, el principal factor de la vida en todos sus órdenes y manifestaciones. Por ella él sabe que existe, y lo sabe en razón al conocimiento que sólo la mente contiene como medio de expresión de la sabiduría. Sin la mente el ser humano no podría tener conciencia de su existencia y mucho menos habría de conseguir que ésta fuese útil y provechosa para sí y para los demás.

La Logosofía no sólo trae al estudio del hombre estos nuevos y fecundos principios, sino que funda esos preceptos en conclusiones ya determinadas por rigurosas y precisas comprobaciones. Tales principios sostenidos por la Logosofía son el resultado de la particular concepción de su creador, autor de estas líneas precursoras de no muy lejanas manifestaciones universales de la verdad que expone a la conciencia humana.

Hemos señalado la existencia de un sistema mental en todo ser humano, sin basarnos, por cierto, en abstracciones de carácter meramente especulativo. La descripción gráfica que la Logosofía hace del sistema mental aleja toda duda. Ella ha materializado la psiquis humana, le ha asignado una fisiología independiente de la conformación anatómica del cuerpo y establecido la ubicación material de la mente en relación directa con el cerebro, dándole una forma y un volumen conforme a su desarrollo y evolución. Ha indicado su funcionamiento y enseñado la complejidad de su organización, y por último, ha impuesto una norma a su desenvolvimiento y actividades, subrayada por la presencia en ella de pensamientos a los cuales les ha asignado vida propia e independiente, figurando como entidades mentales que tanto pueden nacer y procrearse dentro del recinto mental, como provenir del ambiente externo y actuar dentro del ser vinculándose tanto a su vida que llegan en muchos casos a identificarse con ella de tal forma que imperan luego sobre la propia voluntad del individuo.

Contrariamente a lo admitido hasta hoy respecto a que mente, razón, memoria, inteligencia, voluntad, etc., son una sola y misma cosa, la Logosofía ha determinado la configuración anatómica de la psiquis humana al afirmar la existencia del sistema mental y atribuir un rol particular a cada una de las partes de que se compone la psiquis, demostrando la posibilidad que el ser tiene de poder conectar todos los resortes del sistema y lograr una perfecta organización psíquica.

Se ha de suponer que al poner en tensión directa y conectar esos resortes – figurados, se entiende, puesto que en resumen no son otra cosa que lo que la Logosofía ha llamado “psicoides”, especie de elementos que según su disposición, coadyuvan al mejor desempeño de las funciones mentales -, se operará en el ser una visible transformación psicológica, pues como lo estamos diciendo, al utilizarse tales psicoides conscientemente, se favorece el rápido desarrollo de las facultades (psicogénesis), dando ello lugar a que el sistema mental, una vez organizado, con un poder mayor de asimilación, comience un nuevo género de actividades en el más amplio sentido de la palabra, obteniéndose por resultado un rendimiento que podríamos apreciar, sin que haya exageración alguna, múltiple, tanto en las producciones de la inteligencia como en la labor constructiva del espíritu.

Todo esto no quiere decir que pretendamos desconocer los esfuerzos, bien meritorios sin duda, de los que preconizaron el idealismo y otras teorías similares que consideraban al alma como parte independiente del cuerpo o como rigiendo los destinos del hombre desde un plano opuesto a la materia, al cual llamaban “mundo de las ideas”; pero es el caso, que ninguna de tales teorías ha subsistido a la acción del tiempo, pues fueron desplazándose unas a otras hasta quedar reducidas al presente a simples apuntes de la nomenclatura filosófica que suelen citarse para establecer puntos de referencia de una a otra época cuando se quieren verificar los aportes hechos por los filósofos en sus respectivos tiempos.

No discutimos, por consiguiente, el valor que puedan haber tenido y sigan teniendo para la filosofía o la ciencia, las doctrinas o sistemas aparecidos en el curso de las edades, puesto que tenemos al tiempo, que es un árbitro de quien no puede sospecharse cuando a cada cosa que no ha de durar le señala una fecha, significando con ello que pasó de moda o dejó de ser de actualidad.

La Logosofía aspira – y sus buenas razones tiene – a no figurar entre el número de los empeños que han corrido esa suerte, y ésta es la causa por la que cuidamos muy bien de no ofrecer el menor motivo a la posteridad, que habrá de juzgarnos, para que el tiempo no fije fecha a la concepción logosófica del universo y del hombre, pues ella descansa sobre principios que pensamos indestructibles y que, por tanto, habrán de resistir a la acción del tiempo, aun cuando éste abarque en nuestro concepto, innumerable cantidad de siglos.

Tal fuerza tiene la lógica de nuestras afirmaciones luego de palpar la verdad que asoma por entre los pliegues de la Logosofía, que no dudamos habrá de desvanecer al fin los reparos que puedan hacérsenos por la contundencia de la forma de expresión que usamos en nuestros escritos, estilo que bien podría considerarse como genuina característica del espíritu americano, gallardo y viril por excelencia. El gran Tratado de Logosofía que se halla actualmente en preparación, ha de ser, podemos asegurarlo con toda la autoridad que nos concede nuestro alto dominio filosófico y científico, la obra clave del porvenir donde habrán de inspirarse las generaciones futuras, ya que estará llamada a modificar, tanto los viejos conceptos sobre la vida humana como el curso de las investigaciones científicas, y no será nada extraño que podamos asistir aún a una de las más grandes y estupendas transformaciones que haya experimentado la humanidad en el rodar de los tiempos.

América habrá de ser, pues, cuna de una potente civilización nacida al conjuro de heroicos esfuerzos en pro de conquistas supremas, no de tierras ajenas, sino de virtudes y conocimientos que llenarán de asombro a las generaciones que habitan el viejo mundo.

Repetimos: no es una utopía; la Logosofía es una realidad que en su oportunidad habrá de experimentarse como una necesidad, para no quedar rezagado en el punto muerto en que hoy se encuentra el movimiento intelectual del orbe.

Conviene tener en cuenta, para no formarse conceptos erróneos y evitar confusiones que a nada conducen, distinguir el triple carácter que inviste la Logosofía; nos referimos a los aspectos: filosófico (Presentación de una nueva concepción del universo y el hombre; creación de un sistema y doctrina), científico (Descubrimiento de nuevos elementos en la estructuración mental y psicológica del ser humano, con métodos de investigación, disciplinas, documentación, etc.) y artístico (Exaltación de los rasgos más bellos del espíritu humano, de la naturaleza y en síntesis de todo el universo; modelamiento de nuevas formas que se impondrán en el futuro; observación constante de los caracteres más prominentes de la época presente en relación directa con el progreso de la arquitectura, las letras, la pintura, etc., las cuales reúnen todas las manifestaciones del arte en una conjunción de miras e inspiraciones propias de una época que no tardará en manifestarse en el apogeo de una civilización que intuimos habrá de superar con largura a las que nos precedieron en el curso de los siglos).

La línea sinóptica que cada hombre puede trazar en el plano de su vida auxiliado por los conocimientos logosóficos, le demostrará, pese a todo su escepticismo e incredulidad, que puede ser consciente de su propia evolución y que en él está demorarla o acelerarla al tiempo que lleva buena cuenta de los cambios – notables algunos – que irá experimentando en su beneficio mientras va adiestrándose en el uso consciente de los elementos esencialmente nuevos y de inestimable valor que pone a su alcance la Logosofía.

No se trata de crear un nuevo tipo de hombre, puesto que nada falta a su maravillosa constitución, pero sí de dar a éste los conocimientos necesarios para que conozca lo que sin saberlo posee y se apreste a colaborar así en su propia regeneración y perfeccionamiento. Mucho queda todavía para que aquello que aún permanece inmanifestado en la creación universal, se proyecte a la conciencia del mundo. También en el hombre existen elementos, sistemas y facultades que permanecerán por milenios ocultos a su conciencia, mientras la ignorancia vele su entendimiento y llene de sombras su existencia.

No nos inquietan, pues, las alternativas que hoy pueden presentarnos los juicios, las críticas y los ataques. Nos guían inalterables anhelos de prestar nuestro particular concurso sirviendo y siendo útiles a toda la humanidad.

Y si esta formal decisión de hacer el bien a todos sin excepción, encontrase las resistencias y reacciones que nunca faltan en estos casos, habremos de utilizar toda la fuerza persuasiva de nuestras convicciones para convencer, sea a quien fuere, de lo infructuoso que sería destruir o forzar tales empeños.

Debe procurarse, y así lo proponemos libres de todo prejuicio, una amplia colaboración entre los hombres de estudio y de talento que persigan análogos fines, en vez de perder el tiempo y mermar los rendimientos personales combatiéndose entre sí como si se obedeciera a leyes fatales de carácter destructivo. A ello van dirigidos también nuestros esfuerzos: a establecer una convivencia mental y afectiva entre los seres, principiando por los que tienen mayor inteligencia, pues éstos comprenderán más fácilmente y harán comprender a los demás la necesidad de estimular esa sana relación que habrá de constituir una defensa social poderosa, llamada a triunfar sobre la sistemática oposición de los elementos de tipo farisaico que ambulan por los ambientes provocando disensiones, malquistando los espíritus y sembrando por doquier su nefasta semilla disolvente, antisocial e inhumana.”

. . . .

Servir a la humanidad, ser útil a los semejantes es – como dejamos expresado -, uno de los pensamientos que animan nuestras horas de labor y de consagración. Ocho años llevamos de brega logosófica. Si no hubiéramos visto confirmarse tantas veces la verdad de nuestras afirmaciones, con seguridad que estas palabras no tendrían la fuerza de expresión que poseen ni hubiésemos expuesto tan abiertamente nuestro pensamiento; pero, por algo lo decimos y volvemos a repetir: la Logosofía dará al mundo las bases para una nueva investigación conduciéndolo hacia nuevos y fecundos descubrimientos.”

 

Publicado originalmente en la revista  Aquarius nro. 7 pág. 3 (1938)

 

 

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